Manuel Mujica Láinez. Volver a las fuentes
María González Rouco

Manuel Mujica Láinez nació en Buenos Aires en 1910; falleció en Cruz Chica, Córdoba, en 1984. “Estudió en colegios de Francia y Gran Bretaña. Desde joven, alternó la creación literaria con la crítica de arte, que desarrolló en el diario La Nación. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo. Fue Secretario del Museo Nacional de Arte Decorativo y, entre 1955 y 1958, ocupó la Dirección de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores. También integró la Academia Argentina de Letras y obtuvo, entre otras distinciones, los premios Kennedy, Nacional de Literatura (1963) y la Legión de Honor del Gobierno de Francia (1982). Además, en 1984, fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En 1969 el escritor y su familia se habían trasladado a Cruz Chica (Córdoba), instalándose en una antigua casona con un extenso parque, llamada ‘El Paraíso’, donde Mujica Láinez residió hasta su muerte”.

“De su vasta producción sobresale su obra narrativa, en la que cobra especial importancia la indagación de lo argentino, presente en Canto a Buenos Aires (1943); Aquí vivieron (1949), sobre la historia de una quinta de San Isidro (Bs. As.) y, especialmente, en el volumen de cuentos Misteriosa Buenos Aires (1950). Mujica Láinez retrató con escepticismo e ironía a los sectores tradicionales en Los viajeros (1955) y en Invitados en El Paraíso (1957. Su inclinación a lo fantástico y el carácter cosmopolita se pone de manifiesto en las novelas que transcurren en el Renacimiento italiano, como Bomarzo (1962), o en la Edad Media, como en el caso de El Unicornio (1965). Varias novelas y cuentos suyos fueron llevados al cine y a la televisión, y el compositor Alberto Ginastera realizó una ópera basada en Bomarzo, estrenada en Washington (E.E.U.U.) en 1967 y que obtuvo un amplio reconocimiento internacional” (1).

Manuel Mujica Làinez ha evocado en muchas oportunidades a sus ancestros. En Los porteños (2), él toma la palabra y se refiere a sus antepasados en los artículos titulados “Un poema, un autor y su genealogía”, “Los tìos de Inglaterra” y “Yo viví aquì (La quinta de los Beccar Varela)”. En esos textos, el elogio tiene como destinatarios a los protagonistas; el tono admirativo surge espontáneamente al hablar de familias patricias y personajes gloriosos.

La vida y la obra entera de Mujica Láinez se desarrollaron alimentadas por el vivo fuego de la estirpe hispánica y sus profundas raíces en el suelo americano. El escritor se muestra orgulloso de su genealogía y la recuerda con frecuencia. La circunstancia personal determina su creación artística. Se siente el afortunado heredero de una distinción y una cultura sin parangón; a través de los lazos sanguíneos ha recibido, si no la fortuna, todos los privilegios inherentes a ella. Quizás por esta razón es que elige para sus obras a protagonistas de la clase dirigente, a virreyes, condes y marqueses.

En un artículo publicado en La Nación, incluido en el volumen mencionado, recuerda a sus antepasados en diálogo con Borges. De la charla surge una diferencia: los ancestros del autor de El aleph han sido héroes; los de Mujica Láinez, estancieros y literatos. Entre estos últimos, se destacan los Varela, los Cané –el “romántico porteño” y el autor de Juvenilia-, el fundador de El Diario y, más cercanos a nosotros en el tiempo, Manuel Mujica Farías, su padre, autor de tratados jurídicos, y Lucía Láinez Varela, cuya pluma nos dio un libro de memorias de viaje y dos obras de teatro.

En “Dos abuelos, dos tendencias”, Mujica Láinez presenta a sus ancestros escindidos en dos corrientes: la criollista y la europeizante. Representante de la primera es Eleuterio Santos Mujica y Covarrubias, estanciero y tenaz partidario de Mitre. La otra corriente està representada en la persona del abuelo materno, Manuel Láinez, y en las del grupo de periodistas y literatos relacionados con nuestro autor por medio del progenitor de su madre.

La tradición familiar ha sido para Mujica Láinez fuente inagotable de temas, tanto en lo que se refiere a personajes como en lo concerniente a historias, vivencias, a esa atmósfera tan particular que encontramos en todas y cada una de las obras del descendiente de Juan de Garay.

El regreso

Manuel Mujica Láinez realizó innumerables viajes a lo largo de su vida, por diferentes motivos. Durante su adolescencia, vivió en París y en Londres; más tarde, ya periodista de La Nación, los viajes fueron para él parte de su trabajo. La misión oficial también fue un motivo para recorrer el mundo, como lo fue asimismo la creación literaria, que lo llevó a presenciar el estreno de Bomarzo en los Estados Unidos.

Poco antes de morir, Mujica Láinez reunió algunas de las crónicas que escribió para el diario capitalino, en dos volúmenes que tituló Placeres y fatigas de los viajes. Crónicas andariegas (3). En estos tomos agrupa artículos publicados entre 1935 –cuando viajó en el Zeppelin- y 1977.

En una entrevista realizada en 1978, afirma que cuando escribió esa primera nota, “Era un niño bien que iba a bailes y a fiestas” y lejos de enorgullecerse por haber sido elegido para realizar esa travesía, dice: “A mí me eligieron porque como era tan joven y hacía sólo tres años que estaba en el diario, no les importaba mucho perderme... (3)”.

Las condiciones en las que realiza sus viajes no siempre son las ideales, y muchas veces se lamenta de la velocidad que lleva en sus andanzas, o de otros inconvenientes lógicos, dada la época en que visita algunos países. El periodista comenta: “Hubiera querido tener el cuerpo sembrado de ojos, como Argos, pues lo que siempre sucede en estos viajes veloces es que lo más interesante es lo que uno va dejando a un costado, a la derecha o a la izquierda, (...) se hace lo que se puede con los escasos medios físicos de que se dispone”.

Además de la premura que lleva, juega contra él la realidad de los países europeos en la posguerra, que obliga a trazar el itinerario de acuerdo a lo posible y no a lo deseable; en Alemania, por ejemplo, debió alojarse en el albergue de los corresponsales de guerra, en un cuarto diminuto que “debió nacer cocina, pues conserva en un rincón una pileta de lavar platos y, en el otro, un caño sospechoso”.

Los lugares que recorre lo impresionan siempre, aunque por diferentes razones. En algunos de ellos admira la historia milenaria o el coraje de sus habitantes; en otros, reconoce espacios propios, ya sea por herencia o por vivencias. Uno de los dos países a los que más se siente ligado el periodista es –el lector lo habrá supuesto- España.

En España vivieron sus ancestros; uno de ellos, hace siglos, se lanzó al mar, en busca de la promesa americana. “Cada uno de nosotros es, en buena proporción, consecuencia de la cadena ancestral que le dio vida –afirma-, y mis eslabones hispanos, rotos hace casi dos centurias, siguen unidos invisiblemente a mis eslabones de la Argentina. Hoy los siento trémulos, vibrantes, dentro de mí”.

Este sentimiento alcanza su clímax cuando el poeta visita, en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastián, , la casa de sus mayores, en una “peregrinación a las fuentes”: “Con Armendáriz torné a entrar en la iglesia. Me enseñó, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mí. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostró junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, más o menos, está destinada a escuela, correo, dependencias municipales y qué sé yo qué. Sobre la puerta sigue intacto el blasón, como en tantas y tantas casas de Guipúzcoa”.

Se refiere a su estado de ánimo de ese momento: “Experimenté, como es lógico, una especie de emoción difícil de definir. Ella aumentó cuando, algo después, el alcalde nos guió al cónsul y a mí para que, desde la altura del hospital, abarcáramos la vista del pueblo. Cuatro hermanas de caridad, alegres, parloteantes, sonoras de llaves y de rosarios (la más ágil, Sor Pastora), nos escoltaron a lo largo de vastas salas llenas de camas vacías –pues en Villafranca no hay más que trece asilados en el hospital, y la principal razòn de ser de ese instituto monjil finca en su colegio- para que asomándose a las ventanas del primer piso, apreciáramos en su conjunto la hermosura del pueblo. Y entonces, al verlo tan pequeño, tan esmirriado, con sus tejas venerables, sus edificios hidalgos y sus muros pobrecitos, sentí que algo se apretaba dentro de mí”.

Recordó entonces a “aquel Juan Bautista de Mujica y Gorostizu, tan vasco, quizás el tercero o el cuarto hijo de una familia numerosa, de hacienda flaca, que un día resolvió irse de Villafranca de Oria, de estas montañas, de este río rumoroso, de estas casas soñolientas, de estos pinos velados por la bruma, de esta iglesia que guardaba la historia de los suyos”. Se fue “allende el mar, al extremo del mundo, porque –según se refería- se había abierto el puerto de Buenos Aires al comercio, en un nuevo virreinato, y acaso allí –pero eso sí, desgarrándose de todo, como quien se cercena una mano a sí mismo- habría posibilidades de medrar, para un muchacho sin temor”.

El escritor plasma en este artículo la emoción que sintió: “Ese pensamiento me acercó a él, por encima del tiempo, mágicamente, y a la casa que acababa de ver junto a la iglesia de Santa María. Y al hacerlo comprendí que no me estaba despidiendo de España sino, al contrario, regresando a ella, a mi casa, y aunque me fuera lejos nunca me iría de aquí, donde las raíces se hunden entre tumbas y el río Oria le repite a mi sangre, para siempre, una vieja ronda familiar” .           

Notas

1. Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.

2. Mujica Láinez, Manuel: Los Porteños. Buenos Aires, La Ciudad, 1979.

3. Mujica Láinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crónicas andariegas. Buenos Aires, Sudamericana, 1993.

(Tema abordado en la Tesis de Licenciatura en Letras, “Manuel Mujica Láinez: la experiencia personal en la elaboración literaria”, defendida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en  1984)

María González Rouco

Lic. en Letras UNBA, Periodista

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