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Horacio Quiroga, Salto y sus amigos salteños
Crónica de Santiago
Rompani Suplemento dominical del Diario El Día Año XLII Nº 2188 (Montevideo, 27 de julio de 1975) |
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La de Horacio Quiroga es, bien lo sabemos, una psicología muy origina! y por demás extraña. Quizás fuesen menester los estudios psiquiátricos de otro Ramos Mejía para estudiar a fondo su célebre 'neurosis". Pudieron haberlo estudiado sus dos amigos más consecuentes, sus biógrafos más empecinados: los doctores Alberto J. Brignole y José María Delgado, ambos médicos y de elevada promoción. Solamente insinúan alguna que otra observación lateral, no mucho más aguda o reveladora de lo que pudo resultar de la mera observación de cualquiera de sus otros conmilitones. De ahí que revelar su grado de patriotismo, de nacionalismo o incluso de “localismo" podría ser la resultante o, en su ausencia, la acotación lateral de una indagación más profunda. Quiroga, ciudadano argentino Sobre su patriotismo, hay testimonios contradictorios. Por un lado, sus amigos Delgado y Brignole aseguran (“Vida y Obra de Horacio Quiroga'’, Editorial Claudio García, Montevideo, 1939, pág. 38): “Quiroga manifestó su voluntad dé ser marino. Fue una sorpresa, porque nunca había manifestado indicios de predilección por el mar y, al mismo tiempo, una alegría, pues se supuso que la rigidez de una escuela naval le vendría de perilla para limar los ángulos demasiado violentos de su genio y frenar la impetuosidad de sus caprichos. "Como el padre había sido (en el Salto) vicecónsul argentino” (recordemos que era un argentino mitrista que había llegado a Salto con las fuerzas sitiadoras del ejército de Venancio Flores) y como “todavía en el Uruguay no existían escuelas de esa índole, fue fácil allanar las dificultades que se presentaban a su ingreso a la Academia Naval de Buenos Aires. Pero hubo una que echó por tierra todas las esperanzas: se le exigía, como condición previa indispensable, la ciudadanía argentina. Y he aquí que el muchacho, aparentemente insensible a los amores nativos y en quien los problemas patrióticos no parecían despertar ninguna vibración emocional, se negó rotundamente a cambiar de nacionalidad”. El 15 de abril de 1934, el gobierno de facto del doctor Gabriel Terra lo declaró cesante en el cargo consular que se le otorgara en tiempos de la presidencia del doctor Baltasar Brum (también salteño como Quiroga y como su concuñado y compañero de estudio jurídico, el Doctor Asdrúbal E. Delgado, consistorial finisecular). La Sociedad Argentina de Escritores, dicen sus biógrafos (pág. 343) “sale en su defensa: ...el primer cuentista de nuestro América, ha sido despojado de una representación consular que honraba a él y a su patria por igual, sin tener en cuenta que el insigne colega había renunciado a las más altas recompensas oficiales que se otorgan en la Argentina a la producción literaria, y a las que es acreedor desde hace tiempo, por el noble empecinamiento de negarse a adoptar la ciudadanía del país donde desarrolló tu obra, prefiriendo mantenerse, dentro de su digna pobreza, fiel a su tierra” ERA VERDAD, AUNQUE SOLO A MEDIAS”, acotan sus biógrafos, porque “no es posible dejar de ver que, para aspirar a los grandes premios literarios argentinos, tenía que renunciar a la nacionalidad uruguaya, lo cual representaba un pésimo negocio para Quiroga, porque aquella renuncia significaba la pérdida del empleo bien remunerado que ejercía en el Consulado, sueldo seguro y permanente, cuya conservación le valía más que las sumas, siempre problemáticas, de aquellas remuneraciones”. Creo que es verdad. Para esa misma época, le escribía Quiroga a su amigo Asdrúbal: “A pesar de mis buenos propósitos de escribir, encuentro dificultades en la colocación. ¡Parece mentira! Hasta el medio literario anda sordo para mí y no porque, a Dios gracias, haya mermado mi calidad sino por aquello de la oferta-demanda”. (“Cartas inéditas de Horacio Quiroga” Montevideo, 1959). La versión de Emir Rodríguez Monegal (“Genio y figura de Horacio Quiroga”, EUDEBA, 1967, pág. 36) es diferente: “Se inicia una segunda etapa de su vida, como argentino en la patria de su padre. Aunque había nacido en el Uruguay y había sido bautizado en Salto, aunque quiso enrolarse como uruguayo en la Guardia Nacional, por la nacionalidad del padre, Quiroga tenía derecho a asumir la ciudadanía argentina. Y ASÍ LO HIZO AL RADICARSE DEFINITIVAMENTE EN BUENOS AIRES A PARTIR DE MARZO DE 1903. Hasta sacó libreta de enrolamiento, aunque no hizo el servicio militar, ya que fue declarado inapto por su baja estatura. Desde 1903 hasta 1917 la Argentina será su patria y no sólo la tierra extranjera donde intenta echar nuevas raíces". Agrega (pág. 104): “A partir de 1917, Quiroga vuelve a asumir oficialmente la ciudadanía uruguaya. Los años que han transcurrido desde 1902, son años completamente argentinos. Una segunda muerte involuntaria lo devuelve al Uruguay”. Rodríguez Monegal escribe a propósito de esta circunstancia con alguna extensión: “Uruguayo de padre argentino, nace y crece en el Uruguay, pero reside en la Argentina durante toda su vida de adulto... A partir (de 1917) será un uruguayo en la Argentina. Esta escisión se hace más dramática, porque la Argentina no es un paisaje homogéneo, un hábitat, para Quiroga... Misiones resulta, en la mitología personal de Quiroga, el regreso a los orígenes, UN SALTO, PERO AGRANDADO por la ficción de los sueños infantiles. Por esa lucha, por esa dialéctica biográfica tan íntima, hasta los avatares de su nacionalidad tienen importancia... Creo que Quiroga certifica elocuentemente (como Echeverría, como Ascasubi, como Hernández, como Javier de Viana, como Florencio Sánchez (como Emir Rodrigues Monegal, agreguemos nosotros) la existencia de un mundo literario ríoplatense". Quiroga, cónsul uruguayo y nativo del Salto En lo que tiene que ver con su localismo, esos afectas son más fácilmente detectables. Pero insistamos un poco más en tu nacionalismo. En carta dirigida a José María Delgado desde Buenos Aíres el 8 de enero de 1919, le dice: “Cuestión de ( 600 m/n. más o menos 230 pesos de tu país", como si se tratara de país ajeno; pero el 28 de febrero de 1919 se enmienda, para decir: “Dile a Asdrúbal que no pase conmigo lo que con Darío, Rodó, etc.: llantos después de muerto y poca comida mientras vivo” (“Cartas inéditas de Horacio Quiroga”, Montevideo, 1959, págs. 66 y 71). Brignole y Delgado nos hacen saber (pág. 38) que, habiéndole hablado su hermana María de la conveniencia de vender el panteón de la familia existente en la ciudad del Salto, le rogó “que, por el momento, dejase las cosas como estaban”. La proposición era lógica, sin embargo, dicen con razón aquéllos: “tanto él como ella y los hijos de ambos, únicos que poseían derechos sobre ese sepulcro, residían desde muchos años atrás en la Argentina y casi seguramente no volverían a la ciudad natal”, como sucedió efectivamente. Es allí donde reposan ahora sus cenizas, en la urna de madera virgen de las Misiones, maravillosamente tallada con su cabeza inconfundible por el arte excepcional de Stephan Erzia. Son cada vez menos los Forteza, de dilatada progenie, que viven ahora en la ciudad del Salto. Pero es crecido el núcleo de salteños con los que mantuvo una relación amistosa bastante prolongada o. en ciertos momentos, singularmente importante: Alberto J. Brignole (Amycus o Migliorero), José María Fernández Saldaña (Maitland), José María Delgado, Asdrúbal E. Delgado, Baltasar Brum, Enrique Amorim, Klinger (debe ser “Kligender”), Federico Ferrando, Sequeira, Surlcowsky (polacos transitoriamente radicados en Salto en una hermosa casa, propiedad de la familia Solari, que existe todavía), Horacio Maldonado, Telmo Manacorda, Curruca (debe ser “da Costa y Churruca”, y debe ser Juan, el farmacéutico, muy parecido a él, porque Jacobo era mucho mayor e Inocencio, muy ponderado, muchísimo menor), José Hastía, Larraechea (¿Jacinto?), Giordano (¿Domingo?), Julio J. Jaureche, Guimaraens (¿___?) Alfredo Lago, Sabaté (¿...?), Juan José Mendoza, Barreto (¿...?) Eduardo Forteza, “Juancito” Bajac, Venancio Paiva, Silvio Brignole, Vicente Gozalbo, Giambiaggi (£...?), Carlos Mª Princivalle, Elíseo Gómez, Feliciano Viera, Baltasar Brum (nacido en Catalán, Departamento de Artigas, salteño por adopción o, si se quiere, por apoderamiento). Muchos de ellos (Hasda, Giambiaggio, Gozalbo llegaron a convivir en Misiones y Brignole llegó a acompañarlo en su viaje de bodas junto con la madre del escritor). En cambio, la lista de uruguayos citados es sumamente reducida y, fuera de Eduardo de las Muñecas, no parece haber tenido amistad con ninguno ni trato ni conocimiento, en muchos casos: Rodolfo Mezzera, Martín Echegoyen, Alberto Zum Felde, Alberto Lasplaces, Enrique (¿o Juan Antonio?) Bueno, Francisco Aratta (conmilitón de la Torre de los Panoramas), José L. Gomensoro, Andrés Demarchi, Julio Lorenzo, Vicente Salaverri, Carlos Pérez Petit, Mondino (¿Luis?), Barbaroux (...), Roberto de las Carreras, López (Pérez) y Curis, Alfredo Mario Ferreiro, Esperoni (Hugo Ricaldoni), Julio Herrera y Reissig, Javier de Viana, Blas Vidal, José G. Antuña, Domingo Arena, Blas Vidal. En cambio, sin contar nada más que aquellos a quienes en sus cartas cita, lo mismo que hemos hecho con ¡os anteriores, hay argentinos con los que llegó a profesar sincera amistad, especialmente (Ezequiel Martínez Estrada y Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones y César Tiempo, Benito Lynch, Baldomero Fernández Moreno, Luís Pardo, Julio Barrios, Centurión, Ricardo Rojas, Manuel Galver, y además, Gabriela Mistral. Quiroga, sin embargo, dice, de Salto, en carta de San Ignacio a su amigo Fernández Saldaña de 16 de octubre de 1912: “Jamás llegué a creer que Salto llegara a ser nido de decadentes. Yo, que no fui decadente, sino difícil" (en otra parte dirá “sincerista"), pasé por aquel pago como un pajarraco extraño, especie de cuclillo incubado en nido de Chingolos. Y •hora, como Manacorda y Pérez Rodríguez” (debe ser Pereira Rodríguez, José), “nuestro Salto no explota de espanto. Sabrás que tengo siempre, respecto al calibre artístico del Salto, una opinión misérrima. Son todos Sancho Pansa» aunque algunos flacos. ¿Y quiénes son Manacorda y el Pérez? Presumo que éste es hijo de un Pérez, inspector de escuela. El otro, Manacorda, debe ser hijo de Giordano, el mecánico filósofo”. No deben sobres timarse tales juicios. Son juicios para la intimidad: yo conocí a ambos y de ambos mantengo un agradable recuerdo. Adviértase, de todos modos, que aquí Quiroga dice "nuestro Salto”, en tanto que ya vimos que a Delgado le habla de ‘'tu país”. En cambio, hay dos cartas, escritas a Fernández Saldaña, procedentes de San Ignacio, de junio 20 y agosto 8 de 1912, con preciosos datos acerca del Salto de su no tan “lontana” adolescencia: memoriza a un tal “Bacalao”, a un cual “Barullo”, a un almacén de Daymán y Guaviyú, “al comisario Frenedoso, que corrió a los fantasmas que vivían en el sauzal del cementerio” y una ristra de apellidos, notorios unos, olvidados otros o desaparecidos ya: Bernardino Pereira, Marcelo García, Verdaba (debe ser “Verdala” amigo de mi padre, a quien yo conocí como chofer de B y N. Solari), los Guarch (Guarches, dice él), Sabaté Rache (¿no será Roche?), Mühler, Durante, Otero, Montes de Oca, “el almacén de Leal frente a la Americana, donde despachaba un tal Juancito, que después despachó también en la tienda de Castellanos y Pérez”, Bástelo, "la confitería del Suizo", "la tienda del turco”, “el ranchito de los Argimban” (¿no será “Arginbau”?), “el capitán Martínez”, "el recreo salteño, con las figuras inseparables de Eloy y Alfonso”, “unas calesitas que hubo en la plaza vieja allá por el 85”, “la inauguración de un club de gimnasia en la esquina de Uruguay y Valentín, con Jerez (¿Bemassa y Jerez?) del 49 de Cazadores de presidente”, “la pasada del ejército que iba al Quebracho con Zajas con argelina al frente”, Pascal (¿Pascale?), Rogger (¿Ruggiero?), López (Román), Gatti (viajante de comercio en Misiones), etc, etc. ¿No dicho, acaso, que aquella época fue “lo mejor de nuestra vida”? Los sáltenos podemos darnos por satisfechos. Horacio Quiroga, profundamente colorado y furiosamente batllista En lo que a política concierne, bien puede decirse que Quiroga es indiferente. Cosa curiosa: es el único de raíz colorada entre todos sus amigos que, excepción hecha de Fernández Saldaña, son blancos invariablemente, como que su amigo Asdrúbal E. Delgado fue herido en Tupambaé. En algún momento se proclamó “maximalista”. En 1919, el año de "la semana trágica” de Buenos Aires, le dice a su amigo José Mª Delgado (13 de enero): "Hoy llego al Consulado después de tres días de paro, sin tranvías ni nada. La cosa ha estado muy buena. Cuando se vuelva a hacer en serio —porque esto de ahora subió a donde no se pensaba— tendremos cambio total de situación social. Es la seguridad de todos los que han asistido a ésta”. Su observación es totalmente antibelicista e impolítica: "Por de contado, yo estoy siempre dispuesto a afilar de nuevo mi machete para cultivarme mi tierra”. En Salto, en 1905, el diario que lee es “El Día”, sin embargo (carta del 19/IX). Y, aunque en 1907 piensa que “si para alguna cosa se inventó el más vale un toma que dos te daré, es para la política”, le dice a Fernández Saldaña el 15 de enero de 1911: “si yo anduviera por ahí, me declararía profundamente colorado y furioso batllista. Agrega el 16 de marzo: “Lo que yo hallo de eficaz en Batlle y compañía —de grande diría— es la convicción ardiente en cosas bellas: laicismo, obrerismo, progreso y democracia íntima. Su manifiesto desde Europa me parece de superior sinceridad y eficacia patriótica. En fin, si quieres charlar sobre política uruguaya, escríbeme largo, nomás. Ya verás si me interesa eso. Y me interesa ahora, porque pasé la edad y época de la cobardía, siendo así que ahora no hay nada para mi más bello que la honradez-sinceridad en orden moral y la democracia en orden políticos”. Creo que este párrafo es estupendo y hace honor, tanto a quien lo escribe, como a quien lo ha inspirado tan hondamente. Por lo demás, Delgado y Brignole brindan un testimonio muy fehaciente. En primer lugar, que “la atmósfera política le era indiferente, y eso que atravesó períodos de sangrientas convulsiones, como la del año 1897” (1903 y 1904, agrego yo por mi lado) (pág. 76). “Sin embargo, el deseo de experimentación... por puro gusto de probar sensaciones —todo propósito partidista debe descartarse— lo llevaría una vez a enrolarse en la Guardia Nacional”. Yo pienso que este juicio es excesivo, incluso admitiendo lo que dicen a continuación: “Pronto la voz impertinente del sargento y la rigidez militar se le hicieron insufribles, no tardando mucho tiempo en mandar al diablo cananas, fusiles y bayonetas” (pág. 77). Es que “en todos lados vivía menos en el quicio de las cosas” (103), en esa época, por lo menos. Todo ello no obstante, cuando atacasen al catalán Vicente Puig que ilustrara la carátula de “Los Arrecifes de Coral” por sus mujeres “cloróticas, tabaidistas, morfinómanas, hospitalarias”, “Quiroga fue el único que salió a defenderlas” y lo hizo “desde las columnas de EL DIA, diario que siempre se manifestó muy condescendiente con el grupo del Consistorio”. |
Crónica de de Santiago
Rompani
(Especial para EL DIA)
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLII Nº 2188 (Montevideo, 27 de julio de 1975)
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
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Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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