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La acción épica en el Mahabharata
Hyalmar Blixen

Este inmenso poema épico de la India, fabulosa antología de gestas, relatos alegóricos morales, leyendas, aventuras y descripciones tiene una acción llena de peripecias que deleitaron a generaciones de aquel pueblo milenario. El poema se formó -lo vimos en el artículo anterior, aparecido en este Suplemento- por yuxtaposición de relatos y desarrollos ético religiosos agregados por los bracmanes a un fondo épico primitivo, más rudo y violento y determinable hoy, aunque con cierta aproximación, ya que el material poético está muy mezclado. Si dejamos de lado toda la inmensa masa de cantares interpolados, nos queda un simple relato de aventuras, en el que dos ramas de una misma familia luchan por la posesión de un reino del norte de la India. Dos príncipes, hermanos entre sí, reinaron en Hastinapura. Primero gobernó el menor, llamado Pandú ("el pálido") ya que su hermano mayor, Dhritarastra, era ciego de nacimiento y según una vieja ley, como señala Vivekananda en un comentario, quedaba apartado de los derechos de sucesión, aquel candidato que tuviera algún defecto físico notable, que no le permitiera ejercer el gobierno con toda energía y dignidad. Dhritarastra tuvo, sin embargo, según la leyenda, cien hijos, que formaron el partido llamado de los kuravas, en homenaja a Kuru, un antepasado de la familia; Pandú tuvo sólo cinco hijos: tres habidos de su esposa principal, Kunti, y que fueron Yudhisthira, lleno de sabiduría y prudencia; Bhima, hombre de gran vigor físico y notable voracidad y Ardjuna, lleno de nobleza y también de destreza en el manejo de las armas, especialmente el arco. De la segunda mujer llamada Madri, le nacieron dos hijos gemelos Nakula y Sahadeva.

El rey Pandú murió prematuramente, por lo que no hubo otra solución que llamar al gobierno del reino a Dhritarastra, a pesar de su ceguera. Entre tanto, los príncipes todos fueron educados por un sacerdote guerrero, Drona, que les enseñó todo lo que en aquella época ruda se suponía en la India que debía saber un chatrya. Pero los cien primos tenían gran envidia de los cinco hijos de Pandú (o pandavas) y trataron de eliminarlos por medio de maquinaciones arteras. Cuando Yudhisthira fue elegido por su tío, Dhiritarastra para sucederle en el trono, Duryodhara y Duzzana (los mayores de los cien kuravas) persuadieron a los cinco pandavas a que asistieran a un festival sacro que se celebraba en un lugar llamado Väranavata. De camino los cinco hermanos fueron alojados en una casa hecha de cáñamo, resina, laca, maderas y demás materiales propensos a la combustión. La intención de los kuravas era la de que los cinco primos perecieran en el incendio de esa residencia, que aquellos preparaban. Sin embargo escaparon de la muerte, porque un hermanastro de Dhritarastra, llamado Vidura, hombre de buen corazón, previno a los pandavas del peligro que corrían. Estos se retiraron con la reina Kunti, madre de los tres primeros, a la selva y allí vivieron un tiempo, disfrazados de estudiantes bracmanes y pidiendo limosna. Los pandavas realizaron en la selva grandes hazañas; entre otras, el vigoroso Bhima mató en la selva al raksasa (o demonio) Hidimba, que intentaba devorarlos. También destruyó a otro que exigía día a día, se le entregara un habitante de una ciudad vecina, para devorarlo.

Pero la suerte de los cinco pandavas cambió de pronto a causa de un matrimonio ventajoso. En el cercano reino de Pañcala, el rey Draupada había decidido casar a su hija Draupadi para lo cual organizó un "svayamvara" o torneo para la elección de marido, que era cosa frecuente en la antigua India. La prueba era sumamente difícil: había que atravesar el orificio central de una rueda giratoria con una flecha, la cual debía luego clavarse en el ojo de un pez pintado. Además, no debía apuntarse mirando directamente el blanco, sino, el reflejo que éste hacía en un cubo lleno de agua. Todos los chatryas (casta de los guerreros) que habían venido a competir, fracasaron en su intento, razón por la cual fueron admitidos hombres de otras castas. Eso dió ocasión a Ardjuna, disfrazado de bracman, de probar fortuna, tras la que logró éxito, ya que con las flechas tiraba maravillosamente. Al volver a donde estaba la madre Kunti, le dijeron los hermanos: "¡Madre! ¡Qué limosna maravillosa traemos hoy!"

Ella, sin saber qué cosa habían recibido, contestó:

"Pues disfrutadla, como buenos hermanos, entre todos"

Luego se percató que se trataba de una muchacha, pero ya no se podía retirar la palabra materna; así, Draupadi fue esposa común de los cinco hermanos. Consultado Vyasa, abuelo de los pandavas sobre si era posible este matrimonio, el sabio, al que se le adjudica legendariamente la creación del propio Mahabhárata, respondió que sí. En realidad se trata de un curioso ejemplo de poliandría, el único que aparece en la epopeya; quizás se hayan filtrado al respecto influencias de las culturas del Tibet, donde la poliandría existía y existe aún. Más fuertes ahora los cinco pandavas, tras este matrimonio, exigen a los cien kuravas que les cedan la mitad del reino, cosa a la que al final acceden aquéllos para evitar la guerra civil.

Yudhysthira, los cuatro hermanos y Draupadi obtienen así una reparación: un nuevo reino, cuya capital va a ser Indraprastha (Delhi). Yudhysthira hace entonces grandes conquistas, tras las que decide coronarse rey supremo. Para ello prepara el llamado "Yajnarajasuya" (o sacrificio real); a esa ceremonia suntuosa asisten numerosos príncipes e incluso los kuravas, los que no dejan de sufrir algunas humillaciones, por lo que esperan el momento de tomarse amplio desquite.

Buscaron un ocasión y pronto la hallaron. Según una antigua costumbre de la India, si a un chatrya se le desafiaba a luchar o a competir en algún juego, debía aceptar so pena de deshonrarse. Por eso Shakuni, tío de los kuravas, invitó a Yudhysthira a jugar a los dados, juego por el que este era entusiasta. En el gran salón real es organizada la partida de dados; tiran una y otra vez y siempre vence Shakuni, porque usa dados cargados. Yudhysthira pierde las ciudades de su reino, luego la libertad de sus hermanos y mismo de Draupadi. Un temblor agita toda la sala. Los kuravas mandan traer a la joven reina, a la que tiran de las largas trenzas al grito de "¡esclava, esclava!".

La mirada que Draupadi hecha sobre los desesperados pandavas les hace sufrir más que todas las otras cosas. El gigantesco Bhima, temblando de furor, se dispone a matar a Shakuni. Al fin, el anciano rey ciego Dhritarastra, interviene y logra que Draupadi y los cinco pandavas queden libres, pero con la condición de que se juegue una segunda partida de dados, la que, perdida de nuevo por Yudhysthira, determina que los seis deben pasar doce años desterrados en las selvas, más un décimo tercer año de incógnito al servicio de algún rey.

El tercer libro narra las aventuras de los cinco hermanos en la selva y es rico en episodios y leyendas que se cuentan para distraer de los pandavas de su dolor, algunas dichas por el santo Markandeya. La más célebres son una versión reducida de las hazañas de Rama y Sita, que, desarrolladas dan el célebre poema "El Ramayana" (artículos de 14 y 28 de octubre de 1962 aparecidos en este Suplemento); también el famoso episodio llamado "Nala y Damayanti" (publicado aparte y con ese título en la Editorial Austral). Otras leyendas hermosas son las del origen del río Ganges, el episodio de Cybana y Sukandya, el de los pandavas y Dharma, el del Diluvio Universal, el del nacimiento de Skanda, dios de la guerra, y el más conmovedor de todos: el de Savitri y el de su amado esposo Satyavat. Estas historias tienen siempre un fondo didáctico y moral; enseñan la ética, deleitando, la pintura del amor y de la mujer, especialmente son de mano maestra y bien adecuadas a lo que la India consideraba el ideal de esposa: tierna, abnegada, heroica en la defensa de su amor. Sakúntala, Kunti, Sita, Sukanya, Damayanti, y Savitri son modelos de la virtud femenina, de la delicadeza y de la gracia.

En tanto que estas leyendas cortan continuamente el hilo de la acción, otras veces son aventuras de tipo distinto, acaecidas a alguno de los cinco pandavas, las que detienen el impulso épico central, a fin de contar pequeñas gestas secundarias o aventuras que ocurren a alguno de los hermanos: así, Bhima obtiene la flor celestial y Ardjuna, (amigo y aliado del dios Krishna) consigue armas maravillosas, don de las deidades.

Tras los doce años de destierro, los hermanos y Draupadi pasan el decimotercero en la corte de Virata, rey de Natsya. Yudhisthira se disfraza de bracman, Bhima de cocinero, Ardjuna de eunuco, por lo que es nombrado maestro de música de las princesas. Nakula de caballerizo y Sahadeva de boyero. En cuanto a la hermosa Draupadi durante todo ese año realiza labores de sirvienta.

Después de todos estos sacrificios, los pandavas solicitan la devolución de su reino, pero los cien primos, los kuravas, se niegan a ello; entonces, por amor a la paz, solicitan al menos cinco ciudades para reinar en ellas, cosa que tampoco obtienen. Esta cerrada e injusta negativa trae como consecuencia la guerra. Requieren ambos grupos el auxilio de los distintos rajas, los que acuden en auxilio de uno u otro bando. Así llegamos al libro VI, donde ha sido ubicado un canto, sin duda interpolado también: el célebre Bhagavat Guita, uno de los más profundos libros sapienciales de la India. Se cuenta allí que Ardjuna, al ver que van a combatir entre sí tantos guerreros ilustres de uno y otro bando, siente desfallecer su voluntad de lucha; le parece demasiado horrible la matanza; entonces el dios Krishna le desarrolla uno de los sistemas filosóficos más caros al pensamiento hindú, es un diálogo de trascendencia y hondura poco comunes, en el cual se explica que la muerte es una ilusión, pues el alma, que no puede ser destruída, se reencarna fatalmente, de acuerdo con su karma, en otras envolturas materiales. Nadie de los que está combatiendo ha de morir, agrega Ardjuna; sólo sus cuerpos; el alma se desprende del cuerpo como el ser humano de un vestido y toma otro.

La batalla de Kurunksetra dura dieciocho días; la traición y las añagazas guerreras juegan un papel preponderante y parecen revelar que esta narración bélica constituye uno de los pasajes más arcaicos del Mahabhárta; en ciertos momentos casi se diría que el autor de esos fragmentos fuese favorable a los kuravas. En medio de la mortandad de hombres, caballos y elefantes, entre los carros volcados y la sangre que encharca la tierra, entre el chocar de armas se realizan hazañas portentosas. Cosa curiosa: se combate sólo durante el día; al llegar la noche, los adversarios de uno u otro bando van al otro campamento donde dialogan cortesmente. Al fin de esta larga contienda vencen los cinco pandavas.

La narración a veces da paso al poema elegíaco; así, como ejemplo de éste, pueden ser citadas las lamentaciones de Gandhari, esposa del ciego y viejo Dhritarastra.

Dice el poema:

"Allí, en el campo de batalla está Gandhari, reina sin mácula, mujer sin mácula, siempre justa, siempre buena, majestuosa en su pesar profundo. Oscurecida por corrientes de sangre, la roja lisa está cubierta de cráneos hendidos y trenzas empapadas de esparcidos miembros de incontables guerreros... El dilatado aullido de los chacales vibra sobre la escena de la matanza y el buitre y el cuervo agitan sus negras y repugnantes alas. Regalándose con sangre de guerrero, asquerosos pishachas llenan el aire; invisibles formas de hambrientos rakshas despedazan los cadáveres miembro a miembro. A través de esta escena de muerte es conducido el anciano monarca; damas kuravas, con pasos vacilantes, andan entre innumerables muertos y agudos chillidos de angustia, vibran sobre la llanura cuando ven a sus hijos, padres, hermanos, señores entre los que yacen insensibles, cuando ven a los lobos de la selva devorando a su destinada presa, a los oscuros errantes de la medianoche merodeando bajo la luz del día".

La reina Gandhari encuentra el cadáver de su hijo Duryodhana; tras abrazar su forma sin vida recuerda los últimos momentos de la despedida:

"Madre, dijo, mi Duryodhana al partir al combate, deséame goce y triunfo cuando suba a mi carro de guerra". "Hijo, contesté a Duryidhana: aparte de ti el cielo un destino cruel; el triunfo sigue a la virtud". "Ahora habita en las regiones celestiales que conquista el guerrero fiel. Y no lloro por Duryodhana; como un príncipe luchó y cayó. Mas de mi esposo, por la pena herido ¿quién podrá contar la desdicha? Luego al ver que la esposa de Duryodhana besa el rostro ensangrentado de su marido, le dice palabras de aliento: "¡Oh, mi loto, mi hija, orgullo de los Bháratas, gloria de los kuravas! Si la verdad está en los Vedas, el bravo Duryodhana mora en las alturas ¿por qué nos demoraremos en la tristeza, separados de su amor carísimo?. Si la verdad está en el Sastra, mora en el cielo mi heroico hijo, ¿por qué nos demoraremos en el pesar si ya cumplieron ellos su tarea terrena?"

Valiosísimos por su valor conceptual son los largos pasajes (Libros XII y XII) en los que Bhisma, otro de los kuravas moribundo, enseña a su enemigo y vencedor Yudhisthira, las normas de ética y de gobierno. Esta parte sin duda interpolada posteriormente, contiene 19494 shlokas, o sea casi una cuarta parte del total del Mahabhárata. Allí Bhisma habla acerca del régimen de castas, acerca de mitos y tradiciones, de rico saber folklórico, de metafísica, de los sistemas del Sankya y de los Upanishads. Es que, sin duda alguna, esos trozos didácticos adquirían un valor y autoridad especiales si eran puestos en la boca de alguno de los grandes héroes del pasado; de ahí las contínuas interpolaciones.

Dhritarastra entrega el reino a Yudhisthira y sus hermanos, los cuales reinan hasta que, comprendiendo que había llegado el momento de dejar el mundo, emprenden su viaje final, junto con Draupadi, hacia los Himalayas en busca del cielo de Indra. Este pasaje, pródigo en enseñanzas de virtud es de elevación poco común.

He aquí una apretada síntesis del Mahabhárata. Esta epopeya vale quizás hoy para nosotros, más aún que por el fondo épico originario que ha sido ahora expuesto, por sus digresiones, apólogos, leyendas, fragmentos didácticos de sublime belleza de los cuales nada hemos expresado aún. Son éstos como lagos hermosos de abundante sombra serena, que salen del gran río turbulento de la narración épica, páginas iluminadas de tremenda luz espiritual -a veces algo alejada de la mentalidad occidental- pero de una poesía pura y elevada que deberíamos conocer mejor. Música del corazón, el espíritu de estas leyendas asciende sereno hacia las esferas inmarcesibles.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

30 de Agosto de 1964

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