El piano quemado

cuento de Juan Carlos Somma

Inédito, al 26 de septiembre de 2026, en Internet. Escaneado, y editado, por el editor de Letras Uruguay. Conste.

ilustración de Anhelo Hernández

 

Los electricistas dijeron que todo estaba bien. Creo que en un momento estuve a punto de sugerirles algo. Algo que tuviera que ver con su inspección. Pero no supe qué y permanecí apoyado en la venta. Temí que sospecharan. Ellos no, claro.

Eran dos, y cuando se iban, por el corredor de de museo, me parecieron, de espaldas, un par de sepultureros que acabaran de que enterrar a alguien que había tenido que ver conmigo. Le dieron las explicaciones al padre Ecónomo y se fueron. No quisieron cobrar.

-o0o-

Yo... había quemado el piano. El símbolo. Cuando la campana marcó la hora del almuerzo, los Padres y Hermanos se dirigieron al comedor. Al dejar mi celda, tomé el frasco del alcohol que se usaba para la cara después de afeitarme, corrí al fondo del museo, abrí la tapa del piano, derramé en el interior el contenido de la botellita y arrojé un fósforo encendido. Bajé la tapa, puse el frasco en el bolsillo de la sotana y corrí al comedor. Al llegar a mi sitio en la mesa, mis hermanos de religión acababan de sentarse. Se iniciaba, con la sopa, la lectura de un trozo de la Biblia.

"El símbolo”, pensaba yo.

Me latían con fuerza las venas del cuello, y al asir la cuchara, advertí que me temblaba la mano.

Era la primera ves que disimulaba de esa manera, algo que en un momento me pareció que nada tenía que ver conmigo, y casi no me daba cuenta.

Me acomodé en la silla, y al hacerlo, palpé en el bolsillo, como a una pequeña caja de sorpresas. el frasco vacío.

¿Se habría apagado, tal vez? Yo habla bajado la lapa inmediatamente después de arrojar el fósforo, era muy posible que se hubiera apagado. Entonces, el símbolo persistiría.

Un piano enorme, de cola, antiguo; había pertenecido a la familia de un presidenta de la Republica, y sus descendientes lo habían donado al museo histórico del Convento. (Mi Convento tenía una cantidad de cosas: bodega, museo histórico, gallinero, apiario, colegio, sala de música...) Ya casi no sonaba. Más de una ves me había acercado a el, con extraña reverencia, como atraído por un misterioso parentesco. Sus cuerdas parecían el cadáver de un enorme pescado muerto hacía tiempo, abandonado en una playa sin nombre. La semana anterior me había quedado mucho rato mirándolo y presionando sus teclas afónicas, tristes, verdaderamente muertas. La caja sí era hermosísima. De la mejor madera negra, labrada y pulida. Cuando apoyaba mi mano en su brillo, la sombra de mis dedos persistía, como un reproche. Se imponía, como un dueño. Mientras no lo abriera nadie. Mientras nadie intentara sacar de el una melodía cualquiera. Solo, en el fondo del museo, aislado sobre una tarima hecha expresamente, parecía un mausoleo a la apariencia inútil. Ese fue el parentesco.

Mi comunidad. Yo también... Los ritos. La cantidad pulida de ceremonias impecables. Las preceptos y las costumbres cubriendo adecuadamente una moral resquebrajada, sin raíces, apuntalada con devociones y novenas. La fila de niños con guardapolvos limpios, las primeras comuniones con músicas tiernas y estampitas de recuerda, las obligaciones impuestas y los premios, sobre todo los premios... Y el catecismo de memoria, con aplausos y medallas.

Tu áurea, Domine, miserere nobis..."

Casi no me di cuenta cuando el lector anunció que ya se podía conversar. Acababan de servirme el postre, y permanecí en silencio, sin saber que  decir. Por debajo de la mesa, apretaba sin darme cuenta y hasta dolerme los dedos, el frasquito de alcohol.

En cambio, las llamas podrían haberse difundido y tomado el edificio ... y los dormitorios, y la Iglesia ...

-o0o-

"¡Se está incendiando el museo!"

Como tocados por una picana eléctrica, salimos al patio, olvidando las oraciones de regla. En la ventana del museo, al otro lado del patio, se erguía, apretada y segura, una enorme columna de humo gris, sin llamas.

Segundos después, corríamos hacia allá con baldes de agua. El corredor del museo parecía un túnel donde se hubiera desmoronado una parte de su bóveda. No se veía el fondo. Llamas, como pequeñas burlas agazapadas, emergían momentáneamente de la masa de humo. Cuatro baldes de agua fueron suficientes para terminar con el fuego. El aislamiento del piano; en el centro del corredor, había impedido que las llamas arrasaran con el resto del museo. Aligerada la nube que nos envolvía a todos, aparecieron los restos crepitantes. Las patas delanteras del instrumento, eran sólo dos tizones abandonados sobre la tarima. Y el resto de la cola, caído hacia adelante, como una entraña descuartizada y abierta, derramaba un entrevero de cuerdas duras y retorcidas.

Con el balde en la mano, me quedé mirando el espectáculo, ausenta. Mis tres colegas de salvataje, también. Me dio lástima verlo así. Era casi un ser humano al que yo había sometido a las llamas de mi inquisición. Deseé encontrarme en cualquier otro lugar, sin tener nade que ver con todo eso. Me lloraban los ojos, por el humo.

En un movimiento lento y mecánico, sin quitar los ojos del muerto, alcé mi balde vacío, como para darlo vuelta otra ves sobre las maderas húmedas y ennegrecidas que chistaban un doler vegetal, casi mío.

Había quemado el piano. Había quemado el símbolo. El símbolo de lo que yo era. No había quedado nada. Todo estaba igual, a diferencia de mi dolor, acaecido por la burla del fracaso. Todo estaba igual.

Desde el otro extremo del corredor, se acercaban el padre Superior, el Encargado del museo y el padre Ecónomo, en silencio y anhelantes.

"...un corto circuito..., una colilla de cigarro..., algún empleado con malas intenciones. .., sí, un corto circuito.. "

—"¿No convendrá llamar a loe electricistas, para que no se vuelve a repetir?”

—"¿No convendrá llamar a los electricistas, para que no se vuelva, a repetir?"

Secundé la sugerencia de uno de los que habían corrido con su balde, suspirando como sí me desahogara. Me acerqué a la ventana y eché un poco hacia afuera la mitad superior de mi cuerpo. El humo, en el aire, se diluía, apenas, como el recuerdo de una tristeza. Tuve deseos de vomitar. Mi pierna apretó contra la pared el frasquito de alcohol que conservaba en el bolsillo.

Había sido, sobre todo, un susto; nada más. Un recuerdo menos en el museo atiborrado. Y las cosas, poco a poco, retomaban a su estado normal.

Todavía me lloraban un poco los ojos— a causa del humo.

cuento de Juan Carlos Somma

 

Publicado, originalmente, en: Marcha Montevideo Año XXVI Nº 1220 Agosto 28 de 1964

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)                              

                   

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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