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Inmigracion y literatura |
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Sumario |
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Prólogo Presentación 1. Motivos2. El viaje 3. Primeros días 4. Hacia el interior 5. Actitudes 6. El idioma 7. Religión 8. Oficios 9. Qué comían 10. Costumbres 11. Festejos 12. Entretenimientos 13. La nostalgia 14. Volver Bibliografía Agradecimientos Comentarios Actualización de |
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Gonzalez Rouco, María Inmigración y literatura - 1a ed. - Bu : el autor, 2006. Internet. ISBN 987-05-0738-7 1. Investigación Periodística. I. Título CDD 070.44 |
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Prólogo |
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Indagar sobre la
Inmigración en América es una cuestión nada sencilla, si se tiene en
cuenta la multiplicidad de factores que afrontaron los inmigrantes del
Viejo Mundo. Aunar, analizar, desentrañar los motivos que llevaron a esos
viajeros a embarcarse hacia América, requiere un acopio de material
diverso y una inserción teleológica por parte de María González Rouco
que al lector le producirá asombro. Es que esta impresión es la que me
ha acometido ya en las primeras páginas de esta sólida investigación.
La autora, nieta de gallegos y bisnieta de lombardos, no ha escatimado
esfuerzo al consustanciarse con una amplísima bibliografía, sobrepasando
la Historia misma para entrar en el mundo de la ficción y de la poesía,
como podrá apreciarse por la cantidad de notas al final de cada capítulo.
Novelas, cuentos, poemarios, artículos de diarios y revistas, serán
expuestos textualmente, y, al mismo tiempo, con una óptica objetiva, de
los que el lector irá deduciendo conclusiones propias. Para darse una
idea y sopesar la importancia de este trabajo, tras el primer capítulo,
la bibliografía alcanzará a ochenta y dos notas. Judíos, gallegos,
italianos, húngaros, rusos, irlandeses, estarán contemplados por el ojo
avizor, sagaz y preciso en la contemplación, de María González Rouco,
como viendo y comprendiendo el sentir de esos inmigrantes, indefensos,
desprovistos de todo, que parecen estar entrando al puerto de Buenos
Aires. Y digo “parecen” porque el tono admirativo de la autora
implica, además de una vasta gama de contextos, una sensación de
presencialidad: el dolor por el desarraigo de esos inmigrantes es uno de
los motivos de esta investigación. Ver y comprender trasunta una
identificación con las vicisitudes por las que irían a atravesar esos
seres: marginaciones, explotación, enfermedades, muerte de niños. Es que
me estoy refiriendo al sentir de María González Rouco, que se traduce en
un homenaje a los inmigrantes que no tiene precedentes, ya que ha indagado
en los escritores más representativos de la literatura argentina y ha
puesto en escena secuencias narrativas y poemas emocionantes alusivos a la
inmigración. No nos olvidemos que muchos de estos escritores fueron
inmigrantes y otros, descendientes, herederos de esa epopeya, testigos
insoslayables. María González Rouco ha saltado por el cerco inesquivable
del ya clásico Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff –libro de
“cabecera” de nuestra literatura argentina- y ha compendiado una
cantidad apreciable de obras –muchas olvidadas-, estructurando una
investigación abarcante. Así, motivos, viajes, costumbres y comidas, las
primeras actitudes de asombro por parte de esos seres que se habían
lanzado a una extraordinaria aventura, se irán presentando con una
escritura grácil y un vuelo periodístico que agiliza la lectura. Otro mérito
es el haber incorporado narradores recientes y a escritores de valía que
están injustamente marginados de los circuitos comerciales de las
editoriales de mayor marketing. La reproducción del Manual de inmigrantes
italianos –al referirse la autora al Hotel de Inmigrantes- es
conmovedora, como así también la travesía del húngaro judío Lajos Fehér,
que consigue un pasaporte falso para embarcarse en el Augustus, o la
dolorosa partida del asturiano Modesto Montoto que aborda el Alfonso XIII,
quien escribe en su diario: “Con el corazón lanzo un adiós a los míos,
a la Santina de Covadonga y a Asturias”. Otro testimonio que sacude los
cimientos es el de José Wanza, un inmigrante que se establecerá en Tucumán:
“En Buenos Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes,
una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos
sido esclavos”. Esta inserción de María González Rouco excede los
marcos de una investigación académica, precisa en la bibliografía y en
los testimonios, va mucho más allá porque nos pone sobre el tapete
cuestiones y problemáticas que ya traían esos inmigrantes, castigados en
sus países de origen por las guerras y el hambre. Por esto, insisto en el
tono de presencialidad que observan estas páginas de María González
Rouco. De ahí que el término que he acuñado –inserción- implica una
visión tan objetiva como de sentido homenaje a esos inmigrantes,
entregados por el destino a la “buena de Dios” en las tierras de América.
La reactualización de datos y cronologías, la nueva puesta en escena de
títulos de obras de ficción a lo largo de un siglo y medio, como el
relevamiento de artículos y ensayos, o de instituciones como The Jewish
Inmigration Center, nos indican a las claras que este trabajo de María
González Rouco significará un más que valioso aporte sobre el cruce de
las culturas en general, y sobre la Inmigración, epopeya única e
indivisible por su grandeza, en especial. Una investigación que debe
ponernos orgullosos por su agudeza crítica y por la generosidad en la
entrega, rasgos que ya han caracterizado la trayectoria curricular y
periodística de María González Rouco. Sebastián Jorgi |
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Presentación |
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Me
propongo en este trabajo recuperar para los inmigrantes y sus
descendientes esas historias cotidianas que nos describen la vida en la
tierra nueva. Para ello, he recurrido a los testimonios de escritores,
historiadores, actores, periodistas, y de los inmigrantes que conozco,
incluidos los familiares. También transcribo testimonios de hijos y
nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material en librerías
“de viejo” y en bibliotecas. Después de que se publicaron las
monografías por separado, recibí mails desde diversos países –España,
Francia, Israel y otros-, en los que me relataban experiencias; muchas de
ellas fueron incorporadas a este trabajo. Archivando y preguntando, llegué
a reunir los recuerdos transcriptos en esta obra, que intenta ser un
homenaje a quienes vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y
trabajo”. Los
textos a los que me refiero, y que transcribo parcialmente, provienen de
memorias, biografías, ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos
pasajes provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión,
tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no han sido reflejados
en estas páginas; abordaré este aspecto en un futuro. Escribir
este libro llevó muchos meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una
tarea difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios relatados se
referían a la crueldad humana y su reflejo en toda la sociedad, pero
especialmente en los más desprotegidos. En América, esos inmigrantes
encontraron una vida digna –aún debiendo soportar a los xenófobos-,
pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña, estén
donde estén. Como contrapartida, asistimos también al relato de sus
logros, los que alcanzaron con fe, laboriosidad y privaciones. En
un principio, tomé el lapso que va de 1880 a 1930 –entre esas fechas
llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y a Tandil, mis bisabuelos
lombardos-; luego me di cuenta de que era necesario incorporar material
relativo a décadas anteriores y posteriores a las mencionadas, sin el
cual, el trabajo quedaría incompleto. “Inmigración
y literatura” fue el título del primer artículo periodístico que
escribí sobre este tema. Esa visión literaria se fue ampliando con
historias de vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan
valiosos a la hora de conocer una etapa. Doce de los capítulos que
componen este volumen fueron publicados durante 2002 en el sitio www.monografias.com.
Luego los amplié y actualicé, y agregué dos más, que también fueron
publicados en el mismo sitio.El trabajo completo apareció en www.monografias.com
en 2005. Faltan
muchas historias, y hay colectividades representadas con más testimonios
que otras. No hay una “razón de amor” –salvo en lo referido a los
gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay información más
accesible que sobre otras. En las próximas actualizaciones me ocuparé de
las comunidades menos abordadas en este trabajo. Este libro, en el que hablan personalidades relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones, sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás tientan suerte en la tierra de sus abuelos. |
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I Los motivos |
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Algunas
de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la
idea de emigrar desde los instantes
en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las
que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque
–como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”-
“Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos
guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse
al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1). José
Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en
1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han
colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado
de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no
haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos
saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha
podido” (2). En
el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera
los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación
e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada,
los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del
reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3).
Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de
otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los
pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración
asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente,
también fueron causa de emigración. Notas (1)
Cirigliano,
Gustavo: “Disquisiciones tangueras”, en El
Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001. (2)
Estévez,
Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La
Prensa, 7 de noviembre de 1998. (3)
Méndez
Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, www.telepolis.com. Guerras,
persecuciones
Leopoldo
Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te
anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás
del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz
del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de
luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El
viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y
ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza
el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra
Prometida” (1). La
política aparece reiteradamente como motivo de emigración. Del fascismo
y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar
“porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por
los camisas negras”. El anciano narra qué había sucedido: “Sabían
que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero
yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos
bastonazos, ¡brutte bestie! Me
protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré
a América” (2). Syria
Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un
personaje, en “Agua en la boca”. La protagonista se encuentra con un
hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe:
“Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba
oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era
un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y
encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo
en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3). En
“Desarraigo”, cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que
piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente,
evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó que
una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde,
blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas
con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre,
Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y
él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y
el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta
soledad impuesta por un país destruido por la guerra” (4). Los
recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La
tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio
Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice:
“era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y
tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba
en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda
desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica,
por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña.
Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir.
Ni Hitler, ni Mussolini...” (5). También
escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra:
“Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que,
perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi
madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó
en 1929” (6). Debieron
emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia: “El 15 de
septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de
Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti,
cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años
después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión
sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen
a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre,
Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una
excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los
refugiados políticos de ese momento” (7). Juan
Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien
alentó a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar
de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial. ‘Es una
tierra donde no hay hambre y no hay guerra’, le decía a su esposo
Pedro, que era mecánico de vuelo” (8). Blas
Gurrieri nació en el pueblo de Conza, provincia de Raguna. “En la
posguerra, allá por el 1948, el fantasma de la Guerra de Corea empezaba a
convertirse en una amenaza peor a lo vivido y don José decidió embarcar
a su familia a tierras más tranquilas” (9). Hubo
quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció
aquí: “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926
por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora
de Quando Dio ballava il tango.
Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que
su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco.
Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo
era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año
el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió
sus últimos cuarenta años” (10). Huyendo
del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví
muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes,
cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo
escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del
pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá.
Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la
dejaron pasar...” (11). La
emigración aparece como una alternativa que otros italianos no aceptan,
porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela La
piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos “no pueden pagarse un
billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es
la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la
esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán
siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si
supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo
abandonarías?” (12). Vino
de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José
Eduardo Abadi. El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria,
pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a
Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron
que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina” (13). Los
sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los conflictos producidos por
la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del
Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza” (14). El
croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así
recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren
tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí
que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se
adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los
cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan
situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia
del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha
acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y
aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de
un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día.
Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha
constante con la que debemos cargar” (15). Pedro
Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos
padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la
Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se
crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (16).
También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un
periodista: “Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su país
natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron como inmigrantes en
1948 a la Argentina” (17). A
la vienesa Hedy Crilla, “el creciente antisemitismo de los nazis en el
poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde
vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la
Argentina” (18). “En
1939, como tantos otros judíos perseguidos por las hordas de Hitler, los
Hurwitz se despidieron de su casa”, en Alemania (19). Fueron
perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en
Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania,
Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su
infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las
violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el
tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta
edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos.
Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas.
Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos,
mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la
casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Más
adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: “Quiero que
vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que
vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados,
asesinos”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de
origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas
dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos,
también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya
que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los
emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes
les permitió una salvación que a otros estuvo negada (20). María
Arcuschín recuerda, en De Ucrania a
Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a
emigrar. Los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta
alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir
hacia América en busca de libertad y de paz” (21). José
Muchnik recuerda la tragedia de sus mayores: “Argentina es el pulso de múltiples
venas en un mismo estuario…por eso somos todos argentinos… Ahí
anclaron , gallegos o andaluces, sicilianos o calabreses, franceses del Béarn
o del Aveyron, portugueses, japoneses, libaneses, sirios, rusos,
ucranianos, serbios, croatas… judíos expulsados por los pogroms,
armenios huyendo del genocidio turco …paraguayos, bolivianos o
brasileros…acentuaron el sabor latino de esas tierras…y hasta millares
de coreaneos aportaron hace poco su encanto oriental a esta odisea.
Argentina…raíces no sólo de tierra sino también de cielo. Mi palabra,
estas palabras, no artículos y adjetivos, sí sangre y silencios…mi
padre dejó madre y hermano degollados en un « shteitl » ukraniano antes
de ser el más criollo de los criollos con sus mates de madrugada en la
ferretería de Boedo, barrio de tango, barrio de mis primeros amores…”
(22). “Nací
en Córdoba, Argentina –relata Perla Suez-, pero toda mi infancia
transcurrió en Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, lugar próximo a
las tierras donde se radicaron mis abuelos cuando llegaron, a finales del
siglo XIX, con la primera corriente de inmigrantes judíos que escaparon
de la Rusia zarista” (23). En
Minsk, en 1941, a una adolescente y a sus padres les advertían el
peligro: “a Tínkele –relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar
que gran parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son los
primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán a los judíos si no
huyen a tiempo hacia Palestina o América. Los religiosos oran y esperan
pasivos el destino que Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres
oscilan entre ambos y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye
que los que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor
el futuro. Los padres de Leie también creen que hay que emigrar, pero no
les es fácil movilizarse con una familia tan grande y sin dinero” (24). El
pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche
Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le
contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la
aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna
guerra en la otra punta del país” (25). Emigraron,
asimismo, los padres de Alejandra Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en
Buenos Aires en 1936, apodada Buma,
convertida en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su
elección definitiva por la poesía. Flora (Buma
en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías
Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde
algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para
instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (26). Max
Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia, donde “Otra
vez los gritos de ‘yid’ atronaban la calle. El viaje había sido inútil.
Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía
el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos
la guerra había terminado pero no su odio por los judíos. (...) el celo
polaco podía dejar atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba.
(...) También de Polonia debían irse” (27). Alejandro
Kokocinski, “hijo de un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció
en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro Kokocinski
consiguió una nacionalidad, la argentina. Hasta entonces era un apátrida.
‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino
–aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana de grande,
porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía una patria. Mis
padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía
rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el
tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si
no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año
escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese
contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski
organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos.
Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul
se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a
Buenos Aires” (28). Con
el título ...Y elegirás la vida,
“un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de
sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio,
inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la
encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’ (...) En los
párrafos que siguen (29), apenas una parte de las historias que integran
el libro”. “En
abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que
enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas
cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos,
antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim?
Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los
judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este
tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy
fuerte’ ". “Auschwitz,
24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...),
dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...).
Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las
razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero
nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un
esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un
trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo
siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos
por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos
vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por
conservar la vida’ ". Relata
Isak Lempert: "Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las
oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá
ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón".
"A
veces pienso cómo fue que después de la guerra tuvimos ganas de seguir
viviendo, de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth
Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte. No sé
explicar cómo ocurre, pero llega un bendito día en que uno vuelve a
interesarse en una receta de cocina". Dice
Moniek Taub: " ‘Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si
alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además
iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad?
‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz,
si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente
y salía humo?’ ". Moisés
Borowicz recuerda: “Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que
no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier
parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en
Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que
me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a
pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’
". "Llegamos
a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos
hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor...
Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos
vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no
agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te
quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden
aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros.
(...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no
soy una resentida". "‘Yo
te quiero contar -dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se
sepa’. Supuse que aludía a los crímenes cometidos por Hitler, pero me
equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa que sé hablar idish y hebreo gracias
a la escuela del ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto se
había organizado un coro, y que cantábamos. Sí, en el ghetto de Vilna
cantábamos y estudiábamos; a pesar de los nazis. Y de esto no habla
nadie’ ". "Es
increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con
semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de
Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría
se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de
seguir vivo". Sostiene
Regina Kenigstein de Hubel: "Una vez por mes habría que hacer una
lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz,
querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a
nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie
venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga." También
escrito por Schettini, leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos
días de Auschwitz” (30), en el que entrevista a otra sobreviviente,
quien le dice: “-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número
de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la
han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A
15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es
viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan la fuerza
para vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló
la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a
muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el
pozo más negro de la historia de la humanidad”. “Se
conmemoran los 60 años de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique
Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más impresionan es
aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente que no estuvo en
Auschwitz nunca podrá entrar. Gente que estuvo ahí nunca podrá
salir’. Por poco que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno
la habite, es posible advertir que la angustia que encierra es casi
insondable” (31). La
historia que nunca les conté - El Libro de Gisela (Polonia 1943-1944),
fue escrito por Mariano Fiszman y Roberto Raschella. “El protagonista de
este relato –afirma Rubén Chababo- es Gisela Gleis, una joven judía de
nacionalidad polaca, habitante de Stanislawow, un pequeño poblado, quien
durante los años de la ocupación alemana se refugia junto a una
treintena de personas de su pueblo natal en un sótano. Durante casi dos años,
esperando el fin de la guerra y el cese de la ocupación, este grupo
resiste la más absoluta de las adversidades. La posibilidad de ese
refugio les es brindada por un hombre, vecino del lugar, de religión católica,
llamado Staszek, quien ante la evidencia de la deportación y el asesinato
masivo de miles de judíos llevada adelante por la Gestapo, decide
arriesgar su vida para que ese puñado de perseguidos se salve de una
muerte segura. Una vez terminada la guerra Gisela Gleis emigra a la
Argentina junto a su marido Max, también habitante del sótano, y es en
nuestro país donde viven y mueren ya ancianos, él en 1990 y ella en
2001. Los escritores Roberto Raschella y Mariano Fiszman fueron tras la
voz de Gisela y durante tres años la entrevistaron en su casa del barrio
de Flores, tratando de obtener la mayor información posible para que esta
historia no fuera olvidada” (32). Para
proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que
la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el
belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales de los
treinta”. La moribunda había dicho: “ma
fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre refroidisse”
(33). Esta es la historia que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista en el Premio Planeta 1997. Entrevistado
por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: “¿Cómo han venido aquí
nuestros judíos? Escapando, prácticamente, de pogroms.
Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los
italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá
los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban
la vida en el ghetto porque
significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi
abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de
origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en
la miseria, era su hogar” (34). “El
país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo patrimonio cultural
ante la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder a la política
inmigratoria propuesta por la República Argentina. Así fue como algunos
eligieron a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus
ideales” (35). La
Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre
ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moure, pasajero del Massilia, quien
recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda
traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la
famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos
millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos
Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción
y teníamos a América” (36). Durante
la contienda, “los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se
refugiaron en las colonias vascas de América latina y buscaron el
respaldo logístico y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña. En
nuestro país se produjo una movilización de la comunidad para favorecer
la radicación de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir
de España como de los que se habían establecido momentáneamente en
Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi. El presidente
Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció ya en 1940 a un comité
de personalidades argentinas y españolas como intermediario para la rápida
entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía de que no
tuvieran antecedentes comunistas” (37). Emigró
la española María Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo
de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro: “Estaban en la compañía
de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi
hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de
mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires” (38). El
humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de
republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela
era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería
que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando
era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba
a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años”
(39). Manuel
García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los
17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España
natal” (40). El
guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó:
“Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante,
escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre
y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me
crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre
murió aquí, vivo con mi madre” (41). Llegaban
sefaradíes. En su libro La cita en
Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff,
“oriundo de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos
episodios del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso.
Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo
y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a Buenos Aires,
donde se refugian los últimos miembros de una familia que creyó en el
trabajo y en el progreso” (42). De
Esmirna viene otros sefaradíes, aterrorizados por las matanzas de griegos
y armenios: “Masaltó sabía
que la situación en Izmir no
les ofrecería paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette
y toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias deportadas
de Izmir, esa herida no cerraría
con facilidad” (43). “Acerca
de las causas de la emigración, los armenios de la Argentina consideran
que la misma fue forzada, a partir de las persecuciones políticas en el
Imperio Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y
durante ella (Genocidio de 1915)” (44). En
“A los que se encuentran en un pozo” (45), Gustavo Bedrossian
homenajea a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real,
maravillosamente real. La situación es la siguiente: el protagonista es
un adolescente que ha perdido a su familia. Hace minutos vio cómo delante
de sus narices mataron a parte de su familia a palazos. A él mismo luego
de golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que
golpean y matan pensando que está muerto. Pero él no está muerto...
Siguen matando gente y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos,
el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde sólo se respira
muerte. ¿Qué expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más
optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo de
enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió la historia? Este chico, de
nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se
fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró
escapar con otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo
que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar con una mujer que
suponía era su madre. Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi
abuelo”. Décadas
después llegarían más japoneses (46), a sumarse a la colectividad que
ya estaba instalada aquí en tiempos del Centenario (47). En
Flores de un solo día (48), Anna Kazumi Stahl relata la historia de
“Aimée y su madre, Hanako. La madre
“ desde chica sufría tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa
de origen y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial hacer
su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir los nueve años
de edad. Peores eran sus circunstancias, porque a causa de una enfermedad
infantil había quedado sin habla, con daños en el centro del habla del
cerebro, y no podía entender las explicaciones que le daban la empleada
doméstica y el coronel mismo, su padre”. Con
Gaijin. La aventura de emigrar a la
Argentina (48), Maximiliano Matayoshi ganó el Premio Primera Novela
UNAM-Alfaguara. En esa obra, relata un adolescente, poco antes de dejar
Okinawa: “Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó
de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es
chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá
estuviera sería diferente, dijo”. Notas 1
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Buenos Aires, Alfaguara, 2002. En
la Argentina Nélida
Boulgourdjian-Toufeksian destaca la labor de la prensa argentina, con
respecto a la comunidad armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo
lugar en Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos oculares,
informes de funcionarios de potencias europeas) salían a la luz para dar
cuenta de un crimen que habría de constituirse en el antecedente de otros
que sembraron de horror el siglo. La prensa europea y la americana
plasmaron en sus páginas las noticias de hechos y situaciones patéticas
que superaban con creces lo que el simple lector podía imaginar como
posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde el siglo XIX
las matanzas de los armenios en el Imperio otomano de 1894-1896 fueron
ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto desde entonces la
preocupación y la sensibilidad de los argentinos frente a hechos
aberrantes que afectaron a un pueblo del cual poco o nada sabían. La
frecuencia y el caudal de la información –noticias del día,
editoriales y notas de fondo- así lo demuestran” (1). Durante
la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con
una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas
de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia,
oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su
país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones
guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la
inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran
presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto
antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que
ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano”
(2). Los
avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda María
Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió
mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”.
La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de
Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”.
Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la
paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día,
con la bandera desplegada en el living” (3). Las
privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a
quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933,
acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer
en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema:
“mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos
con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la
guerra, el hambre...’ “ (4). En
un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en la nueva
tierra, sabían que los suyos eran víctimas de la persecución. Desde la
Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio. La angustia
y la desolación son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a
los que un niño comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá llorándole
toda la cabeza al pequeño. Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá
que regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos de
nuevos/ silencios. 1940” (5). A
un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz:
“El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del
dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había
llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes
taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no
entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde
permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto
estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces
el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida. La carta narraba
sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que
Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia,
donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de
concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio” (6). Un
episodio igualmente aciago relata Mito Sela en Babilonia chica:
“Un día papá se encerró en su dormitorio ‘¿Por qué?’, le
pregunté a mamá., ‘La carta de Palestina’, me respondió. La carta
informaba a mi padre lo acontecido con su familia en los campos de
exterminio en Europa. Pocos quedaron con vida. Mi madre y yo nos sentamos
afuera y dejamos a papá llorar. Cuando salió, aún con lágrimas en los
ojos, nos abrazó. Y yo sentí su cuerpo envejecido. Quise consolarlo,
pero no pude. Quise llorar, pero no pude. Quise gritar, pero no pude.
Nunca más lo vi llorar” (7). Norma
Manzur afirma: “Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho
dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre
todo la tristes se hablaban en idish, idioma que nunca aprendí. La guerra
en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de
mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó
a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe
que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de
Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis
dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé” (8). “La
shoá, el hecho traumático primigenio, es nuestro contexto presente desde
el comienzo de nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado con
la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios,
los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones,
los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos
amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las
palabras” (9). Escribe
Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos, “para el sábado
era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse todos
alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier intento por
modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición del padre y sus
recuerdos que flotaban durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese
abuelo que Mario no había conocido a resultas de la guerra, la misma que
de una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos”
(10). Mónica
Sifrim escribe: “No señor. En mis antepasados no hay diabéticos,
hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,/
uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro o
cinco de melancolía” (11). Los
inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento de Sebastián
Jorgi, un hombre dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá
Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación contigua. Vos
me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola
porque tiene mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán a la
casona del fondo del campo” (12). Los
padres de Daniel Goldman, “ambos polacos, fueron sobrevivientes del
Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el
nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano
después de escapar de un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948
emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero
en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier
autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a
resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por
las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su
hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban
desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación
amiga del idealismo” (13). Acerca
del Deutscher Klub, o Club Alemán
de Buenos Aires, afirma Willy G. Bouillon: “Los dos conflictos bélicos
mundiales del siglo XX fueron de efecto muy negativo para el DK. Durante
el primero de ellos, el hundimiento de un buque argentino fue atribuido al
ataque de un submarino alemán. La entidad sufrió un atentado y debió
permanecer cerrada varios años, hasta 1921. En el segundo, la alineación
argentina en contra del Eje provocó que se le retirara la personería jurídica
y se confiscó la sede. En el 51 se dio marcha atrás con lo primero, pero
no se restituyó el edificio social. Hubo entonces un nuevo traslado, esta
vez a un petit hotel, en Arroyo 1034” (14). En
su novela Hotel Edén, escribe
Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había
dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la
guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición
del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo.
Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta
que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con
Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después
localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a
su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde
tiempos remotos, una leyenda negra” (15). Señala
Luis León: “El holocausto que impactó de lleno en todas las
comunidades ashkenazíes de Europa, golpeó también a los sefaradíes de
Grecia y los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que
concluyeron con la declaración de la independencia del Estado de Israel,
movilizó a los djidiós en
igual magnitud que a las otras comunidades judías de Buenos Aires. Un
gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a
centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio
Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de djidiós
de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas,
desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó
una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil
que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y
Canning, recuerda ‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso de uno de
los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba
alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por
ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo
sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en
esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el
centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites
de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre
que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos,
especialmente los nacimientos’ ” (16). Afirma
Carlos Szwarcer: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como
referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos
de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de
palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran
parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la
contienda” (17). Con
respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América,
las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica
Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los
que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos
para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías.
Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”. “A
mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió
al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido
a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación
promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que
se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes.
Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los
gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los
dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad
volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años
más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se
enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo
que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la
península”. “Al
ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina
de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir
en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo
defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en
mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y
suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para
adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la
armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las
fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano”
(18). Los
españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en
guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil,
Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran
llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional
lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los
republicanos en el Luna Park” (19). Helvio
Botana escribe en sus memorias: “mi padre convirtió la guerra española
en problema argentino, pues así se lo tomó... Por influjo de Crítica
nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue,
en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en
toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados.
El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió
pasionalmente un suceso que fue nuestro” (20). Rodolfo
Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo
que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la
guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último
vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del
anterior” (21). Gladys
Onega evoca en Cuando el tiempo era
otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los
inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también
se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el
17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y
ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de
abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos
tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría,
muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y
ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos
chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día
final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal
sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña
que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de
Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos
en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con
quién jugar” (22). Llorarían
asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción
perdida en Buenos Aires al Oeste -novela
premiada
por el Fondo Nacional de las Artes en 1986-,
quien se define como “la primera generación argentina nacida de una
pareja de exiliados durante la Guerra Civil” (23). “En
1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel
Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía
decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese
barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y
que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi
todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja
Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se
recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a
medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era
muy chico, pero todo eso me marcó” (24). Antonio
Gonzalo Soto Canalejo es recordado como el líder de la Patagonia Rebelde.
“En 1936 cuando se declara la guerra civil en España Soto intenta ir a
pelear por la República, pero su salud no se lo permite” (25). En
1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la
Argentina. En “La noche de la cruz de plata”, Jorge Torres Zavaleta
evoca otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia
inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente el hijo que,
cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los
ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación
de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó
que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado”
(26). En
Latas de cerveza en el Río de la
Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé
1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la
Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle
la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía
su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole
en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (27). El
festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un italiano. En
“16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza.
Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones
multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían
ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo
y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico.
Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente
expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia
horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan,
cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma
caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país,
pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo
otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (28). Notas 1
Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: EL
GENOCIDIO ARMENIO en la prensa argentina. Tomo II 1901-1915. 350 pp.
Buenos Aires, Unión General Armenia de Beneficencia, 2005. 2
Bianchi, Alcides J.: Valentín
el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987. 3
Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”, en Clarín
Viva, 26 de septiembre de 1999. 4
García, Griselda. Poema inédito. 5
Silber, Marcos: Doloratas.
Buenos Aires, Milá, 2001. (en colaboración con Carlos Levy). 6
Fernández Díaz, Jorge: “Marcos Aguinis. Un hombre del
Renacimiento”, Fotos: Daniel Merle, en La
Nación Revista, Buenos Aires, 6 de junio de 2004. 7
Sela, Mito: Babilonia chica.Buenos Aires, Milá, 2006. 112
pp. (Imaginaria) 8
Manzur, Norma: Lazos y Nudos.
Cuentos, Buenos Aires, Editorial Milá, 2003. 9
Wang, Diana: “La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar
en el escenario del genocidio”, en Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida;
Toufeksian, Juan Carlos y Alemian, Carlos (eds.): Análisis
de prácticas genocidas Actas del IV Encuentro sobre Genocidio. Buenos
Aires, Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004. 10
Goldberg, Mauricio: op. cit.. 11
Sifrim, Mónica: Novela
familiar. Buenos Aires, Ultimo Reino, 1990. 12
Jorgi, Sebastián: “Tardes del Lorraine”, en Tardes
del Lorraine. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 1996. 13
Fondevila, Fabiana: “Los personajes del año”, en Clarín
Viva, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002. 14
Bouillon, Willy G.: “A 150 años de su creación El Club Alemán
de Buenos Aires, en plena apertura a la comunidad”, en La
Nación, Buenos Aires, 23 de octubre de 2005. 15
Gusmán, Luis: Hotel Edén.
Buenos Aires, Norma, 1999. 246 pp. 16
León, Luis: “Recuerdos de la partición”, en SEFARaires,
N° 13, Mayo de 2003. 17
Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en Todo
es historia, N° 422, Septiembre de 2002. 18
Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La
gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991. 19
Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero
Celta, Buenos Aires, Año I N° 9, Julio de 1996. 20
Botana, Helvio: Memorias.
Tras los dientes del perro. Buenos Aires, 1977. 21
Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia
de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. Vol. VI (Capítulo). 22
Onega, Gladys: Cuando el
tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999. 23
Lojo, María Rosa: Canción
perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987. 24
Aubele, Luis: “A boca de jarro Miguel Schapire ‘Los porteños
nos parecemos a los griegos’ “, en La
Nación, Buenos Aires, 31 de julio de 2005. 25
S/F: “Antonio "Gallego" Soto Líder de la Patagonia
Rebelde”, Información tomada del folleto distribuido en Buenos Aires,
Santa Cruz y Punta Arenas, durante los homenajes a Antonio
"Gallego" Soto con motivo del centenario de su nacimiento en
octubre de 1997. Ferrol 1897 - Punta Arenas 1963. Versión galega: “O
“gallego” Antonio Soto, líder da Patagonia Rebelde” - Lois Pérez
Leira - Actualidade CGI Outubro 1/1999. Incluido en www.discepolo.org.ar. 26
Torres Zavaleta, Jorge: El
palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997. 27
Stamadianos, Jorge: Latas de
cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp. 28
Flores, Marili: “16 de Junio de 1982”, en www.elmuro.com El
reclutamiento
“Principalmente
los que tenían hijos varones necesitaban huir del largo e interminable
servicio militar, que atrapaba a los adolescentes sin liberarlos antes de
cinco años” (1), escribe Arcuschín. Bajo
el reinado del zar Alejandro II (1855-1881), “causó gran impacto entre
los colonos alemanes la noticia de que el zar había resuelto dejar sin
efecto la promesa formal de Catalina II que los eximía del servicio
militar a ellos y a sus descendientes. Dicho servicio era particularmente
temido puesto que duraba entre cinco y siete años –más nueve en la
reserva- y se efectuaba en lugares muy alejados del Volga. Juan Denzel,
que vino a la Argentina en 1914, recuerda que el principal motivo de
descontento seguía siendo ése, tanto en su época como en la de su
padre. Les resultaba intolerable e injusto ‘salir jóvenes de las
colonias y volver con canas’. Por ello, muchos desertaban durante sus
meses de licencia quedando así fuera de la ley y sin otra alternativa que
la emigración. Desde luego que aquellos que permanecieron en Rusia hasta
esa fecha siendo adultos, sumaban al temor de la milicia el de las
guerras; primero la ruso-japonesa (1904-1905) y luego la primera guerra
mundial, con la paralela situación de revolución interna” (2). Luciano
Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la
evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de
tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de
reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los
reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años,
aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos
tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente
durante las cosechas)”. Los
españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de
‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue
rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por
profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como
en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía
con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si
el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más
desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además,
“en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación
militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por
encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”. El
período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde:
“En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio
militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas
hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva
alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las
posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en
ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona,
soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto
dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus
inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si
uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo
del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX
deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron
en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de
servicio militar”. No
sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta
larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto
se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras
guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto
grado de emigración produjo)” (3). El
gallego Francisco Coira llegó a la Argentina en 1925, “como vienen
todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando
del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba,
con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse...” (4). Por
la misma razón vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes,
enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos (5). Encontramos
en una novela una alusión a esta realidad. En Un
dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a
propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la
situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían
pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción
en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un
mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (6). Sin
embargo, para un personaje de Rubén Benítez, hay un destino peor que el
reclutamiento. En La pradera de los
asfódelos, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta,
escribe a una madre española: “Cuando el muchacho crezca, mándamelo.
Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año.
Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí
hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú
con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos”. La
madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de
que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no
vuelve ninguno” (7). Luis
León transcribe el testimonio de Arouj de Bembasat: “ Mi padre un día
en Izmir, se encontró con un conocido que le dijo que lo buscaban para
que fuera a hacer l´askierlik, el servicio militar obligatorio en Turquía, muy
temido por lo prolongado y riesgoso. Sin dudarlo, pidió que avisara a su
madre, y sin regresar a tomar siquiera un poco de ropa se subió al primer
barco que estaba en el puerto, ignorando a dónde lo llevaría. Así llegó
a Buenos Aires, allá por 1902 ó 1903.. (...) Trabajó muy fuerte y le
fue muy bien” (8). Notas 1
Arcuschín, María: De Ucrania a
Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986. 2
Weyne,
Olga: El Ultimo Puerto. Del Rhin al
Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto
Torcuato Di Tella, 1986. 3
Méndez
Muslera, Luciano: op.cit. 4
Ceratto,
Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La
Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000. 5
Ceratto,
Virginia: op. cit. 6
Miguel,
María Esther de: Un dandy en la
corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999. 7
Benítez,
Rubén: La pradera de los asfódelos.
Bahía Blanca, Siringa, 1988. 8
León,
Luis: “Inmigrantes sefaradíes. Allá por la calle 25 de Mayo”, en SEFARaires N° 24, Abril de 2004. Hacer
la América
“Es
de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez
Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación
de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías,
forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que
los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. (...) También
el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad
del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían
ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías
por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación
de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa
de emigración” (1). En otras regiones de Europa, la situación no era
mejor. Sobre
los irlandeses, leemos: “Muy arraigados a su tierra, y con escasa
inclinación a emigrar, es posible que la clase obrera y campesina nunca
hubiese abandonado su país de no haberse producido la gran catástrofe de
los años 1845 a 1849. Pero esos años fueron fatídicos y decisivos.
Parecía como si de pronto todas las fuerzas de la naturaleza se hubieran
confabulado para dar al traste con un pequeño país que, tras siglos de
abandono y mala administración, carecía enteramente de reservas. Los
verdes campos asolados por la terrible plaga de la papa; epidemias de
tifus y escorbuto diezmando cruelmente a la población. En el breve período
de aquellos cuatro años, dos millones aproximadamente de sus pobladores
perecieron a causa del hambre o las fiebres, ya en su propia tierra, ya en
el curso de los espantosos viajes a que les llevó el intento de
salvarse” (2). Mariana
Gaynor Heduan relata lo sucedido a uno de sus antepasados: “¿Qué
motivos lo llevaron a Thomas Gaynor a emigrar a la República Argentina?
De inmediato se puede señalar uno que alcanzó a ser dominante para muchísimos
irlandeses de toda esa comarca: la noticia, insistentemente difundida, que
se podía alcanzar muy pronto una gran prosperidad en dicho país a través
del cultivo de la oveja que comenzaba a tener entonces un gran desarrollo
en la ‘pampa bonaerense’. Todos esos jóvenes eran ovejeros desde su
infancia y se creían capaces de convertir la lana pampeana velozmente en
oro. Parece también que después de 1840 un cierto Michael Murray
(apodado en Buenos Aires ‘Spanish Mickey Murray’ por sus aptitudes
como lingüista), emigró de la región a Buenos Aires estableciéndose
luego en Capilla del Señor y construyendo una gran fortuna en lanares. El
éxito de ‘Spanish Mickey Murray’ sirvió de imán para muchos jóvenes
ovejeros. En el caso de Thomas Gaynor, había también otro motivo para
emigrar. La Irlanda de mediados de siglo pasado se hallaba muy agitada; no
sólo por el motivo político de la dominación británica, sino también
por el desgraciado sistema agrario que se venía heredando desde siglos
atrás. El irlandés medio no era propietario de la tierra que labraba,
era un simple arrendatario que podía ser desposeído en cualquier momento
por su propietario, que las más de las veces, poseía su título fundado
en conquista bélica y solía habitar lejos de las poblaciones a él
sometidas. Cualquier mejoría introducida en la propiedad del arrendatario
era motivo para un aumento de alquiler; se dio inclusive el caso de un
arrendatario que vio aumentada su prima porque a su mujer se le había
ocurrido plantar unas flores en la puerta de su cabinita. ‘Si tienen
plata para flores, tienen plata para pagar un mejor alquiler’. ¡Mentalidad
no totalmente desconocida tampoco en la República Argentina!. A mediados
del siglo pasado los propietarios encontraron que podían aprovechar sus
tierras echando a sus inquilinos, algunos de los cuales habían habitado
el mismo sitio por centenares de años y, reemplazándolos con vacunos,
cuya venta redituaría un interés mayor que el alquiler hasta entonces
recabado. Estas medidas puestas en práctica, provocaron grandes
reacciones entre la juventud de la población agrícola; estas se
manifestaron no sólo en los sectores políticos, sino también mediante
la proliferación de sociedades agrarias, más o menos secretas, más o
menos violentas, dedicadas a la protección de la población indefensa
frente a la agresividad brutal de los terratenientes. Estas sociedades
accionaban contra los propietarios y también contra los ocupantes de
tierra cuyas antiguas poblaciones habían sido ‘barridas’; como las
leyes y la justicia estaban al servicio de los propietarios, se entiende
como la policía, la milicia y el ejército, fueron pronto movilizados
contras estos defensores del pobre. Thomas Gaynor se vinculó en su
juventud con algunas de estas sociedades y atrajo sobre si la atención de
los guardianes del orden y creyó prudente alejarse de su país. Su
‘pecado’ no pudo haber sido muy pequeño, porque al volver a Irlanda
muchos años más tarde, con la intención de radicarse allí
definitivamente, y habiendo ya elegido una propiedad donde pensaba
constituir su hogar, tuvo noticias, por alguna vía reservada, que la
policía andaba haciendo preguntas a fondo sobre su persona, circunstancia
que lo indujo a tomarse prontamente el vapor y volver a la República
Argentina” (3). Hacia
América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo
antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el
cuento “El tren de medianoche” de Syria Poletti. La escritora recuerda
así este episodio: “En ese instante, momento en que mi madre me dejó
para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la
rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue
como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y,
al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre
respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería
a un llamado” (4). Santo
Oficio de la Memoria
es la novela de Mempo Giardinelli que obtuvo en 1993 el Premio Rómulo
Gallegos. En ella narra, por boca del hijo mayor, las circunstancias en
las que Antonio Domeniconelle y parte de su familia tuvieron que emigrar:
“Padre y madre vinieron de Italia porque allá éramos
muy pobres. Muy pobres. Más pobres que toda la pobreza que hayas
visto” (5). Veinticinco años después llegaron a la Argentina, per fare l’América, los abuelos abruzzeses de Eduardo Mignogna,
escritor que mereció el Premio Emecé 1998/9 por La Fuga .(6). En
un reportaje a Antonio Dal Masetto, se señala cuál fue la razón que lo
trajo a América: “Después de la Segunda Guerra Mundial, la
subsistencia se puso difícil en Italia y la familia emigró en 1950 a
nuestro país” (7). En otro reportaje, se narra que “Narciso Dal
Masetto llegó a la Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino
italiano a los pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la guerra.
Dos años después arribaron su mujer, doña María, y sus hijos, Rita y
Antonio César” (8). En
algunas regiones, los factores climáticos agravaban la situación. Afirma
Celia Vernaz: “El gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había
solicitado a las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para
su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais, Saboya y
Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las
causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en
general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones
que diezmaban a las poblaciones de la montaña” (9). Un
personaje de Joel Franz Rosell cuenta las peripecias de una anciano
emigrante: “-Tú sabes que Cuba fue colonia española hasta 1898. Después
de la independencia, muchos españoles continuaron yendo allí a buscar
fortuna. Entre esos emigrantes estuvo tío Fermín, que se fue muy joven y
sin un duro. No sabemos cómo logró hacerse con tierras, montar una fábrica
de conservas y otros negocios. Llegó a tener buenos amigos en el gobierno
y eso acabó por traerle la desgracia cuando la revolución de 1959...”
(10). Para
los gallegos de mi familia, había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Mi
abuelo paterno y sus hermanos emigraron a Manzanillo; desde allí, mi
abuelo se trasladó a Buenos Aires, mientras que sus hermanos quedaron en
la isla. Luis
Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias
gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo
nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las
tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros
para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos
para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos
hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a
todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no
hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán
como yo” (11). Aucario
Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero
y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las
sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (12). José
Campos Barral manifiesta: “-Yo me siento gallego, y luego, si me queda
un rato libre, soy español. Pero en el ’49, en España, se pasaba mucha
miseria” (13). Jesusa
Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18,
para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a
buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si
había aceite se freía y si no se comía hervida” (14). Alberto
Cortez escribe, a propósito de su canción “El abuelo”, acerca de la
emigración de sus mayores: "De alguna manera esta canción que viene
es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi
abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor
recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo
largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los
ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio
de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes
con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado
España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no
podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria.
(...)” (15). En
su libro Los abuelos gallegos en America, escribe Alberto
Sarramone: “Todos conocemos gallegos que con el hatillo al hombro y una
ilusion sin limite en el pecho, llegaron mas lejos que nadie, mas lejos en
la distancia y tambien mas lejos en la intensidad, sin haberse propuesto
otra cosa que hacer unos modestos ahorros con los que haber comprado de
regreso a su aldea, la leira de millo, el campo de maiz
que se veia desde su ventana” (16). “Diego
Corrientes” es uno de los textos que Francisco Grandmontagne escribió
para su “Galería de inmigrantes”, publicada en Caras y Caretas. En esa estampa, publicada en 1899, leemos: “La
falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo.
Tenía 12 años, saludables como las vetas de joven encina; cual
aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos
torneados por duro trabajo” (17). El
portugués “Joaquín Alves, (...) formó una familia numerosa como era
común en aquel entonces y él fue el primero de la familia que en un
contexto general de hambre en Europa se decidió a venir a probar suerte a
una tierra lejana y desconocida. Así que llegó a la Argentina alrededor
de 1935 y trabajó en la fábrica Loma Negra en Olavarría. Luego de unos
años, después de terminada la segunda guerra, Joaquín volvió a su
tierra con intenciones de quedarse pero la situación no era como él
pensaba. Luego de estar alejado de su familia por casi diez años en
Europa casi nada había cambiado y en Portugal incluso las cosas eran más
difíciles aún porque un dictador tomaba ahora las decisiones en el
gobierno. Ante tal panorama, Zulmira, ya adolescente presionaba a su padre
para que regrese a la Argentina pero esta vez con toda la familia. Y así
fue” (18). En
“Israel Mantel Cada inmigrante una historia”, relata José Mantel:
“Mi abuelo Shemaia Chilibi Mantel falleció c. de 1912 presuntamente de
fiebre tifoidea. Mi abuela Rifka quedó viuda
con cinco hijos en la más absoluta miseria. Vivían en el ‘pasheico’, uno de los lugares más pobres y sombríos de Izmir.
Como era costumbre en ese lugar y en esa época, sus hijos apenas llegaban
a la adolescencia empezaban a noviar con vecinitas de la colectividad. Así,
el mayor de mis tíos, Bohor por supuesto, se casó con Alegre Lereaj y
nació mi primo, Felipe (se supone que es la traducción del nombre de mi
abuelo) y se vinieron para Sudamérica. El segundo de los hermanos,
Mordehai, le siguió los pasos, y al poco tiempo mandó a buscar a su
novia Reyel, con quien se casó en Paraguay. Luego vino el tercer varón,
José. En Izmir quedaba mi abuela, la única hija mujer, Yamila, que se
había casado con Abraham Barsimantov, y mi padre Israel que contaba con
16 años y esperaba con ansiedad que sus hermanos le enviaran el pasaje
hacia aquí. Este pasaje no era solamente el viaje a través del océano,
sino el paso de la tristeza y el hambre a la alegría y la esperanza”
(19). Un
informe publicado por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – “la más
antigua del mundo de todas las que nuclean a caboverdeanos en el
exterior”-, destaca que “La inmigración caboverdeana llegó a
principios del siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A
diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a América entre
los siglos XV y XVI, los caboverdeanos fueron los únicos que no llegaron
como esclavos, sino en busca de trabajo y mejores horizontes para
desarrollarse. A diferencia de los europeos, no llegaron empujados por
guerra alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos
inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos pescadores, por
lo cual buscaron aquí sitios con puertos, como Ensenada y Dock Sud. Aquí,
la mayoría de los caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la
Armada” (20). Notas 1
Méndez
Muslera, Luciano: op. cit. 2
Mac
Dermott, Doreann: “Quinquenio de terror”, en Viajero
Celta. Año II, N° 17. Buenos Aires, mayo de 1997. 3
Gaynor
Heduan, Mariana: “Los Gaynor”, en www.irlandeses.com.ar. 4
Fornaciari,
Dora: “Reportajes periodísticos a Syria Poletti”, en Taller
de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977. 5
Giardinelli,
Mempo: Santo Oficio de la Memoria.
Buenos Aires, Seix Barral, 1991. 6
Mignogna,
Eduardo: “Destinos cruzados de un libro y una vida”, en Clarín,
Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000. 7
Roca,
Agustina: op. cit. 8
Gaffoglio,
Loreley: “¿Cómo me explico y me cuento?”, en La
Nación, Buenos Aires, 9 de septiembre de 2001. 9
Vernaz,
Celia: La Colonia San José.
Santa Fe, Colmegna, 1991. 10
Rosell,
Joel Franz: Mi tesoro te espera en
Cuba. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 11
Varela,
Luis: De Galicia a Buenos Aires
–Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996. 12
Guerriero,
Leila: “Cuentos de gallegos”, en La
Nación Revista, 17 de abril de 2005. Fotos: Martín Lucesole. 13
ibídem 14
ibídem 15
Cortez,
Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar.
Reproducido en www.galespa.com. 16
Sarramone,
Alberto: Los
abuelos gallegos en America,
citado por Rubén Servia. 17
Grandmontagne,
Francisco: “Diego Corrientes”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros:
Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de
Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 18
Da
Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto;
Sánchez, Julián: “Sabores de una historia”, en www.ciet.org.ar. 19
Mantel,
José: “Israel Mantel Cada inmigrante una historia”, en SEFARaires, N° 17, Septiembre de 2003. 20
S/F:
“Asociación Caboverdeana de Ensenada”. Imitación,
inculcación
Así
explica Méndez Muslera uno de los motivos de emigración: “Según
aumentaba el movimiento emigrador, parece que se fue rebajando la edad a
la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la
imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América,
volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea
de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al
lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que
caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que
encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay.
Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que
luego te vayas a América’ ” (1). “Venían
a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a
hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de
estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la
trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un
mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la
ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las
calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían” (2). En
La patria desconocida, Baldomero Fernández Moreno muestra a su
padre como el emigrante a quien se desearía imitar. Afirma que en el español se operó una transformación completa: “de
muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador
de clubes y protector de hospitales”. Cuando el próspero emigrante
regresa a España junto con su familia, el escritor tenía seis años:
“Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito
de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor
del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes
del país. (...) Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca.
No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de
aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al
nuevo mundo, se había transformado en un gran señor” (3). En
Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al americano Sariegos, “el más
rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo
envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil
grandezas” (4). El mensaje era que la riqueza estaba al alcance de
cualquiera, salvo que fuera como “Elizabide el vagabundo”,
protagonista de un cuento de Pío Baroja, que en América “estuvo muchas
veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia”.
Cuando volvió, lo recibieron con desdén, y “todo el mundo recordó que
antes de salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de
vagabundo”. No obstante, al hablar de sus viajes, “tuvo suspensos de
sus labios a todos” (5). En
La comida de las fieras, un personaje de Jaicnto Benavente expresa:
“¿Por qué vivimos en Europa? En América el hombre significa algo; es
una fuerza, una garantía...; se lucha, sí, con primitiva fiereza; cae
uno y puede volver a levantarse pero en esta sociedad vieja, la posición
es todo, el hombre nada..., vencido una vez, es inútil volver a luchar.
Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar empresas. La riqueza
es el ocio; allí es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos...
y aquí desastres... Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas
donde sólo cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la
excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa”
(6). José
Ortega y Gasset, en cambio, consideraba que “América, lejos de ser el
porvenir era, en realidad, un remoto pasado, porque era primitivismo. Y
también, contra lo que se cree, lo era y lo es mucho más América del
Norte que la América del Sur, la hispánica” (7). En
Italia también fascinaban los relatos de quienes regresaban de América.
Lo narra Edmondo D’Amicis, en La
maestrita de los obreros. Al ir a dar su clase, la protagonista
encuentra que “Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La
maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con
muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de
vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a
medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras” (8). Nora
Ayala relata: “El tío de Luigi había estado en América, donde había
muchos italianos, todos ricos, por lo menos para el parámetro del paese
y cuando volvía a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y
parientes con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida
de los contadini era penosa y se
trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía, de lunes a lunes,
sin ninguna esperanza de cambio, solamente para comer” (9). Parte
de Italia el matrimonio Vairoleto con su primogénito, porque “en
aquella región las posibilidades de prosperar eran muy escasas para los
aldeanos pobres, y Vittorio concibió el proyecto de ir a América.
Algunos emigrantes, incluso un cura que había estado en la parroquia de
la villa, escribían enviando noticias favorables desde la Argentina, un
país donde hacía falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos
italianos para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados por esas
perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar al nuevo
continente con su bebé recién nacido” (10). De
la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado, vuelve a Italia uno de los
emigrantes, en Guido, novela de
Andrés Rivera. El hombre afirma: “”Acá, nada más que mujeres... Soy
un indiano que está de visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas”
(11). Otras
veces, los emigrantes prósperos no regresan, pero envían cuantiosas
sumas para colaborar con el desarrollo de la región que los vio nacer. En
las Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se refiere a don Gumersindo
Busto, y los hermanos Juan y Jesús García Naveira, filántropos que
hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en América (12). Las
ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes también son tema
literario. Aunque muchos consideraron que habían logrado “hacer la América”,
otros se sintieron defraudados. Esta frustración es la que evoca Carlos
de la Púa, en su poema “Los bueyes”, en el que dice: “Vinieron de
Italia, tenían veinte años,/ con un bagayito por toda fortuna/ y, sin
aliviadas, entre desengaños,/ llegaron a viejos sin ventaja alguna”
(13). En
La pradera de los asfódelos, novela en la que un español recuerda
las promesas y la realidad que le tocó vivir, escribe Rubén Benítez:
“Aquí hay trabajo y riqueza para todos. Venid cuanto antes, nos decía.
Y a pesar de los ruegos de las madres, nos fuimos. Durante un año trabajé
muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude
pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada debo a aquella tierra. Sólo
el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros
abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando
me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a
él” (14). Recuerda
Roberto Arlt: ‘Siendo reporter policial del diario Crítica
en el año 1927, tuve una mañana del mes de setiembre que hacer una crónica
del suicidio de una sirvienta española, soltera, de veinte años de edad
que se mató arrojándose bajo las ruedas de un tranvía que pasaba frente
a la puerta de la casa donde trabajaba, a las cinco de la madrugada. Llegué
al lugar del hecho cuando el cuerpo despedazado había sido retirado de
allí. Posiblemente no le hubiera dado ninguna importancia al suceso (en
aquella época veía cadáveres casi todos los días) si investigaciones
que efectué posteriormente en la casa de la suicida no me hubieran
proporcionado dos detalles singulares. Me manifestó la dueña de casa que
la noche en que la sirvienta maduró su suicidio, la criada no durmió. Un
examen ocular de la cama de la criada permitió establecer que la
sirvienta no se había acostado, suponiéndose con todo fundamento que
ella pasó la noche sentada en su baúl de inmigrante (hacía un año que
había llegado de España). Al salir la criada a la calle para arrojarse
bajo el tranvía se olvidó de apagar la luz. La suma de estos detalles me
produjo una impresión profunda. Durante meses y meses caminé teniendo
ante los ojos el espectáculo de una muchacha triste, que sentada a la
orilla de un baúl, en un cuartujo de paredes encaladas, piensa en su
destino sin esperanza, al amarillo resplandor de una lamparita de
veinticinco bujías” (15). En
su poema “Inmigrante”, Cristina Pizarro evoca la misma desolación:
“Yo era el que no tenía título,/ ni un doble apellido,/ el que deseaba
vivir en un chalet de dos pisos/ con jardín/ y revestimientos de piedra
Mar del Plata./ Era uno de esos/ originarios de tierras/ devastadas./
Ahora/ soy/ este aire ambiguo/ este daño/ que regresa/ y este adiós/
menoscabado” (16). Se
sienten engañados los inmigrantes que evoca José Pedroni en “La invasión
gringa”, incluido en Monsieur
Jaquin: “¿Dónde se hallaba el oro,/ de todos alabado?/ El oro
estaba en un pequeño árbol;/ el oro era un engaño:/sólo pequeñas
flores/ de oro perfumado./ Aromitos floridos,/ orillas del Salado”. En
el mismo poema, una mujer escribe: “-Nos casamos./ La tierra es nuestra,
¡nuestra!/ Todo lo que tocamos/ va siendo nuestro:/ el buey, el horno, el
rancho.../ Nuestros todos los árboles;/ nuestro un único árbol,/ tan
grande, tan coposo,/ que da gusto mirarlo./ Es una nube verde/ asentada en
el campo” (17). En
“La conquista de Buenos Aires”, de Enrique Loncán, Cicerón vuelve a
la vida en el siglo XX y emprende un viaje del que se arrepentirá
amargamente. Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: “más
allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de
esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los
destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares
los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no
la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo
más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe
inmortal?” (18). Notas 1
Méndez
Muslera, Luciano: op. cit. 2
Riestra,
Jorge: “Las voces de la ciudad”. 3
Fernández
Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos Aires. 4
Alas,
Leopoldo: Su único hijo.
Barcelona, Bruguera. 5
Baroja,
Pío: Cuentos. Alianza Editorial 6
Benavente,
Jacinto: La comida de la fieras. 7
Ortega
y Gasset, José: La rebelión de las
masas. 8
D’Amicis,
Edmondo: . La maestrita de los
obreros. Buenos Aires, Anaconda. 9
Ayala,
Nora: Mis dos abuelas. 100 años de
historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997. 10
Chumbita,
Hugo: Ultima frontera. Vairoleto:
Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999. 11
Rivera,
Andrés: Guido, en Para
ellos, el Paraíso. Buenos Aires, Alfaguara, 2002. 12
Arlt,
Roberto: Aguafuertes gallegas.
Buenos Aires, Ameghino, 1997. 13
De
la Púa, Carlos: “Los bueyes”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R.
Molinari y otros: La poesía
argentina. Buenos Aires, CEAL, 1979. Pág. 89. (Capítulo). 14
Benítez,
Rubén: op. cit. 15
Arlt,
Roberto, citado en Orgambide, Pedro: “Roberto Arlt, cronista de 1930”,
en Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes
porteñas. Buenos Aires, Librería Hachette S. A. 1960. (El pasado
argentino, dirigida por Gregorio Weimberg). 16
Pizarro,
Cristina: La voz viene de lejos. Buenos
Aires, Ayala Palacio, 1996. 17
Pedroni,
José: Hacecillo de Elena. Santa
Fe, Colmegna, 1987. 18
Loncán,
Enrique: “La conquista de Buenos Aires”, en Cuentos
y esquicios. Salida
de los hidalgos segundones
“La
salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no
era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la
emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no
se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a
diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que
muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños
capitales y una formación cultural adecuada” (1). No hemos encontrado
testimonios al respecto. Notas 1
Méndez
Muslera, Luciano: op. cit. Los
“ganchos” o agentes de los armadores
“Uno
de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración
–continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los
agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos
agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos
viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos.
Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar
pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración
(...), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de
Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de
Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los
pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al
mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección
correspondiente” (1). En
1857, Antoine Bonvin emigra desde Valais, y se queja amargamente del engaño
de que ha sido víctima. Desde Buenos Aires lo trasladan en vapor al
Ibicuy: “Llegamos al tercer día; se nos desembarcó en una vasta
llanura que no tenía más que un poco de buen terreno; no se veían allí
más que grandes pantanos o bosques, pero de madera toda espinosa. El agua
era mala y llena de toda clase de insectos; un país muy malsano donde jamás
nadie podía prosperar. Se tenía peligro de verse devorado por las
bestias feroces, tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir
que en este momento estábamos todos desesperados de vernos engañados de
esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos había sido
hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya no se podía
más escapar, uno se creía exiliado en esta isla” (2). Estanislao
Zeballos se refiere a los agentes en La
rejión del trigo, obra de 1883. Allí leemos: “La palabra de los agentes y de los contratistas
está desacreditada en Europa desde el siglo pasado. No solamente es
ineficaz: no es siquiera oida” (3). Por
otra parte –afirma Alejo Peyret-, los potenciales emigrantes eran
tentados con ofertas de otros países: “Necesitamos poblaciones que no
solamente tengan la actividad física, la laboriosidad en grado
relativamente superior, sino que sean también superiores intelectualmente
y exentas de las preocupaciones de la superstición y del fanatismo. Para
conseguir nuestro propósito sería menester mantener agentes permanentes
en Europa, que no dejemos un momento sin llamar la atención sobre estas
comarcas. Sería menester acudir a los periódicos, a las publicaciones
baratas, a folletos, avisos, etc. Sería menester combatir por la prensa y
la propaganda oral la acción de los enganchadores que trabajan para los
Estados Unidos y para Brasil” (4). En
El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca uno de esos engaños.
Dice que Resistencia “fue fundada por un puñado de inmigrantes
italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas
contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas,
hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes
plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano
abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el
barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por
la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus
familias” (5). Juan
Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la
colonización chaqueña: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de
Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional
del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes:
algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin
conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y,
desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El
Rey” (6). También
fueron engañados los judíos que evoca Ricardo Feierstein en La
logia del umbral, quienes, al llegar a Santa Fe advirtieron que no tenían
herramientas ni dónde guarecerse (7). Desde
Tucumán, donde sufre explotación, enfermedades, hambre y discriminación,
José Wanza escribe, en 1891: “Aquí estoy sin comunicación con nadie
en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es
probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a
esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no
lleguen a conocerse. Vine al país halagado por las grandes promesas que
nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas
humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza
del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí
con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y
engaño” (8). A
veces, los engaños no provenìan de los armadores. En Fuegia,
de Eduardo Belgrano Rawson, un sacerdote afirma: “Uno llega repleto de
ilusiones. Como usted dice: con la Revista
del Misionero en el bolsillo. Al final nos contentábamos con que
juntaran las manos y repitieran Misericordia,
Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo recordaran al día
siguiente”. Acerca de los anglicanos expresa: “Pobres diablos. ¿Cómo
no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos.
¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me
imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”. La
viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacìan sobre la emigraciòn,
alentados por noticias tendenciosas: “Despuès de pasar una tarde en la
Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por un sendero de gramilla
perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el
parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica.
Dobson dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos. Habìa un grupo de
canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte. Los
canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’
en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregò un
nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicò que dibujara una huerta.
Dobson puso la huerta y metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir
el cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella estudiò bien el
dibujo y concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de hallarle algùn
parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongàmosle
Abingdon’. Pensò emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ “ (9). Gabriel
Báñez evoca otra clase de engaños. La Zwi Migdal era una organización
de trata de blancas que tenía en Ensenada el centro de sus operaciones.
Casi todas las pupilas “venían de Varsovia, engañadas por un correo
que les prometía casamiento y fortuna en la nueva tierra y con el cual
refrendaban un contrato que avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto
pisaban puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica del
contrato: la prostitución o el remate” (10). Un
personaje de Vázquez-Rial explica el procedimiento: en las aldeas judías
de Polonia hay “mucha hambre. Más de la que se puede aguantar. Y lo más
caro de todo, lo más inútil, son las hijas. Hay que librarse de ellas:
casarlas o venderlas, que viene a ser lo mismo. (...) Yo nunca llegué a
saber si esos viejos que vendían a las hijas creían o no en lo que hacían,
pero lo hacían, y había que seguirles la corriente. (...) Eran jóvenes
hermosas, criadas con miedo a Dios y obediencia absoluta al padre que las
vendía. Ruth, digamos, por ponerle un nombre, respetuosa, humilde,
delgada... La metían en un barco con un tipo como yo, la bajaban en
Buenos Aires, la encerraban en un sitio inmundo, para que el quilombo,
después, le pareciera el cielo, y a la semana o a los quince días la
mandaban a la Boca: una pieza, o dos, o las que fueran, y el patio, con
veinte, treinta hombres esperando a la luz de unas velas, cualquier
hombre, los más horrorosos, carreros o cirujas..., cirujas también. Yo
lo sabía, pero pensaba en la guita y tragaba saliva; y repetía la
escena” (11). En
El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, un personaje habla con el
padre de una joven judía polaca. “Señor Hamer, yo soy un hombre práctico
–dijo sonriendo-. Busco una buena judía trabajadora que pueda manejar
mi casa y criar a mis hijos. Buenos Aires es una gran ciudad, con
costumbres diferentes. No es fácil encontrar chicas bien preparadas para
el matrimonio en una ciudad grande. Y en el caso de su hija, precisamente
por lo que ella vivió, sé que va a valorar lo que voy a darle, y me lo
va a retribuir como merezco. Porque va a ser muy difícl que encuentre a
otro que pueda y esté dispuesto a dar lo que yo estoy ofreciendo” (12). Se
recuerda asimismo a “las ‘niñeras’ que bajo la promesa de venir a
trabajar a la casa de un rico pariente lejano y enseñarlo modales
europeos a sus hijos, terminaban pasando sus días y noches en los prostíbulos”
(13). Segio
Pujol se refiere a las inmigrantes engañadas que observa en el tango:
“muchas de las mujeres del imaginario tanguero enfermaban al errar el
camino y dejarse tentar por las luces del centro. Un imaginario de la
muerte como castigo ejemplar dejaba entrever, a su vez, una gama de
posiciones. Estaban las mujeres engañadas por el sistema (como las
francesitas que llegaban a Buenos Aires mal informadas o las provincianas
que rodaban ‘una noche en el Maipú’), pero también estaban las
pecadoras por voluntad propia” (14). Una
mujer no se prostituía por ser engañada ni por propia voluntad. En Don
Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes escribe acerca de ”la desvergüenza
del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su hija de doce años
al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo” (15). Notas 1
Méndez
Muslera, Luciano: op. cit. 2
Vernaz,
Celia: op. cit. 3
Zeballos,
Estanislao: La rejión del trigo.
Madrid, Hyspamérica, 1984. 4
Vernaz,
Celia: op. cit. 5
Gusberti,
Martina: op. cit. 6
S/F:
“Friulanos sobre el Paraná”, en La
Nación Revista, Buenos Aires, 29 de julio de 2001. 7
Feierstein,
Ricardo: La logia del umbral.
Buenos Aires, Galerna, 2001. 8
Panettieri,
José: Los trabajadores. CEAL,
1982. 9
Belgrano
Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1991. 10
Báñez,
Gabriel: op. cit 11
Vázquez-Rial,
Horacio: Frontera sur.
Barcelona, Ediciones B, 1998. 12
Drucaroff,
Elsa: El infierno prometido Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos
Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas) 13
S/F:
“Editorial: Los gringos de hoy”, en Infohuertas
N° 6, Febrero de 2002. Netfirms
Web Hosting. 14
Pujol
Sergio: “Peligros de la vida disipada. La tragedia de las
Esthercitas”, en Clarín,
Buenos Aires, 31 de agosto de 2002. 15
Güiraldes,
Ricardo: Don Segundo Sombra.
Buenos Aires, CEAL, 1979. 216 pp. (Capítulo). Dramas
personales
Pero
también hubo otros motivos que llevaron a quienes emigraron a tomar una
decisión tan difícil. El
orensano Ramón Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su
padre –que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de la trágica
decisión de su marido. “Los tíos del niño Ramón –afirma Alberto
Vilanova Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro, pero
sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a pesar de que se había
decidido a luchar por la vida, antes de lanzarse a la mendicidad, le
agarraron y le depositaron en un orfanato, de donde muy pronto se fugó,
ofreciéndose como grumete en un velero contrabandista que salía para
Buenos Aires, con la decisión y energía que caracterizaron siempre su
extraordinaria voluntad. En 1840, pues, ponía sus plantas en la
Argentina, el país que con el correr de los años iba a ser testigo de
sus virtudes y de su genio” (1). La
censura social impulsa allende el mar. En 1886 –escribe Claudio Savoia-,
“zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado
de su patra por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la
vergüenza de ser hijo natural” (2). De
su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi
abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que
a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente
y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su
inmigración” (3). En
su novela Mientras la luz se va
(4), Noemí Cohen relata lo sucedido a “Setti, a quien Elena conoce en
el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar
la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto
con su única hija” (5). La
protagonista del film Herencia,
dirigido por Paula Hernández, “es una inmigrante italiana que llegó a
la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque nunca pudo encontrar
al hombre cuyos pasos seguía, decidió adoptar a Buenos Aires como su
ciudad” (6). Un
amor imposible causa la emigración de un italiano: “El mismo día en
que Enrico se hizo cargo de la sastrería, el único auto de la villa se
detuvo enfrente. El chofer entró: ‘La hija del Patrón se va a casar
con un doctor de Zóppola, como él ha dispuesto; y aquí te manda este
dinero a cuenta del traje de novia que le vas a confeccionar’. Enrico lo
entregó y se embarcó. Para no ver jamás el mar viajó tierra adentro,
hasta el centro de la Argentina; hasta su huerta, en medio de la manzana
del medio del pueblo” (7). Un
gallego, en Frontera sur, huye
de la ira de su suegro: “Primero tuve que escapar yo. Pasé un mes en el
monte. Me buscaron con perros, decididos a matarme”. Vuelve a buscar a
su novia, y se casan en Cádiz. En Barcelona muere la mujer, dejando a un
hijo. “Desde el momento en que la enterré –dice el viudo-, me entregué
a un único propósito: ganar dinero, porque con dinero se puede todo.
Quería comprar mi vida y la tuya, mi libertad y la tuya, y regresar para
vengarme, empezando por tu abuelo...” (8). En
La trama del pasado (9), de Cristina Bajo, “Una joven aristócrata,
Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su marido y huye con una criada llevándose
muy poco: su estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél. Al
llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que ésta ha
decidido regresar a las provincias del Río de la Plata, su tierra de
nacimiento, para ajustar viejas cuentas. Sin pensarlo, Ignacia se embarca
con ella” (10). José,
el asturiano que protagoniza la miniserie Vientos de agua, debe
escapar de su pueblo porque, indignado por la muerte de su hermano en la
mina, la hace volar, y es buscado. Con el dinero
y los documentos del difunto, viaja convencido de que volverá. Un
personaje de Mestizo, una de las
novelas de Feierstein, relata por qué emigraron sus padres: “Moishe Búrej
realmente no quería venir a la Argentina, pero ¿qué iba a hacer? Se
fueron los hijos mayores y después me fui yo, luego Carlos con mi
hermana. ¿Quién quedaba? Nadie, salvo Jacobo, que vino con ellos, en
1936. Cuando viajaron ya había guerra civil en España, salieron justo,
justo. En Polonia quedaron otros parientes, tíos y primos: nunca más
supimos algo de ellos. La zona de Lemberg fue muy castigada durante la
Segunda Guerra, los alemanes entraron allí. Me contaron después que han
hecho un verdadero desastre de mi pueblo. Fue una masacre en el centro, la
zona de la feria, donde vivían las famlias judías. A los ucranianos no
les hicieron nada, porque estaban con ellos. Pero de los nuestros no quedó
ninguno vivo. Por suerte, nosotros nos fuimos antes. Dijimos ‘no va más
acá, el futuro está muerto’. Y nos fuimos” (11). La
justicia por mano propia es otro de los motivos para dejar el país. En De
aquí hasta el alba, novela de Eugenio Juan Zappietro, el cirujano
belga Hubert Leroy debe huir de Francia pues durante una operación dio
muerte intencionalmente a un ministro asesino: “Cuando Francia descubrió
el crimen, Hubert Leroy estaba ya en América” (12). Por
miedo a unos acreedores que harían justicia por propia mano, es que el
abuelo de Jorge Fernández Díaz llega a la Argentina: “En dos o tres
aldeas, y en un pequeño municipio, mi abuelo había cobrado por
anticipado trabajos que nunca terminó. Unos damnificados de pocas pulgas
le habían dado un ultimátum y después habían prometido coserlo a
navajazos. Vendrían de un momento a otro, y a José no le quedaba más
alternativa que levantar los petates y largarse bien lejos. Consuelo, su
hermana menor, había cruzado el Atlántico y llevaba una existencia
decorosa en una ciudad monumental llamada Buenos Aires” (13). En
1892, Jimmy –“nacido James Radburne”- (14) llegó a la Patagonia,
“huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida
improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías
argentina y chilena”. Se dirigió a esa región pensándola
“como garantía de anonimato para pasados difíciles” (15). Por
medio de una carta, Butch Cassidy comunica su paradero a sus amigos
ilegales estadounidenses. Ese manuscrito “permitió certificar su
estancia en la región décadas después de su muerte”. Lo relata
Francisco N. Juárez en el trabajo titulado “Una carta de Butch
Cassidy” (16), en el que escribe “Aunque la carta de Cholila ahora
carece de la última carilla con su rúbrica (firmaría Bob, como las demás,
pero es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis de la nueva vida
del bandido. Elegantemente alude a ‘un tío (que) murió y dejó 30.000
dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé mis 10.000 y
partí para ver un poco más del mundo’. En realidad, se refería al
asalto de un banco de Winemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900.
Ahora estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que mentía
ese dato. Daba cuenta de su patrimonio ganadero: ‘300 cabezas de
vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla’, además de dos peones y la
alusión al rancho como ‘una buena casa de cuatro habitaciones’,
galpones, establo y gallinero. Se quejaba de su soledad, la falta de una
cocinera y su ‘estado de amarga soltería’. Luego, agregaba otras
quejas. Se hablaba español, ‘pero el país, en cambio, es excelente’.
Daba cuenta de la extensa y fértil región, la distancia con Buenos Aires
y esperaba fortificar las ventas de ganado a Chile, ‘nuestro gran
comprador de carne vacuna’, porque de allá habían abierto un camino
cordillerano (se refería al sendero de Cochamó, el que denunció
Clemente Onelli como contrario al laudo arbitral que expediría la corona
británica ese mismo año)”. En
“El cura y el cowboy” se recuerda a “El Norteamericano”, que vivió
en Santa Cruz: a principios del siglo XX: “Por la zona había un malvado
y muy conocido bandolero... era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba
inglés y un poco de castellano bastante mal, por cierto. Este era de esos
que donde ponía el ojo ponía la bala y hasta la policía le tenía
terror a enfrentársele. Era ‘yankee’ en serio. Era común que cuando
eran buscados por la justicia del país del norte y ya no había muchas
chances por allá; se subían a algún barco en la zona de California para
bajar en Punta Arenas... y seguir ‘ejerciendo’ en la Patagonia. Tal
era el caso de este auténtico cowboy” (17). “Al
terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un monasterio católico en
Italia. Wiesenthal decidió dedicar ‘unos años’ a buscar justicia y
se enroló para trabajar con los aliados en la recolección de evidencias
de crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a América del Sur
usando un nombre falso, Wiesenthal creó el Centro Judío de documentación
en Lidz, para reunir evidencias para juicios futuros. (...) Ese año la
esposa de Eichmann trató de conseguir que se declarara muerto a su
marido. (...) Aunque Wiesenthal tomó contacto con la Mossad nuevamente, y
también con Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, no pasó
nada hasta 1959, cuando Israel recibió la información de Alemania de que
Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó una operación encubierta.
Un equipo de agentes secretos de la Mossad secuestraron al ex nazi y lo
llevaron a Israel. (...) fue encontrado culpable de todos los cargos,
sentenciado a muerte y colgado justo después de la medianoche el 1 de
junio de 1962” (18). Notas 1
Vilanova
Rodríguez, Alberto: Los gallegos en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966.
Tomo II. Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario de
1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la fundación del
Centro Gallego de Buenos Aires. Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz. 2
Savoia,
Claudio: op. cit. 3
Muleiro,
Vicente: “El mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998. 4
Cohen,
Noemí: Mientras la luz se va.
Buenos Aires, Losada, 2005. 216 pp. 5
S/F:
“Novela
de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces,
www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005. 6
Ormaechea,
Luis: “Con ánimo de conciliar”, en www.otrocampo.com. 7
Cassini,
José Luis: “El mar en los ojos”, en Rotary
Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura. 1994. 8
Vázquez-Rial,
Horacio: op. cit 9
Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires,
Sudamericana, 2006. 384 páginas (Biblioteca Cristina Bajo) 10
S/F:
en www.edsudamericana.com.ar 11
Feierstein,
Ricardo: Mestizo. Buenos Aires,
Planeta, 1994. 12
Zappietro,
Eugenio Juan: De aquí hasta el alba.
Barcelona, Planeta, 1971. 13
Fernández
Díaz, Jorge: Mamá. Buenos
Aires, Sudamericana, 2002. 14
Cella,
Susana: El inglés. 15
Cristoff,
María Sonia: “Inglés en fuga”, en La
Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000. 16
Juárez,
Francisco N.: “Una carta de Butch Cassidy”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002. 17
S/F:
“El cura y el cowboy”, en www.misionorg.com.ar. 18
Vallely,
Paul: “Justicia, justicia perseguirás SIMON WIESENTHAL”, en La
Nación, Buenos Aires, 25 de septiembre de 2005. Traducción: Gabriel
Zadunaisky. ..... Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar. |
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II El viaje |
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El
tema del viaje es un tópico reiterado en la literatura universal. El
escritor y periodista Rubén Benítez, autor de la novela de inmigración La
pradera de los asfódelos, nos dijo en un reportaje: “Ulises es tal
vez literariamente el primer emigrante que sueña con el regreso a su
entrañable tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de
Circe”. Al igual que el griego, “el inmigrante europeo también partió
y cayó en las mismas redes. El viaje o “nostos” griego, enlaza con la
nostalgia, el dolor del regreso” (1). En
las páginas que leímos, encontramos la evocación de la travesía vista,
no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida
propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y
rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la
suya no encontraban. Notas (1)
Benítez, Rubén: La pradera
de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988. Permiso
para embarcar
Marcelo
Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la
definición de inmigrante. Distingue “entre los inmigrantes ‘sensu
stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase
por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo
de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como
polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría
sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como
inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y
aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos
nobiliarios” (1). Se
ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: “El
inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en
peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para
decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida
antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido
testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron
violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida
del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes”. Cuando
se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, “El
desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas
ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra
cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean
frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el
retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de
creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es
especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros
depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la
muerte” (2). Tomada
la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que
otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería, sino el que
conseguía la autorización imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot
escribe que a aquellos inmigrantes “se les exigió: 1) ser
preferentemente europeo; 2) ser de sana y robusta constitución, exenta de
enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente
o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad, y la mujer
adulta, además, a ejercer la prostitución; 4) declarar su religión; 5)
viajar en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al
llegar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa
social”. Y agrega: “pocos se enteraron de tales restricciones.
(...) El que escribe fue traído de niño y debió acatar aquello” (3). La
enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que
separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria
Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente
conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de
Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas
que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda
Nora Candiani, la protagonista: “Paso tras paso, con su carga de trabajo
y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió
arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así
en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía
pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la
exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al
barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era
viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que
las trampas arañan” (4). Un
defecto físico impide la salida de una asturiana hacia América:
“Cuando tenían todo arreglado para viajar, y ya no había retorno, el cónsul
argentino se puso meticuloso con la visa. Despachaba a cientos de
asturianos por hora y se daba el lujo de poner objeciones ridículas. Eran
tan ridículas que parecían el cebo de alguna coima. El cónsul detectó
un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina y decretó que esa lesión
la hacía inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar.
Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a su prima, que
era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo y ejecutivo. El cónsul
reculó y firmó los papeles a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos
los llevó a la otra orilla del mundo” (5). Lo
mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina. El italiano
Gemesio desea establecerse con su familia en la península. Durante la
revisación médica, el galeno señala: “ ‘¡Esta criatura tiene
fiebre! –y le sacó la gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta
niña no puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo tenía tres años,
en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba
de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través
de las lágrimas veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera
vez miró a su marido con rencor” (6). En
1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para
los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente
familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían
inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba” (7). Alejo
Peyret recuerda que para fundar la Colonia San José, en Entre Ríos,
“Se ha aceptado apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con la única
condición de ser católico. Se han hecho adelantos de ingentes cantidades
a familias desprovistas de todo, y que presentan muy pocas garantías de
reembolso. Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (...)
Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante debe ser
preferido al católico” (8). En
El angel del Capitán, de Chuny
Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación a los que debe
enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere
dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de que
“Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez
mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los largos trámites.
No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. A
fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes:
“Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad
absoluta buscando al sol” (9). Décadas
antes había sucedido algo similar a un personaje de Ana María Shua. Por
ser desertor, aguardó durante un año, escondido en la casa de la novia,
que algún compatriota falleciera, para poder viajar con sus documentos:
“Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su
documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del
Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo
bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía frío,
siempre había nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho barro. El
barro también era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que quería
cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta pobre América. Allí, le habían
dicho, no se fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también
es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale
es cruzar el mar. Desde una América ya será posible llegar a la otra. Y
no se fijaron, o no les importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo
ponerse en camino para cruzar el mar” (10). Los
rusos Gurovitz “Habían quemado todos los documentos. En sus papeles
figuraban como griegos. Así lo atestiguaban la ropa, gorra y pipa
entregadas poco antes” (11). En
una carta envada al diario Clarín,
expresa Erwin Auspitz: “ (...) en noviembre de 1938, con casi 10 años,
vivía en mi ciudad natal, Viena, con mi familia de origen, judía. Mi
padre fue detenido y quedó alojado en la Gestapo, de allí lo llevarían
a Dachau. El cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes, (...) No sólo
extendió las anheladas e imprescindibles visas de tránsito para mis
padres, mi hermana, mi abuela materna y para mí, sino que –además- lo
hizo sin tener en cuenta una carta anónima que entregó a mi madre y que
conservo hasta hoy; allí se denuncia la intención de nuestra familia de
permanecer ilegalmente en Buenos Aires. Conseguidas las visas, mi madre
logró que la Gestapo liberara a mi padre, previo el compromiso de dejar
Austria en un plazo perentorio. Llegamos a estas tierras amadas en febrero
de 1939, y aquí crecí, viví mi vida y formé mi familia” (12). En
Dimitri en la tormenta (13)
-novela de Perla Suez seleccionada por la Asociación de Literatura
Infantil y Juvenil Argentina (ALIJA) y por la Fundación de Lectura,
Fundalectura, Bogotá, Colombia, entre los mejores libros para jóvenes-,
relata Tania,
una polaca que huye del nazismo: “Con el anillo de brillantes de mi
madre compré a uno de los comandantes y escapé. Vagué por cloacas,
estuve en una iglesia donde un sacerdote me ayudó. Disfrazada de mendiga,
pude llegar a la bahía de Gdansk. Y logré esconderme en el barco
carguero en el que llegué”. Lajos
Fehér, húngaro judío, “consiguió un pasaporte falso a nombre de
Alejandro Gross con una expresa mención del obispo de la zona que la
religión profesada por el portador era la católica”. Logra llegar a
Italia, donde “en una desesperada búsqueda de algún medio para salir
de Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un lugar en el Augustus que salía a la madrugada siguiente con ese destino. El
lugar en ese barco le costó una buena parte de su dinero ya que, aún
siendo reconocido como católico, no querían embarcar ciudadanos de países
de Europa Central, por poner a la misma compañía marítima en actitud
sospechosa” (14). Otro
documento falso permitió indirectamente la llegada al país de Pedro
Roth, “el mayor cronista gráfico de la plástica argentina”, nacido
en Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante la Segunda Guerra
Mundial y llegó a Buenos Aires –explica- “gracias a un negocio algo
oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía, mi madre, que le
compró un pasaporte falso al cónsul argentino en Montecarlo el año de
mi nacimiento. Puede que el funcionario fuese algo informal, pero le salvó
la vida y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló
una fábrica de jabón en San Martín. Mi madre, mi abuela Eugenia y yo
llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida” (15). Jacques
Arndt, nacido en Viena, relata: “ingresé en la Argentina a los 21 años,
solito, como polizón, sin hablar una sola palabra de castellano y sin un
peso. Me tuve que refugiar escapando de Viena luego de la entrada de los
nazis en mi país y en una fuga y travesía casi cinematográfica.
Escapando de los nazis logré llegar a Marsella y, con la anuencia de un
marinero, me escondí en un barco” (16). Juan
Zorrilla de San Martín se exilia en la Argentina: “La actividad
literaria emprendida por Zorrilla de San Martín y los ideales que lo
animaban le habían ya impulsado a fundar, en 1878, el diario ‘El Bien Público’
(...) Las duras campañas periodísticas contra los gobiernos que no
respondían a sus ideales religiosos y democráticos le atrajeron
dolorosas persecuciones. En 1885, luego de sufrir el empastelamiento e
incendio de su diario, amenazado hasta en el sagrado del hogar, se vio
obligado a asilarse en la Legación del Brasil. Negadas las garantías que
pidió la Legación para que Zorrilla de San Martín pudiera embarcarse
con destino a Buenos Aires, el Ministro del Imperio lo condujo
personalmente hasta una nave de guerra brasileña que lo llevó hasta
aguas argentinas, en las cuales, con el fin de eludir el reclamo
interpuesto por el gobierno ante la cancillería del Brasil para que el
viajero fuera llevado nuevamente a Montevideo, el expatriado se trasladó
en una ballenera que lo transportó a Buenos Aires. Pocos días después
de este dramático episodio su esposa y sus pequeños hijos se le
reunieron en el destierro” (17). Roberto
Ale se refiere a las condiciones de ingreso de los inmigrantes árabes:
“Para entrar a la Argentina de esos tiempos no hacía falta pasaporte y
era común que una familia traiga a otra y así practicamente aldeas
enteras se trasladaron a nuestro país, esparciéndose de norte a sur y de
este a oeste de estas ricas llanuras pampeanas. Tenían ventajas y
privilegios sobre el mismo nativo, no tenían cargas militares, ni cívicas.
Ante cualquier problema que pudiera surgir, tenían un Cónsul de su
propio país que los protegía” (18). Juan
Carlos Coria señala, acerca de la inmigración africana: “las
entrevistas mantenidas con africanos de distintos orígenes, permiten
comprobar que, salvo casos muy excepcionales, ingresaron a la Argentina
sin ningún inconveniente ni traba, salvo los ingresados como polizontes
en buques de banderas europeas, que por regirse con las leyes de los
respectivos países tenían la obligación de devolverlos al lugar de
donde habían subido a los barcos. Por ser la Argentina de fronteras
abiertas y por ello, un país de recepción casi indiscriminado, esos
inmigrantes, lograron ubicarse, muchas veces precariamente, pero
subsistieron, trabajando muy duro, obteniendo documentación, no siendo
escasos los casos de negros africanos que se nacionalizaron. Superando la
etapa de la población negra esclava y su descendencia, los nuevos negros
africanos, que se fueron radicando, pueden datarse desde principios del
siglo XX con continuos ingresos anuales hasta la década de 1930, en que
disminuyen hasta casi desaparecer. Esa inmigración se reanuda con
posterioridad a la terminación de la Segunda Guerra” (19). Una
vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al
puerto**, soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar a Buenos
Aires, donde algunos se establecerán, y desde donde otros seguirán viaje
hacia el interior, a las colonias en las que quizás encuentren a algún
ser querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas que
leímos. Notas 1
Bazán Lazcano, Marcelo: “Carta de Lectores”, en La
Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999. 2
ABC: “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la
vida”, en La Prensa, Buenos
Aires, 9 de mayo de 1999. 3
Bortot, Giorgio: “Correo de lectores”, en La
Nación Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003. 4
Poletti, Syria: Gente conmigo.
Buenos Aires, Losada, 1962. 5
Fernández Díaz, Jorge: Mamá.
Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 6
Ayala; Nora: Mis dos abuelas.
100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997. 7
Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza: Relato de un
viajero del Pampa”, en La Opinión,
8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de
Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998. 8
Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La
Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992. 9
Anzorreguy, Chuny: El ángel
del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos
Aires, Corregidor, 1996. 10
Shua, Ana María: El Libro de
los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994. 11
Goldberg, Mauricio: Donde
sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985. 12
Auspitz, Erwin: “Aquel cónsul argentino en Viena”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de julio de 2005. 13
Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1997. (Primera Sudamericana) 14
Weisz; José Martín: ...mientras
los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires,
Editorial Milá, 2002. 15
Aubele, Luis: “A boca de jarro. Pedro Roth ‘Soy un testigo
privilegiado’ “, en La Nación,
Buenos Aires, 23 de febrero de 2003. 16
Petti, Alicia: “Jacques Arndt Evocaciones de un joven de 92”,
en La Nación, Buenos Aires, 9 de julio de 2006. 17
Montero Bustamante, Raúl: “Juan Zorrilla de San Martín”, en
Zorrilla de San Martín, Juan: Tabaré. Estudio preliminar y notas
por Iber H. Verdugo. Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1965. 233 pp.
(Biblioteca Grandes Obras de la Literatura Universal) 18
Ale, Roberto Mustafá: “Argentina Siglo XIX y principios del XX.
La Inmigración , los árabes y aspectos de su historia, cultura y
civilización”, en www.revistaarabe.com.ar,
Santa Fe, Marzo de 2004. 19
Coria, Juan Carlos: Pasado y
presente de los Negros en Buenos Aires, Buenos Aires, octubre de 1997,
Educar, Argentina. La
partida
“Dejar
la tierra propia, la de la pertenencia, puede ser una decisión personal o
también una elección forzada, a veces violenta. Aunque existe el derecho
de fuga, de descubrimiento, de encuentro, como dice el filósofo italiano
Sandro Mezzadra, los migrantes suelen verse obligados a emprender un
camino de ida en busca de un destino que no siempre es mejor que el
abandonado” (1). En
El Cardedal, un pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la
partida del abuelo de la periodista: “Un día de 1912, cincuenta y siete
hombres se fueron para América. Yo tenía cinco años y todo el pueblo
los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos
estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo”
(2). Otro
periodista, esta vez en la calle principal de Ottobiano, imagina a su
abuelo: “un chico de doce años yéndose para siempre con su madre
–escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya
no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre,
trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras
que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del
barco donde trabajará para cruzar el Atlántico” (3). En
Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato evoca la partida desde la
tierra de origen: “Addio
patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras que algún
inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que
el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos
hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un
tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles,
precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que
siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los
mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las
vicisitudes, por la distancia y la vejez” (4). Agata,
la protagonista de Oscuramente
fuerte es la vida, recuerda, muchos años después, el día en que
debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: “Hasta último
momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta.
Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la
posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos
mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo
tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar
un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas
montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía.
Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me
estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada.
(...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me
acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando
hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita
con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno.
Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me
senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora
de despertar a Elsa y Guido” (5). También
alude a ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema “Madre
Patria”, imaginando el sentimiento de su tierra: “Tú clamabas por mí/
como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica
partida” (6). Roberto
Cossa, en El Sur y después,
incluye una canción que refleja el sentimiento de quienes
tientan suerte en otra tierra: “Allá murió la infancia: / una
caricia, una canción, / una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron,
el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de
esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul. / Es un
vaso de vino, es un trozo de pan” (7). Los
italianos que se embarcan en Génova en 1884, hacia el Río de la Plata,
son descriptos por Edmondo D’Amicis en su obra En
el oceano. Acerca del escritor, dijo Griselda Gambaro: “El autor de Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En
este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría
obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño –y
el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara
en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones,
representaran a la humanidad entera” (8). Algún
gallego tendría en su mente los versos de Rosalía de Castro, la poeta
que escribió: “¡Van a deixala
patria!.../ Forzoso, mais supremo sacrificio./ A miseria está negra en
torno deles,/ ¡ai!, i adiante está o abismo!...” (9). María
Rosa Lojo evoca la partida de su padre: “Antonio Lojo Ventoso, mi padre,
era uno de esos exiliados. Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de
fusilamiento, la cárcel, la ‘redención de penas por el trabajo’. Sin
embargo se despidió de los castañares centenarios y los caminos de
piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban
–magras por cierto, como miembro de una familia numerosa- hizo las
valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios
que había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en
oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios equivocados y
proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después
de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de
‘mala cabeza’, y de play-boy
coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres.
Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el
tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba
afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería,
casi, otra persona” (10). Quienes
partían perdían, asimismo, otros afectos muy caros. Recuerda Luis
Varela, en De Galicia a Buenos Aires:
“Dejaba yo en España algo que inconscientemente llevaba conmigo a
bordo. Aquel caballo brioso no podía despegarlo en sueños de mi cerebro.
También quedaba en Galicia un perro que se llamaba Sereno, que yo había
criado de cachorro y con tanta pasión que me acompañaba en mis salidas
de caza. No era un pointer de pura raza, pero sí un incansable rastreador
y si ni él ni yo éramos excelentes cazadores, vaya si me había dado
satisfacción por los montes de la campiña gallega. Aquellos fieles
amigos yo los cuidaba como si fueran mis hijos. El negocio para mi casa
hubiera sido que nos fuéramos los tres juntos. ¿quién los iba a cuidar
ahora? Y en la incómoda posición de la litera, soñaba más que dormía,
siempre en puro sobresalto, creyendo que a mis amigos les estaba pasando
algo malo” (11). María,
la gallega que deja su tierra en Como si no hubiera que cruzar el mar,
novela juvenil de Cecilia Pisos, pregunta en una carta por su mascota. “¿Cómo
están todos allí? ¿Madre? ¿Padre?
¿Joel y Fernando? ¿Y Blanquita? ¿Y mi gallinita pinta?
¿Ya se la han comido?” (12). Un
mural pintado por Carlos Salatino y Beatriz Sevilla, en un restaurante de
Buenos Aires, evoca el barco que trajo a emigrantes asturianos. A esa obra
se refiere el realizador: “El mural que usted vio en FAME tiene una
relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa
empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para
denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa
‘hambre’, un hambre que España, caída en una profunda decadencia,
carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras
internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún
mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME
llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que
sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en
cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo
ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se
llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos
asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan
recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro
modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a
este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes
establecimientos- no existiría, y el mural tampoco” (13). Pierre
Cottereau, que no era inmigrante pero nunca volviò a Francia, escribe
acerca de su valija: “Sobre la proa del barco/ la abracè con fuerza/
sin embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino” (14). Nora
Ayala recrea el momento en que su abuela deja Alemania, en 1891: “El
puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras
Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente contra
su pecho la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa
regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con
Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos” (15). De
Rusia parte Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898. Muchos
tiempo después, escribiría: “¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes/ Que
aún no han encontrado su camino;/ Pero he gustado un luminoso vino/ en
huertos generosos y fragantes” (16). En
El árbol de la gitana, de
Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él
con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato,
se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación
del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían
puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la
actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo
cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país
pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz
exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza
entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar
el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose
una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido,
admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e
castellana sosa y desabrida como matse sin té” (17). Un
judío se despide de su mujer y su hija, en el cuento “Papá”, de
Susana Goldemberg: “Miró a mamá. Se abrazaron fuerte, fuerte. A mí me
pareció que mamá era más pequeña y más débil de lo que yo creía.
Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes manos recorrió mi
cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi nariz, la línea
de los labios. Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía cuando me
daba el beso de las buenas noches. Cuando por fin me dejó en el suelo,
tenía mojado mi pelo con sus lágrimas. Tomó su atadito y se lo echó a
la espalda. Rodeó con el otro brazo los hombros de mamá y salieron al
camino. Yo los seguí” (18). En
Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940, una inmigrante inicia la escritura del
diario que recogerá sus impresiones durante la travesía en el
“Arabia-Maru”, que arribó a Buenos Aires en diciembre de ese mismo año.
Ella escribe: “A Iojanan y a mí por supuesto, nos dolía el estómago,
como antes de cada situación conflictiva. Nos despedimos de la abuela y
el abuelo. El taxi estaba afuera preparado, arreglamos las maletas y nos
sentamos” (19). A
los ciento seis años, en Rosario, Agop Eujanián evoca “la madrugada en
que a cambio de monedas de oro el enemigo les franqueó la salida. Atrás
quedaba el solar paterno con sus curtiembre, ovejas y árboles. En ese
grupo huían tres jóvenes, Agop y su hermano Toros, de 18 y 20 años, y
el primo de ambos, Serbando, de 17. Los tres eran de Tarsus, un sitio bíblico
que alude a San Pablo, situado al pie del monte Ararat, donde según el
Antiguo Testamento se posó el Arca de Noé. Toda una herencia de fe y de
epifanías que dejaron atrás para poder vivir. Dos años después y
cuando habían juntado algunos recursos comenzaron el viaje del exilio en
barcos colmados de seres doloridos que buscaban puertos, sin más certeza
que eludir la muerte” (20). A
los inmigrantes “de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida
del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y
recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el
equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños,
ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la
de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los
expulsaba” (21). En
su “Homenaje al inmigrante”, canta Betina Villaverde: “Sí, y fueron
valientes, mares de por medio/ sus raices quedaron/ mas, no vacilaron,
fijo en sus mentes un/ mapa brillaba, Argentina./ Abriéndose en abanico,
ancha y hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas extraños, se
entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian, trabajo./ Santa palabra, paz,
trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/ su equipaje, la fe, la voluntad como
arma/ la fortuna, sus manos” (22). Notas 1
Pavón, Héctor: “Migraciones: las fatigas de un nuevo
horizonte”, en XV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado
y de Gobierno. Salamanca 2005, España. 14 y 15 de octubre.
Buenos Aires, Clarín, 2005. 2
Luzzani, Telma: “El Mirador”, en Clarín,
17 de octubre de 1999. 3
Frías, Miguel:
“Noticias del mundo”, en Clarín,
Buenos Aires, 3 de septiembre de 2000. 4
Sábato, Ernesto: Sobre héroes
y tumbas. Buenos Aires, Seix Barral, 1998. 5
Dal Masetto, Antonio: Oscuramente
fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 6
Cela, Adelina: “Madre Patria”, en La
Capital, Mar del Plata, 5 de septiembre de 1999. 7
Cossa, Roberto: El Sur y
después, en Teatro 3.
Buenos Aires, Ediciones de la Flor. 8
Gambaro, Griselda: “L’América: el sueño en italiano”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de julio de 2002. 9
Castro, Rosalía de: Obra Poética.
Barcelona, Biblioteca Bruguera, 1972. 10
Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada
hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital. 11
Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el
autor, 1996. 12
Pisos, Cecilia:
Como si no hubiera que cruzar el mar. Ilustraciones Eugenia Nobati.
Buenos Aires, Alfaguara., 2004. 216 pp. (Serie azul). 13
González Rouco,
María: Entrevista vía e-mail realizada en febrero de 2003. 14
Cottereau, Pierre M. M.: Sueños
y sombras. Villa General Belgrano, Còrdoba, Ediciòn del autor, 1997. 15
Ayala, Nora: op. cit.. 16
Fijman, Jacobo: “Caminante” (poema inédito) en Clarín,
Buenos Aires, 14 de diciembre de 2002. 17
Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol
de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp. 18
Goldemberg, Susana: “Papá”, en Cuentos
de la bobe. Buenos Aires, Sudamericana. 19
Weiss, Mónica: Muestra en Hotel de Inmigrantes, 2001. 20
Carafa, Silvia: “Agop, el abuelo de 106 años que fue testigo del
Genocidio Armenio”, en La Capital, Rosario, 3 de abril de 2006. 21
Fesquet, Silvia: “La tierra de uno”, en Clarín
Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001. 22
Villaverde, Betina: poema enviado por e-mail a MGR en 2004. Un
viaje penoso
En
su poema “Barco, barcos”, dice Amalia Ottonello: “esta nave tan
grande/ viene de Europa./ Llegan hacinados/ con sueños de progreso,/
inmigrantes –asustados-“ (1). En
sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los
inmigrantes realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había
comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol,
de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela,
rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto
sentido eran como cargamento de esclavos” (2). En
su libro Los armenios en Buenos
Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa: “Las condiciones
en que viajaban los inmigrantes no se correspondían con las descripciones
de los folletos de propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En
1907 se tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada
pasajero tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros cuadrados,
a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo así
como al control médico” (3). Cuenta
un inmigrante asturiano que “Las camas consistían en unos cajones
parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y
muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los
recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco
lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho
unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales
llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor
para cubrirse” (4). Para
Valentìn Bianchi “transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en
la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y
en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco
carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que
sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches,
cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su
cama” (5). No
faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a
los dieciséis años, “se embarcó como polizón siendo descubierto a
los pocos días quedando a cargo del panadero del barco que le enseñó su
oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la
empresa Molinos Río de la Plata” (6). “El
primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de María Angélica Scotti
que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me
contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque
era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un
camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque
“apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y
las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir
que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso
resolvió esconderme” (7). Remey
Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la Argentina en 1947, a los veinte
años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la
bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las
mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había
sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así...
durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de
concentración...” (8). En
la bodega pasa su luna de miel el turco Víctor: “Fue un mes de viaje.
Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía con
su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los demás hombres”
(9). Francisco
Lores Mascato, Presdente de la Federación de Asociaciones Gallegas, y su
esposa, “En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a
Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la
diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre Ríos, en el puerto
de Buenos Aires, él tenía 19 y ella 8. Siete años después, un par de
gaitas en San Telmo cambiaron las cosas. Boas
noites, bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó bailar un
pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro décadas después,
Lorena, la hija de ambos, canta antiguas canciones celtas en el mismo salón”
(10). Cuando
mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus
tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en
condiciones precarias y los sueños intactos)” (11). Sin
una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta
González Carbalho. De su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica
(12). A
los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo Lalanne;. él relata
en sus memorias: “En el año 1873 me vine a este hermoso país, la
Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado
de ellos hasta Buenos Aires” (13). A
pesar de la tristeza, “La música y las danzas abundaban en el barco
–escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por
encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo” (14). Hacía
música el galleguito de González Carbalho: “la armónica en los
labios/ hice todo el viaje” (15). Cuando
embarcó en Génova, Valentín Bianchi “portaba la vieja valija de la
familia y su inseparable mandolina en la espalda” (16). En
el océano, “cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un
buque”, aprendió el italiano del tango “La Violeta”, de Nicolás
Olivari, la “canzoneta de pago lejano” que cantaba en la taberna (17). Hacer
juntos semejante travesía crea lazos. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno
baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los
de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco”
(18). Johann
Bodemann, quien emigró de Valais en 1857, recuerda: “Todo cambiaba
cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo
pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban
muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el
mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una
gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando
vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el
puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso”
(19). También
se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: “mi abuelo me contaba que
cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase
bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera
clase” (20). Algunos
viajeros traían libros. El padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan
Moreira, un Quijote, un Martín Fierro y un Bertoldo,
Bertoldino y Cacaseno, “toda una significativa selección” (21); mi abuela, la Imitación
de Cristo, de Kempis. Muchos
traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: “los
gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no
necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a
los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que
sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo
sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los
estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de
los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y
otras curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de
nuestro país y de otros, como Italia” (22). Los
que podían, traían ahorros. Cuando Lajos Fehér salió de su Hungría
natal, “llevaba consigo todos los ahorros que había juntado en los últimos
años, a los que había ocultado en dos partes diferentes: una mitad eran
billetes cosidos dentro del forro de un inmenso sobretodo con el que
acostumbraba enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta Húngara,
billetes de divisa internacional que habían sido acopiados lenta y
cuidadosamente a través de los escasos medios para conseguirlos con que
se contaba en la Europa en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran
monedas de oro que había colocado en el lugar del motorcito ausente de un
gramófono portátil que formaba parte de su equipaje, motor que estaba a
mano dentro de una de sus valijas, para cuando fuese necesario demostrar
que el aparato musical era bueno y en funcionamiento” (23). En América,
el hombre se enterará de que los billetes eran falsos. Lo habían engañado. Rocco
Capezzone viajó con una máquina de escribir: “Soy un escribidor de
cartas a la gente desde hace muchos años. Lo hago a la antigua, con una
vieja Remington que traje de mi lejana tierra tirolesa natal, a la que...
le falta la eñe” (24). Arturo
Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde
Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez
de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para
establecerse en América. Un
armenio viajaba con un recuerdo de familia: “la palangana de cobre que,
vaya uno a saber por qué, era el único utensilio que Krikor había
traido a la Argentina, luego de pasar trabajosamente algunas aduanas que,
entre aclaraciones y confusiones le permitieron eludir el tax, palabra que nunca pudo comprender, aunque le sonaba a crujido o
a vidrios rotos, y resultaba amenazante en boca de un empleado de Aduana.
Aquella palangana era como un tesoro familiar, al que su padre enaltecía
cada vez que se bañaban”. Otro había traido un hammám
tazé, el tazón de bronce, para el baño, parecido a un plato
encasquetado. En ese recipiente cargaban el agua tibia que, partiendo
desde la cabeza, servía para arrastrar todo lo que dejaba de pertenecer
al cuerpo. (...) El hammám tazé era
un obsequio de Aigás, ese recipiente de metal era su única pertenencia
de desterrado”. Otros
traìan secuelas de la tortura. Un inmigrante relata a su hijo: “Tù
sabes que los turcos nos hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre
ellas, la de clavar herraduras en los pies de algunos armenios, como si
fueran animales. Durante el viaje a la Argentina, en el barco, conocì a
uno de ellos. Caminaba rengueando y usaba zapatos con plataforma”. Y
la culpa. Recuerda un armenio: en el barco “a los pocos días comencé a
sentirme mal. No eran solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga
aplastante que iba creciendo. Mis compañeros creían que se debía a la
alimentación y hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía
apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan hasta
las ganas de comer y qué corta es la distancia entre el bienestar y las
miserias. Yo escapaba mientras los míos quizás estaban muertos o
muriendo, en el momento que más se necesita la compañía de los seres
queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di
muchas respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía en mí un
sentimiento de culpa, pero la peor de todas, la más difícil de soportar:
la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los otros polizones también
escapaban, pero ninguno con mis cargas” (25). Alberto
Luis Ponzo expresa en “Dibujos de papá”: “Seguí durante horas/ la
cabeza/ que viajaba desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando en la
piel” (26). Ema
Wolf afirma que no sólo venían personas en los barcos. Venían también
extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia:
“Con toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá traído algún
inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el
pliegue del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin darse cuenta.
Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a
nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo tan fastidioso como el
Mamucca” (27). El
protagonista de Memorias de Vladimir, novela infantil de Perla
Suez, trajo en el barco a su gallo, al que durmió con dos vasos de vodka
(28). Al
pasar la línea del Ecuador –relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían
someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado
el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros
hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron
saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la
costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las
personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los
marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las
manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o
cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana
mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el
cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto
surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre
la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el
apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le
hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran
presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno
a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este
juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las
personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse
los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada.
Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de
fiesta y se divirtieron” (29). “Alguien
le hizo una broma al napolitano –escribe Dal Masetto-: le robó un
zapato. El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo. Anda
así desde hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz alta,
acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos,
divertidos y expectantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le
queda, lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar.
En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire y
cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira también por encima de
la borda. ‘Ahora’, grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’ “
(30). Los
aspectos desagradables de la travesía son evocados en muchos testimonios.
“Había en ese barco a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra
María Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba
que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso
estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas.
Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios
flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas
orinaban en cualquier rincón” (31). “En
la cubierta del barco –escribe Alicia Dujovne Ortiz, en El
árbol de la gitana-, los judíos rezaban hamacándose hacia delante y
hacia atrás. El movimiento del mar les cuadruplicaba el balanceo. Una
hierática madre portuguesa derramaba sus senos sobre dos criaturas ya
mayores, que mamaban sin pausa. De a ratos, los tres interrumpían la
tarea para vomitar sobre un talit que alguna vez fue blanco, abandonado
por su dueño que, por lo menos, vomitaba de boca al mar” (32). Los
olores no llegaban a la distinguida primera clase: “En el barco
–relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de los ricos estaban
confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se
apiñaba en la bodega” (33). “Dicen
que el aire de mar a unos les provoca náuseas y a otros unas peculiares
ansias –continúa Scotti. Padrazo contaba que a él el viaje se le hizo
harto breve, que no sentía las molestias ni los calores de cuando
alcanzaron el Ecuador y los trópicos,” (34). En
plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata Johann Bodemann: “Les
tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal,
tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque todos estábamos
enfermos, nadie podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los
marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo estaba
enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le
importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio
hubiera sido muy miserable”. Fue el capitán quién solucionó a
Bodemann y los suyos el problema de la alimentación en el barco (35). También
el diario de un asturiano que emigra ilegalmente a la Argentina nos habla
de la alimentación a bordo (36). Mal la pasó una asturiana de quince años,
a quien “unas manzanas deliciosas de Río Negro (...) la mantuvieron
viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas” (37). Viajando
en esas condiciones, era fácil que se propagaran las enfermedades. Acerca
de la salud de los ucranios en el mar, relata María Arcuschín: “Los niños,
más pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo los
peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores.
Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados
febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los
mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó estoicamente”
(38). Cuenta
Isaías Leo Kremer que una mujer murió durante la travesía: “Dicen que
su madre había fallecido en el barco que la traía desde Rusia y que
quince familias judías se juramentaron para cuidar al niño hasta su
mayoría de edad, pues no poseía parientes cercanos conocidos en la
Argentina” (39). Syria
Poletti narra en Gente conmigo
lo sucedido a una pareja italiana: “El llegó primero; trabajó duro y
construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco.
Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante la
travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las
prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco pudo subir a la
nave. Debió conformarse con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el
buque zarpó de regreso a Italia”. La narradora sabe bien por qué
sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: “Ella había contraído
el tracoma por viajar junto a algún enfermo clandestino. Un enfermo a
quien alguien –un médico o un traductor- habría posibilitado el
embarco eludiendo o alterando un diagnóstico” (40). Salvador
Petrella, personaje de Frontera sur, muere de fiebre amarilla en el barco. Su cuerpo fue
cremado en el horno del lazareto de la Isla Martín García. La novia que
lo esperaba “pone el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la
palma arriba, y con la derecha se da un hachazo...” . Esa fue la
espantosa forma en que se suicidó. (41). A
las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio Savoia, quien afirma
que la “fiebre inmigratoria” de 1907 fue bautizada así por los
historiadores porque casi todos los pasajeros de los barcos llegaron a la
Argentina con fiebre (42). Como
la inmigrante que evoca Poletti, aunque por otro motivo, a Italia vuelve
también el protagonista de Guido
de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia 4144. Dice
el hombre: “Estoy aquí, en un camarote o calabozo, de dos por dos y
medio, tirado en una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano,
roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas, creen que trasladan a
suicidas. (...) soy un tipo que se llama Guido Fioravanti y que los
patrones de este desgraciado país, envían, como un saludo, a la bestia
de la Romagna” (43). El
viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis León, “Izmir,
Vísperas de Pésaj”, judíos de Esmirna preparan su viaje hacia la “Aryintina,
como Ierushalám, tierra
prometida de leche y miel...” (44). En “Chacarita, Vísperas de Pésaj”,
del mismo autor, un hombre recuerda con pesar esos “cuarenta días en el
vapor” que “no fueron menos que cuarenta años en el desierto” (45). Interminable
debe haber sido el viaje para la
alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó
a la adolescente: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría
un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el
barco se atrasó tres días y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy
asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a
los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le
habían avisado” (46). Gyula
Kósice dijo en una entrevista: “ ‘He viajado 28 días en barco, y lo
único que veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente, quedé
influenciado por esa travesía’. Habla de su llegada a la Argentina, a
los 4 años, proveniente de Kosice, un pueblo de Hungría” (47). A
Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María Teresa
Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: “En medio de la noche
los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda de
estribor. El llanto de un niño viene del camarote vecino o de otro que
está más allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre
de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que
dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está asustado. Al
llanto del niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener más miedo
que él, que quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara
entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba
con América, duerme, ya pasará” (48). Los
descendientes de una inmigrante cuentan la forma en que ella y sus hijos
salvaron la vida: “Ana Dubroff vino vía Génova, con León (hijo) y
Berta. Una señora que viajaba en el mismo barco se enfermo gravemente.
Ana era o se hizo muy amiga y cuando el capitán del barco decidió que la
enferma debía bajar en Génova por la gravedad de su estado, Ana decidió
a su vez bajar con su familia y quedarse a cuidarla. El barco siguió su
viaje y naufrago, sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la
familia Dubroff era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la
mayor parte de sus cosas se hundieron con el barco” (49). Nada
tenían que ver con el clima las desventuras de los intelectuales españoles
que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia
apareció al día siguiente en el diario Noticias Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo de
intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose
de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó
que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a
ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que
ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden
terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a
la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de
los delincuentes incomunicados” (50). El
escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados gallegos,
que “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo
que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a
abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni
educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería
llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos,
periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que,
firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente
republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R.
Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante
décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la
cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (51). Notas 1
Ottonello,
Amalia: “Barco, barcos”, en Taller literario Museo Histórico
Sarmiento: La esquina literaria Año 1996 Profesora Nenè
D’Inzeo. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 1996. 2
Mansilla, Lucio
V.: Mis memorias 3
Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los
armenios en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950)..
Buenos Aires, Centro Armenio, 1997. 4
Méndez Muslera, Luciano: op.
cit. 5
Bianchi, Alcides J.: Valentìn
el inmigrante. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987. 6
S/F: “El negocio del hielo”, en
La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000. 7
Scotti, María Angélica: Diario
de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996. 8
Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un
mundo nuevo”, en La Capital,
Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000. 9
S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”, en La
Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002. 10
Peralta, Elena: “Clubes españoles”, en Clarín,
Buenos Aires, 3 de julio de 2005. 11
Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en Floresta
y su mundo, Año 9, N° 106, Febrero 1999. 12
Requeni, Antonio: Un poeta
arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín
Galego de Literatura. 13
Lalanne, Bernardo: “Memorias”, en Archivo Histórico Alberto y
Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año
1997, Revista N°3. 14
Scotti, María
Angélica: op. cit. 15
Requeni, Antonio: op. cit. 16
Bianchi, Alcides J.: op. cit. 17
Olivari, Nicolás: “La violeta”, citado por Cirigliano,
Gustavo, en “Disquisiciones tangueras”, en El
Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001. 18
Pujol, Sergio.: “El baile, una historia de sexo, violencia y
tensiones sociales”, en La Capital,
Mar del Plata, 13 de febrero de 2000. 19
Vernaz, Celia: La Colonia San
José. Santa Fe, Colmegna, 1992. 20
Itzcovich, Mabel: “De profesión, contadoras de cuentos”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997. 21
Alonso, Rodolfo: en Historia
de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 22
S/F: “Hotel museo para la memoria”, en La
Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de 2002. 23
Weisz, José Martín: op.
cit. 24
Capezzone, Rocco: “Tienes un e-mail (II)”, en La
Nación Revista, Buenos Aire, 27 de noviembre de 2005. 25
Bedrossian,
Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, Ediciòn del autor, 1998. 26
Ponzo, Alberto Luis: “Dibujos de papá”, en El
Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999. 27
Wolf, Ema: “El mamucca” en
Clarín, Buenos Aires, 22 de marzo de 1998. 28
Suez, Perla: Memorias de Vladimir. Buenos Aires, Ediciones
Colihue, 1993. 69 pp. (Libros del Malabarista) 29
Vernaz , Celia:
op. cit. 30
Dal Masetto,
Antonio: La tierra incomparable. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 31
Scotti, María
Angélica: op. cit. 32
Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol
de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp. 33
Henestrosa, María
Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara,
2002. 34
Scotti, María
Angélica: op.cit. 35
Vernaz, Celia: op. cit. 36
Méndez
Muslera, Luciano: op. cit. 37
Fernández Díaz,
Jorge: op. cit. 38
Arcuschín, María: De
Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986. 39
Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’ “, en Mundo Israelita, Buenos Aires, 8 de agosto de 2003. 40
Poletti, Syria: op. cit 41
Vázquez-Rial, Horacio: Frontera
sur. Barcelona, Ediciones B, 1998. 42
Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín,
Buenos Aires, 14 de enero de 2000. 43
Rivera, Andrés: Guido,
en Para ellos, el Paraíso. Alfaguara, 2002. 44
León Luis: “Izmir, Vísperas
de Pésaj”, en SEFARaires N°
1, mayo de 2002. 45
“Chacarita., Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires
N° 2, junio de 2002. 46
Schotellius, Renate, en “Bajaron de los barcos. Historia de la
inmigración en Argentina”, Colegio Schönthal, www.monografias.com 47
Repar, Matías: “ENTREVISTA CON GYULA KOSICE, INVENTOR FULL TIME
DEL ARTE ARGENTINO ‘El mundo no me necesita, pero para el arte contemporáneo
soy inevitable’ “, en Clarín,
Buenos Aires, 3 de julio de 2005. 48
Andruetto, María Teresa: Stéfano.
Buenos Aires, Sudamericana, 2001. 49
Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”, en
www.math.bu.edu/people/
horacio/ anc-cast.htm 50
Schwarzstein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a
la Argentina”, en Estudios
Migratorios Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997. 51
Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El
Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002. En
el puerto “Mole
de mundo,/ cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste”, canta
Carolina de Grinbaum en “Llegaste”. (1). Por fin, se avista la tierra
americana. “Un
día el barco atracó en la ribera/-dice el poema de Roberto Druetta- y
dos mozalbetes bajaron de él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/
repletas de sueños y de mucha fe” (2). “Desde
el vapor hasta la costa –relata el pionero holandés Diego Zijlstra, en Cual
ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros
soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los
huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el
hemisferio Norte. Pero invierno aquí...” (3). El
narrador describe, en Frontera sur,
uno de los tantos desembarcos de inmigrantes, en la década del 80: “Los
buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías
pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños, que
lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía del agua. Si el
calado no resistía una quilla, por escasa que fuese, las irregularidades
del fondo lo hacían en algunos puntos excesivo par alguna de las ruedas
de los vehículos, que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al
desastre. Padre e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo
y los sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían ahogarse
en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último, y de las voces de
quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón abandonó
la contemplación de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y
sacaban a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de
mirada torcida” (4). A
criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de
un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su
novela-alegato documental, El
conventillo. Llega el Christoforo
Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética
cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser
obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y
algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con
plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a
otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones
en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía
escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes,
tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme
hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros
curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué
les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un
brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre
que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados
levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos
enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los
andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos,
los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la
tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de
penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles
dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada
en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad
desierta” (5). Desembarcan
los inmigrantes en
Irresponsable, de M. T. Podestá:
"A lo lejos empezó a divisar una caravana de hombres, mujeres y niños,
que parecían acudir a alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que
cruzaban la plaza marchando detrás de sus equipajes que ellos mismos
ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor parte, fuertes, vigorosos,
con esa robustez peculiar de los hijos de las montañas. Vestían sus
mejores trajes: los hombres, sus chaquetillas lustrosas, con botones de
metal, colgadas del hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca,
amplia, de hilo crudo, sujeta al cuello con un pañuelo de seda
multicolor; sombrero de fieltro, en cuya cinta habían colocado algunos
una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso, férreo, caras plácidas,
de hombres sanos, contentos, sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto
especial, echando tal vez sus cuentas sobre la probabilidad de una próxima
fortuna. Algunos llevaban en sus brazos criaturas rollizas, rubias, con la
plasticidad exuberante de la buena pasta con que estaban amasados; otros
iban encorvados, cargando sobre sus espaldas cuadradas sus baúles y sus
valijas, jadeantes, colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor sobre
la arena caliente y brillante del suelo. Las mujeres, con sus trajes de
aldeanas, de colores vivos, con sus caderas anchas, redondeadas, sobre las
que apoyaban negligentemente su mano. De facciones correctas, y algunas
hasta hermosas, con sus colores de manzana madura, sus grandes ojos
negros, vivos y de mirar curioso; dentadura fuerte, blanca, compacta, y un
seno elevado, turgente, capaz de alimentar tres chicuelos hambrientos;
cubría su cabeza un pañuelo de lanilla de fondo gris con flores
estampadas, atado delante con un nudo abierto: una simple vuelta para que
los dos extremos de sus puntas simétricas caigan con igual armonía sobre
los hombros; la garganta descubierta, blanca, ostentando vueltas de
cadenas de gruesas cuentas de oro, en cuyo centro colgaban amuletos de
coral o la imagen venerada de la madona
de su aldea. Iban caminando lentamente detrás del carro y sus equipajes:
un gran carro, en el que se había apiñado una pirámide de baúles, de
valijas, cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados algunos de los
inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho descubierto, quemado por el
sol, y a la sombra de grandes paraguas verdes y colorados para proteger a
los niños que estaban allí prendidos al pecho de las madres recostadas cómodamente
contra las valijas. Era una especie de marcha triunfal a las doce del día
bajo los rayos del sol ardiente; parecía una ovación a este pedazo de la
América, cuya fama corre hasta golpear las puertas de las aldeas más
remotas, en busca de brazos vigorosos con la insignia de la mies y del
arado. ¡Cuántos se acordarían de sus hogares y cielo, a quienes habían
saludado por última vez al doblar el camino de sus queridas montañas;
enviando una despedida cariñosa al campanario de su aldea que parecía
asomarse empinado desde el fondo del valle para decirles una vez más: aquí
los espero... ¡hasta la vuelta!” (6). Jorge
Isaac evoca, en Una ciudad junto al
río, el momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra:
“Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden
aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo
mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con
riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe el desembarco de
italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las
peculiares características de cada grupo. Y
el desembarco de un enfermo: “Llegó la segunda tanda de ‘polacos’.
Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi
arrastrándolo sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo
trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban, en varios
grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir
los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia. Un carretón tétrico,
tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a otro que sirve
de fúnebre pero del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría
decirse que la variante consiste tan sólo en el color de los animales. Lo
cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los ojos
cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando de vez en cuando un
gemido corto”. Un largo rato después, el narrador recibe el legado del
polaco: una bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos
por el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (7). En
La rejión del trigo, Estanislao
Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: “Mirad al
colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de
haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones, sin
capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la
lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan
al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente
de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía
amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del
teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter,
el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por
nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña
situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de
hacerlas valer” (8). La
protagonista de Virgen, novela
de Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta, aún anciana “podía
escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre,
los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de
su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla
jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada”
(9). Un
pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en “Al bajar del
barco”, donde escribe: “Se disipa la angustia de una travesía de dos
meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan
los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con
sus dos banderas trenzando azules y verdes” (10). La
casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha que mereció el
Segundo Premio Xerox para autores inéditos, en 2001. En ella, la
escritora relata qué sucedía, en el año 1874, cuando los inmigrantes
descendían del barco: “Un mulato joven movía con el pie descalzo el
pedal de la máquina. Con cada golpe una nube de cal pulverizada cubría
la ropa, las manos, la cara, el equipaje de cada viajero” (11). Más
tarde, se utilizó otro procedimiento. En La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote
del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del
protagonista, junto con otros pasajeros: “Un chorro de agua, un
manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi
llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose
fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo
el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y
desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros
mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras
que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y
gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!” (12). Otro
escritor alude a esa práctica: “De aquella antigua inmigración que
inspiró al dramaturgo Vacarezza, a la que desinfectaban con los chorros
de fumigadores de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se
come con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes
–nosotros-, bruscamente sobresaltados”, afirma Orlando Barone (13). Aún
en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán croata
Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo
que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo
veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían
precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para
siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante.
Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos
sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra
ningún ser humano sale indemne” (14). En
la nueva tierra, había reglamentos que cumplir. Samuel Watch, polaco, había
llegado años antes; al arribar Raquel, “para poder bajar del barco se
tuvieron que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse” (15). Y
trámites que realizar: “Un pequeñísimo inmigrante ilegal. Así fue
como arrancó su historia en este país Clorindo Testa, un bebé de tres
meses que, a upa de su mamá, quedó demorado muchas horas en un barco
mientras afuera, en el puerto de Buenos Aires, la discusiones en torno a
su ingreso, que sí que no, arreciaban entre su padre y los funcionarios
de migraciones. (...) Hijo de Juan Andrés, un médico radiólogo afincado
en el país desde 1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa
(también Manuel José pero sólo de bautismo) nació el 10 de diciembre
de 1923 en Nápoles, por designio romanticista de su papá, quien se
embarcó con su mujer embarazada para que el primogénito conociera la luz
en la tierra de sus mayores. ‘Pero al volver, al viejo no se le ocurrió
que tenía que anotarme en el consulado argentino, pensó que si venía
con ellos alcanzaría con el registro civil italiano’, explica” (16). La
ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca María Rosa Lojo, en
su novela Finisterre. En 1832,
“Buenos Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá sólo
atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los ojos a la distancia pero a
medida que los barcos iban acercándose a la entrada del río ancho y
playo, donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento. (...)
Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a trechos. Animales
muertos y montones de desperdicios se acumulaban en algunas esquinas”
(17). Marcos
Alpersohn destaca que, en 1891, “No se veía persona alguna en las
calles. Edificios dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de
hierro. Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las arterias céntricas,
conduciendo a muy pocos pasajeros” (18). Baldomero
Fernández Moreno, en La patria
desconocida, recuerda.: “La primera impresión de mi madre, que tenía
dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires
chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así
que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes
eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las
revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que
a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados
europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la
carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de
caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído
exhalar con tanta nostalgia como a mi madre” (19). Oscar
González, en “La anunciación”, brinda otra visión de la ciudad: la
que tiene una mujer italiana, quien “desembarcó asombrada un día
cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras” (20). Y
Arcuschín, la de los judíos ucranios: “Al bajar se sorprendieron de la
brillantez de la luz solar, la diafanidad del cielo y la cordialidad con
que fueron recibidos. Buenos Aires hacia 1906, era una ciudad chata, de
casas bajas, con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte.
(...) Sin embargo, la primera impresión no dejó de desilusionarlos”
(21). Décadas
después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas especiales
nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su hijo: “¿Cómo sería
esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum
de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con
avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un
pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Lo narra Abel
Posse en El viajero de Agartha,
novela que obtuvo el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana
1988-1989 en México (22). Del
barco, al Registro Civil, donde se les proporcionará el documento
argentino. Gabriel Báñez relata algunas anécdotas al respecto: “Las
escenas más patéticas tenían lugar en el Registro Civil del puerto, sin
embargo, ya que en el vértigo de las anotaciones los empleados de
Inmigraciones, que no entendían ni medio, terminaban inscribiéndolos por
aproximación, con traducciones bárbaras y fulminantes, así que cuando
alguien decía Damianovich o Dimitropoulos, ellos copiaban Damián Vich o
Demetrio Pulos. Nadie traspasaba las oficinas de documentación con el
apellido indemne” (23). Fruto
de este accionar es el apellido de una familia de origen polaco. Así lo
explica Ana María Shua: “ese Gedalia nunca se llamó exactamente
Rimetka. El apellido Rimetka fue el producto de una combinación de la
fineza auditiva y la arbitrariedad ortográfica de cierto empleado,
sumadas a su particular forma de interpretar un documento escrito en una
lengua desconocida, más su concepto personal sobre el apellido que debía
llevar en el país un extranjero proveniente de Polonia: del empleado del
registro civil que, en su momento, le tomó los datos al abuelo Gedalia
para confeccionar su documento argentino. Como tantas otras familias de
inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así, un apellido intensamente
nacional, un producto aborigen, mucho más auténticamente argentino que
un apellido español correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que
jamás existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás
existió en otro país ni en otro tiempo” (24). “Hijo
de Gerónimo, un capitán de barco yugoslavo apellidado Poklépovich,
Caride llevó ese apellido hasta los 19 años, cuando harto de que lo
transformaran en Lipoclepo o en Popoclopovich, se quedó con el Caride por
parte de madre” (25). En
una reunión de inmigrantes armenios, “entre todos festejaron los
errores de los apellidos actuales, ante la imposibilidad de los
funcionarios de encontrar letras algunos sonidos del idioma armenio. No
faltaban hermanos con distintos apellidos. El filoso sable del turco
alcanzaba a seccionar algunos nombres. Esa primera generación llevaba
nombres armenios, aunque o pasaran el riguroso examen del Registro Civil.
Pero en familia se los llamaba por su nombre verdadero; el apócrifo era
el de los documentos. Con las edades sucedía lo mismo. Algunos se
agregaban años para poder viajar como mayores, porque no tenían ningún
familiar. A otros, por falta de dinero, les quitaban años y pasaban como
menores. Era cuestión de sobrevivir” (26). Relata
Carlos Prebble, descendiente de escoceses y españoles: “mi abuelo
materno llegó, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires;
viajaban con él muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le
preguntó su nombre, él dijo “Moisés José Almendra”. El empleado le
contestó: “¿Cómo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En
el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaban
Almendros. Y así se apellidan sus descendientes argentinos. En
“Historia de una inmigración”, leemos: “Contaba una señora que el
apellido de muchas familias tiene un origen particular: cuando comienza la
inmigración, muchos no tenían siquiera un documento. Otros por
cuestiones de la guerra dejaban a sus hijos a cuidados de otras familias,
quienes los anotaban con el nombre de estas familias. Las familias
representaban a los lugares de origen. La familia Huck, por ejemplo, era
en alusión a un pueblo de nombre Huck en la zona de Rusia, Saratow”
(27). Notas 1
Grinbaum, Carolina de: “Llegaste”, en Inmolación.
Buenos Aires, el grillo, 2002. 2
Druetta, Roberto Antonio: “Inmigrantes”, en Colonia
Castelar. Su centenaria epopeya de trabajo y amor 1890-1990, citado en
www.nalejandria.com/01/tarbut/novedad/pikudei/inmigr.htm 3
S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín,
Buenos Aires, 2 de febrero de 2002. 4
Vázquez-Rial, Horacio: op.
cit. 5
Garasa, Delfín Leocadio: La
otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad.
Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987. 6
Podestá, M. T.: Irresponsable.
Buenos Aires, Editorial Minerva, 1924. 7
Isaac, Jorge E.: Una ciudad
junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986. 8
Zeballos, Estanislao: La rejión
del trigo. Madrid, Hyspamérica, 1984. 9
Báñez, Gabriel;: Virgen.
Barcelona, Sudamericana, 1998. 10
Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires,
20 de octubre de 1999. 11
Alonso de Rocha, Aurora: La
casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001. 12
Betti, Atilio: La noche
lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984. 13
Barone, Orlando: “El avance de la intolerancia aldeana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000. 14
Anzorreguy,
Chuny: op. cit. 15
Watch, Ana: “Clara, una niña judeoargentina víctima del
nazismo”, en www.fmh.org.ar. 16
Muzi, Carolina: “En el nombre del arte”, en Clarín
Viva, Buenos Aires, 22 de junio de 2003. 17
Lojo, María Rosa: Finisterre.
Buenos Aires, Sudamericana, 2005. 192 pp. (Narrativas) 18
Alpersohn, Marcos: Memorias
de un colono argentino, en Judaica
N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La
colonización judía. CEAL,
Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, 1984. 19
Fernandez Moreno, Baldomero: La
patria desconocida. 20
González, Oscar: “La anunciación”, en El
Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000. 21
Arcuschín, María: De
Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986. 22
Posse, Abel: El viajero de
Agartha. Buenos Aires, Emecé, 1989. 23
Báñez,
Gabriel: op. cit. 24
Shua, Ana María: op. cit
25
Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “PERSONAJES
Miguel Caride El pintor olvidado”, en La
Nación Revista, Buenos Aires, 24 de abril de 2005. 26
Bedrossian, Eduardo: op. cit. 27
S/F, con la colaboración de Pablo Münter: “Historia de una
inmigración”, en www.basoenlared.com.ar. ..... Así
viajaban los inmigrantes hacia la “tierra de promisión”. Tristeza,
incertidumbre, enfermedades, los acompañaban, pero también la esperanza
de que en la Argentina encontrarían paz, libertad y bienestar. *
Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz. **
En marzo de 2001 se abrió en el Palais
de Glace la muestra “El tesoro de la memoria”, ambientada como un
buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación de la misma:
“Guillermo D’Aiello, el curador, la presentó como si fuese un barco
cuyos ocupantes reciben un ‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba
en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el Corriere
de la Sera” La Nación, 25
de marzo de 2001. *** Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas por Claudio Savoia- recuerdan que “Cuando la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles habían despertado su propia historia”. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de enero de 2000. |
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III Primeros dias |
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La
travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación
argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se
remiten a las instituciones que los orientan. Algunos
inmigrantes son esperados por sus parientes, a los que conocen en el
momento de arribar a la Argentina. Así sucedió a Carmina, cuyos tíos
“importaron a una hija de España porque el médico que operó a
Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía
una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera
viajar”. Al llegar la asturiana, de quince años, la tía le dice: “Aquí
no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita
disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera
vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con
medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la
llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una
bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica.
Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos
en hierro y calcio”. Pero
todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a
Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles
el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a
la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a
cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección.
Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de
la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la
casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la
tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas
nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en
ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el
juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón” (1). El
padre de Gladys Onega “Llegó solito, y cuando fue a la casa de su tío
Agapito Vega, hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo
pusieron a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como aquella
que le reservaban siempre al tío Agapito en la casa da pena de
Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El tío que lo encandiló en
Galicia con la ilusión de América fue el primero que empezó la
destrucción de la ilusión?” (2). “A
la Argentina –recuerda Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires- no se podía emigrar sin un contrato de
trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de
mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija,
mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una
sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya
amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado
hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La
habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas
plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que
era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6
en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien
estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir
con todo bicho viviente” (3). Cuando
llegó en el “Bremen”, en 1929, mi abuela pasó en casa de unos
parientes los pocos días que faltaban para su casamiento. Mi abuelo había
llegado mucho tiempo antes, y vivía a unas cuadras. “Generalmente
los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía
ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados,
siendo muy jóvenes (12 0 14 años) a parientes o compadres que los
estaban esperando” (4). Acerca
de su padre, sus tíos y su abuela, que dejan Turquía, relata Silvia
Isjaqui Sereno: “Cuando la guerra terminó
y llegó el primer giro los embarcaron como bestias apiñadas con
rumbo a América. Cualquier cosa parecía mejor que lo vivido y además la
esperanza, esa mariposa volando en el medio del pecho. (...) cuando
llegaron al puerto de Buenos Aires los esperaban parientes. que los
llevaron a comprar ropa decente a Gath y Chaves, el brillo que entonces
tenia la gran ciudad los encegueció, Elías no se reconocía en los
espejos que le devolvían una imagen pulcra y graciosa” (5). Una
inmigrante armenia dijo a la investigadora Nélida Boulgourdjian: “Al
llegar a Buenos Aires, en 1924, vivimos ocho días en casa de mi cuñada,
en la calle Niceto Vega. Después alquilamos una casa cerca de la calle
Canning. Mi marido era carpintero, ganaba bien. A los pocos meses
compramos un lote en Liniers, a pagar en diez años” (6). Los
que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del
desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un
destino” (7). Algunos se hospedan en otros hoteles. Días después, se
trasladarán a un conventillo; a una vivienda más digna, o viajarán
hacia el interior. Notas 1.
Fernández
Díaz, Jorge: Mamá. Buenos
Aires, Sudamericana, 2002. 2.
Onega,
Gladys: Cuando el tiempo era otro.
Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999. 3.
Varela,
Luis: De Galicia a Buenos Aires
–Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996. 4.
S/F:
“Características de la inmigración vasca en el Cono Sur”. 5.
Sereno,
Silvia Isjaqui: “Un par de zapatos”, en SEFARaires,
N° 44. Buenos Aires, Diciembre de 2005. 6.
Boulgourdjian-Toufeksian,
Nélida: Los armenios en Buenos
Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires,
Centro Armenio, 1997. 7.
Vernaz,
Celia: La Colonia San José. Santa
Fe, Colmegna, 1991. El
Hotel de Inmigrantes
Quienes
llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel (1), sólo si observaban
el reglamento de la institución. El mismo figuraba en el Manual
del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que “Después de
cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los
utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá
ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar
las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte
destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que
en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el
sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el
timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto.
Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está
permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el
horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2). Un
pionero holandés se alojó allí: “En mayo de 1889, el vapor Leerdam
trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco
llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta
la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros
soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los
huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el
hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio
hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo
paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres
Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada
Colonia del Castillo‘ ” (3). El
friulano Juan Faccioli fue uno de los “integrantes de aquella primera
migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al
llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al
Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban
habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero
luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron
llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del
otro lado del arroyo El Rey” (4). Por
ese entonces, “La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco
edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del
hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro
Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de
Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se
destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y
presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto
fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que
nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo
edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos
veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los
inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían
al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en
esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de
lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración,
pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y
la luz penetran por todas partes” (5) Marcos
Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó
a la Argentina en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las
chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de
madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en
infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos
inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa”
(6). Alberto
Gerchunoff relata que “Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos
llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las
colonias fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado al Hotel
provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida y triste, sin
alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio
semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena,
sitio de paseos dominicales” (7). Al
Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria
Arcuschin: “Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de
alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido
apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea
colonial con el crecimiento de una futura ciudad” (8). En
la carta que envía al periódico El
Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en
Tucumán, expresa: “En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel
de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como
si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no
aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en
plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación,
manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos
creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era
cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me
insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo,
y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”. En
el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: “Al fin llegamos
al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda
comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos
y bien presos” (9). José
Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó
en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que
las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y
abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado
sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar
mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las
autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo
pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi
caso” (10). Marta
B. de Pellegrini escribe: “Llegar a un lugar donde todo era desconocido,
la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la
incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una
especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el
ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el
hoy llamado ‘viejo hotel’ sirvió de nexo entre lo trágico y
conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos
por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para
recibir y albergar a los inmigrantes” (11). En
el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda que el
dormitorio “era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando
vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos
dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día
siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y
estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían
tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia”. Va
a visitar a unos paisanos: “Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto
con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de
ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la
dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de
volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se
pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que
era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron
tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al
motorman para que me indicara dónde bajar”. Encuentra
a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y
promete pasar a buscarlo al día siguiente. ”Al volver al Hotel, Meltzer
me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la
Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un
relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno
según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día
siguiente” (12). En
su poemario Las huecos de tu cuerpo,
Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en el Hotel. La hija
le dice: “Suspendida del verano/ como las/ glicinas de la calle Leiva/
‘flor quieta y desnuda’*/ tus pies se arrastran/ en la noche/ como una
alucinación/ que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/
tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de Lituania”
(13). Allí
nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en
Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres,
en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes,
cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el
exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la
Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también,
como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada
resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado
para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y
por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus
obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de
nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la
prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la
Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la
ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana,
apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de
notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (14). En
el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco
Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los
magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica
como sus primeras buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca
aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a
esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí
con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo” (16). Relatado
por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es
curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad
que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se
le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con
leche –cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían
en regaderas –ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes
cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin
la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía
con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había
visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires
–era la visión europea de América- y después, como había estado en
muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá
sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó
que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se
encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes
dormitorios para todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños
de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando
empezaron a comer. Dice que nunca habían comido –ni aún en su posición
buena primaria en Hungría- como
habían comido en el Hotel de Inmigrantes” (17). En
septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El
estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la
ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción
histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con
el coraje de iniciar una nueva vida” (18). Para ello, contaron con la
colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel,
quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y
mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de
Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta
de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros. Dora
Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel.
Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy
limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres
españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había,
todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate” (19). El
doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que,
siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién
llegados en el hospital del Hotel. El relata: “Los que cursábamos
medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes
del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en
sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las
miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y
conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que
asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las
historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de
los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban
dando escape a su dolor moral” (20). Felipe
Fistemberg Adler escribe que, al llegar a la Argentina, su madre y otros
familiares se alojaron en el Hotel: “Desde Nizni Apsa, Checoslovaquia,
el 30 de noviembre de 1930, llegaron a Buenos Aires, a bordo del barco
‘Massilia’, Abraham (Alter) Leibovich, su esposa Jane Adler, su hija
Leique de un año de edad, y Rifke Adler, hermana de Jane. Rifke Adler era
mi futura madre, que estaba por cumplir 26 años de edad. Las autoridades
de la J.C.A., los alojaron inmediatamente en el entonces Hotel de
Inmigrantes, donde permanecieron por una semana. Mi tío Alter venía
destinado a la colonización con la promesa de obtener una parcela de
tierra. El nuevo y provisorio destino, Buenos Aires, deslumbró a los
varones inmigrantes, y ante el ocio de la permanencia en el humilde Hotel
de Inmigrantes, un grupo se aventuró a sus calles y al regresar
exhibieron el primer choque cultural: se habían afeitado sus peies
y barbas, atributos distintivos de la ortodoxia de la época, en la que
todos ellos habían sido educados. Ese hecho les valió la reprimenda de
las mujeres, que, en especial mi madre, conservaron las leyes y costumbres
religiosas hasta sus últimos días”. Los representantes de la J.C:A:
los alimentaron durante esa semana “con pan, aceitunas, alguna fruta y
agua” (21). Los
alemanes del Admilral Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes.
Uno de los militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe en su
diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las
hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la
Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para
nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta
fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de
nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando
estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000
millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la
contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros?
Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos” (22). Juan
Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de
diciembre de 1939, el hundimiento del Graf
Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques que llevaban
alimentos de acá para
Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus
recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel
de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo
hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después
vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de
dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres
paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y
otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación
a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de
los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de
Buenos Aires”. (23). En
la biografía que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán croata
Miro Kovacic: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí
nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en
Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los
pies” (24). Valentín
Bianchi, llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un
paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico
saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones
tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo
viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los
recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado
durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se
dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy
distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la
mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se
presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía
trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas
oficinas se desempeñaría como empleado contable” (25). La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno |