El otro Montevideo
por
Ida Vitale

Lanzar as barcas do Mar

-De névoa, en ruma de incerto

—Pra mim o longe é mais perto

Do que o presente lugar.

                      Mario de Sá-Carneiro

Me someto hace años, por amor a Montevideo, a la creación de una ciudad mágica y tormentosa, establecida entre aguas y vientos, que bien podrían llamarse con ese mismo nombre creado, discutido, extraño: Montevideo.

Los nombres reciben a veces un aura envolvente desde las ciudades que ellos designan. En otras ocasiones la sonoridad de unas pocas sílabas teúrgicas levanta en vuelo partículas de lo que nombra y las fija para siempre en la más receptiva cíe las sustancias, en la memoria del que detesta el juego pesado de la realidad. Así para mí Basora, Upsala, Urgel y, para algunos, Montevideo. El mundo se agravia ante duplicaciones que considera inútiles y entonces los que hemos incurrido en ese pecado de supuesto derroche, nos retraemos, llevando hacia más sombra nuestras perversas aunque inocentes imaginaciones.

A mi Montevideo, como a Cartagena de Indias, la rodean murallas de previsión, en piedra rosada y gris, cuya tarea principal es impedir que escape el aroma a azahar, madreselva y eucalipto y que la invasión de los olores marinos no se produzca de manera muy tumultuosa. Dentro, esta suma fragante corre con las calles arboladas y pulcras. Estas tienen nombres invariables, sensatos, cuyo homenaje se comprende y acepta. A veces son bellos por guaraníes, a veces por antiguos, pero su belleza siempre se respeta y transmite de un siglo a otro. Cambian los colores de la ciudad, entre amarillo o verde o datilado, según las estaciones o los lectores, según fresnos, gingkos, plátanos o paraísos.

¿Quién, dentro de sus obras, aún las imaginarias, no vela ciertas preferencias? Dentro de esta mía, tan ardua e incompleta que debo vigilarla segundo a segundo para que no se derrumbe, me empeño en construir el mar vecino. Para mirar cómo se tiende y elige sus matices, tengo que dar la espalda a la ciudad. A veces toda ella es resaca, aunque ese mar no es imaginario sino falso, quizás lo único falso de esta real ciudad imaginaria. Pero esto no importa demasiado puesto que tanto a las gaviotas como a las toninas parece darles lo mismo y se sirven de sus aguas como si fuesen las del más impuro e irrefutable mar.

De todos modos corre junto a él una rambla verdadera y en algún punto se inauguran a diario, abismo y cumbre a la vez, ensimismada quietud y vértigo atómico, los más legítimos y eternos monumentos de la ciudad: “las cuatro esculturas ardientes: Lautréamont, Laforgue, Herrera y Reissig, Agustini".

Las cuatro estatuas abrazadas en camaradería de esplendor en el alto territorio verdaderamente cierto del espíritu, a las que Neruda vio darse “las manos de piedra oscura” a la orilla de la realidad, existen ya, Y no sólo en la palabra del chileno; también en la convicción de un mexicano, seguro de haber caminado a su alrededor en un atardecer embriagado. Y en el sentir de un personaje de la novelista cubana Julieta Campos, que “acaricia con ojos enternecidos la estatua de Lautréamont en el malecón de Montevideo como si fuera de su propiedad.”

Pero, claro, existe otra ciudad falsa, cambiada por tropelía, que refleja el mismo mar, repetidor abominable, ciudad en la que hubo furia y palabras vacías, en la que se abrió como una sima esa plaza de la tergiversación, que tantos poetas ven funcionar como una copela de tizones en sus ciudades no imaginarias. Ningún monumento de esta ciudad ha merecido la existencia verdadera del mito, ninguno ha sido celebrado como los de la otra, la legítima.

También existe un hospital, “el gran Hospital de Montevideo, con sus grandes lámparas en el techo y los numerosos hombres delirantes en las camas y una religiosa española de increíble belleza...” Quizás me equivoque, pero para mí la forma que corresponde a esa construcción, seguramente discordante, en el concreto conglomerado que todos transitan, es la del hospital Maciel. Allí recaló Hugo von Hofmannsthal, enfermo de no sé qué mal, mientras cumplía uno de los peregrinajes periódicos en los que buscaba la implícita verdad de la vida de los hombres, que él quería leer en los rostros como quien lee un jeroglífico, un signo. Allí oyó decir para siempre, desde la cama vecina, a un inglés de veinticinco años que moriría un año más tarde, una frase que éste le había oído a su padre: The whole man musí move at once [1]. El hombre todo debe moverse a la vez.

El vienés no olvidaría esta frase, que convertida en una de sus verdades de sustentación aparece en su Libro de los amigos. En 1901, regresó a Austria al fin de este periodo de trashumancia y sintiéndose desquiciado ante las cosas de su tierra, como todo aquel que ha vivido también con intensidad las particularidades de otras, escribió en Las cartas del viajero a su regreso cómo había encontrado en Montevideo, en esa época, criaturas hechas de una pieza, con su gran aire patriarcal, como él dice nostálgico. Hofmannsthal, capaz de buscar a través del mundo esa esencia caída en desuso, la armonía, fue otro de los tantos que ayudó a edificar esa imagen ideal que es necesaria a toda ciudad para que esté de veras viva y fuera de peligro de extinción.

Imagen que puede ser fugitiva y suspendida en el cielo, como la que nos deja Dino Campana, el infortunado poeta italiano, cuando frente a la nave que lo lleva a Buenos Aires, entre las dunas, "aparece sobre un mar amarillo de la portentosa riqueza del río, del continente nuevo la capital marina. Límpida, fresca y eléctrica era la luz de la tarde...” Luz de Montevideo que es real y es fabulosa.

Sobre la arquitectura lógica, monótona y colonialmente cuadriculada de la ciudad —porque Bruno Mauricio de Zavala no trazó Montevideo en círculos, como Campanella su ciudad del Sol— flota, pues, un plano divagado, con sus ondulaciones y sus curvas y sus recovecos en donde los imaginativos querrían perderse, dados a la maravilla. Todo el que ama la ciudad afirma en este cielo sus deseos, sus sueños, quita o pone tapias, colores, perspectivas, jardines, rescata árboles escondidos, destierra a quienes los crucifican. Cada mañana o tarde o noche bien vivida en la ciudad creada le agrega un rincón definitivo a la otra, a la dudosa e inestable.

Una ciudad es un lenguaje con sus diferentes niveles. Existe un lenguaje profundo, por eso mismo secreto e intrasmisible de uno a otro ser, que sólo se ejecuta entre la urbe y cada uno de ellos. De ahí que haya en realidad tantos lenguajes como habitantes hay. Después está el otro, el superficial, que por serlo se expresa mejor en una superficie, en los muros. De nuevo se enfrentan las dos ciudades. La legítima fue intuida, una vez más, por Neruda, que leyó en sus “paredes la palabra poesía”. Y quizás la poesía esté circulando de manera secreta y lo descubramos algún día. La falsa nos impone a todos sus “graffiti” con el despotismo inmodesto de su ingenio, a veces original.

Nota:

[1] Georg Ch. Lichtenberg tomó del mismo sitio, The Spectator, de Addison, la misma frase como lema de uno de sus incitantes e inagotables cuadernos de apuntes o aforismos.

por Ida Vitale
 

Publicado, originalmente, en Revista Biblioteca de México Nº 15 / 16  - Mayo / Agosto de 1993
 

Ver, además:

 

          Ida Vitale en Letras Uruguay

 

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