El niño y el juguete

por Emilio Carlos Tacconi

Ilustró Eduardo Vernazza

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVII Nº 2390 Montevideo, 5 de agosto de 1979.pdf

Inédito, al 16 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Desde el primitivísimo juguete, creado por manos anónimas, como una necesidad del espíritu, en los tranquilos albores de la humanidad, hasta la nerviosa edad moderna de la tecnología, que inventa y reproduce los nuevos modelos a escala industrial, hay todo un proceso de siglos, una sucesión de generaciones, un mundo de sueños y ternuras, que concitan la admiración de los pueblos civilizados, sin distinción de geografías y dialectos, identificados todos con el signo común de la emoción estética y el íntimo regocijo.

 

Es preciso remontarse con el pensamiento a los tiempos de la antigüedad para intuir, con ánimo sentimental, cómo seria el modelo del juguete príncipe; con qué rústica herramienta se habría elaborado; qué vuelo imaginativo tendría el autor; y qué sabor inefable de ingenuidad le nivelaba con la mentalidad infantil.

 

A lo mejor todo se redujo a la improvisación de una muñeca de trapo ante la cuna para acallar el lloriqueo del bebé con inflamación de encías. O a la trabajosa talla en madera de un pintoresco fantoche, de cómica fisonomía, para diversión de párvulos descontentadizos.

 

De todas maneras, hay que convenir en que el autor del primer juguete —¿por qué no autora?— fue un sembrador de ilusiones, un poeta con ternura de abuelo que entró por los ojos al corazón del niño; un pensador —sin proponérselo— que supo dar forma corpórea al sabio aforismo de que no sólo de pan vive la criatura humana. También la risa, el buen humor y la gracia, son alimentos indispensables.

 

Entre el molinero, que tritura el grano de trigo pata nutrir nuestros glóbulos rojos, y el hacedor de juguetes, que muele el grano de sueños para alimentar los númenes del espíritu, hay una relación armoniosa de oficios, que ennoblece el sentido de la vida.

 

El juguete es el símbolo de la niñez; de la niñez sin edades ni distinción de estaturas físicas ni de color de piel. Se es niño a los tres años y también a los cincuenta, cuando se conserva fresco el espíritu, limpia la intención, puro el pensamiento. Y transparente la ingenuidad de la buena fe.

 

Venerables señoras hay, de cabellos blanquísimos. que contemplan su colección de muñecas con infantil arrobo y cuyas habilidosas mano le hacen tiempo a la aguja para renovarles, de vez en cuando, el esplendor de los vestidos.

 

Y venerables abuelos hay, de avanzada calvicie, que reviven el candor de la niñez o del andamiento, al compartir con el nieto, en la playa o el campo, el hilo de la cometa acunada por el viento y la inocente alegría de remontar el corazón a las nubes.

 

El juguete tiene duende, magia, sortilegio. Desarruga el ceno del niño, le engolosina los ojos, le aquieta los desasosiegos, le endulza la sonrisa, le ilumina el óvalo de la cara. En el Árbol de Navidad es como descolgar una estrella. En el hueco del zapato el 6 de enero es el milagro de los Reyes Magos. En el día del cumpleaños es el destello del afecto familiar.

 

De lejana estirpe son el tambor y la cajita de música, el patito nadador y la pequeña batería de cocina; el jueguito de té de porcelana y la pelota de colores.

 

El niño es feliz mientras juega. Sobre todo cuando juega a solas, lo que le permite a veces dialogar consigo mismo; con su propia individualidad. Ya sea construyendo un castillo de arena a la orilla del mar, con su palita, su baldecito y su imaginación; o cantándole el arrorró a una muñeca; o haciendo sonar un cornetín de carnaval; o pedaleando con ímpetu su triciclo; o armando un rompecabezas; o haciendo bailar en la mano un payaso de resorte; o conversando a media lengua con el osito amarillo de tela rústica, rellena de aserrín. O simplemente, paseando por el jardín, triunfalmente enarbolada, como en la parábola de Rodó, la copa de cristal —que momentos antes, vacía, era musical— y ahora, colmada de arena, en vez de música, ofrece una magnífica rosa blanca luciendo su esbeltez entre la muchedumbre de flores.

 

Hay juguetes que el tiempo desplaza hacia la comarca del recuerdo: los trompos y las bolitas, entre muchos otros. Con ellos ocurre lo que con los terrenos baldíos y otros signos de la vida ciudadana. Desaparecen poco a poco. Hoy es raro encontrar una rueda de niños, agachados, observando cómo uno de ellos prueba puntería contra la bolita adversariga o procura introducir en el hoyo la suya propia. Lo mismo que es raro ver, dentro de un círculo de pequeños competidores, una mano que enrolla la chaura en su breva bailarina, para hacer saltar "limpito" de la troya un trompo ajeno, con estrepitosa algarabía de los testigos de la genial jugada.

 

Lo que difícilmente desaparecerá es el hombre de los globos, deambulando por todo lugar de pública expansión, con su frágil mercadería en alto, acribillada por miles de codiciosas miradas; y la cónica techumbre giratoria de la calesita, con su típico organillo, de cadenciosa música popular...

 

Más de una vez uno se ha preguntado: ¿qué piensa, qué siente, qué suena, en ese mundillo de ficción, el niño en vacaciones, que gira y gira cabalgando en el lomo de un cachorro de tigre o navegando en principesca góndola de ilusión? ¿Qué le dice a su sensibilidad esa llamativa escenografía, de nerviosos dinamismos, de abigarrado gentío, de grititos y risas y rezongos paternales? ¿Y qué piensan, qué sienten y qué suenan, los niñitos que, haciendo cola tras la verja circular, aguardan impacientes que les llegue el turno para gozar la inefable emoción de trepar sobre aquel caballo azul que da vueltas y vueltas ante sus ojos deslumbrados?

 

El juguete, grande o chico, humilde o suntuoso, antiguo o moderno, original o de serie, mudo o parlante —como el muñeco del ventrílocuo, por ejemplo— de uso individual o colectivo, cumple siempre una función social de trascendencia, al estimular en el niño la alegría del vivir y los saludables gozos del espíritu.

 

Nosotros nos permitimos rendir culto a la memoria de todos los modelistas y hacedores de juguetes de todos los tiempos; y, en especial, al genio poético de Walt Disney, que nos dio la gracia de Mickey, el esplendor de Blancanieves, la ternura de Bambi, la deliciosa fealdad de Pluto, la monumental figura de Dumbo y... la simpatía gruñona del Pato Donald... Sin olvidar —de ningundísima manera— al florentino Calo Collodi, que acercó a la almohada de los pequeños, predisponiéndolos a bien dormir, la cariñosa compañía de Pinocchio, para velar su sueño como un Ángel de la Guarda...

 

Eso no quiere decir — ¡por favor!— que desestímenos el juguete electrónico —el avión, el automóvil, el robot, etc.— propio de esta era de la conquista espacial, del avance de las ciencias y la tecnología y del predominio mundial de las computadoras. Ni tampoco quiere decir que dejemos de pensar que el mejor juguete; de ayer, de hoy y de siempre; el más bello, el más deslumbrante, ha sido, es y será, por los siglos de los siglos, el que, siendo obsesión en la imaginación del niño, estuvo siempre lejos de sus manos. — lejos como el fulgor de las estrellas— más y más codiciado cuanto más inalcanzable...

por Emilio Carlos Tacconi

Ilustró Eduardo Vernazza

Inédito, al 16 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

 

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Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Emilio Carlos Tacconi en Letras Uruguay

           

Editado por el editor de Letras Uruguay

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