Homero

poema de Carlos Sabat Ercasty

 

                            I
      La evocación suprema


Es la eterna leyenda del ciego visionario.
Emerge de mi torre, como de un campanario

La anunciación del ángelus! que en las melancolías

Del crepúsculo ahonda rumores de elogias.

 

¡La leyenda del ciego soñador! ¡Prometeo

Cuya peña es la sombra! ¡En su alma un aleteo

De buitres colosales extienden la pavura

De su horrible presagio... y su alma no está oscura!

 

¿Lo escuchas Prometeo? ¡Tiene el fuego sagrado!

¡Con la antorcha del numen olímpico ha alumbrado

Sus tinieblas de ciego! ¡El encierra en si mismo

La auroras del genio! ¡Oh visiones patéticas!
¡Oh rayos del artífice ! Llamaradas proféticas,

Que incendiaron las frondas hurañas de su abismo!


                          II
      Apolo y los dioses

 

El Olimpo está pleno de luz. Vierte la aurora

El enjambre dorado de sus dardos de fuego.
Las musas y las ninfas elevan como un ruego

Los himnos majestuosos en la cumbre sonora.

 

Se extienden las sagradas armonías serenas.

La canción vierte lumbre por escalas de flores.

¡Júpiter ha llegado! ¡Y ondulan los colores

Por las clámides amplias de las diosas helenas!

 

Deméter, Hades y Hermes siguen á la divina

Cazadora Artemisa. Afrodita catrina

Sumergida en sus éxtasis. Poseidón viene solo.

Trae en la mano rígida su furioso tridente.
Hefaistos, Palas, Ares, coronan la pendiente.....
¡Han venido los dioses para escuchar a Apolo!


                         III
       Alocución de Apolo

 

¡Escuchadme, magnificas y augustas majestades!

¡Júpiter, ¡Dios supremo, Señor de las deidades!

¡Poseidón. tú que agitas los dominios azules

Donde vagan las náyades envueltas en sus tules!


¡Madre de las Tres Gracias! ¡Símbolo de belleza!

¡Afrodita inmortal! ¡Y tú, cuya pureza
Mis áureos versos cantan, flechadora Artemisa!
¡Y tú, Dios del combate! ¡Y tú, cuya sonrisa


Adoran los mortales, Atenea sapiente!
¡Pido para los griegos el más digno presente,

Porque es un pueblo heroico, guerrero y soñador,

Porque a nos, inmortales, rinden culto ardoroso ....

¡Y replicó el tonante Júpiter poderoso:
¡Premia, Apolo, a ese pueblo, artista y luchador!


                          IV
      El monólogo de Apolo


¡Grecia es la madre, trágica de la heroica leyenda!

Sobre su suelo pleno de mirtos y laureles,
Cruzan en raudos giros los bélicos corceles
Y marchan los hoplitas a la roja contienda.

 

¡Grecia es la madre única del osado argonauta!

Su nave filé a las costas oscuras del Euxino.
Iban a la conquista del áureo vellocino,
Hércules, que es el músculo, y Orfeo, que es la flauta!

 

¡Yo bajaré a tus playas, oh Grecia vencedora,

Cuando duerma en su lecho suavísimo la aurora
Y abran sus áureos discos las lejanas estrellas!
¡Seduciré a una joven en un jardín fragante,
Para premiar tu raza fecunda y arrogante
Con un genio que encienda tus vastas epopeyas!


                          V
       La unión simbólica


Ya alumbré á aquellos foscos guerreros de Saconia;

Vertí mi luz fecunda en la Arcadia y la Jonia;
Mis corceles cruzaron el cielo de Corinto,
Y en la cumbre Pentélica me vi como en un plinto.

 

Doré con mis fulgores las faldas del Parnaso

Donde batió sus alas sonoras el Pegaso,
Pasé mi carro augusto rozando el Citerón
Y disparé mis dardos de fuego al Helicón.

 

Voy a unirme en los valles con la griega que adoro.

A encender en sus labios mis ósculos de oro.
A iniciarla en los hondos misterios del amor.
Y de esa unión simbólica del Olimpo y la Tierra,

Brotará, Grecia amada, quien te cante en la guerra,

Con tu heroico entusiasmo, en mi lira de Dios!

                             VI

              El niño

 

El idilio ha alumbrado su fruto. Un niño hermoso

Como una estrofa olímpica cincelada en el mármol.

Su madre se ha dormido. Ya la sombra de un árbol,

El ve llegar un grupo flotante y silencioso.

 

¡Son las nueve doncellas! ¡Las nueve inspiraciones!

Envuelven al absorto niño en sus blancos tules,
Y huyen á su morada por los montes azules

Arrullando al pequeño con sus vagas canciones !
Entre las nueve hermanas él vive juega y crece.

 

Si Apolo lo contempla, el niño se estremece,
Ellas son sus maestras. ¡ Como es dulce su hablar!
Y si ingenia sus ritmos en la mágica lira,
El siente que su numen se arrebata y se inspira
Y estallan las estrofas de su heroico cantar!


                           VII

               El poeta


Ya dejó los jardines serenos del Parnaso;
El mundo antiguo tiembla cuando escucha su paso;

Peregrino del caos, trovador de granito,
Cincel de las leyendas, broquel del infinito!

 

Homero es el océano que canta al Universo.
Es el atleta nuevo; su músculo es el verso.
Es el profeta, el héroe, el numen hecho rey,
Es el Moisés de Grecia, su tabla de la ley!


Si en las clásicas playas sonoras del Egeo,
En fantásticos sueños quiméricos, te veo

Dominando a las aguas con tu enorme canción,

Tu cabeza laureada por mirtos y laureles

Calienta, alumbra, enciende los campos de Cibeles,

Homero, cual si en ella, tu casco fuera el Sol!


                              VIII

              La epopeya


¡Júpiter de la estrofa! ¡Tu epopeya es la aurora

Que taladra las sombras de un mundo adolescente!

¡Es un dardo que horada en la entraña candente

Del pasado, arrancando su luz reveladora!


¡Por la arteria vibrante de tus vastas creaciones

Circula el gigantesco, Símbolo de la guerra!
Los dioses de tu Olimpo descienden a la tierra,
Y tus héroes son dioses con humanas pasiones!
¡Rapsoda del combate! ¡Trágico de los mares!
El alma primitiva palpita en tus cantares,

Agreste, poderosa, ingenua, osada, inquieta.
¡Fuente de tradiciones, insondable océano,
Bardo ciego, la gloria te llevó de su mano
Y el pedestal de Grecia, fuiste tú! ¡Un poeta!


                 IX
            La apoteosis

 

Iba de pueblo en pueblo, de la aurora al crepúsculo

Cantándole a los héroes del valor y del músculo

Las estrofas brotaban por su barba florida

Como la fuente bíblica sobre la peña hendida.


Un día entre los mármoles de un templo estaba solo
Y ofrendaba sus salmos litúrgicos a Apolo;
Y al naufragar la tarde, Júpiter, como en una

Abstracción infinita lo vio desde la luna.


Y después los Olímpicos llegaron a la tierra

Entre acordes de citaras y rapsodias de guerra.
Y en el éxtasis vago de la noche expectante

Apolo brindó al bardo su gran carroza de oro,

Llevólo hasta el Olimpo con el tropel sonoro
Y lo sentó a la diestra de Júpiter Tonante!


                               X
          Oración al Dios-Hombre


¡Oh divino rapsoda! ¡Hoy tus maravillosas

Epopeyas augustas son jóvenes y frescas!
¡No te adoran las turbas incultas y grotescas

Pero el númen te ofrenda sus lirios y sus rosas!


¡Dios-Hombre ! ¡Genio Olímpico ! ¡A tus pies me prosterno,
Ebrio de luz y vida, de amor y de idealismo,
Y en la frente pentélica de tu estatua me abismo

Para buscar el fuego de tu cantar eterno!

 

Extrañas procesiones de ideas me despintas

Que van peregrinando sonámbulas, inciertas,
Por los áureos senderos románticos del verso.

Parece que al influjo de mis contemplaciones,
Las magias infinitas de todas tus canciones

Vertieran en mi ensueño la luz de tu Universo!


poema de Carlos Sabat Ercasty

 

Publicado, originalmente, en: Bohemia Revista de Arte Nº 41 / 42 Montevideo 25 de agosto de 1910

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/4031

 

Ver, además:

 

             Carlos Sabat Ercasty en Letras Uruguay
 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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