Felicidad

cuento de María Inés Silva Vila

Sólo ahora, que me siento feliz, que he encontrado, por fin, un lugar en el mundo, puedo contar mi historia. La verdad es que nunca tuve buena suerte y me vi siempre obligada a hacer lo que no me gustaba. Hoy, a los veintiséis años de edad, localicé algo en que ocuparme, delimité una zona del mundo en la cual me es posible moverme. Podría decir, sin temor de exagerar, que he dado con mi destino. Siempre sentí que el mundo me exigía demasiado; me molestaba, en forma más o menos consciente, que no me dejaran en paz. Siempre he odiado hacer cosas: desplazarme de un lado a otro, decidir, empeñarme en eso que los demás llaman trabajo. En cierta manera, los hombres de acción me resultan de lo más ordinarios. Ni yo misma se por qué. La gente debería parecerse a las plantas: sin lugar a dudas, la vida vegetal es la mejor y más digna. Eso de andar corriendo tras la comida, esa voracidad general de que solemos padecer los humanos, se me antoja decididamente inferiorizante. Hubiera preferido ser árbol. Los árboles, nacen, crecen, se reproducen y mueren sin alegría ni desesperación. Un árbol es un ser que no solicita empleos, ni cuelga en los ómnibus, ni frecuenta la sordidez como un amigo. Un árbol es un ser milagroso que se basta a sí mismo. Por eso trato de parecerme a los árboles: soy casi tan grande como ellos y casi tan quieta y podría asegurar que hasta me asemejo en la manera de pensar. Pienso, por ejemplo, colores. Estoy segura de que ese es un pensamiento indudablemente vegetal. Es una costumbre que tengo de chica y me resulta altamente tonificante.

Me sentaba en un rincón de la casa y decía: voy a pensar “el rojo”. Inmediatamente mí mente se llenaba de un vapor carmesí que me dejaba en suspenso, casi a las puertas de un desmayo feliz.

También pensaba en formas. Los triángulos me gustaban mucho; más que los círculos, que me recordaban algunas señoras amigas de mamá. Tampoco me disgustaba tejer y acumular un punto y otro sobre las agujas, pero me hubiera gustado hacerlo indefinidamente, sin tener que preocuparme de disminuir o aumentar. O sea que lo único que podía tejer eran bufandas, pero a la quinta que terminaba en un invierno, mi madre se negaba a comprarme más lana, a riesgo —decía— de convertimos todos en jirafas. Y no era que yo tuviera mala voluntad. Muchas veces intenté aprender y ayudar a mi madre a hacer pulovers, pero al rato me olvidaba y seguía tejiendo derecho, asentando la placidez de mi espíritu en amontonar lazos iguales sobre la aguja brillante.

Mientras vivió mi padre no advertí tanto el rigor de la vida. Era muy benévolo conmigo y por otra parte ganaba dinero suficiente como para que yo no me viera obligada a hacerlo. Pero mi madre, aunque también era muy buena no era tan paciente, y cuando se vio sola con nueve hijos para mantener empezó a exigirme que ayudara, aunque fuera, en casa. No sé por qué la gente dice que el trabajo de la casa es sencillo. Yo puedo atestiguar que no es así. En esa época, para dar gusto a mi madre, me levantaba a las siete de la mañana. Pero, qué puede hacer un ser humano normal a las siete de la mañana? Perdía aproximadamente una hora en recorrer la casa ensimismada, tratando de encontrarle algún sentido a mi madrugón. ¿Y ahora qué hago?, me preguntaba. Todo lo que había por hacer, podía hacerse más tarde o no hacerse. Mi madre se me adelantaba siempre y ya había ido al mercado cuando yo me levantaba. Tenía que moverme en el mayor silencio, a riesgo de despertar a mis hermanos menores que todavía exigían cuidados y entorpecían las tareas domésticas. Antes que se despertaran debía estar casi todo pronto. Pero a mí se me pasaba el tiempo pensando y cuando regresaba mi madre, apenas si había arreglado algo. Era extraño; ella, en cambio, en un rato, ordenaba y limpiaba todo. Seguramente, yo no había nacido para ese tipo de quehaceres.

—Te gusta cocinar?, me preguntó mi madre un día. Al principio me pareció precioso. Pero después, no sé, no fue que no pusiera empeño en ello, pero me empezaron a suceder desgracias. Un día fui a bajar la cafetera que estaba en un estante alto y resultó que estaba llena de café. El líquido fue cayendo, negro y perfumado, sobre mi cabeza. Recuerdo que pasó un rato sin que se fuera el olor, aun después de lavarme. Otro día estaba haciendo caldo: levanté la tapa para espumarlo y la apoyé en la mesa, lo que es lógico y natural. Después lo tapé de nuevo, pero no me di cuenta que al hacerlo se había pegado una caja de fósforos. Al asomarme a la olla para repararlo una vez más —porque era cuidadosa— ya había ocurrido el gran desastre: los fósforos flotaban entre las verduras. Hubo que tirarlo. Una lástima, ya lo sé, pero nadie nace sabiendo y además, no lo hice con mala intención.

Pero fue entonces que sucedió lo peor: una tarde de lluvia. Las tortas ya aparecían doradas y crocantes en el gran sartén, cuando el aceite empezó a enloquecerse y saltar en todas direcciones. Asustada, traté de apartarlo del fuego, pero sólo conseguí volcarlo íntegramente y para colmo de males, quemarme las dos manos. Mientras me curaban, yo miraba los pedazos de masa flotando en el charco de aceite, sobre las baldosas de la cocina. Estuve muchos días con las manos inutilizadas, ambulando por la casa sin poder hacer nada. No es que eso me molestara mucho, pero estar imposibilitada siempre es triste.

En esa época conocí a Alfredo. Era amigo de mi hermano mayor y venía con frecuencia a casa. No tardó en venir a visitarme a mí sola. Nos sentábamos en la sala y charlábamos largas horas. A mí me gusta conversar pero a veces no se qué decir. Creo que a Alfredo le pasaba lo mismo, porque no eran pocas las ocasiones en que guardábamos silencio. Con todo, era divertido. Más aún cuando empezamos a jugar a la lotería. Entonces sí nuestra relación pareció formalizarse. Nos sentábamos con la familia en la mesa del comedor y pasábamos la tarde llenando cartones. Los cartones tienen colores muy lindos. Disfrutaba en aquel tiempo de una dulce sensación de bienestar. Todos me felicitaban y tenían razón al hacerlo porque Alfredo era un gran muchacho, sobre todo, si se tiene en cuenta de que era más alto que yo, lo que es bastante difícil. Mi madre estaba encantada con él, le preparaba los platos predilectos, le regalaba sacos tejidos por ella misma y, con el tiempo, llegó hasta a zurcirle las medias y lavarle las camisas. Yo le hice no menos de media docena de bufandas. No creo que ningún hombre pueda pedir más. Sin embargo, incomprensible como todos ellos, fue espaciando las visitas. Aunque no es del todo improbable que yo haya tenido la culpa. Un día —el último que vino a verme— le anuncié que había encontrado trabajo. En casa escaseaba cada vez más el dinero y no había más remedio que ingeniarse para conseguir más. Pero Alfredo no pensaba así. Se enojó y se fue y aunque lo llamé varias veces, y hasta llegué a ir a buscarlo al café, no hubo forma de que se reconciliara conmigo. Ahora me doy cuenta: Alfredo era muy celoso. No podía permitir que yo trabajara. Con todo, insistí y hasta llegué a prometerle que renunciaría a trabajar. Mi madre me había indicado que se lo dijera. “Nos arreglaremos de otra manera”, me había asegurado; “es un crimen que rompas con ese muchacho”. Pero fue en vano. “Puedes hacer lo que quieras —me dijo— yo no tengo nada que ver”.

Y entonces empecé a trabajar. Primero me destinaron a la biblioteca para ayudar. La bibliotecaria era la señora Agueda, muy miope y bastante desordenada. El primer altercado fue por eso. Traté de arreglar un poco —acá debo destacar mi esfuerzo, ya que intenté hacer algo que no hacía en mi propia casa— y guardé todo lo que encontré a mano en unos estantes, o mejor dicho, en los distintos huecos que aún quedaban en la estantería. Demás está decir que me preocupé de que los libros quedaran bien parejos, colocándolos por tamaño y que apilé las revistas con toda prolijidad. Pero parece que la prolijidad y el buen gusto no sirven para nada en una biblioteca y la señora Agueda palideció cuando vio lo que había hecho. Según pude entender después, lo que interesa es el fichero. El orden tiene que estar en las fichas. Los lugares no importan.

Y precisamente el segundo punto que marchó mal fue el de las fichas. Nunca he tenido memoria, por lo general me olvido de todo y eso me pasó con el abecedario. La verdad es que no lo sabía, y como las fichas se colocan alfabéticamente, aunque me esforzara en intercalarlas bien, ficha que colocaba era ficha perdida. Esto parece que tenía la mayor importancia y agotó la paciencia de mi maestra en bibliotecnia, porque a partir de entonces me empezaron a encomendar trabajos totalmente ajenos a los libros. Cuando me preguntaron si sabía escribir a máquina, me apresuré a contestar: al tacto. El Jefe, que era el que me interrogaba, pareció aliviarse y me dio un folleto para copiar. Cuál es el mérito mayor que puede tener una dactilógrafa? Copiar con exactitud. De eso me di cuenta ya antes de empezar y copié línea a línea, fotográficamente, tal como aparecía en la página impresa. Pero, claro está, las hojas en que yo escribía eran más anchas y los renglones me quedaban cortos, dando lugar a un hermoso margen blanco que nadie más que yo supo apreciar. Me dieron las explicaciones del caso y estiré las líneas de lado a lado. Pero resultaba que ahora el margen era imprescindible. La señora Agueda, pese a que ya no tenía nada que ver conmigo, se inmiscuía todo el tiempo en mi trabajo y era la encargada de delatarme. Creo que lo que realmente le molestaba era que yo fuera tan joven.

Así fueron pasando los meses hasta que al final, me acosaron tanto que empecé a sospechar que no sería del todo desatinado hacer abandono de mi carrera oficinesca.

Y empecé a interesarme vivamente por los avisos que publican los diarios ofreciendo empleos. Abrían tantas posibilidades! Pero leyéndolos me me convencí de que no todas las posibilidades son posibles. Hasta que un día encontré uno que me pareció adecuado a mis condiciones.

El aviso decía: “Se necesita señorita distinguida. Buena presencia”.

Al principio no me animaba a ir. Soy increíblemente tímida. Pero mi madre me dio coraje y me acompañó. Era una casa de belleza de la calle Andes. Cuando llegamos, temí que hubiera que tener algún conocimiento, de manicura, o algo así.

Pero en realidad, lo que se necesitaba, lo que resultaba imprescindible, era saber sentarse. Eso, y estarse quieta.

Un par de horas al día, me colocan en la vidriera, con el cabello suelto y el peluquero me improvisa diferentes peinados. A veces, hasta me hace dos al mismo tiempo, uno de cada lado. Es un lindo trabajo. Por otra parte, parece que soy exactamente lo que buscaban, así que creo será un trabajo permanente. Los primeros días me daba un poco de vergüenza. Se reunía mucha gente para mirarme. Lo que me tranquilizaba era ver a mamá siempre en primera fila, aprobándome con una sonrisa. Ahora ya no tengo problema; casi no viene nadie, así que me estoy quieta, mirando pasar la gente. El otro día se acercó la señora Agueda, pero se alejó sin saludarme, sin poder reprimir un gesto de fastidio. Estoy segura de que se moría de envidia.

Como dice mi madre: esto es casi como ser actriz.

 

Cuento de María Inés Silva Vila
De "Felicidad y otras tristezas"

Biblioteca Artigas Colección de Clásicos Uruguayos Volumen 187

Biblioteca Nacional de Uruguay Montevideo 2011

 

Ver, además: 

 

                      María Inés Silva Vila en Letras Uruguay

 

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