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Inframundo en Guatemala: guerra, mitos e identidad Underworld in Guatemala: War, Myths and Identity [1] ensayo de Yosahandi Navarrete Quan Resumen: en este artículo se señala cómo la tradición, los mitos y ritos presentes en las novelas La hija del Puma (2005) y Antes de la Luz (2010), funcionan como instrumentos de resistencia, cohesión e identidad de dos jóvenes indígenas en el escenario caótico de la violencia y el exilio provocados durante el conflicto armado guatemalteco, ocurrido en la segunda mitad del siglo XX. Estas novelas recrean la cosmovisión maya y destacan la importancia de elementos clave de su cultura, como los espacios sagrados, los relatos ancestrales y la presencia del sacerdote ritual, básicos como elementos de resistencia en medio de la guerra. Palabras clave: Guatemala, cosmovisión, mito, identidad, resistencia Abstract: This article shows how the tradition, the myths and rituals present in the novels La hija del Puma (2005) and Antes de la Luz (2010), work as instruments of resistance, cohesion and identity of two young indigenous people in the chaotic scenario of violence and exile, caused during the Guatemalan armed conflict, occurred in the second half of the twentieth century. These novels recreate the Mayan worldview and highlight the importance of key elements of their culture, such as sacred spaces, ancestral stories and the presence of the ritual priest, basic elements of resistance during war. Keywords: Guatemala, Cosmovision, Myth, Identity, Resistance Ustedes, gente blanca, tendrán toda la riqueza del mundo: Armas, pistolas, cuchillos, hachas, cuadernos y papeles. Pero nunca serán capaces de recordar las cosas de la memoria. Tendrán que escribirla en papel. Los indios no necesitan escribir notas en papel; ellos recordarán todo lo que sucede de memoria. Y ustedes, genta blanca, no serán capaces de arrancarles la memoria[2]. A manera de introducción Prácticamente desde su Independencia y durante todo el siglo XX —con excepción de los 10 años de la llamada Primavera Democrática (1944-1954)—, Guatemala sufrió una serie de dictaduras y gobiernos militares que poco a poco fueron institucionalizando las prácticas de terror (desapariciones forzadas, asesinatos de opositores políticos, exilio) que se vivieron en mayor medida durante el conflicto armado interno que asoló la nación durante 36 años, hasta la firma de la paz en 1996. Uno de los sectores más afectados fue sin duda la población civil, que soportó severas políticas, especialmente bajo los mandatos de Romero Lucas García y Efraín Ríos Montt (1978-1983), cuando se llevaron a cabo de forma planeada y sistemática múltiples masacres contra los grupos indígenas, violando no sólo sus derechos humanos, sino atentando contra sus prácticas culturales, herederas de la rica tradición prehispánica. Pese a que prácticamente desde el asentamiento de la Colonia la mayoría de los grupos indígenas han vivido explotación, racismo y situación de pobreza, a lo largo de los siglos sus creencias ancestrales pervivieron gracias a la tradición oral y a las prácticas rituales que se han transmitido de generación en generación. Se trata de elementos centrales de su cosmovisión, sus tradiciones y costumbres, muchos de los cuales se pueden rastrear en el libro sagrado más emblemático de la literatura prehispánica: el Popol Vuh. El Popol Vuh, conocido coloquialmente como la biblia maya, narra los orígenes del mundo, la formación de los hombres hechos de maíz, la lucha entre los dioses y los señores del inframundo, hasta la creación del sol y la luna, y la historia de los primeros grupos mayas y sus asentamientos. Más allá del relato mítico y la parte histórica, en el libro sagrado se mencionan tradiciones y elementos culturales importantes que, resignificados y adaptados a la nueva realidad, siguen presentes en las sociedades mayas actuales, como la concepción de un tiempo cíclico, la idea de una naturaleza viva y sagrada, el respeto y la adoración a los dioses, e incluso la lectura de las semillas del tzité y del fuego que llevan a cabo los sacerdotes rituales para conocer los designios de los dioses, como veremos en las novelas que nos ocupan. Las novelas En la historia de la literatura guatemalteca son pocas las obras que hablan del mundo indígena, y mucho menos del papel de sus mujeres durante el conflicto armado interno guatemalteco. En este contexto, una de las obras más reconocidas que abre desde esta perspectiva la recuperación de la memoria histórica es, sin duda, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983). La narración de Rigoberta Menchú incorpora sus vivencias y las de su pueblo, que son puestas por escrito por la periodista Elizabeth Burgos. A lo largo del libro, Rigoberta nos descubre el mundo indígena, sus luchas y la terrible violencia que sufrieron los pueblos originarios durante la guerra. Dos novelas posteriores retoman la misma estructura, es decir, una autora extranjera que por medio de entrevistas y testimonios reescribe las vivencias de indígenas refugiadas en México, con el tema de la violencia como eje principal del relato. Me refiero a La hija del Puma (2005) y Antes de la Luz (2010), novelas prácticamente ignoradas por la crítica literaria, que se ha ocupado de ellas únicamente desde su aspecto testimonial. De ahí que este artículo busque analizar las obras desde su aspecto literario, al profundizar en la configuración de los personajes y en el rol que juegan como figuras de resistencia ante el caos y la desaparición de sus comunidades durante las masacres. También, se quiere destacar la importancia de la cosmovisión indígena como elemento narrativo, cuyo objetivo al interior de los textos será mantener la pertenencia y perpetuar la tradición, la espiritualidad y la ritualidad de los protagonistas, incluso en la situación de refugio en la que están insertos. Las autoras de las novelas, las suecas Mónica Zak y Kristina Boman, se relacionaron profesionalmente con Guatemala en distintos momentos de su vida y sintieron la necesidad de develar la problemática desatada por la guerra, especialmente la de los grupos indígenas, ante un público europeo, preferentemente sueco. Hay que señalar que la presión internacional jugó un papel destacado para la conclusión del conflicto y las negociaciones que llevaron a la firma de la paz. En esta tesitura, ambas escritoras elaboraron propuestas narrativas que buscaban recuperar la palabra de los supervivientes de la violencia, apropiándose literariamente de las voces de las comunidades mayas. Zak y Boman comparten un objetivo muy claro: concientizar a la sociedad sueca sobre el conflicto armado guatemalteco, las masacres de los pueblos indígenas y, particularmente, las condiciones de violencia y pobreza que estaban viviendo los refugiados en el sur de México, con el fin de propiciar la solidaridad, la presión internacional para dar fin al conflicto, y conseguir el apoyo económico de sus connacionales para mejorar las condiciones de vida de los refugiados. Me parece importante señalar que para entender la forma en que estos libros se conciben, es necesario resaltar que comparten un propósito claro de denuncia. Como autora de literatura infantil, Mónica Zak escribió su novela pensando en los jóvenes como los destinatarios de su relato, lo que sin duda incide en la selección de los eventos que se narran y en la forma de tratarlos, como veremos más adelante. Posteriormente, los textos se tradujeron al español con el fin de contribuir en la ardua labor que significa el rescate de la memoria histórica en Guatemala. Para ello, la traducción al español de Antes de la luz contó con el apoyo de Leticia Josefa Velázquez Zapeta, académica guatemalteca con una maestría en políticas públicas y formación en estudios de género. Refiriéndose a La hija del Puma, Irene Piedra Santa señala que la única forma de evitar que la historia se repita es conocerla, y para reafirmar lo anterior cita a uno de los testigos que declararon ante la Comisión para el Esclarecimiento Histórico que se conformó después de la firma de la paz: “que la historia que pasamos quede en las escuelas, para que nuestros hijos la conozcan, para que no se olvide” (Zak, 2010: 244). De ahí que estas novelas estén basadas en hechos reales, transmitidos gracias a los testimonios de sobrevivientes, y llevadas a la ficción por sus autoras. Como las tramas de ambas se desarrollan en un espacio rural poblado principalmente por mayas, la inclusión de elementos propios de su cosmovisión, los mitos narrados en el Popol Vuh y las regresiones hacia los tiempos previos a la conquista, cuando el mundo prehispánico está en su apogeo, no sólo se convierten en puentes entre el presente y el pasado de las protagonistas, sino en vasos comunicantes entre la narración y sus lectores. Para poder identificarse con los personajes y sus vicisitudes, será necesario conocer las condiciones de explotación y racismo a las que han sido sometidos, entender cómo viven y piensan, y cuáles son sus sueños, sus creencias y sus rituales. Se narra entonces la vida de dos adolescentes que intentan adaptarse a la situación límite que les toca vivir y que, en un escenario absolutamente propio, sueñan los mismos sueños de cualquier joven del mundo. Al rescate de la memoria De acuerdo con Leonor vázquez, La hija del puma representa un eslabón importante en el proceso de la recuperación histórica, lo que me parece que puede extenderse también a Antes de la luz, cuyo objetivo es efectivamente, en palabras de su autora, contribuir al rescate de la memoria histórica de Guatemala. Las implicaciones de dicha recuperación, según Vázquez, son amplias. La novela de Zak [...] nos brinda un acercamiento a la recuperación de la memoria como una vivencia personal [...]. Se hace necesario indicar que el documento fundamental que recupera la memoria de la guerra civil en Guatemala, Memoria del silencio (1999), aún necesitaría trece años para ser concluido y que es fruto de una comisión establecida en 1994. De acuerdo a la comisión, “la CEH considera que la memoria histórica, individual y colectiva, es el fundamento de la identidad nacional. La memoria de las víctimas es un aspecto fundamental de la memoria histórica y permite rescatar los valores y las luchas por la dignidad humana”. (Vázquez, 2008: 104) Desde mi perspectiva, los textos aquí analizados van un paso más allá del mero testimonio. Abren una nueva brecha a la hora de recuperar las vivencias generadas durante el conflicto, pues desde la ficción permiten un acercamiento más cercano, gracias a la relación que el lector establece con los personajes, aun sin conocer nada sobre la historia de Guatemala. Los títulos ya nos dan pistas sobre la intención comunicativa: La hija del puma hace referencia directa al nahual de la joven[3], elemento propio del pensamiento de los pueblos originarios, que la protege y comparte con ella sus características esenciales, como arrojo, valor e inteligencia. Por su parte, Antes de la luz habla del oscuro momento de la guerra, cuando lo único reconocible es el caos: el inframundo que antecede la luz, es decir, la esperanza de una vida después del fin del conflicto armado. Las protagonistas son las encargadas de develar la vida cotidiana del indígena campesino, estrechamente vinculada con la tierra, la vida en comunidad, los espacios sagrados y la naturaleza. La hija del puma se basa en las experiencias de Malín Domingo, refugiada en México que murió sin poder volver a su país, y en las entrevistas que la autora hizo a los refugiados provenientes de Yalambojoch, escenario donde se desarrolla la novela. Por su parte, Antes de la Luz se centra en las vivencias de la familia Ajmac desde la perspectiva de la hija menor, Ana, sobreviviente de las masacres. La novela también recupera testimonios de otros sobrevivientes. Las protagonistas, Ashlop y Ana respectivamente, buscan reencontrarse con sus raíces y reconstruir, al menos simbólicamente, la identidad que han perdido debido a las persecuciones, la violencia y el exilio, con el fin de darle sentido a las terribles experiencias que han sufrido. Para ello apelarán al imaginario cultural de sus mitos y ritos ancestrales —“la Costumbre”, como se les conoce—, conservados y reconfigurados a través de los siglos como elementos de cohesión, identidad y resistencia. Si bien estas novelas presentan un escenario parecido y nos adentran en la vida del campesino pobre de Guatemala, la historia de cada una de las protagonistas es tratada desde dos realidades distintas. En el caso de La hija del Puma vemos que al interior de la propia familia y de la comunidad se reproducen hasta cierto punto las mismas condiciones de exclusión que los pueblos indígenas han vivido desde siglos atrás, como la discriminación, el racismo, el conformismo y la desigualdad. Una vez en el exilio, se reforzará la identidad y el compromiso de Ashlop como indígena y como mujer. En este sentido, Zak no puede evitar narrar desde una postura colonialista, pues muchos de los cambios en el pensamiento de sus personajes vendrán dados por la influencia de una pareja sueca, que le da todo su apoyo a la familia Ajmac durante su refugio en México. En Antes de la Luz, por el contrario, vemos el deseo de emancipación que se vive en la pequeña comunidad desde el inicio del relato. Ciriaco, el padre, es miembro del CUC[4], y el encargado de una pequeña cooperativa donde se ofrecen productos de primera necesidad a precios justos, como una forma de oponerse a las tiendas patrocinadas por los finqueros, que buscan endeudar a los indígenas doblando el precio de los productos, para obligarlos a trabajar en sus tierras por sueldos irrisorios, determinados, en muchos casos, por los caprichos del capataz. Por su parte, la hija menor, Ana, tiene aspiraciones de convertirse en maestra de escuela y en sacerdote ritual o contadora de los días. Con este objetivo en mente, va a la escuela y desea seguir sus estudios en Santa Cruz del Quiché, para convertirse en profesora. Sueña con tener un sueldo mensual, contribuir al bienestar común y escapar de la pobreza. Sus padres desean un futuro mejor para sus hijos y los animan a cumplirlo. Ana se cuestiona continuamente sobre su realidad y se rebela ante las limitaciones que viven las mujeres en su pueblo. “Es injusto, ¿por qué las mujeres no pueden ir solas a dónde quieran?” (Boman, 2010: 19). Si bien esta situación ha cambiado lentamente y hoy día muchas mujeres mayas participan de la vida académica, cultural y política del país, tradicionalmente la educación de la mujer se lleva en casa pues su participación social y familiar está relacionada con las labores domésticas, la agricultura, el tejido, la educación y el cuidado de los hijos, lo que se refleja en estos textos. En este sentido y en el contexto en que sucede la novela, la protagonista de Antes de la luz es una excepción que prefigura el rol que juegan muchas mujeres mayas en la sociedad guatemalteca actual. En La Hija del puma el escenario es absolutamente distinto. Ni Ashlop o sus hermanos van a la escuela porque su padre considera que no necesitan saber leer o escribir. “La escuela está bien para los ladinos[5] pero no para nosotros. Es mejor que aprendan a trabajar” (Zak, 2010: 63), privilegiando aquellas actividades que puedan proporcionarles una recompensa económica, aunque sea modesta. El padre no puede vislumbrar un futuro distinto a la realidad en la que vive. Además, su hija tampoco participa en las actividades recreativas que, de acuerdo con costumbres largamente enraizadas, no puede realizar por ser mujer. Las niñas no juegan, no suben a los árboles, no nadan, no andan a caballo. Eso lo lograrán después, durante su estancia como refugiadas en México. Por otra parte, en ambos relatos se expone el poco conocimiento que aparentemente tienen los personajes de su propia historia, pues en la escuela y en los libros de texto se les enseña únicamente la historia oficial, aquella que comienza con la conquista. La de los pueblos mayas ha quedado relegada a unas pocas líneas, o a la mención de algunos datos arqueológicos. En Antes de la luz esto queda claro: “la joven no conoce bien su propia historia porque los libros de la escuela hablan solamente de los españoles y de la República de Guatemala” (12). Sin embargo, el conocimiento ancestral se transmite por medio de los relatos orales de sus padres, abuelos y sacerdotes, como se hacía antiguamente. Ellos enseñan a sus hijos y nietos quiénes son los dioses ancestrales, cuál es su origen, cómo fueron conquistados, dónde están los altares de las montañas, cuáles son los ritos principales y cómo se realiza la lectura del fuego y de las semillas. Como parte de las vivencias de los personajes, se mencionan diversas ceremonias, como las que se realizan en la parte alta de las montañas, donde habitan las entidades sagradas, o el día de muertos, así como su importancia dentro de la comunidad.
Al respecto, me gustaría mencionar que Ana Díaz Álvarez[6] Los diversos ritos que se celebran todavía en las fiestas y ceremonias al interior de las comunidades propician un arraigado sentimiento de pertenencia, que el conflicto armado intentó desarticular intencionalmente. En ambos relatos se menciona el día de muertos, que se celebra el 1 de noviembre, en el que no sólo se visita el camposanto y se convive con la familia y con los demás miembros del pueblo, sino que se dialoga con los espíritus de los muertos, se les llevan ofrendas, se baila junto a ellos. Se les rinde culto y se destaca el papel preponderante que los antepasados siguen teniendo en la conformación familiar. Las flores, la música, la comida y la bebida fungen como elementos sensoriales y lúdicos dentro del rito. Estas ceremonias son una fiesta que la gente vive como una pausa entre las duras labores del campo. Cosmovisión e identidad En las novelas el vínculo más estrecho con su historia y sus costumbres proviene de la figura del aj’quij, sacerdote ritual o contador de los días, encargado de leer e interpretar el calendario ritual, dialogar con las entidades sagradas, con los dioses y los espíritus de los antepasados. El rol de los aj ’qij dentro de las sociedades indígenas es invaluable, pues curan enfermedades, ayudan a que las cosechas prosperen, asisten a las personas para que puedan solucionar sus conflictos y transmiten a las nuevas generaciones la Costumbre, es decir, la historia y los rituales ancestrales. Coincidentemente, en las novelas que ahora analizamos los sacerdotes de la comunidad estarán estrechamente relacionados con sus protagonistas (uno será el abuelo de Ashlop, la hija del puma, y el otro el mentor de la pequeña Ana), y comparten una misma misión: proteger a su pueblo de la violencia por medio de ofrendas y rezos. Conocedores de que el tiempo apremia, pues los dioses les han susurrado las desventuras que se aproximan, heredarán a sus jóvenes pupilas sus propios conocimientos, con el fin de que se enorgullezcan de su origen y su etnia. De manera intencional, les heredan las herramientas que les permitirán sobrevivir al horror. Se insinúa que después de la guerra, las protagonistas se prepararán como aj’quij por derecho propio, con el fin de proseguir con la labor de los abuelos y ayudar a reconfigurar el tejido social que se perdió. La hija del puma aprende desde niña los mitos sagrados de su abuelo, el rezador del pueblo. Pero sólo descubre la importancia de estos durante su refugio en México, cuando sus protectores suecos le regalan el Popol Vuh, que lee con asombro pues le recuerda cuando su abuelo le contaba las historias contenidas en el texto mítico. Así, la autora destaca la importancia que tienen los personajes extranjeros, no sólo para traer bienestar a la familia de refugiados, sino en la búsqueda de su propia identidad. Como bien señala Leonor Vázquez: El lector de esta obra podrá sentir que, a través de sus páginas, se perfila una lectura culturalista, europeizante e idealizada de las comunidades indígenas [...]. Lo mismo pasa con las visiones del europeo: éste aparece como el bienhechor que llega a salvar al indígena oprimido. Parece ser que Zak no abandona algunos estereotipos que suelen reproducirse en los contextos de las sociedades del llamado “primer mundo”, puesto que visualiza al indígena como un ser ingenuo, incapaz de interpretar y transformar la realidad por sus propios medios. A medida en que se avanza en la lectura del texto se refuerza la idea de que el indígena es un ser inocente. Uno no deja de preguntarse si la visión del buen salvaje no se refleja en el texto de Zak. No existe en la novela una perspectiva narrativa que descubra los aspectos socioeconómicos que juegan un papel importante en la opresión y exclusión de los pueblos indígenas [...]. En virtud de que la autora no se plantea críticamente las limitaciones de estos enfoques, la obra deja traslucir una mentalidad asistencialista en la que el europeo se coloca a sí mismo como un ser dotado de buena voluntad. (Vázquez, 2008: 104-105) Por ejemplo, cuando Ashlop regresa a su pueblo y visita la tumba del abuelo le comenta, “En casa tengo algo que me gustaría enseñarte. Se trata de un libro llamado Popol Vuh. Per nos lo regaló, dijo que es el libro sagrado de los antiguos mayas [...] ¿Abuelo, recuerdas que tú me contaste esto cuando era niña? Cuando Per leyó en voz alta el Popol Vuh, recordé que tú ya me lo habías contado” (Zak, 2010: 154-156). Este diálogo es particularmente interesante, pues pese a la intervención de los extranjeros, muestra cómo el contenido de los antiguos libros sagrados de la comunidad sigue funcionando para tender lazos entre el pasado y presente del campesino, con su tierra, su entorno y su cultura, incluso en el contexto del exilio y el retorno. En cuanto al aspecto religioso, si bien ambas novelas reflejan la presencia de la religión católica al interior de las comunidades, su incidencia en el entorno campesino es ambivalente: por un lado algunos sacerdotes se oponen a las prácticas ancestrales y, por otro, los grupos de acción católica, por ejemplo, tienen un gran compromiso con su congregación y crean conciencia, propician la cooperación y solidaridad entre sus miembros, y buscan oponerse a la explotación que se vive de manera pacífica, por lo que muchos sacerdotes serán considerados subversivos y serán desaparecidos o asesinados. Si bien vemos cómo, al amparo de la Iglesia, algunos indígenas cuestionarán sus prácticas religiosas tradicionales y se apartarán parcialmente de ellas, no todos lo vivirán de la misma forma. Para muchos, la religión católica es una herramienta más, entre muchas otras, que les permiten comunicarse con los dioses sagrados, la naturaleza y los espíritus de los antepasados. Para Rigoberta Menchú, por ejemplo, esto es muy claro: Aceptar la religión católica no era como aceptar una condición, abandonar nuestra cultura, sino que era como otro medio. Si todo el pueblo cree en ese medio, es como otro medio por el cual nosotros nos expresamos. Es como que nos expresáramos con un árbol, por ejemplo; consideramos que un árbol es un ser, parte de la naturaleza y ese árbol tiene su imagen, su representante o su nahual, para canalizar nuestros sentimientos al dios único. (Burgos, 1995: 106) Pese al innegable proceso de aculturación que trae consigo la religión católica, las creencias y las antiguas costumbres prevalecen, como un río subterráneo que subyace al interior de cada pueblo. Son la fuerza interna que sostiene cada comunidad. Incluso los más católicos acuden con el sacerdote ritual cuando necesitan una ayuda que la Iglesia no puede brindarles, pero el aj’qi sí. Así, después de ir a misa se realizan ceremonias en las que el contador de los días vuelve a ocupar su lugar primordial, al llevar a cabo viejos ritos para garantizar la buena cosecha, curar males, pedir por la paz del pueblo y la seguridad de sus habitantes. El papel del sacerdote ritual es el del padre, del abuelo, del protector y sanador. Es quien intercede entre el mundo de los vivos y las entidades sagradas para que los dioses escuchen, ayuden y protejan en momento de zozobra. Su figura amparadora será trascendental durante el conflicto pues le dará a su comunidad, incluso en los momentos de mayor terror, algo a que aferrarse: esperanza. Esperanza de protección divina, de que el tonal o alma será preservada, incluso de la muerte más violenta. De que, gracias a la resistencia cultural de la que han hecho gala durante siglos, en un futuro su cultura sea respetada. Por eso la insinuación de que las protagonistas puedan ocupar el lugar del aj’qij es tan relevante, pues como lectoras de los días le darán continuidad a su herencia ancestral y nuevamente brindarán la protección necesaria a sus pueblos, cuando por fin llegue la paz. Pese a las diferencias en educación y metas de vida, las jóvenes protagonistas comparten una serie de vivencias que fomentan su apego a la tierra y a su pueblo. Ambas reivindican su identidad indígena por medio del lenguaje y el vestido. Lo primero que hace la hija del puma durante el periplo que la lleva de regreso a su tierra es ponerse su corte y su huipil, que tuvo que abandonar durante los años de refugio en México por razones de seguridad: [...] Se sentía incómoda, pues la blusa le apretaba los brazos y el pecho, debido a que no lo había usado por tres años; durante ese tiempo había crecido y hasta había comenzado a tener busto. La ropa tenía olor a humedad y el pesado huipil se había descolorado. Sin embargo, ella sentía una alegría inmensa. No sabía bien por qué. Quizás porque ya no estaba ‘disfrazada’. Ahora volvía a ser Ashlop. (Zak, 2010: 12) Su madre, igualmente imposibilitada de usar su traje tradicional, suele sacarlo para acariciando con nostalgia, como un recordatorio simbólico permanente de todo lo que dejó atrás: familia, amigos, casa, tierra. El huipil guardado representa lo más profundo de su ser. Recordemos que los bordados de los huipiles indígenas son característicos de cada etnia. En ellos está escrita la historia de sus pueblos, de la naturaleza, de la tierra. En Antes de la luz, el huipil también es un elemento importante para la sociedad indígena. La hermana de Ana, Margarita, se distingue por usar ropa nueva, con colores de moda. Vemos la necesidad de escoger el huipil adecuado para una boda cuando Ana ayuda a comprar la ropa que usará su prima en dicha celebración. La vestimenta es símbolo de identidad, pero también de belleza y estatus. Me parece que no hay mejor ejemplo del deterioro que sufre Ana cuando es llevada junto a otras mujeres a la llamada “casa de mujeres”, donde todas son violadas sistemáticamente[7]. Se describen entonces el corte mal fajado, el huipil sucio, roto, el olor a sudor que impregna su ropa. Otros elementos van apareciendo en la narración de ambos relatos, como parte intrínseca del imaginario social de los Mayas: los nahuales como protectores ancestrales, la presencia de animales, aliados de los humanos, representantes de la espiritualidad que forma parte de toda la naturaleza. Y, sobre todo, el vínculo con la tierra. Estos elementos no desaparecerán con la guerra. Permanecerán ahí, como un recordatorio permanente de lo que se perdió, pero también de lo que encontrarán los sobrevivientes cuando regresen. Así, durante su retorno a Guatemala, la hija el puma se encuentra primero con un pájaro conocido como “guía de león”, que anuncia la cercanía del puma, su nahual. Por eso Ashlop no siente miedo sino una sensación de protección. Cuando el puma se hace visible, sabe que ha regresado a casa. En Antes de la luz, cuando Ana está en cautiverio y se siente desfallecer, observa un quetzal, símbolo de libertad, vaticinio de un futuro más prometedor, lo que le da fuerzas para aguantar un poco más. Las ruinas mayas también son parte de la cosmovisión que se describe en las novelas, no como ruinas antiguas o vestigios arqueológicos, sino como un recordatorio permanente del pasado, de la grandeza de su cultura antes de la llegada de los españoles. Por eso reconoce su historia y a sus antepasados entre los muros de los antiguos templos. Al inicio, cuando su abuelo, orgulloso, le muestra los restos de unas pirámides, la hija del puma es incapaz de ver su grandiosidad; “miró las ruinas. En realidad, no podía entender por qué sus antepasados habían construido montones de piedra” (Zak, 2010: 53). Será después, mediante una visión, que comprende quiénes fueron sus antepasados y de paso, logra compenetrarse con su propia historia como indígena maya, lo que le da la pauta para resistirse ante lo que ocurre. Las pirámides no sólo conectan a las protagonistas con su pasado, también las protegen. Ashlop se refugia al interior de una, que la resguarda como una especie de útero amparador, mientras observa cómo masacran al pueblo de San Francisco. Por su parte, en Antes de la luz los templos antiguos aparecen en las visiones del sacerdote, a quien los espíritus de los antepasados visitan para llevarlo al pasado con el objetivo de que escriba la historia del pueblo. En esos viajes a los tiempos antiguos queda claro que la represión y las masacres no son solamente una consecuencia de la guerra, sino de la codicia de los gobernantes y grandes empresarios, que por ese medio quieren despojar a los campesinos de sus tierras, ricas en minerales y otros productos altamente cotizados en el extranjero. Así, los templos son la prueba viviente de que esas tierras pertenecen a los pueblos originarios desde la época prehispánica, que son y seguirán siendo su herencia. Además, en las novelas se mencionan los templos como espacios sagrados donde, secretamente, es posible llevar a cabo las ceremonias ancestrales[8]. Las pirámides seguirán ahí cuando el conflicto llegue a su fin y los sacerdotes rituales vuelvan a ocuparlos, como los campesinos indígenas volverán a ocupar sus tierras y trabajar sus sembradíos. otros elementos culturales que conforman el mundo indígena son las figuras de jade y barro hechas por sus ancestros. A través de ellos se hace hincapié en reconocer el pasado para entender el presente y valorarlo. La validación de ambos personajes llega a través del reconocimiento de su propia identidad, de su pertenencia al pueblo maya, de la riqueza de su cultura, como lo muestran las figuras de jade y barro. Gracias a ello ven la necesidad de resistir para convertirse, más tarde, en transmisoras de conocimientos. Porque a través de ellas sobrevivirá su comunidad y se perpetuará la memoria de los muertos. Cuando la hija del puma regresa a su pueblo, además de recuperar su nombre y su vestido, va en busca de un pequeño dios verde que encontró entre las piedras de los antiguos templos y debió dejar atrás durante la huida. Esta figurilla le recordará las enseñanzas de su abuelo y le dará la fortaleza para ir a Guatemala a buscar a su hermano desaparecido. Durante su cautiverio en la casa de mujeres Ana, protagonista de Antes de la luz, se salva de la locura al imaginar su futuro como aj’quij, y a la protección de una figura de barro en forma de pájaro que le regala la anciana Cecilia, obligada como ella a servir a los militares. Estas figuras representan simbólicamente la resistencia histórica del indígena, el apego a la tierra y el amor al hogar. Sobrevivientes ellas mismas de la conquista, de la colonización y el saqueo, son vistas como talismanes protectores que darán fuerza y esperanza a las jóvenes para sobrellevar las penurias de la guerra. La naturaleza también es parte esencial de la cosmovisión que las autoras desean representar, especialmente la tierra, que da de comer y alberga a los antepasados. No solo es el lugar donde se asientan las casas de los pobladores y se lleva a cabo la siembra. Es una entidad viva, en cuyo interior se produce el asombroso ciclo agrícola, metáfora de la vida y de la muerte. Así, los representantes de la naturaleza, como los animales y la tierra, se comunican con el hombre maya: hablan, gritan, advierten. El problema es que casi nadie conoce su lenguaje y no puede responder a su llamado. Como ocurre en otra novela, El tiempo principia en Xibalbá (2003), de Luis de Lión, y el pájaro picoy no canta para advertir que se han robado la imagen de la Virgen de la Concepción. Quien canta es la campana del pueblo, vista como elemento extranjero. Ahora yo digo que como es pájaro de indio no tenía por qué avisarles a los indios de lo que le iba a suceder a una ladina. Pájaro fiel, pájaro del presentimiento [...] le importó poco que fuera la que esa noche iba a ser secuestrada, violada y tirada en el suelo. No era a tu mujer ni a tu hija ni a tu hermana a quienes les iba a pasar eso. [...] Pero sí hubo alguien que avisó. Pájaro de bronce, pájaro importado, pájaro católico, y además, amujerado, la campanona de la iglesia, esa misma noche del secuestro [...] por su misma cuenta dio el aviso somatando tres veces su badajo de una manera triste. Pero nadie entendió por qué. Pensaron que [...] había sido obra del viento. (De Lion, 2003: 67-68) Las novelas comienzan justo antes de las masacres. Poco después, las dos jóvenes son violentadas por una guerra que no comprenden y de la que no pueden escapar. El cerco comienza a estrecharse desde el inicio. Durante el desarrollo de la trama, en ambos casos, comienzan a correr rumores de personas desaparecidas, de la presencia cada día más cercana de los militares y de la guerrilla, de las arbitrariedades de los soldados. Hay miedo, pero al mismo tiempo las familias, protagonistas de estos relatos, piensan que mientras se mantengan al margen nada malo podrá pasarles. De hecho, ninguna se involucra, al menos al inicio, cuando un representante de la guerrilla llega a hablar con ellos. Pero la violencia llega de todas formas[9].Y cada familia tendrá que buscar el modo de enfrentarla. Aquí se hace una distinción clara entre la figura de guerrillero, del que desconfían, pero en quien reconocen la ira que los campesinos sienten antes de las injusticias. En contraste, se presenta la figura de los “pintos” o militares, que son quienes los secuestran, los matan y los violan. Asombra que los “pintos” provengan de las mismas comunidades. Niños y jóvenes indígenas son reclutados a la fuerza, aleccionados y, más tarde, obligados a atentar contra los suyos, parte de las estrategias de la guerra sucia en Guatemala. Prácticamente desde el inicio, los nahuales se comunican con los aj’quij y les susurran por medio del fuego las terribles desgracias por venir. En Antes de la luz, la novela abre describiendo una ofrenda que el anciano sacerdote ritual coloca en medio de las montañas. El contador de los días no puede evitar el llanto ante lo que se avecina y pide por los suyos: “¡Gran Dios, no permitas que esto suceda, ten piedad Gran Ajaw!” (Boman, 2010: 15). Por su parte, el abuelo de la hija del puma, el rezador del pueblo, les enseña a ella y a su primo dónde están los espacios sagrados y secretos de la comunidad. Los lleva al pico de uno de los cuatro cerros que circundan su pueblo a ofrendar a los dioses y solicitar su amparo. ¡-Nombre de Dios! ¡Santa Justicia! Abre tu corazón y escúchame. Vengo a pedirte que protejas a nuestro pueblo. Te pido que los militares no vengan. Que podamos seguir viviendo en paz en Yalambojoch. Haz que mi pueblo prospere. [.] Por eso te enciendo velas y te doy flores y copal. Lo único que te pido es que protejas a mi pueblo. (Zak, 2010: 43) El anciano y los niños repiten el rito en los otros tres picos, protectores de la comunidad. En cada uno el abuelo pide lo mismo: paz y protección. Sin embargo, cuando el hombre muere, el pueblo queda sin protección. No todo está perdido porque deja su herencia cultural en los hombros de su nieta. Ella será la encargada de proseguir con su tarea cuando llegue el momento, quizá en tiempos de paz. Pese a los rezos y ofrendas, los dioses no son lo suficientemente poderosos para oponerse a la fuerza militar. La violencia estalla destruyendo todo a su alrededor. La familia de la hija del puma es obligada a abandonar su tierra y dejar todo atrás, no sin sufrir pérdidas. Su tía, sus primos, entre ellos Pascual, su compañero de juegos y su cómplice, son asesinados brutalmente. No queda más que enfrentarse al exilio, a la nostalgia y a la pérdida. Por su parte, Ana ve partir a sus primos más cercanos, uno obligado a incorporarse a los militares por medio de la leva, y el otro, Mateo, quien no ve más alternativa que unirse a la guerrilla. Su padre es secuestrado y torturado con especial crueldad, llevándolo hasta la muerte. Ella misma es secuestrada una tarde y conducida a la casa comunal donde, junto a otras mujeres, es violada regularmente por militares y pobladores, obligados a participar en el terror. ¡Perdón!, le dicen algunos cuando la reconocen, y fingen llevar a cabo el acto sexual, pues de otra forma serán ellos las próximas víctimas. De esta forma lo más íntimo de la comunidad es vulnerado. La guerrilla, los campos de refugiados en la frontera mexicana y el Grupo de Apoyo Mutuo[10](GAM) se convierten en las redes de apoyo de las protagonistas. La hija del Puma muestra la resistencia de la población, ladina e indígena que se agrupa en el GAM para pedir por que se haga justicia por los desaparecidos. La protagonista de Antes de la luz es rescatada cuando la anciana Cecilia añade ciertas plantas a la comida y, en una imagen fantástica, víctimas y victimarios duermen para que ella pueda escapar. A su manera, las protagonistas de las novelas resisten al terror para cumplir con su destino: convertirse en contadoras de los días y mantener viva la Costumbre. Las novelas tienen un final esperanzador. Ambas proponen la posibilidad de una realidad diferente en el horizonte futuro de las protagonistas. Uno donde puedan estudiar, desarrollarse, cumplir sus metas, aunque esto suceda en el exilio, lejos de casa. Esto es especialmente importante en el caso de las mujeres indígenas. En Antes de la luz, por ejemplo, un momento clave es cuando el aj’quij, don Miguelito, reconoce el trabajo de su mujer y el poco reconocimiento que él (y el resto de los varones del pueblo) le ha dado hasta entonces. Así, la validación de los miembros de su comunidad y el próximo fin de la guerra permitirá a las jóvenes pensar en una realidad distinta. Ambas se sienten orgullosas de ser Mayas, y en su rol de sacerdotes rituales, podrán empoderarse y perpetuar durante y después de la guerra, los mitos y ritos de su comunidad, elementos de identidad y cohesión, como una forma propositiva de recuperar el tejido social que el conflicto desarticuló. Al final, las autoras abren una ventana de esperanza en medio del inframundo que la guerra instauró. Bibliografía Boman, Kristina; Velázquez Zapeta, Leticia Josefa (2010), Antes de la luz. Guatemala, Piedra Santa. De Lion, Luis (2003), El tiempo principia en Xibalbá. Guatemala, Magna Tierra Editores. DÍAZ ÁLVAREZ, Ana (2016). El maíz se sienta para platicar. México, Universidad Iberoamericana-Bonilla Artigas Editores. VÁZQUEZ GONZÁLEZ, Leonor (2008), “La hija del puma: la recuperación de la memoria”, en Ketzalcalli, consultado en http://ketzalcalli.com/pdfs/ketzi20081articulos/ketzalcalli-2008-1-vazquez.pdf Zak, Mónica (2010), La hija del puma. Guatemala, Piedra Santa. Notas: [1] Texto basado en la ponencia presentada en el marco del Congreso “Mitos Prehispánicos y Mitos Clásicos en la Literatura Latinoamericana, celebrado del 20 al 22 de septiembre de 2017 en la Sapienza Universitá di Roma, en Roma, Italia. [2] Mito tukano registrado y traducido por Hugh Jones (citado en Díaz, 2016: 9). [3] De acuerdo a las creencias de origen prehispánico, cuando una persona nace también lo hace un animal, cuyo espíritu lo acompaña, lo guía y lo protege desde ese día hasta su muerte. [4] Comité de unidad Campesina. Organización que nace el 15 de abril de 1975 con el objetivo de que los campesinos guatemaltecos puedan acceder a mejores sueldos, oponerse a la militarización y a la discriminación de los pueblos indígenas. [5] En Guatemala los no indígenas son conocidos como ladinos. [6] Investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México. [7] El juicio de Sepur Zarco celebrado en febrero de 2016 en la Ciudad de Guatemala contra los militares que llevaron a cabo estas prácticas es un ejemplo que expone le veracidad de este episodio. [8] Una de las victorias que se lograron en los acuerdos de paz, es que los indígenas tienen el derecho de realizar sus ceremonias y expresiones religiosas en todos los templos prehispánicos de Guatemala. [9] Hay que mencionar que la justificación de las masacres fue, justamente, la excusa de que los pueblos mayas apoyaban a la guerrilla, lo que, en muchos casos, no ocurrió. [10] Mejor conocida como GAM, esta organización se funda en los años ochenta con el objetivo de denunciar las desapariciones forzadas y exigir su esclarecimiento. Era uno de los pocos grupos que se manifestaba abiertamente frente a Palacio Nacional para pedir la devolución de los desaparecidos. Un aspecto importante del GAM es que la mayoría de sus miembros eran mujeres tanto ladinas como indígenas. |
ensayo de Yosahandi Navarrete Quan
Publicado, originalmente, en: Mitologías Hoy. Revista de pensamiento, crítica y estudios literarios latinoamericanos vol. 19 | junio 2019 | 133-146
Mitologías Hoy. Revista de pensamiento, crítica y estudios literarios latinoamericanos es una revista vinculada al
Departamento de Filología Española de la Universitat Autònoma de Barcelona
Link del texto: https://revistes.uab.cat/mitologias/article/view/v19-navarrete / DOI: https://doi.org/10.5565/rev/mltologlas.512
Ver, además:
Yosahandi Navarrete Quan en Letras Uruguay
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El Popol Vuh , libro sapiencial de los mayas / El libro del genesis del Popol Vuh / Las edades del mundo segun el Popol Vuh textos de Hyalmar Blixen (Uruguay) |
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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