San Francisco de Asís

Héroe de Asís

por Juana de Ibarbourou

 Mundo Uruguayo - Montevideo,  Año XV Núm. 777 Noviembre 30 de 1933 pdf

San Francisco de Asís, por José de Ribera

Palazzo Pitti (Florencia, Italia)

San Francisco de Asís es el héroe más completo y más hermoso de todos los tiempos después de Jesús. Ni Alejandro el Grande, vencedor de Darío, orgullo de Macedonia, empinado señor de pueblos y ejércitos, puede compararse con el frailecillo mendicante de la Umbría, que sólo se alimentaba de mendrugos y vestía un sayal lleno de remiendos. Es que el uno fue el triunfo de las fuerzas materialistas, y en el otro — el arrebatado soldado de Cristo — las potencias del espíritu alcanzaron el más alto grado de elevación, señalando a los hombres el camino de la paz definitiva. Mientras el primero sólo ha quedado en la historia del mundo como una espléndida y aislada figura decorativa, el segundo, desde hace más de siete siglos no hace sino crecer y arrastrar tras de sí muchedumbres poseídas y de esperanza y de amor.

En Francisco de Asís despertó la capacidad heroica de aquella tardecita de un dorado otoño italiano, en que borde de un camino, él, apuesto mozo que volvía de una fiesta, posó sus labios pulcros sobre la cara espantosa del leproso que le pedía una limosna. Es un acto de valor inaudito, casi inconcebible. La heroicidad lo tomó como si un gran viento que bajase del cielo lo arrebatara en su torbellino. Su vida no fue desde entonces sino una serie ininterrumpida de heroísmo. Exaltado y humilde, nunca se creyó suficientemente puro y casi hasta el momento en que su envoltura terrena dejó íibre el hálito celeste, que formaba su alma, no hizo sino mortificarse heroicamente para alcanzar la excelsitud beatífica. Es disminuir su figura presentarlo siempre como la estampa de la conformidad y de la alegría. El San Francisco del diálogo con las alondras, y el himno al Sol; el de las Florecillas y la amistad con el lobo de Gubbio no es nada más que la faz lírica de claros tonos frá-angélicos de la formidable figura a lo Rembrandt, que en el tugurio sagrado de Rivo Torto amaneció más de una vez extenuado y amarillo de luchar toda la noche con los demonios. San Francisco, poeta y lleno de dicha evangélica, es ya la perfección victoriosa: el Santo.

San Francisco, renunciando a los hermosos bienes del mundo y haciéndose voluntariamente miserable; besando al leproso v levantando por sí solo a sol y a nieve su primera Iglesia; alternando la oración con la penitencia y el áspero sufrimiento recibido como una gracia, y haciendo su revelación ascética el don de sus riquezas y su gallarda mocedad Fray Francisco, fundador, enfermo, activo, macerado, infatigable revolucionario, perseguido por la envidia y el escarnio, iluminado y austero, es el héroe.

Francisco, santificado como Jesús en la ascensión y la gloria pertenece a la devoción de les multitudes arrodilladas de éxtasis.

Francisco de Asís, doloroso y estigmatizado como Jesucristo en el Calvario es el heroísmo que despierta amor, ternura y asombro. El santo ya ha alcanzado la perfección; ha vadeado el río de fuego. El héroe bajo la tormenta desencadenada, haciendo frente a todas las tentaciones, a todos los suplicios y peligros, está más cerca de nosotros, es todavía sufriente sensibilidad humana, y así nos conmueve fraternalmente. El largo periodo heroico de Francisco de Asís es una elocuente lección para los hombres que creen que todos los santos no son de nuestra misma arcilla.

Cierto que es ya una divino, gracia aspirar a merecer la proximidad de Dios. Pero en todos nosotros existe la levas de la ascensión y una prueba de ello es que siempre, paganos o creyentes, hemos de tener sobre la cabeza, y tan alto que las manos no pueden alcanzarlo, un ideal por el que nos empinamos sobre nosotros mismos, en un crecimiento de calidades capaces de afinarse hasta el estoicismo o la beatitud.

Lo que no falta luego es la perseverancia del valor necesario para que el impulso se haga ejercicio virtuoso. Perseverar es más fuerte cosa que realizar, de un golpe, una acción tan grande. Todo, desde el sufrimiento hasta, la rutina de un sacrificio hecho hábito diario, conspira contra la heroicidad transformada en deber cotidiano. Francisco, desde que vistió su primer sayal, se dio entero a esa misión de ser conscientemente heroico todos los días, todas las horas de sus días. Recuerdo aquel episodio de los primeros tiempos de su conversión en que salió por la ciudad de Asís a hacer una cuestación de aceite para las lámparas de su iglesia de San Damián y llegó a la puerta de uno de sus antiguos camaradas que en ese momento celebraba una fiesta. Se sintió de pronto sin valor para presentarse, descalzo y tan mísero que inspiraba compasión, ante los amigos que en tiempo aun cercano lo conocieron lujoso y apuesto mancebo. Parado en el umbral, con la mano sobre ni aldabón que no se atrevía a levantar, vivió entonces Francisco uno de los momentos más decisivos de su vida. Desde aquella puerta hacia afuera estaban la humillación, el sufrimiento, las mortificaciones penosas, todo lo que es inmenso y significa, al fin el cielo, pero que en este mundo no es sino un largo camino de espinas. Del otro lado eran la juventud, la elegancia, la belleza, un gozo de la vida que ya Francisco no comprendía, pero que en ese momento debió aparecérsele como una tentación tremenda porque era precisamente lo que abandonaba. ¡Qué tempestad en aquel corazón! ¡Cuántas veces, en medio de la creciente sombra del atardecer su mano debió alzarse y volverse a bajar, en la indecisión del difícil llamado! Una gran vergüenza de su aspecto mendicante y consumido, una indescriptible sensación de ridículo debió invadirle de pronto, haciéndole vacilar en su propósito. Momento heroico, lucha angustiosa con los demonios de la vanidad, el amor propio y el orgullo, desesperado sobresalto de su Ángel. Entre el cielo y el infierno se balancearon un instante los platillos de la balanza suprema, que vigilarían severos los ojos de Dios, centelleantes las pupilas del tentador. Instante en que todo quizás estuvo a punto de perderse y en que el alma de Francisco sostuvo la más grande de las batallas. Cuando, al fin, decidido, llamó a aquella puerta, en ese simple acto acababa de cumplirse uno de los heroísmos más difíciles que puede llevar a cabo una criatura humana. En ese minuto el halo que circunda la cabeza de los santos debió nacer sobre las sienes ardientes y sudorosas de aquel hombre, victorioso y ya sobrehumano por el solo hecho de haberse resuelto a alzar un simple aldabón de hierro. Acto que ni el protagonista mismo pudo comprender entonces en todo su significado y sus proyecciones. Francisco, héroe, penetró en la sala de la fiesta a pedir su limosna de óleo para las lámparas sagradas. Aquellos alegres mozos, tal vez un poco inclinados a la burla, no pensarían que se enfrentaban con el heroísmo bajo la figura del antiguo camarada de jolgorios y que a pocos pasos de ellos, en terrible lucha, se acababa de salvar una vocación que daría a la humanidad el más puro ejemplo de valentía y de amor. Esto es más grande, más épico, más sublime que la más reñida de las batallas ganadas por Alejandro o por César, que al fin no hacía otra cosa sino realizar el comercio de si mismos en el triunfo, cobrándolo en resplandeciente moneda de honores y gloria. El desinterés del heroísmo de los santos supera a cualquier otro. Alejandro nos hará lanzar gritos de asombro; Francisco de Asís nos obliga a caer de rodillas. Darlo todo, venciendo la atracción terrible de poseer; dar hasta el descanso, el sueño, las más inocentes sensaciones de bienestar, cediendo toda la criatura para el oficio tremendo de servidor sin tregua: destruir hasta el más leve asomo de amor al yo para darse entero a loa otros, y en esa entrega realizar la suprema a ofrenda a su Dios, es, de veras, el heroísmo quintaesenciado.

San Francisco debió tener una confusa idea de esto (era demasiado auténticamente humilde para pensarlo por entero) cuando llamaba a sus compañeros que con él vivían en miseria, meditación y penitencia, “mis caballeros de la Tabla Redonda". ¿Es, que, en realidad, aquellos pequeños frailes tenían menos valor que los bravos señores que rodeaban al rey Arthur? Yo creo que a Francisco, tanto como el Santo de Asís, puede llamarse El Héroe de Asís. Porque toda su vida es una acabada y maravillosa lección de heroicidad.

La "Fuente de San Francisco"
de la Plaza de San Ángel, de Milán
obra famosa del escultor Giovanni B. Castiglione

PARA casi todos los hombres, héroe es únicamente aquel que en un impulso supremo realiza un acto extraordinario en que se juega la vida por un desplante de valor que lo hace aparecer sobrehumano. Todo lo que ultrapasa la medida corriente en coraje, en desprecio de la muerte y grandioso arranque, arrebata a las multitudes siempre sedientas de superación. Bendita sed que no es otra cosa que el sometimiento a lo divino puesto de manifiesto en un ser que llega, por una causa u otra, a la magnificación del individuo corriente. Pero es heroísmo, que llamaríamos impresionista, es, como siempre sucede aparatoso, transitorio y primitivo. Existen otros que pueden designarse con el nombre de quintaesenciados, porque es a través de difíciles y lentos procesos espirituales que alcanzan a cuajar en una vida que ha de ser luego espejo de perfección y gloria de sus creadores. El heroísmo impulso que avasalla el instinto de conservación y domina el miedo, es como un estallido de divinidad en el hombre que ha sido un momento poseído por él. El otro es la conquista lenta, penosa, conciente y sacrificada de la perfección. Pera resplandecer en él es necesario que una profunda convicción religiosa despoje a la criatura de todas sus predilecciones terrenas, dejándole sólo la ambición do la bienaventuranza eterna. Es una larga prueba quemante, en la quo el símbolo pagano do Sísifo encuadra a maravilla. Este es el heroísmo por excelencia. Terrible, oscuro, silencioso, magnífico, cuando culmina en la santidad, es el triunfo de Dios revelado en el hombre.

 

por Juana de Ibarbourou

 

Publicado, originalmente, en Mundo Uruguayo - Montevideo,  Año XV Núm. 777 Noviembre 30 de 1933 pdf

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

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