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Miguel de Cervantes Saavedra en Letras Uruguay
Los consejos de Don Quijote Crónica de Adolfo Rodríguez Mallarini Suplemento dominical del Diario El Día Año XLIII Nº 2226 (Montevideo, 25 de abril de 1976) .pdf
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RESULTA inveterada la buena disposición del común de las gentes para prestar a los demás la asistencia verbal de un consejo, lo necesiten o no. Casi todos se sienten capacitados para orientar o corregir. ¿Alarde de sabiduría? ¿Audacia o petulancia? ¿Temor de que la lengua se oxide? Acaso haya un poco de todo ello en tal actitud. Reza un viejo refrán castellano: "Consejos vendo y para mí no tengo”. Satiriza así a quienes, precisando ellos mismos algún subsidio moral, se meten a mentores. Alguien ha prevenido también: “No me deis consejos que yo sé equivocarme solo”. En consecuencia, la difícil tarea de aconsejar ha suscitado siempre las más sangrientas críticas y burlas. Evoquemos, previamente, dos suertes de consejos contenidos en sendas obras maestras de las letras hispanoamericanas: los que Don Pedro Crespo, “el Alcalde de Zalamea”, proporciona a su hijo Juan, y los que el Viejo Vizcacha, siniestro personaje de “Martín Fierro", pretende endilgar al hijo segundo del protagonista. Sabido es que las recomendaciones del pundonoroso labrador español están presididas por una rectitud de juicio digna del carácter nacional. Bastan algunas de ellas para valorar el designio de quien las imparte: "Sé cortés sobremanera, sé liberal y esparcido... ..................................... No hables mal de las mujeres: la más humilde, te digo que es digna de estimación porque, al fin, dellas nacimos." Asimismo, nadie ignora que la retahíla de advertencias con que discurre el anciano arquetipo de la picaresca gaucha constituye un verdadero compendio de gramática parda. ¿Adoptaría alguien, como reglas de conducta, estas desaprensivas exhortaciones?: “Hacete amigo del juez; no le des de qué quejarse, y cuando quiera enojarse vos te debes encoger pues siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse... ....................................... Es un bicho la mujer que yo aquí no lo destapo. Siempre quiere al hombre guapo. Mas fijate en la elección porque tiene el corazón como barriga de sapo. |
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Los consejos de Don Quijote, si bien aparecen imbuidos de los sentimientos peculiares de la idiosincrasia patria, adquieren posibilidades universales. No en vano la creación de Miguel de Cervantes Saavedra importa, pese a su meollo hispánico, y a causa de ello, sin duda alguna, un libro sin fronteras. La afirmación del gran poeta inglés Guillermo Wordswortb, según la cual el juicio anida en el recóndito albergue de la locura de Don Quijote, se confirma cabalmente en los consejos suministrados a Sancho Panza, cuyo oficio escuderil ha de dar paso a la austera dignidad de gobernante. Es preciso recordar que los duques, perfectos ejemplares de una aristocracia nobiliaria y desocupada, han abierto las puertas de su palacio para recibir a los errantes aventureros. La ocasión se torna propicia para emplear las horas y para diluir el hastío. Surge, entonces, una de las bromas más crueles: la de "complacer" a Don Quijote, confiando a Sancho Panza la regencia de la ínsula Barataría. El cándido escudero esté en vísperas de empuñar el bastón de mando. Y su amo, convencido de que “los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”, se erige en su Catón. Tomándolo de la mano, como un preceptor solícito a un parvulillo inocente, se encierra con él para dictarle una lección magistral. En realidad, no es la primera ver que Don Quijote aconseja a Sancho Panza. A lo largo de todas sus andanzas, las invitaciones a la compostura, a la abnegación y a la heroicidad se suceden ininterrumpidamente. Ocurre ahora que el máximo desfacedor de entuertos se ha remansado para formular, con algunas acotaciones, las normas que deben regir la vida del alma y la vida del cuerpo. Quizás la intención de su aleccionamiento esté expresa o tácita sn sus coloquios, desafíos y discursos. No, por supuesto, la de los preceptos referentes a las funciones de gobernador. |
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"Documentos que han de adornar tu alma" y "los que han de servir para adorno del cuerpo”, llama Don Quijote a los primeros y a los segundas consejos, respectivamente, que brinda a Sancho Panza. La tanda de diecisiete reglas destinadas al adoctrinamiento moral se inicia con tono bíblico: “Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a ’’Dios, porque en el temerlo "está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada."
Establecido que la sabiduría de ley se identifica con una cauta expectativa frente a la Divinidad antes que con la erudición, Don Quijote le enfatiza a su servidor:
“Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte. Como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra...’' “...los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad, que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape." Parecería que el "temer a Dios” y el conocerse a si mismo son, para quien aconseja, dos condiciones ineludibles para abordar el delicado encargo de la gobernación. Y prosigue la peroración moralizadora del Ingenioso Hidalgo: “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos que te cansaran.” “Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.” “Siendo esto así, como lo es, que sí acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni lo afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada". "Si trajeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin la^ propias), enséñala doctrínala y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.” “Si acaso enviudares (cosa que puede suceder), y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida." “Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que "presumen de agudos." “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre; pero no más justicia que las informaciones del rico.” "Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre.” "Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.” “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva sino con el de la misericordia.” “Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo aparta las mientes de tu injuria y ponías en la verdad del caso.” “No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y si lo tuvieren "será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda.” “Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.” “Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones.” “Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considéralo hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.” |
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Asimismo, nadie ignora que la retahíla de advertencias con que discurre el anciano arquetipo de la picaresca gaucha constituye un verdadero compendio de gramática parda. ¿Adoptaría alguien, como reglas de conducta, estas desaprensivas exhortaciones?: “Hacete amigo del juez; no le des de qué quejarse, y cuando quiera enojarse vos te debes encoger pues siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse... ....................................... Es un bicho la mujer que yo aquí no lo destapo. Siempre quiere al hombre guapo. Mas fijate en la elección porque tiene el corazón como barriga de sapo. Los consejos de Don Quijote, si bien aparecen imbuidos de los sentimientos peculiares de la idiosincrasia patria, adquieren posibilidades universales. No en vano la creación de Miguel de Cervantes Saavedra importa, pese a su meollo hispánico, y a causa de ello, sin duda alguna, un libro sin fronteras. |
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La afirmación del gran poeta inglés Guillermo Wordswortb, según la cual el juicio anida en el recóndito albergue de la locura de Don Quijote, se confirma cabalmente en los consejos suministrados a Sancho Panza, cuyo oficio escuderil ha de dar paso a la austera dignidad de gobernante. Es preciso recordar que los duques, perfectos ejemplares de una aristocracia nobiliaria y desocupada, han abierto las puertas de su palacio para recibir a los errantes aventureros. La ocasión se torna propicia para emplear las horas y para diluir el hastío. Surge, entonces, una de las bromas más crueles: la de "complacer" a Don Quijote, confiando a Sancho Panza la regencia de la ínsula Barataría. El cándido escudero esté en vísperas de empuñar el bastón de mando. Y su amo, convencido de que “los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”, se erige en su Catón. Tomándolo de la mano, como un preceptor solícito a un parvulillo inocente, se encierra con él para dictarle una lección magistral. En realidad, no es la primera ver que Don Quijote aconseja a Sancho Panza. A lo largo de todas sus andanzas, las invitaciones a la compostura, a la abnegación y a la heroicidad se suceden ininterrumpidamente. Ocurre ahora que el máximo desfacedor de entuertos se ha remansado para formular, con algunas acotaciones, las normas que deben regir la vida del alma y la vida del cuerpo. Quizás la intención de su aleccionamiento esté expresa o tácita sn sus coloquios, desafíos y discursos. No, por supuesto, la de los preceptos referentes a las funciones de gobernador. "Documentos que han de adornar tu alma" y "los que han de servir para adorno del cuerpo”, llama Don Quijote a los primeros y a los segundas consejos, respectivamente, que brinda a Sancho Panza. La tanda de diecisiete reglas destinadas al adoctrinamiento moral se inicia con tono bíblico: |
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“Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a ’’Dios, porque en el temerlo "está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada."
Establecido que la sabiduría de ley se identifica con una cauta expectativa frente a la Divinidad antes que con la erudición, Don Quijote le enfatiza a su servidor:
“Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte. Como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra...’' “...los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad, que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape." Parecería que el "temer a Dios” y el conocerse a si mismo son, para quien aconseja, dos condiciones ineludibles para abordar el delicado encargo de la gobernación. Y prosigue la peroración moralizadora del Ingenioso Hidalgo: “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos que te cansaran.” |
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“Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.”
“Siendo esto así, como lo es, que sí acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni lo afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada". "Si trajeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin la^ propias), enséñala doctrínala y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.” “Si acaso enviudares (cosa que puede suceder), y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida." “Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que "presumen de agudos." “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre; pero no más justicia que las informaciones del rico.” "Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre.” "Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.” “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva sino con el de la misericordia.” “Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo aparta las mientes de tu injuria y ponías en la verdad del caso.” “No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y si lo tuvieren "será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda.” “Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.” “Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones.” “Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considéralo hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.” La filosofía que preside esa serie de consejos para “adornar” el alma participa por igual de los postulados del estoicismo y de la ética cristiana. El dominio de sí mismo, la sencillez, la independencia de juicio, la elevación de miras, el espíritu de ecuanimidad, la reciedumbre moral y el respeto a las miserias humanas conforman el arquetipo del gobernante. De ahí que la ciencia de éste reclama, como aliada inexcusable, la acción de la filantropía. Ya lo consideraba Aristóteles en su “Política": “Un Estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por una buena ley.” Hasta Napoleón acertó a decir: “Un hombre de Estado debe tener el corazón en la cabeza." Tal como apostilla el autor, “¿Quién oyera el "pasado razonamiento de don Quijote que no lo tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada. Pero, como muchas veces en el progreso de esta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que, a cada paso, desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio, sus obras...” Los segundos consejos, dirigidos al “adorno del cuerpo", y en los que subrayó Cervantes el donaire y la discreción, valen, en general, como insuperables normas de Higiene. Suman trece: “En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo ea que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les hermosean las manos, "como si aquel excremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras "de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso." “No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.” "Toma con discreción el pulso a lo que pudiera valer tu oficio, y sí sufriere que des librea a tus criados, dásela honesta y provechosa, más que vistosa y bizarra, y repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no lo alcanzan los vanagloriosos". “No comas ajos ni cebollas porque no saquen por el olor tu villanería.” “Anda despacio; habla con reposo pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala.” “Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.” “Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.” “Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de eructar delante de nadie." “También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos que más parecen disparates que sentencias." “Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas sobre el rucio; que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos.” “Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol no goza del día; y advierte, ¡oh, Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura; y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo". “Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no sirva para adorno del cuerpo, quiero que lo lleves muy en la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues por fuerza en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna manera premiado.” “Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco más largo; gregüescos, ni por pienso; que no les están bien ni a los caballeros ni a los gobernadores.” Después de haber oído esas directivas, reacciona así el inminente gobernador: “...bien veo que todo cuanto vuesa merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas; ¿pero de qué han de servir si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las uñas y de casarme otra vez si se ofreciere no se me pasará del magín; pero esos otros badulaques y enredos y revoltillos no se me acuerda ni acordará más de ellos que de las nubes de antaño, y así será menester que se me den por escrito; que puesto que no sé leer ni escribir yo se los daré a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.” ¿Logran trascendencia, en la novela, los mentados consejos? Indudablemente: ellos definen la conducta del protagonista de la célebre sátira y aun la del propio autor. El extenso y medular razonamiento de Don Quijote proclama su sapiencia y su fortaleza espiritual. Nada estuvo más alejado de sus fervores militantes que la rémora de las dudas, las debilidades y los dualismos. Dominado por una santa locura, se mantuvo constantemente fiel a su ideal y enarboló en su lanza su corazón transido de amores y nostalgias. |
Crónica de Adolfo Rodríguez Mallarini
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLIII Nº 2226 (Montevideo, 25 de abril de 1976)
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
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Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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