Estrella

 

Cuando ingresamos a trabajar al ferrocarril, en julio del año setenta y cinco, las chicas destinadas a una misma sección formábamos un grupo alegre, bullicioso y temeroso a la vez; un promedio de veinte años de edad; un revuelo de polleras kilt, pulóveres rojos o verdes y bufandas de lana largas hasta las rodillas; un agitar de melenas brillantes y rostros sin maquillaje, apretadas una contra otra como para brindarnos mutuamente confianza y seguridad ante el momento desconocido de nuestro primer empleo.

Todas menos una, que seria y silenciosa se mantenía sola y al margen del parloteo de las demás. Iba pobremente vestida y su cara demostraba cansancio y poca ilusión.

Con el transcurrir de los días se fue abriendo un poco y así pudimos enterarnos de su infancia triste, sin padres, viviendo con parientes lejanos nada afectuosos y luchando a brazo partido para salir adelante.
Nunca participaba de las actividades del grupo fuera de la oficina; nunca tenía dinero, ni tiempo, ni ropa.

Lo que sí tenía era novio, y lo adoraba.
Era una de esas mujeres guerreras de las que hablan los tangos, dispuesta a sacarle los ojos a quien osara posar sus ojos en él, sea con la intención que fuera.
Vivían juntos en el Paso Molino, en el último apartamento de un largo corredor estrecho, lleno de niños, perros, huesos y olor a frituras.
Y se casaron. 
Ella estaba feliz con su alianza ancha y su hombre al lado.
Recuerdo que me encomendaron redactar unas líneas en la tarjeta que acompañaba el regalo de los compañeros de oficina, y que escribí la primera frase que se me vino a la mente: "Porque quizá merezcas esta felicidad más que cualquiera de nosotras...".
Poco más adelante tuvieron un hijo que fue para ella la consagración de su felicidad. Dio a aquél bebé todo el amor que tenía adentro, más todo el que a ella no le dieron, más todo el que andaba flotando en el aire. 
Quererlo más no podía. Era imposible.

Después empezó a aparecer con marcas de golpes y signos de llanto; y en más de una oportunidad tuvo ataques de nervios en el baño, que le dejaban los dedos de las manos y los pies agarrotados como tenazas.

Esa parte de la historia es larga, así que la resumiré diciendo que aquel hombre andaba en malos pasos, que terminó preso, que se divorciaron y que ella sufrió lo indecible, pero que, acostumbrada a la lucha y al dolor, siguió adelante con más fuerza y tesón que antes pues tenía consigo lo mejor de su vida: su hijo, ese hijo dueño de todos los amores y a quien le volcó además el sentimiento que le había correspondido a su marido.

Y estaba alegre. Siempre con su ropa humilde, en su pobre casa y con poca plata, pero tan feliz que muchas veces nosotras no la comprendíamos.

Después cada una consiguió un empleo mejor y nos fuimos del ferrocarril una tras otra. Algunas estuvimos en contacto un tiempo, otras lo estamos hasta ahora, y con otras no nos vimos más.
Una de las chicas se encontró un día con ella por la calle, hablaron, y juntas contactaron a todas las demás que pudieron ubicar para coordinar una reunión después de catorce años.

Fuimos a su casa. Linda casa.
Nos recibió encantada de vernos, alegre y hospitalaria, sonriente, con su nuevo esposo a un lado y su hijo al otro.
¡Pasen, pasen!
Y la sorpresa nos envolvió.
Su casa era una maravilla de buen gusto y lujo; nada desentonaba con nada; todo era hermoso y bien ubicado; nada faltaba ni sobraba.
Ella se desenvolvía como siempre, como cuando vivía en aquellas dos piezas en el Paso Molino con cortinas floreadas en lugar de puerta.
Ninguna de nosotras vivía mal, pero de todos modos no podíamos disimular nuestro asombro frente a tanta belleza y exquisitez.
La velada fue hermosa y duró hasta la madrugada. Los recuerdos de los viejos tiempos en el ferrocarril fueron el tema principal; y también las vidas actuales de cada una: algunas casadas, unas con hijos, otras sin ellos, otras separadas, algunas solas...
El segundo esposo era un encanto de persona, y el muchachito a quien habíamos visto nacer, un poco tímido y el vivo retrato de su padre.
Cuando salimos, antes de tomar cada cual su camino, el comentario se impuso: "¿Cómo tiene tanto esta chica ahora? ¿De dónde salió esta casa, este lujo, esos autos, la riqueza, los viajes?. ¿Algún juego de azar tal vez?".
Nunca lo supimos.

Nos reunimos un par de veces más, y nos mantuvimos por un tiempo en contacto telefónico; y un día nos pasamos una a otra la noticia: Pablo, el hijo, había muerto en un accidente pocos días antes de cumplir dieciocho años.

Entré a la sala del velatorio abriéndome paso y buscándola entre la gente.
La encontré recostada sobre un sillón, descalza, narcotizada y con los ojos y la mente perdidos en el espacio y el tiempo, en un lugar más allá del sufrimiento.
Apreté su mano sudorosa pero no me respondió. Le acaricié el pelo desarreglado, pero ni siquiera giró su cabeza hacia mí. Solo un rato después me miró con una mirada tan vacía que parecía que podía verse a través de ella la pared color verde agua que había detrás.
Pensé: "¡Cómo te ha chicoteado la vida, amiga!. ¡Que no darías por aquellas piezas viejas con cortinas floreadas; por el ómnibus repleto de gente a las siete de la tarde; por el poco sueldo del ferrocarril; y por tu hijo junto a vos con championes gastados y ropa de segunda mano!".

De eso hace casi seis años.
Cada cinco o seis meses la llamo y siempre encuentro una voz amable y agradecida "por acordarte" y un "a ver cuando venís por casa...". Es un tono sin alteraciones, sin matices, como la grabación de una voz de muñeca.
Y me doy cuenta de que aquella muchacha luchadora y tesonera que conocí hace tanto tiempo ya no existe; ya no hay nada que la impulse ni le importe porque dio a su hijo todo el amor que tenía y no dejó ni un poquito para sí misma. 
No se quiere más ni quiere vivir.
Sólo espera reunirse con Pablo; acariciarlo, mimarlo, y sacudirlo suavemente en la cama diciéndole "despertáte hijito", tal como lo hizo en el ataúd aquella mañana en que sin morir del todo, se fue con él.

Adriana Tusinelli

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