Rebelión de los sombreros

Cuento de Ildefonso Pereda Valdés

 

MEDIA noche, en el taller de compostura de los sombreros se reunían éstos, a contarse sus vidas, estrechamente ligadas, en dichas y sinsabores a las vidas de sus dueños.

Los sombreros que conservaban las alas volaban por la pieza, aprovechando el vuelo para limpiarse el polvo que durante el día había llovido implacablemente sobre ellos.

El aquelarre de los sombreros comenzaba cuando en el viejo reloj sonaban las doce campanadas. Uno... dos... nueve... doce..., al llegar la doce campanada, los sombreros más jóvenes saltaban y brincaban como alegres chiquillos; era el único instante en que no soportaban la tiranía oprobiosa de las miradas, y libres, podían jugar a las esquinitas. Otros se limitaban a volar pesadamente, para caer avergonzados en un rincón, y otros alirrotos, escuchaban silenciosos y paralíticos, la algazara de los jóvenes sombreros y el vuelo acompasado de los viejos.

Cuando llegó la hora de las confidencias nocturnas, un viejo sombrero, que había perdido completamente la forma, dijo que iba a contar su historia. Los jóvenes sombreros callaron para escuchar la palabra del viejo, con esa atención asombrada que ponen los niños cuando habla una persona mayor de edad.

—Yo, dijo el viejo sombrero, fui joven como el más joven de ustedes. La cabeza a la que pertenecí era la de un hombre que presumía de elegante. No fue él quien me compró, por cierto, sino el dinero de su padre, un viejo comerciante. Durante mucho tiempo viví holgazán en las estanterías de una casa de sombreros, allí me resguardaban del polvo y de la lluvia, y mi vida era relativamente feliz. Por lo menos, me conservé joven, mientras estuve encerrado en grandes cajas blancas, cubierto con papeles de seda. Ni el sol, ni el viento me molestaban.

Tenía amigos, y vuelvo a decirlo; era feliz. Muchos hombres pretendieron comprarme para reducirme a la esclavitud de sus vacías cabezas, pero nadie se atrevió. ¡Cuántos soñaron en poseerme, y el día en que se dispusieron a comprarme se retiraron entristecidos por ser yo, demasiado caro! ¡En cambio, cuántos presuntuosos nuevos ricos desdeñáronme por demasiado barato! Recuerdo un día en que estuve a punto de ser comprado, pero a último momento, mi dueño miróse al espejo y arrepintióse de mí: y volví a la caja blanca.

¡Al fin apareció mi comprador! Era un hombre joven y esto me alegró; pero tenía el defecto de creerse muy elegante, y en verdad, no me compró por simpatía, ni porque yo le fuera bien a él, sino porque creyó que mi forma era la de última moda.

Mi comprador salió muy ufano de la sombrerería, dejando su viejo sombrero, lleno de polvo y ruinas, tirado negligentemente sobre el mostrador. Yo contemplé acongojado a mi viejo compañero y me representé instantáneamente la imagen de lo que soy ahora, en aquel día! Al salir a la calle, la gente mirábame insistentemente y me avergoncé de permanecer inmóvil en aquella estúpida cabeza! Y entonces, comprendí, que yo no era para aquella cabeza o que aquella cabeza no era para mí!

Mi dueño desconfiaba de mí y mirábame con recelo. ¡Todo el día ante el espejo!

¡Y mi suplicio era mayor porque me contemplaba yo mismo, a cada momento, en antiestética cabeza, fuera del papel a que estaba destinado en el mundo! ¡Yo tenía alas anchas y es sabido que a los hombres carirredondos no les queda bien el sombrero de alas anchas! ¡Este axioma matemático escapaba al entendimiento de mi señor y amo!

Mientras fui joven, cuando más deseaba ser feliz me maltrató despiadadamente.

¡Nunca me ajusté a aquella cabeza! Sus aristas me lastimaban y él con mi dureza lastimábase. Cada vez que saludaba era un suplicio para él; y además, siempre le quedaba una zona roja en la frente, que me la imputaba a mí, una zona que, cuando sacábase el sombrero para entrar a una sala de baile, le fastidiaba pensando que alguna señorita le estuviera observando.

Cuando fui viejo empezó a tomarme cariño. Entonces ajustábale perfectamente a su cabeza. ¡Pero, qué de sufrimientos y torturas hube de pasar antes de serle grato! Ya infinitas lluvias me habían ablandado y el polvo se aclimataba en mí como un parásito. No me olvidaré nunca, una vez que caí al agua por la excesiva cortesía de mi amo. Quiso saludar a una chica, y antes de ejecutar el ademán, un vientecillo importuno arrastróme hasta un charco de agua sucia: fue la primera vez que me sentí libre porque creí que mi amo me abandonaría; aunque confieso que ya empezaba a encariñarme con él, como esos perros viejos curtidos a palos que acaban por querer a sus amos o como esas mujeres que aman al que las desprecia y desprecian al que las ama.

¡Todo fue una ilusión! Mi dueño me envió a este sanatorio de sombreros, en donde he podido reunirme con Yds. mis queridos compañeros, y de donde no quisiera salir nunca, para no caer otra vez en el calabozo de mi cabeza maldecida. Es triste perder la individualidad, y eso fue lo que me sucedió a mí. Me convertí en el sirviente de una mezquina cabeza depositaría de lugares comunes. ¡La tosudez de mi amo me hizo perder la individualidad de sombrero elegante!

Calló el.viejo sombrero y una galera de felpa comenzó a llorar tan amargamente que todos los sombreros la rodearon para, inquirir qué le sucedía.

—Nada, contestó. Mi historia es la historia más triste del mundo y nada es comparable a mi suerte. Cuando joven pertenecí a un elegante lord, y escuché desde la percha muchas discusiones de la alta cámara inglesa. Mi dueño era naturalmente elegante, cualquier sombrero sentábale bien y yo en su cabeza estaba como en mi propia casa. Un día envejecí y vine no sé cómo a este país. Durante mucho tiempo rodé de mano en mano y de cabeza en cabeza, hasta que me compró en una casa de préstamos un empresario de pompas fúnebres y fui a parar a la cabeza de un auriga de entierros.

Tuve que llevar a todos los muertos y fui pasto de la curiosidad de los vivos.

Yo me sentía ultrajado —nunca me había poseído un hombre de ademanes tan burdos— en mi ascendencia aristocrática y en mi pasado elegante. Mi poseedor actual llegaba a la cochera y zás, allá iba yo a un cajón viejo entre trebejos inservibles. ¡Ni siquiera me cepillaba!

Los sombreros más jóvenes se callaron y nadie más se atrevió a hablar. Llegó el nuevo día y el dueño del taller empezó a mover los sombreros; a unos que ya estaban prontos los remitió a sus destinos y otros permanecieron quietos esperando el tumo.

El dueño del taller no sospechaba siquiera el aquelarre nocturno de los sombreros, y sin compasión todos volaron a sus dueños.

Pero, su mujer más aguda, observó:

—Mira esta galera, está mojada; parece que hubiera llorado.

 

Ildefonso Pereda Valdés

Del libro "El sueño de Carlitos Chaplín"

Este libro se acabó de imprimir en la Imprenta "Gaceta Comercial" el día 5 de Setiembre de 1930.

 

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