Cuando llega la "reculativa"
crónica de Julio C. Puppo "El Hachero
"

Siempre me ha sublevado el hecho de que también en los animales existan esas diferencias sociales que separan a los hombres.

Igual que entre nosotros hay distingos de cuna, derechos de casta, con todos los privilegios inherentes a la condición.

Lo podemos observar en el hipódromo, por ejemplo.

Ahí tenemos completo el cuadro. Mientras los ligeros racers, 'luciendo sus líneas pulidas y la armonía de su arquitectura denuncian los cuidados de su nacimiento, ahí, a un lado, cerrados en un brete sobre el codo final, sometidos al sol y a la lluvia, cuatro percherones somnolientos, apenas levantan su cabeza agobiada para mirarlos pasar. Son los proletarios.

Son los que después irán a aplanar la pista, cargando una pesada rastra, preparando el terreno para la carrera en que aquéllos, los privilegiados, se han de exponer a la admiración popular.

Es lo de siempre; es el esfuerzo oscuro de los humildes en beneficio de un prójimo brillante. Si en vez de caballos se tratara de hombres, diríamos que esa actitud huraña que observan, dando la grupa a la pista, encierra un fondo de odio, de envidia, de profundo rencor. Si poseyeran un razonamiento como los hombres, podrían preguntarse:

—¿"Por qué son superiores a nosotros? ¿Son más perfectos? No, señor. La misión del caballo es tirar de un carro. El perfeccionamiento de la raza estará, pues, del lado del que tenga más fuerza. Y esos, somos nosotros". Así podrían argumentar y, sin duda, que tendrían razón. Entonces se produciría la lucha de clases.

*****

Algo igual hemos observado con esos galgos de carreras. Bien cuidados, bien tratados, mimosos, su estampa nos recuerda por oposición, la de esos otros pobres perros, abandonados, que viven en constante sobresalto, que deben robar para comer, que sienten cerca la amenaza de la cárcel y de la muerte, o que atados a una casilla, vigilan por un mendrugo, una eternidad.

Son diferencias odiosas por lo ilógicas. Porque no es el más útil ni es más bueno, el que disfruta de dones mejores.

Y muchas veces, también, en presencia de esto, habremos pensado que sería de la vida de esos señoritos si un día les viene "la reculativa", si la cosa se da vuelta y tienen, que salir por ahí a ganarse los garbanzos. La posibilidad apareció siempre bastante remota, Imposible, casi. Sin embargo...

Tenemos ahí que surge lo imprevisto y hasta el millonario puede convertirse en un andrajoso.

A los perros les ocurrió eso. Era algo imposible de suceder, pero sucedió.

Un día, los galgos mimados, que fueron ídolos de la muchedumbre, que se cotizaban en cientos, quizás miles de pesos, se vieron asediados por el hambre.

Ahí, en el Parque Central, hubo un lío judicial de esos que no entiendo.

El mayor valor lo representaban los perros y sobre ellos cayó el embargo.

Entre tanto, los pobres animales aislados, fueron languideciendo penosamente. Los interminables días de martirio, borraron primero sus bellas formas, que después adoptaron un aspecto miserable. Los cercó la muerte.

Sobre los huesos del compañero caído, se abrieron mil bocas voraces. El cuadro era impresionante, terrible.

Hizo estremecer de espanto a quienes lo presenciaron. Parecía, realmente un castigo que Dios enviaba a sus pasadas vanidades.

Los hombres lo hubiésemos entendido así, y quizás, íntimamente nos sintiéramos estimulados de saber que se hace justicia en esta tierra.

Ellos no. Ellos no tienen odios que vengar ni envidias que satisfacer, por más que nos empeñemos en separarlos en clases. Son todos iguales. Y mientras la hija del peón de stud sueña casarse con el hijo del propietario bacán, la yegüita de raza, esbelta y noble, seguirá enamorada del caballo del panadero, que es un pirraco lanudo y llorón...

crónica de Julio C. Puppo "El Hachero"
Crónicas de El Hachero
Editorial Nueva América

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                      Julio C. Puppo "El Hachero"

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