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La cultura en Marinello
Dr. Sc.  Rigoberto Pupo Pupo

Más que indagar sobre el  concepto socio- filosófico de cultura y su presencia en el discurso de Marinello,   se impone, en mi criterio, determinar la especificidad cualitativa de su abordaje cosmovisivo en los marcos de la concepción del hombre.

La intención no se dirige a la búsqueda de una teoría sustentadora de fundamentos raigales - que existe, pero que requeriría de una investigación más abarcadora de la obra de Marinello-, sino más bien de las ideas rectoras que presiden la conexión de la cultura  con la concepción de! hombre, es decir, cómo esta última conforma una visión integradora determinada de la cultura.

Esto significa que el camino seguido se dirige a nuevas esencias, a partir de un discernimiento más profundo de la idea que encauza la concepción general de Marinello en tomo al problema.  Se trata de nuevas vías que no se circunscriben, tanto a la letra, a lo empíricamente registrable, como al espíritu ideatorio que anima su obra, siguiendo a Martí.

La universalidad de la cultura y sus fundamentos cosmovisivos.

No es difícil advertir en la obra de Marinello una concepción integradora de la cultura, que le otorga status de universalidad. Calidad ésta no sólo a la cultura mundial, legitimada por la historia, sino también a la cultura nacional, cuando arranca de sus raíces y se inserta a lo general por derroteros propios y con ímpetu de trascendencia, por los valores sociales y humanos que le son inmanentes. En Marinello, además, no hay identificación alguna de la cultura con la instrucción -lo que no implica su ausencia total, a veces pasajera, siguiendo la tradición-, o como algo exclusivo de un hombre determinado.

La concepción de la cultura se desprende de su intelección del hombre como posibilidad latente de excelencia y creación, y como ser social que proyecta y realiza su ser esencial mediante la práctica. Visión totalizadora que impregna con fuerza inusitada la resonancia de las influencias martiana y marxista.

Sobre estos pivotes se eleva la concepción marinelliana de la cultura; ante todo, como producción humana, como proceso y resultado de la actividad del hombre, condicionada en su génesis y desarrollo por sus necesidades, intereses y fines, que el hombre despliega y concreta en relación con el mundo y la sociedad misma en que se inserta como sujeto.

La concepción de la universalidad de la cultura, en tanto producción humana, expresión de su ser esencial y medida de su desarrollo, está en Marinello como idea rectora, porque concibe al hombre corno sujeto, sociohistóricamente determinado y portador de la práctica social. El hombre como resultado de la cultura, y al mismo tiempo haciendo historia[1] y cultura.  Cultura que encarna la misma historia -como su ser esencial- y va trasuntando en su devenir la huella humana en su producción material y espiritual. Producción que en su carácter procesual y como resultado -en la concepción de Marinello- sólo se integra a la cultura humana, cuando da cuenta y razón de la realidad en que se desenvuelve el hombre, “(...) pues sólo cuando el oficio se ejerce en una contemporaneidad consustancial -en la que aparece siempre la señal del futuro- se alcanza la creación de ejemplar permanencia”[2].  Permanencia que en sí misma encama la cultura en su universalidad, porque encarna la propia actividad humana en sus múltiples dimensiones, hasta convertirse en acervo de la nación y calidad definidora de humanidad con vigencia y cauces de realización hacia el porvenir. Por tanto, “(...) carece de poder fecundante lo que se teje con hilos de sombra, lo que se construye a contrapelo de la realidad circundante, que es aquella en que se anuncian los grandes cambios inminentes. Lo que soslaya tal realidad -expresa enfáticamente Marinello- queda herido en la entraña y desnutrido de vigencia”[3] En fin, no configura, no se realiza como corpus critico de la nación, que en sí mismo constituye un atributo cualificador que define la verdadera cultura.

Permanencia, autoconciencia crítica dirigida al futuro, imbricación a las raíces, a las entrañas de la realidad, signan universalidad y vigencia social a la cultura. Por eso “perdura y queda el Quijote-enfatiza Marinello- porque bajo el ropaje insuperado se siente latir la sangre insatisfecha, queriendo salirse de su tiempo”[4].

La concepción de la cultura, como totalidad y en tanto universalidad, no es posible deducirse al margen de una visión profunda del hombre, como sujeto social complejo. Por este camino -un enfoque sociocultural- antmpológico- Marinello desarrolla un discurso de alto vuelo teórico y con imaginación creadora. Su vasta cultura universal, y el conocimiento profundo de la tradición cubana, incluyendo la realidad de su tiempo histórico y la aprehensión original del pensamiento martiano y el marxismo, lo pertrechan de las claves teórico-metodológicas y prácticas  adecuadas. Su entendimiento del hombre no sólo como ser social, sino además, de lo que determina y define su calidad social, resulta imprescindible para la comprensión de la cultura como totalidad compleja y concreta que fija la actividad humana en su dinamicidad estructural, en tiempo, espacio y otras mediaciones que implica la sociedad, como organismo natural, y al mismo tiempo, como interacción práctica entre los hombres, en una etapa determinada del proceso humano (formación social).

Estas premisas cosmovisivas imprimen concreción a su teoría de la cultura. Le permiten discernir especificidades propias, derivadas de las bases heterogéneas que determinan las sociedades clasistas. Con ello, el intelectual cubano sabe apreciar los valores universales que le son inherentes a la cultura y las alteraciones propias que le impregnan las relaciones de clases, incluyendo las manipulaciones ideológicas de que es objeto, ya que en el capitalismo se encuentra   “(…) la contradicción omnipresente entre la ideología que defienden los grupos usufructuarios del orden establecido y la que impulsa una transformación que mira hacia un orden más justo”[5]

Este modo de abordar el problema, más que soslayar la universalidad de la cultura, la presupone -si nos atenemos al concepto marinelliano-,  pues la cultura verdadera implica producción humana, por y para el hombre, en tanto expresa su esencialidad existencial, en dirección al futuro, o al menos aquello que en tanto está permeado de humanidad, no es pasajero, permanece, se integra al cuerpo de la cultura y es fuente inagotable de creación social; lo que no significa, en modo alguno, la negación nihilista de aquellos valores que crean los hombres que no integran los grupos y clases de las grandes masas, y que, consciente o inconscientemente, su obra se integra a la cultura popular, al patrimonio de la nación, cuando tiene espíritu ennoblecedor y sigue la línea del progreso.

Marinello comparte -o al menos se deduce claramente de su discurso- el criterio de la heterogeneidad estructural de la cultura en las condiciones del capitalismo y la necesidad de asimilar “(…) la creencia de que el desarrollo cultural limpio de presiones ilegítimas y nacido de las generosas tradiciones nacionales, es el sendero más firme para hacer del saber y la invención una gran empresa universal. Esta verdad- enfatiza Marinello, destacando el valor de la cultura socialista y su desarrollo y defensa-  nos fuerza a luchar sin descanso contra toda sumisión deformadora y, en término primero, contra el imperialismo, enemigo mayor de la verdadera cultura”[6].

En su trabajo “Socialismo y cultura”, Marinello exalta al socialismo, como condicionante “... de la verdadera cultura, de la cultura humana, humanista y libertadora”[7],  sin con esto negar status tal a lo que se produce fuera del socialismo con fines esencialmente humanos y a la tradición nuestra que encauzó dicha línea humanista. Consecuencia y medida de esta intelección es la ubicación del Maestro como su antecedente directo. “ Y no hay pequeña vanidad nacional- escribe Marinello-  en proclamar que fue Martí ejemplo anticipado de esta nueva medida de la tarea creadora. Haciendo de la palabra y de la acción un solo servicio fraternal, dejó, para su tiempo y para el nuestro, estas dos verdades primordiales: que la virtud expresiva no es cosa distante, sino porción del sentido de la sociedad y del hombre y que, en la medida en que se es fiel a las grandes causas del tiempo en que vivimos, se superan y culminan las calidades de la tarea intelectual.”[8]

Una concepción cultural - reiteramos, de la cultura- de esta naturaleza, la anima un ímpetu de apertura, de creación humana y revolución. No hay oficialismo dogmático ni razones excluyentes, pero sí ideas, conceptos y principios comprometidos con la ciencia del hombre, en un mundo internamente contradictorio que exige hacer del oficio y la misión una unidad indisoluble perenne de dación humana y social. Dación humana y social que resulta vacua y abstracta si da la espalda a la “tragedia del hombre” y no se determina en posiciones políticas que vehiculen la creación de las condiciones necesarias de realización humana en el camino de su liberación, “del libre vuelo de las fuerzas, por tanto tiempo comprimidas, que hacen de cada ser humano una ocasión de grandeza inmedible.”[9]

En esta misma lógica de dilucidación de la cultura en su calidad de universalidad concreta, la riqueza conceptual marinelliana se expresa también en el hecho de no copiar caminos trillados y no hacer coro a las posiciones- socio centristas -que enraizaron en algunos marxistas- en detrimento de la individualidad creadora del hombre. Marinello no hace de lo social una entelequia suprahistórica, en torno a la cual lo individual devenga su siervo incondicional hasta esclavizarlo y matar lo vivo que late en cada hombre.

No se trata del reconocimiento de la susodicha ‘independencia relativa” en los discursos y en las palabras, que no desechamos de entrada, pero que en algunos textos, más que calidad humana, a veces es una consigna vacía, un dogma,  y no la verdadera asunción de la subjetividad humana, en todas sus raíces y en sus posibilidades latentes de excelencia y creación, como la definió Martí. Es decir, hacer del hombre sujeto real, “cuyas excelencias no puede medir la imaginación más exalta da “[10]

La determinación social -ciertamente inmanente a la naturaleza humana y ley histórica condicionante- no existe hipostasiada del quehacer humano. Precisamente, lo que hace social al hombre es su actividad transformadora. Lo social existe en y por el hombre, lo mismo que lo individual es, en tanto tal, y se despliega y realiza como ser socializado, inmerso en la sociedad, de la cual es su producto y resultado.

El reconocimiento de la libertad individual creadora en la cultura y su sujeción a leyes es indiscernible, al margen de la comprensión de lo que hace social al hombre. Cuando se comprende este problema -y Marinello es consecuente con ello- resulta fácil intelegir lo social no como una estructura asfixiante que ahoga la creación individual, sino como un proceso dinámico, dialéctico, engendrado por la actividad humana. Con ello se comprende cabalmente la historia social humana y la cultura como historia de su desarrollo individual, y así se evitan reduccionismos y simplificaciones en el abordaje de los dos polos que conforman la unidad.

Una concepción  de la cultura -aunque no sistematizada en una obra especial, como es el caso de Marinello- dimanante de su cosmovisión del hombre como agente histórico-cultural, resulta reveladora para desentrañar múltiples problemas de carácter sociofilosófico de la subjetividad humana y su inserción  cultural.

Marinello no culmina su estudio, por supuesto, en la fijación de los presupuestos de partida, sino que de su discurso se deriva inferencias que en su desarrollo dan respuestas a problemas concretos con una óptica alumbradora, que establece diferencias especificas. Como en Martí, su discurso no sólo fija la presencia total del hombre en el discurrir histórico y como protagonista de la cultura que concreta y trasunta su actividad. Accede al hombre mismo, a la subjetividad humana, hasta determinar sus componentes estructurales y los modos de dirigirlos hacia la creación social humana. Indaga con fina sensibilidad en los momentos gnoseológicos, axiológicos, praxiológicos y comunicativos; aspectos que en su concepción del hombre y la cultura, si bien no se someten por separado a un análisis específico, aparecen como totalidad orgánica del quehacer  humano. Tiene primacía, dado su oficio, misión y estilo, la arista axiológica del hombre, lo que no implica, por supuesto, la subestimación de los momentos restantes; pero los valores, dimensionados en términos de ideales humanos, ya sean de naturaleza ética, estética, política, económica, jurídica, etc., emergen en todo el discurso.

Los valores de carácter ético, político y estético marcan pauta por su presencia y fuerza conceptual e imaginativa, y sirven de mediación esencial al ideal de racionalidad humana que nuclea su concepción del hombre y la cultura. La eticidad, entendida como axiología de la acción, constituye, además de un impulso creador en dirección a la cultura como obra del pueblo, un desvelo perenne henchido de proyección y con miraje profundo hacia el deber-ser.

La política, pensada como determinación cultural, y con ello, cimentada en sustratos ético-morales, constituye su medio idóneo para realizar el ideal de redención social que su programa proyecta  en defensa del hombre y la identidad nacional.

En fin, se trata de un nuevo pensar, que afincado en la tradición cubana, en un proceso de continuidad y ruptura, se constituye en autoconciencia crítica del hombre y la cultura Un corpus crítico,  que presidido por ideas rectoras, nacidas de una concepción profunda del hombre y su actividad, piensa la cultura como universalidad concreta que no sólo expresa la esencialidad del hombre, sino además se integra como parámetro cualificador de su desarrollo, progreso y superación humana.

Referencias:

[1] “La historia- escribe Marinello- , cualquiera que sea su orientación, es el testimonio de un tramo del tiempo y de la tierra, es decir, la puntual anotación de un momento de la vida en marcha”( Marinello, J. Creación y Revolución, Edición UNEAC, La habana, 1973, p. 194. 

[2] Ibídem, p. 172. 

[3] Ibídem.

[4] Ibídem, p. 175.

[5] Ibídem, p. 199.

[6] Marinello, J. Socialismo y Cultura. Contemporáneos. Noticias y memorias II, Ediciones UNEAC, La Habana, 1975, p. 240.

[7] En esta dirección conceptual, Marinello afirma: “Nunca fue la cultura en nuestro suelo este noble ejercicio superador abierto a todas las criaturas, que crece y vence en la Cuba socialista. Una revolución que enseñó a leer a todos los cubanos no puede sino asegurar a cada uno el goce de las más cumplidas manifestaciones de la ciencia y el arte. Si nuestra revolución echó abajo toda diferencia injusta viene obligada, por su condición socialista, a dar a todos y a cada uno la misms posibilidad en el conocimiento y en la creación”.  ( Ibídem, 239)

[8] Ibídem.

[9] “Si la  cultura, en su condición de bien universal, sólo puede lograrse en una sociedad socialista, queda dicho que el modo mejor, el modo infalible de servir a la cultura es el de luchar por el socialismo”. (Ibídem)

[10] Ibídem, p. 239.

Dr. Sc. Rigoberto Pupo Pupo

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