¿Puede el lenguaje ser personaje central de Paradiso?
Jorge Ángel Hernández
jorgeangelhdez@gmail.com

En el mar de acercamientos primarios a la monumental novela Paradiso, de José Lezama Lima, aparece también la ubicación del lenguaje como personaje central. Sin embargo, desde el primer párrafo, José Cemí es aprehendido, con su ambiente circunstancial, como el verdadero personaje central, y es focalizado justo en su aparición de un otro enfermo, doble, que en apenas un párrafo habrá de llegar a su inevitable condición de uno, es decir, a su estatus vital de personaje. La insistencia en la focalización que hace el propio autor me lleva a ceder, por fin, a la tentación de convocar todo ese párrafo inicial de Paradiso:

La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía a los charcos, ahuyentando a los escarabajos[1].

Reemprendamos la búsqueda deconstructiva de su propia explicación para un buen ejercicio de las precisiones.

El lenguaje no es, ni puede ser, el personaje central de Paradiso ni, siquiera, consigue convertirse en personaje. Quien opta por esta variante hace un flaco favor a Lezama, pues lo transforma en un simple acólito de la posmodernidad más insulsa. El lenguaje, la tropología esencial de su discurso, es ambiente, atmósfera en la que se desempeñan los personajes y a través del cual la alteridad genérica adquiere su sentido. Y esto, verdaderamente, no puede ir más allá de su función de siempre: un instrumento para expresar el pensamiento.

En su ensayo «Confluencias», de 1968, o sea, escrito con posterioridad a la publicación de Paradiso y relacionado directamente con las diversas líneas de recepción de su novela, Lezama se explica de este modo:

Cada palabra era para mí la presencia innumerable de la fijeza de la mano nocturna. Es la hora del baño, vamos a almorzar, a dormir, tocan la puerta, eran para mí como inscripciones que engendraban incesantes evaporaciones, inmutables y obsesionantes esbozos de novelas. Eran larvas de metáfora, desarrolladas en indetenible cadeneta, como una despedida y una nueva visita[2].

La hora del baño, la de almorzar, de dormir (ciclos naturales de la existencia misma) y las apariciones de las visitas imprevistas, en un hombre que, se sabe, exigió siempre que se le anunciase la visita pues, su acostumbrada ironía profesaba que, si alguna utilidad tenía el teléfono, sería esa justamente, se convierten en inmutables y obsesionantes esbozos de novelas, o sea, en  “larvas de metáfora”. La metáfora significa, pues, a través de una imagen otra que es puesta en relación con el significado.

Tenemos, entonces, cuatro elementos esenciales:

  1. La acción cotidiana y continuada como la creación en estado larval.

  2. La creación como el desarrollo transformado de esa “cadeneta indetenible”.

  3. El germen viene de la unión de lo estelar con lo entrañable.

  4. Las imágenes y frases percibidas se presentan como esbozos inmutables, por tanto, habrá que insertarlos en la nueva producción de imágenes que la técnica más elemental requiere para que se construya totalmente esa novela anunciada.

El estilo y, sobre todo, las normas del estilo lezamiano en la vorágine de su escritura, arrastran tal juego de anunciaciones, puesto que en rigor los presuntos esbozos no se componen de una sola imagen o una sola frase ni, tampoco, de varias de ellas procedentes de una unidad de idiolectos culturales, sino de la diversidad de la azarosa lectura del autor, verdadero imán devorador. Por tanto, si el autor impone normas estilísticas de alteridad, sistematizadas, hay que entenderlo a partir de la estilística, aunque después, y necesariamente, el análisis reclame otros ejercicios de transversalización.

La contemplación de las colecciones de retratos lleva a Lezama, según su propia explicación, del esplendor de las formas a lo oscuro y sumergido. La imagen detenida conduce a la oscuridad, a la sumersión, que es la fuente del misterio y, por tanto, de la creación. O sea, la fecundación de la imagen por la imagen misma. Eran, dice de esas viejas instantáneas, aparecidos reales, tangibles existentes en la imagen, la que les prestaba un cuerpo andante, una voz oíble y una estremecida despedida. Contradictoriamente, cuanto más lejanas en el tiempo fueran las imágenes fotográficas, más lo impulsaban a corporeizarlas. La imagen que habían abandonado como un huevo, los corporeizaba de nuevo, asegura, para que no se nos escape que semejante imagen ha sido fecundada por el isomorfismo del fénix como imago. La contemplación de una instantánea que se pierde en la desinformación del pasado cada vez más remoto, de una imagen que es ya casi un vacío informativo, deviene fecundación, fábula, desarrollo narrativo, posibilidad diegésica. Pero la posibilidad, la representación mental misma, por objetiva que pueda presentarse, no va más allá de ese estado larval que él mismo le atribuye y no deviene, per se, en discurso. Se ha planteado, desde la contemplación, desde el descubrimiento del ojo que pasa, vertiginoso, a la figuración mental, una verdadera prueba heroica, la búsqueda del objetivo victorioso del héroe en el relato popular. Es necesario, entonces, emprender una travesía creativa a través del discurso literario y en virtud de un texto específicamente narrativo. El creador, así, se ve forzado a luchar con esas fuerzas determinantes del vacío primigenio, de la imagen anterior que pierde incluso su testimonio inicial.

Frente al determinismo de la naturaleza, escribe en “Confluencias”, el hombre responde con el total arbitrio de la imagen. Y frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría del hombre de la imagen reconstruida
[3]. La imagen, por tanto, se presenta como la más noble labor del hombre, como la cultura que él mismo va formando en su necesidad de imponerse a la naturaleza. Es, en realidad, el instrumento creador que permite engendrar todo nacimiento perteneciente a la escritura y, de ahí, la ascensión a las zonas cuyos sistemas creativos la protejan contra los desplantes de la espontaneidad de la ocurrencia en sí. La penetración de la imagen en la naturaleza engendra la sobrenaturaleza, anuncia[4]. Esta sobrenaturaleza engendrada por la penetración de la imagen en la naturaleza, da fe de la inmanencia de un concepto de cultura mediante el cual se presenta a un hombre que alcanza semejante dimensión solo si ha llegado a ser otro, mediante la imposición transformadora de la imagen. Es decir, la alteridad que la imagen representa e impone como el camino a la meta cultural humana.

Ahí estaba ya el devenir y el arquetipo, la vida y la literatura, el río heraclitano y la unidad parmenídea
[5].La literatura planteada explícitamente como un constante ejercicio de metamorfosis dirigida, como un arquetipo que deberá ser transformado, enriquecido y reconstruido por la imagen con que el arbitrio del hombre se defiende del determinismo de la naturaleza. La naturaleza, al ascender por la imagen aportada por el hombre, llega al nuevo reino de la sobrenaturaleza. Con ello, la concepción lezamiana de la literatura establece que el creador está llamado a escalar ese reino otro, nuevo en virtud del ejercicio, en tanto ha partido del vacío pleno de misterio que él mismo había ofrecido. El río heraclitano lezamiano es, por tanto, el estilo literario.

¿Cuál es, entonces, la búsqueda de esa solución creativa? ¿Cuál es el método para poner en acción ese arquetipo larval extraído del devenir?

El sometimiento constante a la otredad, del texto, y de la imagen que el texto hace patente. Con una decisión inexplicable, iba lentamente adelantando mi mano, como un ansioso recorrido por un desierto, hasta encontrarme la otra mano, lo otro
[6]. Esta descripción, que Lezama Lima escribe en bastante medida como respuesta justificativa a las reacciones alrededor de su novela Paradiso, muestra la esencia de esa clave.

El otro, y la constante alteridad de la imagen, como descubrimiento, como norma estilística y método factual de creación literaria. La imagen como instrumento capaz de llenar el vacío de la contemplación primigenia. De ahí que en ese mismo texto explicativo, hechizado por los antiguos movimientos de la mano, que es una y que es otra y no dos a un tiempo, diga:

La sombra, el doble, es el que rinde la ofrenda. El doble hace la primera ofrenda, rinde la primera imagen y Cemí asciende por la piedra del sacrificio a cumplimentar su patronímico de ídolo o imagen[7].

No solo se ha presentado José Cemí bajo su doble condición de enfermo sino que lo vemos bajo los cuidados de la nodriza, que es un doble del cuidado materno, una madre otra que va a nutrir lo entrañable de su infancia. A las doce de la noche, momento en que el día muere para dejar nacer un día nuevo, esta nodriza se enfrenta a la intoxicación del protagonista empleando una luz remota en el tiempo, una vela, pues el campamento militar se apagaba justo en esa hora bajo la imagen de un monstruo que viene a devorar escarabajos.

Y bajo la imagen de un discurso narrativo que rinde absoluto homenaje al poder de la imago, el lenguaje de Paradiso va creando su propia codificación estilística, su originalidad imprescindible, que es atmósfera y clave hacia el sentido de la acción, pero no personaje.

Notas

[1] José Lezama Lima: Paradiso, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2000, p. 43.

 

[2] José Lezama Lima: «Confluencias», en La cantidad hechizada, Ediciones Unión, La Habana, 1970, p. 440. Las referencias siguientes corresponden al mismo ensayo.

 

[3] Ob. Cit., p. 442.

 

[4] Ob. Cit., p. 441.

 

[5]  Id., p. 439.

 

[6]  Ibíd., p. 438.

 

[7]  Ibíd., p. 447.

Jorge Ángel Hernández
jorgeangelhdez@gmail.com

Publicado, originalmente, en Cuba Literaria http://www.cubaliteraria.cu/ - 26 de enero de 2015

http://www.cubaliteraria.com/articuloc.php?idarticulo=18200&idcolumna=29

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