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Blanes: El cuadro de los 33 Orientales
Eduardo de Salterain y Herrera

 

A decir verdad, no era nueva la idea del cuadro de los Treinta y Tres. Pero la ejecución inmediata del mismo encendió el ánimo de Blanes.

Diez años antes, —en 1865—, el pintor había expresado a D. Andrés Lamas, amigo y mentor de historia, lo siguiente:

"A propósito de cuadros de historia y con motivos de mejoras que el Gobierno hace aquí, en la casa de Gobierno, (el Fuerte) el Sr. D. Juan Ramón Gómez (ministro de hacienda del gobierno de Flores) tuvo la feliz ocurrencia de hablarme sobre la oportunidad de hacer el cuadro del desembarco de los 33 patriotas. Esta idea, que para usted no es nueva por cierto, halagó, no ya mis deseos de sacudir la mezquindad y las penas de mi vida material, pero sí el deseo de mostrarme en cuanto me considero capaz como pintor de historia, para alcanzar algo más de lo que se me acuerda como retratista, como le llaman a uno por aquí. Hice un boceto que se me pidió, y me presté á hacerlo sin conocimiento del lugar del desembarco, para mostrar una composición solamente; di escritas las condiciones que debe reunir un cuadro histórico concienciosamente (sic) tratado, contesté a la pregunta sobre precio, (300 onzas por el cuadro en que las figuras sean de la mitad del natural, y setecientas si de tamaño natural), esperé por una resolución, y yendo hace cuatro días en su busca, el Sr. Gómez, en cuya sola voluntad no está sin duda el resolver, me contestó vacilando y sin repugnarle la cosa, de lo que he deducido que el cuadro se haría si el señor Gómez tuviese compañeros tan entusiastas como Vd., etc"[1].

Ahora, a finales de 1875, la situación política es otra. D. Juan Ramón Gómez, perseguido y desterrado en la barca "Puig", está en compañía de catorce ciudadanos. Ya desembarcará en la historia, con sus compañeros de infortunio[2]. Blanes sufre un tropiezo, pues, pero no ceja en su creación, cuente o no con el favor oficial.

Cuando el gobierno de D. Pedro Varela languidece y el país desea aliviar pesadumbres, Blanes inicia el cuadro mayor de su obra, con figuras de tamaño natural, en una tela de seis metros de ancho por tres y pico de alto. El tema es el suceso de la redención de la patria: los Treinta y Tres Orientales.

                                                          

                                                          "................... pisan la frente

                                              Del húmedo arenal, Treinta y Tres hombres;

                                              Treinta y Tres hombres, que mi mente adora,

                                              Encarnación, viviente melodía,

                                              Diana triunfal, leyenda redentora

                                              Del alma heroica de la patria mía"

 

como canta el poeta nacional, inflamado de emoción patriótica ante el inmenso cuadro de la historia[3].

Zorrilla de San Martín sublima el episodio. Blanes lo crea, arrancándolo del tiempo; y la patria, con todos sus hijos, el país entero de unos y otros, confundidos "colorados" o "blancos", "principistas" y "candomberos", lo aclama y bendice.

El suceso patriótico, la portentosa hazaña de Lavalleja y sus compañeros, había estremecido ya el alma de las artes. Naturalmente, que sin la importancia ni la repercusión de la obra de Blanes. El "húmedo arenal" de la Agraciada, el desembarco, propiamente de los Treinta y Tres, —no el juramento—, lo habían representado en la tela Da. Josefa Palacios de Gómez, de Montevideo, en 1854[4], Luis Sacarelo, de Paysandú[5], y presumiblemente algún escolar del calígrafo Juan M. Besnes Irigoyen[6]. Si Blanes conoció estos antecedentes, de honrosa tradición patriótica, de ningún modo influyeron los mismos en la composición de su gran cuadro como basta a mostrarlo el examen de una y otras obras.

Blanes da con su representación, la nota tónica del alma, el himno del entusiasmo colectivo, porque la gloria despierta los más dormidos ecos del corazón. El drama de terror, el cautiverio y la sangre, el crimen, la catástrofe, ya habían sacudido la emoción con trazos apasionados y torvo séquito de sombras. Ahora, la paleta se ilumina como leyenda, con luz dorada del alba, con proeza heroica sin par. Y, desde entonces, la historia es imagen, estilo y color, lenguaje poético, expresión, en fin, para todas las almas, desde el niño hasta el hombre, desde el silencio de las arpas mudas hasta los rumores infinitos de la posteridad.

Blanes es la patria. La revive desde Artigas a los Treinta y Tres, con un idioma nuevo, no arduo ni convencional, sino sencillo, atrayente, sugestivo. Donde toda la expresión histórica no pasa de memoria yerta, imagen primaria e instinto sin forma, Blanes construye un mundo de figuras que dota a la vida y al solar nativo de un sentido propio. Otros, sucesores del pintor, ahondarán en el futuro sus huellas, o imprimirán al trazo matices más puros. El, sin embargo, es padre, germen animador de una representación, sin la cual no hay pueblo con rostro genuino, ni acontecimiento de perduración. Dichoso país, dichoso suelo de una hazaña sin precedentes, de una poesía y de un arte para mantener en ascua el sentimiento de la multitud.

Es la tradición nacional, hablando en él. "... los uruguayos nos hemos empeñado, —dice un día—, en ofrecer a todo el mundo nuestro lindo suelo para pavonearse, mientras nosotros nos damos en las paredes, etc.". "Pintor uruguayo, —añade—, he pintado un cuadro para mi país"[7].

Su tarea gigantesca le ocupa largos años de ideación y de preparación, que desembocan, al final, en dieciocho meses de trabajo candente, ininterrumpido. De toda la producción de Blanes, es este cuadro de vastas dimensiones, el que exige del pintor el trabajo más persistente. Así ha de ser grande, también, la resonancia de la obra. "Pocas obras del arte sudamericano, —anota un cronista,— han alcanzado la extensa difusión lograda por el eximio cuadro histórico, del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, "El juramento de los Treinta Tres Orientales" en la playa de la Agraciada. Todas las formas, todos los materiales de reproducción han multiplicado, hasta lo innumerable, sus copias. El papel moneda lo ha valorizado, propagando su conocimiento a todos los puntos cardinales del Uruguay y del extranjero. Y ha sido un vehículo intuitivo de historia y de leyenda, más eficaz que cualquier epopeya escrita. No conocemos en los países de América hispano - lusitana, ejemplar competidor de esa difusión, a no ser el célebre cuadro de "Los funerales de Atahualpa" del pintor peruano Luis Montero, contemporáneo  del  insigne uruguayo, etc."[8]

No fue menor la resonancia que tuvo el cuadro en el momento de conocerse. Un libro podría contener cuanto se dijo, entonces, encomiásticamente. Entre los laudos, muy del gusto del propio Blanes, destaca su importancia de prolijo examen y meticulosidad descriptiva, el estudio conciencioso de Francisco A. Berra, hombre de ideas, historiador, numen pedagógico de la reforma escolar, quien, en ausencia de crítica de arte, ejercía funciones de juez de la cultura[9].

En el cuadro de los Treinta y Tres —decía—, "se ven en perspectiva primeramente la playa arenosa, cuyo colorido es tomado del natural; a corta distancia, hacia el fondo, y en línea horizontal, que toma casi todo el largo del cuadro, el bosquecillo de mataojos, higuerones y ceibos, sobre cuyas copas se extiende un cielo azul cruzado por blanquecinas nubes. A la derecha del espectador, casi perpendicularmente al plano general, corre el Uruguay, del que se ve la orilla izquierda que forma la curva entrante de la Agraciada; y a la izquierda aparece la desembocadura de Guardizabal. El sol, que ilumina el campo de trecho en trecho, por los claros que los árboles dejan, se levanta a pocos grados del horizonte, y sus rayos caen en ángulo agudo, tomando paralelamente la línea del indicado bosque".

Luego de enumerar y describir uno por uno y minuciosamente a los personajes del cuadro, desde Lavalleja al último soldado de la gran hazaña, particulariza los efectos de la luz y el tema de la obra, diciendo:

"Expresaría asimismo que los colores, especialmente los del ropaje, son de una verdad tan variada y difícil como insuperable; y que están de tal modo acompañados, que nunca se debilitan, sino que, por el contrario se favorecen dándose mutuamente gracia, belleza o brillantez, como si el pincel hubiera tenido la virtud de suministrarles cualidades que naturalmente les falta. Bajo el punto de vista de la verdad, no hallo distinciones que hacer; en cuanto al brillo, sobresalen notablemente las figuras de Lavalleja y de Oribe. Hay luces reflejas sumamente felices; y otras refractadas, que sorprenden al espectador, a la vez que le inclinan a admirar en el artista la original fecundidad de su inventiva y lo preciso de la ejecución, etc."

"El pintor ha elegido para acción de su cuadro el juramento, y ha hecho entrar en la escena como actores, a todos los personajes que se hallaban agrupados en el momento histórico. Ya estos hechos revelan el pensamiento principal y el dogma artístico del señor Blanes. El juramento, hecho que se ve y que se oye, acto por su naturaleza concreto, no tiene para la idealidad las facilidades que la intención de la independencia. Ésta es abstracta, noble, grandiosa, y, sobre todo esto, inmensa, porque admite todas las diversificaciones del sentimiento y todas las preferencias de que es capaz la idealista fantasía. Es, por otra parte, el móvil universal del episodio histórico, su causa, su alma y su fuerza; el propósito de la independencia lo abraza y lo domina todo. El artista uruguayo, sin embargo, no lo toma en lo que tiene de esencia y de ideal; busca una manifestación real, históricamente verdadera, y, si bien se detiene en la más elocuente y noble, porque es grande y abnegada, se apodera de un episodio, de un accidente que traba el vuelo de su imaginación, pero que tiene las condiciones necesarias para conmover sin mentir, respetando la primera virtud del pintor histórico: la verdad.

"La elección del asunto es realista. Pero si se pasa de la acción a los actores, se notará que, temeroso, enterado tal vez, de que la realidad fuese demasiado fría é inanimada, se desvía de la severidad histórica y hace jurar al mismo tiempo que a Lavalleja a sus treinta y dos compañeros. El éxito de la pintura, como el del drama, requiere la unidad, porque es atributo de la naturaleza, y porque no es agradable á la sensibilidad sino lo que es fiel á los caracteres de la existencia natural. La conducta de los Treinta y Tres, en lo general y en lo particular, fue una porque fue armónica en todos los momentos, desde que todo cuanto pensaban y hacían correspondió a un móvil solo y permanente. Pero este móvil estaba en el pensamiento, era el propósito de la emancipación, etc."

"Todo el lienzo revela claramente que presidió a su composición un trabajo reflexivo y un espíritu sistematizador y lógico; nada se descubre hecho de una manera incipiente; la unidad verosímil es fundamental en la composición, pues que de sus relaciones con el hecho se derivan todas las circunstancias del cuadro, en armonía con el orden de ideas y de sentimientos que caracterizan aquella época esencialmente revolucionaria. Ahí está, en mi concepto, la filosofía del cuadro, etc."

Blanes redactó una "Memoria del cuadro de los Treinta y Tres" a objeto de contribuir a la ilustración detallada de su gran tela. Poco añade la explicación a la observación y a la inteligencia histórica del episodio, pues que explana una serie de consideraciones acerca del arte clásico universal y de diversas costumbres de los pueblos de la antigüedad, como en discurso académico. Sin embargo, y al decir de un diario de la época referido a la lectura de la extensa memoria en la "Sociedad de Ciencias y Artes" (la noche del 5 de enero de 1878), presidida por D. Melitón González, Blanes "explica todo su cuadro: dice porqué escogió el momento de la jura y no del desembarco, lo cual hubiera dado a su concepción un tinte melodramático, puesto que la llegada al sitio donde iba a plantarse con el pié la semilla de la libertad, se hizo de noche; hace la historia con admirable sencillez, de aquellos treinta y tres hombres, de los que unos pocos, eran héroes de la idea, concebidores de un gran pensamiento, y todos héroes de la abnegación y de la amistad, etc."

Apoteosis de la libertad v exaltación de la gloria histórica, la tela provocó un desborde universal de admiración, un entusiasmo frenético nunca visto. El cuadro, conservado hoy en el Museo de Bellas Artes, merecería remedar las aclamaciones de su origen, cuando el pintor lo descubrió a los hombres de su tiempo.

"El 2 de enero de 1878 —dice una relación oficial—, fue descubierto en el taller del pintor, en la calle Soriano, en presencia del Gobernador, Coronel don Lorenzo Latorre, Ministros de Estado, altos funcionarios y numerosos invitados. El pintor pronunció breves palabras, que fueron contestadas por el Coronel Latorre, quien hizo el elogio del artista y de su obra. Don Domingo Ordoñana, habló en seguida". (10), narrando:

"En la tarde del 18 de Abril de 1875, tres hombres acababan de tomar tierra en Casa Blanca (Estancia de Ordoñana), preguntando por nosotros el que parecía Gefe de la espedición. Aquellos hombres eran los señores Blanes, padre é hijo (Juan Luis), y el boticario Sr. Arechavaleta (José de Arechavaleta, naturalista). Dejando al señor Arechavaleta herborizar, seguimos con el Sr. Blanes que nos demandaba le indicásemos el punto en que desembarcaron los Treinta y Tres; y que años antes habíamos amojonado con nuestro amigo Artagaveytia (D. Adolfo). A la aurora del día siguiente, 19 de Abril, señalábamos al Sr. Blanes, el punto objetivo de su espedición, y aquel punto escondido en un seno del Río Uruguay, es el que está a nuestra vista en ese lienzo; en el cual se destacan con sorprendente fidelidad treinta y tres figuras originales todas, porque todas están individualizadas en los treinta y tres héroes que dieron libertad a esta República heroica, hasta en sus contiendas civiles, etc." (11).

A partir del día de la inauguración —añade la crónica—, "el cuadro quedó en exposición en el taller del pintor, etc. Durante más de un mes, millares de personas de todas las clases sociales desfilaron ante el cuadro. La prensa entonó verdaderos loores; coronas y ramos de flores fueron depositados a diario al pie del cuadro por los descendientes de los guerreros y por las familias de Montevideo; se encendieron junto a él pastillas aromáticas en pebeteros; se colocaron sobre el tapiz cintas y ofrendas simbólicas ; los poetas leyeron allí poemas en que exaltaban la gloria inmortal; se depositaron durante muchos días mensajes en prosa y verso y cotidianamente se renovó la peregrinación del público, etc. Concluida la exposición, cuando pueblo y gobierno se aprestaban a adquirir el cuadro, el pintor lo donó generosamente al Estado. Ese mismo año fue exhibido en Buenos Aires, etc".

No es todo. Pensóse esos días, y lo aconsejó D. José A. Tavolara, director de la Biblioteca Nacional, que el cuadro fuera remitido a la exposición internacional de París. La cosa no pasó de intención y Blanes donó su tela al gobierno de la patria. Al efecto, el 28 de enero de 1878, se dirigió el pintor a D. José María Montero, ministro de gobierno, en los siguientes términos:

"Satisfecho mi amor propio de ciudadano y de artista con las muestras evidentes de simpatía que se dispensa por el público a mi cuadro "Juramento de los Treinta y Tres" y juzgado ya ese trabajo por el Superior Gobierno con señalada benevolencia, debo a mi vez llenar el objeto que lo motivó, poniendo ese lienzo a disposición del Gobierno de mi patria, para que se sirva darle el destino que le corresponda. No tuve nunca, Exmo. señor, la idea de exponer la imagen de los "Treinta y Tres" a los azares de la fortuna, porque yo no podía, ni debía contradecir la fe, el denuedo y el patriotismo con que los patriotas representados en esa tela ejecutaron su pensamiento, del cual he participado todo el tiempo consagrado a rememorar su juramento. Ruego pues a V.E. quiera honrar el espíritu de esta comunicación, elevando su tenor al conocimiento de S.E. el señor Gobernador del Estado.

Me es grato saludar, etc., Juan Manuel Blanes".

El gobierno, por intermedio del ministro Montero, expresó al día siguiente (29 de enero) a Blanes:

"...Al contestar su nota prescindo de encomiar la modestia que esas sentidas palabras revelan, así como de emitir juicio alguno sobre aquella obra, porque hay méritos y glorias que no se discuten. Sin embargo, permítame Vd. serle franco, dar por un momento expansión a mis sentimientos, y manifestarle el juicio que abrigo, creyendo que si no fuera inmortal la memoria de aquellos próceres, el cuadro "Juramento de los

Treinta y Tres Orientales" acaso bastaría para legar sus nombres a la  posteridad. En mérito de esa opinión, puede usted figurarse cómo valorará el infrascripto su generoso donativo y los términos de la nota explicativa, elocuentes frases que atestiguan la hidalguía de sus sentimientos. Pero si sus deseos como ciudadano y como artista están suficientemente satisfechos, toca al Gobierno, o más bien a la Nación, demostrar su agradecimiento, estimulando en lo que cabe tan patrióticos como nobles afanes, y en ese sentido puede a usted caberle la seguridad de que se harán efectivos los propósitos de la superioridad. Satisfacción legítima siento, distinguido señor, al manifestárselo, porque el talento y el genio elevan el nivel de un pueblo y enorgullecen á los que admiramos sus destellos, como emanados de una luz purísima que siempre irradia y que jamás se apaga. Permítame usted, pues, le signifique el empeño decidido del Gobierno, porque su obra sea justamente premiada; permítame usted invocar el augusto nombre de la Patria, para agradecer su desprendimiento y adelantar, si es posible, las esperanzas del genio; y admita como sinceros los testimonios de la consideración y respeto, con que se suscribe su obsecuente y S.S. José María Montero (hijo)".

El suceso apasiona y cunde el entusiasmo patriótico. Ante la exposición y en la vía pública, se distribuye impresa una "Descripción de los personajes en el cuadro "Juramento de los Treinta y Tres" (12). El eco de la fama traspasa los límites del país. Después de exponerse el cuadro a todo el mundo y a beneficio de las sociedades caritativas de Montevideo, Buenos Aires, la capital argentina, lo pide con fines similares. Allá va la tela, —ya que no a París,— "realizada con emoción sostenida, sin hiatos, con calor unitivo, sin desmayos ni soldaduras determinadas por grados diversos en la coherencia interior" (13).

Un visitante, el poeta argentino José Hernández, autor del "Martín Fierro", compone una versería, —al decir de Hidalgo, el precursor,— de 33 coplas, al estilo gauchesco, tituladas "Carta que el Gaucho / Martín Fierro / dirige a su amigo / D. Juan Manuel Blanes / con motivo de su cuadro / Los Treinta y Tres". La extensa composición se desenvuelve en la descripción particular de cada uno de los personajes. Pero, esencialmente, dice:

Amigo don Juan Manuel,

Me alegro mucho que esté

Sano del copete al pie,

Y dispense si en su carta

Algún disparate ensarta

Este servidor de usté.

.........................................

 

Por supuesto, los diez pesos

Los largué como el mejor,

Pues no soy regatiador,

Y ya dentré á ver después

Los famosos Treinta y Tres.

¡Ah, cuadro que da calor!

 

Me quedé como azorao

Al ver esta comitiva,

La miré de abajo arriba,

Pero ¡que el diablo me lleve!

¡Si parece que se mueve!

Lo mesmo que cosa viva !

.........................................

 

Para mí, más conocida

Es la gente, subalterna;

Mas se ve que quien gobierna,

O lleva la dirección,

Es un viejo petisón

Que está allí abierto de piernas.

Tira el sombrero y el poncho,

Y levanta una bandera

Como diciendo, "ande quiera

Que flamé se ha de triunfar,

Vengo resuelto a peliar

Y que me siga el que quiera".

 

Le está saliendo a los ojos

El fuego que el pecho encierra

Y señalando a la tierra,

Parece que va a decir:

"Hay que triunfar ó morir,

Muchachos, en esta guerra".

.............................................

 

No meto en esta copiada

A todos, por no cansarlo;

Pero debo confesarlo,

Amigo, y se lo confieso,

Yo le saqué los diez pesos

Al cuadro, de tanto mirarlo.

 

Con esta son Treinta y Tres,

Si es que la cuenta no yerro,

Así pues, mi carta cierro,

Amigo : me planto aquí.

Ni Cristo pasó de allí,

Ni tampoco. ....

Martín Fierro.

Todo fue entonces así, canto de gloria, apoteosis. Autor, arte, patria, trinidad indivisible v reverenciada. La exaltación del sentimiento nacional que encendía el cuadro y el género inicial de la pintura histórica conmemorativa en el Uruguay, vedaban el examen puramente estético de la obra. Celebrábase la fantasía grandiosa del episodio fielmente reproducido, tras el afán exasperado del autor en pos de la realidad del ambiente y de los personajes. Podía convenirse que la reunión histórica de los Treinta y Tres, no se había desarrollado, exactamente, del modo que Blanes la representara, pero aceptaríase, sin discusión, que el suceso heroico y los resultados

inmediatos del mismo justificaban sobradamente la concepción escénica del pintor. Todo acontecimiento trascendente en los pueblos, ha de lindar con el símbolo o nutrirse de emoción poética para perdurar. Donde sea exclusivamente verdad descarnada, no pasa de referencia documental para la relación cronológica.

La vastedad de la concepción de Blanes, no deja de ofrecer reparos de carácter artístico. Basta observar atentamente la tela para notarlos. Pero, qué son deficiencias junto a notorias virtudes de la obra. El cerebro recio y persuasivo de Blanes, su pasión épica de ejecutante, comunica heroicidad al episodio en todas y cada una de las particularidades del mismo, pese al convencionalismo escénico de los grupos juramentados. Si la representación artística fuera norma habitual enteramente semejante al sujeto o al hecho real, perdería la condición primordial de cosa de arte. El artista usa el objeto, —figura o suceso,— como medio de servirse de él, mientras el fotógrafo no puede operar delante de una idea. Precisamente Blanes, que de común embrida el arrebato lírico acortando brazo y pincel; él, que pone la idea ante todo y el concepto en cada rasgo con arreglo al temperamento y a su edad de despiadado racionalismo, no sacrifica la plástica al dominio mental y obtiene el efecto mágico de transformar en acción y materia consistente, la presencia heroicamente romántica de los Treinta y Tres.

"Creo que puede afirmarse, —señala un artista nacional,— que es gran fortuna que poseamos un pintor de tal categoría. Además, el mejor ejemplo, no sólo de pintor, —pues lo era incuestionablemente,— sino de pintor sincero y concienzudo. Y él nos da esta lección, de que, sea cual sea la escuela, si un pintor ha tenido pasión y respeto por su arte, su obra resiste al tiempo" (14). "A Juan M. Blanes, —anota un crítico extranjero,— corresponde la honra de haber sido el precursor de los pintores de historia en las márgenes del Plata; y sobre todo, habrá tenido este gran mérito: el de ser el primer artista casero que haya realizado una hazaña inaudita y portentosa : la de infundir confianza a nuestros Gobiernos, etc." (15).

Notas

(1) Párrafos de una carta de Blanes, en Montevideo, a D. Andrés Lamas, el 29 de agosto de 1865. (Correspondencia citada, del Archivo Histórico Nacional).

(2) Eran sus compañeros de deportación, Julio Herrera y Obes, José Pedro Ramírez, Juan José de Herrera, Anselmo Dupont, Agustín de Vedia, Aureliano Rodríguez Larreta, Segundo, Ricardo, Fortunato y Eduardo Flores, Carlos Gurméndez, Octavio Ramírez, Osvaldo Rodríguez y Cándido Robido. 

(3) Juan Zorrilla de San Martín, "La Leyenda Patria", fragmento de la parte III. (Certamen de la Florida, el 25 de agosto de 1879).

(4) Óleo sobre tela, sin firmar, (9.70x12.20), titulado "Desembarco de los Treinta y Tres Orientales", existente en el Museo Histórico Nacional, Casa de Lavalleja, Sala de los Treinta y Tres Orientales. El catálogo explicativo del museo, describe así el cuadro: "Al centro, aparece el Gral. Juan A. Lavalleja, quien sostiene con su mano izquierda, una bandera tricolor, azul, blanca y roja, con un grupo de componentes de la expedición libertadora, en diversas actitudes; a la izquierda, al fondo, véase a otra parte de los mismos, semiocultos entre los árboles- a la derecha, en primer plano, está un hombre a caballo, y más atrás, otros, arrodillados y de pie. Junto a los árboles. Al fondo, al centro, se divisan el río Uruguay y una embarcación que se aleja". El cuadro se ha oscurecido con el tiempo. Cuando apareció en Montevideo, el "Eco de la Juventud Oriental" publicó un elogio de la obra y de su autora, la señora Josefa Palacios de Gómez, debido a la pluma de Fermín Ferreira, hijo, según lo recuerda y transcribe D. Eustaquio Tomé en "El Debate", del 20 de abril de 1945, Montevideo.

(5) Cuadro del desembarco: de los Treinta y Tres, en poder del general D. Adolfo S. Quintana. El autor, Luis Sacarelo, —de Paysandú— era hijo del botero que trasladó a los patriotas a la playa de la Agraciada e hizo donación de su cuadro a D. Antonio Quintana. La tela, ovalada, de suave coloración, representa a Lavalleja y sus compañeros, pisando "el' húmedo arenal". Al fondo, el río anchuroso y un rancho en alto, y en primer plano de la derecha, el bote que se aleja (6)  Viñeta, —figura caligráfica decorativa,— del "Acta de donación de dos fragmentos de la bandera de los Treinta y Tres Orientales" (a doña Josefa Cavia de la Torre). Representa, también, una escena alusiva a la expedición de Lavalleja tratada en dos grupos. El trabajo tiene las iniciales J. M. C. y se conserva en el Museo Histórico Nacional (Casa de Lavalleja, Sala de los Treinta y Tres Orientales).

(7) Párrafos de la citada carta de Blanes a D. Andrés Lamas, del 18 de agosto de 1865. (Archivo Histórico Nacional, correspondencia aludida).

(8) Julio F. Castro Príncipi, en "Mundial" del mes de mayo de 1948, Montevideo.

(9) Extenso estudio, —del que se transcriben fragmentos—, publicado en "El Siglo", del 9 de enero de 1878, Montevideo.

(10) Catálogo I, citado, de la exposición conmemorativa de las obras de Blanes, pág. 121, Montevideo, 1941.

(11) Fragmento del discurso de D. Domingo Ordoñana, publicado en "La Tribuna" de Montevideo, el 2 de enero de 1878. — D. Domingo Ordoñana (1820-1897), amigo de Blanes, era un rico hacendado de Soriano, fundador de la "Asociación Rural del Uruguay", y miembro de la comisión encargada de redactar el código rural, de 1875. Ideó y costeó la erección del monumento conmemorativo de los Treinta y Tres, erigido en la playa de la Agraciada. Dicho monumento, consta de una simple pirámide sobre un cubo, con estas dos inscripciones: "Aquí desembarcaron los Treinta y Tres patriotas el 19 de abril de 1825", y "Por iniciativa y expensas de Dn. Domingo Ordoñana se levantó esta pirámide en 1862 y la regaló a la Nación el 19 de abril de 1864".  

(12) -Impresión de la "Sociedad Ciencias y Artes", bajo el referido título, añade: "La numeración (de los personajes) empieza a la izquierda del espectador (del cuadro) con el número 1, y termina con la última figura del cuadro, siguiendo estrictamente el orden de la colocación, sin tener en cuenta la perspectiva. — 1. Ignacio Núñez; 2.Juan Acosta; 3. Felipe Carapé; 4. Juan Rosas; 5. Celedonio Rojas; 6. Manuel Meléndez; 7. Avelino Miranda; 8. Agustín Velázquez; 9. Manuel Freiré; 10. Joaquín Artigas; 11. Gregorio Sanabria; 12. Santiago Nievas; 13. Santiago Gadea; 14. Ignacio Medina; 15. Jacinto Trápani; 16. Luciano Romero (arrodillado); 17. Juan Spikermann; 18. Pablo Zufriategui; 19. Simón del Pino; 20. Manuel Laballeja; 21. Juan Antonio Laballeja; 22. Atanasio Sierra; 23. Manuel Oribe; 24. Andrés Spikermann; 25. Ramón Ortiz; 26. Juan Ortiz; 27. Tiburcio Gómez; 28. Pantaleón Artigas; 29. Andrés Areguati; 30. Andrés Chebeste; 31. Francisco Laballeja; 32. Dionisio Oribe; 33. Carmelo Colmann".

(13) "La Nación" argentina, Buenos Aires, 18 de junio de 1941

(14) Joaquín Torres García, fragmento de "Mi iniciación en la pintura", del catálogo I, ya citado, pág. 47, de la exposición conmemorativa de Blanes, Montevideo, 1941.

(15) Eduardo Schiaffino, en "La Biblioteca", tomo II, pág. 89, Buenos Aires.

Eduardo de Salterain y Herrera
Blanes: el hombre, su obra y la época
Montevideo, 1950

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