Juana de Ibarbourou  en Letras Uruguay

Sesenta años de “Las lenguas de diamante”

crónica de Gastón Figueira
(Especial para EL DIA)

Suplemento Dominical de EL DÍA Año XLVIII Nº 2405

Montevideo, 18 de noviembre de 1979

Inédita en formato htm al 30 de julio de 2026 en internet. Escaneado el pdf, para Letras Uruguay, por su editor. Conste

"La grandeza de los destinos literarios, como de todos los destinos humanos, tiene una parte que procede de circunstancias exteriores, independientes de la voluntad y del genio. Es la armonía dichosa entre el momento en que se llega y el género de obra de que se es capaz, es la cumplida adecuación de la índole de las propias facultades a la oportunidad del tiempo y del lugar en que ellas han de revelarse, lo que asegura al escritor y al artista la plenitud de su destino y la culminación de su gloria. Aquellos que llegaron demasiado temprano o demasiado tarde; aquellos que, nacidos en el seno de otra generación, hubieran sido grandes y gloriosos, y vieron rebajada su talla por la discordia entre la naturaleza de su genio y el carácter de la obra artística o social que la necesidad de su época reclamaba, forman legión entre los ¡incomprendidos y los fracasados a medias. En cambio, hay seres de elección que vienen cuando son esperados; que traen dentro de sí la respuesta para la pregunta que encuentran en los labios de todos; la manera de verdad o belleza en que han de reconocer sus contemporáneos la parte ideal que les estaba reservada en el tiempo."

Estos bellos y certeros conceptos que Rodó expresó a propósito de la obra de Darío se aplican perfectamente al acontecimiento que hoy conmemoramos. Porque, cuando, a mediados del año 1919 apareció en Buenos Aires la primera edición del primer libro de Juana de Ibarbourou, cuando Las lenguas de diamante empezaron a hablar en la lírica de nuestra América y de España, había llegado en verdad "un ser de elección", de esos "que vienen cuando son esperados". Hubo en esos poemas "la armonía dichosa entre el momento en que se llega y el género de obra de que se es capaz". La humanidad se estaba curando de sus pavorosas heridas de la primera guerra mundial. Y la palabra de optimismo y esperanza de la nueva escritora sudamericana, su gracia fresca y ágil, inocente y vital, era también una especie de bálsamo necesario y oportuno. Pero entiéndase bien que cuando destacamos la oportunidad de la aparición de este libro, no estamos —como tampoco estaba Rodó al hablar de Rubén subrayando un hecho feliz aislado, sino una maravillosa solidaridad entre ese momento oportunísimo y la innegable calidad literaria de la obra.

Por lo demás, la misma autora reconoce esa especie de hada buena que fue ordenando los aconteceres para que su voz fuera oída y comprendida. Hace diez años, en un reportaje, en que recuerda épocas lejanas, afirmó: "Yo no busqué ese lauro, yo no lo pedí, ni siquiera sé cómo ni porqué ocurrió. Se hizo y fue".

La poesía de Juana es universal y es de todos tos tiempos. Sin embargo, su mérito se acrecienta por haber irrumpido en lo que podríamos llamar, un tanto líricamente “el tiempo de Juana". Y porque esa universalidad de su acento va hermanada a una esencia americana, criolla por momentos en su sensualidad, en su felicidad diáfana y ajena a las tristezas eruditas.

En su adolescencia, esta escritora había colaborado en un periódico llamado "El Deber Cívico" que aparecía en su villa natal. En las amarillentas páginas de ese y algún otro periódico departamental quedaron olvidados, en alguna biblioteca municipal, aquellos versos que estaban como esperando el despertar de la verdadera personalidad, de la obra definitiva, en su madurez esencial. Y fue en Montevideo —donde Juana vino a vivir, ya casada— que ese amanecer se produjo, esta vez en una página literaria del difundidísimo diario La Razón, en 1918. Aparecieron allí varios poemas —sonetos en su mayoría— con la firma de "Jeannette D'Ibar" o de Juana F M. de Ibarbourou, que llamaron inmediatamente la atención de los lectores y que poco más tarde serian reunidos en la obra primigenia de la autora: Las lenguas de diamante, título asimismo de uno de los poemas. Aquellos poemas habían sido publicados gracias a la aprobación de Vicente A. Salaverri, novelista, cuentista, ensayista y periodista español radicado en Montevideo, que dirigía aquella página literaria y que en ella publicó un artículo en elogio de la lírica de Juana de Ibarbourou, nombre que recién apareció así, sin las iniciales F. M. (Fernández Morales, apellidos del padre y la madre, respectivamente) en la portada de Las lenguas de diamante. Luego, Vicente A. Salaverri publicó en la prestigiosa revista Nosotros de Buenos Aires otro articulo sobre el mismo tema —mucho más conceptuoso y con más poemas— ejemplos —en que expresaba que "Juana es muy espontánea tiene un hechizo inimitable, hasta cuando alardea de mayor despreocupación formal", afirmación esta última que consideramos arbitraria, ya que si es cierto que en los poemas de esa primera fase de la poeta hay espontaneidad, si es verdad asimismo que se trata de una escritora inimitable (todas las "ibarbouristas" han fracasado) no vemos ese alarde de despreocupación formal, aunque por momentos su verso, su estilo, de acuerdo con la evolución del tiempo, se aparte —deliberadamente o no de ciertos cánones de doña Retórica.

Manuel Gálvez. que por entonces era el más afamado novelista argentino, redactó el prólogo de la edición príncipe de Las lenguas. Apareció, como hemos dicho, a mediados de 1919 (la edición carece de colofón, pero sabemos, de cualquier manera, que el libro se terminó de imprimir y fue lanzado al público en mayo o junio) y la edición se agotó ese mismo año, caso bastante singular en América Latina y en aquella época y aun actualmente, tratándose de un primer libro de versos. Lo editó la "Cooperativa Editorial Limitada Buenos Aires" que tenia su sede en la Avenida de Mayo 791, en la capital porteña. Dicha cooperativa -inexistente desde hace muchos años- había iniciado sus actividades editoriales con el libro Ciudad, poemas de (Baldomero) Fernández Moreno, que en aquel tiempo era el poeta más popular de su generación y casi tan prestigioso como Leopoldo Lugones, quien le dio el espaldarazo literario en un articulo aparecido en el diario La Nación. Las lenguas de diamante es la publicación número 30 de dicha serie editorial, en la que figuraron obras tan significativas como los Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga; El dulce daño e irremediablemente, de Alfonsina Storni; Melpómene, de Arturo Capdevila; Historia estética de la música, de Mariano Antonio Barrenechea; El gobierno del Uruguay, de Mariano de Vedia y Mitre; Rubalyat, de Omnar Khayyam, en la difundida traducción de Carlos Muzzio Sáenz Pena; Glosario de la farsa urbana, de Roberto Gaché; El santo, el filósofo y el artista, de José León Pagano; Raqueta, de Benito Lynch, y otras que seria largo enumerar.

La primera edición de Las lenguas de diamante consta de 174 páginas, en formato 8[1], papel pluma, cubierta a dos colores, con una guarda de fino y estilizado dibujo, que da una sugerencia ornamental —un tanto "art-nouveau"— de ramajes entrelazados. Dicha edición —que hoy constituye una rareza bibliográfica muy buscada por los coleccionistas— fue impresa en los talleres Mercatall, de Buenos Aires. El prólogo y la dedicatoria son doblemente interesantes por el hecho de haber sido suprimidos en las ediciones posteriores, por voluntad de la autora.

Poco antes de la aparición de dicho libro, la autora había dado a conocer, en la prensa uruguaya, algunas opiniones de autores de renombre que habían leído sus versos, entre ellos Constancio Vigil y Emilio Frugoni. Este último había señalado con acierto, que "el alma de la Primavera palpita y resplandece en estos versos que, toda juventud, están llamados a no envejecer jamás. Ellos expresan un temperamento de excepción, deliciosamente suave, muy femenino”.

Digamos asimismo que por la época de estos acontecimientos, Juana vivía en una casa de la calle Asilo, en los comienzos del barrio de la Unión, casa que —aunque modesta— se daba el lujo de ostentar el número de la puerta de calle —50— esculpido en una placa de fino mármol.

Si el primer articulo de Vicente A. Salaverri acerca de esos poemas, publicado —según dijimos— en La Razón de Montevideo, la consagró de inmediato en Uruguay, mucho mayor fue la resonancia para el prestigio de Juana gracias al segundo articulo, por haber aparecido en una revista que, como Nosotros, se difundía ampliamente, desde la capital argentina, en todos los países de habla hispana. Y también por la inteligente y abundante selección (pre-selección) de poemas de Las lenguas de diamante incluidos en dicho articulo. He aquí los títulos de dichos poemas; "La pequeña llama", "Rebelde", "La hora", "Lamentación", "Melancolía" (el que aparece en el libro en las páginas 165-67, pues hay en él dos poemas con ese titulo) "La espera", "Las lenguas de diamante", "Vida-garfio", poemas todos que han logrado amplísimo predicamento en las antologías de la poesía latinoamericana.

Hemos hecho mención al prólogo de Manuel Gálvez. Presenta conceptos muy certeros, como el que expresa: "creo en la personalidad de Alfonsina Storni y en la de Juana de Ibarbourou, pero no dudo de que la lección de la Agustini y su prestigio contribuyeron poderosamente a despertar en aquéllas la vocación poética. Delmira Agustini abrió el camino. Es casi un jefe de escuela. Si sus versos no existieran, ¿tendrían la misma audacia Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou? ¿Escribirían sobre los mismos asuntos que escriben y que, antes de la Agustini, en castellano, jamás osó tocar mujer alguna? Pero naturalmente, hay grandes diferencias entre las tres. Si así no fuese, las que han venido después de la Agustini no tendrían la personalidad que tienen ni el valor que debe reconocérseles". Es evidente que. en gran parte, tiene razón Manuel Gálvez en estas afirmaciones. En gran parle, pues olvida en absoluto la presencia de la poesía sensual y pagana de Anna de Noailles, que si bien nunca escribió en castellano (idioma que desconocía) poseía un inmenso prestigio (mayor que el de Delmira) en todos los países occidentales, en la época en que escribieron las tres poetas rioplatenses que menciona Gálvez y que por lo demás, había publicado libros mucho antes que cualquiera de ellas, ya que Le coeur innombrable es de 1901 y L'ombre dea jours, su segundo libro, apareció en 1902. En cambio Delmira Agustini, que leía y escribía en francés publicó su libro inicial (El libro blanco) en 1907. Y en 1913, en la excelente antología La poesía francesa moderna realizada por Enrique Diez Canedo y Fernando Fortún (Madrid. Editorial Renacimiento. 1913) habían aparecido varias de las más representativas poesías de Anna de Noaillles, en buena versión española. Con esto no estamos necesariamente señalando influencias o imitaciones directas, sino expresando evidentes afinidades líricas y temperamentales que Gálvez no debió olvidar. La evocación de la autora de L'ombre des Jours no se presenta en Alfonsina Storni, pero si en una parte de Delmira y, especialmente, en el mundo vegetal de algunos poemas de Las lenguas de diamante, libro en que la "visión" de la poeta francesa es mucho mayor que la de Delmira, casi inexistente.

Destaquemos lo exacto del prólogo de Gálvez cuando nos dice: "Juana de Ibarbourou no revela por ahora ni inquietudes, ni tristeza, ni sufrimiento. En sus versos el amor es sano, fuerte, juvenil, intrépido, natural. Se ama en este libro con pasión y alegría y, excepcionalmente, con cierta gravedad como de rito religioso. A veces asoma en ciertas páginas un poco de dolor o de pesimismo, pero hay tanta juventud y tanto entusiasmo en las restantes y aún en aquellas mismas que, en el conjunto, pasa inadvertida la intención. La amada de este libro habla con ingenuo y casto impudor —si es posible unir esas dos palabras— de su cuerpo moreno, de caricias, de deseos. Pero no contiene el volumen, sin embargo, verdadero sensualismo. Felizmente, carece de impureza, y la voluptuosidad es en el escasa. Todo está dicho con dignidad, noble y bellamente, y no creo que pueda despertar en ninguna alma pensamientos impuros". Y más adelante: "Es, en suma, un libro pagano, y si no fuera por su entusiasmo y por cierta nerviosidad de la línea, diría que helénico, de un helenismo no metropolitano, sino de un helenismo de las colonias del Mediterráneo, de una Sagunto o una Parténope.”

¿Por qué la autora suprimió este prólogo en las ediciones sucesivas de su primer llbro?[3] Sin duda porque pensó que era innecesario, luego del clamoroso triunfo logrado con la primera edición. En cuanto a la dedicatoria (pág. 15) la poetisa ofrece el libro “a su compañero” y expresa que "la mayor parte de estas poesías datan de la dulce época del noviazgo”.

En cada nueva edición de este libro, Juana ha ido agregando nuevos poemas al final, algunos escritos en Santa Clara de Olimar reflejando la aridez del paisaje. También, ocasionalmente, ha dedicado algún poema a escritores amigos. Así, en la edición de 1927, que aparece sin numerar. "Panteísmo" está dedicado a la poetisa chilena María Monvel (esposa que fue del critico Armando Donoso); "Cansancio" al novelista —también chileno y luego fallecido— Eduardo Barrios: "La canción" al ensayista cubano Alberto Lamar Schweyer; "La arboleda Inmóvil”, al critico y novelista francés Francis de Miomandre, uno de los que más eficazmente tradujo, divulgó y comentó en París la obra de esta autora; “Silencio”, a la máxima poetisa brasileña Cecilia Meireles; “El día”, al periodista y ensayista costarricense Joaquín García Monge; El ciprés, a Rogelio Sotela, ensayista también de Costa Rica. "El Juguete", al gran pintor, poeta y ensayista uruguayo Pedro Figari. Una sola dedicatoria lleva, junto al nombre, una expresión. Es la de "La Nueva Esperanza": "a don Miguel de Unamuno, fervorosamente". Estas dedicatorias fueron suprimidas —¿por qué?— en las futuras ediciones del libro. Ello explica, quizá, que nos hayamos detenido un poco en ellas.

En esto primera edición, la imprento cometió dos gruesas erratas, repitiendo versos que no había que repetir y creando, por tanto, desorden y contusión. La de la página 106 ("Monja Noche") fue oportunamente subsanada mediante la adhesión de una antiestética etiqueta, con el terceto correcto. No aconteció lo mismo con uno de los mas bellos y significativos poemas del libro (“La inquietud fugaz") sin duda porque la errata no fue advertida a tiempo. La propia autora, en algunos ejemplares, la corrigió de su puño y letra estampando en su lugar los vocablos "fugitivo e inquieto"*). No deja de ser pintoresco, sin embargo que, cuando ya en diversas ediciones posteriores de este libro — a partir de la segunda— la errata habla sido corregida. Alberto Zum Felde siguió haciendo la cita con el error original[2].

En su edición de Obras completas de Juana de Ibarbourou, para la Editorial Aguilar (Madrid, 1a edíc. 1953; 3ª edic. 1968) —edición a la que contribuimos con la aportación de algunos poemas que la propia autora había extraviado — afirma con razón Dora Isella Russell que "Las lenguas de diamante fue el salto de la sombra a la luz".

Junto a esto luz, vino la creación de otros libros de la autora —verso y prosa, todos tocados por la gracia poética. Raíz salvaje, tres años más tarde, siguió a El cántaro fresco, del 20. En ambas obras, la autora extrema el carácter frutal y pantelsta de "La clara cisterna", tercera y última sección de Las lenguas. En 1930, La rosa de los vientos significa una notable evolución y un verdadero alarde de riqueza metafórica. Perdida, del 50 y su más reciente poemario La pasajera, del 67, dan luces de elegía, algo así como el manso y nostálgico resplandor de la luz tamizándose en el ramaje amarillo y rojo de un bosque otoñal. Chico Carlo, del 44, es su mejor libro en prosa.

Pero, sin negar a estas obras un valor igual —¿superior, a veces?— al primer libro de esto autora, lo cierto es que Las lenguas de diamante es su obra clave. Después de publicada su primera edición, muchas poetisas aparecieron en el Uruguay —algunas muy buenas. Ninguna, a nuestro parecer, ha logrado superar a Juana. Y han pasado sesenta años.

Notas

[1] — Por ejemplo, en el ejemplar que, hace algunos años, tuvimos el placer de obsequiar a la Fundación Hispánica de la Library of Congess, de la ciudad de Washington.

 

[2] — En las ediciones de 1930 y 1941 de su Proceso Intelectual del Uruguay, cuando ya varias ediciones de Las lenguas habían modificado el error.

 

[3] — Exceptuando la edición oficial de dicho libro, publicada en 1963 por el Ministerio de Instrucción Publica y Previsión Social del Uruguay (volumen 42 de la Colección de clásicos uruguayos, Biblioteca "Artigas") todas las otras ediciones del libro (Incluso la que figura en sus Obras completas (Madrid, 1953 y dos reediciones) carecen del prólogo y de la dedicatoria.

 

por Gastón Figueira
(Especial para EL DIA)

Suplemento Dominical de EL DÍA Año XLVIII Nº 2405 Pdf

Montevideo, 18 de noviembre de 1979

 

Ver, además:

 

                     Juana de Ibarbourou  en Letras Uruguay

 

 

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