Rotos los nudos visibles de mi ser,
más allá, y cuánto más allá, de lo que mi propia vida
exigió a todo el astro en que ahora me realizo,
logré restituir mi cuerpo a la tierra
y comencé a rodearla y sumergirla en mi enorme pensamiento
en un inmenso pensamiento mío
capaz de envolverla y compenetrarla íntegramente.
Yo era entonces una prodigiosa esfera ideal.
Mi alma tomó la forma de una estrella de música.
Desde el centro de mi propio ser
sentí el desprendimiento de mi idea purísima.
Toqué la hondura de la estrella
con un tacto deliciosamente celeste
y
fui sondeando las entrañas cósmicas,
y sentí la profundidad y la certeza
del Universo,
y canté las ondas de creación y de pensamiento
que se
desprenden de la mente arcana,
y toqué allí,
donde mi mundo de ahora piensa los actos de su fuerza.
Le pedí más,
le pedí infinitamente más a mi recuerdo cósmico.
Me sumergí en mis potencias elementales.
Me sentí lleno de corrientes inefablemente lejanísimas.
Hubo un momento en que todas las cosas eran fluidas,
en que el acto del
ser
entró en el movimiento de toda la creación
y no era más que una terrible irradiación de potencias celestes.
Tuve de pronto una presencia sin límites
que yo mismo la vi saltar desde un relámpago de mi alma.
En un oído divino sentí una gran voz inefable.
Yo fui subiéndome por ese canto de la Tierra.
Ah, ya no eran alturas de árbol ni alturas de montaña!
Aquella ascensión era ir por el alma y sobre el alma misma
de mi astro.
Volaba, y más que volaba,
pues no tenía ya el movimiento
ni el ritmo
del vuelo.
Pensaba, y era más que pensar,
pues no sufría las fiebres y las dudas
del pensamiento.
Aquel recuerdo era purificarse.
Aquel pensamiento era ir de la sombra a la luz,
de la música armónica a
la idea divina.
Aquel vuelo era fundirse a la belleza perfecta,
trasmutarse en la última
esencia infinita
de la más arcana idea del cosmos revelado.
Yo sé que estamos en una estrella
que es un solo pensamiento cósmico.
Y sé que yo también puedo ser una única idea radiante
que extiende su
esfera sin límites
y logra la presencia absoluta.
Yo sé bien que el sueño del Universo
es atravesado por la gran alma
cósmica
y que la creación bebe la música divina
y que la armonía de Dios
alimenta el deseo de las formas.
La esfera infinita de mi mente
no ha olvidado nunca la eterna presencia del Ser.
Ah, correr en la ola de Dios
cuando las puras ideas entran en los astros.
Sentir que la Tierra vibra espantosamente
en la órbita de su fuerza,
y estrechar mi alma a la terrible voluntad del Universo,
y así, desde
adentro de la idea celeste de mi mundo,
proyectarme a todos los astros
que queman la sombra,
y entrar en ellos junto con la ola de Dios,
y
sobrenadar más allá de la última estrella,
y decir entonces que soy el
hombre cósmico,
nacido adentro de una idea infinitamente extendida
y que los astros flotan lo mismo que yo,
en una música espiritual, inagotable
y divina!
He vivido la noche de los caminos ocultos,
y he gozado los mensajes de lo inefable,
y me rozaron angélicamente las alas del verbo creador,
y me irradié en las corrientes enérgicas de la idea sin fin,
y concentré mí embriaguez en las grandes estrellas de Dios,
y bebí los fluidos de alas espirituales
que atraviesan las formas delirantes de la noche!
Ah, ir de una estrella a otra estrella
por esos caminos de la pura
esencia!
Saber que todas son iguales en la mente creadora,
y que nunca están
afuera de las fuerzas celestes,
que entre un mundo y otro mundo
el alma
cósmica tiende invisibles rutas,
y saber que las grandes distancias de
la noche
están atadas unas a otras;
y saber que no hay separación;
y saber que todo se mueve adentro del espíritu eterno;
y saber que los
seres vivos, estamos en todo el universo;
y saber que cada hombre está
enlazado a las fuerzas vivas
e inagotables de la creación entera!
Hermanos!
He ahí la presencia cósmica
realizándose en nuestra memoria del universo.
Todo lo absoluto se concentra en ese recuerdo perfecto.
Yo comienzo a descender por los abismos de mi vida
seguro de que esos
abismos existen
y encuentro los antiguos recuerdos astrales.
Yo soy una parte de mi estrella
y todo mi mundo vuela en mi corazón.
La piedra y la selva,
el mar y la montaña,
el viento y la nube,
el árbol y el pájaro,
todo eso
lo fui ya,
y todo eso está en mi memoria celeste.
Y los sagrados elementos;
y el fuego primitivo;
y las llameantes tempestades de la Tierra;
y el instante en que la llama
se levantó corno un grito;
y el momento .en que el pensamiento de la
Tierra
se cuajó dentro de la forma;
y la sensación astral de que la
órbita nacía
adentro de la mente divina;
y la seguridad de haber estado muchas veces en el fondo del astro
trabajando junto a su espíritu y a su sabiduría,
¡qué lejos!
cuando ella giraba orgullosa. de luz y de llamas,
y esperaba los siglos
espléndidos,
y la vida,
y esta palabra con que decimos su canto!
Ah, todo esto flota y arde
en la presencia cósmica de mi alma!
Una,
una y mil veces,
¡ah, que destinos extraños!
en el borde de la ola de Dios,
fuimos y
volvimos.
Estábamos en la Tierra,
estábamos en el Sol, estábamos en el fondo de la
noche.
Ibamos en los extremos de las grandes ideas.
Y ahora mismo,
un relámpago sublime me lleva hasta el centro del Sol.
Aquí estuve tantas veces!
Ahora lo compruebo, lo reconozco y lo quiero afirmar.
Allí estuve, sí, modelando las arquitecturas universales
en las movibles
geometrías de la noche genésica.
Ah, qué hermosa estrella hicimos,
cómo ordenábamos tanto fuego y tanta luz,
cómo la vimos crecer llenando de olas los espacios vírgenes,
qué feliz trabajo nos confió el destino entonces,
y qué maravilloso resultado!
Yo no sé con qué números divinos.
pudo ser calculada esa alegría de fuego y de amor.
Yo no sé cómo se desprendían las ideas cósmicas de la mente absoluta
para convertirse en aquel incendio de vida y de música!
Por momentos logro la presencia de aquel trabajo,
y recuerdo la tremenda
potencia con que el torbellino de Dios
amasaba la inmensa maravilla del
Sol,
y con nuestras almas fundidas a su alma infinita
soñábamos ante la
presencia de aquel astro,
en cuya incandescencia vertiginosa ardíamos
deseosos ele plasmarle a su forma y a su mente
esa redondez ideal de su esfera
que contiene la cifra sagrada y pura de la divinidad.
Cada transformación irrumpe en una ola
que atraviesa el universo entero.
Yo tengo el tacto eterno de la noche infinita.
Y en el nacimiento de qué estrella,
yo, tan deseoso y tan anhelante, no habré estado?
Tengo el alma llena de una grandeza que sublima todo mi ser.
Estoy
habituado a este viaje sin fin
y nunca nadie pudo arrancarme
de estos caminos desmesuradamente bellos.
La única verdad de mi vida
es que desea ser infinita y más grande que sus propias ideas.
Me he levantado así en este juego terrible
de los sueños más peligrosos y más heroicos
resuelto a no pedir más que esta maravillosa
superación de todo lo que yo mismo logro
cada vez que mi hoz celeste corta una cosecha sublime!
Ah, la noche entera me reconoce a veces,
y conversamos con mutuos
recuerdos,
y nos decimos cosas únicas y magníficas,
y hablamos uno y
otro con una seguridad terrible,
y yo interrogo ebrio de mí mismo
y ella
contesta enloquecida de amor
sobre la locura de su hijo.
Y tanto, y tanto nos sumergimos en la verdad cósmica de Dios,
que
acabamos por fundirnos en una sola esencia diáfana.
Ah, mi alma frente al canto de los astros!
Ah, esa noche embriagada de música,
esa suprema espiritualidad de la inmensa madre noche,
y las cosas profundísimas y antiguas que sabe,
y esa sabiduría seria y arcana con que me enloquece,
y los caminos de adentro de las cosas por donde me lleva,
y la sobreluz de la altísima sombra,
y la música interna que como de un arpa infinita
sale del pecho de su sombra
cuando la rozan las fuerzas eternas de Dios!
¿Y qué decir de los caminos abiertos por ella
en los tiempos que ya se
fueron?
¿Y cómo hablar del modo dulcísimo con que pone mi alma
en las huellas
más antiguas del cosmos?
¿Y con qué voz pronunciar la inmensa palabra
transparente
donde se unen todos los astros,
cuando el tiempo del Universo se sumerge en el Verbo,
y Dios piensa
infinitamente concentrado
y la fuerza de sus ideas
brota la breve palabra encendida de cada estrella?
Ah, entonces se me va la Tierra de todas partes!
Una inmensa sinfonía ideal comienza a llenar mi vida.
Dejo de ser un hombre, dejo de estar en un astro,
entro a la potencia
que llena la noche
y logro la infinita presencia cósmica.
Nunca más el egoísmo y nunca más la pesadez terrestre. No!
Libre, libre
por fin, alma mía!
Habitamos la creación entera.
habitamos toda la eternidad.
estamos antes de todas las cosas,
sobrepasamos la extinción de todas las cosas,
arribamos a los extremos siempre crecientes de Dios.
logramos la presencia absoluta.
conseguimos la totalidad de la memoria cósmica,
realizamos todo el misterio del hombre!
Lo que aquí soy me causa tanta alegría y tanto miedo
que por momentos
sería mejor la nada!
Desde aquí todo se hace visible.
El Verbo infinito tiene aquí mismo, donde yo he puesto mi vida,
las
fuentes de su música y la semilla de su luz.
En este punto de vehemencia creadora
todo mi ser toca a todo el Ser
divino.
De aquí se desprenden las poderosas ideas
que ordenan el Universo
y los
números dinámicos y gigantescos
que mueven la armonía perfecta de la
noche.
Aquí el Ser infinito irradia su sueño
y ese sueño se distribuye alto y
potentísimo
por los océanos celestes
y la extensión de ese sueño es la extensión del cosmos.
Aquí es el centro de la eternidad y la matriz del Universo.
Todas las
fuerzas del Espíritu se entrecruzan aquí mismo,
en este punto donde toda
luz es una idea purísima
y cada estrella de fuego está envuelta en una
estrella de alma.
Aquí se manifiesta el hombre cósmico
y la armonía
total de la mente creadora,
Adentro de Dios.
todo esto no es más que un vuelo de ideas purísimas
distribuidas en
prodigiosos acordes,
en donde no existe nada opuesto.
Los pensamientos se levantan de la suprema belleza
y ya nunca más
dejarán de ser en la ola de las creaciones.
Dios está dentro de Dios.
El Universo entero se desenvuelve en el sueño absoluto de sus ideas.
El es el continente y él es el contenido.
Nosotros creamos la materia y la muerte.
Pero en Dios no existe más que el espíritu y la vida.
Nosotros hacemos los cuerpos para extraer de ellos las esencias.
Pero los cuerpos donde golpea nuestra frente
son diáfanas ideas de la
divinidad.
Dominador, resuelto, más heroico que nunca,
capacitado por esta audacia
irrefrenable
para remontarme en un vuelo infinito,
cada sorpresa me
exige un arranque más puro.
Yo ya no sé lo que son estos instantes de mi vida.
Tal vez entro en la última, en la más grande libertad!
El espíritu respira siempre y más cada vez, al aire de las alturas.
Camina sobre las montañas.
Arroja la sonda a la gran profundidad del Ser.
Roba de los abismos divinos las más peligrosas verdades.
Esta felicidad de ahora está hecha de inmensas afirmaciones
que rugen
en las entrañas del Universo
y traspasan en tempestades de música
la
diáfana y suprema embriaguez de mi vida!
Desear todo, lograr todo, ser todo,
de allí el hombre cósmico.
Diluido en el espíritu de la Tierra
cuando la gran alma del astro
es de la misma divina sustancia que mi verbo,
he logrado fundirme al pensamiento único de Dios.
Entonces la noche se me reveló en toda su ciencia
y sólo vi los poderes
cósmicos
sumergidos en los mares espirituales.
Las zonas de la materia desaparecieron en las zonas del espíritu
y la
armonía estelar por donde viajan los hombres
transfiguraba toda la
presencia nocturna
en una inmensa realización de ideas y de belleza.
La noche no era más que el pensamiento libre y puro,
extremando su perfección y su esencia
hasta anular el sueño material de las estrellas
y trasmutarse en una verdad sin imágenes, sin tacto, sin música.
La transparencia de la divinidad
hizo de una luz absoluta
las más hondas y porfiadas tinieblas cósmicas.
Cada vez que mi anhelo
se hundía más, en el hambre de vencer los límites,
más y más diáfana era
la embriaguez inefable
de quedar embebido en la contemplación de Dios
y
de mi mismo.
Y yo era también el infinito.
Y cada extremo de mi ser
tocaba todos los puntos del Ser increado.
Y yo era la presencia cósmica de la creación entera,
y juntos a mí,
compenetrados basta la fusión más pura,
todos los seres de todos los
astros
formábamos el único ser infinito
por donde corrían con una
potencia invisible
todas las ideas con que Dios se realiza
en la eterna
creación de su propio Ser.
Y así, así es como el Hombre nace en Dios mismo
y logra la seguridad
suprema de ser Dios mismo,
y abarca en un goce supremo y único
las
fuerzas con que Dios piensa su eterna inmortalidad
y difunde el sueño de
los universos.
Y así el Hombre es la más alta alegría del Cosmos! |