El mago y sus lectores
Christian Kupchik

Julio Cortázar

EN 1968 Julián V. tenía 13 años. El verano lo sorprendió en un avión que lo llevaba de Tel Aviv a Roma. Era la primera vez que volaba. El cielo estaba claro y esperaba que las nubes le develaran algún secreto. Pegó su nariz a la ventanilla y la mantuvo allí durante todo el trayecto. Cuando la nave sobrevolaba Grecia —no a mucha altura— las formas sinuosas de una isla le llamaron la atención. Pero lo que realmente le sorprendió fue la categórica sensación de verse observado por alguien desde la isla. No podía —no puede— explicarlo con claridad, pero se vio dominado por el convencimiento absoluto de que alguien en tierra miraba el avión y, de algún modo, estaba comunicándose con él. Al retornar a su país, no comentó con nadie la experiencia pero pensó en ella con mayor frecuencia de la deseada.

 

Un año más tarde, un nuevo viaje. Esta vez a la Patagonia en un tren lento y cansado. Aburrido de pasear de un extremo a otro del convoy así como de la monotonía del paisaje, Julián se dejó caer en un asiento cualquiera. A su lado encontró un pequeño libro de tapas rojas. La lectura no lo entusiasmaba demasiado, pero tampoco tenía nada mejor que hacer. Lo abrió al azar. Con un frío creciente recorriéndole la espalda, leyó un cuento titulado La isla a mediodía que le revelaba el secreto de su vuelo por la isla griega. El libro se llamaba Todos los fuegos el fuego y su autor era un tal Julio Cortázar. A partir de esa experiencia, Julián V. no sólo leyó todo cuanto ese escritor había publicado, sino que lo sintió como una suerte de proyección holográfica.

 

El caso de Julián no es excepcional. Tal vez como nadie, Cortázar creó con sus lectores un vínculo que iba más allá de la natural "complicidad". De hecho, existe una dimensión en su obra que excede el dominio de lo literario.

 

La trama fantástica de sus relatos atraviesa la admiración objetiva de muchos que lo frecuentan para convertirse en "señales" que no pocos lectores incorporaron a sus propias vidas.

 

Cortázar era consciente de ello, incluso de que su obra operaba con cierta extraña fascinación sobre gente que, en términos generales, no consumía literatura. En un reportaje radial relató cómo durante su visita a Buenos Aires en 1973 fue interceptado a medianoche por dos kioskeros, un hombre mayor y otro joven. El kioskero más viejo, con humildad y timidez, se le acercó y le dijo tendiéndole la mano: "Señor Cortázar... Permítame saludarlo. Yo vendo todos sus libros". Mientras Julio estrechaba agradecido su mano, el más joven agregó: "No sólo los vende, también los lee. Y es increíble, porque apenas si lee los diarios".

La magia o el misterio de esta correspondencia de los textos cortazarianos con buena parte de sus destinatarios hizo que el propio autor proyectara el mismo vínculo hacia otra figura pública en uno de sus cuentos: la actriz inglesa Glenda Jackson. El no la conocía personalmente y dudaba mucho que ella tuviera alguna idea acerca de su existencia debido a que sus libros no circulaban demasiado por Inglaterra. La idea básica de incluirla en Queremos tanto a Glenda se le ocurrió cuando en uno de sus viajes a Londres, ante el estreno de un film que la tenía como protagonista, vio la ciudad empapelada con afiches que llevaban su rostro. Entonces imaginó el relato donde un clan de admiradores asesinan a la estrella para apoderarse del mito. Tiempo después Cortázar viajó a México para buscar los originales del libro y de allí siguió rumbo a la Universidad de Beckeley, California, donde estaba invitado a dar una serie de seminarios. La primera noche, con un ejemplar de Queremos tanto a Glenda bajo el brazo, Cortázar salió a caminar para conocer el lugar. Un poco aburrido, decidió ir a un cine. La película elegida fue Hopscotch (Ronald Neame, 1980), con Walter Matthau y Glenda Jackson. Quedó petrificado: Glenda "asesina" a un escritor que acaba un libro titulado Hopscotch, traducción inglesa de Rayuela. La venganza parecía completa. ¿Casualidad?

El Doble Presente. La existencia del tema del "doble" tenía una consistencia especial en el mundo de Julio. En el año '59, un médico francés que lo atendía de una fuerte jaqueca (producida por una curiosa alergia al ajo) se extralimitó en la dosis de un derivado del ácido lisérgico. Una soleada mañana en la que Cortázar caminaba por la rue de Rennes junto a una muchedumbre que iba de aquí para allá con perros y paquetes, sintió que algo acechaba junto a él. El escritor no se atrevía a mirar, pero de algún modo lo estaba viendo: era su propio perfil, su propio yo desdoblado, salido de sí mismo en una perfecta simetría paralela. Aterrado, Cortázar desvió sus pasos hacia la derecha, hacia el lado donde él no estaba, y entró a un bar. Tomó un café doble, amargo y de un trago. Miró a la izquierda: ya no estaba. Cortázar relató el final de esa experiencia con las siguientes palabras: "imposible calcular cuanto duró lo que otros llamarán ilusión... Volví a mi casa, ya solo, y dormí todo el día. El también, supongo".

 

La crítica Ana María Barrenechea señala que Cortázar tomaba en cuenta sus relaciones con los lectores en el momento de elaborar cada obra de un modo mucho más obsesivo del que suelen hacerlo otros autores. No tanto por la necesidad de agradar como por tender una suerte de "química" especial en la tensión entre lo que se narra y lo narrado. Es decir, la identificación con sus relatos no se da por el reconocimiento de los datos externos, de lo visible, de lo "real", sino con aquello que no se ve, con lo extraordinario, que para cada uno tiene un valor único e intransferible. Esto ha posibilitado que esa particular relación con el otro no se limite a una cultura o a un tipo de lector en particular.

La fotógrafa sueca Ulla Montan lo conoció en París en los '70, cuando ella trabajó junto al cineasta Alain Resnais. A pesar de estar acostumbrada a tratar con figuras notorias, aquel hombre de manos enormes y rostro atemporal la sorprendió más que ninguno. En el momento de realizar las fotos, no conocía casi nada de su obra. Trabajó varias horas con Julio, hablando y fotografiando. Luego, en el laboratorio, descubrió aterrada que por alguna causa desconocida las fotos no habían salido. Al borde de la desesperación, lo llamó y Cortázar aceptó una nueva sesión. Los viejos negativos reposaban sus secretos intactos. Al retornar a su lugar de trabajo, descubrió incrédula que aquellas imágenes que se negaron a aparecer, ahora le sonreían en la oscuridad. Algunas de esas fotos se publicaron en medios de diversos países, y a Ulla le pareció natural comenzar a recibir cartas de lectores de Cortázar desde Montreal, Bruselas o Barcelona.

 

También en Estocolmo, un grupo de españoles descendientes de exiliados por Franco se reúnen diariamente en un club a comentar la última campaña del Real, comerse unos tacos o jugar al ping-pong. El club también dispone de un equipo de fútbol que juega en las ligas menores suecas integrado por una mezcla de latinoamericanos e ibéricos. El club se llama Los Cronopios, pero ni siquiera los más viejos pueden asegurar de dónde surgió el nombre.

 

Ecos de un autor. La relación de Cortázar con sus lectoras es un capítulo aparte. Sin importar edad, clase social o nacionalidad, el poder de seducción que ejerce su figura es tan grande como el de su obra. Jamás un personaje literario debe haber encontrado tantos émulos mortales como el de La Maga. Varios Manuel que pueblan este mundo deben su nombre al bebé protagonista de El libro de Manuel.

 

Se sabe que Cortázar era un fervoroso corresponsal epistolar contestaba casi todas las misivas que le llegaban. Entre ellas, admitió que no pocas eran testimonios de amor. Una de estas cartas, contó el propio Julio, marcó otra de esas particulares historias que lo rodeaban. Pertenecía a una chica norteamericana de diecinueve anos que le agradecía el hecho de no haber terminado con su vida debido a su novela Hopscotch (Rayuela). La muchacha estaba destruida por un amor trunco y decidió suicidarse. Compró una buena provisión de pastillas y se dirigió a la casa de su amiga para consumar el acto. Allí encontró al descuido la novela y, sumida en la desesperación, comenzó a leerla. Entonces comprendió que su drama no era más que un punto en la multiplicación de dramas similares que se daban en el mismo momento en otras partes del planeta. No por eso era menos doloroso, pero entendió que podía afrontarlo. Cortázar y su joven lectora se cartearon durante cuatro años, sin llegar a conocerse personalmente.

Lucía G., de 26 anos, admite haber estado tentada también de escribirle una carta, pero al no resignarse ante la idea de que la suya fuese una más, desistió. Además, afirma convencida, esa carta que nunca envió era la auténtica carta de amor y Julio, aún sin recibirla, sabía que existía. Asimismo, Cortázar invadió literalmente los sueños de muchas admiradoras. La misma Lucía asegura que entre los varios viajes oníricos que compartió con él recuerda uno de modo especial: en una mesa de truco ambos jugaban con las cartas de amor que cada uno de ellos recibió. En este juego, ganaban los dos.

Christian Kupchik
El País Cultural Nº 258
14 de octubre de 1994

 

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