La imagen del Maestro

por Emilio Carlos Tacconi

Originalmente, en: Suplemento dominical de El Día Año XLIII Nº 2212 Montevideo, 18 de enero de 1976  .pdf

Inédito en internet. Digitalizado por el editor de Letras Uruguay el 7 de mayo de 2026. Conste

El Maestro es el espejo en que el niño se mira a diario. El niño observa, intuye, asimila. Con el oído, la vista, con la imaginación. Está en plenitud de receptividad. El Maestro enseña con su técnica, con su programa didáctico, con su esquema docente: Gramática, Aritmética, Geografía, Historia... Abre un mundo de alegorías. de sueños, de milagro.

El niño es el candor, la frescura, el amanecer, el rocío de la vida. Función del Maestro es —primorosa función de alfarero— la de construir ese mundo onírico de duendes con los moldes de la poesía y la ternura para que el niño llegue a hombre —llegará, sin duda— conservando, en la medida de lo posible, la esencia del candor, el aire de frescura espiritual, los pájaros del amanecer y la gotita de rocío que alimente su corazón como aceite de lámpara.

No hay balanza para pesar los quilates de la función social del Maestro.

No se ha inventado aún el instrumento para tridimensionar la trascendencia humara de su obra. No hay granero capaz de almacenar los frutos de su paciente siembra de lámparas y sueños. Por algo la palabra Maestro tiene un origen tan prominente; una etimología de tan preclaro linaje. Como que proviene de la radical mag. de magno, es decir: grande, de magnitud, de volumen de estatura.

Maestro es una palabra para ser escrita con mayúscula. Con minúscula es simplemente oficio, burocracia, rutina. Maestro, con mayúscula, es vocación. creatividad, genio.

Una cosa es ser artista. Otra es ser Maestro en arte. Lo mismo ocurre en la ciencia, en la técnica, en la rnanualidad. Maestro es una jerarquía. un rango, una investidura.

En el Maestro del aula hay algo de ciencia y de arte, de rnanualidad y de técnica, de estudio y de experiencia, de intuición y de ininterrumpido aprendizaje. Enseña a los niños y aprende de los niños. Da y recibe. Pero lo que recibe lo devuelve, sublimado, con creces. Y embelleciéndolo desde luego, con la cuota personal de alma, cálida y comunicativa: con el mensaje humano, de afectivas resonancias.

El Maestro le da su aliento a la escuela. El aliento de sus pulmones y el de su espíritu. El aliento de su palabra y el de su corazón. El aliento de su carácter, capaz, a veces, de escalar montañas; y el aliento de su optimismo, capaz, también a veces, de alcanzar el cielo con la mano.

Honor a la túnica blanca del aula, a la mano que calza el anillo simbólico de la abeja, a todos lo« próceres de la docencia pública, de todos los tiempos y de todas las latitudes.

por Emilio Carlos Tacconi

(Especial para EL DIA)

Originalmente, en: Suplemento dominical de El Día Año XLIII Nº 2212 Montevideo, 18 de enero de 1976  .pdf

Inédito en internet. Digitalizado por el editor de Letras Uruguay el 7 de mayo de 2026. Conste

 

Publicado, originalmente, en: Suplemento dominical de El Día Año XLIII Nº 2212 Montevideo, 18 de enero de 1976 

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

 

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                      Emilio Carlos Tacconi en Letras Uruguay

       

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