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Inmigracion y literatura |
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Sumario |
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Prólogo Presentación 1. Motivos2. El viaje 3. Primeros días 4. Hacia el interior 5. Actitudes 6. El idioma 7. Religión 8. Oficios 9. Qué comían 10. Costumbres 11. Festejos 12. Entretenimientos 13. La nostalgia 14. Volver Bibliografía Agradecimientos Comentarios Actualización de |
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Gonzalez Rouco, María Inmigración y literatura - 1a ed. - Bu : el autor, 2006. Internet. ISBN 987-05-0738-7 1. Investigación Periodística. I. Título CDD 070.44 |
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Prólogo |
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Indagar sobre la
Inmigración en América es una cuestión nada sencilla, si se tiene en
cuenta la multiplicidad de factores que afrontaron los inmigrantes del
Viejo Mundo. Aunar, analizar, desentrañar los motivos que llevaron a esos
viajeros a embarcarse hacia América, requiere un acopio de material
diverso y una inserción teleológica por parte de María González Rouco
que al lector le producirá asombro. Es que esta impresión es la que me
ha acometido ya en las primeras páginas de esta sólida investigación.
La autora, nieta de gallegos y bisnieta de lombardos, no ha escatimado
esfuerzo al consustanciarse con una amplísima bibliografía, sobrepasando
la Historia misma para entrar en el mundo de la ficción y de la poesía,
como podrá apreciarse por la cantidad de notas al final de cada capítulo.
Novelas, cuentos, poemarios, artículos de diarios y revistas, serán
expuestos textualmente, y, al mismo tiempo, con una óptica objetiva, de
los que el lector irá deduciendo conclusiones propias. Para darse una
idea y sopesar la importancia de este trabajo, tras el primer capítulo,
la bibliografía alcanzará a ochenta y dos notas. Judíos, gallegos,
italianos, húngaros, rusos, irlandeses, estarán contemplados por el ojo
avizor, sagaz y preciso en la contemplación, de María González Rouco,
como viendo y comprendiendo el sentir de esos inmigrantes, indefensos,
desprovistos de todo, que parecen estar entrando al puerto de Buenos
Aires. Y digo “parecen” porque el tono admirativo de la autora
implica, además de una vasta gama de contextos, una sensación de
presencialidad: el dolor por el desarraigo de esos inmigrantes es uno de
los motivos de esta investigación. Ver y comprender trasunta una
identificación con las vicisitudes por las que irían a atravesar esos
seres: marginaciones, explotación, enfermedades, muerte de niños. Es que
me estoy refiriendo al sentir de María González Rouco, que se traduce en
un homenaje a los inmigrantes que no tiene precedentes, ya que ha indagado
en los escritores más representativos de la literatura argentina y ha
puesto en escena secuencias narrativas y poemas emocionantes alusivos a la
inmigración. No nos olvidemos que muchos de estos escritores fueron
inmigrantes y otros, descendientes, herederos de esa epopeya, testigos
insoslayables. María González Rouco ha saltado por el cerco inesquivable
del ya clásico Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff –libro de
“cabecera” de nuestra literatura argentina- y ha compendiado una
cantidad apreciable de obras –muchas olvidadas-, estructurando una
investigación abarcante. Así, motivos, viajes, costumbres y comidas, las
primeras actitudes de asombro por parte de esos seres que se habían
lanzado a una extraordinaria aventura, se irán presentando con una
escritura grácil y un vuelo periodístico que agiliza la lectura. Otro mérito
es el haber incorporado narradores recientes y a escritores de valía que
están injustamente marginados de los circuitos comerciales de las
editoriales de mayor marketing. La reproducción del Manual de inmigrantes
italianos –al referirse la autora al Hotel de Inmigrantes- es
conmovedora, como así también la travesía del húngaro judío Lajos Fehér,
que consigue un pasaporte falso para embarcarse en el Augustus, o la
dolorosa partida del asturiano Modesto Montoto que aborda el Alfonso XIII,
quien escribe en su diario: “Con el corazón lanzo un adiós a los míos,
a la Santina de Covadonga y a Asturias”. Otro testimonio que sacude los
cimientos es el de José Wanza, un inmigrante que se establecerá en Tucumán:
“En Buenos Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes,
una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos
sido esclavos”. Esta inserción de María González Rouco excede los
marcos de una investigación académica, precisa en la bibliografía y en
los testimonios, va mucho más allá porque nos pone sobre el tapete
cuestiones y problemáticas que ya traían esos inmigrantes, castigados en
sus países de origen por las guerras y el hambre. Por esto, insisto en el
tono de presencialidad que observan estas páginas de María González
Rouco. De ahí que el término que he acuñado –inserción- implica una
visión tan objetiva como de sentido homenaje a esos inmigrantes,
entregados por el destino a la “buena de Dios” en las tierras de América.
La reactualización de datos y cronologías, la nueva puesta en escena de
títulos de obras de ficción a lo largo de un siglo y medio, como el
relevamiento de artículos y ensayos, o de instituciones como The Jewish
Inmigration Center, nos indican a las claras que este trabajo de María
González Rouco significará un más que valioso aporte sobre el cruce de
las culturas en general, y sobre la Inmigración, epopeya única e
indivisible por su grandeza, en especial. Una investigación que debe
ponernos orgullosos por su agudeza crítica y por la generosidad en la
entrega, rasgos que ya han caracterizado la trayectoria curricular y
periodística de María González Rouco. Sebastián Jorgi |
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Presentación |
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Me
propongo en este trabajo recuperar para los inmigrantes y sus
descendientes esas historias cotidianas que nos describen la vida en la
tierra nueva. Para ello, he recurrido a los testimonios de escritores,
historiadores, actores, periodistas, y de los inmigrantes que conozco,
incluidos los familiares. También transcribo testimonios de hijos y
nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material en librerías
“de viejo” y en bibliotecas. Después de que se publicaron las
monografías por separado, recibí mails desde diversos países –España,
Francia, Israel y otros-, en los que me relataban experiencias; muchas de
ellas fueron incorporadas a este trabajo. Archivando y preguntando, llegué
a reunir los recuerdos transcriptos en esta obra, que intenta ser un
homenaje a quienes vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y
trabajo”. Los
textos a los que me refiero, y que transcribo parcialmente, provienen de
memorias, biografías, ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos
pasajes provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión,
tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no han sido reflejados
en estas páginas; abordaré este aspecto en un futuro. Escribir
este libro llevó muchos meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una
tarea difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios relatados se
referían a la crueldad humana y su reflejo en toda la sociedad, pero
especialmente en los más desprotegidos. En América, esos inmigrantes
encontraron una vida digna –aún debiendo soportar a los xenófobos-,
pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña, estén
donde estén. Como contrapartida, asistimos también al relato de sus
logros, los que alcanzaron con fe, laboriosidad y privaciones. En
un principio, tomé el lapso que va de 1880 a 1930 –entre esas fechas
llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y a Tandil, mis bisabuelos
lombardos-; luego me di cuenta de que era necesario incorporar material
relativo a décadas anteriores y posteriores a las mencionadas, sin el
cual, el trabajo quedaría incompleto. “Inmigración
y literatura” fue el título del primer artículo periodístico que
escribí sobre este tema. Esa visión literaria se fue ampliando con
historias de vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan
valiosos a la hora de conocer una etapa. Doce de los capítulos que
componen este volumen fueron publicados durante 2002 en el sitio www.monografias.com.
Luego los amplié y actualicé, y agregué dos más, que también fueron
publicados en el mismo sitio.El trabajo completo apareció en www.monografias.com
en 2005. Faltan
muchas historias, y hay colectividades representadas con más testimonios
que otras. No hay una “razón de amor” –salvo en lo referido a los
gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay información más
accesible que sobre otras. En las próximas actualizaciones me ocuparé de
las comunidades menos abordadas en este trabajo. Este libro, en el que hablan personalidades relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones, sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás tientan suerte en la tierra de sus abuelos. |
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I Los motivos |
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Algunas
de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la
idea de emigrar desde los instantes
en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las
que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque
–como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”-
“Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos
guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse
al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1). José
Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en
1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han
colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado
de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no
haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos
saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha
podido” (2). En
el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera
los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación
e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada,
los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del
reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3).
Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de
otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los
pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración
asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente,
también fueron causa de emigración. Notas (1)
Cirigliano,
Gustavo: “Disquisiciones tangueras”, en El
Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001. (2)
Estévez,
Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La
Prensa, 7 de noviembre de 1998. (3)
Méndez
Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, www.telepolis.com. Guerras,
persecuciones
Leopoldo
Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te
anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás
del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz
del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de
luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El
viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y
ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza
el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra
Prometida” (1). La
política aparece reiteradamente como motivo de emigración. Del fascismo
y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar
“porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por
los camisas negras”. El anciano narra qué había sucedido: “Sabían
que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero
yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos
bastonazos, ¡brutte bestie! Me
protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré
a América” (2). Syria
Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un
personaje, en “Agua en la boca”. La protagonista se encuentra con un
hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe:
“Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba
oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era
un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y
encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo
en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3). En
“Desarraigo”, cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que
piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente,
evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó que
una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde,
blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas
con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre,
Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y
él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y
el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta
soledad impuesta por un país destruido por la guerra” (4). Los
recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La
tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio
Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice:
“era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y
tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba
en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda
desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica,
por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña.
Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir.
Ni Hitler, ni Mussolini...” (5). También
escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra:
“Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que,
perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi
madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó
en 1929” (6). Debieron
emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia: “El 15 de
septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de
Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti,
cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años
después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión
sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen
a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre,
Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una
excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los
refugiados políticos de ese momento” (7). Juan
Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien
alentó a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar
de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial. ‘Es una
tierra donde no hay hambre y no hay guerra’, le decía a su esposo
Pedro, que era mecánico de vuelo” (8). Blas
Gurrieri nació en el pueblo de Conza, provincia de Raguna. “En la
posguerra, allá por el 1948, el fantasma de la Guerra de Corea empezaba a
convertirse en una amenaza peor a lo vivido y don José decidió embarcar
a su familia a tierras más tranquilas” (9). Hubo
quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció
aquí: “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926
por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora
de Quando Dio ballava il tango.
Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que
su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco.
Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo
era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año
el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió
sus últimos cuarenta años” (10). Huyendo
del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví
muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes,
cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo
escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del
pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá.
Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la
dejaron pasar...” (11). La
emigración aparece como una alternativa que otros italianos no aceptan,
porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela La
piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos “no pueden pagarse un
billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es
la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la
esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán
siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si
supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo
abandonarías?” (12). Vino
de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José
Eduardo Abadi. El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria,
pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a
Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron
que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina” (13). Los
sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los conflictos producidos por
la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del
Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza” (14). El
croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así
recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren
tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí
que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se
adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los
cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan
situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia
del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha
acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y
aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de
un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día.
Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha
constante con la que debemos cargar” (15). Pedro
Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos
padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la
Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se
crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (16).
También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un
periodista: “Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su país
natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron como inmigrantes en
1948 a la Argentina” (17). A
la vienesa Hedy Crilla, “el creciente antisemitismo de los nazis en el
poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde
vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la
Argentina” (18). “En
1939, como tantos otros judíos perseguidos por las hordas de Hitler, los
Hurwitz se despidieron de su casa”, en Alemania (19). Fueron
perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en
Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania,
Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su
infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las
violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el
tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta
edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos.
Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas.
Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos,
mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la
casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Más
adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: “Quiero que
vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que
vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados,
asesinos”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de
origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas
dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos,
también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya
que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los
emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes
les permitió una salvación que a otros estuvo negada (20). María
Arcuschín recuerda, en De Ucrania a
Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a
emigrar. Los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta
alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir
hacia América en busca de libertad y de paz” (21). José
Muchnik recuerda la tragedia de sus mayores: “Argentina es el pulso de múltiples
venas en un mismo estuario…por eso somos todos argentinos… Ahí
anclaron , gallegos o andaluces, sicilianos o calabreses, franceses del Béarn
o del Aveyron, portugueses, japoneses, libaneses, sirios, rusos,
ucranianos, serbios, croatas… judíos expulsados por los pogroms,
armenios huyendo del genocidio turco …paraguayos, bolivianos o
brasileros…acentuaron el sabor latino de esas tierras…y hasta millares
de coreaneos aportaron hace poco su encanto oriental a esta odisea.
Argentina…raíces no sólo de tierra sino también de cielo. Mi palabra,
estas palabras, no artículos y adjetivos, sí sangre y silencios…mi
padre dejó madre y hermano degollados en un « shteitl » ukraniano antes
de ser el más criollo de los criollos con sus mates de madrugada en la
ferretería de Boedo, barrio de tango, barrio de mis primeros amores…”
(22). “Nací
en Córdoba, Argentina –relata Perla Suez-, pero toda mi infancia
transcurrió en Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, lugar próximo a
las tierras donde se radicaron mis abuelos cuando llegaron, a finales del
siglo XIX, con la primera corriente de inmigrantes judíos que escaparon
de la Rusia zarista” (23). En
Minsk, en 1941, a una adolescente y a sus padres les advertían el
peligro: “a Tínkele –relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar
que gran parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son los
primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán a los judíos si no
huyen a tiempo hacia Palestina o América. Los religiosos oran y esperan
pasivos el destino que Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres
oscilan entre ambos y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye
que los que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor
el futuro. Los padres de Leie también creen que hay que emigrar, pero no
les es fácil movilizarse con una familia tan grande y sin dinero” (24). El
pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche
Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le
contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la
aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna
guerra en la otra punta del país” (25). Emigraron,
asimismo, los padres de Alejandra Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en
Buenos Aires en 1936, apodada Buma,
convertida en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su
elección definitiva por la poesía. Flora (Buma
en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías
Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde
algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para
instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (26). Max
Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia, donde “Otra
vez los gritos de ‘yid’ atronaban la calle. El viaje había sido inútil.
Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía
el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos
la guerra había terminado pero no su odio por los judíos. (...) el celo
polaco podía dejar atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba.
(...) También de Polonia debían irse” (27). Alejandro
Kokocinski, “hijo de un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció
en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro Kokocinski
consiguió una nacionalidad, la argentina. Hasta entonces era un apátrida.
‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino
–aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana de grande,
porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía una patria. Mis
padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía
rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el
tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si
no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año
escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese
contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski
organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos.
Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul
se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a
Buenos Aires” (28). Con
el título ...Y elegirás la vida,
“un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de
sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio,
inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la
encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’ (...) En los
párrafos que siguen (29), apenas una parte de las historias que integran
el libro”. “En
abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que
enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas
cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos,
antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim?
Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los
judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este
tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy
fuerte’ ". “Auschwitz,
24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...),
dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...).
Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las
razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero
nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un
esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un
trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo
siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos
por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos
vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por
conservar la vida’ ". Relata
Isak Lempert: "Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las
oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá
ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón".
"A
veces pienso cómo fue que después de la guerra tuvimos ganas de seguir
viviendo, de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth
Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte. No sé
explicar cómo ocurre, pero llega un bendito día en que uno vuelve a
interesarse en una receta de cocina". Dice
Moniek Taub: " ‘Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si
alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además
iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad?
‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz,
si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente
y salía humo?’ ". Moisés
Borowicz recuerda: “Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que
no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier
parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en
Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que
me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a
pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’
". "Llegamos
a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos
hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor...
Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos
vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no
agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te
quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden
aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros.
(...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no
soy una resentida". "‘Yo
te quiero contar -dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se
sepa’. Supuse que aludía a los crímenes cometidos por Hitler, pero me
equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa que sé hablar idish y hebreo gracias
a la escuela del ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto se
había organizado un coro, y que cantábamos. Sí, en el ghetto de Vilna
cantábamos y estudiábamos; a pesar de los nazis. Y de esto no habla
nadie’ ". "Es
increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con
semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de
Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría
se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de
seguir vivo". Sostiene
Regina Kenigstein de Hubel: "Una vez por mes habría que hacer una
lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz,
querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a
nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie
venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga." También
escrito por Schettini, leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos
días de Auschwitz” (30), en el que entrevista a otra sobreviviente,
quien le dice: “-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número
de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la
han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A
15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es
viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan la fuerza
para vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló
la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a
muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el
pozo más negro de la historia de la humanidad”. “Se
conmemoran los 60 años de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique
Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más impresionan es
aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente que no estuvo en
Auschwitz nunca podrá entrar. Gente que estuvo ahí nunca podrá
salir’. Por poco que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno
la habite, es posible advertir que la angustia que encierra es casi
insondable” (31). La
historia que nunca les conté - El Libro de Gisela (Polonia 1943-1944),
fue escrito por Mariano Fiszman y Roberto Raschella. “El protagonista de
este relato –afirma Rubén Chababo- es Gisela Gleis, una joven judía de
nacionalidad polaca, habitante de Stanislawow, un pequeño poblado, quien
durante los años de la ocupación alemana se refugia junto a una
treintena de personas de su pueblo natal en un sótano. Durante casi dos años,
esperando el fin de la guerra y el cese de la ocupación, este grupo
resiste la más absoluta de las adversidades. La posibilidad de ese
refugio les es brindada por un hombre, vecino del lugar, de religión católica,
llamado Staszek, quien ante la evidencia de la deportación y el asesinato
masivo de miles de judíos llevada adelante por la Gestapo, decide
arriesgar su vida para que ese puñado de perseguidos se salve de una
muerte segura. Una vez terminada la guerra Gisela Gleis emigra a la
Argentina junto a su marido Max, también habitante del sótano, y es en
nuestro país donde viven y mueren ya ancianos, él en 1990 y ella en
2001. Los escritores Roberto Raschella y Mariano Fiszman fueron tras la
voz de Gisela y durante tres años la entrevistaron en su casa del barrio
de Flores, tratando de obtener la mayor información posible para que esta
historia no fuera olvidada” (32). Para
proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que
la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el
belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales de los
treinta”. La moribunda había dicho: “ma
fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre refroidisse”
(33). Esta es la historia que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista en el Premio Planeta 1997. Entrevistado
por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: “¿Cómo han venido aquí
nuestros judíos? Escapando, prácticamente, de pogroms.
Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los
italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá
los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban
la vida en el ghetto porque
significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi
abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de
origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en
la miseria, era su hogar” (34). “El
país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo patrimonio cultural
ante la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder a la política
inmigratoria propuesta por la República Argentina. Así fue como algunos
eligieron a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus
ideales” (35). La
Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre
ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moure, pasajero del Massilia, quien
recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda
traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la
famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos
millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos
Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción
y teníamos a América” (36). Durante
la contienda, “los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se
refugiaron en las colonias vascas de América latina y buscaron el
respaldo logístico y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña. En
nuestro país se produjo una movilización de la comunidad para favorecer
la radicación de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir
de España como de los que se habían establecido momentáneamente en
Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi. El presidente
Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció ya en 1940 a un comité
de personalidades argentinas y españolas como intermediario para la rápida
entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía de que no
tuvieran antecedentes comunistas” (37). Emigró
la española María Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo
de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro: “Estaban en la compañía
de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi
hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de
mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires” (38). El
humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de
republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela
era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería
que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando
era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba
a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años”
(39). Manuel
García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los
17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España
natal” (40). El
guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó:
“Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante,
escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre
y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me
crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre
murió aquí, vivo con mi madre” (41). Llegaban
sefaradíes. En su libro La cita en
Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff,
“oriundo de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos
episodios del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso.
Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo
y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a Buenos Aires,
donde se refugian los últimos miembros de una familia que creyó en el
trabajo y en el progreso” (42). De
Esmirna viene otros sefaradíes, aterrorizados por las matanzas de griegos
y armenios: “Masaltó sabía
que la situación en Izmir no
les ofrecería paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette
y toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias deportadas
de Izmir, esa herida no cerraría
con facilidad” (43). “Acerca
de las causas de la emigración, los armenios de la Argentina consideran
que la misma fue forzada, a partir de las persecuciones políticas en el
Imperio Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y
durante ella (Genocidio de 1915)” (44). En
“A los que se encuentran en un pozo” (45), Gustavo Bedrossian
homenajea a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real,
maravillosamente real. La situación es la siguiente: el protagonista es
un adolescente que ha perdido a su familia. Hace minutos vio cómo delante
de sus narices mataron a parte de su familia a palazos. A él mismo luego
de golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que
golpean y matan pensando que está muerto. Pero él no está muerto...
Siguen matando gente y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos,
el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde sólo se respira
muerte. ¿Qué expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más
optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo de
enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió la historia? Este chico, de
nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se
fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró
escapar con otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo
que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar con una mujer que
suponía era su madre. Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi
abuelo”. Décadas
después llegarían más japoneses (46), a sumarse a la colectividad que
ya estaba instalada aquí en tiempos del Centenario (47). En
Flores de un solo día (48), Anna Kazumi Stahl relata la historia de
“Aimée y su madre, Hanako. La madre
“ desde chica sufría tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa
de origen y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial hacer
su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir los nueve años
de edad. Peores eran sus circunstancias, porque a causa de una enfermedad
infantil había quedado sin habla, con daños en el centro del habla del
cerebro, y no podía entender las explicaciones que le daban la empleada
doméstica y el coronel mismo, su padre”. Con
Gaijin. La aventura de emigrar a la
Argentina (48), Maximiliano Matayoshi ganó el Premio Primera Novela
UNAM-Alfaguara. En esa obra, relata un adolescente, poco antes de dejar
Okinawa: “Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó
de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es
chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá
estuviera sería diferente, dijo”. Notas 1
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Buenos Aires, Alfaguara, 2002. En
la Argentina Nélida
Boulgourdjian-Toufeksian destaca la labor de la prensa argentina, con
respecto a la comunidad armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo
lugar en Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos oculares,
informes de funcionarios de potencias europeas) salían a la luz para dar
cuenta de un crimen que habría de constituirse en el antecedente de otros
que sembraron de horror el siglo. La prensa europea y la americana
plasmaron en sus páginas las noticias de hechos y situaciones patéticas
que superaban con creces lo que el simple lector podía imaginar como
posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde el siglo XIX
las matanzas de los armenios en el Imperio otomano de 1894-1896 fueron
ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto desde entonces la
preocupación y la sensibilidad de los argentinos frente a hechos
aberrantes que afectaron a un pueblo del cual poco o nada sabían. La
frecuencia y el caudal de la información –noticias del día,
editoriales y notas de fondo- así lo demuestran” (1). Durante
la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con
una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas
de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia,
oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su
país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones
guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la
inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran
presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto
antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que
ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano”
(2). Los
avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda María
Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió
mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”.
La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de
Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”.
Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la
paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día,
con la bandera desplegada en el living” (3). Las
privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a
quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933,
acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer
en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema:
“mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos
con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la
guerra, el hambre...’ “ (4). En
un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en la nueva
tierra, sabían que los suyos eran víctimas de la persecución. Desde la
Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio. La angustia
y la desolación son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a
los que un niño comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá llorándole
toda la cabeza al pequeño. Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá
que regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos de
nuevos/ silencios. 1940” (5). A
un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz:
“El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del
dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había
llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes
taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no
entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde
permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto
estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces
el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida. La carta narraba
sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que
Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia,
donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de
concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio” (6). Un
episodio igualmente aciago relata Mito Sela en Babilonia chica:
“Un día papá se encerró en su dormitorio ‘¿Por qué?’, le
pregunté a mamá., ‘La carta de Palestina’, me respondió. La carta
informaba a mi padre lo acontecido con su familia en los campos de
exterminio en Europa. Pocos quedaron con vida. Mi madre y yo nos sentamos
afuera y dejamos a papá llorar. Cuando salió, aún con lágrimas en los
ojos, nos abrazó. Y yo sentí su cuerpo envejecido. Quise consolarlo,
pero no pude. Quise llorar, pero no pude. Quise gritar, pero no pude.
Nunca más lo vi llorar” (7). Norma
Manzur afirma: “Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho
dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre
todo la tristes se hablaban en idish, idioma que nunca aprendí. La guerra
en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de
mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó
a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe
que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de
Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis
dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé” (8). “La
shoá, el hecho traumático primigenio, es nuestro contexto presente desde
el comienzo de nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado con
la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios,
los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones,
los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos
amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las
palabras” (9). Escribe
Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos, “para el sábado
era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse todos
alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier intento por
modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición del padre y sus
recuerdos que flotaban durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese
abuelo que Mario no había conocido a resultas de la guerra, la misma que
de una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos”
(10). Mónica
Sifrim escribe: “No señor. En mis antepasados no hay diabéticos,
hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,/
uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro o
cinco de melancolía” (11). Los
inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento de Sebastián
Jorgi, un hombre dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá
Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación contigua. Vos
me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola
porque tiene mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán a la
casona del fondo del campo” (12). Los
padres de Daniel Goldman, “ambos polacos, fueron sobrevivientes del
Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el
nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano
después de escapar de un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948
emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero
en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier
autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a
resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por
las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su
hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban
desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación
amiga del idealismo” (13). Acerca
del Deutscher Klub, o Club Alemán
de Buenos Aires, afirma Willy G. Bouillon: “Los dos conflictos bélicos
mundiales del siglo XX fueron de efecto muy negativo para el DK. Durante
el primero de ellos, el hundimiento de un buque argentino fue atribuido al
ataque de un submarino alemán. La entidad sufrió un atentado y debió
permanecer cerrada varios años, hasta 1921. En el segundo, la alineación
argentina en contra del Eje provocó que se le retirara la personería jurídica
y se confiscó la sede. En el 51 se dio marcha atrás con lo primero, pero
no se restituyó el edificio social. Hubo entonces un nuevo traslado, esta
vez a un petit hotel, en Arroyo 1034” (14). En
su novela Hotel Edén, escribe
Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había
dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la
guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición
del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo.
Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta
que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con
Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después
localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a
su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde
tiempos remotos, una leyenda negra” (15). Señala
Luis León: “El holocausto que impactó de lleno en todas las
comunidades ashkenazíes de Europa, golpeó también a los sefaradíes de
Grecia y los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que
concluyeron con la declaración de la independencia del Estado de Israel,
movilizó a los djidiós en
igual magnitud que a las otras comunidades judías de Buenos Aires. Un
gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a
centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio
Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de djidiós
de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas,
desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó
una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil
que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y
Canning, recuerda ‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso de uno de
los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba
alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por
ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo
sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en
esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el
centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites
de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre
que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos,
especialmente los nacimientos’ ” (16). Afirma
Carlos Szwarcer: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como
referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos
de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de
palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran
parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la
contienda” (17). Con
respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América,
las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica
Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los
que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos
para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías.
Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”. “A
mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió
al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido
a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación
promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que
se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes.
Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los
gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los
dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad
volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años
más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se
enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo
que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la
península”. “Al
ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina
de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir
en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo
defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en
mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y
suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para
adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la
armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las
fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano”
(18). Los
españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en
guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil,
Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran
llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional
lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los
republicanos en el Luna Park” (19). Helvio
Botana escribe en sus memorias: “mi padre convirtió la guerra española
en problema argentino, pues así se lo tomó... Por influjo de Crítica
nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue,
en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en
toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados.
El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió
pasionalmente un suceso que fue nuestro” (20). Rodolfo
Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo
que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la
guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último
vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del
anterior” (21). Gladys
Onega evoca en Cuando el tiempo era
otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los
inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también
se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el
17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y
ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de
abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos
tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría,
muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y
ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos
chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día
final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal
sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña
que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de
Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos
en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con
quién jugar” (22). Llorarían
asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción
perdida en Buenos Aires al Oeste -novela
premiada
por el Fondo Nacional de las Artes en 1986-,
quien se define como “la primera generación argentina nacida de una
pareja de exiliados durante la Guerra Civil” (23). “En
1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel
Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía
decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese
barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y
que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi
todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja
Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se
recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a
medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era
muy chico, pero todo eso me marcó” (24). Antonio Gonzalo Soto Canalejo es recordado como el líder de la Patagonia Rebelde. “En 1936 cuando se declara la guerra civil |