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Cortazar a los cien

Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 
 

Nació en 1914, en Bruselas, donde su padre cumplía funciones diplomáticas. Pero cuatro años después ya estaba en la Argentina, donde vivió hasta los 37 años. Siendo un escritor casi desconocido decide viajar a Francia y radicarse en París, como forma de alejarse del agobio, el provincianismo y la cerrazón que percibía y sufría en aquel Buenos Aires dominado por el imaginario peronista. Su exilio, voluntario y cultural en 1951, a partir de sus posturas comprometidas con la realidad Latinoamericana se tornaría en alejamiento definitivo, dictaduras y censuras mediante. Volvió apenas por unos meses, en 1983, recién terminada la siniestra dictadura de los Videla, Massera y Galtieri, cuando comenzaba la primavera democrática con el gobierno de Alfonsín.

En este año 2014 recordamos su centenario pero también los treinta años de su muerte. Doble fecha que puede ser pretexto para lo que realmente importa: leer al escritor, redescubrirlo para sus lectores de siempre, y descubrirlo en el caso de las nuevas generaciones.

Julio Cortázar

 

Un orfebre del cuento

El punto más alto en la obra de Julio Cortázar está en sus cuentos. En esto hay consenso entre los críticos más agudos. Relatos como El perseguidor, Casa tomada, Autopista del sur, La noche boca arriba, Continuidad de los parques, forman parte —por derecho de excelencia— de cualquier selección de lo mejor del género en el siglo XX. Vale la pena releer desde la perspectiva de este nuevo siglo y milenio libros como Bestiario, Final de Juego, Las armas secretas, Todos los fuegos el fuego, para confirmar o descubrir a un maestro del cuento, en el nivel de excelencia en que lo fueron Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Juan Rulfo. Cortázar ejerció su maestría en el logro de una adecuada respiración y suspenso aptos para la narración corta, y cultivó lo fantástico de un modo peculiar, haciéndolo surgir de lo más cotidiano, de lo banal en apariencia, como quien no quiere la cosa.

Otra dimensión estimable la vemos en muchos de sus textos inclasificables, que son y no son relatos; como por ejemplo los reunidos en Historias de cronopios y de famas, donde despliega un humor absurdo y surreal de gran originalidad. A partir de este libro se estableció un neologismo —cronopio: referido a una persona sensible, nada formal, libre y anárquica, imaginativa, no atada a la noria de los convencionalismos— que iba a tener larga fama.

Rayuela: la novela cortazariana por excelencia

En 1963 se publica –en Editorial Sudamericana de Buenos Aires- la obra más conocida y recordada de Julio Cortázar: Rayuela. Pero hubo una novela anterior, Los Premios, un relato ambicioso en torno a participantes de un viaje placentero aislados en buque que se pierde, en clara metáfora de la Argentina previa a su viaje. Y mucho más tarde se descubrió otra, que permaneció inédita, escrita en 1950 y titulada El examen, publicada recién en 1986, donde –con el marco colectivo de la muerte y velatorio público de Eva Perón- un personaje (alter ego innegable del autor) sufría el agobio de una ciudad y un medio cultural mediocre mientras planeaba su viaje a Europa.

Detrás de Rayuela estuvo la voluntad  y visión de un editor inteligente y con infalible olfato para su oficio: Francisco “Paco” Porrúa, que eligió arriesgarse con un volumen de casi setecientas páginas, exigente y cargado de referencias intelectuales, que además planteaba una lectura alternativa valiéndose de textos intercalados a la historia principal como en un rompecabezas. La novela –que interesó a lectores especializados y a los críticos, pero que además atrapó a públicos más amplios- transformó a su autor en una celebridad.

El rotundo éxito de Rayuela en los años sesenta tiene pocos puntos de comparación en la propia literatura argentina. Según el escritor Ricardo Piglia, solamente se le acercaron en materia de popularidad Manuel Puig, con Boquitas pintadas, y Borges por sus cuentos más célebres y algunos de sus poemas.

Ya son un paradigma del imaginario cultural latinoamericano las peripecias de Oliveira y La Maga por rincones parisienses, donde la música de jazz (una de las pasiones del autor), la discusión intelectual y estética,  el divague filosófico, se matizan con el humor y se potencian con nuevos sentidos mediante las citas apócrifas de Morelli y las verdaderas de tantos otros escritores y pensadores.  Pero la buscada exigencia no queda ahí; muchos fragmentos ensayísticos y reflexivos se introducen en el relato, complejizándolo, mientras capítulos decididamente volcados a lo poético –como ese, largo y muy disfrutable, que describe magistralmente la incidencia del jazz en cuanto música y signo de identidad a nivel universal- establecen un sugestivo contrapunto.

Se asocia Rayuela a París y su clima cultural, y está bien porque una parte central, sustancial diríamos de la peripecia transcurre en esas calles empedradas, esos cafés y bistrós, esos puentes cruzando el Sena, esas buhardillas. Pero no hay que olvidar que la novela culmina, se redondea y encuentra su sentido, con el retorno de Oliveira a Buenos Aires y su parábola final.  Y a diferencia del lugar que ocupa como escenario la capital francesa, que es central y atractivo, la urbe porteña se presenta a través de una perspectiva casi marginal. Los paisajes urbanos que han hecho célebre a Buenos Aires no se destacan,  quedan al margen. La búsqueda de La Maga, desaparecida de las calles parisienses, lleva a Oliveira a su ciudad de origen y a sus orígenes personales. El personaje cortazariano, que huyó de alguna manera –como el propio autor en su momento- del agobio y mediocridad que lo rodeaban, luego del estímulo vital e intelectual de París debe volver para realmente encontrarse a sí mismo, como la serpiente gnóstica que se muerde la cola.

Cortázar publicó en 1973 otra novela,  El libro de Manuel, donde intentó amalgamar lo lúdico con lo intelectual y lo comprometido, en torno a un tópico parecido al de Rayuela, con latinoamericanos de talante intelectual  viviendo en París. Parte de la crítica la consideró una mala novela, rescatándose —apenas— por su especialísima intensidad, el capítulo que cuenta la experiencia erótica del protagonista durante toda una noche en un extraño hotel  que, al día siguiente descubrirá que se encuentra frente a uno de los célebres cementerios de París.

Los textos inclasificables

Así como Historias de cronopios y de famas constituye un libro difícil de catalogar en un género determinado,  lo mismo pasa con La vuelta al día en ochenta mundos y Ultimo round. Y muy recientemente -a partir del trabajo de la escritora y especialista literaria Aurora Bernárdez, viuda y albacea del escritor-  se han rescatado entre sus papeles muchos otros conjuntos y textos variados del mismo tenor, que pueden ayudar a contextualizar mejor al Cortázar édito. Además de su profusa correspondencia, recientemente publicada y que abarca varios tomos, que ilumina los complejos procesos creativos de Cortázar.

 

Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 

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