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"El examen" de Julio Cortázar. Sudamericana - Planeta. Bs.As., 1986.
 
 

La prehistoria de Cortázar
Crítica literaria de Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 
 

Foto: Carol Dunlop (Tomada de "Quimera")

Desde hace poco más de veinte años, cada nuevo libro de Julio Cortázar ha significado un acontecimiento en el ámbito literario de habla hispana y más allá, dado que de entonces para acá se multiplicaron las traducciones de los mismos a diferentes idiomas. Esto tuvo lugar en vida del autor -sobre todo por la condición revulsiva y hasta polémica de muchas de sus propuestas, caso de Rayuela o La vuelta al día en ochenta mundos por ejemplo- y prosiguió luego de su muerte, en 1984, a propósito de la edición del cálido y sentido libro de textos entre ensayísticos y testimoniales sobre Nicaragua, y también cuando apareciera el volumen de artículos dedicados a la dolorosa realidad argentina de los años setenta.

Ahora se produce un hecho inusual, que por su peculiarísima índole promueve todavía mayor expectativa ante un nuevo título que lleva la firma de Cortázar: se trata de El examen, novela que aunque aparecida este año en primera edición fue escrita en 1950, como lo aclara el escritor en nota al comienzo, donde además fundamenta los motivos para darla a conocer tantos años después. De acuerdo a lo que establecen los editores, el narrador había dejado el texto preparado y corregido poco antes de morir. Estamos, entonces, ante una situación privilegiada que muy pocas veces se da: que el lector acceda a la prehistoria de un escritor; que después de haber tenido la oportunidad de aquilatar sus obras mayores, pueda conocer un antecedente de las mismas que había permanecido en las sombras de la ineditez pese a su calidad.

El examen nos enfrenta al Cortázar de los comienzos, es cierto, pero en él encontramos ya en pleno desarrollo estilístico todos esos elementos que van a caracterizar su original personalidad narrativa. Tal vez éste sea el rasgo más interesante del libro, pues era razonable que se diera un desfasaje entre el texto concreto y lo que el lector ferviente de Bestiario o Las armas secretas podía esperar del mismo. Estamos seguros que esta novela con treinta y tantos años de "cajón" no defraudará a los incondicionales del argentino, por otra parte, posee el especial encanto de lo todavía no elaborado, del taller secreto en el cual todo escritor va conformando su mundo.


Los porteños que viven y conversan en este relato -el cual, por algunas audacias estructurales no demasiado grandes hubiera encontrado seguramente resistencias de haberse difundido en aquel Buenos Aires de comienzos de los cincuenta- son vinculables sin esfuerzo comparativo a otras entrañables criaturas cortazianas que han logrado ya larga vida literaria, influyendo por momentos hasta en costumbres y modos de ser, como es el caso de Oliveira y la Maga, o de los no por abstractos y genéricos menos carnales Cronopios y Famas. Lo que cambia es por supuesto la precisión y riqueza estilística, la hondura metafórica, que apenas se vislumbra en esta primera novela. Pero en medio de una inevitable imperfección, está presente sin embargo esa particular "respiración" poética que hace tan atractiva la escritura de Cortázar.
 

El examen nos ubica a Clara y Juan en las vísperas de su examen final en la Facultad de Filosofía y Letras; los acompaña en su deambular por la noche porteña con su amigo Andrés, un joven escritor sin público ni editor y su novia Stella, típica lectora de la revista Para Ti; se encuentran con "el Cronista" -prototipo de cierto periodista rioplatense de entonces- y aparte de reflexionar sobre la literatura argentina, las posibles autenticidades nacionales, la chatura cultural, lo hacen también en torno a un fenómeno de unción popular y multitudinaria alrededor de una reliquia ósea en la Plaza de Mayo. Este acontecimiento, de ficción, tuvo algo de profético, pues anticipó la oleada de religiosidad desplegada en torno a la momia de Eva Perón dos años más tarde.

En el transcurso del libro hay regodeos en la recorrida por diversos lugares bonaerenses, desde la Casa donde lectores diversos hacen conocer a viva voz a heterogéneos auditorios las obras literarias consideradas prestigiosas, a la Pasiva de Leandro Alem y  la plaza Colón, sin dejar de lado los tranvías y algún café característico.

Una densa niebla primero, y la aparición de unos hongos extraños luego, son los elementos que utiliza el autor para que la evidente rutina que envuelve a sus personajes se matice, acentuando así el aspecto de angustiosa verdad y necesidad de las aparentemente gratuitas discusiones estéticas en las que se embarcan a cada rato.

Un costado particularmente disfrutable en esta novela, tiene que ver, aunque resulte paradojal, con muchas cosas que en ella -felizmente no las sustanciales- se han avejentado de manera ostensible. El sabor a lo añejo, esa pátina de anacronismo, puede resultar para ciertos lectores un elemento más de atracción (quizá el mismo Cortázar lo haya visto así, al decidir publicarla en los 80). En El examen las muchachas usan en varias oportunidades la palabra "sonso", muy propia de la década del cuarenta; se habla del diario Crítica, de las audiciones radiales "del shampú"; se escribe "motor-man" para hacer referencia al conductor del tranvía, el "würlitzer" es nada menos que la máquina de discos que funciona con una moneda. No deja de haber una mención de la tienda Gath & Chaves -algo así como nuestro antiguo London París- y Andrés recorre en un capitulo la enorme librería El Ateneo. Esto, sin tener en cuenta el odio al folklore de el Cronista - muy de porteño cultivado de entonces- y la presencia de ciertas figuras de la cultura en la conversación, como Cocteau, Sartre, Valery a nivel internacional, y los Mallea,  Petit de Murat, Murena, Martínez Estrada (nombrado cariñosamente como Don Ezequiel) en el ámbito local.

En definitiva: vale la pena penetrar en esta narración del Julio Cortázar anterior a su prestigio y notoriedad, por ser en si un texto valedero y por todo lo que aporta como conocimiento no sólo de la gestación del escritor en su estilo sino además en su manera de ver el mundo. En forma subsidiaria, El examen aporta -como toda novela poseedora de vitalidad- valiosos elementos para conocer mejor aquel Buenos Aires de 1950, cultural y socialmente.

 

Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 

 

Esta nota crítica se publicó, bajo el seudónimo Daniel Bastarrica, en el suplemento Espectáculos del matutino La Hora, el sábado 1 de noviembre de 1986.

 

 

Texto cedido por el autor en formato papel de diario. Escaneado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, el día 13 de febrero de 2014.
 

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