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A veinte siglos de la muerte de Publio Virgilio Marón
Hyalmar Blixen

 

Publio Virgilio Marón

Hace dos mil años, en la Roma de Augusto, se extinguió la voz cálida, de timbre sensible, de singular encanto, del más grande de los poetas latinos, es decir, de Publio Virgilio Marón. Virgilio era un ser dulce, que se extasiaba ante las bellezas de la naturaleza, con la que convivió desde pequeño, ser también tímido, quizá a causa de su hipersensibilidad y que sólo se sentía bien dentro del grupo selecto de espíritus afines de poetas, de filósofos, de hombres a los que atraía la belleza de las ideas o de la naturaleza.

Melancólico, como todo el que piensa con profundidad, su melancolía era sonrisa y no llanto, sonrisa ante la flor que lucía o la rama del peral que se injertaba, ante las bestezuelas pequeñas que abrían sus ojos de asombro e inocencia, en medio de ese mundo romano que se agitaba a causa de los enfrentamientos políticos, de los odios suscitados primeramente por las guerras de César contra Pompeyo y luego por la rivalidad entre Octavio y Marco Antonio.

Su vocación de poeta apareció en tiempo bastante temprano, pues le son atribuidos algunos dísticos de carácter epigramático conocidos bajo el nombre de "Catalecta". Otros poemas de la primera época podrían ser citados así: "El Moscardón", algo oscuro quizá en su forma, por el influjo, entonces dominante, aunque leve en Virgilio, de la lírica alejandrina, de tendencia barroca, pero poema de gracia

y dulzura, quizá algo lánguido, sin embargo. De las obras de la primera época, entre las que cabe citar "La taberna", y "El penacho", sobresale "Morentum" donde la vida de los pastores está cantada con realismo, distinto a lo que fue luego la línea melódica de Virgilio.

Después del asesinato de Julio César, ocurrido en plena sesión del Senado romano, Octavio y Antonio persiguieron a Bruto y Casio, que se habían pertrechado en Filipos, lugar de Salónica. En el año 42 (antes J. C.) se dio la famosa batalla en la que triunfaron los vengadores de César. Las provincias que habían mostrado simpatía por Bruto y Casio fueron castigadas, y las tierras de sus campesinos, que debieron emigrar a otros lugares del imperio, repartidas entre antiguos legionarios de César. De ese modo, la granja del padre de Virgilio, cerca de Mantua, fue entregada a un guerrero que hizo valer su fuerza y el decreto de expoliación.

En tanto, el poeta, que estudió primero en Cremona, y luego en Milán y en Nápoles, se había, poco a poco, convertido en un investigador curioso de todo lo que podía saberse en aquella época. Le interesaban tanto las bellas letras helénicas, como la filosofía griega, (y dentro de ésta, la escuela de Epicuro) pero también los escritos que versaban sobre medicina, veterinaria, agronomía, astronomía... El gramático y filósofo latino del siglo IV, Aurelio Ambrosio Macrobio, uno de los escritores de más erudición de su época, y que en su obra "Satrunalia", escrita en forma de diálogos de sobremesa, ha narrado, de modo curioso, innumerables pormenores sobre los romanos, dedica gran espacio a considerar la obra de Virgilio y reconoce que el gran poeta nunca se equivocaba en materia de ciencia.

Augusto, el primero de los césares, era un hombre muy inteligente y también inspirado noblemente en la conveniencia de dar a Roma bienestar y grandeza, y comprendía por eso la necesidad que tiene un gobernante de apoyarse en el poder intelectual, el más sutil de todos los poderes, poder que casi parece debilidad, pero que es eterno. Y eso sirvió a Virgilio. Era necesario crear en Roma una poesía del trabajo, una lírica que exaltara la belleza del campo, la redentora labor de quien ara la tierra, es decir, de esa actividad manual en la que las manos están movidas por el amor, amor a la naturaleza, a las duras, pero bellas labores campesinas que habían hecho antes la grandeza económica de Roma. Ahora la gente emigraba a la gran ciudad, y el campo se despoblaba. Era necesario que se exaltara la visión idílica de la vida campesina y tal tarea fue encomendada, por el cónsul Asinio Polión, a Virgilio. Así nacieron las Bucólicas y quizá se cantó, por primera vez en el mundo, en lengua latina, si exceptuamos al griego Hesiodo, la poesía del trabajo, el canto al obrero del campo, canto de fresco y puro lirismo, como el de los pájaros, como el zumbido de las abejas, como el brotar de los tallos en primavera. Nacía en Roma la poesía pastoral. Es verdad que Teócrito, el gran poeta griego de Siracusa, pintó también, en sus "Idilios", la vida de los pastores, pero el clima sentimental de ambos es muy distinto. En Teócrito, campea mayor realismo, una sesibilidad más fuerte, sus pastores son rudos, de sentimientos e ideas simples y quizá hasta más vivos y dramáticos. Virgilio, en cambio, idealizó la vida del campo, sus personajes hablan un lenguaje bello, demasiado culto, sin embargo, pero al talento puede permitírsele en cierto modo un poco de dulce mentira, una chispa de gloriosa ficción.

Sobre la vida de Virgilio se proyecta, de más en más, la figura de Cayo Clinio Mecenas, el leal amigo y confidente de Augusto, el que había acompañado a éste en todas las batallas, desde las de Módena y Filipos hasta la tan dramática de Accio. Mecenas gustaba aconsejar a su amigo, pero rehusaba los altos cargos públicos, porque en su sabiduría comprendía que quitan independencia, comprometen demasiado e impiden disfrutar verdaderamente de las dulzuras de la existencia. En su generosidad, era amigo y protector de todos los hombres de valía, de todos los espíritus selectos, a los que protegía, y en sus jardines, que mandó construir sobre la parte más alta del Esquilino, una de las siete colinas de la vieja Roma, los reunía en tertulias en las que la poesía era venerada. Mecenas hizo que Augusto compensara a Virgilio por el despojo de las tierras de su padre, y de ese modo, el poeta había vuelto a trabajar por sí mismo, como antes, ayudado sin duda por esclavos en su nueva granja. Pero Virgilio no era avaro de la privanza, no apartaba a otros, para gozar él sólo del favor y la consideración. En una de las tabernas de Roma, donde los poetas latinos de las distintas tendencias se hallaban en una especie de campo neutral, Virgilio conoció a Horacio. Este había tomado parte en la batalla de Filipos, pero en el bando de Bruto y Casio, de modo que vivía en Roma mal mirado por Augusto. Ambos poetas trabaron amistad y comprendiendo Virgilio el talento de Horacio, intentó presentárselo a Mecenas. Al principio, el confidente de Augusto rechazaba tal idea, pero ante la insistencia de Virgilio lo recibió en el Esquilino, si bien de modo algo altanero y frío. Horacio se sintió, por su parte molesto y cohibido, pues había demasiado hielo político todavía. Pero insistió Virgilio en favor de su amigo, y al fin, transcurrido un año de la primera entrevista, Mecenas invitó de nuevo a Horacio, el cual ingresó, desde ese momento, en el círculo de sus poetas protegidos. Como todo hombre superior, Virgilio era generoso, y sabía que nadie hace sombra al que verdaderamente vale, y que en el mundo hay luz para todos los hombres de talento; la sombra, cuando existe, se la hace casi siempre el hombre a sí mismo.

Entre tanto, los legionarios a los que se les había dado tierras no sabían cultivarlas; era pues, necesario, no sólo incitar al amor por la tierra, que había sido una de las finalidades de las Bucólicas, sino a enseñar a sacar de ella el provechoso fruto, de modo que Mecenas encargó a Virgilio esa tarea, de resultas de lo cual nacieron las Geórgicas. Poesía didáctica ésta de Virgilio, que Augusto escuchó, durante cuatro veladas, a su vuelta a Italia, después de su triunfo sobre Marco Antonio. Las cuatro Geórgicas están destinadas a enseñar, primero los trabajos relacionados con la vida vegetal, luego con la vida animal y al fin, la cuarta Geórgica, la más bella quizá, la vida de las abejas y el cuidado que éstas merecen del hombre, todo esto dicho con supremo sentido de la belleza, pero también con una demostración de conocimientos sorprendentes para la época.

El tema escogido por Virgilio se presta más a la sugestión poética que el del otro gran poeta didáctico de Roma, es decir, de Tito Lucrecio Caro, porque el fondo de este último es científico y filosófico y los héroes de "La Naturaleza de las Cosas" son los átomos, padres de todo lo que existe, pues hasta el alma está hecha, para Lucrecio, de átomos de una esencia más sutil, que se separan en el momento de la muerte. Mucho más profundo y filosófico el autor de "La Naturaleza de las Cosas"; mucho más dueño del don poético el autor de las Bucólicas y de las Geórgicas.

En fin; Augusto insistió profundamente ante Virgilio respecto de la necesidad de crear un gran poema nacional que diera grandeza a Roma, porque los pueblos que no engrandecen su pasado pierden -así lo pensaba- conciencia de sí mismos. Y de este reiterado pedido surgió "La Eneida".

Virgilo se basó en viejas leyendas que ligaban la estirpe romana a los emigrados de la guerra de Troya, las ensanchó y les dio un soplo épico. "La Eneida" encierra, pues, una finalidad literaria, la de escribir, para Roma, un gran poema épico del que carecía. Los latinos se habían destacado en varios géneros literarios, pero la dominadora de naciones, Roma, carecía de un cantor que narrara la leyenda de sus orígenes. Así, "La Eneida" sumaba, a la intención literaria, una intención patriótica. Es cierto que Ennio había compuesto, aparte de sus tragedias y comedias, un poema épico sobre Escipión, el vencedor de las guerras púnicas, y que sobre el mismo tema, más o menos en ese tiempo, había versificado Nevio, pero se trataba de cantares de escaso aliento. Ante la insistencia de Augusto, Virgilio se decidió a escribir lo que después resultó "La Eneida" y fragmento tras fragmento la leía al César, que lo alentaba a proseguir. Desde el siglo VI (a. J. C.) la tradición señalaba que Eneas (personaje que en "La Ilíada" aparece poco, si bien es respetado como héroe) había viajado, luego de huir de Troya, por Cartago y por distintas regiones de Italia. A Roma le convenía entroncar sus orígenes, oscuros sin duda, con la historia de un héroe de Troya, de modo de considerar también, la conquista de Grecia, como una revancha de los descendientes de los troyanos sobre los de los aqueos, y a las guerras contra Cartago, como una continuación legendaria del odio, que tras el amor, Dido había sentido por Eneas.

Así, Virgilio narra, en el canto II, la caída de Troya, por el ardid del caballo de madera, la masacre e incendio de la ciudad, episodios que había dejado de lado Homero. Eneas ve en sueños a Héctor, quien le dice que huya, pues la ciudad será pronto pasto de las llamas. Y Eneas escapa entre los horrores de la ciudad reducida a cenizas, trata luego, infructuosamente de colonizar, junto con sus compañeros, varios lugares, hasta que llega a la ciudad de Cartago. La reina Dido se enamora de él, pero Eneas se ve forzado a abandonarla, porque obedece la orden de los dioses, que lo destinan a ir hasta la desembocadura del Tiber. Desciende, en fin, a los infiernos y escucha, de Anquises, su padre, la profecía de lo que será la futura grandeza de Roma. Su llegada a las regiones del Lacio provoca la resistencia de Turno, rey de los rútulos, y toda esa parte de "La Eneida" recuerda, vagamente es cierto, a "La Ilíada". La obra termina con un combate singular en el que Eneas mata a Turno.

Es cierto que "La Eneida" no está a la altura de los poemas de Homero pero ¿qué cantar épico podría estarlo en el mundo? También es verdad que Virgilio no se sentía cómodo en el género de la epopeya, y que, como era un pacifista, no gustaba contar escenas de violencia, aunque las sabía narrar muy bien, y por todo eso quizá pidió infructuosamente a Augusto, antes de morir, que hiciera quemar "La Eneida", de la que estaba arrepentido. Y sin embargo, se trata del mejor poema épico escrito en latín, pues tiene grandísimos valores, ideas morales, acción bien sostenida, alto patriotismo, pintura notable de algunos personajes, como ser el caso de Dido, y una versificación perfecta.

Tal el poeta que cantó hace veinte siglos y cuya voz no ha podido ser silenciada, ni por el aplauso a otros poetas, también grandes, ni por el estruendo de este mundo de hoy, donde tantos valores se confunden.

 

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

31 de Enero de 1982

 

 

 

 

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