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A la búsqueda de
Funes, el Memorioso La Semana de "El Día" - Montevideo, sábado 3 de marzo de 1979 Año I - N° 8 .pdf Texto inédito, en Internet, al día 11 de noviembre de 2026. Escaneado, y editado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste LA SEMANA envió a Enrique Estrázulas a Fray Bentos con una misión de características imposibles. El escritor, el periodista, no vaciló en aceptar sorprendiendo incluso a quienes lo postularon. ¿Encontraría verdaderamente al extraño personaje del cuento más famoso de Jorge Luis Borges? El resultado de la alucinante exploración encomendada está en esta página. Porque en un par de días regresó y se sentó a escribir este reportaje que, por el tema en sí, adquiere características insólitas, logrando un texto que podría definirse como la continuación del relato borgiano, de las consteladas confesiones de Funes, el memorioso. Que Ireneo Funes murió en 1869 de una congestión pulmonar parece, de antemano, una entelequia, un recuerdo literario para concluir uno de los mejores cuentos escritos en nuestro idioma, traducido a otros 22 y que hizo famoso Fray Bentos (“ese arrabal sudamericano”) —según Borges— en todo el mundo. Basta llegar una noche a la capital de Río Negro, taciturna y cordial como los perros de loa bodegones, según la mano que acarició, para saber que el rastro de "Funes, el memorioso" puede seguirse todavía y que, a la vuelta de la Quinta de los Laureles, en un decente rancho, el domador tullido suele pasarse las horas a la sombra, durmiendo de cara al este, para tolerar la impiedad de su memoria, su presente tan nítido como el universo. El memorioso Funes pudo haber sido cualquier paisano de las orillas de un pueblo chico. ¿Pero quién fue verdaderamente Funes? Para saberlo, en la noche fraybentlna el cronista debió beber caña con trenzadores en raros bodegones algo sombríos, con caminantes y chacareros, con domadores y viejos lugareños que dudaban, extendiendo la pregunta de boliche en boliche, hasta que una pista imaginarla y certera llegó con el clarear del alba. A la vuelta de la Quinta de los Laureles, un poco hacia el oeste, vive el domador que antes tullido por la caída de un redomón azulejo, ahora puede levantarse, andar, reconstruir su historia y hablar (en voz baja) sobre sus infinitos recuerdos, los que en otro imaginarlo día de 1887 le contó a Jorge Luis Borges "hasta que la recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra". En el rancho de Funes A mi también me extrañó que la noche no fuera menos pesada que el día, pero al llegar al rancho de las afueras ya estaba creciendo el lucero del alba: “recuerdo sus manos afiladas de trenzador —decía Borges. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental". Y agregaba: "Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina". Lo encontré tirado sobre un recado, en un cuarto sombrío entorpecido por arreadores, estribos, tientos y lazos que colgaban del techo. No estaba leyendo ningún libro en latín. Pero “me dijo —igual que a Borges— que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él habla sido lo que todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado..." Yo sabia que al caer había perdido el conocimiento y que al recobrarlo, el presente era su percepción exacta del tiempo, su memoria casi intolerable de tan rico y tan nítido. Ahora habla logrado moverse, volver a caminar por los callejones que se ahondaban entre veredas. "Pero mis días —dijo— siempre transcurran a la sombra. A veces me tiro en al campo, sobre un recado, para que el crepúsculo caiga sobre mi. Eso alivia mi memoria porque la tristeza de la calda de la tarde me produce como un dolor físico. Sigo abrumado por la observación de las hojas y "más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. Y también: "Míe sueños son como la vigilia de ustedes". Estas últimas frases las busqué y efectivamente figuraban textuales en al relato del escritor argentino. Paro no las que siguen: —¿Cuántas estrellas logra ver en el cielo? le pregunté cuando sacó el recado al campo, se tendió sobre el y siguió hablando conmigo con el chambergo tapando la cara y la creciente luz del día en sus ojos. —Las estrellas —me respondió— no tienen número preciso. A veces no importa la cantidad de estrellas sino el fulgor. Ese fulgor es más infinito y más innumerable que una estrella. Es lo mismo que me sucede con "las aborrascadas crines de un potro". No tienen número: esas crines tienen una confusión de sentidos que para mi son nítidos, inexplicables. Por eso no he vuelto e subir a un caballo. —¿Cómo recuperó el andar después de aquel golpe que lo dejó inválido? Fue cuando pensé que en la hora de la muerte todavía no habría acabado de clasificar todos los recuerdos de la niñez. Entonces, arde recordar ("Porque yo recuerdo, no pienso") -recalcó— hice un esfuerzo y caí del catre que por aquel entonces era mi sitio eterno. El perro me arrastró hasta la gramilla y de repente supe que podía mover les piernas. Me puse de pie y la memoria no fue ya tan insoportable. Sepa, mozo, que la memoria es peor en posición horizontal. La memoria no es sueño, pero se le parece cuando se confunden... El agua elemental "Le era muy difícil dormir —decía Borges— Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban." —¿Todavía, al dormir, se imagina en el fondo del río, mecido por la corriente? —Eso lo imaginé durante años, para soportarme mejor. Se lo conté a Borges, un literato que me prestó, inútilmente, un ejemplar de la Naturalis historia y que estaba muy asombrado por mi enfermedad. Pero lo del fondo del río se puede cambiar por una zanja en una noche de lluvia. Lo hice mucho con las tormentas, porque el ruido de los truenos no tienen para mi ningún asunto contra el sueño. Los truenos, al oído, no mueven la memoria. A veces me imagino que estoy en la grieta de una pared, empujado por el viento, como el fuera une araña. Pero cuando me viene a la cabeza la idea da la arañe, ya desaparece el viento y memorizo la infinidad de las telas o en la contracción furiosa del veneno y llega otra vez el tormento... Lo mejor es imaginar que el sueño cae como un poncho, como un golpe de agua sobre le paja brava ardiendo que es mi memoria. Ahora, mozo, imagino al agua. Y no solo imagino el agua, sino que la espero en cualquier descampado y si la lluvia viene, paso días tirado, sin recordar nada, durmiendo como si fuera un muerto. Los rayos, a veces pican cerca. Entonces abro los ojos y se alejan: la electricidad tiene miedo de que yo la fulmine. —¿En esas noches, en esos días de lluvia, no extraña su memoria? —Cuando cesa la lluvia, si. El hombre es de costumbres... eso dicen. Pero yo no soy "letrao" como decía aquel hombre de apellido Borges. Y como no se escribir las palabras, no tengo gusto por al sonido de las palabras. Si eso me pasara, mozo, ya me habría degollado. No, yo no recuerdo con palabras, recuerdo con apariciones, con magia, como en al biógrafo. Me duele saber que "una punta de ganado en una cuchilla" no es solamente una punta de ganado, sino un lamparón de mugido, un ruidaje de pasto que se masca, se digiere y vuelve a la tierra como bosta. Eso lo puedo explicar, pero hay muchísimo más. Si yo explicare todo lo que recuerdo no habría hombre capaz de soportarlo. Si, después que llueve, extraño el universo. Funes, el prisionero "En efecto —decía Borges— Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado". Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.” —¿Suele pasarse días enteros detrás de aquella reja? —le pregunté señalando la antigua ventana que, según Borges, recalcaba su condición de eterno prisionero. —La reja es una casualidad, la reja es un sitio donde me arrimo a descansar con las hojas. La contemplación de los gajos me asombra y me alivia. Funes colocó otra vez su sombrero sobre los ojos para taparlos del infinito cielo. No temí multiplicar ademanes inútiles para agrandar su Implacable memoria y lo dejé en silencio, esperando una tormenta que se cumpliría puntualmente. Antes de que arreciaran los nubarrones y comenzaran a multiplicarse los truenos, yo salía de Fray Bentos. Salía por un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Inesperadamente lo vi. Memorizo las alpargatas, la bombacha, "el cigarrillo en el duro rostro contra un nubarrón ya sin limites" que dijo haber visto Borges en sus labios allá por 1887... Los habitantes de Fray Bentos pocas veces han visto al ex inválido y memorioso Funes, salvo en esas, su esporádicas incursiones en busca de tabaco. Mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y saber siempre la hora, Ireneo Funes vive en este Fray Bentos de 1979 tal como vivió en aquel de 1887. Porque el personaje de un cuento magistral es, como el caso de Funes, mucho más real e irreal que un hombre. Por eso la búsqueda, el encuentro que la imaginación propició poco después da ana extraña alborada fraybentina. |
Texto inédito, en Internet, al día 11 de noviembre de 2026. Escaneado, y editado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste
Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Montevideo, sábado 3 de marzo de 1979 Año I - N° 8 .pdf
La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Ver, además:
Jorge Luis Borges en Letras Uruguay
Enrique Estrázulas en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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