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La playa cuento de María Inés Silva Vila La casa tenía puertas y ventanas hacia el mar, pero ellos las mantenían cerradas porque mirarlo los volvía tristes. Las olas, que venían a morir una tras otra en aquella desmesurada orilla, a intervalos siempre iguales, les recordaba algo que para mayor felicidad habían olvidado pero que se mantenía siempre a flor de piel; amenazaban, con su continuo devenir, ese tiempo sin plazos de que disponían. Preferían abrir las otras ventanas, las que daban al prado, donde los somnolientos árboles no se movían en la tibieza de un inmutable mediodía. A veces se alejaban caminando, disfrutando cada uno de la compañía del otro, porque era la que habían elegido. De regreso, se cuidaban de no mirar hacia la costa, porque entonces el encanto se rompía y todo tenía un comienzo, culminaba y buscaba su término. Allá, en el horizonte, el día agonizaba para nacer de nuevo y volver a morir. Por eso, ellos trancaban las puertas y ventanas que se abrían al mar y vivían sin pausa el uno con el otro. Sólo a veces, cuando llegaba alguien, bajaban a la costa a recibirlo. Era un amigo. A ese lugar —se fueron enterando con el tiempo— sólo llegaban los amigos. Cada uno tenía a alguien a quien esperar. Ellos también. —Cómo se demora el muchacho —decía ella. —Aún no es tiempo —respondía él. —Es extraño —continuaba la mujer—, a veces me confundo, me parece que lo estoy esperando como antes de nacer. Es la misma ternura. Cuando al fin el muchacho llegó, allá en el horizonte amanecía. Estaban todos en la playa, los amigos y ellos. Después lo llevaron a la casa y quedaron solos, los tres, como antes. Se quedaron mirándolo. El no dijo nada. Los abrazó y salió corriendo, hacia la playa. La mujer lo siguió hasta la puerta y se detuvo. —No quiere quedarse. —Nadie quiere, al principio. —Esto lo ha separado de alguien, de una mujer. —Ella también vendrá, cuando le llegue el día. —Vendrá, sí. Y entretanto, él deberá esperar, cara a cara con nosotros, que nada podemos hacer. En la playa, el muchacho corría hacia el mar y el mar lo rechazaba hacia la orilla; se internaba de nuevo y venía a morir con las olas sobre la arena fría, una y otra vez. El horizonte volvió a hacerse noche y así siguió encendiéndose y apagándose como un faro descomunal que avisara: “Alerta: Tierra”. Nadie sabe donde empiezan las calles; donde entramos en el rigor del tiempo. Hay un lugar incierto donde todo comienza: los rostros, las palabras, el corazón sin pausa. Alerta: Tierra; planeta cotidiano, azotado tan sólo por el miedo, porque todo se va de entre las manos de aquellos que lo habitan; todo muere, todo se pierde y tiembla por temor de perderse. El bar estaba desierto a aquella hora. Las sillas patas arriba sobre las mesas anunciaban que estaba próxima la hora de cerrar. Pero ellos querían tomar un último café, alargar de alguna manera el tiempo de estar juntos; ellos, dos enamorados como tantos otros. Siempre buscaban pretextos. Ahora era el café. Otro día, uno de los dos decía “cuando termine el cigarrillo”, o “cuando se apague la luz de aquella ventana”. Pretextos para burlar el plazo, la cuota diaria de compañía mutua. Se habían preferido entre toda la gente. Eso, y no otra cosa, era quererse. Pero aquella elección se rebelaba contra los términos, contra el de hoy y el de mañana y el del último día. A esa hora estaban siempre tristes. La ciudad también. Parecía deshabitada. Un hombre, detrás del mostrador, se adormecía esperando que ellos decidieran irse. Los pocilios, blancos con un fondo de café redondo como una ficha; las colillas apagadas, pertenecían a una realidad desmayada, parecían próximos a desaparecer. Ya en camino hacia la puerta les llamó la atención una pared totalmente escrita. Se entretuvieron un momento con los nombres entrelazados, con las frases inocentes y torpes. Y entre tanta palabra que no agregaba nada, pudieron leer: “Aquellos que se amaron volverán a encontrarse, para siempre, en una playa lejana”. Se quedaron quietos, con miedo de espantar la certidumbre, el aire milagroso que los había tocado. Oyeron el mar como en el hueco de un caracol. Con los ojos cerrados esa costa pareció de verdad un lugar para encontrarse. Antes de irse escribieron sus nombres en la pared. Creían haber tocado el paraíso con la mano. |
Cuento de
María Inés Silva Vila
De "Felicidad y otras tristezas"
Biblioteca Artigas Colección de Clásicos Uruguayos Volumen 187
Biblioteca Nacional de Uruguay Montevideo 2011
Ver, además:
María Inés Silva Vila en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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