Mis recuerdos de Antonio Machado


por Rubén Landa

Examen de metafísica. No sé bien cuándo ni en dónde conocí a don Antonio Machado. Probablemente me lo presentó en Madrid, en la calle, su hermano José durante la Primera Guerra Mundial. Entonces apenas hablamos. La segunda vez que nos vimos fue una tarde de septiembre (¿1917?) en los claustros bajos de la Universidad Central. Los claustros estaban casi solitarios y en silencio. Yo iba a examinarme de una signatura del doctorado de Filosofía, precisamente de Metafísica. Allí estaba don Antonio Machado. Le saludé, y supe, sorprendido, que también él iba a examinarse. Nos sentamos en uno de los poyos próximos al ángulo del claustro que está más cerca de la calle de los Reyes. Teníamos enfrente los ventanales que dan a un pequeño jardín interior, algo abandonado, sombrío, con árboles altos, de mucha fronda: casi el único encanto de aquel caserón desapacible construido por los jesuitas. Un sacerdote joven paseaba por el claustro. Don Antonio Machado dijo: "En todas estas cosas hay siempre un cura, y siempre es el peor”. Llegaron los tres profesores que habían de examinarnos: Ortega y Gasset, García Morente y otro, que no recuerdo. Pronto el bedel anunció a voces que el examen iba a empezar, y entramos los tres alumnos en el aula. Era una habitación pequeña, con poca luz, que venía de la estrecha calle de los Reyes. Ortega en el examen, que era oral, pedía al alumno que hablase de un clásico de la Filosofía elegido por el mismo alumno. Pude oír que don Antonio Machado hablaba de Kant; pero no me enteré de más, porque hablaba bajo, y de la calle entraba ruido de coches. No sé si fue en aquella ocasión o más tarde, cuando me elogió el libro de Morente acerca de Kant, sobre todo por la claridad con que exponía puntos difíciles.

En Toledo. José Machado, trabajaba como yo, en el Colegio de segunda enseñanza que se organizó en la Residencia de estudiantes. Me propuso que fuese con él y con su hermano don Antonio a pasar dos días en Toledo, y me pidió que yo les guiase (hacia 1917 o 1918). Salimos de Madrid una mañana temprano. Fuimos en tren, en un coche de tercera: habíamos convenido gastar poco. Nos hospedamos en una posada (así se llamaba) que había en el Zocodover; pero no tenía entrada de carros ni de caballerías, ni se veían allí arrieros, era una casa de huéspedes, en un piso alto, que yo sabía por amigos míos que tenía un ambiente agradable.

Para mí el atractivo principal de la excursión era estar con don Antonio Machado, y trataba sobre todo de que la excursión fuese a gusto suyo. Pronto vi que era persona fácil de agradar. Todo le parecía bien. Era sencillo, natural, de una finura exquisita y espontánea al tratar a los demás. Era ya uno de los mejores escritores españoles de su tiempo; pero nunca parecía pensar en esto, ni querer que los otros lo pensasen; más bien se colocaba como el último en el grupo. Habló poco. Más tarde supe que para hacerle hablar era preciso estimularle: tendía a estar callado y a oír. Otras personas, visitando ciudades como Toledo, no pueden evitar el hacer comentarios que a veces son pretensiosos y sin valor. Pero se notaba que don Antonio Machado sentía interés, porque se fijaba en todo, y siempre estaba dispuesto a ver más. Ya entonces no podía andar de prisa; pero anduvimos mucho, como cuando íbamos guiados a buen paso en las excursiones de la institución por nuestro común maestro Cossío, seguido de muchachos y muchachas acostumbrados por él a escalar las cumbres del Guadarrama. Aunque yo temía cansarle, y con frecuencia le proponía que descansásemos, creo que sólo descansamos un rato por la noche en un café. Así pasamos andando, de pie, mirando cosas de arte, buena parte de la mañana del primer día y toda la tarde, toda la mañana del segundo día y parte de su tarde, hasta tomar el tren de vuelta a Madrid. También nuestra modesta y tranquila casa de huéspedes parecía agradar a don Antonio, la gente atenta que nos servía, la comida aderezada con cuidado. Me dejó la impresión de una persona encantadora.

En la sala de profesores. Tardamos en volvernos a reunir. Hacia el año 1926 fui a enseñar al Instituto de Segovia. Don Antonio Machado era allí profesor de francés, y allí seguimos los dos hasta después de proclamarse la segunda República. Por lo menos durante un curso tuve entre dos clases una hora libre. Esto, que un profesor lo considera siempre como un grave trastorno, para mí fue entonces una de las suertes grandes de mi vida, porque también don Antonio Machado tenía libre aquella hora entre dos clases. La pasábamos los dos solos charlando. Yo sabía ya por nuestros amigos de Segovia, que don Antonio tendía a estar callado, y que para que hablase era preciso incitarle un poco. Aunque no hacía mucho tiempo que nos conocíamos, en nuestro pasado había recuerdos comunes de que nos gustaba hablar. Su padre, como el mío, fue republicano, y uno y otro muy amigos de don Nicolás Salmerón. El padre de don Antonio Machado escribió en "La Justicia”, el periódico del partido que dirigía Salmerón. Y los dos nos habíamos educado en la Institución Libre de Enseñanza. Ibamos descubriendo coincidencias en nuestras admiraciones y afectos. Por ejemplo, un día don Antonio me dijo que de sus maestros de la Institución el que más estimaba con don Francisco Giner y el señor Cossío era don José de Caso, a cuya clase de filosofía en la Universidad Central asistí yo varios años y de quien aprendí mucho. Era discípulo de Salmerón y amigo antiguo de mi padre como del de don Antonio Machado. Del señor Caso (así le llamábamos sus alumnos) contaba don Francisco Giner, que no sabía de ningún profesor que preparase tanto sus clases. Los dos vivíamos fuera de la iglesia católica, y los dos estábamos acostumbrados a un ambiente de tolerancia y de respeto, en el que podía convivir con no católicos sin molestia alguna el católico más sincero. De esto creo que no hablamos nunca. Y sí con frecuencia de literatura. Don Antonio leía mucho. Me dijo que había leído todas las obras dramáticas de Lope de Vega, y comentándolas me decía que el verso servía para dar concisión al diálogo, a diferencia de lo que aparece en obras dramáticas españolas en verso del siglo XX.

Muy pronto se interesó por el teatro. Siendo estudiante formó con su amigo el poeta Antonio de Zayas (después Duque de Amalfi y diplomático) una compañía de aficionados que representaba en los barrios bajos de Madrid. Una vez representaron un drama cuyo asunto era la vida de Cristóbal Colón. Cuando en una escena Colón se lamentaba de que le habían abandonado, y estaba pobre y hambriento, un espectador le tiró un panecillo, que fue a darle en la cabeza con gran regocijo del auditorio.

La compañía estaba muy mal de fondos, y de crédito también. Durante el primer acto de una de las representaciones se presentó el peluquero que le había provisto. Exigió el pago inmediato del alquiler y, como en aquel momento no tenían dinero suficiente, se llevó sus pelucas, barbas y bigotes. Sin ellos aparecieron los actores en las escenas siguientes de la misma obra. Más tarde don Antonio Machado llegó a trabajar algún tiempo, poco, en la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Conservó siempre la amistad con Antonio de Zayas, pero en política pensaban de manera muy distinta. Zayas era muy conservador, y más que conservador. Según Antonio Machado, cuando le enviaron a Buenos Aires como embajador de España, no podía admitir que fuese embajador, sino virrey.

Machado conocía bien la literatura francesa. Leyó muy pronto la larga serie de volúmenes de Proust. Hablándome de Si le grain ne meurt de André Gide, me dijo que algo de lo que sobre sí mismo y sobre Oscar Wilde cuenta Gide en este libro es repulsivo, que los escritores franceses habían dado ya tantas vueltas al amor que, para escribir algo nuevo, trataban de aberraciones. Me habló con gran respeto de Rubén Darío, a quien trató en París. Creía que bebía, pero no era fácil advertirlo, porque lo hacía con gran pudor. Sentía gran admiración no sólo por la obra, sino también por la persona de Valle Inclán. Decía de él que sabía soportar con gran dignidad estrecheces económicas y sufrimientos. Me contó que, cuando en un café de Madrid, una botella lanzada contra otra persona, hirió casualmente un brazo de Valle Inclán, y fue preciso amputárselo, se negó a que empleasen ningún anestésico, y soportó la operación con entereza enorme, sin una queja.

Don Antonio Machado no hablaba mal de nadie. Su agudo sentido crítico se manifestaba en ironías deliciosas que nunca tenían la intención de herir. Alguien me contó, que al invitarle para que hablara en un acto en Segovia organizado con motivo del centenario de Pestalozzi, contestó: "Para eso no cuenten ustedes conmigo; solo cuando celebren el centenario de Herodes”. Únicamente en la intimidad llamaba "Las Euménides” a dos señoras de muy mal genio e implacables en sus luchas provincianas. Un excelente amigo suyo de Segovia solía llevar de excursión en su automóvil a don Antonio Machado y a otros amigos; pero el automóvil le ocasionaba muchas contrariedades, porque con frecuencia dejaba de marchar. En una de estas paradas imprevistas, mientras el dueño del automóvil trataba de arreglarlo, don Antonio y los demás pasearon por la carretera, y al fin se sentaron en una roca, a bastante distancia del coche. De pronto el dueño de éste les gritó de lejos: ¡Tráiganme una cuerda! Don Antonio comentó: La quiere para ahorcarse.

No le gustaba la nieve; decía que el campo nevado parecía quedarse sin vida. Un invierno, yendo en tren de Segovia a Madrid, había tañía nieve en la vía que el tren quedó detenido cerca del túnel de Tablada, y allí en los vagones, tuvieron que pasar la noche. Al día siguiente les enviaron desde Madrid un tren de socorro. Don Antonio debió tomarlo con mucha tranquilidad, como hacía siempre, y contaba con gracia escenas cómicas que presenció entonces.

Don Antonio y sus alumnos. Su trabajo de enseñar francés a principiantes no le gustaba. "Mi subida de todos los días al Calvario" llamaba a la subida desde la plaza de Azoguejo de Segovia hasta su cátedra del Instituto. En sus últimos años de Segovia andaba con dificultad, y decía: "Primero subir la interminable escalinata que va al lado del acueducto, desde el Azoguejo a la plaza del Instituto; luego unos escalones para entrar en el jardín de este; ya dentro la escalera del piso bajo al principal; desde el claustro alto el aula cuatro o cinco escalones más; aún dentro de la clase otros escalones para llegar al estrado del profesor”.

Pero de su trabajo en el Instituto lo que menos le gustaba era examinar. Muchas veces estuve con él en el tribunal de exámenes. Estos le parecían interminables. "¿De dónde saldrán tantos alumnos?”, decía. "Parece que brotan hasta debajo de las piedras”. Aunque por su antigüedad en el escalafón le correspondía presidir el tribunal, nunca se sentaba en el centro, sino en una esquina de la mesa, y muy cerca de él el alumno que se examinaba. Los dos hablaban tan bajo que nadie más se enteraba de lo que sucedía en el examen. Y don Antonio aprobaba a todos; pero una vez un alumno, para su desgracia, en lugar de sentarse cerca de don Antonio, se quedó de pie ante la mesa del tribunal, y no muy cerca. Don Antonio tuvo que levantar la voz para preguntarle, y al alumno también se le oía perfectamente. Era un examen de Historia de la literatura española. Don Antonio hizo varias preguntas y a ninguna contestó el alumno. Con el deseo de salvarlo le preguntó más. Idéntico resultado. Don Antonio tuvo una última esperanza y le dijo: "¿Quiere decirnos algo sobre Cervantes?". Respuesta del alumno: "No me suena”. Que yo sepa es el único suspenso que dio don Antonio Machado.

Un día tuvimos que examinar a una mujer joven que sabíamos se había quedado viuda y con hijos, y para ganarse la vida había decidido hacerse enfermera. Entre otros requisitos le exigían el examen de ingreso en la segunda enseñanza. Don Antonio presidió el tribunal. Contra su costumbre esta vez no dejó hacer ni se dejó llevar. Como presidente tomó la iniciativa. "Háblenos usted de geografía de España" dijo a la señora. "Usted sabe que el río Tajo pasa por Toledo y desemboca en el Atlántico por Lisboa”. Y antes de que ella pudiese hablar, continuó: "Sí, eso lo sabe usted. Ahora díganos algo sobre Aritmética. Usted también sabe que cinco por cinco son veinticinco ¿no es verdad? Sí, eso también lo sabe usted".

Y así continuó hasta que dijo a la señora: "Puede usted retirarse". Ni a ella ni a los demás miembros del tribunal nos dejó hablar. Propuso un aprobado. No hubo discrepancias.

Durante algún tiempo enseñó en el Instituto de Segovia, además de francés, lengua y literatura españolas. Me contó que le había dado muy buen resultado leer a los alumnos el poema del Cid en la edición de Pedro Salinas en verso y español moderno (supongo que siendo práctico como actor, lo leería muy bien). Este consejo suyo me ha sido utilísimo. Cuando estando en el Instituto de Segovia tuve que encargarme de una clase de español leí a los alumnos el poema del Cid en la edición de Salinas, precisamente en un ejemplar que me prestó don Antonio y que le había dedicado Salinas. Les interesó mucho.

Don Antonio académico. Cuando fue elegido académico de la lengua, los alumnos del Instituto de Segovia quisieron mostrarle su afecto. Después de pensarlo mucho decidieron al fin entregarle un álbum con las firmas de todos ellos. Se fijó el día de la entrega. Nadie había preparado nada. Fue algo muy espontáneo y natural, lleno de cordialidad, sin afección alguna. Los profesores nos habíamos reunido en el despacho del director. Este pensó que la entrega debía hacerse en el paraninfo, y allá fuimos todos, profesores y alumnos, recorriendo la escalera y los claustros algo más despacio que de costumbre, pero sin orden determinado. Llegamos al paraninfo y fue uno de esos momentos en que don Antonio, a pesar de su aire descuidado y su aspecto de niño distraído, tomó la iniciativa, sin duda para evitar toda solemnidad. No se sentó, se fue hacia un rincón, y allí acudieron sus alumnos y le rodearon. Hablaron brevemente en tono natural. Recuerdo que oí a don Antonio decirles: "Yo tengo vocación de niño".

A don Antonio lo eligieron académico sin que él lo solicitase, y nunca llegó a serlo, porque nunca llegó a tomar posesión del cargo. Me dijo el tema que había elegido para el discurso de ingreso: la poesía romántica en España, o la poesía española en el siglo XIX, no recuerdo bien.

La Universidad Popular de Segovia. Don Antonio Machado fundó con otros profesores y personas de profesiones liberales la Universidad Popular Segoviana. Al principio ésta no tenía local propio. Todo lo que poseía era un armario, al cual hicieron sitio en la escuela normal de maestros. Los profesores de la Universidad Popular daban gratuitamente clases nocturnas, organizaron conferencias públicas y una biblioteca circulante que prestaba libros a personas de la capital y de los pueblos de la provincia. Don Antonio daba una clase de francés y contaba que siempre tenía alumnos, pero que todos eran nuevos cada día. También decía que la Universidad Popular era una caja de resonancia, porque no teniendo más que un armario, se hablaba mucho de ella en Segovia y aun en Madrid. Como don Antonio iba con frecuencia a Madrid y tenía allí muchas amistades, solía encargarse de buscar conferenciantes. A éstos la Universidad sólo les pagaba el viaje y la estancia en Segovia.

Dio muchos libros para la biblioteca de la Universidad Popular. En esto, como en todo, era muy generoso. A mí varias veces me prestó y me regaló libros.

El café y los amigos. A primera hora de la tarde don Antonio solía reunirse con varios amigos en el café de la Unión, viejo y antiguo, con largos asientos de terciopelo rojo y sobre ellos, espejos a lo largo de todo el muro. De la calle, estrecha, llegaba poca luz. Estaba y acaso esté todavía, en la calle Real, entre la iglesia de San Martín y la Plaza Mayor. En la parte de atrás tenía un comedor con balcones que daban al paseo del Mirador, abiertos creo, en las antiguas murallas románicas, y que tienen una vista hermosa: abajo el Clamores, un arroyo cubierto por arboledas de chopos, olmos, acacias y castaños de Indias. Al otro lado del Clamores la iglesia y el barrio de San Millán, las lomas del pinarillo y más allá de los pinos casi enanos campos de trigo, y en el fondo la sierra de Guadarrama con nieve la mayor parte del año. Allí, del lado norte, dura más la nieve que en la vertiente de la sierra que se ve desde Madrid. Alguna vez comimos en aquel comedor los amigos con don Antonio. Desde los últimos tiempos de la monarquía sirvió para reuniones del partido republicano. De allá salió la lista de candidatos republicanos a concejales que triunfó, casi toda ella, también en Segovia, en las elecciones que trajeron la república.

Don Antonio tenía en Segovia un grupo de amigos excelentes, gente joven interesante. Casi todos formaban parte de la universidad Popular, y habían recibido el influjo del maestro señor Zambrano, padre de la escritora María Zambrano. A él perteneció un buen escultor, Barral, que en 1936 murió heroicamente en el frente de Madrid. No era un círculo cerrado, todo lo contrario. Una tarde, sentado a la mesa del café con don Antonio, estaba un hombre desconocido para mí. Pregunté quién era: "un chofer”, me dijeron, como algo muy natural. Y muy natural era esto en el ambiente social tan democrático que es característico de España. Allí es muy natural que un obrero se siente a la misma mesa de igual a igual con intelectuales y, sobre todo, con un intelectual como don Antonio Machado, que en su sencillez, es una de las personas de mayor distinción que he conocido. Y allí es muy natural que un obrero quiera oír hablar a un escritor como Machado. Ni en su traje ni en sus maneras se diferenciaba el obrero de los demás del grupo.

Y sin duda se sentía en un ambiente acogedor. Alguna vez don Antonio hablándome del teatro clásico español, me dijo que éste se hallaba muy cerca del pueblo, y me refirió que en Madrid, estando dos obreros leyendo en una cartelera de teatros el anuncio de La vida es sueño, oyó que uno decía al otro: "Eso es lo nuestro”.

Aquellos jóvenes, ya formados, muchos de ellos casados y con hijos, sentían un profundo afecto por don Antonio, como por un padre o un maestro. Nunca hacían alarde de ello, al menos delante de él. Nada al exterior indicaba que Machado presidía el grupo. Para no pocos de ellos era el hombre que más había influido en su vida. Don Antonio tendía a estar callado y dejaba hablar; pero sus amigos derivaban hábilmente la conversación de modo que le estimulaban a participar activamente en ella.

Este grupo, en la década de 1920 publicó una revista literaria como por entonces se hizo en otras provincias españolas, y algo más tarde, hacia 1930, un diario republicano Segovia Republicana. Si no recuerdo mal don Antonio colaboró alguna vez en los dos, y creo que en uno de ellos leí un artículo suyo sobre el teatro y el cine. Sostenía que tiene mucho más valor el primero.

La casa de huéspedes. Vivía en una casa de huéspedes muy modesta, cerca de la iglesia de San Esteban y del palacio del obispo. Estuve allí dos o tres veces. La patrona era una buenísima mujer, viuda, con un hijo de diecisiete o dieciocho años. Estaban en posición económica apurada. Por esto la casa no tenía comodidades, aunque me pareció muy limpia y arreglada. En el cuarto de don Antonio sólo había los muebles más indispensables. Era muy frío. Tenía una ventana desde donde se veía el pueblecito de Zamarramala, el camino en cuesta y el páramo que le rodea. Don Antonio de broma decía que en invierno para calentarlo, abría la ventana, porque el aire de dentro estaba más frío que el de fuera. Sus amigos encontraron para él un alojamiento más confortable y no más caro. Sin embargo, no se mudó. Conociendo a don Antonio la explicación es fácil: en su casa de huéspedes, por carecer de comodidades, ya no quedaba más huésped que él. Si también él se marchaba la situación de aquella viuda y de aquel muchacho aún sería peor. Y seguramente aquella madre y aquel hijo habían tomado afecto a un señor que daba tan poco qué hacer, y don Antonio estimaría mucho su compañía.

Una de las pocas veces que fui a aquella casa estaba don Antonio enfermo. Le pregunté si necesitaba algo, y entonces me entregó dinero y me pidió que lo enviase por giro telegráfico. No recuerdo para quién, pero sí que era para Soria. Debía tener mucho interés en enviarlo, cuando me pidió este favor, porque don Antonio no solía pedir nada a nadie. Debiéndole yo tanto es lo único que me pidió desde que nos conocimos hasta su muerte, en más de veinte años. Supongo que aquel dinero era para los padres de su esposa. "La Leonor” que alguna vez nombra en sus poesías y que había muerto en Soria hacía ya bastantes años.

El cuarteto. En Segovia existía una sociedad de conciertos. Se llamaba algo así como la "Filarmónica de Segovia”. Uno de sus conciertos lo dio un cuarteto de músicos jóvenes, acaso de Checoslovaquia. Debió ser hacia el año 1930. Don Antonio asistió al concierto. Fue por la tarde. Aquella misma noche los cuatro ejecutantes fueron a mi casa. Le dije a don Antonio que si quería fuese él también, y fue. Señal de que no era huraño. Sin duda le gustó el concierto y le agradaba charlar con aquellos músicos. No sabían español, pero sí francés, y en francés hablaron. Es la única vez que oí a don Antonio hablar en francés. Lo hablaba con soltura y correctamente, hasta donde yo puedo juzgar, y con la naturalidad con que hacía todo. Intervino mucho en la conversación y aquellos jóvenes me dijeron al día siguiente que habían quedado encantados de él.

La república. Don Antonio pertenecía al partido de "Acción Republicana” fundado durante la dictadura de Primo de Rivera, entre otros y principalmente por don José Giral, y en el cual pronto se destacó don Manuel Azaña. Ortega y Gasset a poco de publicar su artículo "Delenda est monarchia” y hacia el final de ésta fundó la "Agrupación de Amigos de la República”. Al principio era compatible pertenecer a ella y a un partido político; después no. El primer acto público y el más importante que organizó esta agrupación fue un mitin en Segovia, en el cual hablaron Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Marañón. Acudieron muchas personas de Madrid. Presidió don Antonio. El local era grande, un teatro. Estaba atestado. Don Antonio abrió un cuaderno y leyó o parecía que leía. Con naturalidad, sin tono oratorio. Leía bien. Se le oía perfectamente sin que esforzase la voz. Fue breve, no trató de atraer la atención del público hacia sí. Al terminar el mitin los periodistas se acercaron a él para pedirle el texto que había leído. Les contestó que no había traído nada escrito. "Sí —le dijeron— lo que ha leído usted en el cuaderno”, e insistió: "En el cuaderno no hay nada escrito", y les enseñó las hojas del cuaderno: estaban todas en blanco. Probablemente, para no hacer alarde de oratoria hizo que leía, pero no leyó.

Proclamación de la República en Segovia. El catorce de abril, delante de la "Casa del Pueblo" (de la casa de los sindicatos obreros de la UGT: Unión General de Trabajadores) fue reuniéndose la gente para ir en manifestación hasta el ayuntamiento. En Segovia habían triunfado en las elecciones municipales casi todos los candidatos republicanos, y esto produjo aún más impresión que en otros sitios, porque allí nunca habían tenido mayoría los republicanos. Ya se tenía noticia de que el jefe de gobierno monárquico había declarado: "Anoche España era una monarquía, hoy sabemos que es republicana”; ya el rey se había marchado al extranjero. Acudió don Antonio a la Casa del Pueblo y le pidieron que fuese al frente de la manifestación. A mí me tocó ir a su lado. Íbamos del brazo. La manifestación se puso en marcha con un silencio imponente. Era lo que más impresionaba. Es muy del pueblo segoviano dominar sus emociones y no exteriorizarlas. Este silencio debía agradar a don Antonio. Él también iba callado. Sólo habló una vez en todo el trayecto. Delante de nosotros un hombre excitado, empezó a dar vivas. Don Antonio enseguida rogó: "Díganle que no grite”. Pasamos por debajo del acueducto, atravesamos el Azoguejo, y subimos a lo largo de toda la estrecha calle Real, hasta llegar a la Plaza Mayor y al Ayuntamiento.

Como yo iba al lado de don Antonio y no hablamos en todo el camino no le vi la cara. Alguien que le miró me dijo que se le humedecieron los ojos. Lo dudo. Sí creo que don Antonio estaría conmovido, pues la República había sido para su padre y para él el anhelo de toda la vida, pero era hombre de enorme dominio de sí mismo. Nunca vi que lo perdiese, ni nadie me dijo nunca que alguna vez lo hubiese perdido. Con razón dijo de él Rubén Darío en "Opiniones”: "Su vida es la de un filósofo estoico”.

Sus cafés de Madrid. Cuando estaba en Madrid acostumbraba ir al café dos veces al día, por la mañana, él solo, a un café tranquilo y con poca gente. Allí leía y trabajaba. Entonces prefería que no le acompañase nadie. Si sus conocidos averiguaban a qué café iba por las mañanas y le buscaban en él, pronto cambiaba de café. Por las tardes se reunía en otro con sus hermanos. Este es un aspecto importante de don Antonio: lo unido que estaba con sus hermanos. Más de una vez le oí decir a don Miguel de Unamuno que para Antonio Machado sus hermanos significaban más en la vida que para otras personas.

Madrid: Instituto, Consejo de Instrucción Pública, Misiones Pedagógicas. El Gobierno de la República fundó en Madrid varios institutos de segunda enseñanza. Don Antonio fue trasladado a uno de ellos, y así pudo vivir de una manera permanente con su madre, y su hermano José y la familia de éste. Poco después fue nombrado Consejero de Instrucción Pública. Creo que vocal de la Sección de Bellas Artes. Allí se ocupó sobre todo del teatro en las ciudades, asunto que le interesaba mucho. A las reuniones del pleno no asistía con frecuencia ni solía hablar en ellas. También fue nombrado vocal del patronato de Misiones pedagógicas.

La guerra. En Madrid convivían, luchaban y se mataban fascistas y antifascistas. Era muy necesario tener documentos de identificación. Don Antonio no los tenía ni los solicitaba porque nunca pedía nada. Supe que más de una vez le habían exigido la documentación en la calle, y poco después me enteré por una persona de mi familia que ya le habían dado documentos de identificación sin que él los pidiese. Muy a principios de la guerra escribió aquello de que todos los milicianos de la República parecían capitanes y que los "señoritos” eran los continuadores de los Infantes de Camón del poema del Cid.

Octubre de 1936. La situación de Madrid se agravaba por momentos. Se organizó el traslado a Valencia de los intelectuales eminentes que seguían en la capital. Machado se resistió a marcharse y, al fin, más tarde aceptó, pero si no se separaba de su madre, de sus hermanos y de sus sobrinas. El gobierno republicano le llevó a una casa de campo próxima a Valencia, en Godeya, rodeada por un huerto de naranjos. Allí fui a verle una o dos veces. Como antes y como después, en Valencia escribió en favor de la República.

Y una vez habló por radio, aunque en la zona fascista tenía a su hermano Manuel. En el huerto de naranjos me habló de don Miguel de Unamuno. Me dijo que se le echaba mucho de menos, que su crítica era útil. También me habló del poeta Pedro Garfias: "Es el que ha escrito las mejores poesías sobre nuestra guerra" afirmó.

Amenazada Valencia, el gobierno se ocupó de que don Antonio Machado y su familia fuesen trasladados a Barcelona, y con la ayuda de buenos amigos catalanes quedaron instalados en el barrio de la Bonanova, en una mansión de nobles que tenía mucho de romántica, como su hermoso parque de arboleda tupida. Nunca quizás vivió don Antonio en casa mejor que aquélla, ni aspiró a ello, ni nunca acaso vivió allí una persona tan aristócrata como don Antonio. La casa era buena, pero la comida muy insuficiente. Los alimentos escaseaban en una Barcelona superpoblada y casi aislada, y don Antonio seguía sin pedir nada a nadie. Algunos amigos se enteraron e hicieron por mejorar su situación. Quiero recordar aquí a uno de ellos, martirizado por los fascistas: Zugazagoitia, que ocupaba entonces un cargo de confianza en la Presidencia del Consejo de Ministros: secretario o subsecretario. Era el presidente el señor Negrín. Yo trabajaba entonces en otra oficina de la Presidencia, en el mismo edificio que Zugazagoitia, con quien nunca había hablado. Fui a verle sin carta que me presentase. Me escuchó con atención e hizo enseguida lo que le indiqué. Gracias a él, en adelante don Antonio y los suyos dispusieron de más alimentos. Creo que Machado nunca supo que esto se lo debía a Zugazagoitia.

Don Antonio trabajaba mucho en Barcelona. Su ayuda era muy importante para la República y sin cesar la solicitaban. Nunca la negó. Escribía y escribía entre otras cosas artículos para el periódico La Vanguardia. Alguna vez me dijo que escribía en prosa muy despacio. En Barcelona durante la guerra también escaseó el tabaco, y don Antonio podía prescindir de él, salvo para escribir. A veces le pidieron que hablase por la radio, y lo hizo, aunque entonces, por su estado de salud, le era molesto salir de casa.

Los terribles bombardeos de Barcelona, que tantas víctimas causaron entre la población civil, preocuparon mucho a don Antonio por su familia. A las tres hijas de su hermano José las quería como si fuesen suyas y le atormentaba el peligro que corrían en Barcelona.

Varias naciones se habían ocupado de sacar niños de España. El gobierno mexicano trajo a México cerca de quinientos. Tres mil fueron a Inglaterra, tres mil a Rusia, otros a Francia y Bélgica. En septiembre de 1938 mi gobierno me envió a Rusia con otros maestros, para que trabajase en esta obra. Y con nosotros fueron las tres hijas de José Machado. La más pequeña tenía entonces unos seis años. Ella sabía que la mayor parte del viaje la haríamos por mar, desde el Havre a Leningrado. Don Antonio me contó que a esta sobrina más pequeña le dijeron que me obedeciese en todo, y que ella repuso: "¿Y si me dice que me tire al mar?” Las tres hermanas se quedaron en la casa que para niños y jóvenes españoles había en Moscú y en la cual trabajé yo los meses que pasé en Rusia.

Estando yo allí murió don Antonio. Con este motivo me visitó el hispanista Kelly, que era amigo de don Antonio, para hablarme de un acto que pensaba organizar en memoria de Machado. Se vieron en España. Don Antonio me había dado una carta de introducción para Kelly y éste, cuando supo la muerte de Machado, tuvo la bondad de devolvérmela, pensando que a mí me gustaría conservarla.

¿Era Machado un institucionalista? Los hombres de la Institución libre de enseñanza no solían ir al café; Machado sí. Vestían con sencillez, pero con mucha pulcritud. Machado era sencillo en todo, pero descuidado como un niño. No se sacudía la ceniza de los cigarrillos que le caía en la ropa. Por esto sus alumnos de Segovia le llamaban 'Don Antonio Manchado”. Desde que vivió en Madrid con su madre y sus hermanos, desaparecieron las manchas de ceniza. Si se juzgase por estas cosas superficiales no se diría que era un "institucionalista”, mas sí lo era en lo más hondo. Machado como don Francisco Giner se desposó con "dama pobreza”. Lo más importante que decidió hacer en su vida, escribir poesías, no lo hizo ganar dinero y, efectivamente, apenas le dio dinero. Siempre fue pobre y nunca pensó en dejar de serlo. Y también, como para don Francisco Giner y otros de los hombres más representativos de la Institución, la filosofía fue uno de sus intereses capitales. Otras coincidencias son aún más fáciles de percibir, por ejemplo, la sensibilidad para los defectos españoles y para las bellezas de España y para todos los verdaderos valores españoles; el gusto por el paisaje y la afición a pasear por el campo y a conocer el arte español y las viejas ciudades españolas. El ser a la vez muy aristocrático y muy democrático; no pertenecer a ninguna iglesia y ser hombre religioso.

Visita a don Francisco en la Sierra de Guadarrama. Don Francisco Giner en el verano de 1914, el último de su vida, pasó un mes en la casilla que la Institución tenía en la Sierra de Guadarrama cerca del sitio llamado el Ventorrillo”, entre Cercedilla y el puerto de Navacerrada. Yo estuve con él allí dos semanas, en el mes de julio y después otras dos semanas otro antiguo alumno. Un día, al regresar del paseo que dábamos todas las tardes, encontramos una tarjeta de Antonio y José Machado que decía: "Sentimos no encontrarle. Vamos a La Granja”. Fueron a pie desde Cercedilla a La Granja por el puerto de Navacerrada. Meses después, en febrero de 1915, al escribir la poesía que dedicó a la muerte de don Francisco, Antonio Machado recordaba sin duda aquel lugar de la Sierra. Cuando en ella empica las expresiones "los pinos”, "pensaba en la regeneración de España” y "la encina". Los pinos son los árboles que predominan allí y preocupación y ocupación de don Francisco Giner desde joven fue la regeneración de España. Precisamente en aquellos días, en la Sierra de Guadarrama, revisaba la selección de ensayos suyos que la editorial "La Lectura" quería publicar, y que publicó después de su muerte con el título Ensayos sobre educación. Una noche, después de cenar, don Francisco me dijo, refiriéndose a su artículo "Problemas urgentes de nuestra educación nacional", que casi todo lo que en él había propuesto estaba ya hecho o iniciado. Y después añadió muy emocionado: "España mejora ¡pero tan despacio!" La encina, y en singular, sólo a un observador muy bueno no se le hubiera escapado. Y don Antonio debió estar allí de paso, quizá sólo pocos minutos. Efectivamente, en aquel lugar no hay más que una encina pequeña delante de la casa, poco más abajo de ella y en sitio poco visible, al lado de una roca de granito. En aquella altura hay bosques de pinos, los de encinas están en laderas más bajas de la sierra. Mas la encina era árbol amado por don Antonio.

Ver, además, entre otros textos, en Letras Uruguay:

  Antonio Machado y sus Soledades, por Osvaldo Crispo Acosta (Uruguay)
 

Antonio Machado, Poeta Castellano - Meditación sobre el paisaje y su filosofía, por Alberto del Campo (Uruguay)

  La presencia del tiempo en la obra de Antonio Machado, por Celeste Iris Mouret (Uruguay)

Crónicas - Antonio Machado. Yo voy soñando caminos

El poeta sevillano falleció a los pocos días de emprender el camino del exilio, a causa de la Guerra Civil. Muy pronto su figura se convirtió en un símbolo de la diáspora republicana.

Crónicas ha estado en Colliure, y ha hablado con Georges Figueres. Su madre ayudó a Antonio Machado y a su familia cuando el escritor llegó allí, literalmente con lo puesto. El programa también ha visitado las ciudades de Baeza y Segovia, donde transcurrió parte de su vida.

Crónicas muestra el periplo del poeta en esas localidades, a través de los vestigios machadianos recuperados del Fondo Documental de TVE: imágenes de la rebotica de Baeza, tal como era en los tiempos en que Machado acudía a una tertulia en este lugar, que aparece en un poema; una graciosa disertación sobre las costumbres del poeta por parte de la dueña de la pensión de Segovia donde se alojó Machado entre 1919 y 1932; y el famoso olmo 'verdecido' de Soria, tema de uno de los poemas más famosos del autor, en el que traza un paralelismo entre las hojas que han brotado de un olmo seco y la esperanza de curación de su esposa Leonor.

Imprescindibles - Antonio Machado. Los mundos sutiles
01:23:47 21 feb 2014

Basada en la vida y la obra de Antonio Machado, recrea su mundo interior y los paisajes que sustentaron su propia vida, utilizando elementos de su poesía para abordar todos los temas de su obra.

 

Rubén Landa (Rubén LANDA. Badajoz, 1890-México, 1978. Hijo de un abogado y periodista, masón, librepensador y destacado dirigente republicano, Rubén Landa Coronado (1849-1923), y de la portuguesa Maria Jacinta Vaz Toscano. Tuvo tres hermanas: Aida, Jacinta –fundadora en 1933 en Madrid de la Escuela Plurilingüe-, y Matilde, que ocupó cargos de responsabilidad en el Partido Comunista de España durante la guerra civil, falleciendo en la cárcel de Mallorca en 1942. )
Cuadernos Americanos Año XXXVI Vol. CCX Nº 1

México, enero / febrero de 1977

 

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