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Prólogo de Elisa Silva Cazet a
"La Cruzada de los Treinta y Tres"

de Luis Arcos Ferrand

 

Julio María Sosa en su obra "Lavalleja y Oribe" publicado por la Biblioteca del Club "Vida Nueva" en 1902 lamenta el hecho de que, a consecuencia de las disidencias partidarias no se conociera con exactitud el período comprendido entre la caída de Artigas y el año 1870, ya que se habían adulterado épocas, mistificado acontecimientos importantes y transfigurado muchas personalidades. A su juicio, el libro del Dr. Luis Alberto de Herrera "La Tierra Charrúa" no escapaba a esa crítica pues aunque su autor manifestaba su propósito de procurar sin sectarismos políticos formar los sentimientos y las ideas populares en un culto purísimo y desapasionado de los hombres de verdadero valor de nuestra historia, su obra contenía inexactitudes y revelaba parcialidad en el juicio. En la obra de Julio M. Sosa predomina la pasión partidista. Circunscribiéndonos al tema que nos ocupa, Sosa, al criticar un proyecto presentado por el Dr. Alfredo Vásquez Acevedo en el Senado por el que reducía las fiestas cívicas al 19 de abril, 25 de agosto y 18 de julio, considera una "aberración monstruosa" conmemorar esas fechas como simbólicas de nuestra independencia. A su juicio el movimiento revolucionario iniciado por los Treinta y Tres el 19 de abril no procuró la independencia absoluta sino la reincorporación a la antigua comunidad de las Provincias Unidas. Con respecto al 25 de agosto opina que era una mistificación burda y deleznable considerar ese día aniversario de nuestra independencia pues la ley de independencia quedaba desvirtuada por la ley de unión. Su estudio se inicia con la entrada de los portugueses en Montevideo en enero de 1817, la actitud complaciente del Cabildo, que constituía una reacción contra Artigas, la deserción del Cuerpo de Libertos y las resoluciones del Congreso Cisplatino, la independencia del Brasil y su repercusión en la Provincia Oriental, los trabajos revolucionarios de los montevideanos por la anexión a las Provincias Unidas.

Con respecto a la cruzada expresa que en la madrugada del 19 de abril desembarcaron los Treinta y Tres en la Agraciada, margen izquierda del arroyo Gutiérrez, puesto de Da. Manuela Ruiz de Gómez. Afirma que el juicio severo que le sugiere la empresa de los Treinta y Tres es sólo relativa a sus fines políticos; no desconoce el valor que pusieron de manifiesto. Rechaza el juicio del Dr. Luis A. de Herrera de que Lavalleja y los Treinta y Tres procuraron consolidar la nacionalidad bosquejada por Artigas, pues su propósito era la reincorporación a las Provincias Unidas.

Carlos Roxlo, en una conferencia pronunciada en el Club Nacional el 5 de setiembre de 1902, que publicó bajo el título de "Los Treinta y Tres" manifestó que el libro de Julio María Sosa le proporcionaba el pretexto de referirse a una de las épocas más interesantes a su juicio de nuestra historia. Su propósito era defender lo que entendía eran glorias comunes a todos los uruguayos, consagrándose a exaltar la personalidad de Lavalleja, que según Sosa no pertenecía a ninguno de los partidos tradicionales. El punto que se detiene a analizar es el de si nuestra nacionalidad poseía génesis propia o si fue la resultante de necesidades políticas o diplomáticas de los dos Estados vecinos. Parte de la base de que los Treinta y Tres hubieran tenido el propósito de reunimos a las demás Provincias del Río de la Plata. Recuerda el hecho de que, independiente el país, Juan C. Gómez y el Dr. Pedro Bustamante habían predicado la anexión. Lo que en la actualidad podía ser considerado un crimen político, en la época de Artigas o en 1825 podía ser sólo una necesidad. Entre incorporarse al Imperio del Brasil o a las Provincias Unidas no podía vacilarse a causa de la vinculación histórica que con ellas existía: lengua, el espíritu democrático y el sentimiento republicano. Independizarse de España para unirse al Brasil no era otra cosa que cambiar de dueño. Por otra parte, si los Treinta y Tres hubieran aspirado a la unión no se habría tratado de una anexión servil, porque, educados en la escuela de Artigas, no la hubieran aceptado. La opinión de Roxlo es que los Treinta y Tres aspiraban a conquistar la independencia. La circunstancia los obligó a ocultar ese sentimiento, en primer término porque necesitaban el auxilio argentino y en segundo lugar, porque tenían la experiencia de la lucha cruenta por la autonomía. Al encubrir sus verdaderas intenciones los Treinta y Tres revelaron actuar con prudencia. Afirma que la primera ley sancionada por la Sala de Representantes de Florida el 25 de agosto de 1825, la de independencia, era la expresión del sentimiento público; la segunda, la de unión, fue impuesta por las circunstancias. Se apoya en la opinión de historiadores como Bartolomé Mitre, Adolfo Saldías, Vicente F. López, Andrés Lamas, Deodoro de Pascual para poner de manifiesto el sentimiento segregacionista que había animado siempre a los orientales y se refiere al conflicto suscitado entre el General Martín Rodríguez y Lavalleja, a consecuencia de la defensa hecha por éste en 1826 de la autonomía de las milicias orientales.

Al aproximarse el año 1925, la preocupación en torno al estudio de la cruzada de los Treinta y Tres se vio desplazada por otra que requería una definición inmediata: la fecha en que debía celebrarse el centenario de nuestra independencia. Era imprescindible expresar la opinión oficial sobre el significado del 25 de agosto de 1825, sobre si la intención de los orientales que integraron la Sala de Representantes había sido declarar la independencia absoluta de la Provincia o si, por el contrario, habían aspirado a incorporarla a las Provincias Unidas.

José G. Antuña en una conferencia pronunciada en el salón de actos públicos del Ateneo el 24 de agosto de 1921 se refirió a la fecha en que debía celebrarse el centenario de nuestra independencia. Considera que la segunda ley de la Florida no significa el renunciamiento definitivo a la independencia integral del país. Opina que la Convención de Paz de 1828, considerada aisladamente, no podía constituir sino un recuerdo lamentable para nuestro patriotismo. En el año 1830 estábamos aún lejos de esa soberanía. No debía preocupar el grado de soberanía de la Banda Oriental en 1825. La Provincia Oriental liberada de la dominación extranjera volvía a la comunidad de origen, pronta para ejercer el gobierno. Desde los albores de la nacionalidad se agitó el principio de la soberanía por Artigas. La Asamblea de la Florida la ratificó en 1825 de acuerdo, también, con la actualidad política y constitucional del Río de la Plata. La idea federalista había sufrido serios contrastes debido al centralismo de Buenos Aires, derrotado en 1820, año que señaló el comienzo de la gran etapa en la organización institucional de las Provincias Unidas. La Provincia Oriental, al salir del despotismo luso-brasileño, se incorporaba al consorcio tradicional de sus hermanas del Plata, a las demás Provincias, manteniendo sus derechos y facultades privativas para darse la forma que en uso y ejercicio de su soberanía estimara conveniente. Las Provincias Unidas eran en 1825 un conjunto amorfo de comarcas teóricamente autónomas, sin el vínculo constitucional que las rigiera. No poseían ni constitución ni forma definitiva de gobierno y de aquí que los orientales tuvieran la seguridad de conservar libérrimas sus instituciones. "Nuestra independencia —expresa— no la debemos al Tratado de 1828 ni a la Constitución de 1830 que fue su consecuencia inmediata. Ella no fue un regalo de la Argentina y del Imperio bajo la inspiración de Inglaterra, porque nuestra independencia fue conquistada con la sangre, con el esfuerzo, con el heroísmo y con el pensamiento de los orientales".

El 31 de agosto de 1921 José G. Antuña presentó en la Cámara de Representantes, que integraba, un proyecto de ley por el que se determinaba la fecha del 25 de agosto de 1925 para la celebración del centenario de la independencia nacional.

Pablo Blanco Acevedo en el informe presentado a la Asamblea General el 15 de enero de 1922 no se detiene a estudiar la cruzada de 1825 ya que su interés se centra en precisar la fecha en que debía celebrarse el centenario de nuestra independencia, que a su juicio debía ser el 25 de agosto. Blanco Acevedo analiza el surgimiento del sentimiento autonomista montevideano, producido por la rivalidad mercantil entre ambos puertos del Río de la Plata a consecuencia de la política seguida por el Consulado de Comercio instalado en Buenos Aires, sentimiento autonomista que distinguirá a la revolución oriental a causa de la lucha librada por Artigas en defensa de la soberanía particular de los pueblos contra la política centralista porteña, heredera de la escuela de los virreyes y del Consulado de Comercio. Estudia luego los antecedentes del movimiento revolucionario de 1825, el desarrollo de éste y las negociaciones que condujeron a la firma de la Convención Preliminar de 1828, que reconoció internacionalmente nuestra independencia. La ley fundamental del 25 de agosto de 1825 unió la Provincia Oriental a las demás del Río de la Plata, no la incorporó a un Estado aún inexistente. Conservó todas sus atribuciones, se dio una organización propia y su gobierno condujo los negocios públicos de acuerdo a las normas y leyes que dictó.

El Concejo Departamental de Montevideo adhirió al Centenario de 1825 mediante un concurso histórico sobre "La Cruzada de los Treinta y Tres". El jurado otorgó el primer premio a la obra de la que resultó autor el Dr. Luis Arcos Ferrand y el segundo, al estudio presentado por Alberto Zum Felde.

Para el estudio del tema y la redacción de la obra que forma este volumen, el Dr. Luis Arcos Ferrand consultó y utilizó las fuentes editas a las que nos referimos en las páginas precedentes, publicadas entre 1835 y 1922. Aportes bibliográficos de diverso carácter que demuestran un sostenido interés por perfeccionar el conocimiento del trascendental hecho histórico. Obras de desigual valor, debidas a autores de muy distinta jerarquía pero que, en conjunto, permiten apreciar la evolución, a través de un siglo, del conocimiento sobre el tema. El autor tuvo a su alcance la documentación manuscrita incorporada al ex "Archivo y Museo Histórico Nacional" procedente de la colección Andrés Lamas, que comprendía, entre otros conjuntos, el archivo del Gral. Juan Antonio Lavalleja, cuyo inventario había sido difundido en el Tomo XII de la "Revista Histórica", archivo que había puesto en valor el Dr. Pablo Blanco Acevedo en su ya mencionado informe legislativo.

Arcos Ferrand reunió todos esos elementos de juicio en una prolija labor de investigación, los sometió a un riguroso análisis crítico y extrajo de ellos lo medular para reconstruir el panorama histórico del período 1820-1825, en el que se sucedieron las etapas que culminaron en la cruzada, cuya proyección en el proceso de la independencia nacional aprecia con agudo sentido. Arcos Ferrand no recargó su libro con un exceso de minuciosidad detallista en el que pudo haber incurrido seducido por la diversidad de las crónicas y memorias. Lo válido de esos testimonios está decantado en la exposición que el autor hace de los hechos, en sobrio y diáfano estilo, que acreditan sus dotes de escritor y la enjundia del pensador consagrado al estudio de severas disciplinas.

Esta obra sobre un período de nuestra Historia Nacional fue escrita por un hombre dotado de aguda inteligencia, definida vocación y probado espíritu de superioridad para sobrellevar las penurias de la enfermedad que le acechó desde la infancia v cegó su vida a temprana edad. Realza sus valores intelectuales, sus estudios jurídicos y el perfil moral del Profesor de Derecho Constitucional, que accedió a la cátedra en 1932 para labrar honda huella en la mentalidad de una generación con la hondura de su pensamiento, su pureza de alma y el ejemplo de sus virtudes cívicas.

 

Prólogo de Elisa Silva Cazet a

"La Cruzada de los Treinta y Tres"
Luis Arcos Ferrand

Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 151

Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, 1976

 

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