|
Gabriela desplegó sus alas y voló en busca de un mundo diferente porque éste, en el que le tocó vivir le quedaba chico y no encontraba en él las cosas que su corazón ansiaba.
Cerró los ojos y se dejó llevar por el viento, de la mano de la Virgen que, en su día, tal vez la llamó y le prometió otras dimensiones donde sí prevalecen los sentimientos, la alegría, la dulzura; donde no existe el odio, ni la envidia, ni el dolor; donde todos se quieren y se entienden y se ayudan.
Gabriela quiso caminar hundiendo sus pies en las nubes; sentir una brisa suave acariciándole el pelo; mirar y mirar sin pestañear una bóveda celeste, inmóvil, inmensa; respirar hondo, segura de que ya nada podría causarle pena, y sonreír desde el alma con esa sonrisa fácil que para todos tuvo.
Quizá nunca entendió la vida, o la entendió demasiado.
Quizá esperó del ser humano más de lo que somos capaces de dar.
Quizá se equivocó. Para nosotros sí se equivocó porque la queríamos aquí, porque la extrañamos, porque dejó un vació que nadie puede llenar.
Para nosotros.
Pero para ella, ¡quién sabe!
Ella hizo lo que quería hacer. Dio un paso que muchos quieren dar y no dan. No tuvo miedo, no vaciló, y eligió lo que su corazón le decía que era lo correcto.
Equivocada o no, está donde quiere estar, elogiándole a la Virgen sus vestidos, a los ángeles sus brillantes cabellos ondulados, y a Dios, sus ojos.
|