El cantar de Guilgamesh y la épica caldea
Hyalmar Blixen

El cantar de Guilgamesh es lo más hermoso y profundo de la poesía narrativa de la vieja Mesopotamia; es la flor misteriosa y perfumada de un jardín de canciones, jardín que los poetas del país de los dos ríos cultivaron en una siembra milenaria, cuando la inteligencia del resto de la humanidad aún estaba dormida. Literario por la belleza de su forma, filosófico por su contenido tremendamente potente, histórico por la visión que de las culturas primitivas nos evoca, social por lo que de costumbres, ritos y creencias hace aflorar hasta nosotros, arqueológico porque canta al unísono del ladrillo rescatado de entre las ruinas arcaicas y cubierto de cuneiformes, el cantar de Guilgamesh nos presenta al héroe de corazón entusiasta y encendido, que, tras reflexiones sobre la vida y la muerte y sobre el destino del hombre -carne creada para el más allá, el reino de Kur, donde todas las sombras se desmayan- intenta la aventura de la inmortalidad, en el afán desesperado, y al fin impotente, de escapar, de alguna manera, ante el trabajo oscuro y roedor conque las aguas de la muerte socavan los pilares de nuestra existencia. Nos presenta ese poema una concepción del mundo visto en los albores de la civilización humana y revela una fuerza, una riqueza, un colorido y una filosofía, que lo sitúan como lo más elevado de la literatura semítica prebíblica.

Las gestas de Guilgamesh no son, sin embargo, babilónicas en su origen, sino sumerias. Elaboradas como cantos aislados por la más antigua civilización de Mesopotamia y tal vez del mundo, escritas en caracteres cuneiformes, por incisión de estilete sobre tablillas de barro crudo -cuadradas, rectangulares o cilíndricas- que luego eran endurecidas en hornos, afloran hoy, junto con otros textos arcaicos tras las excavaciones hechas en Uruk, Nippur, Babilonia, Kish, Nínive, Ur, Eridu y otras ciudades.

Los bibliotecarios de Mesopotamia, que llevaban el título de "nissu-duppi-satri" (u "hombre de las tablillas escritas") las guardaban alineadas en sus bibliotecas o "casas de las tablillas" alguna de las cuales, como la del rey asirio Asurbanipal -que orgulloso de su colección se llamaba a si mismo "señor de las manchas cuneiformes"- contuvieron un material considerable, que en gran parte ha sido rescatado.

Descifrada la escritura cuneiforme a mediados del siglo XIX por el inglés Rawlinson principalmente, usando éste, para su trabajo, las inscripciones trilingües de la piedra de Bisutum, en el Kurdistán, norte de Persia, hoy han sido traducidos, en lenguas europeas y asíaticas, centenares de textos, muchos de ellos literarios.

Así ha aflorado nuevamente un país hundido en el océano de arenas; ha aflorado con sus historias, con sus artes, con sus cantares, con sus creencias, con sus costumbres, tal vez para decirnos burlonamente que el corazón del hombre de hoy, con toda su brillante civilización del siglo XX, no late de manera distinta ni tiene otros sueños diferentes, que los que el hombre de las civilizaciones arcaicas acarició bajo la expresión de mitos encantadores y profundos. Y sin embargo, los textos sumerios son el primer chorro de luz en la noche mental del siglo veintisiete precristiano, cuando a fines del período de Uruk aparecen las primeras muestras de jeroglíficos sobre arcilla que, por simplificación, darían luego los cuneiformes. Y después, en el período protodinástico (2700 a 2300 a. J.C.) esos textos balbuceantes se hacen literatura, se visten de la túnica de la belleza, eterna en sus muertes y resurrecciones. Llega Sargón y los accadios aplastan la cultura sumeria y construyen el primer imperio mesopotámico, pero los cantares dispersos de Guilgamesh renacen siglos después en la resención babilónica y luego en las traducciones asirias del siglo VII a. J.C. y en las traducciones hurritas e hititas, extendiéndose por el Asia menor hasta las proximidades de la Troade y sobre la medialuna de las tierras fértiles, para influir, en cierto modo sobre "La Odisea" y "La Biblia".

La primera tablilla de la resención babilónica nos presenta a Guilgamesh como a un semidios de la ciudad de Erech (Ur en los cantares sumerios). Hijo del héroe Lugalbanda y de la diosa Ninsun, participa más de la esencia divina que de la humana. Sin rivales ante su poderío gobierna despóticamete; sus violencias tiranizan al pueblo, porque, aquél, no habiendo sufrido nunca, no sabe aún que sólo el dolor y la derrota enseñan al hombre la compasión y la prudencia. Advertido por sueños contrarios -¿qué pueblo primitivo no interpretó a los sueños como hijos de los pensamientos de los dioses- de que un ser formidable había sido creado para humillarlo y vencerlo, espera el día del gran encuentro.

Y así iba a ocurrir. Anu, el padre de los dioses, había escuchado las humildes quejas de los hombres sencillos y, deseando educar y castigar al rey, ordena a Aruru -la diosa que antaño había formado al hombre, modelándolo en arcilla- la creación de un ser formidable, capaz de vencer, por su fuerza, a Guilgamesh, ante los mismos ojos del pueblo. Es esa la causa del nacimiento de Enkidu, quien crece entre las bestias en la selva, creyéndose una de ellas, ignorante de la civilización y de su propio destino. Guilgamesh, enterado de la existencia de ese ser mitad bruto, mitad hombre, decide debilitarlo por medio de la magia sexual y le envía una hetaira sagrada del templo de Ishtar, la Afrodita de los poemas babilónicos. Pero aquí se produce la primera peripecia de este cantar: la hieródula enseña a Enkidu el amor, por cuya virtud la bestia se humaniza y aprende a comer el pan, a beber la cerveza y a usar los vestidos, aunque algo pierde de su fuerza primitiva.

Llegan las vísperas de las fiestas de Akitu o del año nuevo que duraban del 1º al 12 del mes de Nizán. Guilgamesh como rey en representación del dios Marduk, debía asistir al templo de Sarpanit, para consumar allí una hierogamia con la suma sacerdotiza de esa diosa, a fin de que las fuerzas de la fecundidad y la vegetación no decayeran en sus estados.

En el camino, en medio de la multitud, más temerosa que reverente, es desafiado por Enkidu. Guilgamesh, como rey, está en su derecho de hacerlo prender, pero no da esa orden a sus guardias; su sentido del honor guerrero le impele al combate, a pesar de sus sueños adversos. Vence Enkidu, como estaba dispuesto por las deidades; el pueblo pide al vencedor que ultime definitivamente al vencido, pero Enkidu no lo hace, porque agradece en su corazón la lealtad que el rey ha demostrado al combatirle; desde entonces ambos héroes se hacen inseparables y viven en la más estrecha hermandad. Guilgamesh acepta la enseñanza de la adversidad y se hace un monarca justo y atento para con su pueblo.

Algún tiempo ambos héroes se dedican al pasatiempo de cazar leones. Pero Guilgamesh siente la tristeza del vivir oscuro y sin gloria; la nostalgia de esta vida cuyo lapso está escrito y sellado en las tablillas del destino... Y entre tanto ¿qué hacer con este instante fugaz de luz y de color, de energía y de sonido? No realizar nada digno de renombre ¿no es un poco renunciar a vivir? ¿No es un poco morir anticipadamente? Así, intenta la aventura del País de los Cedros, que cubrían la montaña en cuyas cumbres los hombres de Mesopotamia ponían su paraíso. Entre los cedros, el cíclope Jumbaba, su guardián, era expresión del horror salvaje y siniestro. En su plegaria al sol, le dice Guilgamesh:

-"Quisiera que esta palabra llegara hasta ti, presta oído

en mi ciudad el hombre muere con el corazón oprimido;

el hombre perece: el corazón está agobiado.

He extendido la vista por encima de las murallas,

he visto los cadáveres flotando en el río;

en cuanto a mí, mi suerte será la misma; en verdad es así.

El mayor de los hombres no puede tocar el cielo,

el más grueso de los hombres no puede cubrir la tierra.

El ladrillo y el sello no han dispuesto todavía el término fatal;

quisiera, pues, penetrar en el país, que brille allá mi nombre;

en aquellos sitios donde otros nombres han sido elevados

quisiera que luciera allí por siempre mi nombre;

en aquellos sitios donde los de otros seres no han sido elevados

quisiera elevar los nombres de los dioses.

El Sol aceptó, pues, su llanto, a modo de ofrenda;

como a un hombre lastimero, le concedió su lástima..."

Vencedores de Jumbaba, al entrar en Erech, Guilgamesh y Enkidu, se enamora de aquel la diosa Ishtar, pero el héroe desprecia sus ofrecimientos, porque sabe que esta deidad, como la Circe homérica, convierte luego a sus amantes en bestias. Ishtar, airada, obtiene de los dioses, que lancen contra Guilgamesh y Enkidu al Toro Celestial, cuyas embestidas causaban las tormentas y los terremotos: es el Ramman de los babilonios y el Teshub de los hititas; cuando desciende de los cielos provoca siete años de hambre sobre la tierra. Tras un combate, ambos héroes lo matan y presentan su corazón como ofrenda a Shamash, el Sol (Utu en los textos sumerios). Tales hazañas han sobrepasado lo que un hombre, por grande que sea, puede y debe realizar y ofenden a los dioses; algo semejante a la "Némesis" y a la "Diké" de los griegos también amenaza a los héroes mesopotámicos y la Asamblea de las deidades discurre acerca de cuál de ambos debe ser castigado. La intervención de la diosa Ninzun aparta el rayo de la cólera vengadora, de la cabeza de su hijo y así va a ser Enkidu el sentenciado por una oscura condena, la que se la hacen saber los dioses por medio de varios sueños proféticos.

Muerto Enkidu, se apodera de su amigo un dolor considerable. Como Aquiles ante el cadáver de Patroclo, Guilgamesh llora, y recorre el palacio gritando como un insensato; la tablilla VIII, columna II nos hace oír sus exclamaciones:

-"Enkidu, amigo mío, hermanito, pantera del desierto

con el que descendí por todos lados y escalé las montañas:

cogimos y golpeamos al Toro Celestial,

exterminamos a Jumbaba, que habitaba en la Selva de los Cedros.

Ahora ¿qué sueño es, que te ha asido?

Estás mustio y nada oyes".

Pero él no levantó los párpados.

Tocó el corazón ( de Enkidu); no late más.

Vistió a su amigo como a una novia".

Durante seis días y seis noches, Guilgamesh, errando por las campiñas, no cesa en sus lamentaciones, mas al cabo, meditando acerca de esta experiencia siniestra, piensa en el día en que la muerte también lo alcance a él.

Entonces tienta, en una búsqueda desesperada, desentrañar el enigma de la vida y la muerte, en un fabuloso deseo de lograr la inmortalidad. El poeta nos lo va mostrando a través de su viaje alrededor del mundo, en busca de la mansión de Utnapishtim, el Noé de los relatos caldeos, a quien los dioses, después de salvarlo del diluvio, le concedieron el no morir; tal vez, piensa el héroe, pueda Utnapishtim darle el secreto de la vida sin muerte. Llega entonces a los límites occidentales de la tierra, franquea el país de los Hombres-Escorpiones -Germain cree que equivalen a los "lestrigones" de "La Odisea"- atraviesa la puerta del Sol Poniente, entre los dos montes Mashu -o gemelos- se interna por el túnel de doce horas por donde Shamash, el Sol hace su camino nocturno y al salir de él, en el extremo oriente del mundo, halla la mansión de Siduri, junto al jardín de las delicias...

¡Cuántos textos literarios van a nutrirse luego a expensas de estos antiquísimos cantares! Pero el Sol trata de disuadir al héroe:

"Shamash dice a Guilgamesh:

-Guilgamesh, ¿por qué vagas constantemente?

La vida que buscas aquí y allá no la encontrarás nunca".

Guilgamesh cree que en algún lado existe lo imperecedero y que puede descifrarse el enigma; si el Universo permanece ¿por qué debe morir el hombre? Así responde al Sol:

-Desde que vago por los campos como el pájaro Delu

¿sobre la tierra se han hecho las estrellas menos brillantes?

¡:Puedan mis ojos ver el Sol! ¡Pueda yo hartarme de claridad!

¡Pueda el muerto ver el resplandor del Sol!

Al fin, en una lejana isla del Apsu, el Océano Primordial, encuentra a Utnapishtim y obtiene, no el árbol de la inmortalidad, porque no existe, pero si una rama del arbusto que devuelve la perdida junventud, que en el cantar se llama: "rejuvenece la barba gris". Pero al volver a Erech soñando salvar a los hombres de la vejez, una serpiente le roba el arbusto.

¿No simboliza, pues, el poema el sueño de la humanidad por alcanzar una vida sin muerte, la rebeldía ante el destino de nuestra finitud ineludible? Hace cuarenta siglos o más, ya el hombre se rebelaba ante la injusticia de morir y esa fiebre de luz, de vida, de color, de movimiento, de amor salta entre los versos de este cantar épico, como un pájaro enjaulado, dentro de las rejas de un destino inescapable.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"
6 de Enero de 1963

Editado por el editor de Letras Uruguay

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Poema de Gilgamesh

 

Narración de La Epopeya de Gilgamesh , the Epos of Gilgamesh by The Gilgamesh Project

Publicado el 22 feb. 2010

Video explicativo de la eopeya de Gilgamesh, narrada en el 2006 por Laura Olivares, para
el proyecto THE GILGAMESH PROJECT.
Post producción por Xavi de Juan-Creix, con la colaboración de Daniel Zerbst, Borja F.Alexandre, y Alejandro Pardo,.... Gracias a todos los colaboradores del proyecto....

 

15-03-2013. Los astrónomos caldeos.

 

 

 

 

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