Antonio Machado y sus Soledades[1]
Osvaldo Crispo Acosta "Lauxar"

 

Antonio Machado

Antonio Machado es, como Gustavo Adolfo Bécquer, un sevillano trasplantado a Castilla. Su padre, Antonio Machado y Álvarez, gallego de origen, fue un espíritu culto, ingenioso en burlas contra la religión, aficionadísimo al estudio ameno de la poesía y la sabiduría del pueblo expresadas en coplas, canciones, refranes y adivinanzas. De su familia fue también D. Agustín Durán, el compilador insigne del Romancero incluido en la colección Rivadeneyra.

Nació Antonio Machado en Sevilla en julio de 1875, un año después que su hermano Manuel. A los nueve años, en 1884, fue llevado a Madrid. La influencia de Andalucía, vivísima sobre su hermano, fue débil sobre él.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

Y un huerto claro donde madura el limonero,

dice él mismo en su Retrato del libro Campos de Castilla; y en la composición CXXV de sus Poesías Completas de 1917, habla más prolijamente de los recuerdos de su infancia.

En Madrid cursó los estudios del bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, bajo la dirección del buen pedagogo D. Francisco Giner de los Ríos. Sobre la pesadez y el aburrimiento fatales de sus años de escuela (Recuerdo infantil, Las moscas, de Soledades, galerías y otros poemas) se levanta la simpática figura del maestro que supo ganar con su bondad y su inteligencia el cariño respetuoso del discípulo. A su muerte, en 1915, dijo de él Antonio Machado en versos de Elogios (Poesías Completas) que había sido luz y alma en la vida sana y alegre del trabajo feliz.

En la composición Retrato, ya citada, escribe sucintamente Antonio Machado que fueron, su juventud, «veinte años en tierra de Castilla», y su historia, «algunos casos que no quiere recordar». Estos «casos» de su edad inquieta, que él calla así, con discreción juiciosa y trasparente, ¿qué pueden ser para nuestra natural suspicacia sino las primeras aventuras de su corazón ávido y pródigo? Sin duda, como él lo asevera, no fue «ni un seductor Mañara ni un Bradomín»; pero, aun descuidado en el vestir, rasgo que repetidamente señala como suyo, amó «cuanto ellas pueden tener de hospitalario», y fue acendrado en sus amores pasajeros, seguramente un poco o un mucho tristes puesto que pasaron, la emoción de su alma, que sobrevivía a lo circunstancial y preparaba en vago enseñamiento su obra futura de poeta.

Sus compañeros de entonces lo evocan siempre «misterioso y silencioso», como lo llama Rubén Darío. Su hermano Manuel lo muestra huraño, contestando con lacónica brevedad «Por aquí hace gente» al amigo que, en pleno verano, se resistía a cruzar la calle para seguir andando por el lado que «hacía sol».

En diciembre de 1898 llegaba por segunda vez a España Rubén Darío. Había estado antes, en 1892, para la celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América. Lo habían acogido entonces oficialmente, sin particulares atenciones, como a uno de los tantos representantes de las repúblicas americanas, los más eminentes literatos de la época. Era ya el autor de Azul..., estudiado por D. Juan Valera en sus Cartas americanas; pero aún no se le conocía en aquel medio. Iba ahora con la gloria escandalosa de Prosas Profanas (1896). España se hallaba sumida en la postración de su derrota, después de la guerra con los Estados Unidos. Sus grandes escritores de mediados y fines del siglo XIX que aún vivían, —Ramón de Campoamor, Juan Valera, José María Pereda, Benito Pérez Galdós, Gaspar Núñez de Arce, — habían dado ya su producción y los más estaban gastados. De los nuevos, sólo Jacinto Benavente y Ramón del Valle Inclán habían publicado cosa de importancia, — Teatro fantástico (1892), Femeninas (1894), Gente conocida (1896), Epitalamio (1897), La comida de las fieras (1898). En ese momento Rubén Darío fue providencial; su obra, incomprendida, ridiculizada por la gente de vieja escuela, conquistó con su refinamiento, con su riqueza, con su arte, el espíritu de la juventud ansiosa de vida y falta, sin embargo, de orientación y estímulo. En Prosas profanas admiró ella una poesía que, sola, sin más interés que su belleza rara, se bastaba a sí misma. Esta fue para los malos discípulos una incitación al desarreglo; para los buenos, como Antonio y Manuel Machado, como Juan Ramón Jiménez, un ejemplo de liberación y de trabajo original.

Se dice que Antonio Machado tuvo el cargo de vicecónsul de Guatemala en París el año 1900. En París residió entre 1905 y 1907, y volvió a él, pensionado por el gobierno español para hacer estudios de filología, en 1910. Pudo así, desde su primer viaje, conocer de cerca, directamente, el foco de la renovación literaria que la poesía de Rubén Darío había iniciado en América y España con sus libres transcripciones modernistas. El Parnaso, rígido y solemne, había cedido ya, de tiempo atrás, bajo la confusión de los decadentes y los simbolistas, y desde 1901 se operaba una reacción de serenamiento y claridad, contra los desafueros de los innovadores. Frente a Rubén Darío, parnasiano y decadente ambiguo, había de revelarse Antonio Machado como simbolista puro, extraordinariamente personal.

Entre 1899 y 1902 escribe Antonio Machado las composiciones que publica, a principio de 1903, con el título de Góngora, Soledades, en pequeño volumen de modesto aspecto. Góngora, por su extremada singularidad y tal vez por la misma general repulsión de que era objeto, había atraído la atención de los nuevos escritores rebelados contra la poesía corriente. La revista juvenil «Helios» provocaba con su primer número, en abril de 1903, un concurso de opiniones sobre el autor de Polifemo, y en el tercero, Antonio de Zayas asociaba de paso, a las antiguas Soledades, las recientes de Antonio Machado.

Sorprende el título de Góngora, en los versos de Antonio Machado. Poco o nada tiene aparentemente del uno el otro poeta. Apenas si pueden atribuirse en las nuevas Soledades a una vaga influencia de Góngora, no muy caracterizada, algunas raras trasposiciones verbales violentas[2] y el capricho de ciertas imágenes clásicas[3]. Los dos poetas son, sin embargo, difíciles, y los dos trabajan exquisitamente su obra. El título de Góngora en el libro de Antonio Machado no puede ser más que un emblema de actitud poética insólita, de poesía culta, refinada, singularísima.

¿No citaba Rubén Darío al conspicuo poeta cordobés como artífice supremo, en las palabras liminares de Prosas profanas? El mismo Verlaine, en los orígenes oscuros de sus tendencias reformistas, con esa ingenua inconsciencia de quien no siempre sabe lo que hace, había elegido un verso de Góngora para epígrafe de un poema saturniano. Góngora vilipendiado e incomprendido, era un estandarte resplandeciente de guerra contra la oficial literatura imperante en la irrupción del modernismo dentro de España. Bastaba que no fuera del gusto consagrado para que los innovadores, sin estudiarlo ni conocerlo mayormente, la adoptasen y ensalzaran. Era una arma de ataque, fulminante y ruidosa, que trastornaba las inteligencias: las circunstancias lo imponían. Esto, con todo, es lo de menos en el caso de Antonio Machado.

Ni éste fue nunca un prosélito fervoroso a quien ciegamente arrastrase el entusiasmo sectario; ni tomó para sí el título de Góngora sin más razón que el prurito de singularizarse con esa afiliación provocativa. Tan bien está el nombre de Soledades en la obra de Antonio Machado como en la de Góngora. Góngora, que es extravagante, pintoresco, espléndido, convierte las soledades agrestes y costeñas en tema de contraste para el lucimiento culterano; Antonio Machado, que es reconcentrado y meditativo, canta su intimidad solitaria, sus desolaciones y monotonías interiores, los humorismos de su pensamiento. Una sección del libro se llama Del camino; tanto daría que se llamase «Del corazón», porque está hecha con la reflexión nostálgica, sentimental, de lo que el poeta anhela y no ha encontrado más que en sombras o imágenes y en sueños. El nombre Soledades tiene para los versos de Antonio Machado la misma acepción espiritual que Solitudes en la poesía de Sully-Prudhomme.

¡Soledades! ¿No hay en esta palabra esa misma dulce melancolía de ausencia que llaman «saudade» los portugueses? La «saudade» es tristeza de amor por el bien que se ha perdido; la soledad puede serlo también por el que no se alcanzó nunca, y es éste el sentido impreciso, la significación vaga, del título que dio Antonio Machado a sus poesías. Todo es melancolía en ellas, una melancolía que él suele calificar de amarga, pero que en el lector produce casi siempre una impresión suave, leve, aérea, porque se da sin objeto, sin causa externa, como una emanación natural del espíritu entregado al ensueño. El sentimiento de esta poesía triste, más que dolor, es languidez exquisita, deliquio del ser en la ilusión voluntaria, ante la realidad hostil o indiferente. Siente el poeta con emoción delicadísima su propio aislamiento íntimo, y una impresionabilidad extrema, sin correspondencia ni armonía posible entre las cosas del mundo y de la vida, se resuelve en adoloramiento y en pena, y es ella misma, sola y pura, la esencia de la poesía de Antonio Machado, que en eso tiene mucho de efecto musical. Como la emoción que la música suscita, ella arranca del sentimiento desnudo, sin drama ni herida; es como una repercusión o resurrección del sentimiento que antes nació de la vida y que después renace o persiste independiente de las ocurrencias que lo originaron.

Toda es melancolía, y toda es irrealidad, visión quimérica, sueño de imágenes sin consistencia, la poesía en Soledades. El mismo poeta dirá después que

  De toda la memoria sólo vale

El don preclaro de evocar los sueños.

                    «Y podrás conocerte recordando».

Los sueños están hechos siempre con las figuras de las cosas reales; pero en las figuras de los sueños pierde la realidad su resistencia a la acción del espíritu. En la poesía de Antonio Machado todo lo que es imagen o figura de lo real se transforma en signo o expresión de su alma.

Abundaban los paisajes en la primera edición de las Soledades; en la segunda son eliminados algunos y corregidos otros, mientras todas las demás composiciones,

—menos una,— con ligeras y escasas modificaciones, —una o dos apenas,— permanecen definitivamente en el libro. Los paisajes fueron seguramente los primeros ensayos del autor; por eso, como en trabajos de prueba, repite con desarrollos diversos el mismo asunto (La tarde en el jardín, La fuente, Tarde),

o lo rehace en oposición (El mar triste, La mar alegre), y por eso también, cuando ha logrado el tipo de poesía que más conviene a su originalidad,— las breves notaciones líricas Del camino, acaba por desechar aquellas tentativas abortadas y cultiva y desenvuelve ese otro procedimiento más personal, más suyo.

¿No hay como un resabio de la Sinfonía en gris mayor de Rubén Darío en la acentuación violenta, con reverberaciones metálicas en el colorido, de El mar triste y La mar alegre?

Palpita un mar de acero de olas grísea...

Sobre el mar de acero

Hay un cielo de plomo...

El rojo bergantín es un fantasma

Que el viento agita y mece el mar rizado,

El fosco mar rizado de olas grises.

                                                  (El mar triste).

 

El mar hierve y ríe

Con olas azules y espumas de leche y de plata...

La gaviota palpita en el aire dormido...

                                                (La mar alegre).

La posición de Antonio Machado respecto de Rubén Darío puede apreciarse con toda exactitud en los primeros versos de su obra. Son dodecasílabos de hemistiquios, como los versos de Era un aire suave, los primeros también de Prosas profanas: Parece como que Antonio Machado se hubiera complacido en tratar su tema predilecto repetido tantas veces, —el mismo de La fuente, de Never more y de La tarde en el jardín,— en ese metro, y en abrir de este modo su libro, para que resaltara mejor, en el ritmo del maestro, su propia originalidad personal y su independencia. Nada más opuesto, en efecto, que Era un aire suave y Tarde: «Era un aire suave» es una descripción pictórica, brillante, sensual, de la belleza mundana, elegante, decorativa; está hecho de lujo y artificio; su nota saliente es la risa de la coquetería graciosa y de la seducción perversa; es la poesía de la carne sabiamente ataviada para el pecado. En contraposición a todo esto, esboza Antonio Machado un cuadro somero de paisaje solitario y apacible. La composición entera del cuadro cabe en los cuatro versos de una estrofa:

   Fue una clara tarde, triste y soñolienta.

Del lento verano. La hiedra asomaba

Al muro del parque, negra y polvorienta...

Lejana una fuente riente sonaba.

Poco agregará del mundo físico a esta visión sencilla el autor: sólo dos impresiones genuinamente suyas: la sombra de los mirtos sobre el cantar de la fuente y, en el espejo del agua, la imagen de las frutas bermejas y doradas que penden sobre ella.

La voz del agua llama al poeta a la distancia, con la atracción de un misterio presentido en su monotonía cantora; entra él al parque solitario; tras él la puerta

Golpeó el silencio de la tarde muerta.

Algo parece que dijera la fuente: ¿No habla en ella un recuerdo impreciso, olvidado, que empieza a despertarse, que se remueve embarazado, oscuro, sin llegar a definirse? Sabe el poeta que

Fue una tarde lenta del lento verano,

y siente que el mismo rumor que el agua tiene ahora suena dentro de él en remoto olvido:

Yo sé que es lejana la amargura mía

Que sueña en la tarde de verano vieja;

pero no logra evocar en su memoria el recuerdo perdido, que sin embargo, palpita en aprensión vaga ante la fuente:

Fue una clara tarde del lento verano...

Tú venías solo con tu pena, hermano;

Tus labios besaron mi linfa serena

Y en la clara tarde dijeron tu pena.

Dijeron tu pena tus labios que ardían:

La sed que ahora tienen, entonces tenían.

Y el poeta abandona el parque, y otra vez, tras él la puerta

Sonó en el silencio de la tarde muerta.

El paisaje, en estos versos, por efecto de la técnica, se ha trasmutado en apariencia espectral, quimérica, ilusa. ¿Qué es el parque cerrado? ¿Qué es la fuente de monotonía? ¿Qué los cantares del agua a la sombra de los mirtos, y las frutas doradas en el espejo de la fuente? Todo se ha hecho ideal, aéreo, impreciso, en el mágico encanto de la evocación espiritual. Es la emoción del poeta, una emoción de melancolía sin causa presente, lo que informa y rige ese espectáculo ilusorio. Ella hace lento al verano, y vieja y muerta a la tarde; ella es quien golpea el silencio. Un arte sutil insinúa en las cosas materiales cierta significación de símbolo. La sola repetición de las calificaciones y de las frases basta para que imperceptiblemente se produzca una sugestión de transcendencia. No puede el lector referir la escena que se le presenta a la realidad: todo en ella es leve, ligero, inconsistente, como figuración de ensueño. Es la creación fantástica de una melancolía rara y compleja. No sabe el poeta a qué atribuirla y se interroga vanamente sobre su origen: no proviene de ningún suceso particular; está en él sin embargo; ajena a toda ocurrencia, es como el agua de la fuente, que mana con un cantar perenne, monótono, falto de sentido. Es la melancolía de un corazón que vive en sueños, extraño al mundo que lo rodea, como en el vacío. Por eso el agua es para el poeta un símbolo de su propio sentimiento, y contempla en ella, como en un espejo, la imagen de las frutas en vez de buscar éstas en el árbol que las sustenta y ofrece.

Toda la poesía de Antonio Machado está llena de estas impresiones del agua quieta o fluyente, silenciosa o murmuradora, y de las imágenes de las cosas reflejadas sea en espejos reales o en la misma agua. Es que para él, en Soledades, no hay más verdad, más vida, más posibilidad que la voluntaria ilusión, sin engaño, del mundo que lleva dentro de sí. Está condenado a vagar preso en el laberinto del sueño (Cenit), desdeñoso de la sombra del sendero y del agua del mesón (Quizás la tarde lenta todavía), indiferente a las flores que halla a su paso (Me dijo un alba de la primavera), errante «en los caminos sin camino» o perdido en el desierto sin rumbo.

El mismo poeta ha definido exactamente su actitud en la última composición de la parte más original de su libro, la titulada Del camino. Cuesta y duele poner en mala prosa la delicadísima esencia de esa poesía hecha de cosas impalpables que se resisten a la rudeza de la expresión vulgar. El poeta se ve en un «retablo de sueños»,

Siempre desierto y desolado y solo,

como una

...pobre sobra triste

Sobre la estepa o bajo el sol de fuego,

O soñando amarguras

En las voces de todos los misterios;

y llega a dudar si son verdadera, sinceramente suyas las lágrimas que vierte. ¿Es él realmente «ese fantasma de su sueño»? ¿Es la suya la voz que suena en sus versos, o es tan sólo una voz de «histrión grotesco»? Suyos, íntimamente suyos, son los sueños cristalinos que él cuaja en honda gruta; pero el dolor y el llanto que nacen de ellos ¿son acaso verdaderos?

¡Oh, yo no sé — dijo la Noche, — amado,

Yo no sé tu secreto,

Aunque he escuchado, atenta, el salmo oculto

Que hay en tu corazón, de ritmo lento,

Y aunque he visto vagar ese, que dices,

Desolado fantasma, por tu sueño.

Yo me asomo a las almas cuando lloran,

Y escucho su hondo rezo,

Humilde y solitario,

Ese que llamas salmo verdadero;

Pero, en las hondas bóvedas del alma,

No sé si el llanto es una voz o un eco.

Para escuchar tu queja, de tus labios,

Yo te busqué en tu sueño,

Y allí te vi vagando en un borroso

Laberinto de espejos.

Esta incertidumbre sobre la calidad, sobre la sinceridad, del propio sentimiento se repite en varias páginas del libro, como si fuera constante en el autor; así en El poeta, de la segunda edición, donde resume y concentra su pensamiento acerca de la situación de aquél, —la suya, por lo tanto,— en la vida, escribe que él acaba por sentirse

Un corazón que bosteza

Y un histrión que declama.

Ante semejantes palabras hay que precaverse juiciosamente contra el engaño fácil de una ligera interpretación falsa. Entender que Antonio Machado se confiesa llanamente insincero supondría negarse a toda noble inteligencia con torpe ceguedad. No dice él que no siente su poesía sino que, sintiéndola y dándose todo a ella, que es una pura creación ideal, se pone fuera del orden común y vive en facticia y consciente ilusión. Su corazón bosteza a la grosera insuficiencia de la realidad ordinaria para satisfacerlo, y refugiado en el sueño, no puede, menos que sufrir por momentos una amarga aridez interior cuando advierte que vive espiritualmente en las emociones que él mismo se procura con la poesía imaginaria de lo que no existe.

Y no es verdad, dolor, yo te conozco:

Tú eres nostalgia de la vida buena,

Y soledad de corazón sombrío...[4]

Nostalgia, soledad. ¿No son éstos dos sentimientos la doble fuente de toda la poesía sentimental? En la soledad se le hace sensible al poeta lo que le falta; en la nostalgia él vuelve con amor y tristeza a las cosas disipadas que fueron su dicha. Lo no encontrado o lo perdido, lo que no es o lo que, si existe, no será nunca suyo, no tiene otros motivos la poesía de Antonio Machado. Puede también decirse que de ellos dimanó siempre toda melancolía poética. En Antonio Machado esta ausencia de objeto en la excitación emotiva adquiere un sello de modernidad que la distingue y originaliza. El no resuelve el sentimiento en grandes ideas; no razona, con el clásico gusto del lugar común, sobre la suerte humana y su instabilidad en la fortuna propicia, ni sobre otro cualquiera de los temas acostumbrados en la antigua poesía. Tampoco transporta su impresión sensitiva a un trágico apasionamiento romántico. Ni amplias y altas ideas generales, ni pasión desencadenada; se encierra en la pura fruición estética, en una fruición tranquila, cerebral, rica de sensibilidad y reflexión. El se complace, con la delectación sutil de un espíritu lúcido y agudo, en sentirse, sentir y en pensar lo que siente. Con celo cuidadoso elige y compone sus impresiones: depura y arregla según su temperamento las que la naturaleza y la ocasión le ofrecen, y busca y provoca las que sólo puede él mismo darse.

Nunca abandona su espíritu a una realidad exterior; nunca se entrega a la vida. Replegado sobre su corazón, puede lamentar y lamenta constantemente su aislamiento; pero no por eso lo rompe. Su actitud acostumbrada es la de quien contempla en sí mismo un recuerdo o un ensueño. Cuando mira hacia fuera, parece que su visión desmaterializa la forma de las cosas. Frecuentemente, con el deliberado propósito de presentarlas despojadas de su corporeidad, como si quisiera conservar de ellas el solo aspecto o la figura sin consistencia, las exhibe reflejadas en el agua o el cristal de un espejo, vistas a través de los vidrios o visillos de las ventanas o distantes y encuadradas en el marco de puerta y balcones:

Tras la cortina de mi alcoba, espera

La clara tarde bajo el cielo puro...

                                              (Never more).

 

La tarde, tras los húmedos cristales,

Se pinta, y en el fondo del espejo...

                                               (El viajero).

 

Ella abre la ventana, y todo el campo

En luz y aroma entra...

                                                (Es una forma juvenil que un día...).

 

Tras la tenue cortina de la alcoba

Está el jardín envuelto en la luz dorada...

                                                 (Los sueños).

En la naturaleza gusta de la quietud, de la sombra, del silencio, que le dan misterioso encanto espiritual:

Bajo la paz, en sombra, del tibio huerto en flor...

                                                              (Preludio).

 

Parques en flor y en sombra y en silencio...

                                                              (Sobre la tierra amarga).

El viento que pasa y lleva perfumes o mueve los árboles con alas invisibles lo embarga y suspende como un pasmo atónito:

Llamó a mi corazón, un claro día,

Con un perfume de jazmín, el viento...

¡El viento de la tarde

Sobre la tierra en sombra!...

                                        (Los árboles conservan).[5]

 

¡El viento de la tarde en la arboleda!...

                                                  (Húmedo está bajo el laurel, el banco)

El agua —ya lo hemos indicado,— tiene para él un hechizo particularísimo. En la pila, en la fuente, en el río, en el mar; por su claridad y trasparencia, por su forma indefinida, vaga; por su virtud especular, por su quietud de recogimiento, por su incesante fluir, por su murmullo de oración, por su reposado silencio, es la imagen viva de su espíritu ensimismado. No hay que buscar ejemplos de estas impresiones: el libro entero está lleno de ellas en todas sus páginas. Antonio Machado, en Soledades, no es un paisajista, aunque repetidamente recuerde los lugares, las estaciones —sobre todo la primavera y el verano,— y el alba y el crepúsculo; sólo toma del paisaje, con sabio tino, los elementos capaces de exaltación lírica; así dice:

Lejos de tu jardín quema la tarde

Inciensos de oro en purpurinas llamas

Tras un bosque de cobre y de cenizas...

Quizás la tarde lenta todavía

Dará inciensos de oro a tu plegaria...

Sonríe al sol de oro

De la tierra de un sueño no encontrada...

                                                     (El viajero).

Indiferente a la realidad inmediata, sólo puede ilusionarse con lo que no está a su alcance: sus quimeras «hacen camino... lejos» (Sobre la tierra amarga); «lejos, la sombra del amor lo aguarda» (Campo), y él quisiera

Tener algunas alegrías... lejos,

Y poder dulcemente recordarlas.

                                                (Tarde tranquila, casi).

Agua, espejos, voces, perfumes, sombras, ilusiones lejanas; así está hecha la poesía de Antonio Machado en Soledades, con lo más ligero, con lo más tenue y vago. En ella todo es inaprensible, etéreo, como los fantasmas de los sueños. Ella no es verdaderamente más que el sueño de una sombra. El poeta sólo quiere y persigue en la vida una embriaguez voluntaria de soñación sentimental:

... Nosotros exprimimos

La penumbra de un sueño en nuestro vaso...

                                                 (Crear fiestas de amores).

 

Por eso dice a la mujer amada:

De tu mirar de sombra

Quiero llenar mi vaso..

                                 (Inventarío galante).

Por eso cuando llora su juventud, que pasó como «una quimera», no recuerda haberla vivido, sino haberla soñado:

¡Juventud nunca vivida,

Quien te volviera a soñar!

                                  (La primavera besaba).

Ese alejamiento de sí que Antonio Machado abandona el cuerpo de las cosas, para aislarse mejor en la emoción pura, con la sola imagen de ellas, obra de igual modo en su amor, con la mujer querida, que no es nunca en sus versos más que una sombra o fantasma de belleza y de misterio. Vano sería el intento de entrever siquiera en sus poesías, con alguna claridad, la fisonomía de la amada que las inspira. Enteramente simbólica es la visión «pasajera», «fugitiva», que él persigue, de la virgen que tiene en la boca «la alegría de los campos en flor» y que se pierde en el viejo bosque a la carrera de sus piernas «silvestres», de «ágiles músculos rosados» (La vida hoy tiene ritmo). Menos viva, más del alma, toda ilusoria, como formada en las nieblas de un recuerdo que de pronto se precisa, es la sombra que se le «aparece en la bendita soledad», cuando siente que desde el fondo quieto de su vida apagada le refluye una onda al corazón y con ella le vuelve al labio «la palabra quebrada y temblorosa (En la desnuda tierra del camino).

Dejemos ya de lado esas criaturas quiméricas del ensueño y busquemos las que son o parecen de carne y hueso en el mundo personal de este poeta. ¿Es real o imaginaria esa que él invoca en el pórtico del templo? Sin duda es real para los otros, puesto que los mendigos harapientos del atrio han podido verla entre ellos; sin embargo para el poeta no es más que «una ilusión velada» que pasa en la serenidad luminosa de la mañana fría, con la mano, que semeja una rosa blanca, sobre la negra túnica (¡Oh figuras del atrio, más humildes!). Evidentemente su existencia no es más definida que la nube remota o el perfume que se disipa en el aire. He aquí ahora una mujer verdadera. Siempre la sorprende el poeta en ademán de esconderse o alejarse, mal recatado en el manto negro «el desdeñoso gesto de su rostro pálido». Nada sabe de ella; pero piensa que sus párpados cierran sueños impenetrables y lo fascina con trágica angustia el misterio de su actitud recelosa y esquiva. Un deseo apenado, triste, de romper esa clausura dolorosa lo conmueve hondamente, y su ternura desbordante se condensa y derrama en efusión de piedad inútil:

Besar quisiera la amarga,

Amarga flor de tus labios.

(Siempre fugitiva y siempre).

Y esto es todo: la mujer se habrá perdido en el secreto inviolable de su vida aparte, y de ella quedará en el poeta sólo el vacío que ella no acertó a llenar. «Esquiva» la llama él en sus versos. «Esquiva» llama también, con el mismo sentimiento de imposible correspondencia íntima, a la virgen que, unida a él, lo acompaña inseparablemente. La siente distante a su lado, aunque es parte de su propia vida; porque está a pesar de todo, fuera de su corazón y es otro ser con otra alma. Juntos los dos, como si una barrera insalvable los apartara, ella será siempre el enigma celado a la ansiedad exigente de abierta comunión que alienta en su pecho. ¿Por qué, si estás en mí, no estás conmigo? preguntaba a su amada otro poeta. El autor de Soledades invertiría los términos de esa queja para lamentar que, hasta en el acompañamiento más constante y seguro, sea imposible siempre la fusión completa. Ni aun sabe si es amor o es odio el fuego que mira en los ojos amados, y duda si es la mujer quien enciende y alimenta su amor o tan sólo quien ha de aplacarlo y consumirlo:

¿Eres la sed o el agua en mi camino?

                                             (Arde en tus ojos un misterio, virgen).

¿Qué puede ser ese amor del poeta por la mujer que pasa envuelta en el doble misterio de su expresión huraña y de su existencia ignorada, y errabunda, o ese otro de la mujer que lo acompaña y es igualmente impenetrable? No es el grande amor de la pasión que ciega y arrebata; no es tampoco el cariño sereno y dulce de la unión sosegada y estable. Amor de lo desconocido e inasequible, amor de la ilusión, del ensueño; soledad fatal del corazón angustiado y triste que se consume en exaltación estéril, como el agua de la fuente, que se levanta al aire, al cielo, a las estrellas, para caer sobre sí misma. Muchos años después, recordando a su esposa muerta, con el trágico sentimiento de su viudez solitaria y nostálgica, habrá de exclamar Antonio Machado:

¡Oh soledad, mi sola compañía!

                                        Los sueños dialogados, (Nuevas Canciones),

y más tarde aún, siempre igual en el mismo pensamiento sobre la incomunicabilidad íntima de las almas, repetido esta vez con densa amargura filosófica apenas disimulada en la ironía de la expresión abstrusa, dirá que el amor no es más que ansiedad, vacío, ausencia:

... compañía

tuvo el hombre en la ausencia de la amada.

                                         Al gran Cero, (Cancionero Apócrifo).

El poeta piensa el amor y la amada, y los disuelve en imaginaciones y melancolías. Esa constante disposición de su ánimo, que es desasimiento de la realidad y vagueación soledosa del amor y la mujer, da a su poesía una condición peculiar de cosa imprecisa, inaprensible, vaga, aérea.

Como las canciones en los «labios niños», según sus propios versos, la poesía de Antonio Machado tiene clara la pena de una historia confusa, por

...algo que pasa

Y que nunca llega.

Es poesía sin «historia», sin fábula, canto sin cuento. Cuando por excepcionalísimo caso refiere algún acaecimiento, lo hace con las más ligeras indicaciones y en los términos caprichosos de una invención puramente imaginaria; así, en Abril florecía y en Fantasía de una noche de abril. Comúnmente evoca imágenes dispersas e inconexas de cosas remotas o inasequibles y con ellas despierta una blandura interior melancólica o nostálgica. Ella es siempre la efusión de un sentimiento delicado que se acompaña con visiones de ensueño. Nada le es más extraño que el razonamiento y la imitación de la realidad, cualquiera que ésta sea. Nunca expone, a lo menos directamente, ideas, ni desenvuelve cuadros o escenas. Enuncia apenas su tema; procede por sugestiones rápidas y breves; más que a las impresiones que da, confía su efecto a los prolongamientos, a las resonancias, a las repercusiones de ellas en el espíritu. Tras las apariencias leves de sus mirajes fantásticos se extiende y ahonda el sentido en sutiles emociones y pensamientos difusos.

Para esto le ha sido necesario a Antonio Machado crearse un estilo difícil de personalísima originalidad. Nadie entre los poetas españoles de su tiempo se parece a otros menos que él en su manera de escribir. Buscarle maestros o antecesores en la forma que ha hecho suya sería empeño inútil. No es eco, es voz, y con llana sencillez, sin desplantes llamativos, lo ha insinuado varias veces. En su Retrato dice:

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente entre las voces una.

¿No alude así a la fuente clara de las palabras virginales que dan a su poesía un tono propio inconfundible?

El secreto de su poesía consiste en trasponer a las imágenes de belleza recogidas en el mundo o inventadas una significación de cosa espiritual indefinida que mece y aduerme el alma en el sentimiento de una soledad inquebrantable. Su poesía da siempre una impresión de separación, de alejamiento, de aspiración inasequible o pérdida irreparable. El objeto de su ansiedad existe sólo en el sueño para su corazón, o pasa distante, apenas entrevistado nebulosamente, vedado a todo acercamiento. Todas sus composiciones plañen con tristeza dulce esta ausencia amorosa. La tarde que desmaya, el crepúsculo encendido en ascuas de incienso, el alba tímida y suave, el camino solitario, el agua que susurra, o canta, que brota y corre o se está inmóvil en reposo de reflexión, la flor humilde que sonríe entre las hierbas con sus colores vivos, todo remueve en el poeta una emoción que refunde con deseos sin esperanza o con impresiones de recuerdos y se pierde, vaga y melancólica, en el silencio de su ternura incomunicable.

La expresión del poeta es clara, nítida, ligera, para las apariencias de gracia delicada que solicitan su atención; ella consiente a lo más, en muy contadas ocasiones, algún hipérbaton desusado y aquel modo antiguo que impuso y divulgó la escuela clásica, de referirse a las cosas con rodeos y perífrasis de compuesta elegancia. Parece que el poeta, según su propio consejo, quisiese matar sus palabras para escuchar mejor su «alma vieja». Sin duda pueblan sus versos inciertas formas femeninas y en ellos cantan la primavera y abril, la naturaleza y la fuente; pero todo se disipa de pronto y queda sola, vibrante en el ritmo apagado y lento de las palabras desvanecidas, la quejumbre del corazón lastimado.

Las composiciones de Antonio Machado en Soledades son todas breves, como lo exigía para la más pura exaltación lírica el agudo tino de Edgar Allan Poe. Dos o tres estrofas libres de cuatro o cinco versos le bastaban generalmente.

Su métrica es apenas algo más complicada que la de Gustavo Adolfo Bécquer. Gusta como él de la combinación fácil del endecasílabo y el heptasílabo asonantados. Usa también los versos de ocho, siete y seis sílabas. Para alguna de sus mejores poesías emplea el dodecasílabo de hemistiquios.

No es un versificador revolucionario. Sólo pueden señalarse unas pocas innovaciones suyas. Fue el primero en mezclar algunos raros versos de trece sílabas a los de once. Probablemente bajo la inspiración de su maestro D. Eduardo Benot, ha versificado con pies trisilábicos y combinado, los de acentuación en segunda y en tercera (Fantasía de una noche de Abril, El sol es un globo de fuego, La mar alegre). Ha terminado estrofas regulares, de versos llanos rimados, con un verso agudo sin rima (Fantasía de una noche de Abril), y con el mismo procedimiento, pero en estrofas irregulares, ha cerrado los períodos rítmicos, con un verso agudo (La mar alegre). Por capricho o tal vez por mera casualidad, ha compuesto versos de ritmo doble o equívoco:

Deten el paso, belleza

Esquiva, detén el paso.

Besar quisiera la amarga,

Amarga flor de tus labios.

Deten el paso,

Belleza esquiva,

Detén el paso.

Besar quisiera

La amarga, amarga,

Flor de tus labios.

En lo más original y característico de su obra, prefiere, a la rima cambiante de la consonancia perfecta, la música apagada, muelle, uniforme de la asonancia sostenida en repetición continua.

En 1907, a los cinco años de publicadas por primera vez Soledades, apareció una edición nueva con el título Soledades, galerías y otros poemas. En sus Páginas escogidas expone el poeta que nada es sustancialmente distinto a sus composiciones anteriores en las que entonces agregó a su libro. Es mucho tiempo cinco años para la mentalidad inquieta de un espíritu fino entre sus veintisiete y sus treinta y dos años. Sin duda el poeta es el mismo, pero algo ha cambiado puesto que desecha de su obra algunas de sus poesías que antes había admitido en ella. ¿Será que, persistiendo en la misma actitud, con la misma concepción de la poesía, sólo es ahora más exigente en su gusto y por eso rechaza en sus versos lo que juzga mal realizado? Algo más hay, sin embargo. Siempre, como él lo dice

El alma del poeta

Se orienta hacia el misterio;

pero ya no es toda sueños su poesía. «A orillas del Duero» tiene y da la impresión viva, directa, clara de la renovación primaveral en tierras de Soria. Se advierte un contacto sostenido, preciso con la naturaleza en muchos versos nuevos, y se hace ahora nítida, exacta la visión de las cosas reales. (¡Oh tarde luminosa). Al cuadro de evocación sugestiva y transcendente, que Antonio Machado practicaba antes (Las ascuas del crepúsculo morado), sucede la descripción simple, objetiva, que fija y mantiene la atención sobre lo visto en vez de perderla y disiparla en el sentido secreto del símbolo vago (A la desierta plaza}. El poeta es ya un ser que anda en la tierra, por las calles, entre los hombres:

Mal vestido y triste

Voy caminando por la calle vieja.

Algunos temas circunstanciales, enteramente extraños a su primera poesía, se imponen a su espíritu y lo retienen, con ira su anterior extremada inclinación idealista, en lo contingente de la ocasión: El viajero, En el entierro de un amigo, A un naranjo y a un limonero vistos en una tienda de plantas y flores. Unos cuantos rasgos que eran simples notas sueltas en las Soledades primitivas, como el garabato de la cigüeña sobre el molino, o la fruta del naranjo encendida entre el follaje oscuro y el oro pálido de los limones se transforman, por efecto de una técnica nueva, en signos típicos invariables, que el poeta empleará siempre, después, para distinguir y caracterizar con detalles esencializados la estación y el paisaje.

La misma sensibilidad se modifica en el poeta de las segundas Soledades. Ya su poesía no es únicamente una exaltación que busca su objeto sin encontrarlo y se adolora en ensoñaciones quiméricas. Se vuelve el poeta con enternecimiento a las remotas reminiscencias de su infancia sevillana; revive las más sencillas impresiones de su pasado; resucita las imágenes claras de la casa, del patio, del huerto en que fue niño, y recuerda con sincera naturalidad a su madre (La plaza y los naranjos encendidos, El limonero lánguido suspende}. Empieza a vivir la humilde realidad que el mundo le ofrece y que antes apartaba de sí con el pensamiento sutil de su descontento y de sus exigencias íntimas. No es, por eso, menos delicado y exquisito. ¿Qué hay en sus versos anteriores más suave y fino que el nuevo cantar a los ojos de la amada, puro

Como en el mármol blanco el agua limpia,

según su propia expresión? (Si yo fuera un poeta). ¿Qué hay en su poesía más curioso que el esfuerzo inútil por vencer el olvido y reavivar en él la imagen del pelo rubio que antes quiso con amor, y que, después, «un día como tantos» brotará en su memoria al acaso, como una llama de luz, cuando reciba de una rosa el mismo olor que ellos tuvieron? (Elegía de un madrigal). Recuerde el lector la célebre madalena embebida en té, de Marcel Proust: lo que será observación pasmosa para la crítica en el escudriñador francés de las complicaciones interiores, tiene en la obra de Antonio Machado, un antecedente poético, y esta coincidencia, con ser nada más que un detalle casual, dice mucho sobre la agudeza penetrante del poeta español. La reflexión concentrada y honda, que no se desenvuelve en trabazones laboriosas ni se muestra con aparato lógico, y sólo se descubre, inesperada, en la revelación rápida, repentina, del pensamiento que precisa y define a media palabra una actitud o una emoción y su transcendencia, es parte esencial y característica de este escrito que se dice

Poeta ayer, hoy triste y pobre

Filósofo trasnochado.

Antonio Machado en las segundas Soledades se acerca a la madurez plena. Va, camino de los Campos de Castilla, a las realidades exteriores de que hará la poesía de la tierra y de la raza castellanas, y al mismo tiempo afina su espíritu a la intuición lúcida que pondrá más tarde en los claros y difíciles versos de las Nuevas Canciones y del Cancionero Apócrifo.

Montevideo.

Referencias:

[1] Este texto proviene de la revista «Híspania» Vol. XII, N» 3. California, U.S.A., mayo de 1929.

[2] Soñada en piedra contorsión ceñuda (La fuente); No tu sandalia el soñoliento llano pisará... (Quizás la tarde lenta todavía); Suave de rosas aromado aliento (Mai piú).

[3] ...su lanza tórrido blande el viejo verano (Horizonte). Aljaba negra: los ojos. Oro de aljaba la flecha del amor (Arde en tus ojos un misterio, virgen y Campo).

[4] De la segunda edición.

[5] De la segunda edición.

Aquí al pie de la pág. 234 del original figura de su puño y letra: Todavía en la Fantasía iconográfica de Campos de Castilla repetirá una vez más:

    Al fondo de la cuadra, en el espejo

    Una tarde dorada está dormida.

Osvaldo Crispo Acosta ("Lauxar")
Motivos de crítica - Tomo IV
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - año 19
65

 

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Crónicas - Antonio Machado. Yo voy soñando caminos                 41:24                                                                         18 dic 2014

 

El poeta sevillano falleció a los pocos días de emprender el camino del exilio, a causa de la Guerra Civil. Muy pronto su figura se convirtió en un símbolo de la diáspora republicana. 

 

Crónicas ha estado en Colliure, y ha hablado con Georges Figueres. Su madre ayudó a Antonio Machado y a su familia cuando el escritor llegó allí, literalmente con lo puesto. El programa también ha visitado las ciudades de Baeza y Segovia, donde transcurrió parte de su vida.

 

Crónicas muestra el periplo del poeta en esas localidades, a través de los vestigios machadianos recuperados del Fondo Documental de TVE: imágenes de la rebotica de Baeza, tal como era en los tiempos en que Machado acudía a una tertulia en este lugar, que aparece en un poema; una graciosa disertación sobre las costumbres del poeta por parte de la dueña de la pensión de Segovia donde se alojó Machado entre 1919 y 1932; y el famoso olmo 'verdecido' de Soria, tema de uno de los poemas más famosos del autor, en el que traza un paralelismo entre las hojas que han brotado de un olmo seco y la esperanza de curación de su esposa Leonor.

 

Imprescindibles - 75 aniversario del fallecimiento del poeta Antonio Machado - previa de 'Los mundos sutiles'   19 feb 2014

  • El director de cine Eduardo Chapero-Jackson recrea el universo de Machado
  • La película Los mundos sutiles evoca los versos del poeta con la danza
  • No es un viaje al pasado, es la conexión entre el poeta y nuestro tiempo
  • Obtuvo la mención especial del jurado del Festival de Cine de Valladolid
  • Los mundos sutiles se emite el viernes, 21 de febrero, a las 21.00h, en La 2
  •  

    La Aventura del Saber. Elena Medel. El mundo mago, Cómo vivir con Antonio Machado.                                            10 jun 2015

    "El mundo mago" es una aproximación moderna a la vida y el pensamiento de Antonio Machado de la mano de una de nuestras mejores poetas, la escritora Elena Medel.

    UNED - Machado. Caminos del Pensamiento - 27/07/12

    En este programa se ofrece una semblanza biográfica de Antonio Machado, destacando los acontecimientos más relevantes de su vida. También se analiza cómo algunas de estas circunstancias vitales fueron decisivas a la hora de enfocar su trabajo, tanto a nivel poético como filosófico. Se ofrecen opiniones muy positivas sobre su libro "Juan de Mairena", considerada por algunos críticos como una de las obras más significativas del pensamiento español contemporáneo.

    Propuesta por Teresa Oñate, catedrática de Filosofía de la UNED.

    Intervienen:

    Teresa Oñate, catedrática de Filosofía de la UNED;

    Alfonso Guerra, político y Presidente Comisión Constitucional;

    Ian Gibson, historiador y escritor;

    José Manuel Caballero Bonald, escritor.

     

    Paisajes y sabores - Segovia y Antonio Machado - 29/08/13 audio

    29 ago 2013

    El poeta sevillano y autor de Campos de Castilla, residió doce años en esta ciudad castellano leonesa y hoy su casa-museo en Segovia, es la única que se conserva en España, junto con la residencia francesa de Coillure.

    Pero antes, recorremos con nuestro experto en Moto Turismo, Gustavo Cuervo, todo el curso del Guadalquivir, el mayor río de Andalucía, que atraviesa varias provincias. De hecho Guadalquivir, en árabe, significa "río grande". Y Óscar Checa, nos propone una escapada al nacimiento de dicho río: la Sierra de Cazorla, en Jaén, el espacio natural protegido, más grande de España.

    Y por último, visitamos esta casa museo de Antonio Machado en Segovia, que este año, el ayuntamiento ha mejorado para que las visitas sean más cómodas e interesantes.

     

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