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En 1959, entrar en la librería "Palacio del libro", en 25
de mayo 477 era, para los aficionados a la literatura, cruzar las
puertas del cielo. En la primera mesa podíamos ver las mejores revistas
francesas, "Esprit" de Emmanuel Mounier, de orientación católica, "La
Nouvelle Revue Francaise" de Gaston Gallimard, dirigida por André Gide,
entonces en la cúspide de su prestigio, "La Table Ronde" de Francois
Mauriac, y la siempre ácida "Les Temps Modernes" de Jean Paul Sartre,
Simone de Beauvoir y Maurice Merleau Ponty.
Había también libros a la venta y adquirí "Oberman" de Sénancour. La
obra, en dos tomos, se vendía conjuntamente con "Le journal intime
d'Oberman", de André Monglond, un total de 993 páginas en sus tres
tomos. En esa época los libros debían ser una buena artesanía, y así mis
ejemplares habían sido impresos en papel vergé Montgolfier,
delicadamente veteado, ligeramente rugoso, parte de una edición limitada
a 1810 ejemplares, de la que me correspondió el número 1620. Todo esto,
el prestigio de la literatura francesa, el libro artesanal y aún,
creemos, Gide, Sartre y Mauriac han emprendido el camino del olvido. Nos
resignamos a "libros de bolsillo" de 924 páginas y a traducciones donde
un aristócrata inglés habla de "chavales".
"Oberman" es muchas cosas a un tiempo. Una novela epistolar, como "Julie
o La nouvelle Heloise" de Rousseau, unas Confesiones a lo Rousseau, una
autobiografía. La carátula del libro, que reproduce la edición original
de 1804, dice "Lettres publiées par M... Sénancour" sí; con puntos
suspensivos, Aquí el autor plantea un interrogante, actitud que,
digámoslo de paso, puede definir a toda la obra. Estos puntos
suspensivos no son una pausa, porque nada viene después; no indican un
texto omitido; no hay una continuación, expectativa o suspenso posibles;
no se sugiere una serie incompleta.
Sénancour ha escrito un prólogo para su "Oberman"; pero lo llama
"Observaciones"; se extiende de la página XV a la XXI. El autor se
coloca fuera de su obra, a la que observa primero para, a renglón
seguido trasmitirnos sus observaciones. En esta cadena de incongruencias
y paradojas, Sénancour nos informa, no lo que su libro es, sino lo que
su libro no es. Dice que no es una novela, porque le falta movimiento
dramático, desenlace e intriga; dice que no es un libro razonable, pues
puede ser muy largo y no ha en él ni ingenio ni ciencia; algo en
dirección contraria, dice que contiene descripciones, pasiones y amor.
Como si esto fuera poco, Sénancour plantea un enigma. Al comienzo de sus
"Observaciones" dice que él pertenece a una sociedad dispersa y secreta
cuyos integrantes son las únicas personas a las que "Oberman" novela
puede interesar; se trata de una sociedad a la que no se ingresa por un
acto de acto de voluntad libre sino, como le sucedió al autor de la
obra, “por imperio de la Naturaleza”.
De inmediato pensamos en la impotencia sexual; y aquí Henri Martineau en
"Oeuvre de Stendhal" nos dice que en el "Viaje a Italia" (1796) del
astrónomo francés Joseph Lalande aparece, aludiendo a los impotentes, la
expresión "Enamorado platónico por decreto de la naturaleza", tan
semejante a la frase de Sénancour "la sociedad... a la cual la
Naturaleza hizo miembro al que esto escribe" ("... la societé... dont la
nature avait fait membre celui qui les écrivit" (les lettres). Esta
lectura estaría apoyada por las alusiones a un fracaso en la primera
noche de "Oberman"; pero, como sabemos que Sénancour no era impotente,
puesto que se casó y tuvo dos hjos, Oberman y no Sénancour, que se
limita a publicar las cartas, es el no menos imaginario autor de la
obra... un fantasma que crea un fantasma: un fantasmal regressus ad
infinitus.
El lector queda intrigado e irritado por los enigmas artificiosos, la
ostentosa inestabilidad, los acertijos que quieren ser misterios; pero
hubo razones, Sénancour huyó de su casa, acosado por un padre que quiso
imponerle la carrera del sacerdocio, y que hasta el fin trató de
reconvertirlo al cristianismo; un padre tan insensible como para
evocarle al hijo un mundo en que podría no haber existido: "Si en mi
juventud -le dijo- hubiera entrado a un monasterio, como Dios me
llamaba, no estaría hoy tan enfermo y quebrado; pero no tendría hijos y
al morir no dejaría nada en la tierra…" "Oberman", pag.18. El padre
quería y no quiso ser sacerdote, luego quiso que su hijo lo fuera,
vocación vicaria. Las contradicciones, la actitud doble, el insensato
llanto por el pasado "perdido", le llegaron a Etienne desde la infancia.
El lector de las cartas de "Oberman" se pregunta quién y cómo es es el
corresponsal. Se sabe poco de él; son contados los casos en que Oberman
menciona sus dichos; las cartas abundan más en soliiloquios que en
diálogo. Es difícil de imaginar esa persona difusa, y el lector opta por
considerarlo un ser retórico para justificar las cartas de Oberman. Si
se compara Oberman, que es un monólogo, con la "Nouvelle Heloise",
"Oberman" parece una parodia de la novela epistolar, pero es difícil
imaginar un corresponsal con una sensibilidad tan pétrea como para
tolerar el continuo gimoteo de Oberman:
"Este bienestar mezclado de tristeza, que prefiero a la alegría....
Estoy apagado, sin estar calmo… no tengo ni alegría, ni esperanza, ni
descanso: no me queda nada, no tengo más lágrimas.... hay allí (al ver
la inmensidad astral) una permanencia que nos confunde: es para el
hombre una aterradora eternidad"
Sénancour se confiesa:
"Esta desazón, tristeza o pena viene de juzgar al hombre superior a su
destino, hay el infinito entre lo que yo soy y lo que necesito ser...
encuentro, con sorpresa, a mi idea más grande que mi ...ser". Ese vacío
donde buscaba y donde nada encontré..."
Decir que el hombre es superior a su destino, ya es una pose a lo Byron
si pensamos en los ingleses, a lo Unamuno los que hablamos español.
Suena mucho, pero suena a hueco: comprendo, ay, que no soy Dios.
"Oberman" se reduce a un soliloquio de Sénancour; un monólogo ante un
espejo.
Hay un momento, hacia el fin del tomo II, en qe el lector cree descubrir
en "Oberman" un plan oculto que tendría su adhesión y aún su entusiasmo.
Sénancour escribe:
"Los escritos, como muchas otras cosas, dependen de la ocasión… son
determinados por un impulso a menudo extraño a nuestros planes y
proyectos.
No quiero sin embargo comenzar por la obra que proyecto. Es demasiado
importante y demasiado vasta para que alguna vez la acabe; es mucho si
la veo aproximarse un día a la idea que he concebido… creo que es bueno
ser autor… será una elección declarada… yo la seguiré para cumplir mi
destino,
Pienso como usted que sería preciso una novela...pero es una obra grande
que me llevaría demasiado tiempo…"
Al fin se decide a intentar algo a la medida de sus ambiciones. Nos
cruza la mente, como un relámpago, la imagen de Marcel tropezando con
las baldosas desiguales y consagrando su vida a justificar sus años
perdidos. Sénancour tenía toda su juventud para transfigurar el tesoro
de sus aventuras; pero se ahoga en el río sin fn de sus amarguras. Como
era previsible no hay más plan que el azar:
"Qué estilo adoptaré? Ninguno. Escribiré como se habla, sin pensar en
ello...Creo definitivamente que sólo me es dado escribir..." en uno de
los Suplementos" de "Oberman" vuelve sobre la ilusión de escribir;
siempre hay un rizo más, un río que desaparece en la arena del desierto.
-o0o-
Hemos sido pacientes con Sénancour, pero, lector, te preguntas qué fue
del escritor. Es un auto-Hamlet, un niño que no saldrá de su burbuja; un
solitario insípido. Sus especulaciones son lugares comunes, como su
evaluación de la "apuesta" de Pascal; sus exposiciones sobre economía
doméstica, climatología y geografía, en un inadecuado y por momentos
pedante tono de maestro, son muy aburridas; las descripciones de los
bosques parecen escenografías de cartón donde, misterioso y
despreocupado, como Yahve en el jardín del Edén, Sénancour se digna
divagar.
-o0o-
Sénancour escribe después de la Revolución Francesa, un acontecimiento
que cambió de arriba a abajo a Francia; no hay una línea, en la
frondosacorrespondencia de Oberman, que la mencione. Existen aún "la
monarquía", la nobleza"? El rey ha muerto, se llamaba Luis Capet, no
Louis XVI, los duques son el ciudadano Aumale, sin partícula. Son
muertos sin sepultura, espectros, entelequias; hoy construcciones
sociales o "constructos"; también ayudan a comprender el punto los
“arquetipos” de Jung,
Nadie mejor que Elena Alving, en "Espectros" de Ibsen:
"quién ha instituido esas cosas, pastor?”, esta ”…aglomeración de
aparecidos, alguno de los cuales siento dentro de mí…en nosotros no sólo
corre la sangre de nuestro padre y de nuestra madre, sino también una
especie de idea destruida, una especie de ciencia muerta …somos
aparecidos todos...“ Esos son los espectros: instituciones, leyes.
Significaron poder y prestigio, hoy son poco más que nombres, cáscaras
vacías; pero su sobrevida es temible, y en "Espectros" Elena Alving, la
elocuente expositora de la teoría de las construcciones sociales, cae en
abrazar la peor, el ocio elegante de la nobleza, para su hijo Osvaldo.
También podemos ver el desmesurado prestigio de estas sombras y aún,
llevado a un paroxismo, en las princesas, ya sean rosas, ya tristes, ya
lectoras de Kate Greenaway y marquesitas Rosalindas del republicano
Rubén Darío.
El otro pilar de la sociedad afectado fue Dios, en la persona de la
Iglesia. Hubo en nuestro medio Congresos Eucarísticos a los que asistió
el cardenal Pacelli, más tarde Pío XII, sonoras procesiones de Corpus
Christi, la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa con los
sermones de Institución y de Siete Palabras, los días de ayuno y
abstinencia. Hoy sólo en las iglesias, pueden verse los birretes y
sotanas que antaño aparecían por las calles.
Sénancour era ateo; la religión aparece en "Oberman" largamente elogiada
porque nos libera de la ansiedad. También añade una justificación del
dolor y hasta ese extraño prestigio de las llagas.
El párrafo que sigue muestra el impacto de una religión que no profesa:
"La religión termina todas las ansiedades; fija muchas incertidumbres;
propone un fin al que nunca se llega, por lo que nunca es develado; nos
somete para estar en paz con nosotros mismos; promete siempre bienes
cuya esperanza se perpetúa, puesto que no podemos demostrarla; nos
aparta de la idea de la nada y de las pasiones de la vida; nos libera de
males desesperantes y de nuestros bienes fugitivos; pone en su lugar un
sueño cuya esperanza, mejor que todos los bienes reales, dura, por lo
menos, hasta la muerte. Es tan bienhechora como solemne: pero parece no
existir sino para abrir nuevos abismos en el corazón del hombre"-
Volvemos al comienzo, a "Esprit" a Gide, a todo lo que ya ha sido
modificado por el mero curso de la Historia. Muy antes había quedado
Sénancour, el cejijunto de sus imágenes, , el polluelo que se niega a
salir de un cascarón roto. Quiere permanecer suspendido entre pasado y
presente: quiere ser Dios y sufre porque le consta que no es Dios.
Hemos leído en desatentas reseñas que Proust admiraba a Sénancour.
Escribió “Sénancour c est moi” porque supo de “Desesperación a la salida
del sol”; pero si “conduciria tempestades… nos traería un panal de
miel”, y no el vino agrio de “Oberman”. Dice Proust:
“Creo que era un enfermo. Hay que ser débil para embriagarse con las
cosas más simples de la naturaleza.” En “Contre Sante Beuve”, Gallimard,
1971, pag.568. |