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Juan Manuel Blanes, gran pintor nacional |
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Dentro de pocos días, por patriótica y feliz iniciativa de la Comisión Nacional de Bellas Artes, que preside el alto espíritu del escritor compatriota, Dn. Raúl Montero Bustamante, se inaugurará en el Teatro Solís de nuestra capital, la exposición completa de las obras de Juan Manuel Blanes. Nos ocuparemos luego, con la atención que se merece, sobre este importante acontecimiento sin precedentes en la historia cultural y artística del país. Hoy publicamos este artículo del distinguido escultor compatriota Dn. Edmundo Prati. Es síntesis de un extenso artículo escrito por dicho artista para la Revista Nacional N° 16. |
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| Un carácter técnico peculiar a este artista, es el de ejecutar siempre hábilmente aquellas cosas que había estudiado bien y aprendido desde un principio (como por ejemplo la construcción de la figura humana), mientras en muchas de sus obras aparece defectuoso o por lo menos sin equivalente solución, aquello que no había estudiado seriamente o que no había metódicamente aprendido (véanse, por ejemplo, los caballos). Blanes no improvisaba, y si a veces lo hacía, introducía irremediablemente en la obra, elementos deteriorantes. Esa semi – incapacidad para resolver de por si elementos de técnica, no permite que siempre se realice el reajuste de equilibrio entre cosa y cosa; y aún en las obras más importantes, al lado de lo invariablemente bien dibujado y magistralmente pintado, a veces aparecen cosas que no guardan relación con aquello. Y ese desequilibrio depende, a nuestro parecer, principalmente, de que Blanes había realizado sus estudios serios un poco apresuradamente, en corto lapso de tiempo, y cuando más necesitaba completarlos y ampliarlos los había suspendido, volviendo al país. Para los que conozcan por experiencia lo que es, o mejor todavía lo que era en aquel tiempo, el programa de estudios artísticos de una academia italiana, y cuya duración era de un mínimo de ocho años a ocho o diez horas por día, resultará en verdad sorprendente lo que Blanes había asimilado en el corto plazo de tres años, aún te, aún teniendo en cuenta que se trataba de un estudiante en edad ya viril y en cuya mente el esfuerzo continuado por resolver los problemas artístico técnicos que se planteaban sin solución, había anticipado teóricamente una maduración artística que por lo general se realiza durante la evolución de regulares estudios. Por lo visto, Blanes había llegado a Florencia con un poder de absorción triplicado por una larga espera. Todo esto lo relacionamos con nuestro artista, porque si bien no ignoramos que Blanes no cursó regulares estudios en la Academia Oficial, sabemos sin embargo, por lo que de ellos ha quedado, que ese mismo programa académico lo desarrolló bajo la dirección privada del profesor Ciseri. Para comprender mejor el carácter y el alcance de los estudios de Blanes, sería interesante conocer la composición del ambiente artístico que encontró a su llegada a Florencia. Aquí nos limitaremos únicamente a anticipar algunos datos, que tal vez podrán servir de guía a quién más tarde se proponga estudiar profunda y definitivamente la personalidad artística del que, en sentido histórico jerárquico, quedará siempre como nuestro mayor pintor. |
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| Allá por el año 1860, en que Blanes empezó sus estudios, la secularmente famosa “Academia Florentina de las Artes del Dibujo”, instutuida en el siglo XIV (1339), y su ambiente, gozaban todavía de larga fama, y desde el mundo artístico europeo y también extra – europeo, afluían a ella los estudiantes de bellas artes justamente atraídos por la reputación de famosos maestros. Y no era para menos, porque remontándonos únicamente al principio del siglo de Blanes; a la gloria artística de Luis Sabatelli y Pedro Benvenutti, había seguido sucesivamente la fama de reputados maestros como José Bezzuoli en pintura y Lorenzo Bertolini en la escultura, y casi contemporáneamente, Adeodato Malatesta, Luis Mussini, purista, Bernardo Calentano, Enrique Pollastrini y Amos Caesioli (más tarde maestro de los dos hijos de Blanes y autor del famoso cuadro “La batalla de Legnano”, existente en el Palacio Pitti, Florencia), Esteban Ussi (que ya muy anciano alcanzamos a conocer personalmente en nuestra niñez, en los últimos años del pasado siglo (XIX)), había terminado en aquel tiempo su gran obra “La expulsión del Duque de Atenas de Florencia” (actualmente también el la Galería del Palacio Pitti), con lo cual poco después triunfaba en París en la Exposición Universal de 1867, adjudicándose la gran medalla de honor, que le confería el primer puesto mundial en aquel certamen. Citamos especialmente a este gran artista, porque no ha tenido relaciones directas con Blanes, indirectamente ha ejercido influencia en su formación. Antonio Ciseri, nativo de Ronco, Catón Ticino, elevado poco antes al envidiado puesto de profesor de primera clase en la cátedra de pintura de la famosa Academia, sucediendo a Bezzuoli, debía sr el que encaminara a nuestro Juan M. Blanes en la senda que entonces se consideraba el verdadero arte. El Prof. Ciseri, como entonces lo llamaban todos, era el prototipo del verdadero académico clasicista en el sentido más elevado de esa definición. De una seriedad y conciencia artística absolutas, tanto como creador que como ejecutor formal de obras, ha dejado un valioso caudal artístico siempre justipreciado, a pesar de los cambios de tendencias y de gustos, el cual, en la actualidad, está repartido entre la Galería de Palacio Pitti, los Museos Vaticanos y algún otro museo italiano, algunas iglesias de Italia y Suiza, y en Ronco, su pueblo natal. Pero en Ciseri, una cualidad emergía sobre las muchas que poseía: el dibujo; perfecto, cerrado en su conjunto, sin descuido del menor detalle. Esto le fue reconocido unánimemente por artistas de las más opuestas tendencias y para confirmarlo, bastaría con citar lo que recomendaba el gran Fattori, insigne pintor y dibujante de la escuela “macchiaiola” impresionista, que muchos años después sucedió a Ciseri en una cátedra de la Academia Florentina. Fattori, a los discípulos que le preguntaban en que consistía el verdadero dibujo y como debía estudiarse, contestaba: Vayan a la Iglesia de Santa Felicita a mirar el “Martirio de los hermanos Macabeos”, pintado por Ciseri y fíjense como está dibujado aquello!! Fue, pues, con un maestro de esa alcurnia, que Blanes tuvo la suerte de iniciar sus estudios, y los resultados se vieron rápidamente, puesto que en tres años había ya transformado su personalidad artística adueñándose de medios técnicos casi completos, con los cuales alcanzó a poner la pintura la pintura de su Patria en un plano de juicio, sino internacional, por lo menos interamericano. Es de lamentar que los sucesos políticos de nuestro país hayan alarmado excesivamente a Blanes, quizás por su carácter escéptico y un poco pesimista, cerrado y nostálgico, y no le hayan permitido continuar algunos años más sus estudios en aquel ambiente, en donde su personalidad artística se habría completado. Más tarde, hombre ya maduro, su vuelta allí, donde todo se había transformado y en donde ya se habían olvidado o se menospreciaba –como sucede en toda evolución artística- los valores que él había visto triunfantes y respetados, ningún provecho le aparejó en beneficio de su arte y más bien le resultó perjudicial. Sin embargo, aquellos primeros estudios realizados por Blanes con el Prof. Ciseris, de los cuales tanto acopio de medios había sacado, en nada mermaron su personalidad intrínseca, sino que de ese aprendizaje salió triunfante su verdadera originalidad e intacto su arraigado carácter de sudamericano, y esto a pesar de la modalidad inconfundiblemente académica de su técnica, que mantuvo en toda su obra. Había conseguido adherirse, casi se podría decir, asimilarse, al carácter artístico europeo de un momento dado, conservando al mismo tiempo intactos su propia personalidad y el carácter de su raza; y esto sin rebusque de originalidad forzada expresándose siempre con los medios genéricos que había honestamente adquirido. |
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su larga estada en Florencia, a él, blanco del Cerrito, anti –
garibaldino, le había quedado un gran respeto artístico por Italia y un
inconfesado amor, que su muerte en Pisa, la ciudad de los monumentos
silenciosos, pareció casi sellar. Mientras, el cálido y sincero homenaje
tributado a sus despojos por los marinos italianos que los devolvían a la
Patria, pareció agradecerlo. Pero, en esa respetuosa consideración
profesada a su Patria artística no cabían claudicaciones, pues a él le
sobraba talento, espíritu crítico y firmeza de opiniones, aunque no
poseyese una profunda cultura artística, y en línea general no fuese un
verdadero sabio. En una prolija y pesada, pero asimismo interesante y curiosa “Memoria ilustrativa” de su famoso cuadro de los Treinta y Tres, presentada a la Sociedad de Ciencias y Artes de Montevideo, en el año 1878, Blanes parece casi recapitular todas las nociones de orden histórico, filosófico y moral que respecto de su arte poseía y que para un artista plástico representaban, indudablemente, un caudal no despreciable, aún sin contener muchos rasgos originales. Pero si, se nota que todas esas ideas y nociones, en su mayor parte a base de cosas prestadas, que él expone, las aplica y las hace converger hacia la demostración de un concepto propio, un poco vago si se quiere, pero netamente suyo. Lo mismo hizo con lo aprendido en la Academia italiana. Las sabias y genéricas enseñanzas allí adquiridas le sirvieron únicamente para, con su lenguaje común, manifestar su propia original y fuerte personalidad. Su aspecto físico, si lo observamos en algunos auto-retratos y fotografías de varias épocas, es el de un hombre bajo, no voluminoso, pero recio. Su cabeza chica, redonda y enérgica, la frente dura, los ojos vivos y penetrantes, la nariz astuta, los labios pegados, revelan en todo su mentalidad y carácter. Y lo exterior raramente falla en la manifestación de lo interior, para el observador que sabe descifrarlo. Su posición histórico – artística frente al ya numeroso núcleo de los pintores nacionales del pasado y del presente, además de ser la primera en orden de méritos y de tiempo, es de una extrema originalidad, dado que tal vez constituye un caso que no se ha repetido. Ninguno de nuestros pintores del pasado, aún los más escolásticos y tanto menos los período libremente desorientado del presente se le asemeja, tanto en el concepto como en la realización técnica de las obras. Y para el académico Blanes, que ningún amago de rebelión artística había tenido en su vida y que únicamente se había concretado a obrar como honestamente le habían enseñado los maestros en quienes había confiado, confesamos francamente que es una posición de lo más original. Lo cual vendría a demostrar que también las originalidades y los personalismos artísticos, cuando abundan demasiado, dejan de ser originales para volverse comunes y monótonos, en beneficio de quien en la originalidad no piensa, porque la contiene fundamentalmente sin apercibirla. La vida artística de Blanes se puede, clásicamente, dividir en tres períodos. El primero va desde su iniciación hasta su primer viaje a Italia y se distingue por una lenta e incierta, pero tenaz, parsimoniosa búsqueda de medios que le permitan manifestarse en obras que a pesar de su sincero primitivismo e ingenuidad de formas, contiene ya la lógica robustez de su carácter. El segundo período va desde sus estudios en Florencia hasta su segundo viaje a Italia, y sustancialmente es el mejor, porque sus obras reflejan la seriedad de las enseñanzas adquiridas, acompañadas por la notable solidez de su dibujo y la fuerza del color. El tercer período comprende desde su segundo viaje a Italia en 1879, hasta su muerte. En este período, algunas de sus cualidades fundamentales empiezan a deshacerse, su dibujo se vuelve siempre más meticuloso, perdiendo un poco su poder de conjunto y su color se debilita, aflojándose a veces en “blaccoso”, y también se va notando en sus obras un excesivo particularismo de dudoso gusto. Sin embargo, en este tercer período, Blanes pudo todavía obras comparables con sus mejores en el más noble sentido. En cuanto al noble reproche que repetidamente se le ha hecho, de que no había sabido ejercer aquí una actividad docente y que en su taller no había dado entrada a una cohorte de discípulos, si bien eso es cierto, hay que tener en cuenta que Blanes, suspicaz y desconfiado, no era de por si un carácter jovial y comunicativo, tanto más que la ejecución de sus obras le exigía concentración y le costaba esfuerzo, porque su indiscutible aptitud no era de vena fácil y abundante. Además el ya tenía dos hijos encaminados en la carrera artística y se justificaría la presunción de que, en un momento dado, Blanes se hubiera hecho la ilusión de acaparar exclusivamente para su familia, la parte principal, en el sentido más elevado, de la producción artístico – plástica de su Patria. Edmundo Prati El Bien Público 29 de mayo de 1941 |
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