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El Mahabharata, gesta de la India milenaria
Hyalmar Blixen

Si hay un libro inmenso, monstruoso en su belleza casi sublime y caótico en medio de su grandeza es el Mahabhárata. El Mahabhátata es como la India. Pocas veces un libro define de tal manera el alma de una nación. La India, con su diversidad de pueblos, sectas, lenguas y tradiciones, con su maravilloso colorido y sus selvas pobladas de elefantes, tigres y serpientes, donde los ascetas permanecen inmóviles en medio de tremendas austeridades, la India de las montañas tremendas y de los ríos a cuyas orillas van los rishis, los devas y las apsaras; todo eso está en el Mahabhárata.

Este libro es la más larga epopeya que se haya compuesto jamás; en realidad, más que epopeya es un conjunto de cantares unidos entre sí por un hilo sutilísimo, una floresta de mitos, leyendas, trozos didácticos y religiosos que estancan la acción originaria; esta epopeya, tal como ha llegado a nosotros, es el ejemplo más concluyente de la ruptura de las unidades de acción y de tiempo.

Está escrita en sánscrito, si bien Barth lanzó la teoría de que originariamente había sido concebida en prácrito, lengua popular entonces, como lo demuestra el hecho de que en ella estaban redactadas las leyes de Asoka (del siglo II a.c.). No ha podido, sin embargo, probarse dicha teoría; solamente poseemos el Mahabhárata en sánscrito, en el llamado "sánscrito épico", quizá equivocadamente, pues más que una lengua uniforme, presenta una multiplicidad extraña que oscila , como lo señala Masson Oursel, "entre la del Veda y la de la poesía refinada del renacimiento índico".

La epopeya contiene unos 107000 shlokas. El shloka es un dístico o conjunto de dos versos, basado en otra forma más antigua, el anustubh: cuatro hemistiquios de ocho sílabas cada uno, con dos yambos al final. No obstante, el shloka no es la única forma de versificación; en la epopeya se aprecian metros que vienen de la antigua estructura formal y lírica de los Vedas y mismo hay desarrollos en prosa, más breves. Esta mezcla de prosa y verso indica la antigüedad y el carácter popular originario del Mahabhárata.

Existió un nucleo o material épico primitivo de origen chatrya, en el que se cantaba las rivalidades y luchas sangrientas entre dos ramas de príncipes de una misma familia, motivadas aquellas por la posesión de un reino del norte, que tenía por capital Hastinapura. Estos cantos guerreros estaban ya formados aproximadamente en el 500 (a.J. C.); en esa época, el Mahabhárata era un rudo poema narrativo, enormemente más breve que el que ha llegado a nosotros; su fondo de acción estaba dado por guerras y violencias donde la traición y las arterías estaban permitidas, con intrusión ya de elemento maravilloso, aunque moderado quizás todavía; cantos éstos hechos para recrear a la nobleza chatrya (casta de los guerreros) y mismo el pueblo en general. Pero tal vez ya desde el 400 (a.J.C.) bajo los reyes Guptas, los bracmanes (casta sacerdotal) empezaron a verter o interpolar en el poema originario, material didáctico, moral, religioso y jurídico, al que se agregaron historias y más historias, que cortaron considerablemente el hilo de la acción, leyendas, genealogías, explicaciones del nacimiento de ríos o montañas y aún desarrollos cosmogónicos, hasta formar ese caos formidable, esa selva intrincada de temas trascendentes o simplemente conmovedores, delicados o rudos, que van desde las alturas metafísicas en las que el dualismo Samkhya y el monismo Yoga confraternizan extrañamente, hasta otras y variadas tendencias y desarrollos religiosos, cuales son los aportes purohitas, que preconizan el entronizamiento de dioses como Vishnu y Shiva, evidentemente ulteriores a los Vedas.

Esa montaña de leyendas ha sido dividida en dieciocho libros (o "parvan") a los que se agregó posteriormente uno más. No obstante, hay distintas versiones, según los diferentes manuscritos de esta obra. No tiene, realmente un autor único; aedas de distintos tiempos y lugares fueron moldeando la antigua acción épica, la que posteriormente creció muchísimo; sin embargo, la tradición habla de un autor (quizás pueda decirse mejor "compilador") llamado Krishna Dvaipayana Vyasa.

En el propio Mahabhárata se dan datos acerca de este personaje legendario. Había nacido en una isla, de donde le vino el segundo de sus nombres; en cuanto al primero de ellos le fue puesto a causa del color de su piel, de un negro azulado. Vyasa asimismo significa "autor" o "compilador". Vivía éste como otros según la leyenda, una vida de tremendas austeridades, que habían demacrado más aún su ya horrible aspecto. Sin embargo, al morir su medio hermano, el rey Vicitravirya que no tenía hijos, debió, de acuerdo con las leyes de muchos pueblos antiguos ocupar su lugar ante las esposas de aquel, para que no se extinguiera la descendencia de la familia real. Las dos viudas se espantaron ante ese ser de apariencia repulsiva; una de ellas cerró los ojos, por lo que en castigo, el hijo que le nació de Vyasa, llamado Dhritarastra, fue ciego; la otra palideció espantosamente, y así fue que su hijo nació pálido por lo que le llamó Pandu. Las rivalidades de los descendientes de estos dos príncipes constituyen el fondo de la acción épica del Mahabhárata, tema sobre el que insistiremos tal vez.

Es interesante señalar cómo se elogian en este libro sus propias excelencias y cual es la alta idea que los aedas hindúes tenían del Mahabhárata; así, hay unos shlokas iniciales que dicen:

"Como la mantequilla entre todos los productos de la leche, los bracmanes entre los arios, los aranyakas entre los vedas, el licor de la inmortalidad entre las medicinas y la vaca entre los cuadrúpedos son lo mejor, así el Mahabhárata es el mejor de todos los libros. Al que lo ha oído una vez no le agrada oír ninguna otra cosa, como el que ha oído el cuco no le gusta la ronca voz de la corneja. De esta narración, excelente entre todas, salen los pensamientos de los poetas, como los tres mundos, de los cinco elementos. Igual mérito alcanzan el que regala cien vacas de cuernos dorados a un bracman sabio, conocedor de los Vedas, que el que oye diariamente las santas narraciones del Mahabhárata. Este es el libro sagrado de la moral, es el mejor manual para la vida práctica y también como libro de instrucción para la Liberación ha sido compuesto por Vyasa, el incomensurable sabio. Cualquier pecado de hecho, palabra o pensamiento, se borra cuando se ha oído este poema. En tres años el asceta Krishna Dvaipayana ha redactado esta maravillosa narración, concentrándose espiritualmente cada día. Lo que hay en este libro concerniente a la moral, a la vida práctica, al disfrute de los sentidos y a la Liberación no hay en ninguna parte; lo que aquí no está no lo hay en ningún sitio en el mundo".

Estas expresiones, traducidas directamente del sánscrito por Rodríguez Adrados (a quien se le debe, además, una valiosa versión de "Nala y Damayanti", rica también en notas explicativas) nos muestra la actitud del hombre de la India ante esta obra, el altísimo concepto que de ella tenía y aún tiene. La idea de que su lectura borra todos los pecados, confería al Mahabhárata valor de cosa divina; no había sido, pues escrito sólo para deleite, sino para orientación de la vida en busca de liberación del alma, prisionera, según sus sistemas espiritualistas, en la cárcel de las pasiones o errores y atada a los lazos de la carne. El párrafo citado da también la idea de que el Mahabhárata es exhaustivo en cuanto a su temática y si se quiere, su problemática; todo está tratado allí y en cierto modo, tal vez pueda decirse que tenga razón..

Entre las múltiples leyendas llenas de elemento fantástico, que son comunes a otras de la arcaica narrativa universal está la siempre interesante y renovada en sus variantes, del Diluvio. Se cuenta en el Mahabhárata que Manu, rey sabio (al que la leyenda supone autor del código ético social y religioso llamado "Manava Dharma Sastra") e hijo de Vivasvata, el Sol, fue famoso por sus austeridades. "Con los brazos elevados este señor de los hombres, este gran santo, sosteniéndose en un sólo pie, permaneció largo tiempo, dice el poema. Con la cabeza inclinada, con la mirada fija e inmóvil, este terrible penitente continuó muchos años sus austeridades".

Hallamos, en estos fragmentos, un ejemplo notable de interpolaciones bracmánicas dentro del esquema originariamente épico; en estos shlokas se alaba el poder de los "tapas" o mortificaciones a los que se dedicaban los ascetas para desarrollar un inmenso poder mental, que según las leyendas, contrabalanceaba a veces al de los dioses. Entonces, dice el relato que Brahma, la más alta deidad del panteón hindú tomó la forma de un pez y, a orilla del Varini, se le apareció a Manu.

"¡Oh, afortunado! -díjole- Soy un débil pecesillo que tengo miedo a los peces grandes: sálvame, pues tu acoges los votos de los mortales. Porque los peces grandes se comen siempre a los pequeños; tal es nuestra eterna condición; sálvame, pues, de los grandes monstruos que inspiran espanto y te quedaré obligado siempre" Manu, dice el poema "lo colocó en un vaso que brillaba como un rayo de luna". El pez creció y le suplicó lo arrojara en un lugar más amplio; Manú lo llevó a un lago. Pero creció tanto en el lago, que el paciente rey asceta lo condujo al río Ganges (en sánscrito Ganga; es nombre femenino que designa a una diosa, la de la Vía Láctea, que desciende sobre la tierra). El pez creció tanto que el rey tuvo que llevarlo al Samudra (océano). Habiendo así Brahma probado la compasión de Manú, tuvo a su vez compasión de él. Y le dijo: "Pronto, ¡oh bienaventurado! todas las cosas estables y movibles que pertenecen a la naturaleza terrestre experimentarán una sumersión general, una disolución completa ¡oh afortunadísimo!" "Debes fabricar una nave fuerte, sólida, bien unida con ligaduras; en ella te embarcarás con siete rischis (sabios) ¡oh, gran santo! Y llevarás también a la nave todas las semillas designadas ya por los hombres que han nacido dos veces" (así llamaban a los bracmanes: decían que cuando recibían el cordón bracmínico nacían por segunda vez). "Agitada por furiosos vientos -dice luego el relato- la nave vacilaba sobre las cabrillas amontonadas, bamboleándose como una mujer ebria. Ni la tierra ni las regiones del cielo, ni el espacio que existe entre ambas cosas eran ya visibles; todo se había vuelto agua. El pez arrastró a la nave hasta el Himalaya (de "hima", que en sánscrito significa "nieve" y "alaya", que es "mansión").

Este relato tiene origen en otros más antiguos, el mesopotámico: existe un viejo cantar sumerio sobre el tema, que es repetido de forma casi idéntica en el "Cantar de Guilgamesh", babilónico, en forma de un relato hecho por Utnapishtim a aquel héroe, y del que ya nos hemos ocupado en este Suplemento.

El Mahabhárata tiene también un fondo didáctico y moral expuesto por medio de profusas sentencias. Will Durant ha señalado, como las más notables, en primer término, la conocida regla de oro que expresaron con otras palabras, primeramente Confucio y luego Jesús: "No hagas a los demás lo que, si te lo hicieran, causaríate dolor". La norma de caridad también está formulada y bellamente: "Aunque sea el enemigo quien pida ayuda, el hombre bueno estará dispuesto a auxiliarlo". Y esta otra: "Vence a la cólera con mensedumbre y al mal con compasión; vence a los avaros, dando, y a las mentiras, siendo veraz".

Apenas hemos gustado una ínfima parte del Mahabhárata; no hemos vislumbrado todavía esa selva de mitos y leyendas, ni menos navegado por sus aguas profundas, aguas de un océano inmenso, al que van a dar los ríos de la vida y de la muerte. Colocado en la balanza de los dioses junto al Ramayana, pesó más que los cuatro Vedas; incomensurable en su temática, ya tormentoso, ya sereno, como el mismo cielo de India, es el prodigio de la imaginación de un pueblo y el espejo de una cultura antigua, deslumbrante y terrible que, al sur del Himalaya dio a la literatura universal esas magníficas flores de perfume extraño.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

2 de Agosto 1964

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