Ana María Barcellos: “Los gritos de mi galaxia”  

 

Una avecilla tímida y solitaria
por Jorge Arias
ariasjalf@yahoo.com

                                                     

 

                                                                                                                                                    A Carlos Wynter y Guadalupe García de Rivera

Una tarde de sol compré en la librería de viejo de la cortada Policía Vieja, “Los gritos de mi galaxia”, editado en 1976, de Ana María Barcellos. Dijo Borges que esos libros viven un Purgatorio, del que son salvados por manos misericordiosas que se apiadan de esas almas en pena y las llevan al hogar de una nueva biblioteca.

El libro contiene 35 poemas en 94 páginas, con un prólogo del escritor Rolando Faget; ninguno de los poemas es breve. La carátula está adornada por un dibujo de la autora, color bermellón, asimétrico que alude a una forma viva. La edición se atribuye a la editorial “Aire 8”, nombre que podría sugerir un “Más allá del Séptimo Cielo” y que es una evidente invención de la autora.

Como podía esperarse del estrepitoso título, “Los gritos de mi galaxia” es una obra poco corriente. Comienza por ser realmente un libro y no una plaquette de diez o quince poemas breves; A diferencia de otros libros de poesía, que a fuerza de no existir exhiben pocos defectos, en este deben estar casi todos los defectos posibles en una primera obra, si que contrapesados por la virtud, nada frecuente también, de las ganas de escribir, de la necesidad del canto. El lector, arrastrado, pasa por alto todo: retórica, versos incómodos, experimentos fallidos, prosaísmos, muestra de peculiaridades sexuales, lusitanismos, galicismos, neologismos, solecismos, alusiones a la historia de entre casa del surrealismo, oscuridades impenetrables, divagaciones sobre la poesía en Marte y la sexualidad en Venus, pasajes en que la autora sueña despierta o habla en sueños. Todo se soporta de buen grado, porque en ningún momento Ana María Barcellos deja de hablar con autoridad, convicción y encanto. Manejando un material abigarrado, que alterna lo erótico con alusiones políticas o sociológicas, raptos imaginativos con declaraciones de militancia, siempre es elegante, aún en sus momentos de incoherencia y muestra un don poético aún cuando el verso se degradó a prosa. No siempre puede saberse, ni aún con la más atenta lectura, qué es lo que está diciendo la poeta; pero casi siempre se sabe que lo está diciendo bien. Su sensibilidad triunfa de sus oscuridades, de su ocasional confusión, en una expresión redonda y nítida.

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Ana María Barcellos nació en 1947 en Montevideo; su padre, dueño de una estación de aprovisionamiento de combustibles, la proveyó de una educación secundaria completa. Ana María presentó poemas en televisión; resolvió tener un hijo al que llamó Salvador; fue su padre uno de sus colaboradores en las presentaciones de televisión. Sin embargo, su destino en amor y sexo fueron otras mujeres.

Sus poemas fueron incluidos en el libro “Los más jóvenes poetas”, de 1976, editado por “Arca”, colección de Laura Oreggioni; en 1978 ganó, con su libro “Las paredes del silencio” y bajo el renovador seudónimo “Deméter”, el primer premio de poesía en el concurso organizado por la Dirección de Expresiones Artísticas de la Universidad de Panamá. Ana María me trajo un ejemplar, hoy extraviado en la selva de mi biblioteca.

“Los gritos de mi galaxia” me indujo a conocer a la autora y nos conocimos en la casa de su amigo y prologuista Rolando Faget. Traté a Ana María con regularidad; pese a ello nunca trató de mostrarme sus poemas; en cambio conocí a sus amantes y la asistí, a su pedido, a conjurar impulsos suicidas. Con una de sus amores, a la que llamaba “Norma Jeane”, como homenaje a Marilyn Monroe, viajaron a Nueva York, donde estuvieron ocho días.

Mostré sus poemas a amigos literatos. Domingo Luis Bordoli apreció estos versos:

Hay piedras que trepidan los sonidos del infierno
Hay piedras solitarias escarbando la tierra
Hay piedras secas de espuma blanca y alma necesaria


Carlos Cousillas, entusiasmado, la juzgó superior, por ritmo y música, a Idea Vilariño.

El libro contenía esta confesión:

El primer hombre dibujó un pájaro celeste
que buscara la libertad
la figura vuela sobre los altos árboles
semejante a una avecilla tímida y solitaria
Acaso soy yo
Yo no soy sino música y poesía


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Los gritos de la galaxia Barcellos devienen una monodia en “Las paredes del silencio”; pero se reconoce acento y pulso. La autora dice como en sueños sus dolores y zozobras; pero no hay efusiones ni confesiones, salvo una mención fugaz, a “Raquel”; hay dolor, pero es un dolor sin relación con personas o circunstancias; dolor, sin queja, que conquista nuestro respeto. Ana María, avanza firme en el extenso poema y a lo largo de 47 páginas encontramos el mismo estilo, un mismo impulso, una misma determinación y un mismo latido; está en las antípodas de la poesía femenina que conocemos; hay una melodía simple e impenetrable, escrita sobre un texto sagrado.

Los fragmentos que siguen darán una idea de lo que queremos decir, pero no mucho más; como si los versos fueran sombras.


Ya no sé besar
ni poner en tus hombros una mano
ni creer que es posible todo
no sé cómo pasó
de dónde vino
de qué lugar furtivo
                          se amansó aquel amor
que yo tenía
                          amor que me olvidó
mientras vivía
Qué es todo esto me pregunto
este cuarto vacío de miradas
perplejas las paredes del silencio

Es dura la vida como piedra
que se arroja vehemente por el vidrio
ninguna puerta hay que pueda abrirse
ningún signo exterior de tu alegría
solo un barco feroz que enaltecido
es el tibio esqueleto de la muerte.

Adónde ir por el silencio
si se ha quedado la voz
dentro del vaso
entera dentro
como una flor que no se quiere.

 

En la última página llega a la autora la palingenesia. Salvador la ha redimido, Deméter la ha hecho florecer, la crisálida abrió sus alas y ella, al fin, es un hombre. Pero no es un ser feliz y tendrá en la frente escrita la palabra “Némesis”.

He vendido el sudor de los que amaba
he confundido el amor con el martirio.
He instigado al vicio al vituperio
diezmé con mi insolencia las reuniones pacíficas
hostigué el cuerpo oneroso de las putas
y en todos los lugares embrutecí las costumbres.
He caído de los altos peñascos
al fondo borrascoso de las ganaderías.
              Todos los días
abro las puertas del Mercedes
              para que entren mi hija
y mi señora
                       las dos con importantes apellidos
que las distinguen de aquellos
                        que en medio del asco
y la miseria                            se apiadaron de mí
                                                     y me mataron.


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Ana María Barcellos escribió una novela, “Ulalume la restauradora” editada en 1984 por Casa del Autor Nacional. El ejemplar en mi poder fue dedicado a la psiquiatra que la atendió durante una internación, le diagnosticó esquizofrenia y le dió el alta. EL texto de la dedicatoria, está escrito con mano muy firme y una grafía armoniosa y proporcional, con fuerte presión sobre la pluma. No es una novela sino una continuación en prosa de “Las paredes del silencio”; contiene varias alusiones a la vida de la actora después de su premio de 1978, como la ruinosa liquidación del comercio de su padre y un amor impregnado de un tinte religioso, sobre una amante fallecida, por cuyo amor “Yo quería morirme para estar con ella”.

Ana María Barcellos se mudó a Buenos Aires con su hijo Salvador. Acuciada por la falta de dinero, recurrió a los auxilios de China Zorrilla, que en su apartamento de Uruguay 1231, en el barrio Norte, socorría a cualquier uruguayo que se lo requiriera, con dinero, un buen almuerzo, un cuarto donde dormir, un desayuno compartido en la panadería “Pan y manteca” o una partida de backgammon.

Ana María le llevó sus poemas. China Zorrilla los leyó; comprendió lo que tenía entre manos y le asignó una pensión mensual.

La última vez que vi a Ana María Barcellos me crucé con ella en la puerta del teatro San Martín. Ella caminaba sin ver por Corrientes, en dirección a Callao, delgada, casi translúcida, los ojitos pequeños conducidos pr un sueño.

Este artículo nunca hubiera podido escribirse sin el socorro del escritor Carlos Wynter y de la titular de la Dirección Técnica de la Biblioteca Nacional de Panamá, Guadalupe García de Rivera, quien me proveyó generosamente y sin costo, de un ejemplar digitalizado de “Las paredes del silencio”. 

por Jorge Arias
ariasjalf@yahoo.com
 

 

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