Dos impresionistas del campo uruguayo

Eduardo Fabini y Pedro Blanes Viale

Crónica de Carlos Sabat Ercasty

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XI Nº 483 (Montevideo, 19 de abril de 1942) .pdf

Inédito, en la web mundial, al día 11 de marzo del 2025, conste

Fabini tocando el violín en el Arequita

Retrato de Fabini en el Arequita pintado por Blanes Viale

Ver, además:

Eduardo Fabini

 

Eduardo Fabini: componiendo música entre los cerros, crónica de Alejandro Michelena (Uruguay)

 

Hablando con Eduardo Fabini Revista Cruz del Sur Nº 2 mayo 31 de 1924 c/video

 

Reencuentro con Eduardo Fabini - Crónica de Roberto Lagarmilla (Uruguay)

Pedro Blanes Viale

 

Los Paisajes de Blanes Viale , por Fernán Silva Valdés (Uruguay) c/video

Eduardo Fabini y Pedro Blanes Viale estuvieron unidos, desde los años de la mocedad por un vínculo amistoso que jamás fue quebrantado. He ahí dos almas gemelas atravesadas por el dardo de la belleza, y nacidas para crear por puro goce estético, por el íntimo y delicioso encantamiento de la hermosura misma. Fabini nació en el departamento de Lavalleja, en el pequeño pueblo de Solís. Blanes, en la ciudad de Mercedes, que acerca su blancura y su tranquilo resplandor a la profundidad sombría del Río Negro. El alma de Fabini se acuesta sobre el tímpano de su oído para captar con recóndita fidelidad la onda misteriosa de la música; la de Blanes, apoyaba su sed en la trama nerviosa de la retina, para embriagarse en los colores del mundo. Estamos, ante dos almas poéticas, predestinadas por los ocultos dictados del espíritu, para arrancarles a la vez al mundo interior y al mundo exterior,  cruella prodigiosa esencia de la luz y del sonido, que levanta en la ilusión sorprendentes oasis, sube selvas de armonía, estremece raíces vitales, irrumpe flores que desafían al número, y abre, con unción delicada y profunda, las claves herméticas de las cosas, para superponer al universo real el sueño infinito del hombre en su anhelo genésico, en su tremenda ansiedad de igualarse a la naturaleza misma en la virtud creadora.

¿Imagináis el sueño prodigioso de los sonidos, el ritmo, el acento, el fuego ascendente del canto, el corazón entero vertiéndose en el inasible estremecimiento de la melodía? ¿Imagináis la marcha de la orquesta, la simpatía de las voces instrumentales, las cascadas de amor, de sorpresa, de éxtasis, irrumpiendo desde el río interior de la sonoridad, para ensancharse en continua corriente entre el cauce del compás y del tono? ¿Imagináis el juego fulgurante de los colores, la luz y la sombra, la gradación nerviosa de los matices, el ritmo de las formas aprisionadas por el abrazo de las líneas. Imagináis la sinfonía cromática de los árboles, de los bosques, de las montañas, el torrente de llamas impetuosas, la ruda potencia de la piedra, el fluir de las aguas en las gradaciones de la luminosidad, la irradiación que logra el alma en el idioma perfecto del iris solar? Música y pintura, he ahí dos rostros del mundo, dos expresiones del enigma, dos heridas de amor que vierten en diverso idioma una sola ebriedad: la belleza. Sus medios son distintos, pero su objeto es único: la belleza. Uno embriaga el oído, el otro, la pupila, más en el alma se abrazan a una sola embriaguez: la belleza.

El amor de Fabini a su región natal, le encadenó el alma desde su infancia, a su propio tierra. Allí la educó abriendo su sensibilidad al canto secreto de los seres y de las cosas. Sus primeros maestros de música fueron los vientos y las brisas, las claras aves que eran para su niñez los vivos instrumentos de la tierra, los saltos de agua, el zumbido de los insectos, la rítmica de los galopes, la voz del campesino, que abrazado a su guitarra, en candorosa confesión, desborda su ser y dice en el canto la entrañable pasión. Y ese aprendizaje no fue destruido por otro alguno. Recorrió Fabini el viejo mundo. Escuchó la música de otros pueblos y de otras razas. Se compenetró del secreto de otras técnicas artísticas, infinitamente más complejas y sutiles. Pero su alma siguió siendo gaucha y el campo de su melodía fue el campo querido de su niñez, cuando su alma virgen y sencilla, recibió, como un rocío para sus secretas flores, el trino de los pájaros indígenas y la melodía que llora y ríe en la caía sonora bajo la sexticorde vibración de la vihuela.

Fue Eduardo Fabini quien llevó a Blanes hasta las sierras de Minas. Si él les había arrancado el idioma de sus propias melodías y sinfonías, si se adentró en el secreto de sus voces, como si por la herida de un ceibo hubiese bebido el origen mismo de ese idioma que hunde sus raíces en el limo fecundo, ¿por qué el pintor no penetraría también en ese lenguaje profundo, si no con la sonda del oído con la sonda de los ojos? Oír es como ver con los oídos; ver es como oír con los ojos. Las sensaciones son distintas, pero la esencia es única en lo que tiene de profundidad y de penetración. El alma de las cosas se conquista lo mismo con la palabra del sonido que con la palabra del color. La tierra está cuajada en el pensamiento y en la emoción. La superficie de la luz y del sonido se apoya sobre los hondos cimientos que tocan en la entraña del misterio. La mente del artista, con el prodigioso afinamiento de su sensibilidad, toma el dato exterior, lo abre con la sed, y sondea el alma de las formas. La naturaleza es una eterna revelación. Ver y escuchar con el ser entero apoyado en la visión y en la audición, es tender una red al torrente de ideas, de pasiones, de impulsos, que sin descanso se desprende del universo. Quien más aguce el nervio con que esa red está tejida, más se identifica al sentido prodigioso de las cosas, y más le hurta a la esfinge infinita, contraída sobre las claves de la verdad.

Cuando Blanes Viale, nos decía Fabini, hubo contemplado la vasta zona que cubren las sierras de Minas, se sintió dominado, más que por ninguna otra presencia, por la del cerro del Arequita. Todo cuanto podía sentir su alma de pintor con más ardimiento, allí estaba al alcance de sus ojos. Verdes lejanías de tonos anchos y gozosos, valles de silencio donde a ciertas horas la luz se atenúa y adquiere una delicadeza casi nocturna; árboles caprichosamente agrupados en un desorden grato al libre esparcimiento de la mirada; el río Santa Lucía con su cauce arado por los siglos, surco celeste donde las horas del día siembran sus colorea radiantes, y las de la noche dejan caer el trigo ardiente de las estrellas; cerros cónicos, de perfecta curvatura, tapizados por hierbas y arbolados jocundos, donde atreve su paso la oveja albeante, el toro de llamas y el potro alazán, semejante a una escultura cincelada en un bronce de fuego; serpientes de estilizados esmaltes durmiendo su espiral de vida en la inercia de los minerales, o improvisando nerviosos signos en la marcha de su astuta y flexible contorsión; cuervos de fúnebres ébanos y águilas de metálicos grises, que en serenos círculos escriben en el cielo la perfecta geometría de su vasto volar; y la isla de ombúes titánicos, ceñidos en dramáticos abrazos, que trepan las laderas del Arequita mismo, como si avanzaran, ya en la piedra, para clavar en ella el dardo terrible de la vida; y la vasta roca, orgullo gigantesco, cuerpo de la eternidad, torre de siglos, ansiedad del planeta que levanta de sus entrañas el signo desesperado que arrodille a las fuerzas demoledoras; y aún, sobre la mole misma. adheridos a la mole misma, los jardines de claveles del aire con el diente de la raíz hundido en la peña, aguardando el vuelo amoroso de la primavera para estallar en la ebria sinfonía de las flores y quemar, el aire diáfano y el cerro de tonos sufridos con la embriaguez de los colores tiernos y jugosos.

Fue allí que Blanes soñó, junto a su compañero, durante largos días, su obra de paisajista. Fue como asaltado por el tema. Lo amó. El cerro se hizo realidad de su alma. La roca, en lo que tiene de fuerte y de trágica, en lo que simboliza de voluntad, de dominio, de resistencia, se convirtió en estímulo y en fe de creación. La energía geológica suscitaba el crecimiento de la energía espiritual. Algo de guerra, de épica hazaña, se entabló entre el pintor y el monte. El titán exterior excitaba al titán interior. Una obra de arte tiene siempre algo de batalla. Es en cierto modo un compromiso y una comprobación. En tal sentido Blanes no vaciló ni un instante. Fue dominando el conjunto en etapas. Sus telas eran cada vez mayores. Los pequeños montículos de color en la orografía de la paleta, rehacían, al pasar a la tela, la vasta arrogancia del conjunto. Tres meses duró este prodigioso combate. Fue necesario desentrañar el alma de aquella mole. Darle una realidad profunda en la frente y en el corazón, para que los colores, ebrios del frenesí dichoso de crear junto con el artista, aprisionaran en la tela al peñasco ardiente y a los árboles que se ciñen a él en un abrazo de savia y de vida.

Blanes y Fabini ocuparon durante tres meses, allá por el año 1915, una pequeña casa, de rústica sencillez, que aún erige su blanca serenidad en los primeros planos que suben hacia la roca del Arequita. En todo ese tiempo, ambos artistas realizaron una grave y fecunda etapa de ahondamiento interior y de más seguro dominio, para su arte, de los medios expresivos. Muchas veces, durante los últimos tramos de la tarde, cuando la hora adquiere una sagrada majestad y una dulzura que proviene de la lenta degradación de los colores que se van corriendo hacia una desmayada palidez, mientras Blanes Viale arrancaba a ese tiempo indecible el ensueño de sus tonos más íntimos y delicados, Fabini deslizaba el arco sobre el encordado de su Guamerius, confiando su alma al capricho de las improvisaciones, con un goce de pájaro o de onda. Era en esos momentos en que la emanación del canto, sin saber ya de dónde viene, trae las confesiones incontenibles de la secreta ensoñación de la vida. Y en las grandes noches de argentada inmovilidad, aventuraban ambos artistas sus pasos errabundos por los senderos vagamente perceptibles, para contemplar, bajo la magia de la luna, los perfiles tenues y las recónditas coloraciones del árbol y de la piedra, o el correr del río, más lento en la apariencia de las cosas por el encantamiento de aquella claridad de ópalo que nimba las aguas, sobre cuyos espejos parece flotar el enigma embrujado del paisaje. Acrecentaban el misterio el roce inesperado de un reptil en medrosa huida, el desgarramiento y el golpe de alguna rama herida por la muerte, el latir nervioso de algún ala despertada por el temor, el susurro del insecto nocturno, el relámpago negro del murciélago. el latido constante del lucífero corazón de las luciérnagas, y el coro unánime de las ranas en los charcos de níveos resplandores. Y aún por debajo de estas mismas resonancias y de estas mismas fulguraciones, se percibía algo más hondo, algo como el tacto mismo del alma del Arequita, que enamorada de la noche, parece surgir de sus prisiones de piedra, para rozar, en apasionada efusión y quebrando el orgullo de su soledad, las cosas y las vidas de humilde belleza y de reconcentradas intimidades.

Todo paisaje tiene un alma. La naturaleza se complace en velar y esconder su sentido. Por debajo del contorno de las imágenes, circula siempre un pensamiento íntimo. Las líneas que dibujan las cosas son signos de un lenguaje oculto. El músico oye el secreto, el poeta le arranca las palabras como si las recogiese en el eco del espíritu, el pintor ve, y su visión sólo es profunda, cuando la mirada entabla un diálogo recóndito con los colores y los modulaciones de la forma. Pintar es interrogar, abrir el enigma del plasma de la tierra, y arrancarle las respuestas que aguardan la sagacidad del hombre. El alma del paisaje participa así de la naturaleza y del espíritu que se proyecta, desbordándose, hacia las cosas que contempla. El cuadro es la resultante de lo exterior y de lo interior. Aquel lugar está velado por una niebla fría y triste. Una antigua vivienda se ostenta sumergida entre pinos de una oscuridad profunda y elevada. Sobre una tapia semi derruida trepa un musgo húmedo y otoñal. La mancha cromática de las flores, que se adelantan hacia un sendero iluminado intensamente por el sol, comunica una emoción viva y alegre. Si unas ramas se elevan recias y las hojas brillan, el espíritu se rejuvenece con el vigor y la frescura de la savia que las anima, y si caen sobre la quietud verdinosa del estanque, expresan un secreto vago y melancólico. Un surco profundo donde se adivina la obra inmensa de la fecundidad, nos habla de la transformación de la simiente y de la renovación de nuestra propia naturaleza. El mar y el cielo, con todos sus matices y con todos sus aspectos, las montañas que fulguran a la siesta, que en el crepúsculo se cubren de púrpura, y se sumergen en una niebla gris y violeta bajo la plata de la luna; el peñón donde agoniza una onda suave, o donde ríe la espuma agitada sobre los labios inmóviles de las grietas, o donde ruge la ola tempestuosa en las heridas violentas de la piedra; el buey profundo, adormecido en el letargo caliginoso del mediodía; la cabra que asciende a la colina de nervios milenarios y rocosos; la aspereza agria y salvaje de los montes donde un silencio austero baja hasta los grandes valles y los unge de eternidad y de misterio... todo se une a nuestra vida por un fluido indefinible, por la emanación de un alma que trasciende el contorno de las formas mismas y suscita la impresión, que en un instante determinado, despierta la actitud artística y proporciona los elementos de una obra todavía no pensada.

Pintar es un acto de amor. El espíritu del paisajista se enlaza con enternecida nupcialidad al alma de la naturaleza. Por eso Blanes Viale, antes de trasladar a la tela el esfuerzo titánico del Arequita, fue como sorbiéndolo apasionadamente, por grados; fue identificándose a la potencia del tema; convivió la vida del árbol y de la selva y compenetró la misteriosa vida que parece latir en la piedra misma, cuando el sol la aprisiona en su estremecimiento hasta despertar su pulso, y cuando el aire eterizado de perfumes roza el mineral como si acariciase el hombro de una ninfa o la boca multilabiada de una rosa. Y así, lograda como en una posesión extática la totalidad del paisaje, lo eternizó en los colores de su sensibilidad y lo ciñó para siempre en un contorno que parece tejido con los nervios de su propia mano.

En tanto que Blanes realizaba su obra, Fabini sumergía, por momentos, todo su recuerdo en aquella sinfonía que con tanta verdad la llamó "Campo". Campo de los ojos y campo del oído, y a la vez, campo de nuestra tierra. Los dos artistas sondeaban el alma del paisaje uruguayo. Uno lo sentía en el color, otro en el sonido. Uno lo duplicaba en la tela, otro en el pentagrama. Distintos signos, pero igual logro de la belleza, igual interpretación de la entraña cósmica de una misma tierra. Y Fabini soñó entonces un loco proyecto de artista, loco de una bella locura quijotesca, como corresponde al linaje de su gran alma idealista y de ardiente caballería andante. El Arequita, como un símbolo de la belleza de la patria, debía ser adquirido por él y por Blanes, para dividir su falda en pequeños predios y regalarlos a los artistas de nuestro país. Allí irían a soñar, a trabajar, a crear, y a disfrutar de aquel ocio griego, fecundo de toda fecundidad espiritual, tal como fuera soñado por el autor de "Ariel". Y Blanes escuchó la palabra del amigo y quedó imantado por su belleza. ¿Y el dinero, el maldito dinero, tan enemigo de los que sólo sueñan? Y Fabini exclamó entonces: nos dan el cerro de estéril piedra por sólo dos mil pesos. No sirve para el ganado, no sirve para la agricultura: sirve nada más que para el arte; no tiene más provecho que su belleza. Y Fabini pensó entonces en vender su Guarnerius, el violín de maravilloso sonido sobre cuyas cuerdas improvisó los universos de la música. Mas cuando el propietario de la violenta mole fue consultado nuevamente, elevó el precio a veinte mil pesos. Hubiera sido necesario vender el alma... En la novela de Gogol sólo se compran las almas muertas. ¿Quién va a comprar las almas vivas?

El proyecto de los dos Quijotes no fue realizado. Hace unos días, conversando con el admirado narrador minuano, Morosoli, éste me dijo secretamente, con el pudor de quien no quiere que la locura se extinga sobre la tierra. Ese cerro hay que comprarlo, como querían Fabini y Blanes Viale, y hay que regalárselo a los artistas del Uruguay".

Como veis, aún el ideal vive en las entrañas de nuestra raza. Así sea por los siglos de los siglos!

 

Crónica de Carlos Sabat Ercasty

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XI Nº 483 (Montevideo, 19 de abril de 1942)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

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                     Carlos Sabat Ercasty en Letras Uruguay

                    

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