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Claudia Lars
A la Lic. Elsy Escolar Santodomingo, En nuestro último viaje a El Salvador, invitados por la Organización de Estados Iberoamericanos para participar del FILCEN, la Feria Internacional del Libro Centroamericano, tuvimos ocasión de tomar contacto con distintos escritores y redimensionar la figura de una de las grandes plumas de la lengua hispana. Claudia Lars, seudónimo de Carmen Brannon, nació el 20 de diciembre de 1899 en San Silvestre Guaymoco, hoy Armenia, departamento de Sonsonate. La arrullaron voces disímiles, la de su padre, norteamericano de ascendencia irlandesa que la acerca a la poesía y la religión, a la aventura, y la de su madre, Manuela Vega, criolla, que la hace descubrir los misterios de la tierra. Esta formación se hará presente en su testimonio lírico que se debate entre zonas que hereda y ama. |
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"No supe escoger la tierra .................................. No supe escoger la tierra |
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En "Las tres ceibas", propiedad familiar, transcurren sus primeros años y los recreará en Tierra de infancia, magnífico libro autobiográfico que se editará por primera vez en 1959 (Ministerio de Educación). La sensibilidad poética, el talento, la fina percepción están presentes en cada una de estas páginas que debieran ser lectura obligatoria en las escuelas de América y España para impregnarse de poesía y descubrir la magia de la vida cotidiana. Para el destacado especialista David Escobar Galindo, esta obra encierra la clave de su destino. Allí nos cuenta la escritora: "Con las pupilas bien abiertas capté desde muy pequeña aquel ancho paisaje y lo capté, por gracias de Dios, por sensibilidad amorosa y admirativa. Sin darme cuenta de lo que ese paisaje significaría en mi destino –donde el norte y el sur se juntaban, se acariciaban y se combatían- yo presentí que era parte de él por ley natural y antigua: como el cielo que estaba refulgiendo encima de los árboles y de las piedras; como las semillas que se sembraban en la tierra arada o las bestias de trabajo; como la casa de niñez, con su portal hospitalario, como las flores, pájaros, gusanos y hormigas. Solo mi padre no había nacido en ese lugar, ni pertenecía a él de manera absoluta. La piel de su rostro era blanca, aunque tostada por los soles del trópico; su cuerpo alto y delgado tenía un raro magnetismo; su cabeza estaba cubierta de abundantes canas, sus labios pronunciaban nuestro idioma de un modo defectuoso, pero agradable, que a todos nos divertía mucho. Nadie podía negar que mi padre amaba la tierra de sus hijos y que la celebraba con entusiasmo; pero su amor era el del viajero que se detiene y se complace ante lo nuevo; el del estudiante de cosas exóticas, cuando las observa, las huele, las toca, y luego las muestra a otros viajeros. -Este es un verdadero paraíso- decía mi padre a dos gordos vecinos-. ¡Un paraíso que ustedes no ven ni saben apreciar! Los dos hombres pensaban que el "mister" era un poco chiflado, y mientras contestaban afirmativamente con sus feas cabezotas bobas, sus ojos iban buscando entre los árboles de tamarindo la legendaria manzana de Eva... Creo que fue mi padre –ese aventurero que había conocido tantos mares y costas- el que me enseñó a amar y comprender la tierra de mi madre y de mi abuelo. Nunca imaginó que yo tuviera que envejecer en ella; pues siempre estaba hablando de que me enviaría, cuando fuera mayorcita, a un hermoso lugar de Long Island –no lejos de la ciudad de Nueva York- a fin de que en el hogar de una hermana suya yo aprendiera la lengua y las costumbres de su gente, y tal vez me casara, más tarde, con un Nelly, un Murphy o un Mc Veigh... Su deseo solo se cumplió a medias. Los habitantes de mi valle crecían ciegamente, como los conacastes y chaparnos de la montaña. Todo para ellos era simple, natural, inevitable...Soplaba el viento y el temporal no quería abandonarnos; pasaban en fila los azacuanes de octubre; se tapiscaba el maíz y se curaba el tabaco; se vendía el ganado y se guardaban en altos estantes los pilones de azúcar nueva; se iba el verano de seis meses abrasadores y volvía el invierno de seis largos meses de lluvia... Esas personas tenían algo de plantas resignadas y de bestias buenas. ¿Cómo podían advertir que estaban ahí, juntas y semidormidas, sobre la dulce tierra de un paraíso verdadero? -¡Miren ese pájaro!...-gritaba mi padre desde la ventana del comedor-. Es como una flor de oro: como una extraña flor que vuela... Yo admiraba el brillo de aquel plumaje y las imágenes poéticas quedaban en mi memoria. A fines de febrero, las ramas de los maquilishuats parecían celajes, los madrecacaos esponjaban sus flores delicadísimas, las veraneras hinchaban sus morados gajos y los árboles de San Andrés eran de un amarillo vivo y redondo, sin ninguna hoja entre sus capullos de seda. Entonces llegaban al patio colibríes y calandrias, urracas, tordos y zenzontles. Tenían sed de lluvia y la pedían con alas y pico. -Juana Morales, ¿por qué tiene tanto fuego el volcán?...-preguntaba yo a la afanada lavandera-. ¿Por qué hace sonar los aldabones de las puertas? -Porque ahí vive el diablo, mi niña; el diablo con todos sus diablitos. Cada noche, antes de acostarme, yo contemplaba desde el amplio portal las corrientes de brasas que, como sueltos rubíes, bajaban del cono retumbante hasta los anchos arenales, deteniéndose al borde de las llanuras verdes. El diablo andaba muchas veces en mi sueño –el diablo de Juana Morales- con su ardiente manto rojo y su cetro que despedía relámpagos; con su enorme boca cercana, para devorar mis gritos nocturno. -No me gustan esos cuentos que horrorizan- decía mi padre a los sirvientes- la niña es muy nerviosa. No quiero que los oiga otra vez." En la vida de Claudia hubo un aya maestra de fantasía, y hasta se llamó Juana Morales, tan cercana a nuestra Juana Fernández Morales, más conocida por Juana de Ibarbourou que aprendió las mejores lecciones de su aya Feliciana, analfabeta y cándida. Es que Tierra de infancia tiene mucho de Chico Carlo, como lo tienen sus vidas. La casa natal de Claudia, ubicada en el costado del Parque Tomás Regalado en Sonsonate, fue declarada "Sitio histórico" en 1997, pero la destruyó el terremoto del 13 de enero del 2001. Con las casas de Juana, sin terremoto, la piqueta del progreso las transformó. Pero retomemos la página, en la que concluye: "Entre el volcán y el mar nació la niña de este libro: el volcán de sus abuelos morenos; el mar de sus abuelos blancos. Nacer y crecer en una costa tan aromada y dulce, entre yerbas, frutos y pájaros de mil colores, es recibir desde la cuna, maravillosos dones de belleza. En el valle natal mi corazón se fue abriendo como una flor gozosa y su raíz de sangre y arrobamientos se anudó, con fuerza oculta y permanente, al seno acogedor de la madre tierra." Claudia vive su tierra, se empapa de su sustancia, ríe, canta, descubre el color de los juegos y la tristeza de una lágrima, pero se entrega en plenitud, con toda la fuerza de su prosa que es alta poesía. Educada en su hogar y luego en el colegio de "La Asunción", hace estudios secundarios y su guía intelectual es el poeta nicaragüense Salomón de la Selva (1893-1959), a quien conoce en un viaje de ferrocarril cuando ella se dirige a Honduras y él a Nicaragua, después de participar en la Primera Guerra Mundial. Por su sugerencia leerá a los clásicos del Siglo de Oro, los poetas ingleses y los norteamericanos, y, por supuesto, a Rubén Darío. |
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"Amor del alma. Amor que a mí llegaste |
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(De "Amor del alma", poema que publicará años más tarde y evoca esa primera relación.) En 1919 su padre, para que no concrete boda con su mentor literario, la envía a Estados Unidos con tías paternas, es el presagio de futuras desilusiones. En el país norteño conoce a Roy Beers, que será su primer esposo (1923, iglesia católica Nuestra Señora de la Esperanza de Nueva York) y padre de su único hijo (1927, del mismo nombre y quien nos autorizara personalmente a la reproducción de la obra de su madre). Desde allí participa con colaboraciones en periódicos salvadoreños y enseña castellano. Regresa a su patria en 1927 con Beers nombrado Vice-cónsul. En el 30 Beers es contratado por una empresa naviera y se radican en Costa Rica. Engañada por él, la relación se disuelve hacia 1934, aunque no se divorciará hasta el 50, por expreso pedido de Beers. En 1933 comienza a usar su seudónimo y un año después dará a conocer su primera obra, Estrellas en el pozo, en Ediciones Convivio que dirigía en Costa Rica el intelectual García Monge. Allí se incluyen los poemas a José Basileo Acuña (1897- 1992), erudito y polifacético escritor costarricense que se perfeccionó en Francia e Inglaterra, de quien Claudia se enamoró con pasión y dolor. Médico y abogado, profesor de literatura, delicado poeta, talentoso investigador y eximio traductor de los sonetos de Shakespeare, era personalidad admirada por la poetisa. Conocimos personalmente a este baluarte de las letras ticas, que tuvo enorme peso en Repertorio americano, pues dimos conferencias en su hogar de San José de Costa Rica y nos prologó nuestro poemario De chistera y con bastón ( resuenan aún estos versos "es Sylvia Puentes que llega, de puntillas sobre el alba..."). Profesaba Acuña inquebrantable fe que se traslucen en la visión del yo lírico: |
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Dos sonetos a un místico Amor que se cruzó por mi camino Abrí por ti mi corazón entero |
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Acuña era amante de la perfección, de la delicadeza, del buen gusto. ¿Cómo no haberse prendado de una mujer toda poesía? Pero ante tan grande amor se resiste, bien acostumbrado a la austeridad y al heroísmo, no por azar recibió la Cruz de Guerra con siete estrellas, una por cada acto en el que se destacó durante la Primera Guerra Mundial, revistando en la Legión Extranjera de la Armada Francesa. Y cumple con su vocación, se ordena sacerdote, llega a ser Obispo de la Iglesia Católica Liberal en Costa Rica. Pero la historia de amor no concluye. Claudia regresa a su país, dirige programas radiofónicos para niños y una página para la infancia de "El diario de Hoy". Su vida sentimental es agitada, estuvo enamorada de Salarrué, el celebrado autor salvadoreño de Cuentos de cipotes, y al no ser correspondida sublimiza su afecto en una entrañable amistad. Así lo describe en "Romance de los tres amigos": |
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Caminamos de la mano |
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Muchos atribuyen la ruptura al cuidado por preservar la familia de Salarrué que tenía tres niñas (Olga, Maya y Aída). En "Canción del adiós que se presiente" el yo lírico recrea esta relación y expresa: |
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"¡Madura estoy como la fruta dulce |
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Claudia vive alternativamente en distintos países. Trabaja como traductora de historietas para la compañía de Walt Disney en México, cose bonetes para la masonería en Estados Unidos, donde también empaca duraznos y se hospeda en la casa de Gabriela Mistral en Santa Bárbara, apoya la causa de De Gaulle, escribe en diarios salvadoreños antifacistas, estimula a los jóvenes, edita, ama y sufre. Reside en Guatemala donde ejerce como Agregada Cultural y cumple activa agenda. Se casa en segundas nupcias (1949) con el escritor guatemalteco Carlos Samayoa Chinchilla (1889-1973), autor de renombre, con varios títulos publicados, pero ampliamente conocido por Madre milpa, que lo identifica con su tierra y sus orígenes. En 1953 edita Donde llegan los pasos, obra de madurez expresiva, de acuerdo con la Dra. Matilde Elena López, en la que podemos advertir seis poemas largos y un Envío, que recrean su infancia ("Dibujo de la fuga"), la experiencia amorosa con Samayoa Chinchilla ("Sobre rosas y hombres"), la relación con su padre ("Instante y elegía de un marino"), la problemática de la injusticia ("De la calle y el pan"), poemas de amor ("Casa sobre tu pecho"), poemas más simbólicos ("Los dos reinos") y el "Envío" dedicado a la poesía. Para algunos críticos este libro también revela a la rosa como símbolo. |
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IV |
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El divorcio se concreta en 1967. Para ese entonces y después de un largo exilio voluntario había regresado a El Salvador, entregándose íntegramente a la labor poética. Su obra incluye diversos títulos: Tristes mirajes* (1916, libro de estampas), luego, ya con seudónimo, dará a conocer: Estrellas en el pozo (Costa Rica,1934), Canción redonda (Costa Rica, 1937), La casa de vidrio (1942, Chile, para niños), Romances de Norte y Sur y Ciudad bajo mi voz (1946), Sonetos (1947), Donde llegan los pasos (1953), Escuela de pájaros (1955, para niños), Cantos de la madre, Girasol (selección iberoamericana), Nuestro pulsante mundo (1969), todos de poesía. También incursiona en teatro: País de medianoche (1966). *El general Juan José Cañas, autor del Himno Nacional salvadoreño, le publica -en San Salvador y sin su consentimiento- un cuadernillo de estampas del que la autora recogió todo vestigio y renegó de él. Fue
laureada en certámenes nacionales y de
Hispanoamérica, doctora Honoris Causa de la
Universidad "José Simeón
Cañas", condecorada con la Orden
"José Matías Delgado", la obra
teatral "De la sal y la rosa" de
Francisco Andrés Escobar habla de su vida.
Sin embargo, su figura, salvo los círculos
intelectuales, no ha tenido la trascendencia
de otras. Le descubren un cáncer de mama y por caminos de ensueño le llegan poemas de José Basileo Acuña. Allí le dice: |
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Soneto del Recuerdo |
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La respuesta de Claudia quedó firmada en "Cartas escritas cuando crece la noche": |
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I |
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Acuña le contesta nuevamente en abril del 74 y ¡oh, tiempos del correo!, las cartas llegan después que la poetisa acalla su alta voz lírica en San Salvador el 22 de julio de ese mismo año. Pero José Basileo Acuña sigue escribiendo en la clásica forma del soneto y conocemos estos versos que bien pueden relacionarse con este amor: |
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El tema de la gaviota |
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Carmen González Huguet, David Escobar Galindo, Matilde Elena López y Rolando Elías, han sido estudiosos de vida y obra de Claudia Lars, a esas fuentes, y en especial a los volúmenes de homenaje de la Dirección de Publicaciones de CONCULTURA, debemos nuestra información. Claudia recibió el aplauso de su pueblo con guardia de honor ante su féretro que estuvo una hora en la Biblioteca Nacional, fue sepultada en el cementerio de Los Ilustres, pero hoy descansa en el panteón familiar en Jardines del Recuerdo. En forma póstuma se publicaron: Poesía última y Sus mejores poemas ( ambas en recopilación de David Escobar). |
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"Y ahora un "hasta siempre"...un "te agradezco"... |
por Dra. Sylvia Puentes de Oyenard
San Salvador, agosto de 2005.
Ver, además:
Claudia Lars en Letras Uruguay
Dra. Sylvia Puentes de Oyenard en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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