Amigos protectores de Letras-Uruguay

La legión extranjera

 

El Gran Hotel Viena

Conflictos y relaciones interpersonales como fuente de información

por Fernando Jorge Soto Roland*

EL «MAL QUERIDO»

Desde que Máximo Pahlke dejó al Gran Hotel Viena en manos de su Jefe de Seguridad, Carl Martin Krüeger, en marzo de 1946, el inmenso edificio —una inversión que se calcula cercana a los 25 millones de dólares— sufrió un errante y caótico destino pasando por varias manos antes de que la crecida de la Mar Chiquita lo alcanzara y tuviera que ser abandonado definitivamente en 1985.

Un cuarto de siglo fue suficiente para que el otrora hotel cinco estrellas se convirtiera en una majestuosa ruina. Sus dependencias se descascararan lentamente, invadidas por el óxido, la humedad y el olvido del pueblo de Miramar. Veinticinco años después, su Sector Principal, aquel que fuera edificado para recibir a la crema y nata de la sociedad europea y vernácula, está inhabitable y cerrado a los curiosos turistas que buscan explorarlo, por paredes de ladrillos y alambre tejido, cuya función real es más la de cuidar la integridad de esos audaces visitantes, que la del edificio mismo. Y esto es así porque —digámoslo sin ambigüedades— el Gran Hotel Viena tiene una enorme parte de su estructura condenada.

Si todavía no se ha venido abajo es por la avanzada tecnología que se usó en su construcción, por los cimientos de 14 metros de profundidad y la calidad del concreto que se moldeó para darle vida. De todos modos, la Mar Chiquita o Mar de Ansenuza, sigue desgastando con su salitre la esencia dura del hotel. Basta con observar el estado deplorable en el que se encuentran los bloques de mármol de Carrara que revestían las paredes del vestíbulo principal, para reconocer que la destrucción total es sólo cuestión de tiempo. ¿Qué quedará del Viena en 25 años más? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero de seguir en manos de la impiadosa acción del viento y los cambios bruscos de temperatura, de los hongos y los cristales de sal que lo resquebrajan, sin apuntalamiento ni cuidados intensivos, lo más probable es que quede muy poco.

Afortunadamente, desde hace unos cinco años, un grupo de vecinos de Miramar, idealistas comprometidos con la historia del lugar, se han hecho cargo del edificio. La Asociación Civil Amigos del Gran Hotel Viena se convierte así en la última trinchera contra la decadencia y la destrucción. Claro que, como toda trinchera, es poco lo que puede hacer sin demasiados recursos. Aún así, los créditos bancarios solicitados en el último tiempo y el amor que sienten por el hotel, han permitido que «El Viejo» —como lo llaman algunos cariñosamente— siga dignamente de pie.

Recauchutado, vuelto a pintar en algunos de sus ambientes, con baños e instalaciones sanitarias nuevas, el Viena resiste, luchando contra los que fueron hasta hace muy poco sus principales enemigos: el olvido y la desidia de toda una comunidad.

Recién hoy se nota un renovado interés por el «hotel abandonado». Recién ahora muchos advierten que el Viena convoca a la gente y que un nuevo turismo de corte romántico se acerca a él, buscando vaya a saber uno qué sensaciones. Y esa gente es la que deja dinero en el pueblo. Es la que consume y revitaliza la industria de la hospitalidad.

Paradójicamente, «El Viejo» está adquiriendo el status de símbolo, junto con las propiedades curativas del fango lacustre y las bandadas de flamencos de la región. La batalla contra la indiferencia empezó a ser ganada y la curiosidad por su historia (enmarañada y reacia a ser develada del todo) nos llevó a investigar su pasado. Un pasado desconocido y en gran parte imaginado a partir de las tradiciones orales, de los chismes que han circulado por décadas. No es mucho, pero es algo. Tal vez estos primeros pasos, timoratos y condicionados por múltiples intereses, sean el remedio que el Gran Viena necesite para mantenerse de pie 25 o 50 años más.

Toda la historia del Gran Hotel Viena es una historia de abandonos sucesivos, de cuidados insuficientes y, a veces, de negligencia. Una historia de resignación frente a lo imprevisto y una lucha constante contra los elementos. Desde sus primeros días, el edificio se construyó para estar la mayor parte del año solo, sin gente. Meras paredes reservadas a contener muebles y soledad. Destinado a la estacionalidad que impone el clima, el Viena únicamente abría sus puertas en verano, permaneciendo el resto del año cerrado al cuidado de circunstanciales serenos, encargados de su mantenimiento de una temporada estival a otra.

Aproximadamente en el mes de abril cerraba sus puertas y, cual gigantesco oso, hibernaba hasta noviembre, mes en el que junto con los demás hoteles de Miramar se sacudía la modorra para recibir a los primeros turistas. Era como vivir de a ratos, intermitentemente, prendiendo y apagando su vida social al ritmo de la naturaleza; hasta que un día de 1985 se cerró para siempre y sólo volvió a abrir sus puertas 20 años después, devenido en museo.

Parados ante el hotel y fascinados por los mitos de destrucción que éste despierta, muchas veces olvidamos que no sólo su estructura edilicia es la que tiene enorme huecos por llenar. Su historia —últimamente muy debatida— aún está a la espera de pruebas documentales que certifiquen o rectifiquen parte de lo que hemos escrito hasta hoy. Por ese motivo, cualquier testimonio o documento fidedigno que nos ayude a reconstruir algún período de su devenir, debe ser bien recibido y exprimido al máximo. Por fortuna, en los últimos tiempos hemos tenido acceso a uno de esos documentos. No es lo que podríamos llamar «un documento oficial», sino una carta privada en la que se despejan, por boca de un protagonista importante, algunas cuestiones domésticas de la historia del hotel («preciosismos positivistas», dirían algunos) y se confirman otras que circulaban oralmente. Claro que para seguir armando este complicado rompecabezas, también hay que considerar lo que la carta no dice u oculta.

Antes de abordar dicho «documento» me parece importante que repitamos la apretada cronología ya expuesta en investigaciones previas, para que de ese modo el lector pueda tener un mejor panorama y una más clara perspectiva del período que vamos a tratar.

He aquí esa provisional síntesis:

  1938: Máximo Pahlke se asocia con doña María Trementzberger (propietaria de la Pensión Alemana) y realiza una ampliación y mejoramiento de la vieja propiedad, convertida al nombre de Pensión Viena. Comienza a funcionar un nuevo pabellón con 16 habitaciones.

  1939: Por desavenencias, la sociedad se rompe. Pahlke le compra a su ex socia la parte que le correspondía e inicia la construcción del hotel.

  1940-1943: La empresa alemana Grüen y Bilfinger construye el pabellón termal y el sector principal o VIP (frontal) del Gran Hotel Viena. 28 habitaciones con baños privados y balcones con vista al mar.

  1943-1945: Se levanta el sector de Clase Media (u hospitalario). 35 habitaciones individuales con baño privado. El hotel termina de ser construido en todos sus sectores en diciembre del 1945.

   Diciembre 1945 - Marzo 1946: Máximo Pahlke explota el hotel por unos pocos meses antes de irse de Miramar para no volver nunca más (falleció en Alemania —Frankfurt— en 1958).

  1946-1948: Carl Martin Krüeger (Jefe de Seguridad) se queda a cargo del hotel, que permanece cerrado y habitado sólo por él. El Gran Viena oficialmente no recibe huéspedes.

  1948-1954: Tras la misteriosa muerte de Martin Krüeger (envenenado), los jardineros del hotel, la familia compuesta por Koloman Kolomi Geraldini y su esposa, Helena Noval de Kolomi, permanecen en el edificio ocupándolo y manteniendo sus instalaciones.

 1954-1964: Los Kolomi abren el hotel al público. Lo explotan empresarialmente. De jardineros pasan a ser hoteleros.

1964-1978: Un empresario de Córdoba (capital) apellidado Sosa se hace cargo del hotel. Lo abre al turismo. Es la “Edad de Oro” del Gran Hotel Viena. Todos sus sectores son puestos a disposición de los huéspedes. El negocio fue redondo. No paga alquiler a nadie y todas las ganancias las embolsa él mismo. No hay inversiones y lentamente el hotel empieza a venirse abajo. Según se dice, Sosa es uno de los responsables de su desmantelamiento. Se llevó muchas de las cosas que quedaban en el edificio. La última etapa en la que el hotel fue explotado comercialmente correspondió al señor Freudenberg, vecino de Miramar.

  1980: La inundación —iniciada en enero de 1977— llega a los pies del Gran Hotel Viena. Emprendimientos de corta vida mantuvieron al edificio ocupado y en funciones. En 1978, tras el anegamiento del Hotel Copacabana, el casino que funcionaba en él fue trasladado al Gran Viena hasta 1980, año en que la sala de juego pasó a la ciudad de Villa Carlos Paz. A partir de entonces el sector principal (VIP) fue alquilado al señor Leonardo Bergia, quien lo explotó por espacio de dos años. También en la misma década funcionó una boite por una corta temporada. No hay inversiones ni mantenimiento. La decadencia se acentúa.

  En 1982 a 1985 aprox. Daniel Fontana (peletero local y propietario del actual hotel Miramar) obtiene la concesión del comedor y bar del hotel. Lo preparan como “boliche”. Usan los espejos de los placares para ambientar el local.

  1985: El agua salada de la laguna alcanza los subsuelos del Gran Viena. El hotel cierra por completo sus puertas.

  1985 a 2003: Vivieron en el hotel circunstanciales cuidadores (ellos son los que afirman haber visto y sentido fantasmas en la derruida edificación). Se inicia la etapa “mitológica” del Viena.

   2007: Nace la Asociación Civil Amigos del Gran Hotel Viena. El hotel (en ruinas) se convierte en Museo de sitio y su guía, Patricia Zapata, inicia la investigación dirigida a recopilar la “historia oral” del emprendimiento hotelero. El edificio es declarado Patrimonio Histórico Municipal.[1]

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

«Pueblo chico, infierno grande».

No hay mejor refrán, ni más realista que éste, para resumir la conflictiva socialización que impera en una población pequeña, donde los chismes y «el qué dirán», la envidia y los comentarios viperinos, se entrelazan con la siempre aludida y revalorizada «seguridad» pueblerina.

Es que el hecho de vivir ante la vista de todos todo el tiempo, en un marco general de tedio y falta de noticias relevantes, convierte «el hablar de los demás» en un deporte popular y extendido. El “qué dirán” es casi un mandamiento sagrado. Una carga pública. Un abismo del que todos se cuidan y en el que todos caen. Como si de una enorme caja de resonancia se tratara, los chismes se magnifican y algunos temas de conversación, que en otros contextos no demandarían más que un comentario al pasar (la «personalidad» de cada perro vagabundo, el pozo de tal o cual esquina, los nuevos autos que circulan por las calles, la pintura del frontis de alguna casa, etc.) se prolongan por horas, exageradas por la fantasía y los agregados de la gente. Por estas razones, en los pueblos la vida privada se desdibuja. Todos se exhiben ante la mirada de los otros. Una mirada descarnada que vuelve obedientes a los cuerpos y le da al «secreto» un status superior al que tiene en otros lugares; y aquello que se desconoce, se deduce o inventa dentro de un alambicado sistema de comentarios dichos en voz baja. Nadie está a salvo. Incluso los apodos (sobrenombres), que imperan por encima de los nombres reales, denuncian las grandezas y miserias de cada persona, muchas veces con sonrisas en la boca, otras veces en voz muy baja.

Las acciones privadas de los hombres parecieran afectar a los demás. Como si de un enorme organismo vivo estuviéramos hablando, el más mínimo movimiento repercute en el resto. Es imposible la indiferencia, como imposible es rehuir a los impiadosos juicios colectivos —omnipresentes—, que transfiguran todos los actos en algo moral o inmoral. Sin medias tintas.

Lo privado se disuelve así en un océano en el que prevalece lo público y cada uno carga sobre sus espalda una especie de «etiqueta invisible» que todos creen poder leer, y en la cual se publicitan abiertamente sus aciertos y sus errores (aún los más íntimos). Secretos a voces que circulan, dándole a la gente algo de qué hablar.

Y la gente habla. Alimenta así la cizaña, el rencor, el rumor y el miedo.

Se entretiene, se divierte y justifica su vida con ello.

Alimenta el infierno.

«LA EDAD DORADA»

En la inconclusa historia del Gran Hotel Viena, los años que van de 1964 a 1977/78 constituyen lo que hemos dado en llamar la «Edad de Oro». Y hay motivos para esa denominación ya que, sin duda, fue la mejor época de Miramar —antes de la gran inundación— y el momento en el que Viena fue, empresarialmente hablando, explotado al máximo.

Según cuentan los residentes del pueblo y ex empleados del hotel, los tres sectores del edificio estuvieron abiertos al público, desplegando así todas las comodidades que podía ofrecer. Nunca antes había ocurrido eso. Por ende, las ganancias que debieron embolsarse a lo largo de esas catorce temporadas, resultaron cuantiosas. Claro que esa «bonanza» no era patrimonio exclusivo del Viena. Todo Miramar gozó por aquellos días de una verdadera explosión de turistas.

El agua salada, su fango terapéutico, el bellísimo paisaje y la oferta hotelera que la ciudad tenía entonces, contribuyeron a que el balneario se convirtiera en el principal polo turístico de la provincia de Córdoba, mucho antes de que Villa Carlos Paz lo desplazara. El casino, oficializado, también generó interés en mucha gente, que acudían a “jugarse la vida” a orillas del Mar de Ansenuza.

Miramar tenía de todo: hoteles, restaurantes, pistas de baile, paseos al aire libre, una costanera, bares y muchas ganas de prosperar. Por eso, al verla hoy con casi el 60 % de su casco urbano bajo el agua, una rara sensación de nostalgia y tristeza embarga al visitante. Basta con ver las viejas fotografías de los años ’60 y ’70 para reconocer que ese «mundo» ya no está más; que se fue para siempre con la gran crecida del mar, sepultando 102 hoteles con toneladas de barro y agua salada.

De aquel amplio repertorio, uno de los pocos que quedó en pie fue el Viena.  No porque sus propietarios hayan hecho un pacto con el diablo, sino por estar construido en una de las zonas más altas del borde de la laguna. Él es el único testigo de aquellos dorados días que —no es casual— coinciden con la periodización que el historiador Eric Hobsbawm propuso para entender el siglo XX.[2] De esta forma, el Viena se convierte en un símbolo de aquella centuria «breve y cruel» que supo disfrutar, , de una etapa relajada y próspera, entre 1945 y 1973 aproximadamente. La historia del hotel se encuadra en ella. De allí el nombre de «Edad de Oro» que le hemos dando. Pero también hay otra denominación que podríamos utilizar. Una más localista y vernácula. Más atinente a la historia misma del hotel. No es otra que la famosa «Etapa Sosa», etiquetada de esa forma por tener a un empresario así apellidado en el centro de la escena.

Hasta hace muy poco, del señor Sosa sólo se recordaba su apellido.

Simplemente era «Sosa», a secas. Los viejos más memoriosos del pueblo habían olvidado su nombre de pila y hasta las personas encargadas de guiar las instalaciones de hotel-museo se referían a él apelando sólo al apellido.

Hoy, tras desempolvar una antigua carta [3]—subscripta por el propio Sosa hacia 1978— sabemos que se llamaba Adán Ramón y que su número de libreta de enrolamiento era 2.707.205.

Mucho se ha hablado de él.

 Los chismes corrieron como reguero de pólvora y siguen corriendo después de veinticinco años. Se le atribuyeron muchas cosas y hasta podríamos decir que se convirtió en una especie de chivo expiatorio para explicar la desidia, grado de abandono y saqueo que sufrió el hotel a lo largo de los años. Claro que las culpas son compartidas; y si bien este singular personaje protagonizó algunas acciones que se le atribuyen, hay una deuda común a la hora de explicar porqué el Viena quedó en el estado que está hoy.

Pero fueron en Adán Ramón Sosa donde se clavaron todas las miradas.

¿Cuánto hay de exageración? ¿Cuántas culpas a él atribuidas son pura fantasía, producto del prejuicio? ¿Fue el único que participó en el desmantelamiento del hotel? ¿En qué grado su personalidad contribuyó a generarle enemigos capaces de descalificarlo al punto de construir una leyenda negra en torno a su persona? ¿Cómo se relacionó con el Gran Hotel Viena y llegó a hacerse cargo de su gerenciamiento durante casi tres lustros? ¿Qué nuevos datos sobre la historia del hotel podemos rescatar a partir de su testimonio? ¿Cuántos rumores se confirman?

Éstas y otras preguntas trataran de ser respondidas a partir de la carta que el propio Sosa escribió y que tituló «Mis primeros 14 años en Miramar».

El texto es en realidad un panegírico de su persona y a la vez un ataque feroz, descalificador y descarnado, a uno de sus enemigos locales: Koloman Kolomi Geraldini, un eslovaco residente en Miramar del ya hemos hecho referencia en un trabajo anterior.[4]

En medio de las anécdotas y chismes que Sosa relata en su escrito (muy mal redactado por cierto) se deducen muchos hechos que hacen de la historia del Viena un «todo» interesante; amén de reconstruir momentos del hotel, desconocidos hasta la fecha.

Sin la intensión de ofender a nadie y guiados por el solo interés de conocer más y mejor el devenir del hotel, es que nos sumergiremos en esa carta para confirmar los pormenores de un período que recién ahora empieza a despuntar con sus primeros datos.

Creo que la «Etapa Sosa» también es importante porque coincidió con la época en que empezó a delinearse el comportamiento del turismo argentino de la posguerra. Una época que, todos aquellos que rondamos los 50 años, recordamos con cierta nostalgia.[5]

«DIME CÓMO ESCRIBES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES»

Antes de desmarañar la información que contiene la carta es necesario dejar en claro algunos aspectos formales del documento, para conocer las intensiones que guiaron su redacción.

En primer lugar, la carta no está dirigida a nadie en particular. No hay un destinatario individualizado y todo nos hace creer que, más que una misiva, el escrito es una especie de “artículo” a través del cual el hotelero rinde cuentas de algunos de sus actos y estigmatiza a ciertos vecinos del pueblo. Bajo el título «Mis primeros catorce años en Miramar» lo que Sosa pretende es justificarse e informar a los habitantes del balneario de las injustas acusaciones y duras críticas que determinados lugareños dejaron caer sobre su «buen nombre y honor». Desconozco si el texto fue publicado en algún periódico local o distribuido —vecino por vecino— de alguna otra manera. De lo que sí estoy seguro es que la intensión que se trasunta en su letra es la de llegar a muchos miramerenses. ¿Lo habrá conseguido?

En segundo lugar, la misiva no está fechada. No hay ninguna referencia cronológica explícita que indique el día, mes y año en que fue escrita. Así todo, a través de cierta información que aparece en el «cuerpo» de la carta, es posible ubicarla temporalmente con precisión. Por fortuna, Adán R. Sosa es elocuente a la hora de fechar ciertos acontecimientos de la historia del pueblo, que nos permiten hacer algunos cálculos facilitándonos la ubicación cronológica del documento.

En uno de los párrafos Sosa escribió :

«Hace ya 617 días, cuando despedía a aquella admirada mujer, que se alejaba voluntariamente de estas playas de la vida, Nora Ballch (sic) dije así, “Nora vengo a decirte adiós en nombre de los hombres cargados de herrores (sic)…».

¿Quién esa mujer?

Nora Bachl (Sosa escribe mal su apellido) era la hija de María S. de Tremetzberger, la ex socia de Máximo Pahlke en la vieja Pensión Viena (1938-1939) y, tras la disolución de esa sociedad, propietaria/gerente del famoso Hotel Alemán, ubicado a muy pocos metros del rebautizado Gran Hotel Viena.

A la muerte de doña María, en 1955, Nora y su esposo se hicieron cargo de la administración; pero en el verano de 1977, tras sufrir un profundo pozo depresivo después del fallecimiento de su marido y anterior muerte de un hijo, la tragedia volvió a golpear a la familia cuando Nora se suicidó.

En el cementerio de Miramar, su tumba —desgastada y con el epitafio apenas legible por la erosión— tiene una inscripción que ahora nos resulta reveladora (amén de romántica):

NORA BACHL

U 27 de Febrero 1977

AMÓ LAS FLORES

Con este dato, recabado en la necrópolis miramerense, y los «617 días» aludidos por Adán Ramón Sosa en su carta podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ésta fue escrita a 1 año, 8 meses y 4 días del suicidio de Bachl, lo que nos daría como fecha de redacción el 4 de noviembre de 1978. Ya hacía casi un año que la Laguna de Mar Chiquita había empezado a crecer, amenazando la integridad de todo el “sufrido” pueblo.

En tercer lugar, el escrito no es el único que Sosa pasó a máquina. Al inicio de la carta dice claramente:

«En mi escrito anterior, dije que me referiría al segundo hombre que conocí cuando llegué a Miramar hace 14 años, que hoy se ha erigido en mi crítico».

Había otra carta, pero no he tenido acceso a ella, ni tampoco a

«(…) mi próximo artículo en el que me voy a referir a otros pececillos que también se han erigido en mis críticos».

Por lo que se observa, Sosa tenía la necesidad de denunciar públicamente a esos detractores («críticos», dice él) antes de abandonar Miramar, y para ello no escatimará adjetivos en el trámite. Además, la «entrega por capítulos» debió despertar gran ansiedad entre los que se sabían involucrados en la vida del hotelero.

Finalmente está el «estilo» en que fue escrita la carta.

Más allá de los errores que comete al escribir los apellidos de las personas que cita («Palke» en vez de Pahlke, «Ballche» en vez de Bachl, «Kolomtin Kolomaton» en lugar de Koloman Kolomi o «Trementzberger» en vez de Tremetzberger, sin la “N”), Sosa incurre en innumerables fallas ortográficas y gramaticales. Es evidente que era un hombre desacostumbrado a escribir y, cuando lo hizo, lo hizo mal. Desconozco el nivel de estudios que tuvo, pero a partir de su «artículo» se puede deducir que era, por lo menos, elemental. Los signos de puntuación están horriblemente colocados y muchos de los párrafos sólo se entienden si se los lee de corrido y en voz alta. Adán Ramón Sosa no era, lo que se dice, un literato.

 

LA LLEGADA AL GRAN HOTEL VIENA

Una palabra, un gesto, una decisión tomada al azar, pueden en determinadas circunstancias marcar el destino de una persona para siempre. Algo así le pasó a Adán R. Sosa promediando la década de los ’60.

Pero dejemos que sea él mismo quien lo relate.

«Eran los primeros días del mes de Agosto de 1964, yo regenteaba en ese entonces el Hotel Susset de Córdoba.- Frente al Hotel (sic) estaciona un jeep con tablilla (sic) de Miramar, le dijo (sic) al agente de policía que hacía el recorrido en esa facción (sic), que le diga al señor de ese vehículo que nesecito (sic) hablarle, unas horas después se me comunica que dicho señor me espera en la Gerencia.- Yo en aquel entonces lucía de mañana traje claro, camisa de color, mis manos las atendía la manicura y afeitado con paños calientes y masajes, ropa oscura, camisa blanca y moño por la noche, le dijo (sic) al señor que voy a renunciar a la Gerencia de dicho establecimiento para hirme (sic) a Miramar, el señor me mira de arriba abajo y me pregunta muy sobriamente ¿Ud. Tiene ganas de trabajar?... ante mi respuesta afirmativa, me hace otra. ¿Y es capaz de trabajar?... otro sí de mi parte… “Entonces lo espero por Miramar?”… ahí terminó bruscamente la entrevista y surgía una amistad que se prolongó por tres lustros y que ya solamente la muerte quebrará

Así se gestó el primer encuentro de Sosa con el Dr. Máximo Pahlke (hijo de quien construyera el Viena a principios de la década de 1940). Sin todavía saberlo, ambos hombres estaban dando los primeros pasos que llevarían a la «Edad Dorada» del hotel.

Una dos semanas después,

«El 18 de agosto, corría el año 1964, el Doctor Palke (sic) me da personalmente una autorización para visitar el Gran Hotel Viena y en la Gerencia, por vía postal y en cubierta certifica (sic) le comunica a Kolomtin Kolomaton (sic) día y hora que estaré en Miramar

¿Quién era ese personaje?

Su nombre, escrito correctamente, era Koloman Kolomi Geraldini. Ya me he referido a él en una oportunidad anterior.[6] Permítame el lector hacer una breve síntesis de su vida para contextuar la historia del hotel de un modo más general y amplio.

Nacido en el pueblo de Terchová, Eslovaquia, el 24 de octubre de 1908, Koloman Kolomi Geraldini se convirtió en un prolífico escritor, traductor y poeta, ocupando —como intelectual que era—cargos públicos de alto nivel en su país, de fines de la década de 1930 a principios del año 1945.

Después de la Primera Guerra Mundial, tras la disolución del Imperio Austrohúngaro, surgió un nuevo país que, artificialmente creado por los vencedores del conflicto, pasó a llamarse Checoslovaquia. Hasta 1938 esta nueva entidad política soportó en lo interno serios conflictos étnicos entre checos (que ocupaban los puestos más altos de la administración) y los eslovacos (que se sentían hechos a un lado y exigían autonomía). Pero hacia fines de ese año las cosas cambiaron. Tras la anexión de un sector Checoslovaquia (los Sudetes) por Adolf Hitler, los eslovacos pidieron la añorada autonomía y más tarde (el 14 de marzo de 1939) su independencia. El Führer no dudó un instante y se la concedió. Nacía así un nuevo «estado cliente» del III Reich. El gobierno de Eslovaquia fue ocupado por un sacerdote católico ultranacionalista, Josef Tiso, proclamado «Vodca» (Líder) y títere de los nazis. Antisemita y partidario de un estado policíaco, Tiso aplicó leyes anti-hebreas en todo el país y deportó unos 58.000 judíos a campos de extermino alemanes en Europa oriental. En una oportunidad dijo que «la expulsión de los judíos es un acto cristiano porque se hace por el bien del pueblo que se libera así de sus plagas».

Poco se sabe qué grado de responsabilidad pudo tener Koloman Kolomi Geraldini en los crímenes cometidos durante el gobierno de Josef Tiso. Lo que sí se sabe es que huyó de Eslovaquia, tras el derrocamiento del régimen, en abril de 1945, con dirección a Austria. Durante los siguientes tres años, pasó por Baviera y de allí se trasladó a Italia (puerta de escape de cientos de criminales de guerra que partían hacia Sudamérica). Vivió primero en Roma y más tarde en Asís. Finalmente, en 1948, embarcó en el buque Philippa y llegó a Buenos Aires en el mes de abril.

Todo parece indicar que recibió ayuda del Comité de Acción Eslovaca, creado en la Argentina de Perón por Ferdinand Durcansky, ex ministro del interior de Tiso, acusado de ser criminal de guerra y residente en Buenos Aires desde 1947. El periodista argentino Uki Goñi encontró en el archivo de la embajada argentina en Roma un expediente en el que aparecen los nombres de los «fascistas católicos» que se unieron con Durcansky en el Río de la Plata y Koloman Kolomi está en ella.[7]

Tras llegar al país, este formado intelectual eslovaco, se instaló en un pueblo lejos de todo, aislado y con poca gente. Ese pueblo se llamaba Miramar.

Allí fue donde Adán Sosa lo buscó, 16 años más tarde.

«Llego a Miramar, día y hora fijada, totalmente cerrado el hotel, me acompaña en este viaje el señor Esteban Rebora, que podrá corroborar lo que estoy escribiendo.- Comunico telefónicamente de esa anomalía al Dr. Palke (sic), quien me dice que lo espere en Córdoba para viajar juntos a Miramar.- Viajo en mi coche en compañía del Dr. Palke (sic) y mi señora, al cruzar el puente del Río Segundo Kolomatin Kolomaton (sic), nos cruza rumbo a Córdoba el y solo encontramos a la señora en el Hotel (sic)».

Todo parece indicar que en dos viajes sucesivos Koloman Kolomi evitó toparse con Sosa. ¿Por qué no quería verlo? ¿Qué es lo que lo llevó a posponer ese encuentro e incluso obligar al dueño del hotel (el Dr. Pahlke) molestarse hasta Miramar (ya que no vivía allí, sino en Capital Federal)?

En la cronología expuesta anteriormente, elaborada a partir de los datos recabados por Patricia Zapata tras la consulta a los más ancianos del pueblo, se advierte que Kolomi residía en el Viena, primero como jardinero y más tarde —según esta versión oral— como improvisado hotelero.

Pero veamos que nos dice Sosa al respecto.

«Cuando llega este individuo a Miramar, no he podido precisar fechas, parece que pasó muy desapercibido, como indudablemente será cuando se vaya o se muera.

«El generoso pueblo de Miramar lo resivió (sic) como a todos los aventureros entre los que me incluyo, ese pueblo que parece la Legión Extranjera, no pregunta de dónde vino o si se ha cambiado el nombre con tal que venga a trabajar.- Doña María Scborkhber de Trementzberger (sic) que residía de 1932 en Miramar le facilita una casa y le ayuda económicamente, inclusive le da ropa para sus hijos.- Al fallecer el Ingeniero Krüegger [sic] (puede haber sido Borman [sic] como lo menciona en su libro Simón Wiessenthal que vive en 6.-Zalztorgasse [sic].-CP.-1070-Viena, capital de Austria) que estaba la cuidado del Hotel Viena, lo busca a él como casero, pero parece que de la casa de Doña María se lleva varias cosas, quien personalmente se las hace devolver (…)».

Pasemos en limpio lo que Sosa nos informa.

En primer lugar, aparte de la animadversión profunda que siente por el eslovaco, notamos que hacia 1964 pocas personas sabían algo sobre Koloman Kolomi en el pueblo. El inmigrante había pasado desapercibido desde el mismo momento de su llegada y hasta el propio Sosa no puede precisar la fecha en que instaló junto a la Laguna de Mar Chiquita. Pero la carta/artículo deja entrever algunos puntos interesantes que nosotros —décadas después— podemos ver con más claridad.

Sabemos con certeza que Kolomi llegó a la Argentina en abril de 1948 y que su comprometido pasado político lo obligó a huir de Europa, después de la caída del régimen criminal del que fuera funcionario. Con esto no afirmo ni niego que Kolomi haya participado directamente en el genocidio durante la dictadura de Josef Tiso, pero los dichos de Adán R. Sosa aumentan nuestras dudas al sugerir sin ambigüedades el sigilo con el que siempre Kolomi se movió al integrarse a la sociedad miramarense de fines de los ’40.

Pero eso no es todo. Hay una frase que resulta muy reveladora y es aquella en la que se hace referencia a la generosidad del pueblo de Miramar que, como la Legión Extranjera, no pregunta de dónde viene la gente, ni se preocupa si se ha cambiado el nombre.

¿Qué es lo que Sosa nos está insinuando? ¿Qué sabría sobre el pasado de Kolomi que no nos lo dice directamente? Además, ¿por qué alguien, en 1948 (año en el que se registró una gran ingreso de inmigrantes ilegales, perseguidos por los tribunales aliados de Europa), no iba a querer decir su verdadero nombre o contar abiertamente su pasado?

Por otro lado, la comparación con la Legión Extranjera, esa casi perfecta.

Hoy sabemos que este grupo de soldados franceses, acantonados en África, aceptaba en sus filas a todo tipo de personajes, sin importar el prontuario que llevaran en sus espaldas. Criminales, violadores, desertores, asesinos y  hasta miembros de las SS fueron parte constitutiva de la famosa “Legión”. Holger Meding, historiador alemán especializado en las rutas de escape de los nazis hacia la Argentina, escribe:

«(…) la totalidad de las SS había sido declarada sumariamente por las potencias vencedoras como “organización criminal”. Este veredicto fue (…) un medio de presión para que los hombres de las SS se alistaran en la Legión Extranjera francesa, paso que aceptaron con desesperado fatalismo muchos soldados jóvenes que querían salvarse de caer prisioneros de guerra».[8]

¿Fue Koloman Kolomi un infortunado e inocente «perseguido político» de la justicia aliada?

La mayoría de los asesinos nazis —alemanes, croatas o eslovacos— arguyeron eso en la posguerra, exaltando el escarnio que habían sufrido o sufrirían en caso de caer en manos de los «criminales comunistas» vencedores de la guerra.

Pero hay más.

Inmediatamente después de la referencia anterior, sin salirse del tema y dejando arrastrar pesadas dudas sobre Kolomi, Adán Sosa nombra al ya famoso «Ingeniero Krüegger» [sic], Jefe de Seguridad del Gran Hotel Viena desde 1943 y encargado de su cuidado tras el cierre del edificio en marzo de 1948. Sobre Martin Krüegger (o Carl Martin Krüeger, como creo que se llamaba realmente) se han tejido decenas de historias (incluso sobrenaturales) y todas ellas nos remiten indefectiblemente a un supuesto pasado autoritario, violento y muy proclive a la ideología nacionalsocialista. El hecho de que Adán R. Sosa haga referencia al Ingeniero, anunciando que por aquellos días —1964— el mayor «cazador de nazis» del mundo, Simón Wiesenthal, creía que no era otro que Martin Bormann[9] (mano derecha de Hitler) es un dato importante a tener en cuenta[10], ya que nos habla de lo extendido y duradero que ha sido el rumor sobre su persona y las relación existente entre el hotel y el nazismo.

Pero Sosa no se conforma con sembrar de dudas el pasado de Kolomi, relacionándolo con supuestos criminales o identificándolo como un inmigrante ilegal. Vas más allá de eso, acusándolo directamente de aventurero desagradecido y ladrón.

Como ya hemos visto —según se cuenta en la carta— al momento de entrar como casero del Gran Hotel Viena, Kolomi, olvidando la ayuda que recibiera de María Tremetzberger, se queda con ciertos objetos propiedad de la mujer, “quien personalmente se los hace devolver».

«Por eso el día 27 de octubre de 1955, cuando partía el cortejo fúnebre [de doña María], Kolomatin Kolomaton [sic], desde los balcones del primer piso del Hotel Viena, hace gestos y expresiones irónicas, ni siquiera respectó [sic] la sencillez o la majestad de la muerte».

Y continúa:

«Luego para ayudarlo le dan un puesto en la Cooperativa Nutriera, quedándose con dinero de esos gringos que muy de madrugada rompían las charcas con sus arados y llega a tal la generosidad de esos hombres que no lo denuncian, lo único que le piden es que se vaya de la cooperativa.»

Pero Sosa no se detiene en esas denuncias, va mucho más allá, alcanzando la vida privada del Koloman Kolomi.

«Luego el hermano del Ingeniero Jusmarche le lleva la mujer [Helena Novak de Kolomi], devolbiendosela [sic] un tiempo después con una faja de esas que se ponen en los inodoros “DESINFECTADO”.»

¿De dónde provenía semejante odio?

Una lectura pormenorizada de la carta deja entrever el origen del conflicto: el control sobre el Gran Hotel Viena.

Recapitulemos.

Después del fortuito encuentro de Sosa con el Dr. Pahlke en la ciudad de Córdoba —mientras el primero regenteaba el Hotel Susset, en agosto de 1964—, y tras los infortunados viajes a Miramar para charlar con Kolomi (a la sazón “casero” desde 1948), el propietario legal del Viena debió exigirle al eslovaco o a su mujer —que los atendiera en la segunda oportunidad— a que desalojaran el hotel. Los pormenores de esta orden no están claros en la carta. Sosa no detalla la cuestión. Sólo se limita a escribir que:

«Días después se presenta en mi negocio, sito Tucumán 35 de Córdoba, el sujeto Kolomatin Kolomaton [sic], acompañado de un señor Pignata de Balnearia, llevándole a mi señora un ramo de flores (?) nunca pude decifrar [sic] qué significó ese gesto».-

Es posible que junto con las flores Kolomi le haya entregado las llaves del Viena y que el gesto que tanto sorprende a Sosa no sea otra cosa que una sutil ironía del educado eslovaco. Pero esto es pura especulación. Lo único cierto es que, inmediatamente después de ese párrafo, Sosa escribe:

«Inaguré [sic] le [sic] Hotel después de 18 años, 9 meses y 23 días cerrado dicho establecimiento, no pude cumplir íntegramente mis compromisos comerciales contraídos en la población, pero hubo hombres, que no solamente no les pagué sino que me alentaron para proseguir la lucha, por eso varios años después, al cumplir 10 años de la inaguración [sic] pude decir “fue mi hora más gloriosa” (…)».

ENEMIGOS ÍNTIMOS

Poner en marcha el Gran Hotel Viena no fue nada sencillo. Por lo que puede verse, Adán Sosa se endeudó bastante en dicha operación, al punto de no cumplir “íntegramente con sus compromisos comerciales”. En un pueblo tan pequeño como Miramar ese tipo de incumplimiento se pagaba caro y Koloman Kolomi Geraldini se aprovechó de ello para concretar su venganza.

Confiesa Sosa que no todos sus acreedores fueron tolerantes y compresivos:

«A Osvaldo Naz, no le pude cubrir el último cheque que le entregué y me denunció penalmente y me hizo detener, cosa que me extrañó por ser hijo de una tan honorable madre».-

De inmediato

«Kolomatin Kolomaton [sic] viajó personalmente a Córdoba y hizo [sic] publicar en el diario LOS PRINCIPIOS, una noticia con este título “Estafa en Miramar” artículo que recorté y lo tube [sic] pegado varios años en la cocina del Hotel».

Aquello ya era una guerra declarada. A partir de entonces los epítetos no se cuidaron más. Las acusaciones se volvieron cada día más pesadas y el nuevo gerente del Viena no vaciló en ventilar cuestiones de la vida privada de Kolomi. Recurrió a la memoria colectiva de la comunidad e hizo pública la ofensiva actitud del eslovaco el día de la muerte de doña maría Tremetzberger (recordar que Sosa aún no vivía en Miramar en 1955) y lo expuso al escarnio público gritando a los cuatro vientos la infidelidad y fuga de su esposa con otro sujeto.

«La memoria de los hombres que suele ser tan sólida, sobre todo cuando se trata de juzgar culpas ajenas, parece perder toda consistencia si tiene que analizar sus propios herrores [sic].

“(…) Pero no voy aceptar que inservibles, serviles y cornudos y cuando digo cornudos me refiero a los cornudos concientes que quieren ser mis critticos [sic] porque yo también lo puedo ser, pero hasta ahora lo ignoro.»

¿Fue Kolomi el que empezó con las acusaciones de “cuernos”? No lo sabemos. La última frase de la cita deja abierta la pregunta.

«Todos los hombres tenemos desgracias o caídas en la vida, por eso es exacto aquel versículo de la Biblia que dice “El que está libre de culpa que tire la primera piedra”.

«Por eso yo pregunto al pueblo laborioso y sufrido de Miramar ¿Tiene autoridad moral este hipócrita para querer ser juez de sus semejantes?...».

LA INAUGURACIÓN

Algo que llama poderosamente la atención al leer la carta es el puntillismo de Sosa con algunas fechas y lo anodino que resulta con otras.

Por ejemplo, es muy específico al indicar mes y año en el que conoció a Máximo Pahlke II por primera vez, o al señalar, sin la más mínima duda, el 18 de agosto de 1964 como el día en el que el alemán lo autorizó a visitar el Hotel Viena.

Contrariamente, en casos de mayor relevancia —como la inauguración misma del complejo bajo su gerencia— el testimonio se vuelve ambiguo y para nada claro.

¿Por qué Sosa no dio la fecha exacta de semejante acontecimiento social, que debió ser muy importante para la comunidad miramarense de entonces? ¿Por qué “juega” tanto con el calendario a la hora de fechar la apertura del hotel, que según él había permanecido cerrado 18 años, 9 meses y 23 días? ¿Es que detrás de todo este asunto sigue trasuntándose el profundo odio que Adán Sosa sentía por Koloman Kolomi?

Vayamos por parte.

Según la «tradición oral» y los testimonios recabados por investigadores locales, el Gran Hotel Viena cerró sus puertas definitivamente en marzo de 1946, cuando su constructor y propietario —Máximo Pahlke I— levantó toda la documentación referida a su empresa y se marchó para siempre del lugar.[11] No se conoce a ciencia cierta en qué día de marzo ocurrió eso, pero suponiendo que haya sido el 1º de dicho mes y sumamos los datos brindados por Sosa en la carta (18 años, 9 meses y 23 días), éste debió hacerse cargo del Viena aproximadamente en fecha cercana al 23 de diciembre de 1964, justo para el inicio de la temporada veraniega.

Hasta acá todo parece lógico Pero hay cosas que no cierran.

Si observamos la cronología expuesta más arriba observaremos que de marzo de 1946 a marzo de 1948 el Viena estuvo bajo la celosa vigilancia de Carl Martin Krüeger y que después del suicidio de este personaje, Koloman Kolomi ocupó el hotel, primero como jardinero y años más tarde como improvisado “hotelero” (de 1954 a 1964). El mismo Sosa admite la presencia del eslovaco, como ya hemos visto. Así todo, si el edificio permaneció cerrado el tiempo que Adán Sosa afirma (repito: 18 años, 9 meses y 23 días) nos encontramos ante un dilema: o bien Kolomi nunca ejerció el rol de hotelero que la tradición local le adjudica y sólo fue un ocupante del edificio; o bien Sosa lo “borra de la historia” intencionalmente, ignorando la etapa protagonizada por su encarnizado enemigo.

Sea como fuere, todo parece indicar que hacia diciembre de 1964 el Gran Hotel Viena tuvo un nuevo inquilino.

ADÁN RAMÓN SOSA

Los testimonios orales, recabados de ex empleados que trabajaron en el hotel durante la década de 1970, describen a Adán R. Sosa como un hombre alto, morocho, de rasgos europeos y bien educado (al menos al trato). Hacia 1964 debería rondar los 50 años de edad y todo indica que su personalidad era por demás puntillosa en su aspecto físico. Él mismo dedica dos renglones de su carta para describir el atuendo que usaba mientras trabajaba («traje claro y camisa de color durante la mañana y ropa oscura, camisa blanca y moño por la noche»). Del mismo modo refiere el cuidado de su apariencia y acicalamiento personal («mis manos las atendía una manicura y me afeitaba con paños calientes y masajes»). Es probable que Sosa apunte todos esos detalles para que el lector entienda la buena imagen que debió causarle al Dr. Pahlke cuando lo conoció por primera vez en Córdoba (capital). Como dice el refrán «la primera impresión es la que vale».

Algunos vecinos del pueblo, contratistas del Hotel Viena en sus días de gloria, suponían que Sosa era abogado. En lo personal, creo muy poco probable que eso haya sido cierto. Basta con leer su carta para ver el mediocre estilo del que hace gala. Su redacción esta repleta de errores y dudo mucho que un “letrado” haya escrito una misiva/artículo de ese calibre.

Sosa estaba casado y vivía con su familia en el hotel. Su esposa, a quien se la recuerda como una persona no muy agradable, era la encargada de la cocina; y también había un hijo, adolescente por entonces.

Según se colige en la carta, el hotelero fue detestado profundamente por Kolomi, quien no vaciló en «escarcharlo» en un diario cordobés, acusándolo de estafador. Tal vez sea éste el origen del rumor —aún vigente— que hace referencia a los objetos de valor que Sosa se llevó del Viena. Dado que el propio imputado reconoce haber dejado cuentas pendientes, no sería ilógico suponer que la imagen que dejó en el pueblo no fuera del todo buena. Por otra parte, y a pesar de permanecer en el hotel 14 años, todos los comentarios concuerdan en que no realizó ni la más mínima inversión.

Tras la muerte de Krüeger, el Viena quedó a merced de oportunistas y «aventureros» (como el mismo Sosa se autodefine en una parte del escrito). Nadie se hizo cargo de nada. Quizás por ese motivo en el pueblo aseguraban que había entrado al hotel sin permiso o con un  permiso transitorio otorgado verbalmente por el propietario. Hoy sabemos que la primera posibilidad es, en principio, falsa. En cuanto a la segunda, no hay forma de verificarlo hasta tanto no aparezcan documentos que la prueben o refuten. De lo que sí hay certeza es que Sosa conoció Pahlke y que entre ellos se forjó —según él— una fuerte amistad que duró tres lustros. Sosa no fue un «okupa», en sentido moderno del término. Así todo, orientó muy poco dinero al mantenimiento del edificio, razón por la cual sus ganancias debieron ser netas (máxime si —como se rumorea— no pagaba ningún tipo de alquiler).

Un ex botones, que hacia el año 1970 tenía sólo 13 años de edad, conserva en la memoria el estado en que se encontraba el hotel por aquellos días. Cuenta que el Viena conservaba su fachada y que el área principal (VIP) funcionaba a pleno, los salones eran utilizados y todas sus habitaciones estaban habilitadas. La pileta de natación (de agua salada y dulce) ubicada frente al hotel y a la que se accedía cruzando la calle, también estaba en uso. En cuanto a los baños termales, funcionaban aunque no todos correctamente.[12]

La inundación se encargó de darle, en años posteriores, el “tiro de gracia”.

PALABRAS FINALES

En una sociedad inundada por lo escrito, el historiador más conservador y el público en general no terminan de comprender la necesidad que muchas veces tenemos de recurrir al testimonio oral. Les cuesta quitarse de encima ese viejo prejuicio que nace de la máxima latina que sostiene: «Verba volant, scripta manent» (“Lo oral vuela, lo escrito se mantiene”).

Es que, en esta cultura en la que el recuerdo se fija masivamente por medio de la escritura, lo oral no termina nunca de asentarse ni ganar consenso general. Por eso, cuando un texto aparece para confirmar aquello que desde hace tiempo circula de “boca en boca”, sentimos que las cosas están siendo bien hechas.

Puede que el africanista o el etnólogo no sientan nada de esto. De hecho, se mueven en sociedades ágrafas (sin escritura), y ese “camino de mano única” los condiciona a la no elección, sin cuestionarse el fondo útil de esos testimonios. El problema se nos plantea a nosotros, cuando lo oral compite con abundante documentación escrita y se corre el riesgo de caer en el fetichismo del documento. Pero hay casos en el que la escasez o nula presencia de pruebas escritas, nos obliga a desechar esa “adoración positivista” y a comportarnos más como etnólogos que como historiadores.

Cuando empecé a investigar la historia del Gran Hotel Viena me topé con un problema de esa índole: toda la documentación referida al emprendimiento hotelero había desaparecido y tuve que dedicarme a rescatar parte de ese pasado a través de los relatos y encuestas personales. Claro que yo también arrastraba el prejuicio arriba señalado y me costó un tiempo reconocer que el historiador Polibio (210-126 a.C.) tenía mucha razón cuando decía que esas encuestas «constituyen parte importante de la investigación histórica» (Historia, libro XII, 27). Pero cada uno es hijo de su tiempo. Él escribió en un momento en donde los documentos no abundaban, en cambio yo soy el heredero de la época moderna, del desarrollo de las cancillerías del Estado, de la multiplicación de manuscritos y más tarde de la imprenta, que terminaron quitándole al testimonio oral la importancia y el status que antes tenía. De ahí en más lo escrito fue suficiente para establecer la “verdad” de un hecho y lo oral empezó a ser cuestionado, olvidando el valor histórico de las tradiciones y dichos recogidos (que no son simple ficción, sino una forma más de los recuerdos colectivos, que nos ponen de cara ante la importancia de lo cotidiano y nos permite aprehender esa laguna que se abre entre la historia y el historiador, recogiendo una representación de la realidad).[13]

De a poco, el velo que cubre la historia del Gran Hotel Viena se va corriendo y desde aquel pasado incompleto y mal conocido empiezan a emerger situaciones y personajes por demás interesantes.

No es mucho, pero es algo.

La reconstrucción intelectual de su historia está dando los primeros frutos y en esa tarea la tradición oral, que circula desde hace más de 60 años, se confirma en sus trazos más gruesos en cartas como las de Adán Ramón Sosa.

Todo historiador que trate con fuentes debe interpretarlas y en la mayoría de los casos hay más de una interpretación posible. Siempre añadimos algo de nosotros mismos. Es inevitable. Por eso, lo que debe prevalecer es este oficio es la honestidad intelectual a la hora de escoger una u otra hipótesis. Y siempre debemos hacerlo con la más verosímil.

Como dijo Jan Vansina, «La historia sólo es un cálculo de probabilidades”.[14] Cualquier información es un error, una mentira o es verídica. Nosotros tenemos que elegir la más probable. El lector dirá, “entonces, ¿no existe la «verdad histórica absoluta»?”. La respuesta ya está implícita en la pregunta: no. No es posible. Sólo podemos acumular probabilidades que sean casi una certeza, pero no alcanzaremos la «verdad». Del mismo modo tampoco podemos juzgar. Lo más que se nos permite es acercarnos lo más posible al límite de lo verdadero.

El Gran Hotel Viena está siempre en ese límite.

 

Fernando J. Soto Roland

Profesor en Historia

UNMdP

sotopaikikin@hotmail.com

 

APÉNDICE

«MIS PRIMEROS 14 AÑOS EN MIRAMAR»  

BIBLIOGRAFIA COMPLEMENTARIA

 

   DEVALLIS, José Carlos (2008). Miramar, Memorias del Pasado, Miramar, Edición del Autor.

   GOÑI, Uki (2002). La Auténtica ODESSA. Fuga Nazi a la Argentina, Buenos Aires, Paidos Historia Contemporánea

   HOBSBAWM, Eric (1995). Historia del Siglo XX, Barcelona, Crítica.

   JOUTARD, Philippe (1986). Esas voces que nos llegan del pasado, México, Fondo de Cultura Económica.

   MEDING, Holger (1999). La Ruta de los Nazis en tiempos de Perón, Buenos Aires, Argentina, Emecé.

   SOTO ROLAND, Fernando Jorge (2009), Apostillas a la Historia del Gran Hotel Viena, edición digital en www.letras-uruguay.com

   SOTO ROLAND, Fernando Jorge (2009). Gran Hotel Viena. Domesticación del paisaje, vida cotidiana y turismo. Una aproximación a la «Edad Dorada» (1964-1980), edición digital www.letras-uruguay.com

   VANSINA, Jan (1968). La Tradición Oral, Barcelona, Nueva Colección Labor.

   WIESENTHAL, Simón (1967). Los Asesinos entre Nosotros. Memorias, Barcelona, Editorial Noguer.

Referencias:

* Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata.

[1] Esta línea de tiempo —perfectible y seguramente incompleta— es el resultado de la recopilación de testimonios orales llevada a cabo por Patricia Zapata (investigadora/guía local) y completada con entrevistas particulares del autor.

[2] HOBSBAWM, Eric (1995). Historia del Siglo XX, Barcelona, Crítica.

[3] Rescatada del olvido por Patricia Zapata, guía del museo Gran Hotel Viena.

[4] Véase SOTO ROLAND, Fernando Jorge (2009), Apostillas a la Historia del Gran Hotel Viena, edición digital en Apostillas a la historia

[5] Véase: SOTO ROLAND, Fernando Jorge (2009). Gran Hotel Viena. Domesticación del paisaje, vida cotidiana y turismo. Una aproximación a la «Edad Dorada» (1964-1980), edición digital Gran Hotel Viena

[6] Véase SOTO ROLAND, Fernando Jorge (2009), Apostillas a la Historia del Gran Hotel Viena, edición digital en Apostillas a la historia

[7] Véase: GOÑI, Uki (2002). La Auténtica ODESSA. Fuga Nazi a la Argentina, Buenos Aires, Paidos Historia Contemporánea, pág. 241.

[8] MEDING, Holger (1999). La Ruta de los Nazis en tiempos de Perón, Buenos Aires, Argentina, Emecé, pág. 199.

[9] Bormann es el supuesto fugitivo más famoso en la historia de los cazadores de nazis. Se han editado bibliotecas enteras sobre sus supuestas actividades en la posguerra. Numerosos libros, de marcada tendencia sensacionalista, lo han ubicado en Egipto. Dinamarca. Brasil, Paraguay, Unión Soviética, Argentina y la Antártida. Ahora sabemos que también es posible que haya estado en Miramar cuidando del Hotel Viena. ¡Fantasías! Hay pruebas suficientes para señalar sin margen de error que Martin Bormann murió en Berlín en 1945, pocas horas después de que Hitler se suicidara. Sus restos fueron encontrados y certificada su identidad hace pocos años tras un análisis de ADN. 

[10] Escribe Simón Wiesenthal: “El paradero de Martin Bormann sigue siendo el mayor misterio nazi por resolver. El principal lugarteniente de Hitler ha sido el que ha dado pie a más rumores y leyendas y ha hecho correr más tinta impresa de todos los jefes nazis. La pregunta: «¿Ha muerto Bormann?», siempre es buen asunto para la portada de una revista alemana de gran tirada. Ningún otro nazi famoso ha sido declarado muerto y luego tantas veces resucitado. Unos testigos declararon que fue enterrado en mayo de 1945 en la sección moabita de los terrenos de la Feria de Berlín, tras escapar de la Cancillería de Hitler, pero en 1964, la policía del Berlín Occidental hizo excavaciones en aquella zona y no lo encontró.” Por lo visto Bormann estaba en boca de mucha gente en ese año. Véase: WIESENTHAL, Simón (1967). Los Asesinos entre Nosotros. Memorias, Barcelona, Editorial Noguer, pág. 279.  

[11] DEVALLIS, José Carlos (2008). Miramar, Memorias del Pasado, Miramar, Edición del Autor, pág. 262. 

[12] Archivo del autor.

[13] Véase: JOUTARD, Philippe (1986). Esas voces que nos llegan del pasado, México, Fondo de Cultura Económica.

[14] VANSINA, Jan (1968). La Tradición Oral, Barcelona, Nueva Colección Labor, pág. 196.

Fernando Jorge Soto Roland

Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata

agosto de 2009

Email: sotopaikikin@hotmail.com

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