Parábola de la unidad de la luz y del amor

autor Carlos Sabat Ercasty

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLIV, Nº 2255 Montevideo, 21 de noviembre de 1976 .pdf

Inédito en Internet al 23 de mayo de 2026 fue escaneado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste

Aquel sabio maestro, madurado en la experiencia de mil reflexiones, sencillo y armonioso en su evidente profundidad, no ocultaba ante su joven alumno, lo que podría llamarse la última y más deliciosa miel de su sabiduría. ¿Cuántos años había vivido? En los días de la Tierra, había ya pasado en una década el medio siglo, mas en los de su espíritu, y en su propia revelación, él mismo confesaba que su edad era la del Ser infinito. Nace el cuerpo, añadía, sólo el, pues el alma es una inmortalidad. Hemos sido mil veces el sueño de una forma, pero sólo somos una vez el espíritu en las innumeras y sucesivas reencarnaciones. Y cuando el viejo maestro decía el alma o el espíritu, pensaba insondablemente mucho más que el que sólo escuchaba su voz.

El joven se estimulaba ante el maestro, por la madura serenidad de su presencia, por el don conmovedor y certero de su palabra, por aquel no sé que, más oculto que visible, como si viese en él una doble expresión, la exterior y fácil y la esotérica y hermética, la que más lo impresionaba, la de las revelaciones sublimes. Para comprenderlo, imaginad un sol invisible detrás de un sol manifiesto, y una luz transmisteriosa, detrás de una luz que sólo ilumina la faz sensible de las cosas.

Y ocurrió, estando ambos juntos, que el maestro, seguro de sí mismo ante las humanas incógnitas de la Creación, apoyó suavemente su mano en la frente de su alumno, y éste sintió de inmediato el movimiento y la vibración de su propio misterio, y desde un salto inesperado de su curiosidad, interrogó al anciano:

¿Qué es una frente? ¿Qué es la esfera de un cráneo, mínima copia de la esfera astral, y lo que su incógnita cavidad contiene? ¿Qué es la sangre que se vierte en el interior, en el laberinto de los tejidos, entre el frontal, los parietales y el occipital, la sangre vital que no cesa n¡ aún en el dormir, cuando ya el pensamiento calla bajo las penumbras del sueño? ¿Cómo en las fibras abísmales del cerebro y en las invisibles células cada idea toma las palabras de su vivencia? ¿Qué puentes pasan de lo tangible a lo intangible, de la vibración de la materia a la vibración inmaterial del pensamiento? ¿Y qué es en el interior del cráneo todo esto que ahora en mí está surgiendo, y lo que está aún más allá, en la hiperluz de las revelaciones, en lo que trasciende sobre la materia viva y sobre la materia inerte?

Y el maestro, no poco sorprendido ante la inquietud y la vivacidad del joven alumno, contestó:

En cierto modo, preguntar es saber, pero eres aún casi un niño, y te hablaré desde mis más ocultas intuiciones.

Y el anciano dijo entonces:

Tu cráneo se mide con dos medidas: la visible y la invisible, del mismo modo que la flor se mide por el contorno de su corola y por la esfera de su perfume, y como el sol es su disco de fuego y la esfera de su luz. Todas las dimensiones del Universo, miradas a fondo, y desde más allá de los mismos ojos, aparecen y desaparecen. Sólo son sueños, vacíos sueños que se manifiestan en la ingenua mirada de los qu« no ven con la oculta pupila.

¿Entonces mi frente, manifestó el joven, esa misma frente que fue tocada por tu mano, cabe en mi tacto, y a la vez jamás cabrá en él?

Y respondió el maestro:

Nada es su propia apariencia y todo es su esencia, y aún más, es también la dimensión infinita de su esencia. Tu frente, dentro y fuera de ella, es un hueso cubierto por una piel y una cavidad donde sueña o piensa un cerebro. Pero cuando con ella meditas y asimilas el signo ígneo de un astro en el hueco de la noche, tu frente es también un astro. Y si convierte al sol y a la constelada sombra en ideas, sombra y sol son ella también. Y si meditas los números en las oscuras matemáticas del abismo, y si conversas el misterio con Dios o con la esfinge, eres el número, el misterio, la esfinge y Dios mismo. Y si aún te sumerges más en la vida, tu frente es la vida universal. Y si colocas una palabra en cada forma y en cada símbolo, tu frente es el Verbo.

¿Qué somos, qué realidad somos entonces, interrogó el alumno? Y contestó el maestro:

Somos el alma de la Creación en la apariencia de un fragmento. Y ese fragmento se convierte en la egolátrica ensoñación de los hombres. La venda de nuestra propia sombra. Mas el Alma universal no puede fragmentarse ni aún bajo la apariencia suscitada por nuestros sentidos. Los cinco nervios de las cinco sensaciones, tejen sin cesar el multiplicado velo de las ilusiones, la danza de los siete colores y de los siete sonidos, la presencia de Maya en su irrealidad paradojalmente sensible. Imagina la Unidad, reflexiona e intuye en ella, y en la infinitud del Ser universal, y de su insondable esencia, y busca otra vez el tacto de tu frente, y te será imposible hallarlo, como te ocurrirá también si deseas corroborarte a ti mismo. Eres el mismo, pero has pasado del plano sensible al plano suprasensible, de tus ojos abiertos a la luz de los mundos, a los internos ojos asomados ocultamente a la luz de los trasmundos, del tacto con las formas de la Tierra, al tacto ideal con la intangible Unidad, ya con una profundidad impedida a los no liberados.

Y el joven exclamó entonces:

Me causa terror lo que me dices, ¡oh maestro! ¿No es la muerte lo que me estás ofreciendo?

Sí, contestó el sabio, es la muerte del sueño que eres hasta ahora, pero es además la inmortalidad do tu propio espíritu. Tu segundo y tu real nacimiento.¡He ahí la gran revelación!

Contempla ahora la Tierra y sus hombres, agregó el anciano. ¿Qué ven tus ojos con tu nueva luz desde la infinitud de tu ser verdadero?

Y el joven respondió:

Veo el sueño del mundo, y veo los incontables sueños, los hombres encarcelados en su yo, en la ilusión de su egolatría y de su egoísmo.

Y terminó así:

¡Acabo de nacer en la Unidad divina, no sólo estoy ante tus ojos, oh maestro, estoy en el Ser, y soy El en El, infinitamente identificado a El!

Y el joven bajó los ojos hacia la Tierra, y dijo aún: ¡Que todos los hombres asciendan hasta donde yo he ascendido, y vuelvan con la misma verdad con que he regresado! ¡La Unidad, sólo puede ser luz y amor!

autor Carlos Sabat Ercasty

Suplemento dominical del Diario El Día

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Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

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                     Carlos Sabat Ercasty en Letras Uruguay

                    

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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