La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larsson - (Destino, Buenos Aires, 2009, 731 páginas)
por Germán Cáceres

El título suena extraño, como un chiste. Y aunque la novela no es humorística, sino un trhriller muy original, está bien empleado porque abundan situaciones desmesuradas, pues varios de los personajes, además de queribles, son especiales (lesbianas, bisexuales, hackers), y su comportamiento dista bastante de lo que se entiende por vida normal. Pero pese a su extensión, una vez que se ha empezado a leer el libro, el lector cae preso de su encanto y está condenado a devorarlo en el menor tiempo posible.

Es la continuación de Los hombres que no amaban a las mujeres, y forma parte de la trilogía Millennium, que se completa con La reina en el palacio de las corrientes de aire, y que los fans del autor (que ya los tiene desparramados por todo el mundo) están esperando su publicación en la Argentina con la misma ansiedad con que los seguidores de la serie Lost aguardan su última temporada.

Hay que aclarar que Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) falleció de un ataque cardíaco antes de ver publicada su obra. Fue un notable periodista que bregó contra la violencia y atacó a los grupos de extrema derecha que estaban incrustados en la trama del poder político y económico de su país.

Esta novela se centra en el tráfico de blancas hacia Suecia (un personaje afirma: “Suecia es, proporcionalmente, uno de los países que más putas compran, per cápita, de Rusia o de los países bálticos”). Pero si bien las operaciones criminales están ejecutadas por delincuentes poco inteligentes, marginados y sádicos, entre los principales responsables del comercio sexual figura un desertor de los servicios de inteligencia militar de la ex URSS (GRU), que se incorporó a la policía de seguridad sueca (Säpo), la cual le permitió que en su vida privada incurriera en el maltrato de mujeres. También están comprometidos un abogado, un psiquiatra y miembros de la policía.

El aporte de Larsson, más allá de su capacidad de generar imaginativas historias que se bifurcan y crean un suspenso que hace evocar al mejor Hitchcock, consiste en presentar una radiografía de varios aspectos negativos de la sociedad sueca. Así, existe una legislación ejemplar que no sólo castiga a los que controlan el negocio de la prostitución, sino que también condena severamente a los puteros (en la Argentina se les ha comenzado a llamar prostituyentes), es decir a los clientes que pagan a las prostitutas, pero en la práctica no se los apresa ni se los juzga, tal vez porque en ese grupo figure la franja ilustre del país (otro personaje comenta: “La ley no es más que fachada. No se aplica”).

Mikael Blomkvist, el periodista integrado al equipo de la revista Millennium (el título de la saga), es el héroe del primer libro. En éste aparecía un personaje insólito, Lisbeth Salander, extremadamente simpático por sus extravagancias y su libertad sexual, que padece el síndrome de Asperger, una variante del autismo (sufría de lo mismo el chico de El curioso incidente del perro a medianoche, esa maravillosa novela de Mark Haddon). En esta continuación ella se transforma en el personaje principal, que se entretiene resolviendo ecuaciones e incursionando en el célebre teorema de Fermat (las cuatro partes en que se divide La chica… están precedidas de fórmulas matemáticas). Sus habilidades son tales (entre las que se cuentan hazañas informáticas y conocimientos de boxeo), que por momentos adquiere proporciones de superhéroe femenino, a la manera de los cómics norteamericanos, aunque Larsson soslaya con soltura ese peligro.

La novela también denuncia que el periodismo miente, que su espíritu no es informar, sino distorsionar las noticias para obtener beneficios económicos. Asimismo, lo considera poco profesional porque desconoce lo que comunica.

Por si todo esto no fuera suficiente, “Lisbeth  descubrió, por consiguiente, que el método de tratamiento psiquiátrico más frecuente en el siglo XVI todavía se seguía practicando, en el umbral del siglo XXI…”

Parece que los defectos de las democracias representativas se hacen sentir en todos los países del planeta, aún en los supuestamente más dignos.

Excelente la traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.

Germán Cáceres

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