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La Condesa de Noailles
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Juana de Ibarbourou |
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Observa Ortega Gasset, al referirse a la poesía de Ana de Noailles: “Si hubiese habido mayor número de mujeres dotadas de los talentos formales para la poesía, sería patente e indiscutible el hecho de que el fondo personal de las almas femeninas es, poco más o menos, idéntico. no es, por tanto, nada extraño que en Ana de Noailles, postrera poetisa, hallemos una rara coincidencia con la primera mujer versipotente: con Safo de Lesbos”. No nos convence el Señor Ortega y Gasset, a pesar del respeto que nos causa su nombre, y más bien pensamos, con Remy de Gourmont, que “el universo es una selva de diferencias”. Mujeres “versipotentes”, como dice con cierta pedantería el Director de “Revista de Occidente”, ha habido en suficiente número para que, si quisiera añadir la prueba a la simple afirmación, hubiese ya demostrado que idénticas han sido las almas de Santa Teresa, la Avellaneda, la Agustini y la Mistral, para no citar sino los primeros nombres que a la memoria nos vienen. Claro es que, de manera general, puede aseverarse que en el fondo hay identidad; más tal aseveración podría también hacerse respecto de la producción masculina y aun de la humana, pues semejantes sentimientos agitan todos los espíritus y no es raro que, desde que los primeros poetas comenzaron a expresar sus penas y sus regocijos, parecidas notas hayan brotado de sus liras. Si nos fuera dado juzgar de manera absolutamente objetiva, observaríamos una fundamental semejanza en la producción lírica de nuestra especie, como resultado de nuestra común conformación espiritual. Compara el insigne escritor a quien hemos venido refiriéndonos, las poesías de Safo a las de la Condesa de Noailles y encuentra en ambas la misma sensibilidad. Más perceptible es aún la consonancia espiritual de Ana de Noailles y Juana de Ibarbourou, sin que de ella haya de sacarse por consecuencia, teoría semejante a la expuesta por Ortega Gasset. Guardémonos de hacer ligeras generalizaciones y, al mismo tiempo que marquemos sus simpatías, sepamos advertir sus divergencias. “No hay dos rosas iguales”, dice el proverbio persa. La disposición de los pétalos, la forma, el tono, el camino que sigue la savia por los canalillos circulatorios, hace un ejemplar único, individual, inconfundible, de cada una de los millones de rosas que se abren, se marchitan y se deshojan en los jardines encantados de Chiraz y Naisapur. Diez, quince veces habíamos oído decir: Juana de Ibarbourou es un eco de la Condesa de Noailles. Confesamos que tal afirmación nos causaba cierta molestia. Parecíanos que se trataba, malévolamente, de abatir a la admirable uruguaya y lo que más nos enojaba es que teníamos la íntima seguridad de que quienes así opinaban no conocían siquiera a la francesa. De sus poesías, recordábamos sólo las que aparecieron traducidas en “Los Jardines de Francia” y dos o tres que en “Les Anuales” saboreamos. Hemos leído, últimamente, gran parte de su obra y, si es cierto que existe afinidad entre su espíritu y el de la sudamericana, también lo es que hay diferencias de matices que los singularizan. Ana de Noailles es el complicado producto de muchas razas; su alma es más compleja; su expresión, más artificial; su cultura, más vasta; su panorama, más extenso; más sensual su temperamento. Juana de Ibarbourou es producto de muy distinto ambiente. Se conoce que su contacto con la Naturaleza ha sido más íntimo. Su poesía brota espontáneamente como la flora salvaje de los valles andinos. En ella casi no hay cultivo; todo surge sin esfuerzo. Su amor al campo no es literario, como el de la europea. Además la Ibarbourou no es morbosa como aquélla. Su amor no tiene las múltiples irisaciones que aparecen en “Je t'aime et cependant.. ”, en “O mon ami, souffrez...”. El amor, en la uruguaya, es puro, cristalino como el agua de un manantial roqueño. El triángulo de ambas poesías tiene por vértices: el Amor, la Naturaleza y la Muerte. He aquí como se reflejan estas tres entidades en los dos espíritus femeninos. “Naturaleza do alma profunda en que reposa el cielo, ningún hombre con mi fervor ha amado la claridad del día, el agua luminosa, la tierra donde un soplo de vida ha germinado..." exclama la de Noailles, y Juana de Ibarbourou, más concretante, nos habla así: “Yo siento por el agua un cariño de hermana. ¡Cuánta suavo dulzura para mí de ella mana! Yo entiendo lo que dicen las gotas cantarínas. La Uuvia, en mi ventana, tiene vocob divinas”. (La buena Criatura)
Un pájaro se baña En una charca turbia. Mi presencia lo extraña. Se detiene. Me mira.... Nos sentimos amigos... . ¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos! (Bajo la Lluvia). Y en la “Pequeña Llama”, nos dice: “Yo siento por la luz un amor de salvaje”. La Naturaleza, en la poesía de la Ibarbourou, aparece menos romántica, menos humanizada, más real. La primera, suele invadir el campo pictórico y busca, casi siempre, la nota de color, (“Paisaje Persa”, “Tarde en España”, “Los Viajes”). Es una visual, amante de contrastar los toques de color, mientras que el lector atento encuentra en la segunda un tipo de olfativa. ("Flota un olor de surco removido y de tierra sedienta”.
“¡No sientes en mi trenza olor a musgo, amante?”
“¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!” ¡Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas!
‘‘Huelo a hierba clara, nacida en la mañana----”) El alma de la Ibarbourou no se proyecta en la Naturaleza; más bien los bosques, las montañas, el agua, el viento, las flores, se adentran en su alma, la envuelven y llegan a absorberla. Es amiga “de lagartos de ojuelos dorados y de orugas de un verde esmeralda”; gusta de irse a la lluvia, “descalza y ligera de ropa, con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia oblicua, menuda y refrescante del agua”. se indigna ante un hombre que, al pasar por una enredadera florida, la azota con su látigo y hace que caigan al suelo, innumerables y mutiladas campanillas azules. “Acto torpe y lleno de maldad” (dice ella); al agua la llama “Sor Caridad” y al decir “Selva” experimenta íntimamente “la sensación del bosque, todo apretado de musgos, runruneante de píos y de rosas”, y le huele “a eucaliptos, a álamos, a sauces, a grama” y le suena “a viento, a agua que corre, a pájaros que cantan y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes”, y en su espíritu evoca “redondeles de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. Ortega y Gasset dice que el genio de la Condesa de Noailles es “vegetativo" que, “siente el universo como una magnolia, una rosa o un jazmín”. Y Fernán Silva Valdés, gran poeta de la República Oriental, afirma: “Juana de Ibarbourou: tienes mucho de árbol; Tú misma me lo has dicho con tu voz sin igual. Juana de Ibarbourou, tienes tanto de humana — Juana de Ibarbourou —, como de vegetal”. Los dos sienten el amor de distinta, de opuesta manera. Es en la europea, garfio que fatalmente hace sufrir al amado: “Te amo y, sin embargo, tanto daño te he hecho, que un instante, ante mí, quedaste como muerto...”; es malsano sentimiento de poder más allá de la muerte: “Escribo para que, cuando yo muera, y que un joven me lea, sienta su corazón conmovido y para que por mí olvide a su esposa y a ella me prefiera”; y es, sobre todo, afirmación de la personalidad femenina, sensación de imperio: “por mis ojos, más poderosos contra ti, que las armas...." ...................................... “Pues mi vida tiene sobre ti ese infinito imperio que a mí os une como un muerto a su tumba.. En la hispano-americana es necesidad continua del contacto amado : “¡Que nunca recuerde caminos ni sendas! ¡Fatiga: en sus nervios aprieta tus vendas! ¡Molicie: Sé el perro que guarde la puerta!” Es sumisión: “Lo que soy para ti”. Cierva que come en tus manos la olorosa hierba. Can que sigue tus pasos doquiera que van. Estrella para ti doblada de sol y centella. Fuente que a tus pies ondula como una serpiente. Flor que para ti sólo da mieles y olor. Todo eso yo soy pira ti. Mi alma en todas sus formas te di. Cierva y can, astro y flor. Agua viva que glisa a tus pies. Mi alma es Para ti, Amor”. Es gozosa aceptación del sufrimiento: “Por ti sufriré. ¡Bendito sea el daño que tu amor me dé!”
“Es mi alma, mi alma que desea una cruz de amor grande y doliente, de pasión y martirio.
¡Mi alma roja y blanca, de rosal y de lirio! Los dos espíritus aparecen con mayores semejanzas, al hablar sobre la muerte. Para ellos significa, únicamente, la cesación del ser, y se duelen, sobre todo, de tener que dejar de gozar de los privilegios de la vida: la luminosa y cálida caricia del sol, el perfume y el rumor de las espesuras, el contacto del agua, el ritmo de las estaciones que perennemente se suceden, el estremecimiento del amor. Sienten la miseria de su carne que es polvo y con el polvo ha de confundirse: “Esto cuerpo ondulante, al pasar do los días, Tendrá su frente calva y sus cuencas vacías. Y he de hundirme en el sueño solitario y profundo...” exclama Ana de Noailles y con idéntico sentir dice la Ibarbourou: “No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza. .................................................. No me oprimas las manos. Son de polvo mis manos. Y al estrecharlas tocas comida de gusanos”. Las dos conciben la muerte como un aniquilamiento total; el “más allá”, como “el país sin viento y sin follajes, al cual nunca visitan la luz ni el amor” (Noailles); “como un reino de sombras estrujadas y prietas” (Ibarbourou). Ambas se estremecen ante la lóbrega perspectiva del no ser: “¡Qué pues! Haber sido la vida. Y cesar de ser por toda la eternidad”. (Noailles) “Ha de llegar un día. En que he de estarme quieta ¡Ay, por siempre, por siempre!” (Ibarbourou). Ni imaginan, -vida ulterior, ni se debaten, como Luisa Luisi, en medio de las angustias da la duda; no aceptan creencias ni tienen la curiosidad intelectual que impele a inútiles inquisiciones. Duélense, únicamente, de que al morir, ellas yacerán eternamente, bajo la tierra pesada, mientras la vida bullirá afuera: “Otros vendrán, dispuestos al placer jubiloso. Parejas juveniles cantarán sus amores, Contemplando las mieses, los campos, las labores. De la estación que vuelve la color delicada... ¡Y yo estaré ya muerta y yo no veré nada...!'’ dice aquella y “Me iré desmenuzando en quietud y en silencio, bajo la negra tierra, mientras encima mio se oirá zumbar la vida, como una abeja ebria”. entona ésta. Pero la una y la otra presienten una “lucha de su carne por Tolver hacia arriba” y mientras Ana de Noailles exclama: “Y yo veré, entonces, lanzarse de mis huesos un bello rosal que ascienda hacia la luz del sol.....” con semejanza que ha hecho pensar en una posible influencia, dice la Ibarbourou: “Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen En la greda amarilla do mis huesos menguado». Por la parda escalera de las raíces vivas Yo subiré a mirarte en los lirios morados! Culmina el paralelismo — dice Ortega y Gasset, siempre refiriéndose a Safo y a la Condesa de Noailles — en haber dicho la primera de sí misma que era “ pequeña y morena”: “mikra kai melaina”. “La segunda no lo dice, pero lo es maravillosamente”. Por su parte, la Ibarbourou nos hace esta encantadora confidencia : “Más soy esta noche, sin oros ni sedas, Y estoy toda ungida de esencias de nardos. Esbelta y morena como un lirio vivo. ¡Y soy toda suave bajo el manto esquivo!” |
por Agustín Basave
Publicado, originalmente, en:
Inicial. Revista de la nueva generación Nº 5 B Mayo de 1924
Inicial. Revista de la nueva generación se publicó en Buenos Aires entre octubre de 1923 y febrero de 1927. Aparecieron once números consecutivos y dos números 5
Link del texto: https://ahira.com.ar/ejemplares/inicial-no-5-b/
Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,
que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.
Ver, además:
Juana de Ibarbourou en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
Email: echinope@gmail.com
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