Inmigracion y literatura
(1830-1960)

Lic. María González Rouco

Sumario

Prólogo

Presentación

1. Motivos

2. El viaje

3. Primeros días

4. Hacia el interior

5. Actitudes

6. El idioma

7. Religión

8. Oficios

9. Qué comían

10. Costumbres

11. Festejos

12. Entretenimientos

13. La nostalgia

14. Volver

Bibliografía

Agradecimientos

Comentarios

Actualización de

Gonzalez Rouco, María

Inmigración y literatura - 1a ed. - Bu : el autor, 2006.

Internet.

ISBN 987-05-0738-7

1. Investigación Periodística. I. Título

CDD 070.44

Prólogo

Indagar sobre la Inmigración en América es una cuestión nada sencilla, si se tiene en cuenta la multiplicidad de factores que afrontaron los inmigrantes del Viejo Mundo. Aunar, analizar, desentrañar los motivos que llevaron a esos viajeros a embarcarse hacia América, requiere un acopio de material diverso y una inserción teleológica por parte de María González Rouco que al lector le producirá asombro. Es que esta impresión es la que me ha acometido ya en las primeras páginas de esta sólida investigación. La autora, nieta de gallegos y bisnieta de lombardos, no ha escatimado esfuerzo al consustanciarse con una amplísima bibliografía, sobrepasando la Historia misma para entrar en el mundo de la ficción y de la poesía, como podrá apreciarse por la cantidad de notas al final de cada capítulo. Novelas, cuentos, poemarios, artículos de diarios y revistas, serán expuestos textualmente, y, al mismo tiempo, con una óptica objetiva, de los que el lector irá deduciendo conclusiones propias. Para darse una idea y sopesar la importancia de este trabajo, tras el primer capítulo, la bibliografía alcanzará a ochenta y dos notas. Judíos, gallegos, italianos, húngaros, rusos, irlandeses, estarán contemplados por el ojo avizor, sagaz y preciso en la contemplación, de María González Rouco, como viendo y comprendiendo el sentir de esos inmigrantes, indefensos, desprovistos de todo, que parecen estar entrando al puerto de Buenos Aires. Y digo “parecen” porque el tono admirativo de la autora implica, además de una vasta gama de contextos, una sensación de presencialidad: el dolor por el desarraigo de esos inmigrantes es uno de los motivos de esta investigación. Ver y comprender trasunta una identificación con las vicisitudes por las que irían a atravesar esos seres: marginaciones, explotación, enfermedades, muerte de niños. Es que me estoy refiriendo al sentir de María González Rouco, que se traduce en un homenaje a los inmigrantes que no tiene precedentes, ya que ha indagado en los escritores más representativos de la literatura argentina y ha puesto en escena secuencias narrativas y poemas emocionantes alusivos a la inmigración. No nos olvidemos que muchos de estos escritores fueron inmigrantes y otros, descendientes, herederos de esa epopeya, testigos insoslayables. María González Rouco ha saltado por el cerco inesquivable del ya clásico Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff –libro de “cabecera” de nuestra literatura argentina- y ha compendiado una cantidad apreciable de obras –muchas olvidadas-, estructurando una investigación abarcante. Así, motivos, viajes, costumbres y comidas, las primeras actitudes de asombro por parte de esos seres que se habían lanzado a una extraordinaria aventura, se irán presentando con una escritura grácil y un vuelo periodístico que agiliza la lectura. Otro mérito es el haber incorporado narradores recientes y a escritores de valía que están injustamente marginados de los circuitos comerciales de las editoriales de mayor marketing. La reproducción del Manual de inmigrantes italianos –al referirse la autora al Hotel de Inmigrantes- es conmovedora, como así también la travesía del húngaro judío Lajos Fehér, que consigue un pasaporte falso para embarcarse en el Augustus, o la dolorosa partida del asturiano Modesto Montoto que aborda el Alfonso XIII, quien escribe en su diario: “Con el corazón lanzo un adiós a los míos, a la Santina de Covadonga y a Asturias”. Otro testimonio que sacude los cimientos es el de José Wanza, un inmigrante que se establecerá en Tucumán: “En Buenos Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos”. Esta inserción de María González Rouco excede los marcos de una investigación académica, precisa en la bibliografía y en los testimonios, va mucho más allá porque nos pone sobre el tapete cuestiones y problemáticas que ya traían esos inmigrantes, castigados en sus países de origen por las guerras y el hambre. Por esto, insisto en el tono de presencialidad que observan estas páginas de María González Rouco. De ahí que el término que he acuñado –inserción- implica una visión tan objetiva como de sentido homenaje a esos inmigrantes, entregados por el destino a la “buena de Dios” en las tierras de América. La reactualización de datos y cronologías, la nueva puesta en escena de títulos de obras de ficción a lo largo de un siglo y medio, como el relevamiento de artículos y ensayos, o de instituciones como The Jewish Inmigration Center, nos indican a las claras que este trabajo de María González Rouco significará un más que valioso aporte sobre el cruce de las culturas en general, y sobre la Inmigración, epopeya única e indivisible por su grandeza, en especial. Una investigación que debe ponernos orgullosos por su agudeza crítica y por la generosidad en la entrega, rasgos que ya han caracterizado la trayectoria curricular y periodística de María González Rouco.

Sebastián Jorgi

Presentación

Me propongo en este trabajo recuperar para los inmigrantes y sus descendientes esas historias cotidianas que nos describen la vida en la tierra nueva. Para ello, he recurrido a los testimonios de escritores, historiadores, actores, periodistas, y de los inmigrantes que conozco, incluidos los familiares. También transcribo testimonios de hijos y nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material en librerías “de viejo” y en bibliotecas. Después de que se publicaron las monografías por separado, recibí mails desde diversos países –España, Francia, Israel y otros-, en los que me relataban experiencias; muchas de ellas fueron incorporadas a este trabajo. Archivando y preguntando, llegué a reunir los recuerdos transcriptos en esta obra, que intenta ser un homenaje a quienes vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y trabajo”.

Los textos a los que me refiero, y que transcribo parcialmente, provienen de memorias, biografías, ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos pasajes provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión, tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no han sido reflejados en estas páginas; abordaré este aspecto en un futuro.

Escribir este libro llevó muchos meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una tarea difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios relatados se referían a la crueldad humana y su reflejo en toda la sociedad, pero especialmente en los más desprotegidos. En América, esos inmigrantes encontraron una vida digna –aún debiendo soportar a los xenófobos-, pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña, estén donde estén. Como contrapartida, asistimos también al relato de sus logros, los que alcanzaron con fe, laboriosidad y privaciones.

En un principio, tomé el lapso que va de 1880 a 1930 –entre esas fechas llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y a Tandil, mis bisabuelos lombardos-; luego me di cuenta de que era necesario incorporar material relativo a décadas anteriores y posteriores a las mencionadas, sin el cual, el trabajo quedaría incompleto.

“Inmigración y literatura” fue el título del primer artículo periodístico que escribí sobre este tema. Esa visión literaria se fue ampliando con historias de vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan valiosos a la hora de conocer una etapa. Doce de los capítulos que componen este volumen fueron publicados durante 2002 en el sitio www.monografias.com. Luego los amplié y actualicé, y agregué dos más, que también fueron publicados en el mismo sitio.El trabajo completo apareció en www.monografias.com en 2005.

Faltan muchas historias, y hay colectividades representadas con más testimonios que otras. No hay una “razón de amor” –salvo en lo referido a los gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay información más accesible que sobre otras. En las próximas actualizaciones me ocuparé de las comunidades menos abordadas en este trabajo.

Este libro, en el que hablan personalidades relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones, sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás tientan suerte en la tierra de sus abuelos.

Los motivos

Algunas de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar desde los  instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”- “Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1).

José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en 1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (2).

En el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3). Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente, también fueron causa de emigración.

Notas

(1)     Cirigliano, Gustavo: “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.

(2)     Estévez, Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa, 7 de noviembre de 1998.

(3)     Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, www.telepolis.com.

Guerras, persecuciones

Leopoldo Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra Prometida” (1).

La política aparece reiteradamente como motivo de emigración. Del fascismo y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar “porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por los camisas negras”. El anciano narra qué había sucedido: “Sabían que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré a América” (2).

Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en “Agua en la boca”. La protagonista se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe: “Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3).

En “Desarraigo”, cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido por la guerra” (4).

Los recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice: “era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini...” (5).

También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: “Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929” (6).

Debieron emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia: “El 15 de septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento” (7).

Juan Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien alentó a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial. ‘Es una tierra donde no hay hambre y no hay guerra’, le decía a su esposo Pedro, que era mecánico de vuelo” (8).

Blas Gurrieri nació en el pueblo de Conza, provincia de Raguna. “En la posguerra, allá por el 1948, el fantasma de la Guerra de Corea empezaba a convertirse en una amenaza peor a lo vivido y don José decidió embarcar a su familia a tierras más tranquilas” (9).

Hubo quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció aquí: “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años” (10).

Huyendo del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar...” (11).

La emigración aparece como una alternativa que otros italianos no aceptan, porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela La piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos “no pueden pagarse un billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo abandonarías?” (12).

Vino de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi. El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina” (13). Los sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza” (14).

El croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar” (15).

Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (16). También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un periodista: “Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su país natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron como inmigrantes en 1948 a la Argentina” (17).

A la vienesa Hedy Crilla, “el creciente antisemitismo de los nazis en el poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la Argentina” (18).

“En 1939, como tantos otros judíos perseguidos por las hordas de Hitler, los Hurwitz se despidieron de su casa”, en Alemania (19).

Fueron perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”.

Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: “Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada (20).

María Arcuschín recuerda, en De Ucrania a Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar. Los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz” (21).

José Muchnik recuerda la tragedia de sus mayores: “Argentina es el pulso de múltiples venas en un mismo estuario…por eso somos todos argentinos… Ahí anclaron , gallegos o andaluces, sicilianos o calabreses, franceses del Béarn o del Aveyron, portugueses, japoneses, libaneses, sirios, rusos, ucranianos, serbios, croatas… judíos expulsados por los pogroms, armenios huyendo del genocidio turco …paraguayos, bolivianos o brasileros…acentuaron el sabor latino de esas tierras…y hasta millares de coreaneos aportaron hace poco su encanto oriental a esta odisea. Argentina…raíces no sólo de tierra sino también de cielo. Mi palabra, estas palabras, no artículos y adjetivos, sí sangre y silencios…mi padre dejó madre y hermano degollados en un « shteitl » ukraniano antes de ser el más criollo de los criollos con sus mates de madrugada en la ferretería de Boedo, barrio de tango, barrio de mis primeros amores…” (22).

“Nací en Córdoba, Argentina –relata Perla Suez-, pero toda mi infancia transcurrió en Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, lugar próximo a las tierras donde se radicaron mis abuelos cuando llegaron, a finales del siglo XIX, con la primera corriente de inmigrantes judíos que escaparon de la Rusia zarista” (23).

En Minsk, en 1941, a una adolescente y a sus padres les advertían el peligro: “a Tínkele –relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar que gran parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son los primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán a los judíos si no huyen a tiempo hacia Palestina o América. Los religiosos oran y esperan pasivos el destino que Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres oscilan entre ambos y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye que los que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor el futuro. Los padres de Leie también creen que hay que emigrar, pero no les es fácil movilizarse con una familia tan grande y sin dinero” (24).

El pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país” (25).

Emigraron, asimismo, los padres de Alejandra Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en Buenos Aires en 1936, apodada Buma, convertida en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su elección definitiva por la poesía. Flora (Buma en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (26).

Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia, donde “Otra vez los gritos de ‘yid’ atronaban la calle. El viaje había sido inútil. Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos la guerra había terminado pero no su odio por los judíos. (...) el celo polaco podía dejar atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba. (...) También de Polonia debían irse” (27).

Alejandro Kokocinski, “hijo de un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro Kokocinski consiguió una nacionalidad, la argentina. Hasta entonces era un apátrida. ‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino –aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana de grande, porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía una patria. Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a Buenos Aires” (28).

Con el título ...Y elegirás la vida, “un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio, inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’ (...) En los párrafos que siguen (29), apenas una parte de las historias que integran el libro”.

“En abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos, antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim? Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy fuerte’ ".

“Auschwitz, 24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...), dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...). Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por conservar la vida’ ".

Relata Isak Lempert: "Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón".

"A veces pienso cómo fue que después de la guerra tuvimos ganas de seguir viviendo, de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte. No sé explicar cómo ocurre, pero llega un bendito día en que uno vuelve a interesarse en una receta de cocina".

Dice Moniek Taub: " ‘­Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad? ‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz, si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente y salía humo?’ ".

Moisés Borowicz recuerda: “Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’ ".

"Llegamos a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor... Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros. (...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no soy una resentida".

"‘Yo te quiero contar -dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se sepa’. Supuse que aludía a los crímenes cometidos por Hitler, pero me equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa que sé hablar idish y hebreo gracias a la escuela del ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto se había organizado un coro, y que cantábamos. Sí, en el ghetto de Vilna cantábamos y estudiábamos; a pesar de los nazis. Y de esto no habla nadie’ ".

"Es increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de seguir vivo".

Sostiene Regina Kenigstein de Hubel: "Una vez por mes habría que hacer una lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz, querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga."

También escrito por Schettini, leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos días de Auschwitz” (30), en el que entrevista a otra sobreviviente, quien le dice: “-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A 15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan la fuerza para vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el pozo más negro de la historia de la humanidad”.

“Se conmemoran los 60 años de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más impresionan es aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente que no estuvo en Auschwitz nunca podrá entrar. Gente que estuvo ahí nunca podrá salir’. Por poco que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno la habite, es posible advertir que la angustia que encierra es casi insondable” (31).

La historia que nunca les conté - El Libro de Gisela (Polonia 1943-1944), fue escrito por Mariano Fiszman y Roberto Raschella. “El protagonista de este relato –afirma Rubén Chababo- es Gisela Gleis, una joven judía de nacionalidad polaca, habitante de Stanislawow, un pequeño poblado, quien durante los años de la ocupación alemana se refugia junto a una treintena de personas de su pueblo natal en un sótano. Durante casi dos años, esperando el fin de la guerra y el cese de la ocupación, este grupo resiste la más absoluta de las adversidades. La posibilidad de ese refugio les es brindada por un hombre, vecino del lugar, de religión católica, llamado Staszek, quien ante la evidencia de la deportación y el asesinato masivo de miles de judíos llevada adelante por la Gestapo, decide arriesgar su vida para que ese puñado de perseguidos se salve de una muerte segura. Una vez terminada la guerra Gisela Gleis emigra a la Argentina junto a su marido Max, también habitante del sótano, y es en nuestro país donde viven y mueren ya ancianos, él en 1990 y ella en 2001. Los escritores Roberto Raschella y Mariano Fiszman fueron tras la voz de Gisela y durante tres años la entrevistaron en su casa del barrio de Flores, tratando de obtener la mayor información posible para que esta historia no fuera olvidada” (32).

Para proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales de los treinta”. La moribunda había dicho: “ma fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre refroidisse” (33). Esta es la historia que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista en el Premio Planeta 1997.

Entrevistado por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: “¿Cómo han venido aquí nuestros judíos? Escapando, prácticamente, de pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban la vida en el ghetto porque significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en la miseria, era su hogar” (34).

“El país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo patrimonio cultural ante la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder a la política inmigratoria propuesta por la República Argentina. Así fue como algunos eligieron a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus ideales” (35).

La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moure, pasajero del Massilia, quien recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América” (36).

Durante la contienda, “los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se refugiaron en las colonias vascas de América latina y buscaron el respaldo logístico y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña. En nuestro país se produjo una movilización de la comunidad para favorecer la radicación de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir de España como de los que se habían establecido momentáneamente en Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi. El presidente Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció ya en 1940 a un comité de personalidades argentinas y españolas como intermediario para la rápida entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía de que no tuvieran antecedentes comunistas” (37).

Emigró la española María Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro: “Estaban en la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires” (38).

El humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años” (39).

Manuel García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España natal” (40).

El guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó: “Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió aquí, vivo con mi madre” (41).

Llegaban sefaradíes. En su libro La cita en Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff, “oriundo de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos episodios del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso. Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a Buenos Aires, donde se refugian los últimos miembros de una familia que creyó en el trabajo y en el progreso” (42).

De Esmirna viene otros sefaradíes, aterrorizados por las matanzas de griegos y armenios: “Masaltó sabía que la situación en Izmir no les ofrecería paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette y toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias deportadas de Izmir, esa herida no cerraría con facilidad” (43).

“Acerca de las causas de la emigración, los armenios de la Argentina consideran que la misma fue forzada, a partir de las persecuciones políticas en el Imperio Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y durante ella (Genocidio de 1915)” (44).

En “A los que se encuentran en un pozo” (45), Gustavo Bedrossian homenajea a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real, maravillosamente real. La situación es la siguiente: el protagonista es un adolescente que ha perdido a su familia. Hace minutos vio cómo delante de sus narices mataron a parte de su familia a palazos. A él mismo luego de golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que golpean y matan pensando que está muerto. Pero él no está muerto... Siguen matando gente y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos, el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde sólo se respira muerte. ¿Qué expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo de enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió la historia? Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar con una mujer que suponía era su madre. Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo”.

Décadas después llegarían más japoneses (46), a sumarse a la colectividad que ya estaba instalada aquí en tiempos del Centenario (47).

En Flores de un solo día (48), Anna Kazumi Stahl relata la historia de “Aimée y su madre, Hanako. La madre “ desde chica sufría tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa de origen y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial hacer su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir los nueve años de edad. Peores eran sus circunstancias, porque a causa de una enfermedad infantil había quedado sin habla, con daños en el centro del habla del cerebro, y no podía entender las explicaciones que le daban la empleada doméstica y el coronel mismo, su padre”.

Con Gaijin. La aventura de emigrar a la Argentina (48), Maximiliano Matayoshi ganó el Premio Primera Novela UNAM-Alfaguara. En esa obra, relata un adolescente, poco antes de dejar Okinawa: “Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo”.

Notas

1 Díaz, Leopoldo: “Tierra prometida”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.

2 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.

3 Poletti, Syria: “Agua en la boca”, en Taller de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977.

4 De Benedictis, Ana María: “El desarraigo”, en El Tiempo, Azul, 24 de marzo de 2002.

5 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación Revista, 12 de julio de 1978.

6 Ingberg, Pablo: “El amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.

7 Criscuolo, Eduardo: “Un habitante ‘gris’ de Coghlan: Julián Centeya”, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, diciembre de 2003.

8 Barbiero, Daniel: “Confieso que he vivido”, en El Barrio Periódico de Noticias, Año 5, N° 50, Mayo de 2003.

9 Artola, Daniel: “EL ESCULTOR BLAS GURRIERI SE DEFIENDE DE LOS DICTADOS DEL MERCADO ‘El arte es sagrado’ “, en El Barrio Periódico de Noticias, Diciembre de 2005.

10 Patat, Alejandro: “El país de los sueños perdidos”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de abril de 2002.

11 Gaffoglio, Loreley: “El teatro me contuvo”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.

12 Malaparte, Curzio: La piel. 1949.

13 Aubele, Luis: “A boca de jarro”, en La Nación, 23 de junio de 2002.

14 S/F: “Viaje a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.

15 Anzorreguy, Chuny: El ángel del Capitán. Biografía del Capitán Croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

16 Savoia, Claudio: “Un milagro argentino en Africa”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 3 de agosto de 2003.

17 S/F: “Una vida dedicada a los ferrocarriles”, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, Noviembre de 2003.

18 Saavedra, Guillermo: “Vida en escena”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.

19 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín Viva, 14 de enero de 2000.

20 Flichman, Rosalía de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.

21 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar. 1986.

22 Muchnik, José: “Somos todos argentinos”, en El Damero. www.icarodigital.com.ar.

23 Suez, Perla: “Relato de Vida”, en www.perlasuez.com.ar.

24 Fingueret, Manuela: Hija del silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999. 218 pp.

25 Califa, Oche: “Historia con tango y misterio”, en Un bandoneón vivo, Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

26 Amuchástegui, Irene: “Poeta del insomnio”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.

27 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.

28 Algañaraz, Julio: “Pintor y aventurero”, en Clarín Revista, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.

29 S/F: “... Y elegirás la vida”. Foto: Daniel Pessah. En La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de marzo de 2005.

30 Schettini, Adriana: “Un testimonio para la memoria. Los últimos días de Auschwitz”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de enero de 2005.

31 Valiente Noailles, Enrique: “Auschwitz aún no fue liberado”, en La Nación, Buenos Aires, 30 de enero de 2005.

32 Chababo, Rubén: “La dimensión única del milagro de una vida”, en La Capital, Rosario, 14 de agosto de 2005.

33 Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.

34 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.

35 S/F: Hotel Gwesty Tywi, Gaiman, Patagonia – Hostería Galesa – Welsh Colonial B&B.htm

36 S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.

37 García Lupo, Rogelio: “Los espías vascos que operaron en la Argentina”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de enero de 2003.

38 Mactas, Mario: “Norma Aleandro. Estados del corazón”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.

39 Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.

40 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.

41 S/F: “Manolo Yglesias”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 6. Buenos Aires, Mayo de 1998.

42 Malinow, Inés: “Testimonio familiar”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 1998.

43 León, Luis: “Historias de Izmir. Los finiricos”, en SEFARaires, N° 3, Julio de 2002.

44 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.

45  Bedrossian, Gustavo: “A los que se encuentran en un pozo”, en www.psicorecursos.com.ar.

46  Castrillón, Ernesto G. y Casabal, Luis: “Japoneses en la Argentina. Recuerdos de la guerra”, en La Nación Revista, 27 de septiembre de 1998.

47  Fainsod, Jéssica: “La infancia de la ciudad”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 1999.

48  Kazumi Stahl, Anna: Flores de un solo día. Buenos Aires, Seix Barral, 2002.

49  Matayoshi, Maximiliano: Gaijin. Buenos Aires, Alfaguara, 2002.

En la Argentina

Nélida Boulgourdjian-Toufeksian destaca la labor de la prensa argentina, con respecto a la comunidad armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo lugar en Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos oculares, informes de funcionarios de potencias europeas) salían a la luz para dar cuenta de un crimen que habría de constituirse en el antecedente de otros que sembraron de horror el siglo. La prensa europea y la americana plasmaron en sus páginas las noticias de hechos y situaciones patéticas que superaban con creces lo que el simple lector podía imaginar como posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde el siglo XIX las matanzas de los armenios en el Imperio otomano de 1894-1896 fueron ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto desde entonces la preocupación y la sensibilidad de los argentinos frente a hechos aberrantes que afectaron a un pueblo del cual poco o nada sabían. La frecuencia y el caudal de la información –noticias del día, editoriales y notas de fondo- así lo demuestran” (1).

Durante la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano” (2).

Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda María Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”. Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living” (3).

Las privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema: “mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre...’ “ (4).

En un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en la nueva tierra, sabían que los suyos eran víctimas de la persecución. Desde la Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio. La angustia y la desolación son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a los que un niño comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá llorándole toda la cabeza al pequeño. Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá que regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos de nuevos/ silencios. 1940” (5).

A un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz: “El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida. La carta narraba sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia, donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio” (6).

Un episodio igualmente aciago relata Mito Sela en Babilonia chica: “Un día papá se encerró en su dormitorio ‘¿Por qué?’, le pregunté a mamá., ‘La carta de Palestina’, me respondió. La carta informaba a mi padre lo acontecido con su familia en los campos de exterminio en Europa. Pocos quedaron con vida. Mi madre y yo nos sentamos afuera y dejamos a papá llorar. Cuando salió, aún con lágrimas en los ojos, nos abrazó. Y yo sentí su cuerpo envejecido. Quise consolarlo, pero no pude. Quise llorar, pero no pude. Quise gritar, pero no pude. Nunca más lo vi llorar” (7).

Norma Manzur afirma: “Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre todo la tristes se hablaban en idish, idioma que nunca aprendí. La guerra en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé” (8).

“La shoá, el hecho traumático primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras” (9).

Escribe Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos, “para el sábado era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse todos alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier intento por modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición del padre y sus recuerdos que flotaban durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese abuelo que Mario no había conocido a resultas de la guerra, la misma que de una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos” (10).

Mónica Sifrim escribe: “No señor. En mis antepasados no hay diabéticos, hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,/ uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro o cinco de melancolía” (11).

Los inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento de Sebastián Jorgi, un hombre dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación contigua. Vos me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola porque tiene mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán a la casona del fondo del campo” (12).

Los padres de Daniel Goldman, “ambos polacos, fueron sobrevivientes del Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano después de escapar de un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación amiga del idealismo” (13).

Acerca del Deutscher Klub, o Club Alemán de Buenos Aires, afirma Willy G. Bouillon: “Los dos conflictos bélicos mundiales del siglo XX fueron de efecto muy negativo para el DK. Durante el primero de ellos, el hundimiento de un buque argentino fue atribuido al ataque de un submarino alemán. La entidad sufrió un atentado y debió permanecer cerrada varios años, hasta 1921. En el segundo, la alineación argentina en contra del Eje provocó que se le retirara la personería jurídica y se confiscó la sede. En el 51 se dio marcha atrás con lo primero, pero no se restituyó el edificio social. Hubo entonces un nuevo traslado, esta vez a un petit hotel, en Arroyo 1034” (14).

En su novela Hotel Edén, escribe Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra” (15).

Señala Luis León: “El holocausto que impactó de lleno en todas las comunidades ashkenazíes de Europa, golpeó también a los sefaradíes de Grecia y los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que concluyeron con la declaración de la independencia del Estado de Israel, movilizó a los djidiós en igual magnitud que a las otras comunidades judías de Buenos Aires. Un gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de djidiós de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas, desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning, recuerda ‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos’ ” (16).

Afirma Carlos Szwarcer: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda” (17).

Con respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América, las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías. Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”.

“A mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes. Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la península”.

“Al ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano” (18).

Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park” (19).

Helvio Botana escribe en sus memorias: “mi padre convirtió la guerra española en problema argentino, pues así se lo tomó... Por influjo de Crítica nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue, en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados. El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió pasionalmente un suceso que fue nuestro” (20).

Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior” (21).

Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (22).

Llorarían asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción perdida en Buenos Aires al Oeste -novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes en 1986-, quien se define como “la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la Guerra Civil” (23).

“En 1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era muy chico, pero todo eso me marcó” (24).

Antonio Gonzalo Soto Canalejo es recordado como el líder de la Patagonia Rebelde. “En 1936 cuando se declara la guerra civil en España Soto intenta ir a pelear por la República, pero su salud no se lo permite” (25).

En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En “La noche de la cruz de plata”, Jorge Torres Zavaleta evoca otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente el hijo que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado” (26).

En Latas de cerveza en el Río de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (27).

El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un italiano. En “16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país, pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (28).

Notas

1 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: EL GENOCIDIO ARMENIO en la prensa argentina. Tomo II 1901-1915. 350 pp. Buenos Aires, Unión General Armenia de Beneficencia, 2005.

2 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.

3 Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”, en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.

4 García, Griselda. Poema inédito.

5 Silber, Marcos: Doloratas. Buenos Aires, Milá, 2001. (en colaboración con Carlos Levy).

6 Fernández Díaz, Jorge: “Marcos Aguinis. Un hombre del Renacimiento”, Fotos: Daniel Merle, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.

7 Sela, Mito: Babilonia chica.Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria)

8 Manzur, Norma: Lazos y Nudos. Cuentos, Buenos Aires, Editorial Milá, 2003.

9 Wang, Diana: “La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio”, en Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida; Toufeksian, Juan Carlos y Alemian, Carlos (eds.): Análisis de prácticas genocidas Actas del IV Encuentro sobre Genocidio. Buenos Aires, Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004.

10 Goldberg, Mauricio: op. cit..

11 Sifrim, Mónica: Novela familiar. Buenos Aires, Ultimo Reino, 1990.

12 Jorgi, Sebastián: “Tardes del Lorraine”, en Tardes del Lorraine. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 1996.

13  Fondevila, Fabiana: “Los personajes del año”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.

14  Bouillon, Willy G.: “A 150 años de su creación El Club Alemán de Buenos Aires, en plena apertura a la comunidad”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de octubre de 2005.

15  Gusmán, Luis: Hotel Edén. Buenos Aires, Norma, 1999. 246 pp.

16  León, Luis: “Recuerdos de la partición”, en SEFARaires, N° 13, Mayo de 2003.

17  Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en Todo es historia, N° 422, Septiembre de 2002.

18  Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.

19  Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero Celta, Buenos Aires, Año I N° 9, Julio de 1996.

20  Botana, Helvio: Memorias. Tras los dientes del perro. Buenos Aires, 1977.

21  Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. Vol. VI (Capítulo).

22  Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.

23  Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.

24  Aubele, Luis: “A boca de jarro Miguel Schapire ‘Los porteños nos parecemos a los griegos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 31 de julio de 2005.

25  S/F: “Antonio "Gallego" Soto Líder de la Patagonia Rebelde”, Información tomada del folleto distribuido en Buenos Aires, Santa Cruz y Punta Arenas, durante los homenajes a Antonio "Gallego" Soto con motivo del centenario de su nacimiento en octubre de 1997. Ferrol 1897 - Punta Arenas 1963. Versión galega: “O “gallego” Antonio Soto, líder da Patagonia Rebelde” - Lois Pérez Leira - Actualidade CGI Outubro 1/1999. Incluido en www.discepolo.org.ar.

26  Torres Zavaleta, Jorge: El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.

27  Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp.

28  Flores, Marili: “16 de Junio de 1982”, en www.elmuro.com

El reclutamiento

“Principalmente los que tenían hijos varones necesitaban huir del largo e interminable servicio militar, que atrapaba a los adolescentes sin liberarlos antes de cinco años” (1), escribe Arcuschín.

Bajo el reinado del zar Alejandro II (1855-1881), “causó gran impacto entre los colonos alemanes la noticia de que el zar había resuelto dejar sin efecto la promesa formal de Catalina II que los eximía del servicio militar a ellos y a sus descendientes. Dicho servicio era particularmente temido puesto que duraba entre cinco y siete años –más nueve en la reserva- y se efectuaba en lugares muy alejados del Volga. Juan Denzel, que vino a la Argentina en 1914, recuerda que el principal motivo de descontento seguía siendo ése, tanto en su época como en la de su padre. Les resultaba intolerable e injusto ‘salir jóvenes de las colonias y volver con canas’. Por ello, muchos desertaban durante sus meses de licencia quedando así fuera de la ley y sin otra alternativa que la emigración. Desde luego que aquellos que permanecieron en Rusia hasta esa fecha siendo adultos, sumaban al temor de la milicia el de las guerras; primero la ruso-japonesa (1904-1905) y luego la primera guerra mundial, con la paralela situación de revolución interna” (2).

Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)”.

Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además, “en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”.

El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: “En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar”.

No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo)” (3).

El gallego Francisco Coira llegó a la Argentina en 1925, “como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse...” (4).

Por la misma razón vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos (5).

Encontramos en una novela una alusión a esta realidad. En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (6).

Sin embargo, para un personaje de Rubén Benítez, hay un destino peor que el reclutamiento. En La pradera de los asfódelos, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta, escribe a una madre española: “Cuando el muchacho crezca, mándamelo. Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año. Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos”. La madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no vuelve ninguno” (7).

Luis León transcribe el testimonio de Arouj de Bembasat: “ Mi padre un día en Izmir, se encontró con un conocido que le dijo que lo buscaban para que fuera a hacer l´askierlik, el servicio militar obligatorio en Turquía, muy temido por lo prolongado y riesgoso. Sin dudarlo, pidió que avisara a su madre, y sin regresar a tomar siquiera un poco de ropa se subió al primer barco que estaba en el puerto, ignorando a dónde lo llevaría. Así llegó a Buenos Aires, allá por 1902 ó 1903.. (...) Trabajó muy fuerte y le fue muy bien” (8).

Notas

1 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.

2  Weyne, Olga: El Ultimo Puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella, 1986.

3  Méndez Muslera, Luciano: op.cit.

4  Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.

5  Ceratto, Virginia: op. cit.

6  Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999.

7  Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.

8  León, Luis: “Inmigrantes sefaradíes. Allá por la calle 25 de Mayo”, en SEFARaires N° 24, Abril de 2004.

Hacer la América

“Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. (...) También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración” (1). En otras regiones de Europa, la situación no era mejor.

Sobre los irlandeses, leemos: “Muy arraigados a su tierra, y con escasa inclinación a emigrar, es posible que la clase obrera y campesina nunca hubiese abandonado su país de no haberse producido la gran catástrofe de los años 1845 a 1849. Pero esos años fueron fatídicos y decisivos. Parecía como si de pronto todas las fuerzas de la naturaleza se hubieran confabulado para dar al traste con un pequeño país que, tras siglos de abandono y mala administración, carecía enteramente de reservas. Los verdes campos asolados por la terrible plaga de la papa; epidemias de tifus y escorbuto diezmando cruelmente a la población. En el breve período de aquellos cuatro años, dos millones aproximadamente de sus pobladores perecieron a causa del hambre o las fiebres, ya en su propia tierra, ya en el curso de los espantosos viajes a que les llevó el intento de salvarse” (2).

Mariana Gaynor Heduan relata lo sucedido a uno de sus antepasados: “¿Qué motivos lo llevaron a Thomas Gaynor a emigrar a la República Argentina? De inmediato se puede señalar uno que alcanzó a ser dominante para muchísimos irlandeses de toda esa comarca: la noticia, insistentemente difundida, que se podía alcanzar muy pronto una gran prosperidad en dicho país a través del cultivo de la oveja que comenzaba a tener entonces un gran desarrollo en la ‘pampa bonaerense’. Todos esos jóvenes eran ovejeros desde su infancia y se creían capaces de convertir la lana pampeana velozmente en oro. Parece también que después de 1840 un cierto Michael Murray (apodado en Buenos Aires ‘Spanish Mickey Murray’ por sus aptitudes como lingüista), emigró de la región a Buenos Aires estableciéndose luego en Capilla del Señor y construyendo una gran fortuna en lanares. El éxito de ‘Spanish Mickey Murray’ sirvió de imán para muchos jóvenes ovejeros. En el caso de Thomas Gaynor, había también otro motivo para emigrar. La Irlanda de mediados de siglo pasado se hallaba muy agitada; no sólo por el motivo político de la dominación británica, sino también por el desgraciado sistema agrario que se venía heredando desde siglos atrás. El irlandés medio no era propietario de la tierra que labraba, era un simple arrendatario que podía ser desposeído en cualquier momento por su propietario, que las más de las veces, poseía su título fundado en conquista bélica y solía habitar lejos de las poblaciones a él sometidas. Cualquier mejoría introducida en la propiedad del arrendatario era motivo para un aumento de alquiler; se dio inclusive el caso de un arrendatario que vio aumentada su prima porque a su mujer se le había ocurrido plantar unas flores en la puerta de su cabinita. ‘Si tienen plata para flores, tienen plata para pagar un mejor alquiler’. ¡Mentalidad no totalmente desconocida tampoco en la República Argentina!. A mediados del siglo pasado los propietarios encontraron que podían aprovechar sus tierras echando a sus inquilinos, algunos de los cuales habían habitado el mismo sitio por centenares de años y, reemplazándolos con vacunos, cuya venta redituaría un interés mayor que el alquiler hasta entonces recabado. Estas medidas puestas en práctica, provocaron grandes reacciones entre la juventud de la población agrícola; estas se manifestaron no sólo en los sectores políticos, sino también mediante la proliferación de sociedades agrarias, más o menos secretas, más o menos violentas, dedicadas a la protección de la población indefensa frente a la agresividad brutal de los terratenientes. Estas sociedades accionaban contra los propietarios y también contra los ocupantes de tierra cuyas antiguas poblaciones habían sido ‘barridas’; como las leyes y la justicia estaban al servicio de los propietarios, se entiende como la policía, la milicia y el ejército, fueron pronto movilizados contras estos defensores del pobre. Thomas Gaynor se vinculó en su juventud con algunas de estas sociedades y atrajo sobre si la atención de los guardianes del orden y creyó prudente alejarse de su país. Su ‘pecado’ no pudo haber sido muy pequeño, porque al volver a Irlanda muchos años más tarde, con la intención de radicarse allí definitivamente, y habiendo ya elegido una propiedad donde pensaba constituir su hogar, tuvo noticias, por alguna vía reservada, que la policía andaba haciendo preguntas a fondo sobre su persona, circunstancia que lo indujo a tomarse prontamente el vapor y volver a la República Argentina” (3).

Hacia América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento “El tren de medianoche” de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: “En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado” (4).

Santo Oficio de la Memoria es la novela de Mempo Giardinelli que obtuvo en 1993 el Premio Rómulo Gallegos. En ella narra, por boca del hijo mayor, las circunstancias en las que Antonio Domeniconelle y parte de su familia tuvieron que emigrar: “Padre y madre vinieron de Italia porque allá éramos  muy pobres. Muy pobres. Más pobres que toda la pobreza que hayas visto” (5). Veinticinco años después llegaron a la Argentina, per fare l’América, los abuelos abruzzeses de Eduardo Mignogna, escritor que mereció el Premio Emecé 1998/9 por La Fuga .(6).

En un reportaje a Antonio Dal Masetto, se señala cuál fue la razón que lo trajo a América: “Después de la Segunda Guerra Mundial, la subsistencia se puso difícil en Italia y la familia emigró en 1950 a nuestro país” (7). En otro reportaje, se narra que “Narciso Dal Masetto llegó a la Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino italiano a los pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la guerra. Dos años después arribaron su mujer, doña María, y sus hijos, Rita y Antonio César” (8).

En algunas regiones, los factores climáticos agravaban la situación. Afirma Celia Vernaz: “El gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había solicitado a las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais, Saboya y Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la montaña” (9).

Un personaje de Joel Franz Rosell cuenta las peripecias de una anciano emigrante: “-Tú sabes que Cuba fue colonia española hasta 1898. Después de la independencia, muchos españoles continuaron yendo allí a buscar fortuna. Entre esos emigrantes estuvo tío Fermín, que se fue muy joven y sin un duro. No sabemos cómo logró hacerse con tierras, montar una fábrica de conservas y otros negocios. Llegó a tener buenos amigos en el gobierno y eso acabó por traerle la desgracia cuando la revolución de 1959...” (10).

Para los gallegos de mi familia, había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Mi abuelo paterno y sus hermanos emigraron a Manzanillo; desde allí, mi abuelo se trasladó a Buenos Aires, mientras que sus hermanos quedaron en la isla.

Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo” (11).

Aucario Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (12).

José Campos Barral manifiesta: “-Yo me siento gallego, y luego, si me queda un rato libre, soy español. Pero en el ’49, en España, se pasaba mucha miseria” (13).

Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si había aceite se freía y si no se comía hervida” (14).

Alberto Cortez escribe, a propósito de su canción “El abuelo”, acerca de la emigración de sus mayores: "De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. (...)” (15).

En su libro Los abuelos gallegos en America, escribe Alberto Sarramone: “Todos conocemos gallegos que con el hatillo al hombro y una ilusion sin limite en el pecho, llegaron mas lejos que nadie, mas lejos en la distancia y tambien mas lejos en la intensidad, sin haberse propuesto otra cosa que hacer unos modestos ahorros con los que haber comprado de regreso a su aldea, la leira de millo, el campo de maiz  que se veia desde su ventana” (16).

“Diego Corrientes” es uno de los textos que Francisco Grandmontagne escribió para su “Galería de inmigrantes”, publicada en Caras y Caretas. En esa estampa, publicada en 1899, leemos: “La falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía 12 años, saludables como las vetas de joven encina; cual aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos torneados por duro trabajo” (17).

El portugués “Joaquín Alves, (...) formó una familia numerosa como era común en aquel entonces y él fue el primero de la familia que en un contexto general de hambre en Europa se decidió a venir a probar suerte a una tierra lejana y desconocida. Así que llegó a la Argentina alrededor de 1935 y trabajó en la fábrica Loma Negra en Olavarría. Luego de unos años, después de terminada la segunda guerra, Joaquín volvió a su tierra con intenciones de quedarse pero la situación no era como él pensaba. Luego de estar alejado de su familia por casi diez años en Europa casi nada había cambiado y en Portugal incluso las cosas eran más difíciles aún porque un dictador tomaba ahora las decisiones en el gobierno. Ante tal panorama, Zulmira, ya adolescente presionaba a su padre para que regrese a la Argentina pero esta vez con toda la familia. Y así fue” (18).

En “Israel Mantel Cada inmigrante una historia”, relata José Mantel: “Mi abuelo Shemaia Chilibi Mantel falleció c. de 1912 presuntamente de fiebre tifoidea. Mi abuela  Rifka quedó  viuda con cinco hijos en la más absoluta miseria. Vivían en el ‘pasheico’, uno de los lugares más pobres y sombríos de Izmir. Como era costumbre en ese lugar y en esa época, sus hijos apenas llegaban a la adolescencia empezaban a noviar con vecinitas de la colectividad. Así, el mayor de mis tíos, Bohor por supuesto, se casó con Alegre Lereaj y nació mi primo, Felipe (se supone que es la traducción del nombre de mi abuelo) y se vinieron para Sudamérica. El segundo de los hermanos, Mordehai, le siguió los pasos, y al poco tiempo mandó a buscar a su novia Reyel, con quien se casó en Paraguay. Luego vino el tercer varón, José. En Izmir quedaba mi abuela, la única hija mujer, Yamila, que se había casado con Abraham Barsimantov, y mi padre Israel que contaba con 16 años y esperaba con ansiedad que sus hermanos le enviaran el pasaje hacia aquí. Este pasaje no era solamente el viaje a través del océano, sino el paso de la tristeza y el hambre a la alegría y la esperanza” (19).

Un informe publicado por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – “la más antigua del mundo de todas las que nuclean a caboverdeanos en el exterior”-, destaca que “La inmigración caboverdeana llegó a principios del siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a América entre los siglos XV y XVI, los caboverdeanos fueron los únicos que no llegaron como esclavos, sino en busca de trabajo y mejores horizontes para desarrollarse. A diferencia de los europeos, no llegaron empujados por guerra alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos pescadores, por lo cual buscaron aquí sitios con puertos, como Ensenada y Dock Sud. Aquí, la mayoría de los caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la Armada” (20).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Mac Dermott, Doreann: “Quinquenio de terror”, en Viajero Celta. Año II, N° 17. Buenos Aires, mayo de 1997.

3 Gaynor Heduan, Mariana: “Los Gaynor”, en www.irlandeses.com.ar.

4 Fornaciari, Dora: “Reportajes periodísticos a Syria Poletti”, en Taller de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977.

5 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.

6 Mignogna, Eduardo: “Destinos cruzados de un libro y una vida”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.

7 Roca, Agustina: op. cit.

8 Gaffoglio, Loreley: “¿Cómo me explico y me cuento?”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de septiembre de 2001.

9 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.

10 Rosell, Joel Franz: Mi tesoro te espera en Cuba. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

11 Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.

12 Guerriero, Leila: “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005. Fotos: Martín Lucesole.

13  ibídem

14  ibídem

15 Cortez, Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar. Reproducido en www.galespa.com.

16 Sarramone, Alberto: Los abuelos gallegos en America, citado por Rubén Servia.

17 Grandmontagne, Francisco: “Diego Corrientes”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

18 Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez, Julián: “Sabores de una historia”, en www.ciet.org.ar.

19 Mantel, José: “Israel Mantel Cada inmigrante una historia”, en SEFARaires, N° 17, Septiembre de 2003.

20 S/F: “Asociación Caboverdeana de Ensenada”.

Imitación, inculcación

Así explica Méndez Muslera uno de los motivos de emigración: “Según aumentaba el movimiento emigrador, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ” (1).

“Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían” (2).

En La patria desconocida, Baldomero Fernández Moreno muestra a su padre como el emigrante a quien se desearía imitar. Afirma que en el español se operó una transformación completa: “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”. Cuando el próspero emigrante regresa a España junto con su familia, el escritor tenía seis años: “Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes del país. (...) Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran señor” (3).

En Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al americano Sariegos, “el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas” (4). El mensaje era que la riqueza estaba al alcance de cualquiera, salvo que fuera como “Elizabide el vagabundo”, protagonista de un cuento de Pío Baroja, que en América “estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia”. Cuando volvió, lo recibieron con desdén, y “todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo”. No obstante, al hablar de sus viajes, “tuvo suspensos de sus labios a todos” (5).

En La comida de las fieras, un personaje de Jaicnto Benavente expresa: “¿Por qué vivimos en Europa? En América el hombre significa algo; es una fuerza, una garantía...; se lucha, sí, con primitiva fiereza; cae uno y puede volver a levantarse pero en esta sociedad vieja, la posición es todo, el hombre nada..., vencido una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar empresas. La riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos... y aquí desastres... Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas donde sólo cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa” (6).

José Ortega y Gasset, en cambio, consideraba que “América, lejos de ser el porvenir era, en realidad, un remoto pasado, porque era primitivismo. Y también, contra lo que se cree, lo era y lo es mucho más América del Norte que la América del Sur, la hispánica” (7).

En Italia también fascinaban los relatos de quienes regresaban de América. Lo narra Edmondo D’Amicis, en La maestrita de los obreros. Al ir a dar su clase, la protagonista encuentra que “Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras” (8).

Nora Ayala relata: “El tío de Luigi había estado en América, donde había muchos italianos, todos ricos, por lo menos para el parámetro del paese y cuando volvía a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y parientes con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida de los contadini era penosa y se trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía, de lunes a lunes, sin ninguna esperanza de cambio, solamente para comer” (9).

Parte de Italia el matrimonio Vairoleto con su primogénito, porque “en aquella región las posibilidades de prosperar eran muy escasas para los aldeanos pobres, y Vittorio concibió el proyecto de ir a América. Algunos emigrantes, incluso un cura que había estado en la parroquia de la villa, escribían enviando noticias favorables desde la Argentina, un país donde hacía falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos italianos para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados por esas perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar al nuevo continente con su bebé recién nacido” (10).

De la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado, vuelve a Italia uno de los emigrantes, en Guido, novela de Andrés Rivera. El hombre afirma: “”Acá, nada más que mujeres... Soy un indiano que está de visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas” (11).

Otras veces, los emigrantes prósperos no regresan, pero envían cuantiosas sumas para colaborar con el desarrollo de la región que los vio nacer. En las Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y Jesús García Naveira, filántropos que hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en América (12).

Las ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes también son tema literario. Aunque muchos consideraron que habían logrado “hacer la América”, otros se sintieron defraudados. Esta frustración es la que evoca Carlos de la Púa, en su poema “Los bueyes”, en el que dice: “Vinieron de Italia, tenían veinte años,/ con un bagayito por toda fortuna/ y, sin aliviadas, entre desengaños,/ llegaron a viejos sin ventaja alguna” (13).

En La pradera de los asfódelos, novela en la que un español recuerda las promesas y la realidad que le tocó vivir, escribe Rubén Benítez: “Aquí hay trabajo y riqueza para todos. Venid cuanto antes, nos decía. Y a pesar de los ruegos de las madres, nos fuimos. Durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él” (14).

Recuerda Roberto Arlt: ‘Siendo reporter policial del diario Crítica en el año 1927, tuve una mañana del mes de setiembre que hacer una crónica del suicidio de una sirvienta española, soltera, de veinte años de edad que se mató arrojándose bajo las ruedas de un tranvía que pasaba frente a la puerta de la casa donde trabajaba, a las cinco de la madrugada. Llegué al lugar del hecho cuando el cuerpo despedazado había sido retirado de allí. Posiblemente no le hubiera dado ninguna importancia al suceso (en aquella época veía cadáveres casi todos los días) si investigaciones que efectué posteriormente en la casa de la suicida no me hubieran proporcionado dos detalles singulares. Me manifestó la dueña de casa que la noche en que la sirvienta maduró su suicidio, la criada no durmió. Un examen ocular de la cama de la criada permitió establecer que la sirvienta no se había acostado, suponiéndose con todo fundamento que ella pasó la noche sentada en su baúl de inmigrante (hacía un año que había llegado de España). Al salir la criada a la calle para arrojarse bajo el tranvía se olvidó de apagar la luz. La suma de estos detalles me produjo una impresión profunda. Durante meses y meses caminé teniendo ante los ojos el espectáculo de una muchacha triste, que sentada a la orilla de un baúl, en un cuartujo de paredes encaladas, piensa en su destino sin esperanza, al amarillo resplandor de una lamparita de veinticinco bujías” (15).

En su poema “Inmigrante”, Cristina Pizarro evoca la misma desolación: “Yo era el que no tenía título,/ ni un doble apellido,/ el que deseaba vivir en un chalet de dos pisos/ con jardín/ y revestimientos de piedra Mar del Plata./ Era uno de esos/ originarios de tierras/ devastadas./ Ahora/ soy/ este aire ambiguo/ este daño/ que regresa/ y este adiós/ menoscabado” (16).

Se sienten engañados los inmigrantes que evoca José Pedroni en “La invasión gringa”, incluido en Monsieur Jaquin: “¿Dónde se hallaba el oro,/ de todos alabado?/ El oro estaba en un pequeño árbol;/ el oro era un engaño:/sólo pequeñas flores/ de oro perfumado./ Aromitos floridos,/ orillas del Salado”. En el mismo poema, una mujer escribe: “-Nos casamos./ La tierra es nuestra, ¡nuestra!/ Todo lo que tocamos/ va siendo nuestro:/ el buey, el horno, el rancho.../ Nuestros todos los árboles;/ nuestro un único árbol,/ tan grande, tan coposo,/ que da gusto mirarlo./ Es una nube verde/ asentada en el campo” (17).

En “La conquista de Buenos Aires”, de Enrique Loncán, Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y emprende un viaje del que se arrepentirá amargamente. Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: “más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?” (18).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Riestra, Jorge: “Las voces de la ciudad”.

3 Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos Aires.

4 Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona, Bruguera.

5 Baroja, Pío: Cuentos. Alianza Editorial

6 Benavente, Jacinto: La comida de la fieras.

7 Ortega y Gasset, José: La rebelión de las masas.

8 D’Amicis, Edmondo: . La maestrita de los obreros. Buenos Aires, Anaconda.

9 Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.

10 Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.

11 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso. Buenos Aires, Alfaguara, 2002.

12 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Buenos Aires, Ameghino, 1997.

13 De la Púa, Carlos: “Los bueyes”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Buenos Aires, CEAL, 1979. Pág. 89. (Capítulo).

14 Benítez, Rubén: op. cit.

15 Arlt, Roberto, citado en Orgambide, Pedro: “Roberto Arlt, cronista de 1930”, en Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Librería Hachette S. A. 1960. (El pasado argentino, dirigida por Gregorio Weimberg).

16 Pizarro, Cristina: La voz viene de lejos. Buenos Aires, Ayala Palacio, 1996.

17 Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe, Colmegna, 1987.

18 Loncán, Enrique: “La conquista de Buenos Aires”, en Cuentos y esquicios.

Salida de los hidalgos segundones

“La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada” (1). No hemos encontrado testimonios  al respecto.

Notas

1  Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

Los “ganchos” o agentes de los armadores

“Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (...), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente” (1).

En 1857, Antoine Bonvin emigra desde Valais, y se queja amargamente del engaño de que ha sido víctima. Desde Buenos Aires lo trasladan en vapor al Ibicuy: “Llegamos al tercer día; se nos desembarcó en una vasta llanura que no tenía más que un poco de buen terreno; no se veían allí más que grandes pantanos o bosques, pero de madera toda espinosa. El agua era mala y llena de toda clase de insectos; un país muy malsano donde jamás nadie podía prosperar. Se tenía peligro de verse devorado por las bestias feroces, tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir que en este momento estábamos todos desesperados de vernos engañados de esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos había sido hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya no se podía más escapar, uno se creía exiliado en esta isla” (2).

Estanislao Zeballos se refiere a los agentes en La rejión del trigo, obra de 1883. Allí leemos: “La palabra de los agentes y de los contratistas está desacreditada en Europa desde el siglo pasado. No solamente es ineficaz: no es siquiera oida” (3).

Por otra parte –afirma Alejo Peyret-, los potenciales emigrantes eran tentados con ofertas de otros países: “Necesitamos poblaciones que no solamente tengan la actividad física, la laboriosidad en grado relativamente superior, sino que sean también superiores intelectualmente y exentas de las preocupaciones de la superstición y del fanatismo. Para conseguir nuestro propósito sería menester mantener agentes permanentes en Europa, que no dejemos un momento sin llamar la atención sobre estas comarcas. Sería menester acudir a los periódicos, a las publicaciones baratas, a folletos, avisos, etc. Sería menester combatir por la prensa y la propaganda oral la acción de los enganchadores que trabajan para los Estados Unidos y para Brasil” (4).

En El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca uno de esos engaños. Dice que Resistencia “fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias” (5).

Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la colonización chaqueña: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey” (6).

También fueron engañados los judíos que evoca Ricardo Feierstein en La logia del umbral, quienes, al llegar a Santa Fe advirtieron que no tenían herramientas ni dónde guarecerse (7).

Desde Tucumán, donde sufre explotación, enfermedades, hambre y discriminación, José Wanza escribe, en 1891: “Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse. Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño” (8).

A veces, los engaños no provenìan de los armadores. En Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, un sacerdote afirma: “Uno llega repleto de ilusiones. Como usted dice: con la Revista del Misionero en el bolsillo. Al final nos contentábamos con que juntaran las manos y repitieran Misericordia, Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo recordaran al día siguiente”. Acerca de los anglicanos expresa: “Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.

La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacìan sobre la emigraciòn, alentados por noticias tendenciosas: “Despuès de pasar una tarde en la Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica. Dobson dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos. Habìa un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte. Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’  en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregò un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicò que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella estudiò bien el dibujo y concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de hallarle algùn parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongàmosle Abingdon’. Pensò emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ “ (9).

Gabriel Báñez evoca otra clase de engaños. La Zwi Migdal era una organización de trata de blancas que tenía en Ensenada el centro de sus operaciones. Casi todas las pupilas “venían de Varsovia, engañadas por un correo que les prometía casamiento y fortuna en la nueva tierra y con el cual refrendaban un contrato que avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto pisaban puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica del contrato: la prostitución o el remate” (10).

Un personaje de Vázquez-Rial explica el procedimiento: en las aldeas judías de Polonia hay “mucha hambre. Más de la que se puede aguantar. Y lo más caro de todo, lo más inútil, son las hijas. Hay que librarse de ellas: casarlas o venderlas, que viene a ser lo mismo. (...) Yo nunca llegué a saber si esos viejos que vendían a las hijas creían o no en lo que hacían, pero lo hacían, y había que seguirles la corriente. (...) Eran jóvenes hermosas, criadas con miedo a Dios y obediencia absoluta al padre que las vendía. Ruth, digamos, por ponerle un nombre, respetuosa, humilde, delgada... La metían en un barco con un tipo como yo, la bajaban en Buenos Aires, la encerraban en un sitio inmundo, para que el quilombo, después, le pareciera el cielo, y a la semana o a los quince días la mandaban a la Boca: una pieza, o dos, o las que fueran, y el patio, con veinte, treinta hombres esperando a la luz de unas velas, cualquier hombre, los más horrorosos, carreros o cirujas..., cirujas también. Yo lo sabía, pero pensaba en la guita y tragaba saliva; y repetía la escena” (11).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, un personaje habla con el padre de una joven judía polaca. “Señor Hamer, yo soy un hombre práctico –dijo sonriendo-. Busco una buena judía trabajadora que pueda manejar mi casa y criar a mis hijos. Buenos Aires es una gran ciudad, con costumbres diferentes. No es fácil encontrar chicas bien preparadas para el matrimonio en una ciudad grande. Y en el caso de su hija, precisamente por lo que ella vivió, sé que va a valorar lo que voy a darle, y me lo va a retribuir como merezco. Porque va a ser muy difícl que encuentre a otro que pueda y esté dispuesto a dar lo que yo estoy ofreciendo” (12).

Se recuerda asimismo a “las ‘niñeras’ que bajo la promesa de venir a trabajar a la casa de un rico pariente lejano y enseñarlo modales europeos a sus hijos, terminaban pasando sus días y noches en los prostíbulos” (13).

Segio Pujol se refiere a las inmigrantes engañadas que observa en el tango: “muchas de las mujeres del imaginario tanguero enfermaban al errar el camino y dejarse tentar por las luces del centro. Un imaginario de la muerte como castigo ejemplar dejaba entrever, a su vez, una gama de posiciones. Estaban las mujeres engañadas por el sistema (como las francesitas que llegaban a Buenos Aires mal informadas o las provincianas que rodaban ‘una noche en el Maipú’), pero también estaban las pecadoras por voluntad propia” (14).

Una mujer no se prostituía por ser engañada ni por propia voluntad. En Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes escribe acerca de ”la desvergüenza del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo” (15).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Vernaz, Celia: op. cit.

3 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Madrid, Hyspamérica, 1984.

4 Vernaz, Celia: op. cit.

5 Gusberti, Martina: op. cit.

6 S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de julio de 2001.

7 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.

8 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.

9 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.

10  Báñez, Gabriel: op. cit

11 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.

12 Drucaroff, Elsa: El infierno prometido Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas)

13 S/F: “Editorial: Los gringos de hoy”, en Infohuertas N° 6, Febrero de 2002. Netfirms Web Hosting.

14 Pujol Sergio: “Peligros de la vida disipada. La tragedia de las Esthercitas”, en Clarín, Buenos Aires, 31 de agosto de 2002.

15 Güiraldes, Ricardo: Don Segundo Sombra. Buenos Aires, CEAL, 1979. 216 pp. (Capítulo).

Dramas personales

Pero también hubo otros motivos que llevaron a quienes emigraron a tomar una decisión tan difícil.

El orensano Ramón Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su padre –que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de la trágica decisión de su marido. “Los tíos del niño Ramón –afirma Alberto Vilanova Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro, pero sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a pesar de que se había decidido a luchar por la vida, antes de lanzarse a la mendicidad, le agarraron y le depositaron en un orfanato, de donde muy pronto se fugó, ofreciéndose como grumete en un velero contrabandista que salía para Buenos Aires, con la decisión y energía que caracterizaron siempre su extraordinaria voluntad. En 1840, pues, ponía sus plantas en la Argentina, el país que con el correr de los años iba a ser testigo de sus virtudes y de su genio” (1).

La censura social impulsa allende el mar. En 1886 –escribe Claudio Savoia-, “zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patra por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural” (2).

De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración” (3).

En su novela Mientras la luz se va (4), Noemí Cohen relata lo sucedido a “Setti, a quien Elena conoce en el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única hija” (5).

La protagonista del film Herencia, dirigido por Paula Hernández, “es una inmigrante italiana que llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque nunca pudo encontrar al hombre cuyos pasos seguía, decidió adoptar a Buenos Aires como su ciudad” (6).

Un amor imposible causa la emigración de un italiano: “El mismo día en que Enrico se hizo cargo de la sastrería, el único auto de la villa se detuvo enfrente. El chofer entró: ‘La hija del Patrón se va a casar con un doctor de Zóppola, como él ha dispuesto; y aquí te manda este dinero a cuenta del traje de novia que le vas a confeccionar’. Enrico lo entregó y se embarcó. Para no ver jamás el mar viajó tierra adentro, hasta el centro de la Argentina; hasta su huerta, en medio de la manzana del medio del pueblo” (7).

Un gallego, en Frontera sur, huye de la ira de su suegro: “Primero tuve que escapar yo. Pasé un mes en el monte. Me buscaron con perros, decididos a matarme”. Vuelve a buscar a su novia, y se casan en Cádiz. En Barcelona muere la mujer, dejando a un hijo. “Desde el momento en que la enterré –dice el viudo-, me entregué a un único propósito: ganar dinero, porque con dinero se puede todo. Quería comprar mi vida y la tuya, mi libertad y la tuya, y regresar para vengarme, empezando por tu abuelo...” (8).

En La trama del pasado (9), de Cristina Bajo, “Una joven aristócrata, Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su marido y huye con una criada llevándose muy poco: su estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél. Al llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que ésta ha decidido regresar a las provincias del Río de la Plata, su tierra de nacimiento, para ajustar viejas cuentas. Sin pensarlo, Ignacia se embarca con ella” (10).

José, el asturiano que protagoniza la miniserie Vientos de agua, debe escapar de su pueblo porque, indignado por la muerte de su hermano en la mina, la hace volar, y es buscado. Con el dinero  y los documentos del difunto, viaja convencido de que volverá.

Un personaje de Mestizo, una de las novelas de Feierstein, relata por qué emigraron sus padres: “Moishe Búrej realmente no quería venir a la Argentina, pero ¿qué iba a hacer? Se fueron los hijos mayores y después me fui yo, luego Carlos con mi hermana. ¿Quién quedaba? Nadie, salvo Jacobo, que vino con ellos, en 1936. Cuando viajaron ya había guerra civil en España, salieron justo, justo. En Polonia quedaron otros parientes, tíos y primos: nunca más supimos algo de ellos. La zona de Lemberg fue muy castigada durante la Segunda Guerra, los alemanes entraron allí. Me contaron después que han hecho un verdadero desastre de mi pueblo. Fue una masacre en el centro, la zona de la feria, donde vivían las famlias judías. A los ucranianos no les hicieron nada, porque estaban con ellos. Pero de los nuestros no quedó ninguno vivo. Por suerte, nosotros nos fuimos antes. Dijimos ‘no va más acá, el futuro está muerto’. Y nos fuimos” (11).

La justicia por mano propia es otro de los motivos para dejar el país. En De aquí hasta el alba, novela de Eugenio Juan Zappietro, el cirujano belga Hubert Leroy debe huir de Francia pues durante una operación dio muerte intencionalmente a un ministro asesino: “Cuando Francia descubrió el crimen, Hubert Leroy estaba ya en América” (12).

Por miedo a unos acreedores que harían justicia por propia mano, es que el abuelo de Jorge Fernández Díaz llega a la Argentina: “En dos o tres aldeas, y en un pequeño municipio, mi abuelo había cobrado por anticipado trabajos que nunca terminó. Unos damnificados de pocas pulgas le habían dado un ultimátum y después habían prometido coserlo a navajazos. Vendrían de un momento a otro, y a José no le quedaba más alternativa que levantar los petates y largarse bien lejos. Consuelo, su hermana menor, había cruzado el Atlántico y llevaba una existencia decorosa en una ciudad monumental llamada Buenos Aires” (13).

En 1892, Jimmy –“nacido James Radburne”- (14) llegó a la Patagonia, “huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías argentina y chilena”. Se dirigió a esa región pensándola  “como garantía de anonimato para pasados difíciles” (15).

Por medio de una carta, Butch Cassidy comunica su paradero a sus amigos ilegales estadounidenses. Ese manuscrito “permitió certificar su estancia en la región décadas después de su muerte”. Lo relata Francisco N. Juárez en el trabajo titulado “Una carta de Butch Cassidy” (16), en el que escribe “Aunque la carta de Cholila ahora carece de la última carilla con su rúbrica (firmaría Bob, como las demás, pero es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis de la nueva vida del bandido. Elegantemente alude a ‘un tío (que) murió y dejó 30.000 dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé mis 10.000 y partí para ver un poco más del mundo’. En realidad, se refería al asalto de un banco de Winemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900. Ahora estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que mentía ese dato. Daba cuenta de su patrimonio ganadero: ‘300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla’, además de dos peones y la alusión al rancho como ‘una buena casa de cuatro habitaciones’, galpones, establo y gallinero. Se quejaba de su soledad, la falta de una cocinera y su ‘estado de amarga soltería’. Luego, agregaba otras quejas. Se hablaba español, ‘pero el país, en cambio, es excelente’. Daba cuenta de la extensa y fértil región, la distancia con Buenos Aires y esperaba fortificar las ventas de ganado a Chile, ‘nuestro gran comprador de carne vacuna’, porque de allá habían abierto un camino cordillerano (se refería al sendero de Cochamó, el que denunció Clemente Onelli como contrario al laudo arbitral que expediría la corona británica ese mismo año)”.

En “El cura y el cowboy” se recuerda a “El Norteamericano”, que vivió en Santa Cruz: a principios del siglo XX: “Por la zona había un malvado y muy conocido bandolero... era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba inglés y un poco de castellano bastante mal, por cierto. Este era de esos que donde ponía el ojo ponía la bala y hasta la policía le tenía terror a enfrentársele. Era ‘yankee’ en serio. Era común que cuando eran buscados por la justicia del país del norte y ya no había muchas chances por allá; se subían a algún barco en la zona de California para bajar en Punta Arenas... y seguir ‘ejerciendo’ en la Patagonia. Tal era el caso de este auténtico cowboy” (17).

“Al terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un monasterio católico en Italia. Wiesenthal decidió dedicar ‘unos años’ a buscar justicia y se enroló para trabajar con los aliados en la recolección de evidencias de crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a América del Sur usando un nombre falso, Wiesenthal creó el Centro Judío de documentación en Lidz, para reunir evidencias para juicios futuros. (...) Ese año la esposa de Eichmann trató de conseguir que se declarara muerto a su marido. (...) Aunque Wiesenthal tomó contacto con la Mossad nuevamente, y también con Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, no pasó nada hasta 1959, cuando Israel recibió la información de Alemania de que Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó una operación encubierta. Un equipo de agentes secretos de la Mossad secuestraron al ex nazi y lo llevaron a Israel. (...) fue encontrado culpable de todos los cargos, sentenciado a muerte y colgado justo después de la medianoche el 1 de junio de 1962” (18).

Notas

1 Vilanova Rodríguez, Alberto: Los gallegos en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966. Tomo II. Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario de 1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires. Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz.

2 Savoia, Claudio: op. cit.

3 Muleiro, Vicente: “El mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.

4 Cohen, Noemí: Mientras la luz se va. Buenos Aires, Losada, 2005. 216 pp.

5 S/F: “Novela de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces, www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005.

6 Ormaechea, Luis: “Con ánimo de conciliar”, en www.otrocampo.com.

7 Cassini, José Luis: “El mar en los ojos”, en Rotary Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura. 1994.

8 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit

9  Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 384 páginas (Biblioteca Cristina Bajo)

10 S/F: en www.edsudamericana.com.ar

11  Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta, 1994.

12  Zappietro, Eugenio Juan: De aquí hasta el alba. Barcelona, Planeta, 1971.

13  Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

14  Cella, Susana: El inglés.

15  Cristoff, María Sonia: “Inglés en fuga”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.

16  Juárez, Francisco N.: “Una carta de Butch Cassidy”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002.

17  S/F: “El cura y el cowboy”, en www.misionorg.com.ar.

18  Vallely, Paul: “Justicia, justicia perseguirás SIMON WIESENTHAL”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de septiembre de 2005. Traducción: Gabriel Zadunaisky.

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Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar.

II 

El viaje

El tema del viaje es un tópico reiterado en la literatura universal. El escritor y periodista Rubén Benítez, autor de la novela de inmigración La pradera de los asfódelos, nos dijo en un reportaje: “Ulises es tal vez literariamente el primer emigrante que sueña con el regreso a su entrañable tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe”. Al igual que el griego, “el inmigrante europeo también partió y cayó en las mismas redes. El viaje o “nostos” griego, enlaza con la nostalgia, el dolor del regreso” (1).

En las páginas que leímos, encontramos la evocación de la travesía vista, no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.

Notas

(1) Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.

Permiso para embarcar

Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue “entre los inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios” (1).

Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: “El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes”.

Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte” (2).

Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes “se les exigió: 1) ser preferentemente europeo; 2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad, y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución; 4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa social”. Y agrega: “pocos se enteraron de tales restricciones. (...) El que escribe fue traído de niño y debió acatar aquello” (3).

La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: “Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que las trampas arañan” (4).

Un defecto físico impide la salida de una asturiana hacia América: “Cuando tenían todo arreglado para viajar, y ya no había retorno, el cónsul argentino se puso meticuloso con la visa. Despachaba a cientos de asturianos por hora y se daba el lujo de poner objeciones ridículas. Eran tan ridículas que parecían el cebo de alguna coima. El cónsul detectó un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina y decretó que esa lesión la hacía inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar. Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a su prima, que era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo y ejecutivo. El cónsul reculó y firmó los papeles a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos los llevó a la otra orilla del mundo” (5).

Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse con su familia en la península. Durante la revisación médica, el galeno señala: “ ‘¡Esta criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña no puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo tenía tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través de las lágrimas veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez miró a su marido con rencor” (6).

En 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba” (7).

Alejo Peyret recuerda que para fundar la Colonia San José, en Entre Ríos, “Se ha aceptado apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con la única condición de ser católico. Se han hecho adelantos de ingentes cantidades a familias desprovistas de todo, y que presentan muy pocas garantías de reembolso. Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (...) Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante debe ser preferido al católico” (8).

En El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al sol” (9).

Décadas antes había sucedido algo similar a un personaje de Ana María Shua. Por ser desertor, aguardó durante un año, escondido en la casa de la novia, que algún compatriota falleciera, para poder viajar con sus documentos: “Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía frío, siempre había nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho barro. El barro también era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que quería cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta pobre América. Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya será posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino para cruzar el mar” (10).

Los rusos Gurovitz “Habían quemado todos los documentos. En sus papeles figuraban como griegos. Así lo atestiguaban la ropa, gorra y pipa entregadas poco antes” (11).

En una carta envada al diario Clarín, expresa Erwin Auspitz: “ (...) en noviembre de 1938, con casi 10 años, vivía en mi ciudad natal, Viena, con mi familia de origen, judía. Mi padre fue detenido y quedó alojado en la Gestapo, de allí lo llevarían a Dachau. El cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes, (...) No sólo extendió las anheladas e imprescindibles visas de tránsito para mis padres, mi hermana, mi abuela materna y para mí, sino que –además- lo hizo sin tener en cuenta una carta anónima que entregó a mi madre y que conservo hasta hoy; allí se denuncia la intención de nuestra familia de permanecer ilegalmente en Buenos Aires. Conseguidas las visas, mi madre logró que la Gestapo liberara a mi padre, previo el compromiso de dejar Austria en un plazo perentorio. Llegamos a estas tierras amadas en febrero de 1939, y aquí crecí, viví mi vida y formé mi familia” (12).

En Dimitri en la tormenta (13) -novela de Perla Suez seleccionada por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina (ALIJA) y por la Fundación de Lectura, Fundalectura, Bogotá, Colombia, entre los mejores libros para jóvenes-, relata Tania, una polaca que huye del nazismo: “Con el anillo de brillantes de mi madre compré a uno de los comandantes y escapé. Vagué por cloacas, estuve en una iglesia donde un sacerdote me ayudó. Disfrazada de mendiga, pude llegar a la bahía de Gdansk. Y logré esconderme en el barco carguero en el que llegué”.

Lajos Fehér, húngaro judío, “consiguió un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención del obispo de la zona que la religión profesada por el portador era la católica”. Logra llegar a Italia, donde “en una desesperada búsqueda de algún medio para salir de Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un lugar en el Augustus que salía a la madrugada siguiente con ese destino. El lugar en ese barco le costó una buena parte de su dinero ya que, aún siendo reconocido como católico, no querían embarcar ciudadanos de países de Europa Central, por poner a la misma compañía marítima en actitud sospechosa” (14).

Otro documento falso permitió indirectamente la llegada al país de Pedro Roth, “el mayor cronista gráfico de la plástica argentina”, nacido en Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a Buenos Aires –explica- “gracias a un negocio algo oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía, mi madre, que le compró un pasaporte falso al cónsul argentino en Montecarlo el año de mi nacimiento. Puede que el funcionario fuese algo informal, pero le salvó la vida y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló una fábrica de jabón en San Martín. Mi madre, mi abuela Eugenia y yo llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida” (15).

Jacques Arndt, nacido en Viena, relata: “ingresé en la Argentina a los 21 años, solito, como polizón, sin hablar una sola palabra de castellano y sin un peso. Me tuve que refugiar escapando de Viena luego de la entrada de los nazis en mi país y en una fuga y travesía casi cinematográfica. Escapando de los nazis logré llegar a Marsella y, con la anuencia de un marinero, me escondí en un barco” (16).

Juan Zorrilla de San Martín se exilia en la Argentina: “La actividad literaria emprendida por Zorrilla de San Martín y los ideales que lo animaban le habían ya impulsado a fundar, en 1878, el diario ‘El Bien Público’ (...) Las duras campañas periodísticas contra los gobiernos que no respondían a sus ideales religiosos y democráticos le atrajeron dolorosas persecuciones. En 1885, luego de sufrir el empastelamiento e incendio de su diario, amenazado hasta en el sagrado del hogar, se vio obligado a asilarse en la Legación del Brasil. Negadas las garantías que pidió la Legación para que Zorrilla de San Martín pudiera embarcarse con destino a Buenos Aires, el Ministro del Imperio lo condujo personalmente hasta una nave de guerra brasileña que lo llevó hasta aguas argentinas, en las cuales, con el fin de eludir el reclamo interpuesto por el gobierno ante la cancillería del Brasil para que el viajero fuera llevado nuevamente a Montevideo, el expatriado se trasladó en una ballenera que lo transportó a Buenos Aires. Pocos días después de este dramático episodio su esposa y sus pequeños hijos se le reunieron en el destierro” (17).

Roberto Ale se refiere a las condiciones de ingreso de los inmigrantes árabes: “Para entrar a la Argentina de esos tiempos no hacía falta pasaporte y era común que una familia traiga a otra y así practicamente aldeas enteras se trasladaron a nuestro país, esparciéndose de norte a sur y de este a oeste de estas ricas llanuras pampeanas. Tenían ventajas y privilegios sobre el mismo nativo, no tenían cargas militares, ni cívicas. Ante cualquier problema que pudiera surgir, tenían un Cónsul de su propio país que los protegía” (18).

Juan Carlos Coria señala, acerca de la inmigración africana: “las entrevistas mantenidas con africanos de distintos orígenes, permiten comprobar que, salvo casos muy excepcionales, ingresaron a la Argentina sin ningún inconveniente ni traba, salvo los ingresados como polizontes en buques de banderas europeas, que por regirse con las leyes de los respectivos países tenían la obligación de devolverlos al lugar de donde habían subido a los barcos. Por ser la Argentina de fronteras abiertas y por ello, un país de recepción casi indiscriminado, esos inmigrantes, lograron ubicarse, muchas veces precariamente, pero subsistieron, trabajando muy duro, obteniendo documentación, no siendo escasos los casos de negros africanos que se nacionalizaron. Superando la etapa de la población negra esclava y su descendencia, los nuevos negros africanos, que se fueron radicando, pueden datarse desde principios del siglo XX con continuos ingresos anuales hasta la década de 1930, en que disminuyen hasta casi desaparecer. Esa inmigración se reanuda con posterioridad a la terminación de la Segunda Guerra” (19).

Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto**, soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y desde donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las colonias en las que quizás encuentren a algún ser querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas que leímos.

Notas

1 Bazán Lazcano, Marcelo: “Carta de Lectores”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999.

2 ABC: “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida”, en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1999.

3 Bortot, Giorgio: “Correo de lectores”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.

4 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada, 1962.

5 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

6 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.

7 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998.

8 Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.

9 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

10 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

11 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.

12 Auspitz, Erwin: “Aquel cónsul argentino en Viena”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de julio de 2005.

13 Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997. (Primera Sudamericana)

14 Weisz; José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Editorial Milá, 2002.

15 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Pedro Roth ‘Soy un testigo privilegiado’ “, en La Nación, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.

16 Petti, Alicia: “Jacques Arndt Evocaciones de un joven de 92”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de julio de 2006.

17 Montero Bustamante, Raúl: “Juan Zorrilla de San Martín”, en Zorrilla de San Martín, Juan: Tabaré. Estudio preliminar y notas por Iber H. Verdugo. Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1965. 233 pp. (Biblioteca Grandes Obras de la Literatura Universal)

18 Ale, Roberto Mustafá: “Argentina Siglo XIX y principios del XX. La Inmigración , los árabes y aspectos de su historia, cultura y civilización”, en www.revistaarabe.com.ar, Santa Fe, Marzo de 2004.

19 Coria, Juan Carlos: Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires, Buenos Aires, octubre de 1997, Educar, Argentina.

La partida

“Dejar la tierra propia, la de la pertenencia, puede ser una decisión personal o también una elección forzada, a veces violenta. Aunque existe el derecho de fuga, de descubrimiento, de encuentro, como dice el filósofo italiano Sandro Mezzadra, los migrantes suelen verse obligados a emprender un camino de ida en busca de un destino que no siempre es mejor que el abandonado” (1).

En El Cardedal, un pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la partida del abuelo de la periodista: “Un día de 1912, cincuenta y siete hombres se fueron para América. Yo tenía cinco años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo” (2).

Otro periodista, esta vez en la calle principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: “un chico de doce años yéndose para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico” (3).

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato evoca la partida desde la tierra de origen: Addio patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las vicisitudes, por la distancia y la vejez” (4).

Agata, la protagonista de Oscuramente fuerte es la vida, recuerda, muchos años después, el día en que debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: “Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido” (5).

También alude a ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema “Madre Patria”, imaginando el sentimiento de su tierra: “Tú clamabas por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica partida” (6).

Roberto Cossa, en El Sur y después, incluye una canción que refleja el sentimiento de quienes  tientan suerte en otra tierra: “Allá murió la infancia: / una caricia, una canción, / una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul. / Es un vaso de vino, es un trozo de pan” (7).

Los italianos que se embarcan en Génova en 1884, hacia el Río de la Plata, son descriptos por Edmondo D’Amicis en su obra En el oceano. Acerca del escritor, dijo Griselda Gambaro: “El autor de Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño –y el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones, representaran a la humanidad entera” (8).

Algún gallego tendría en su mente los versos de Rosalía de Castro, la poeta que escribió: “¡Van a deixala patria!.../ Forzoso, mais supremo sacrificio./ A miseria está negra en torno deles,/ ¡ai!, i adiante está o abismo!...” (9).

María Rosa Lojo evoca la partida de su padre: “Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la cárcel, la ‘redención de penas por el trabajo’. Sin embargo se despidió de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de play-boy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (10).

Quienes partían perdían, asimismo, otros afectos muy caros. Recuerda Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires: “Dejaba yo en España algo que inconscientemente llevaba conmigo a bordo. Aquel caballo brioso no podía despegarlo en sueños de mi cerebro. También quedaba en Galicia un perro que se llamaba Sereno, que yo había criado de cachorro y con tanta pasión que me acompañaba en mis salidas de caza. No era un pointer de pura raza, pero sí un incansable rastreador y si ni él ni yo éramos excelentes cazadores, vaya si me había dado satisfacción por los montes de la campiña gallega. Aquellos fieles amigos yo los cuidaba como si fueran mis hijos. El negocio para mi casa hubiera sido que nos fuéramos los tres juntos. ¿quién los iba a cuidar ahora? Y en la incómoda posición de la litera, soñaba más que dormía, siempre en puro sobresalto, creyendo que a mis amigos les estaba pasando algo malo” (11).

María, la gallega que deja su tierra en Como si no hubiera que cruzar el mar, novela juvenil de Cecilia Pisos, pregunta en una carta por su mascota. “¿Cómo están todos allí? ¿Madre? ¿Padre?  ¿Joel y Fernando? ¿Y Blanquita? ¿Y mi gallinita pinta?  ¿Ya se la han comido?” (12).

Un mural pintado por Carlos Salatino y Beatriz Sevilla, en un restaurante de Buenos Aires, evoca el barco que trajo a emigrantes asturianos. A esa obra se refiere el realizador: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa ‘hambre’, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco” (13).

Pierre Cottereau, que no era inmigrante pero nunca volviò a Francia, escribe acerca de su valija: “Sobre la proa del barco/ la abracè con fuerza/ sin embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino” (14).

Nora Ayala recrea el momento en que su abuela deja Alemania, en 1891: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente contra su pecho la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos” (15).

De Rusia parte Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898. Muchos tiempo después, escribiría: “¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes/ Que aún no han encontrado su camino;/ Pero he gustado un luminoso vino/ en huertos generosos y fragantes” (16).

En El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y desabrida como matse sin té” (17).

Un judío se despide de su mujer y su hija, en el cuento “Papá”, de Susana Goldemberg: “Miró a mamá. Se abrazaron fuerte, fuerte. A mí me pareció que mamá era más pequeña y más débil de lo que yo creía. Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes manos recorrió mi cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi nariz, la línea de los labios. Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía cuando me daba el beso de las buenas noches. Cuando por fin me dejó en el suelo, tenía mojado mi pelo con sus lágrimas. Tomó su atadito y se lo echó a la espalda. Rodeó con el otro brazo los hombros de mamá y salieron al camino. Yo los seguí” (18).

En Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940, una inmigrante inicia la escritura del diario que recogerá sus impresiones durante la travesía en el “Arabia-Maru”, que arribó a Buenos Aires en diciembre de ese mismo año. Ella escribe: “A Iojanan y a mí por supuesto, nos dolía el estómago, como antes de cada situación conflictiva. Nos despedimos de la abuela y el abuelo. El taxi estaba afuera preparado, arreglamos las maletas y nos sentamos” (19).

A los ciento seis años, en Rosario, Agop Eujanián evoca “la madrugada en que a cambio de monedas de oro el enemigo les franqueó la salida. Atrás quedaba el solar paterno con sus curtiembre, ovejas y árboles. En ese grupo huían tres jóvenes, Agop y su hermano Toros, de 18 y 20 años, y el primo de ambos, Serbando, de 17. Los tres eran de Tarsus, un sitio bíblico que alude a San Pablo, situado al pie del monte Ararat, donde según el Antiguo Testamento se posó el Arca de Noé. Toda una herencia de fe y de epifanías que dejaron atrás para poder vivir. Dos años después y cuando habían juntado algunos recursos comenzaron el viaje del exilio en barcos colmados de seres doloridos que buscaban puertos, sin más certeza que eludir la muerte” (20).

A los inmigrantes “de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba” (21).

En su “Homenaje al inmigrante”, canta Betina Villaverde: “Sí, y fueron valientes, mares de por medio/ sus raices quedaron/ mas, no vacilaron, fijo en sus mentes un/ mapa brillaba, Argentina./ Abriéndose en abanico, ancha y hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas extraños, se entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian, trabajo./ Santa palabra, paz, trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/ su equipaje, la fe, la voluntad como arma/ la fortuna, sus manos” (22).

Notas

1 Pavón, Héctor: “Migraciones: las fatigas de un nuevo horizonte”, en XV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Salamanca 2005, España. 14 y 15 de octubre. Buenos Aires, Clarín, 2005.

2 Luzzani, Telma: “El Mirador”, en Clarín, 17 de octubre de 1999.

3 Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de septiembre de 2000.

4 Sábato, Ernesto: Sobre héroes y tumbas. Buenos Aires, Seix Barral, 1998.

5 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

6 Cela, Adelina: “Madre Patria”, en La Capital, Mar del Plata, 5 de septiembre de 1999.

7 Cossa, Roberto: El Sur y después, en Teatro 3. Buenos Aires, Ediciones de la Flor.

8 Gambaro, Griselda: “L’América: el sueño en italiano”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de julio de 2002.

9 Castro, Rosalía de: Obra Poética. Barcelona, Biblioteca Bruguera, 1972.

10 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital.

11 Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.

12 Pisos, Cecilia: Como si no hubiera que cruzar el mar. Ilustraciones Eugenia Nobati. Buenos Aires, Alfaguara., 2004. 216 pp. (Serie azul).

13 González Rouco, María: Entrevista vía e-mail realizada en febrero de 2003.

14 Cottereau, Pierre M. M.: Sueños y sombras. Villa General Belgrano, Còrdoba, Ediciòn del autor, 1997.

15 Ayala, Nora: op. cit..

16 Fijman, Jacobo: “Caminante” (poema inédito) en Clarín, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2002.

17 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.

18 Goldemberg, Susana: “Papá”, en Cuentos de la bobe. Buenos Aires, Sudamericana.

19 Weiss, Mónica: Muestra en Hotel de Inmigrantes, 2001.

20 Carafa, Silvia: “Agop, el abuelo de 106 años que fue testigo del Genocidio Armenio”, en La Capital, Rosario, 3 de abril de 2006.

21 Fesquet, Silvia: “La tierra de uno”, en Clarín Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.

22 Villaverde, Betina: poema enviado por e-mail a MGR en 2004.

Un viaje penoso

En su poema “Barco, barcos”, dice Amalia Ottonello: “esta nave tan grande/ viene de Europa./ Llegan hacinados/ con sueños de progreso,/ inmigrantes –asustados-“ (1).

En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los inmigrantes realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (2).

En su libro Los armenios en Buenos Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa: “Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no se correspondían con las descripciones de los folletos de propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada pasajero tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo así como al control médico” (3).

Cuenta un inmigrante asturiano que “Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (4).

Para Valentìn Bianchi “transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama” (5).

No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a los dieciséis años, “se embarcó como polizón siendo descubierto a los pocos días quedando a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la empresa Molinos Río de la Plata” (6).

“El primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de María Angélica Scotti que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme” (7).

Remey Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la Argentina en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de concentración...” (8).

En la bodega pasa su luna de miel el turco Víctor: “Fue un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía con su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los demás hombres” (9).

Francisco Lores Mascato, Presdente de la Federación de Asociaciones Gallegas, y su esposa, “En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él tenía 19 y ella 8. Siete años después, un par de gaitas en San Telmo cambiaron las cosas. Boas noites, bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó bailar un pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro décadas después, Lorena, la hija de ambos, canta antiguas canciones celtas en el mismo salón” (10).

Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)” (11).

Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta González Carbalho. De su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica (12).

A los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo Lalanne;. él relata en sus memorias: “En el año 1873 me vine a este hermoso país, la Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos hasta Buenos Aires” (13).

A pesar de la tristeza, “La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo” (14).

Hacía música el galleguito de González Carbalho: “la armónica en los labios/ hice todo el viaje” (15).

Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi “portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina en la espalda” (16).

En el océano, “cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque”, aprendió el italiano del tango “La Violeta”, de Nicolás Olivari, la “canzoneta de pago lejano” que cantaba en la taberna (17).

Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco” (18).

Johann Bodemann, quien emigró de Valais en 1857, recuerda: “Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso” (19).

También se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: “mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase” (20).

Algunos viajeros traían libros. El padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan Moreira, un Quijote, un Martín Fierro y un Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, “toda una significativa selección” (21); mi abuela, la Imitación de Cristo, de Kempis.

Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: “los gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro país y de otros, como Italia” (22).

Los que podían, traían ahorros. Cuando Lajos Fehér salió de su Hungría natal, “llevaba consigo todos los ahorros que había juntado en los últimos años, a los que había ocultado en dos partes diferentes: una mitad eran billetes cosidos dentro del forro de un inmenso sobretodo con el que acostumbraba enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta Húngara, billetes de divisa internacional que habían sido acopiados lenta y cuidadosamente a través de los escasos medios para conseguirlos con que se contaba en la Europa en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran monedas de oro que había colocado en el lugar del motorcito ausente de un gramófono portátil que formaba parte de su equipaje, motor que estaba a mano dentro de una de sus valijas, para cuando fuese necesario demostrar que el aparato musical era bueno y en funcionamiento” (23). En América, el hombre se enterará de que los billetes eran falsos. Lo habían engañado.

Rocco Capezzone viajó con una máquina de escribir: “Soy un escribidor de cartas a la gente desde hace muchos años. Lo hago a la antigua, con una vieja Remington que traje de mi lejana tierra tirolesa natal, a la que... le falta la eñe” (24).

Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para establecerse en América.

Un armenio viajaba con un recuerdo de familia: “la palangana de cobre que, vaya uno a saber por qué, era el único utensilio que Krikor había traido a la Argentina, luego de pasar trabajosamente algunas aduanas que, entre aclaraciones y confusiones le permitieron eludir el tax, palabra que nunca pudo comprender, aunque le sonaba a crujido o a vidrios rotos, y resultaba amenazante en boca de un empleado de Aduana. Aquella palangana era como un tesoro familiar, al que su padre enaltecía cada vez que se bañaban”. Otro había traido un hammám tazé, el tazón de bronce, para el baño, parecido a un plato encasquetado. En ese recipiente cargaban el agua tibia que, partiendo desde la cabeza, servía para arrastrar todo lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (...) El hammám tazé era un obsequio de Aigás, ese recipiente de metal era su única pertenencia de desterrado”.

Otros traìan secuelas de la tortura. Un inmigrante relata a su hijo: “Tù sabes que los turcos nos hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre ellas, la de clavar herraduras en los pies de algunos armenios, como si fueran animales. Durante el viaje a la Argentina, en el barco, conocì a uno de ellos. Caminaba rengueando y usaba zapatos con plataforma”.

Y la culpa. Recuerda un armenio: en el barco “a los pocos días comencé a sentirme mal. No eran solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga aplastante que iba creciendo. Mis compañeros creían que se debía a la alimentación y hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan hasta las ganas de comer y qué corta es la distancia entre el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras los míos quizás estaban muertos o muriendo, en el momento que más se necesita la compañía de los seres queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di muchas respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento de culpa, pero la peor de todas, la más difícil de soportar: la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los otros polizones también escapaban, pero ninguno con mis cargas” (25).

Alberto Luis Ponzo expresa en “Dibujos de papá”: “Seguí durante horas/ la cabeza/ que viajaba desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando en la piel” (26).

Ema Wolf afirma que no sólo venían personas en los barcos. Venían también extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia: “Con toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá traído algún inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo tan fastidioso como el Mamucca” (27).

El protagonista de Memorias de Vladimir, novela infantil de Perla Suez, trajo en el barco a su gallo, al que durmió con dos vasos de vodka (28).

Al pasar la línea del Ecuador –relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (29).

“Alguien le hizo una broma al napolitano –escribe Dal Masetto-: le robó un zapato. El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo. Anda así desde hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz alta, acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos, divertidos y expectantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le queda, lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar. En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira también por encima de la borda. ‘Ahora’, grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’ “ (30).

Los aspectos desagradables de la travesía son evocados en muchos testimonios. “Había en ese barco a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra María Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón” (31).

“En la cubierta del barco –escribe Alicia Dujovne Ortiz, en El árbol de la gitana-, los judíos rezaban hamacándose hacia delante y hacia atrás. El movimiento del mar les cuadruplicaba el balanceo. Una hierática madre portuguesa derramaba sus senos sobre dos criaturas ya mayores, que mamaban sin pausa. De a ratos, los tres interrumpían la tarea para vomitar sobre un talit que alguna vez fue blanco, abandonado por su dueño que, por lo menos, vomitaba de boca al mar” (32).

Los olores no llegaban a la distinguida primera clase: “En el barco –relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega” (33).

“Dicen que el aire de mar a unos les provoca náuseas y a otros unas peculiares ansias –continúa Scotti. Padrazo contaba que a él el viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los trópicos,” (34).

En plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata Johann Bodemann: “Les tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio hubiera sido muy miserable”. Fue el capitán quién solucionó a Bodemann y los suyos el problema de la alimentación en el barco (35).

También el diario de un asturiano que emigra ilegalmente a la Argentina nos habla de la alimentación a bordo (36). Mal la pasó una asturiana de quince años, a quien “unas manzanas deliciosas de Río Negro (...) la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas” (37).

Viajando en esas condiciones, era fácil que se propagaran las enfermedades. Acerca de la salud de los ucranios en el mar, relata María Arcuschín: “Los niños, más pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo los peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó estoicamente” (38).

Cuenta Isaías Leo Kremer que una mujer murió durante la travesía: “Dicen que su madre había fallecido en el barco que la traía desde Rusia y que quince familias judías se juramentaron para cuidar al niño hasta su mayoría de edad, pues no poseía parientes cercanos conocidos en la Argentina” (39).

Syria Poletti narra en Gente conmigo lo sucedido a una pareja italiana: “El llegó primero; trabajó duro y construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco. Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante la travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó de regreso a Italia”. La narradora sabe bien por qué sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: “Ella había contraído el tracoma por viajar junto a algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien –un médico o un traductor- habría posibilitado el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico” (40).

Salvador Petrella, personaje de Frontera sur, muere de fiebre amarilla en el barco. Su cuerpo fue cremado en el horno del lazareto de la Isla Martín García. La novia que lo esperaba “pone el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma arriba, y con la derecha se da un hachazo...” . Esa fue la espantosa forma en que se suicidó. (41).

A las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio Savoia, quien afirma que la “fiebre inmigratoria” de 1907 fue bautizada así por los historiadores porque casi todos los pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre (42).

Como la inmigrante que evoca Poletti, aunque por otro motivo, a Italia vuelve también el protagonista de Guido de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia 4144. Dice el hombre: “Estoy aquí, en un camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano, roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas, creen que trasladan a suicidas. (...) soy un tipo que se llama Guido Fioravanti y que los patrones de este desgraciado país, envían, como un saludo, a la bestia de la Romagna” (43).

El viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis León, “Izmir, Vísperas de Pésaj”, judíos de Esmirna preparan su viaje hacia la “Aryintina, como Ierushalám, tierra prometida de leche y miel...” (44). En “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, del mismo autor, un hombre recuerda con pesar esos “cuarenta días en el vapor” que “no fueron menos que cuarenta años en el desierto” (45).

Interminable debe haber sido el viaje para la alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó a la adolescente: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado” (46).

Gyula Kósice dijo en una entrevista: “ ‘He viajado 28 días en barco, y lo único que veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente, quedé influenciado por esa travesía’. Habla de su llegada a la Argentina, a los 4 años, proveniente de Kosice, un pueblo de Hungría” (47).

A Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: “En medio de la noche los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene del camarote vecino o de otro que está más allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener más miedo que él, que quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba con América, duerme, ya pasará” (48).

Los descendientes de una inmigrante cuentan la forma en que ella y sus hijos salvaron la vida: “Ana Dubroff vino vía Génova, con León (hijo) y Berta. Una señora que viajaba en el mismo barco se enfermo gravemente. Ana era o se hizo muy amiga y cuando el capitán del barco decidió que la enferma debía bajar en Génova por la gravedad de su estado, Ana decidió a su vez bajar con su familia y quedarse a cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago, sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la familia Dubroff era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la mayor parte de sus cosas se hundieron con el barco” (49).

Nada tenían que ver con el clima las desventuras de los intelectuales españoles que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en el diario Noticias Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados” (50).

El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados gallegos, que “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (51).

Notas

1 Ottonello, Amalia: “Barco, barcos”, en Taller literario Museo Histórico Sarmiento: La esquina literaria Año 1996 Profesora Nenè D’Inzeo. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 1996.

2 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias

3 Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.

4 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

5 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.

6 S/F: “El negocio del hielo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.

7 Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.

8 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.

9 S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.

10  Peralta, Elena: “Clubes españoles”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.

11 Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en Floresta y su mundo, Año 9, N° 106, Febrero 1999.

12 Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.

13 Lalanne, Bernardo: “Memorias”, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 1997, Revista N°3.

14 Scotti, María Angélica: op. cit.

15 Requeni, Antonio: op. cit.

16 Bianchi, Alcides J.: op. cit.

17 Olivari, Nicolás: “La violeta”, citado por Cirigliano, Gustavo, en “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.

18 Pujol, Sergio.: “El baile, una historia de sexo, violencia y tensiones sociales”, en La Capital, Mar del Plata, 13 de febrero de 2000.

19 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.

20 Itzcovich, Mabel: “De profesión, contadoras de cuentos”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997.

21 Alonso, Rodolfo: en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

22 S/F: “Hotel museo para la memoria”, en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de 2002.

23 Weisz, José Martín: op. cit.

24 Capezzone, Rocco: “Tienes un e-mail (II)”, en La Nación Revista, Buenos Aire, 27 de noviembre de 2005.

25 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, Ediciòn del autor, 1998.

26 Ponzo, Alberto Luis: “Dibujos de papá”, en El Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999.

27 Wolf, Ema: “El mamucca” en Clarín, Buenos Aires, 22 de marzo de 1998.

28 Suez, Perla: Memorias de Vladimir. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1993. 69 pp. (Libros del Malabarista)

29 Vernaz , Celia: op. cit.

30 Dal Masetto, Antonio: La tierra incomparable. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

31 Scotti, María Angélica: op. cit.

32 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.

33 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.

34 Scotti, María Angélica: op.cit.

35 Vernaz, Celia: op. cit.

36 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

37 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.

38 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.

39 Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’ “, en Mundo Israelita, Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.

40 Poletti, Syria: op. cit

41 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.

42 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.

43 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso. Alfaguara, 2002.

44 León Luis: “Izmir, Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N° 1, mayo de 2002.

45 “Chacarita., Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N° 2, junio de 2002.

46 Schotellius, Renate, en “Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina”, Colegio Schönthal, www.monografias.com

47 Repar, Matías: “ENTREVISTA CON GYULA KOSICE, INVENTOR FULL TIME DEL ARTE ARGENTINO ‘El mundo no me necesita, pero para el arte contemporáneo soy inevitable’ “, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.

48 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

49 Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”, en www.math.bu.edu/people/ horacio/ anc-cast.htm

50 Schwarzstein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.

51 Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.

En el puerto

“Mole de mundo,/ cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste”, canta Carolina de Grinbaum en “Llegaste”. (1). Por fin, se avista la tierra americana.

“Un día el barco atracó en la ribera/-dice el poema de Roberto Druetta- y dos mozalbetes bajaron de él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/ repletas de sueños y de mucha fe” (2).

“Desde el vapor hasta la costa –relata el pionero holandés Diego Zijlstra, en Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí...” (3).

El narrador describe, en Frontera sur, uno de los tantos desembarcos de inmigrantes, en la década del 80: “Los buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños, que lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía del agua. Si el calado no resistía una quilla, por escasa que fuese, las irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos, que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último, y de las voces de quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón abandonó la contemplación de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada torcida” (4).

A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (5).

Desembarcan los inmigrantes en Irresponsable, de M. T. Podestá: "A lo lejos empezó a divisar una caravana de hombres, mujeres y niños, que parecían acudir a alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que cruzaban la plaza marchando detrás de sus equipajes que ellos mismos ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor parte, fuertes, vigorosos, con esa robustez peculiar de los hijos de las montañas. Vestían sus mejores trajes: los hombres, sus chaquetillas lustrosas, con botones de metal, colgadas del hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca, amplia, de hilo crudo, sujeta al cuello con un pañuelo de seda multicolor; sombrero de fieltro, en cuya cinta habían colocado algunos una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso, férreo, caras plácidas, de hombres sanos, contentos, sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto especial, echando tal vez sus cuentas sobre la probabilidad de una próxima fortuna. Algunos llevaban en sus brazos criaturas rollizas, rubias, con la plasticidad exuberante de la buena pasta con que estaban amasados; otros iban encorvados, cargando sobre sus espaldas cuadradas sus baúles y sus valijas, jadeantes, colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor sobre la arena caliente y brillante del suelo. Las mujeres, con sus trajes de aldeanas, de colores vivos, con sus caderas anchas, redondeadas, sobre las que apoyaban negligentemente su mano. De facciones correctas, y algunas hasta hermosas, con sus colores de manzana madura, sus grandes ojos negros, vivos y de mirar curioso; dentadura fuerte, blanca, compacta, y un seno elevado, turgente, capaz de alimentar tres chicuelos hambrientos; cubría su cabeza un pañuelo de lanilla de fondo gris con flores estampadas, atado delante con un nudo abierto: una simple vuelta para que los dos extremos de sus puntas simétricas caigan con igual armonía sobre los hombros; la garganta descubierta, blanca, ostentando vueltas de cadenas de gruesas cuentas de oro, en cuyo centro colgaban amuletos de coral o la imagen venerada de la madona de su aldea. Iban caminando lentamente detrás del carro y sus equipajes: un gran carro, en el que se había apiñado una pirámide de baúles, de valijas, cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados algunos de los inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho descubierto, quemado por el sol, y a la sombra de grandes paraguas verdes y colorados para proteger a los niños que estaban allí prendidos al pecho de las madres recostadas cómodamente contra las valijas. Era una especie de marcha triunfal a las doce del día bajo los rayos del sol ardiente; parecía una ovación a este pedazo de la América, cuya fama corre hasta golpear las puertas de las aldeas más remotas, en busca de brazos vigorosos con la insignia de la mies y del arado. ¡Cuántos se acordarían de sus hogares y cielo, a quienes habían saludado por última vez al doblar el camino de sus queridas montañas; enviando una despedida cariñosa al campanario de su aldea que parecía asomarse empinado desde el fondo del valle para decirles una vez más: aquí los espero... ¡hasta la vuelta!” (6).

Jorge Isaac evoca, en Una ciudad junto al río, el momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra: “Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo.

Y el desembarco de un enfermo: “Llegó la segunda tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban, en varios grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia. Un carretón tétrico, tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a otro que sirve de fúnebre pero del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría decirse que la variante consiste tan sólo en el color de los animales. Lo cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando de vez en cuando un gemido corto”. Un largo rato después, el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (7).

En La rejión del trigo, Estanislao Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: “Mirad al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter, el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer” (8).

La protagonista de Virgen, novela de Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta, aún anciana “podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada” (9).

Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en “Al bajar del barco”, donde escribe: “Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (10).

La casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha que mereció el Segundo Premio Xerox para autores inéditos, en 2001. En ella, la escritora relata qué sucedía, en el año 1874, cuando los inmigrantes descendían del barco: “Un mulato joven movía con el pie descalzo el pedal de la máquina. Con cada golpe una nube de cal pulverizada cubría la ropa, las manos, la cara, el equipaje de cada viajero” (11).

Más tarde, se utilizó otro procedimiento. En La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista, junto con otros pasajeros: “Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!” (12).

Otro escritor alude a esa práctica: “De aquella antigua inmigración que inspiró al dramaturgo Vacarezza, a la que desinfectaban con los chorros de fumigadores de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se come con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes –nosotros-, bruscamente sobresaltados”, afirma Orlando Barone (13).

Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán croata Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne” (14).

En la nueva tierra, había reglamentos que cumplir. Samuel Watch, polaco, había llegado años antes; al arribar Raquel, “para poder bajar del barco se tuvieron que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse” (15).

Y trámites que realizar: “Un pequeñísimo inmigrante ilegal. Así fue como arrancó su historia en este país Clorindo Testa, un bebé de tres meses que, a upa de su mamá, quedó demorado muchas horas en un barco mientras afuera, en el puerto de Buenos Aires, la discusiones en torno a su ingreso, que sí que no, arreciaban entre su padre y los funcionarios de migraciones. (...) Hijo de Juan Andrés, un médico radiólogo afincado en el país desde 1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa (también Manuel José pero sólo de bautismo) nació el 10 de diciembre de 1923 en Nápoles, por designio romanticista de su papá, quien se embarcó con su mujer embarazada para que el primogénito conociera la luz en la tierra de sus mayores. ‘Pero al volver, al viejo no se le ocurrió que tenía que anotarme en el consulado argentino, pensó que si venía con ellos alcanzaría con el registro civil italiano’, explica” (16).

La ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca María Rosa Lojo, en su novela Finisterre. En 1832, “Buenos Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban acercándose a la entrada del río ancho y playo, donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento. (...) Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se acumulaban en algunas esquinas” (17).

Marcos Alpersohn destaca que, en 1891, “No se veía persona alguna en las calles. Edificios dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de hierro. Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las arterias céntricas, conduciendo a muy pocos pasajeros” (18).

Baldomero Fernández Moreno, en La patria desconocida, recuerda.: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre” (19).

Oscar González, en “La anunciación”, brinda otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer italiana, quien “desembarcó asombrada un día cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras” (20).

Y Arcuschín, la de los judíos ucranios: “Al bajar se sorprendieron de la brillantez de la luz solar, la diafanidad del cielo y la cordialidad con que fueron recibidos. Buenos Aires hacia 1906, era una ciudad chata, de casas bajas, con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte. (...) Sin embargo, la primera impresión no dejó de desilusionarlos” (21).

Décadas después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas especiales nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su hijo: “¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Lo narra Abel Posse en El viajero de Agartha, novela que obtuvo el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México (22).

Del barco, al Registro Civil, donde se les proporcionará el documento argentino. Gabriel Báñez relata algunas anécdotas al respecto: “Las escenas más patéticas tenían lugar en el Registro Civil del puerto, sin embargo, ya que en el vértigo de las anotaciones los empleados de Inmigraciones, que no entendían ni medio, terminaban inscribiéndolos por aproximación, con traducciones bárbaras y fulminantes, así que cuando alguien decía Damianovich o Dimitropoulos, ellos copiaban Damián Vich o Demetrio Pulos. Nadie traspasaba las oficinas de documentación con el apellido indemne” (23).

Fruto de este accionar es el apellido de una familia de origen polaco. Así lo explica Ana María Shua: “ese Gedalia nunca se llamó exactamente Rimetka. El apellido Rimetka fue el producto de una combinación de la fineza auditiva y la arbitrariedad ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular forma de interpretar un documento escrito en una lengua desconocida, más su concepto personal sobre el apellido que debía llevar en el país un extranjero proveniente de Polonia: del empleado del registro civil que, en su momento, le tomó los datos al abuelo Gedalia para confeccionar su documento argentino. Como tantas otras familias de inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así, un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho más auténticamente argentino que un apellido español correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás existió en otro país ni en otro tiempo” (24).

“Hijo de Gerónimo, un capitán de barco yugoslavo apellidado Poklépovich, Caride llevó ese apellido hasta los 19 años, cuando harto de que lo transformaran en Lipoclepo o en Popoclopovich, se quedó con el Caride por parte de madre” (25).

En una reunión de inmigrantes armenios, “entre todos festejaron los errores de los apellidos actuales, ante la imposibilidad de los funcionarios de encontrar letras algunos sonidos del idioma armenio. No faltaban hermanos con distintos apellidos. El filoso sable del turco alcanzaba a seccionar algunos nombres. Esa primera generación llevaba nombres armenios, aunque o pasaran el riguroso examen del Registro Civil. Pero en familia se los llamaba por su nombre verdadero; el apócrifo era el de los documentos. Con las edades sucedía lo mismo. Algunos se agregaban años para poder viajar como mayores, porque no tenían ningún familiar. A otros, por falta de dinero, les quitaban años y pasaban como menores. Era cuestión de sobrevivir” (26).

Relata Carlos Prebble, descendiente de escoceses y españoles: “mi abuelo materno llegó, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con él muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le preguntó su nombre, él dijo “Moisés José Almendra”. El empleado le contestó: “¿Cómo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaban Almendros. Y así se apellidan sus descendientes argentinos.

En “Historia de una inmigración”, leemos: “Contaba una señora que el apellido de muchas familias tiene un origen particular: cuando comienza la inmigración, muchos no tenían siquiera un documento. Otros por cuestiones de la guerra dejaban a sus hijos a cuidados de otras familias, quienes los anotaban con el nombre de estas familias. Las familias representaban a los lugares de origen. La familia Huck, por ejemplo, era en alusión a un pueblo de nombre Huck en la zona de Rusia, Saratow” (27).

Notas

1 Grinbaum, Carolina de: “Llegaste”, en Inmolación. Buenos Aires, el grillo, 2002.

2 Druetta, Roberto Antonio: “Inmigrantes”, en Colonia Castelar. Su centenaria epopeya de trabajo y amor 1890-1990, citado en www.nalejandria.com/01/tarbut/novedad/pikudei/inmigr.htm

3 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.

4 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.

5 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.

6 Podestá, M. T.: Irresponsable. Buenos Aires, Editorial Minerva, 1924.

7 Isaac, Jorge E.: Una ciudad junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986.

8 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Madrid, Hyspamérica, 1984.

9 Báñez, Gabriel;: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.

10 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.

11 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.

12 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984.

13 Barone, Orlando: “El avance de la intolerancia aldeana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.

14 Anzorreguy, Chuny: op. cit.

15 Watch, Ana: “Clara, una niña judeoargentina víctima del nazismo”, en www.fmh.org.ar.

16 Muzi, Carolina: “En el nombre del arte”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 22 de junio de 2003.

17 Lojo, María Rosa: Finisterre. Buenos Aires, Sudamericana, 2005. 192 pp. (Narrativas)

18 Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. CEAL, Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, 1984.

19 Fernandez Moreno, Baldomero: La patria desconocida.

20 González, Oscar: “La anunciación”, en El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.

21 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.

22 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé, 1989.

23 Báñez, Gabriel: op. cit.

24 Shua, Ana María: op. cit

25 Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “PERSONAJES Miguel Caride El pintor olvidado”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de abril de 2005.

26 Bedrossian, Eduardo: op. cit.

27 S/F, con la colaboración de Pablo Münter: “Historia de una inmigración”, en www.basoenlared.com.ar.

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Así viajaban los inmigrantes hacia la “tierra de promisión”. Tristeza, incertidumbre, enfermedades, los acompañaban, pero también la esperanza de que en la Argentina encontrarían paz, libertad y bienestar.

* Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz.

** En marzo de 2001 se abrió en el Palais de Glace la muestra “El tesoro de la memoria”, ambientada como un buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación de la misma: “Guillermo D’Aiello, el curador, la presentó como si fuese un barco cuyos ocupantes reciben un ‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el Corriere de la SeraLa Nación, 25 de marzo de 2001.

*** Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas por Claudio Savoia- recuerdan que “Cuando la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles habían despertado su propia historia”. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.

III 

Primeros dias

La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se remiten a las instituciones que los orientan.

Algunos inmigrantes son esperados por sus parientes, a los que conocen en el momento de arribar a la Argentina. Así sucedió a Carmina, cuyos tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar la asturiana, de quince años, la tía le dice: “Aquí no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio”.

Pero todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón” (1).

El padre de Gladys Onega “Llegó solito, y cuando fue a la casa de su tío Agapito Vega, hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo pusieron a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como aquella que le reservaban siempre al tío Agapito en la casa da pena de Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El tío que lo encandiló en Galicia con la ilusión de América fue el primero que empezó la destrucción de la ilusión?” (2).

“A la Argentina –recuerda Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires- no se podía emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con todo bicho viviente” (3).

Cuando llegó en el “Bremen”, en 1929, mi abuela pasó en casa de unos parientes los pocos días que faltaban para su casamiento. Mi abuelo había llegado mucho tiempo antes, y vivía a unas cuadras.

“Generalmente los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados, siendo muy jóvenes (12 0 14 años) a parientes o compadres que los estaban esperando” (4).

Acerca de su padre, sus tíos y su abuela, que dejan Turquía, relata Silvia Isjaqui Sereno: “Cuando la guerra terminó  y llegó el primer giro los embarcaron como bestias apiñadas con rumbo a América. Cualquier cosa parecía mejor que lo vivido y además la esperanza, esa mariposa volando en el medio del pecho. (...) cuando llegaron al puerto de Buenos Aires los esperaban parientes. que los llevaron a comprar ropa decente a Gath y Chaves, el brillo que entonces tenia la gran ciudad los encegueció, Elías no se reconocía en los espejos que le devolvían una imagen pulcra y graciosa” (5).

Una inmigrante armenia dijo a la investigadora Nélida Boulgourdjian: “Al llegar a Buenos Aires, en 1924, vivimos ocho días en casa de mi cuñada, en la calle Niceto Vega. Después alquilamos una casa cerca de la calle Canning. Mi marido era carpintero, ganaba bien. A los pocos meses compramos un lote en Liniers, a pagar en diez años” (6).

Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (7). Algunos se hospedan en otros hoteles. Días después, se trasladarán a un conventillo; a una vivienda más digna, o viajarán hacia el interior.

Notas

1. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

2. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.

3. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.

4. S/F: “Características de la inmigración vasca en el Cono Sur”.

5. Sereno, Silvia Isjaqui: “Un par de zapatos”, en SEFARaires, N° 44. Buenos Aires, Diciembre de 2005.

6. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.

7. Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.

El Hotel de Inmigrantes

Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel (1), sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo figuraba en el Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2).

Un pionero holandés se alojó allí: “En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo‘ ” (3).

El friulano Juan Faccioli fue uno de los “integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro lado del arroyo El Rey” (4).

Por ese entonces, “La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes” (5)

Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa” (6).

Alberto Gerchunoff relata que “Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales” (7).

Al Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: “Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad” (8).

En la carta que envía al periódico El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, expresa: “En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”. En el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: “Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos” (9).

José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (10).

Marta B. de Pellegrini escribe: “Llegar a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el hoy llamado ‘viejo hotel’ sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes” (11).

En el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda que el dormitorio “era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia”.

Va a visitar a unos paisanos: “Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar”.

Encuentra a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a buscarlo al día siguiente. ”Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente” (12).

En su poemario Las huecos de tu cuerpo, Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en el Hotel. La hija le dice: “Suspendida del verano/ como las/ glicinas de la calle Leiva/ ‘flor quieta y desnuda’*/ tus pies se arrastran/ en la noche/ como una alucinación/ que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/ tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de Lituania” (13).

Allí nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (14).

En el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo” (16).

Relatado por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche –cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían en regaderas –ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires –era la visión europea de América- y después, como había estado en muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían comido –ni aún en su posición buena primaria en Hungría-  como habían comido en el Hotel de Inmigrantes” (17).

En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida” (18). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.

Dora Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate” (19).

El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata: “Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (20).

Felipe Fistemberg Adler escribe que, al llegar a la Argentina, su madre y otros familiares se alojaron en el Hotel: “Desde Nizni Apsa, Checoslovaquia, el 30 de noviembre de 1930, llegaron a Buenos Aires, a bordo del barco ‘Massilia’, Abraham (Alter) Leibovich, su esposa Jane Adler, su hija Leique de un año de edad, y Rifke Adler, hermana de Jane. Rifke Adler era mi futura madre, que estaba por cumplir 26 años de edad. Las autoridades de la J.C.A., los alojaron inmediatamente en el entonces Hotel de Inmigrantes, donde permanecieron por una semana. Mi tío Alter venía destinado a la colonización con la promesa de obtener una parcela de tierra. El nuevo y provisorio destino, Buenos Aires, deslumbró a los varones inmigrantes, y ante el ocio de la permanencia en el humilde Hotel de Inmigrantes, un grupo se aventuró a sus calles y al regresar exhibieron el primer choque cultural: se habían afeitado sus peies y barbas, atributos distintivos de la ortodoxia de la época, en la que todos ellos habían sido educados. Ese hecho les valió la reprimenda de las mujeres, que, en especial mi madre, conservaron las leyes y costumbres religiosas hasta sus últimos días”. Los representantes de la J.C:A: los alimentaron durante esa semana “con pan, aceitunas, alguna fruta y agua” (21).

Los alemanes del Admilral Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Uno de los militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos” (22).

Juan Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques que llevaban alimentos de  acá para Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires”. (23).

En la biografía que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán croata Miro Kovacic: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies” (24).

Valentín Bianchi, llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado contable” (25).

La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno