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El amor en las leyendas del Mahabharata
Hyalmar Blixen

Profuso en historias de amor, rico en relatos de abnegación, de dulce y hasta dramática fidelidad, el Vana-Parvan (Libro de la Selva) el tercero de los que constituyen el Mahabhárata, es una colección de leyendas, de alegorías propensas al ensueño, donde el ideal de mujer y particularmente de esposa se eleva impregnado de cautivadora esencia. Abrevadero donde se bebe agua de amor -entre las rudas contiendas de otros cantos en los que mezquinos intereses materiales se entrechocan como manada de lobos que se destruye a sí misma- el Vana-Parvan ilumina de ideal el arduo vivir de los héroes.

Los autores indios, que cuando en algunos de sus libros clásicos han tratado el tema erótico, lo han desarrollado con insólita crudeza, tienen, para la esposa, veneración austera y maravillosa ternura. Señalemos algunas de esas historias iluminadas.

La de Cyavana y Sukanya es una de ellas. Cyavana, hijo de Bhrigu, era un asceta. Sometido a las duras austeridades que practicaban los brahmanes, vencedor de rigurosos "tapas", había logrado triunfar de todo deseo de movimiento. Aquietado su cuerpo, estaba sumido en abstracción profunda y no sentía que las hormigas edificaban encima suyo sus hormigueros. Sólo habían respetado ellas los ojos de Cyavana; éstos, llenos de extraña luz interior, brillaban entre las briznas acumuladas por las arduas trabajadoras.

Un día pasó por allí una princesa llamada Sukanya, acompañada de un gran cortejo. Ella creyó que los ojos del asceta eran flores y se distrajo en pincharlos con una espina. El dolor hizo que Cyavana despertara de su abstracción; con su vista interior -la única que le quedaba- adivinó la causa del mal que se le había hecho y maldijo a todos los presentes. La maldición de un anacoreta, según las supersticiones de la India, era capaz de producir gravísimas destrucciones, ya que un extraño poder mental era puesto al servicio de aquellas. Sukanya ofreció al asceta casarse con él a modo de expiación y éste retiró la maldición que empezaba a extenderse como un perfume envenenado. Así vivieron Cyavana y Sukanya en la selva y el amor los fue uniendo lentamente y a causa de éste, se hizo amable ese mundo hostil, morada de los tigres y de las serpientes ponzoñosas y lleno de pantanos de sonriente apariencia.

Pero un día los dos Azvini, los dioses mellizos, vieron a la esposa. Aún vestida de la túnica de cortezas de árbol, despojada de adornos suntuosos era hermosa. Cumplía las tareas humildemente y una gracia indescriptible parecía salir de su ser. Los hermanos desearon su belleza, huraña como esas selvas que la guardaban y sus formas, que rivalizaban con las de las apsaras. No sería la primera vez que los humanos y los seres del mundo de Indra se unían bajo las leyes de Kama, dios del amor. Pero al verla virtuosa, devota de su marido, le ofrecieron lo siguiente: como médicos de los dioses que eran, devolverían a Cyavana, no sólo la salud, sino también la juventud y aún la perdida belleza, olvidada bajo las arrugas y las mortificaciones, a cambio de ésto, la esposa debería luego elegir al que prefiriera de entre los tres. Cyavana sabía que era grande la devoción de su mujer, así es que, consultado, aceptó la prueba. Entonces el marido y los dos Azvini se hundieron en la líquida corriente para salir al cabo igualmente hermosos, envueltos en una gloriosa gracia rutilante. Al verlos jóvenes a los tres, idénticos en lozanía y frescura, Sukanya se detuvo, llena de incertidumbre. ¿Cuál de ellos sería su marido? Sus ojos no le decían nada. Absorta y asombrada iba del uno al otro. Al fin, desalentada, se puso a escuchar la voz que salía de su propio corazón:

"-Este es tu amado; es Cyavana"

Y había acertado, allí donde los ojos no sabían distinguir, perdidos entre las engañosas apariencias.

El tema del amor aparece también llenando de graciosa y regocijante luz la juventud del dios Krishna, octavo avatar de Vishnu, su leyenda aparece narrada en algunos cantos suplementarios de Mahabhárata, como ser el "Harivamsa", "El Pancharata" y el célebre "Bhagavad Guita", pero también se nos ofrece en otras tradiciones distintas de la gran epopeya, como ser, por ejemplo, el "Vishnu -Purana". Leyendas que ofrecen grandes variantes, a veces deleitan y a ocasiones obligan a la más seria meditación. Algunos de los aspectos de la vida de Krishna recuerdan a otros la de Jesús; así, se narra que nació aquél en una cueva, en la época en que el cruel rey Mathura, para eliminarlo, ordenó el degüello de todos los recién nacidos.

El pastor Nanda lo educó en las sencillas tareas campestres y así, cuidando ganados, pasó en Vraja su adolescencia. Juguetón y alegre, Krishna tuvo un trato con las "gopis" o pastoras que ha sido explicado de manera alegórica. Más tarde Krishna realizó hazaña sobre hazaña; desgajó árboles, de un puntapié, lanzó un carro por el aire, destruyó al dios de los demonios y aplastó el poder del rey de las serpientes. Junto con Ardjuna destruyó la selva de Kandava, protegida por Indra, hazaña realizada para ayudar a Agni, dios del fuego, y que, desde el punto de vista simbólico representa un Kali-Yuga o destrucción de una edad de hierro para dar paso a un Satya- Yuga o nueva edad de oro. En fin, los amores de Krishna y Rada, su esposa, llenan hermosas páginas y son motivo de cantares y leyendas. "Rada es la personificación del amor emanado de Krishna" señala Ramacharaka, excelente comentador de las filosofías de la India. Y son también numerosas las láminas y dibujos en los que Krishna y Rada aparecen abrazados, idílicamente, así como también aquellos en los que el dios juega alegremente con su flauta. Porque su música produce un estado de éxtasis en las pastoras; así nos lo hace ver Schure en armonioso prosa:

"Atraídas por aquel canto maravilloso, las "gopis", las hijas y las mujeres de los pastores, salieron de sus moradas. Las primeras, al ver a las mayores de la familia en su camino volvieron a entrar enseguida, después de simular que recogían flores. Algunas se aproximaron más, llamando: ¡Krishna, Krishna! y después huyeron avergonzadas. Animándose poco a poco las mujeres rodearon a Krishna por grupos, como gacelas tímidas y curiosas, encantadas por sus melodías. El, abstraído en el sueño de los dioses, no las veía. Atraídas más y más por su canto, las "gopis" comenzaron a impacientarse de que no se fijara en ellas. Nichdali, la hija de Nanda, con los ojos cerrados, había caído en una especie de éxtasis. Su hermana Sarasvati, más atrevida, se deslizó al lado del hijo de Devaki y le dijo con voz cariñosa:

-¡Oh, Krishna! ¿No ves que te escuchamos y no podemos dormir en nuestras moradas? Tus melodías nos han embelezado ¡Oh, héroe admirable! Y henos aquí encadenadas a tu voz y no pudiendo vivir sin ti".

Pero más conmovedora, más elevada en su contenido patético es la historia de Savitri y Satyavat, cuya traducción por Vivekananda, utilizamos para este artículo. Un viejo rey, ciego a causa de la edad, llamado Dyumatsena, había sido destronado por una coalisión de sus adversarios. Retirado a una eremita, allí vivía con su hijo Satyavat. La princesa Savitri se enamoró de éste último. El padre de ella le preguntó por el nombre del príncipe; la muchacha le contestó:

"-Ya no es príncipe, padre mío, porque es el hijo del rey Dyumatsena, que ha perdido su trono. No tiene patrimonio y vive como un "sannyasyn" en el bosque recogiendo hierbas y raíces para alimentarse y mantener a sus ancianos padres con quienes mora en una choza".

El rey frunció el entrecejo y consultó al anciano y sabio Narada, el cual vaticinó que ese casamiento iba a ser doloroso para Savitri, porque su amado estaba ya sentenciado por Yama, dios de la muerte, a perecer dentro de un año. Pero el amor de Savitri no se extinguió con ese amargo vaticinio y habiendo decidido consagrarlo a Satyavat se casó con él.

Así, fue a vivir en el bosque, en una cabaña vestida por las flores de la selva rumorosa por el canto de los pájaros. Todos los días Satyavat se internaba en la umbría para traer frutas o madera o flores para su esposa; ella hacía la frugal comida. Y el año de amor pasó como un soplo o como un sueño. Savitri veía llegar el día fatal y redoblaba la ternura para con su esposo, el cual, ignorante del destino que le aguardaba, hacía alegre la diaria tarea. Cuando volvía su marido escondía ella las lágrimas y le sonreía.

Llegó entonces el día señalado para la muerte de Satyavat; Savitri le rogó que la dejara acompañarlo. Se internaron entonces en el bosque, donde las flores reinaban con colores brillantes, como si estallaran. Todas las cosas reían a la vida; columnas de luz se filtraban desde la floresta, en la que resonaban los gritos de los pavos reales. De un lado, la inocencia condenada; del otro, la ternura vigilante. De un lado, la pura y alegre despreocupación confiada; del otro la tortura de saber y callar, la melancolía que no puede asomarse al rostro. Ella se hacía todo mirada para contemplar por última vea a Satyavat, cuyo rostro notaba cada vez más pálido.

"Al fin, con voz desmayada se quejó Satyavat a su esposa diciendo;

-Amada Savitri; la cabeza se me aturde, se desvanecen mis sentidos... me sobrecoge el sueño. Déjame reposar un rato en tí.

Temblorosa y asustada, replicó Savitri:

-Ven, amado señor mío y reclina la cabeza en mi regazo".

Y así, como un niño en los brazos de su madre, reposó cada vez más débil, Satyavat. Llamado por la tremenda fuerza invisible, ni caricia ni beso le podían despertar; al cabo dejó de existir.

Savitri, abrazada al cadáver de su esposo, quería aún protegerlo de la llamada misteriosa y lejana. Y su amor hizo un prodigio: un círculo de fuego se formó alrededor de ellos para defenderlos. Llegaron los emisarios de la muerte y, sorprendidos, se detuvieron delante de las llamas, a las que no osaron atravesar. Al fin se alejaron de la floresta y así transcurrió gran parte del día.

Atardecía y Savitri vió acercarse a un ser magnífico y terrible, de majestad profundamente triste. Atravesó las llamas y llegó a donde estaba la amada, abrazada siempre a su esposo inerte. Era Yama, el dios de los muertos, el juez de las almas. Tristemente habló así a Savitri:

"-Hija mía, entrega ese cadáver, pues ya sabes que la muerte es el destino de todo mortal y yo soy el primer ser que murió. Desde entonces, todo lo que vive ha de morir".

Savitri, muda, doblada como una caña por el viento, se separó algo del cadáver y Yama tomó el alma y se alejó, caminando entre la selva, hacia su lejano país doloroso. Pero al cabo de un rato sintió el crujir de ramas pisadas por pies leves; volvióse y vió a Savitri que le seguía, llena de terca timidez. Compadecido, el dios le habló como un padre a una niña:

"-Savitri, ¿por qué me sigues? Este es el destino de todos los mortales".

Savitri respondió:

"-No te sigo a ti, padre mío, sino que también es el destino de la mujer ir donde su amor le lleva. La ley eterna no separa al amante esposo de la tierna esposa".

Entonces dijo el dios de la Muerte:

"-Pídeme lo que quieras, menos la vida de tu esposo".

Y Savitri pidió un don. Pero, obtenido, siguió su canino detrás de Yama, como al cuerpo sigue la sombra. Y así, esta escena se repitió otras veces más. Conmovido, Yama le otorgaba alguna dádiva, pero humilde y firmemente seguía Savitri las huellas del dios; éste le habló así por último:

"-Noble Savitri, no me sigas con tu dolor sin esperanza".

"-No tengo más camino que aquel por donde te llevas a mi amado".

"-Pues, entonces, supón, Savitri, que tu marido fue un malvado y que me lo llevo al infierno. ¿Irías a donde fuera tu amado?"

"-Alegre iría a donde él fuera, ya en vida, ya en muerte, ya al cielo, ya al infierno".

"-Benditas sean tus palabras, hija mía; me has complacido. Pídeme otro don con tal de que no sea la vida de tu marido".

Savitri miró consternada, la selva, que amarilleaba. Bajo la tarde que ya hablaba al alma de oscuros velos extraños, se hallaba  sola con la Muerte, que la miraba como un abuelo. Allá lejos, tras el profundo país de las hojas, ¿se alzarían las puertas formidables del Rasatala, las murallas infinitas? El silencio se había hecho flor en el aire. Quizá miríadas de dioses escuchaban ahora el diálogo que con la muerte mantenía el amor, heroico y humilde. Entonces el corazón de Savitri se iluminó: no podía pedir la vida de su marido pero iba a solicitar algo para lo que esta vida era imprescindible. Como ellos no habían tenido hijos, esto fue lo que rogó:

"-Que no se quiebre la estirpe regia de mi suegro y que su reino lo hereden los hijos de Satyavat".

Vencido el rey de la muerte sonrió y dijo:

"-Hija mía: se cumplirá tu deseo. Aquí tienes el alma de tu marido. Volverá a la vida y vivirá para ser el padre de tus hijos que con el tiempo serán reyes. El amor  ha triunfado de la muerte. Nunca mujer alguna amó como tu..."

Los autores indios son, pues, maestros en la pintura de los grandes cuadros patéticos. En sus shlokas o versos dobles introducen el tema del amor y de la mujer a través de situaciones de verdadera esencia novelística. Desde las aventuras que ocurren a Draupadi, la esposa de los cinco hermanos pandavas, hasta la triste grandeza de la anciana reina Gandhari que en el Stri-Parvan (Libro de las Mujeres) onceno de la gran epopeya, llora la muerte de su hijo, las situaciones dramáticas, casi diríamos románticas, se suceden continuamente. A veces es la tentadora apsara Menaka, a veces la idílica Damayanti...

Lo cierto es que los poetas de la India clásica agregaron a sus grandes cuadros heroicos el resplandor de la ternura femenina dándonos el más hermoso ideal de esposa: fuerte en la adversidad, segura en la verdad de su sentimiento con algo de la ligereza alada que tienen la sombra y el sueño.

 

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

Setiembre de 1964

 

 

 

 

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