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“La gaviota”
de Anton Chejov, en el Ateneo Popular |
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Mariana Percovich ha titulado “Chaika”, (“La gaviota”, en ruso fonético), a “La gaviota” de Chejov; vimos este año una obra que no logró un título en español y se denominó “Tape”; Sergio Blanco publicó “Kiev” con un título en caracteres cirílicos; nos preguntamos qué idioma se habla en el Uruguay. Como se sabe, estos rebuscamientos lingüísticos no son sino la estricta obediencia al primer mandamiento de todo escritor latinoamericano: “Deberás aterrorizar al público con lo mucho que sabes”. Quisiéramos equivocarnos, pero dudamos de que Percovich o Blanco sepan una sola palabra más de ruso, salvo “nafta”, y eso porque son uruguayos. El antecedente de esta puesta en escena es, sin la menor duda, la múltiple experiencia de Daniel Veronese a propósito de Chejov e Ibsen; pero Veronese, que es autor de una respetable treintena de obras, no pretende poner en escena a Chejov o Ibsen y titula deliberadamente sus piezas “Espía a una mujer que se mata”, “Un hombre que se ahoga”, “El desarrollo de la civilización venidera” y “Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo” en vez de “Las tres hermanas”, “El tío Vania”, “Casa de muñecas” y “Hedda Gabler”. El intento de Veronese no es “traer al mundo contemporáneo los clásicos”, porque los clásicos, si merecen tal nombre, ya están en el mundo contemporáneo y basta con ponerlos en escena correctamente y tal cual son. Veronese demostró con esas obras qué es esencial y qué es accesorio. Por eso prescinde prácticamente de escenografías autónomas: la misma escenografía sirvió para “El desarrollo…” y para “Todos los gobiernos”. No había escenografía ni “vestuario” en “Espía a una mujer que se mata”, donde los actores no se movían de unas sillas y, además, las mujeres estaban representadas por hombres, con voces, ropas y gestos masculinos, y los hombres por mujeres. Esta puesta en escena de Mariana Percovich incurre en el mismo rancio error en que incurrió “El jardín de los cerezos” que presentó este mismo año “El Galpón”; con lo que se comprueba que los extremos se tocan y la seriedad profesional de “El Galpón” rima con la superficialidad de esta puesta en escena.. Ni Miriam Gleijer en “El jardín de los cerezos” ni aquí Gloria Demassi como Arkádina, aceptan –tal vez porque no pueden hacerlo- el papel de dos mujeres que son, a la vez, ridículas, desalmadas y necias; que todos estos calificativos cuadran por igual a Liubov Andreiévna y a Arkádina. Vemos en seguida el arte superior de Chejov convertido en melodrama: Arkádina sufre porque es desdeñada por su amante Trigorin (Gustavo Saffores) un escritor tímido seducido por la emprendedora postulante a actriz Nina (Gimena Fajardo, lo mejor del elenco), hasta allí enamorada del hijo de Arkádina, Treplev (Gabriel Calderón), harto celoso de su madre en un paralelo con Hamlet y Gertrudis. El melodrama sigue y sigue, porque Trigorin y Nina tienen un hijo, que muere; Nina es abandonada; Treplev intenta, desde el comienzo, una literatura renovadora, pero pierde la fe en sí mismo. Un tiro de revólver, que puede encontrarse en todas las obras de Chejov, marca el fin. No hay en todo este trajín una sola idea, una conclusión, un descubrimiento. A juzgar por la puesta en escena de Percovich, Chejov no es mucho mejor que el Jean Cocteau de “Los padres terribles” o “Los monstruos sagrados”. Pero
Percovich incurre simultáneamente en el error opuesto. Las obras de
Chejov no son tragedias,
aunque hay muertes y catástrofes, porque
no albergan ni un atisbo del héroe
trágico; obviamente, tampoco son obras
cómicas. Sin duda inducida por las palabras del mismo
autor, que al reprobar la puesta en
escena de Stanislawsky afirmó que sus obras son comedias, Percovich introduce
elementos risibles y
alusiones locales a un teatro cerca de la rambla. Con esos nombres de los personajes, ¿puede
pretenderse que la acción
transcurre en un viejo teatro
montevideano, cerca del mar?
Sin duda la directora no se sintió
satisfecha con sus hallazgos de ubicación espacial de la
acción ni con sus
escasas innovaciones sobre el
texto, que no
van más
allá de cierta jibarización; y se permitió suprimir varios
personajes, entre ellos Dorn, el
portaestandarte del mismo Chejov, que,
como suele ocurrir, es médico
y un intelectual que todo lo
comprende pero que nada quiere hacer. Algo le
faltaba a la directora, sin embargo,
para demostrar un pretendido espíritu innovador que no existe, y fue la
multiplicidad de escenarios. Se ocupan los corredores,
la galería, los
palcos, con actores que suben y bajan del escenario, entran, salen,
caminan, se deslizan, cruzan, retroceden
y avanzan, lo que,
como ha ocurrido casi
indefectiblemente en todas las puestas en escena de Percovich,
rompe el ritmo de todas las escenas. Un
par de escenas que ocurren a espaldas de los espectadores, en una
especie de retablillo improvisado en la última fila, se lleva la palma
del despropósito. Sin ninguna necesidad, se induce al público a girar en
sus asientos 180 grados, incomodándose e incomodando a los dos contiguos
para ver una escena que termina
por estar vacía. Por
supuesto, como Percovich no sabe qué
hacer con el muy importante fragmento
de Tréplev, que comienza la obra
y, en un contexto y en una interpretación muy diferentes, casi la
termina, y lo sustituye con prosa de
Santiago Sanguinetti. Le da lo mismo Sanguinetti
que Chejov. LA GAVIOTA, de Anton Chejov, con Gloria Demassi, Carlos Sorriba, Gabriel Calderón, Gustavo Saffores, Gimena Fajardo, Verónica Mato y Ramiro Perdomo. Espacio escénico y luces de Fernando Scorsela, vestuario de Gerardo Egea, versión y dirección de Mariana Percovich. Estreno del 11 de diciembre 2009, teatro del Ateneo Popular, Río Negro 1180. |
Jorge
Arias
Jorge Arias es crítico de teatro en exclusividad para el diario "La República", que ha autorizado esta publicación.
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