Jorge Enrique Ramponi, poeta cósmico
por Graciela Maturo

Jorge Enrique Ramponi, por Pablo Schugurensky

La distorsión innegable de nuestra cultura ha determinado una exagerada difusión de algunas obras, a veces valoradas por motivaciones extrapoéticas, y una injusta postergación de otras, que yacen en la penumbra de un general desconocimiento, aunque son frecuentadas por grupos de “iniciados”. Tal el caso de la creación de Jorge Enrique Ramponi, uno de los poetas más originales de nuestra América. Ramponi, con cuya amistad nos hemos honrado, constituye un ejemplo de ese arraigo a un entorno ecológico que ponderaba José María Arguedas cuando en polémica con Julio Cortázar defendía la existencia de hombres que son como los árboles, fieles a la configuración de un paisaje, ligados a una tierra que no les dicta simplemente el superficial “color local” pintoresquista, sino una audaz actitud de desnudamiento interior y de instalación en dimensiones cósmicas. Tendido ciertamente a una labor humana universalista, como lo está todo poeta verdadero, nos explicaba en largas y cálidas conversaciones cómo la calidad de la atmósfera, la carga energética de una masa pétrea como la del Ande que divisábamos desde su ancho ventanal, la vitalidad vegetal de los valles mendocinos, conformaban y matizaban su actitud dando a su expresión, exigida hasta el límite en su respuesta de autenticidad, sus tonos propios.

 

Pocas veces dejó Ramponi su Mendoza natal, y en los últimos tiempos se negaba expresamente a viajar a la gran capital otorgadora del prestigio. El suyo trascendió, sin embargo, fuera del país, más allá de la frivolidad cáustica de ciertos popes de la inteligencia, que en un Congreso de Escritores al que asistimos en Mendoza recibieron con ironía el recitado de sus poemas. En efecto, le gustaba decirlos, o mejor “cantarlos”, devolviendo a la poesía lírica su condición oral. Sólo el recitado rítmico, las inflexiones melódicas que solía dar a sus grandes versículos, otorga a sus poemas la plenitud formal y espiritual que les pertenece.

 

Una revisión crítica auténticamente fundada en criterios estéticos, hermenéuticos y culturales, revelará sin duda la fuerza instauradora del verbo americano de Ramponi, y mostrará la condición de tristes epígonos de la cultura europea de otros poetas que gozan de reputación literaria.

 

En Ramponi se cumple un ejemplar destino de poeta; cabe decir entonces que era un pensador, un filósofo, un “fenomenólogo” del universo, un indagador de su propia naturaleza, un oficiante del misterio real. Como americano es romántico y barroco; porque “lo romántico” y “lo barroco”, categorías creadas por la mente occidental para definir la desmesura, el ímpetu y la fuerza creadora, son categorías inherentes al continente nuevo, a su naturaleza profusa y desmesurada, a su destino suprarreal intuido por hombres de uno y otro lado del Atlántico. Nada extraño es que ante tales intuiciones se espante el racionalismo de algunos críticos que pretenden a América como la repetición del “orden” europeo. Un orden que tampoco abarca, desde luego, la pasión de Dante, el genio de Cervantes y Calderón, la riqueza de Shakespeare o el Stunn und Drang de los alemanes. Desmesurados, románticos barrocos son Asturias y Carpentier, Marechal y Lezama Lima, Neruda y Ramponi, aunque su voluntad de estilo logre ceñir esa pasión en formas artísticas definidas, pero será siempre un orden nuevo, dinámico, abarcador, capaz de contener en formas mas innovadoras el impulso dinámico que nace de una nueva experiencia, de una nueva relación con lo cósmico, del acceso a un nuevo estado del logos. La novedad del lenguaje responde a la novedad del conocimiento; tal la auténtica aventura del poeta, ajena al mero trabajo sobre el lenguaje que practica el orfebre literario. Sólo escribe en estado de canto, y a ello se ajusta su vida, casi ascética, de sacerdote laico, volcado a la doble encarnación de que hablaba Marechal: la de las formas sensibles de la naturaleza, y aquella del lenguaje mismo, que hace estética, mediata, su liturgia.

 

Nació Ramponi en la provincia de Mendoza, en un lugar particularmente encantado que lleva el nombre mágico de Lunlunta, donde el agua y las viñas dulcifican la presencia austera de la montaña. Allí entre las viñas que cuidaba su padre vivió por primera vez la presencia del ángel o demonio con el que libraría su combate metafísico. Autodidacta de amplias y profundas lecturas, no asumió nunca posiciones libresca; se caracterizaba por la solidez de su personalidad, la capacidad de emitir un juicio propio sobre todo tema, la natural bondad, casi inocente, que lo señalaba como un espíritu superior, y la comprensión profunda de las artes a las que reservaba un lugar protagónico en la educación del futuro.

 

La poesía juvenil de Ramponi lo perfiló como una voz singular entre los coetáneos contagiados de “ultraísmo” que integraban el grupo Megáfono. Se hallaba más próximo de los románticos anteriores o de los neorrománticos que surgirían en el 40 que del intermedio ultraísta en muchos casos condenado al juego metafórico.

 

Las afinidades en poesía son algo más profundo que la mentada influencia de los estilos. Así el gongorismo que se puede advertir en poemas iniciales de Ramponi es afinidad surgida del barroquismo consustancial a ambos, el que corresponde a la exaltación del arrebato lírico. En algunos poemas de los Preludios se hacen presentes la grandilocuencia, el impulso rítmico y la fuerza imaginística que darían su sello propio al verbo poético de Ramponi. Los libros siguientes —Colores del júbilo (1930) y Corazón terrestre (1932)— despliegan la actitud celebrante, la mimesis romántica del poeta compenetrado de los elementos naturales. La palabra es puesta a servir a la fluidez del agua, a la compacidad dramática de la piedra, al delirio de la vegetación, en el despliegue de una poética que prolonga el organicismo de los románticos alemanes, o la conciencia mítica del primitivo.

 

Como ellos, Ramponi siente que la naturaleza es encarnación del misterio real y privilegiada mediación del impulso poético; sólo el “hermoso exceso” de que habla Keats puede permitir al hombre acceder a la revelación de las leyes cósmicas. Pero los reinos vegetal y animal parecen todavía demasiado próximos de lo humano. Ramponi se propone auscultar el reino más remoto: la piedra, ese secreto que vela austeramente el horizonte del poeta induciéndolo a la meditación. La celebración dionisíaca del mundo vegetal dará paso a la poesía tensa y agónica de Piedra infinita, donde resuenan  los tonos de una gran sinfonía. Si la poesía es, como creemos, un camino hacia el Yo trascendental, el recorrido por Jorge Enrique Ramponi es un buen ejemplo de veraacidad poética. La naturaleza es en su obra lo ha dado, el mundo que rodea al hombre, lo extraño a sí y a la intelección; y a la vez la fuerza interior que en lo hondo de su propio ser se va revelando y se expresa. La voz del poeta que interroga a la piedra se carga de tensión mística, religiosa, mientras la mediación envolvente y proliferada del símbolo se ofrece como nexo insalvable entre naturaleza y espíritu.

 

En Piedra infinita, publicado en 1942 (reeditado en 1948 y 1980), el cantó se hace desgarramiento, agonía, búsqueda del Ser, y asimismo piedad y amparo pontificia! de la materia yerta, afán sustancial de religarla al mundo del sentido. La imaginación poética aborda osadamente, como lo veía Gastón Bachelard, el destino ontológico de la materia, y asume la lucha de los elementos. Respondiendo a un inédito proceso cognoscitivo, el lenguaje se desarticula ya totalmente con relación a estructuras lógicas, para volver a ser construido en su máxima libertad expresiva. Más ampliamente que en libros anteriores, la palabra deja de valer por sí misma para integrarse en conjuntos rítmicos, complejos semánticos y totalidades simbólicas que abren infinitamente la polisemia del discurso. El ritmo, que ha sido desdeñado por muchos poetas modernos, es el eje vertebrador de la poesía de Ramponi, regida por un orden supranacional, emocional y volitivo. Así sus versos se pliegan a ese ritmo omnipotente que es signo de la “furia” poética, de la posesión, tal como la practica el shamán o la reconoce el griego Platón.

 

La exigencia semántica, fónica, simbolizante, sugestiva, impulsa a Ramponi a agotar los diccionarios de la lengua introduciendo en su poesía vocablos técnicos, científicos, inusuales, abstractos, que alternan con un rico vocabulario naturalístico y telúrico. Cabe señalar como rasgo típico la verbalidad de sus metáforas, que integran conjuntos dinámicos de amplio registro significativo.

 

Los amplios versículos de Piedra infinita interrogan al Ser a través de una naturaleza cerrada y prieta, y abren también el conocimiento íntimo, la revelación del Yo profundo. Se constituyen en expresión de la “salida a lo abierto”, la religación cósmica que todo gran poeta afronta en algún momento de su camino, como lo hiciera Rilke con su imprecación a los ángeles. El canto de Ramponi es apostrofe, llanto, gemido, comunión y lucha con el ángel que en su propia palabra se corporiza abriendo el acceso al misterio que es don del poeta. No nos extrañe, entonces, que el poeta mismo y su creación se constituyan en “tema” de la poesía, como ha ocurrido en las más lúcidas creaciones filosófico-literarias de todo tiempo. En la poesía de Ramponi se va haciendo visible ese giro de la mirada desde el entorno hacia la propia persona y oficio del cantor, el que es advertido en su plena dimensión trágica. Su libro siguiente, los Cantos del denodado que conocimos en intensas lecturas y publicamos parcialmente en la revista “Azor” -cantos largamente trabajados y finalmente editados con el título Los limites y el caos- despliegan ese retorno hacia sí mismo, típico desdoblamiento de la persona que es signo de la adoración a la conciencia del Ser: ese “huésped sagrado” que el poeta descubre alojado en el trono interior de que habla Santa Teresa.

 

El tema del poeta, ya había aparecido tempranamente en su poesía, como lo vemos en “Cigarra nupcial”, del libro Corazón terrestre. La cigarra es imagen del poeta, y el canto a la cigarra se torna canto del canto, apología del vértigo sagrado. Es una poética in nuce, donde el poeta se ve a sí mismo con plena lucidez: Comprendo que oficias, / tu corazón profundo, duro y frenético se inmola, / y oficias. Nada más alejado de su actitud que la astucia literaria, el ingenio, la littérature excluida de la poesía por Mallarmé.

 

Ramponi es un ejemplo de fidelidad al signo poético en tiempos de oscuridad y babelización cultural.

Tuvo plena conciencia de la insularidad de la vigilia poética y de su validez e importancia humana. Así lo ha expresado en las páginas de su Credo Poético digno resonador filosófico de su creación.

 

“Yo no concibo el trance poético sin el temblor religioso del que en el instante del llamado escucha sacudir sus órganos sensibles. Porque el propio poeta auténtico accede a la revelación del verso, que asciende desde lo más secreto, desde lo más profundo, de lo marino de su entraña, diríamos, visibles aún las raigambres, las humedades, los temblores de la matriz desde la cual ha sido arrebatado por el rapto, por el sortilegio.”

 

La aceptación y la inducción de ese estado estado de trance no excluye la voluntad ordenadora ni el trabajo sobre la materia expresiva, que Ramponi emprendía no corrigiendo palabras de su canto rehaciéndola continuamente hasta que una circunstancia venía a cristalizarlo en la página impresa. En la actitud de Ramponi vemos un ejemplo ético, filosófico y estético, que devuelve al arte su capacidad de revelar el mundo   contrariamente a lo que hoy sostienen los representantes del decadentismo occidental.

      

Celebramos la iniciativa de Ultimo Reino al publicar estos poemas, dando a conocer a los jóvenes a uno de los más grandes poetas de este continente.  

 

por Graciela Maturo

 

Publicado, originalmente, en: Revista Último Reino Año V, Nº 11, octubre/diciembre de 1983

Link del texto:  https://ahira.com.ar/ejemplares/ultimo-reino-n-11/       

Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,

que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.

 

Ver, además:

 

                      Jorge Enrique Ramponi en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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