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Parábola de la copa del éxtasis Carlos Sabat Ercasty |
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A veces, arrebatado por la impulsión de la sed infinita, voy por un camino de relámpagos, horadando las pesadas sombras de las nubes. ¿Por qué habría de ser el hombre el héroe de este combate y el de la propia angustia de sus horas? Y ya imposible la paz recóndita, ¿por qué no renunciar, y cubrir la boca con miel o con veneno, y no ser más la herida de las preguntas? ¿Por qué si el enigma es inaccesible, no embriagarse en la ebriedad de las imágenes, en la orgía de los colores y de los sonidos, y no arrojar todo a un olvido profundo, bajo los jardines de la pequeña dicha del instante? ¿Por que no retraer y anular las medidas del anhelo y hurtar a las ingenuas praderas sus breves frutas? ¡Ah, ignorarnos entonces ante el advenimiento de cada hora, tomar las auroras en su niñez y las mañanas en su juventud y quemar las sombras en la llama de los mediodías! ¿Pero cómo domeñar el espasmo de un corazón trágico, cómo frenar y detener los corceles de la llama cuando sus cascos martillan el vértigo, y cómo desprendernos del arco sublime, si hasta cuando reposamos en el sueño, en él buscamos el apoyo de nuestra cabeza? ¿Y cómo decirle al descanso: no sueñes más ahora, no afines la acerada saeta, no aguces el extremo de las paradojas, ni nerviea la fluida serpiente de las preguntas? En el día de los rayos enrojecí más que nunca las arterias de la voluntad y curvé como jamás los ramajes de la selva interior. Las brasas, avivándose, se crisparon en el borde de las heridas. La boca temió su propio grito y lo heló en el silencio. Me contemplé, incendio y ola, y el tiempo corrió por mi vida como atravesando una llaga. Y había en lo profundo del ocaso una selva precedida por un árbol sobresoñado de flores. Palpé su corteza, respiré las resinas de sus ramajes, intuí el estío de sus frutos y puse un pie, suave, sobre una saliente de sus raíces, vibrado por la luz. Entonces contemplé al árbol desde abajo hacia arriba y ceñido a él, entre la negra tierra y el etéreo cielo, exclamé: —Cúrame sólo por esta noche, y si puedes, cúrame por todas las noches. Mi palabra estremeció su redonda envoltura, y miles de pétalos descendieron ante mí, como un musical encantamiento de colores y de suavizados matices. Y el árbol llamó entonces a la brisa. Y cuando ésta hubo llegado hasta el leve tacto de los ramajes y palpó la vida, le dijo: —¡Crea el ídolo! Adviértelo, es un hombre y debes complacerlo como hombre. Forma con mis flores el símbolo sublime, aquella otra verdad que trasciende toda palabra. Crea el ídolo, en plenitud de belleza, para que este guerrero goce la suma y más alta revelación, pues merece el premio de los sacrificados y los buenos. Tengamos los dos la máxima piedad ante los desesperados y los insatisfechos. ¿No ves cómo su herida sólo derrama sombra? Cada combatiente vierte por su herida lo que el mismo es. El viajero de hoy, este mismo que contemplas, sólo derrama misterio. ¡Crea el ídolo! El único que le traiga el olvido de su angustia y le proporcione el camino de la revelación. Merece ser salvado. Y entonces la brisa comenzó a danzar en torno del árbol, el profundo y gracioso árbol de la única sabiduría. Comenzó a danzar mientras escuchaba el místico idioma de los ramajes, y las finísimas voces de las flores, y la fluidez melódica de la savia. Y la brisa giraba en la postrera hora de la tarde, ya en el linde delicadísimo de la noche. Una, tres y mil estrellas fueron abriendo en las praderas del cielo sus rosas insondables. La oscuridad bebió los oros fatigados del ocaso. Y fue entonces cuando los petalos caídos se reunieron en un haz de perfume, de color y de música. Y un cuerpo se dibujó en los ágiles ritmos del aire. Y hubo en lo alto del haz de flores, una cabeza bajo derramados topacios, y tocando la herbosa tierra, dos pies de afinados perfiles: y fueron después el cuello y los muslos, el vientre y los pechos, las caderas, la cintura, los hombros y dos mundos sosteniendo en arco el cielo y la frente, y una rosa de púrpura aromando el aire del aliento vital, y dibujando la rosa espiritual de la palabra. El árbol entonces agradeció a la brisa y dijo en su idioma de amor: —En ella encontrarás el olvido para tu desesperada angustia. Ella es alegóricamente la copa del éxtasis, la única embriaguez total que aún te es posible. Ella es la copa del éxtasis, y más no te pueden ofrecer los mismos dioses. Algo que nos es desconocido la llena con agua del océano ignoto, allí donde las olas son de suprasensibles músicas y donde una geometría ideal da formas intangibles a los números que rigen los mundos. ¡Es la copa del éxtasis! ¡Bébela, y apoya tu vida en su hermético contorno! Y yo, obediente a la voz del árbol de la suma sabiduría, bebí en la copa del éxtasis, y el vuelo de la noche me levantó en sus alas, y me sentí en unidad con el cuerpo de las estrellas y con el océano espiritual que las sostiene en sus números y en sus acordes transcósmicos. Y exclamé ante el árbol: —Es el amor. En tu símbolo lo he aprendido, y desde él lo extenderé al Universo. El misterio se arrodilla ante mí. Y añadí ante la forma revelada: —Sólo en la copa del éxtasis hallaremos la infinita revelación. El amor es la identidad, el acorde, el vino recóndito de la belleza, la unión donde la única verdad se manifiesta por un abrazo de luz de los dos cielos. Si el pensamiento no satisface hasta la plenitud, ámalo, adóralo sobre la razón misma, y toda idea se superará, porque adquirirá las alas que la frente aislada no supo crearle. El amor es identificación, y la sabiduría no puede ir más allá. Une en él cuanto las sensaciones han separado, no coloques nada entre amor y amor, y te infundirá la unidad. Sella después los labios. No te hablará, pues no necesita más las palabras. Con él, toda pregunta desaparece antes de nacer. |
Carlos Sabat Ercasty
21 de setiembre de 1956.
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 166
Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, 1982
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Carlos Sabat
Ercasty en Letras Uruguay
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