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crónica de Emilio Oribe
Suplemento dominical de El Día Año VIII Nº 329 Montevideo, 30 de abril de 1939 pdf Inédito en internet al 12 de mayo de 2026 (Conste) Digitalizado, para Letras Uruguay, por su editor. A diferencia de Neruda, de Marinello y de Córdoba Iturburu, yo no conocí a Antonio Machado; debido a ello no poseo figura carnal y humana en que apoyarme, para evocaros al poeta y deciros algo que os pueda traer alivio por el tedio de oírme. Esto se agrava por la carencia natural de otros adornos preciosos que poseen mis compañeros de esta noche. Mi homenaje pues, en esta reunión, tiene que ser de acendramiento hacia una admirable sombra, estabilizada en mí por su carácter precisamente de sombra, muy bien afirmada ya por su obra en el habla castellana, y a un varón adivinado a través de episódicas pero altas presencias en los últimos hechos de la caída republicana. Aunque nos ha costado muchísimo, estamos casi hechos ya a la tarea de hablar de una España, cuyo destino se ensombrece hoy en un absolutismo que va reproduciendo los días de Fernando el VII; y el hábito de mirar a ese pueblo en su conjunto, y de vincularlo a nuestro historia, y a las zozobras de nuestro porvenir continental, nos ha tomado perezosos para percibir bien la presencia de algunos hombres que se levantan sobre el movimiento grave de tantos sucesos. Y el primero de todos esos hombres, tendrá que ser Antonio Machado, para nosotros. En él había verdad. Este poeta que es el más grande de su tiempo en su tierra, era auténtico hombre; y este ciudadano que enarboló la bandera de la República en abril de 1931, allá en Segovia, supo conservar su lealtad junto al último latido de su corazón. Y fue fiel y leal en un sentido absoluto, dentro de lo humano; a su canto, a su raza, a su pueblo, a sus ideas políticas; como quien dice, al tiempo y a las historias, a la esencialidad y a la temporalidad, al espíritu y a los actos. Mucho me temo que no hayamos percibido bien ese testimonio de pureza, sin contradicciones, arraigado en la sencillez y en la sinceridad sin dialéctica de una actuación concorde, y cómo se repite en todo eso que es la fragilidad del hombre, el ritmo solemne y austero de su poética, la constancia de la ley de su canto, la duración subterránea de su lirismo, que enlaza las ramas eternas de la muerte y del amor. Tal vez, precisamente, por constituir Machado, un haz demasiado ceñido y resistente de purezas, de existir una coexistencia tan compenetrada de equilibrios, no hayamos desentrañado bien su estatua primordial y carnal; y su caída no haya sido tan mencionada como la del viejo roble vasco, cargado de eminencias y de genio. No poseyendo por lo tanto las aristas y las vertientes que exigen nuestros hábitos de apreciación, por considerarlas connaturales con lo grande y con el mismo genio. Machado se ha ido "misterioso y silencioso", entre !a cascada del tiempo que le tocó en suerte usar. -o0o- Quiero ofrecerle aquí de paso el testimonio de una larga admiración. Yo recuerdo que me hallaba por 1912, en el pleno goce de la poética de Darío. "Los Cantos de Vida y Esperanza" fueron sustituidos en mi devoción por el conjunto "Campos de Castilla", y desde este momento no abandoné el sentido hondo y recatado de esta última poética que brotaba del apogeo mismo del modernismo. Y así, en los días volver a Machado fue siempre el ejercicio sólo comparable al que significa retomar a San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, después de las más terribles aventuras de la experiencia poética. Era como volver a la tierra inicial de la poesía cuando uno desease, en una especie de mito anteico, que otorga siempre fuerzas en la uva del verso puro. Y ya en los últimos tiempos, la aparición inesperada del Machado meditador y filósofo, a la usanza española, sin sistema ni orden, entre contenidos sentenciosos y morales, en donde Juan de Mairena incorporó al cauce y al modo de ser y hablar de la raza, las últimas vibraciones del pensamiento europeo más difícil; mezcla de lo escandinavo y lo germánico: Kiergegaard y Heidegger. No teniendo pues, forma corpórea o divina que recordar, ni mi oído voz recogida que evocar, ni gesto que describir, me salvaré de tal pobreza sin continuar en confesiones personales, lo mismo que sin ir a comentarios valederos sobre su poética, por falta de tiempo, serenidad y recursos. Y pasaré solamente a frecuentar las peripecias de un Machado como entrevisto refractándose en sueños y al soslayo de sus grandes actos; un Machado visto a través de alternancias; las que afectan la dimensión de lo temporal trágico en que afirmó su cuerpo, al lado del cuerpo de su pueblo en armas; y la dimensión de lo pensante, con que coronó su vivir misterioso. Y había que empezar, como postulando esto, así: Los últimos días de Machado, su peregrinaje con las milicias y los pueblos migratorios, constituye la grandeza más ilustre que rodeó el ocaso de la república. En un sentido heroico: lo único grandioso que ha habido. Sólo puede hacerle compañía la majestad del mismo, enigmático pueblo español, desposeído y traicionado por las democracias, cuando enfrentó lo inevitable de su derrota y su agonía. Y es que en ambos actuó la misma fluencia espiritual y racial, el fuerte vino telúrico, que en un caso quedó vuelto sangre secándose sobre la tierra, y en el otro fue poesía y luz de lo alto. Lo que fue en el orden de la batalla y el tumulto, en los pueblos hispánicos titánicamente erguidos ante los invasores, el desgarramiento que se produjo en la entraña de la tierra y en los muros de las ciudades, fue acontecer paralelo en el derivado registrar y procrear ideas, poemas, pensamientos, trabajos y meditaciones, que trabajó en diáfanos planos, el espíritu de Machado. Podría llamarse su obra de entonces un acto de desrealización operado en el flanco de la vieja tradición española. Casi diríamos que una actitud fue la transcendentalización de la otra: en ambas, un paralelismo, sostenido por fuerzas que sólo el tiempo organiza en el seno de las muy heroicas y antiguas razas. Y hay que agregar aquí la dedicación de estos dos años, trabajando a través de la nube de Juan de Mairena unos comentarios filosóficos y artísticos y humanos, en actitud de contemplación y militancia, sólo comparables a las meditaciones de los prosistas mejores de España. Pero digo también que ha sido tanta la turbulencia y el horror tan desnudo, que las gentes no se han podido detener con pensamiento limpio, frente a este último Juan de Mairena de Antonio Machado, y otros no lo quieren ver ya, por ser de tan definido hombre de brega. Lo más trágico se halla en él precisamente, en sus constantes aportaciones que hemos leído en "Hora de España", su gran revista. Y es que dados a ser fatuos y ligeros con lo que ocurre al lado nuestro, así como listos y trascendentes con lo que pasa en tierras lejanas, no hemos caído en la cuenta de la tragedia existencial de Machado y su héroe, alternándose uno en el otro, entre un drama auténtico de la humanidad y en una cumbre de nuestra historia en la cual el metal del hombre se rompe y su angustia metafísica se alimenta con el llorar de los seres de carne y hueso que lo circundan a uno. Y lo que no se notó fue que tanto como en Unamuno y como en Kierkegaard, en la carne tributaria, de los hechos, y en la disciplinante mente ascética de un poeta de le. raza, se estaba transfigurando en densos aforismos, la angustia eterna del hombre. Ante la muerte sin vallas, en ciudades abiertas, en el seno mismo de una guerra moderna, hilaba, la mañosa araña metafísica, una de las más ricas meditaciones filosóficas, no sistematizadas, de los tiempos actuales[1], Pues eso que se revejo y acrecentó en paralela ascensión con la tragedia de los pueblos españoles — completado con la figura terrenal del poeta, errabundo antaño por callejones de ciudades dormidas, y errante ahora con los ejércitos en derrota, bajo nieve y plomo, y yendo a caer en un campo de concentración ¿no está muy lejos acaso de sobrepasar en grandeza lo que nos admirara tanto cuando caíamos en una biografía de Kierkegaard o de Nietzsche? ¿No está ahí la experiencia trágica del hombre que piensa y agoniza, mientras le salpica el rostro la ola de los elementos: tierra, dolor, pensamiento, historia, angustia? Es que tal vez sea aún prematuro hablar de ello. O es que en nuestra raza siempre será prematuro el proclamar la existencia de un arquetipo del espíritu, bien identificado con la historia. No sé qué destinos y qué desatinos aún veremos establecerse en España, ni qué montañas habrá que demoler para arrojar tierra y extinguir las ascuas de Mairena y los últimos poemas de Machado. De todos modos, ahí esta su ejemplo y su grandeza; el único acompañamiento digno que tuvo el dolor del pueblo, el único de los que nos parecían grandes, que desde un plano de angustias corpóreas y espirituales, tendió constantes lazos a la masa que va arrastrándose por los valles, y se precipitó en la muerte, en una forma digna, como anticipándose a lo que iba a ocurrir abajo, y como negándose a ver y a creer... Y yo me he puesto a pensar que tal vez Juan de Mairena (o Abel Martín, o Antonio Machado) al irse, vislumbró con nitidez lo que iba a ocurrir en su patria, y se pasó la mano por la frente hasta los ojos, ocultando la parte de tierra que miraba hacia España, y evocó un genial fragmento de su poesía[2]: "Dijo Dios: Brote la nada. Y alzó la mano derecha, hasta ocultar la mirada, Y quedó la nada hecha." Así paréceme que murió. -o0o- Dícenme los que le vieron de cerca que la vida de Machado, entonces, cargando la vara florecida del verso en el cual el tiempo se ha posado, fijándola ya con el nombre del poeta, sin quitarle lo frescura y la profundidad, experimentó un gran cambio en los últimos años. Habría que reconocerle a la República el mérito de haber arrojado al ámbito de la más viva humanidad, y al río de lo universal, la existencia retraída y confinada de ese hombre, oscuramente alerta en las ciudades castellanas, entre claustros de provincia y sementeras, durante lo más largo de su tránsito. Y precisamente, el paso último, el colocarse con su testa firme descamada, en plena borrasca, y más en los dos últimos años, el haberse erigido en la representación intelectual más noble de la república en armas, complementa su perfil en el tiempo, resaltándolo en toda su gravedad y heroísmo. Y ahí está visto como el más gran poeta, pasó a ser uno de los varones eternos de España, y cómo se ayudó para ello de dos elementos: el persistir en el módulo popular, el acompañar el movimiento de la ola, y también el recoger de su pensamiento aquello que Juan de Mairena descuajó en la filosofía española para purificarlo en las más recientes filosofías europeas. Hubo, pues, una tensión máxima en la existencia de Machado, que corona sus últimos años con un vislumbre que lo sobrelevanta poderosamente. Su cuerpo encadenado a la ley de lo que cae, desde esa esclavitud se hizo torre para acercarse a ciertos misterios limítrofes de lo humano y fuese a apresar lo libre de las ideas muy altas, realizando aquello que se narra en un pequeño antiguo poema arábigo - andaluz, en que un caballero pide a su rey que le adorne la mano con un halcón, para llevarlo atado en el puño e ir entre los juegos de las plumas y el viento, "a apresar lo libre con lo encadenado". Raro destino, el de este altísimo ejemplar del viejo humanismo! He aquí que el verdadero maestro del tiempo nuestro, en lo que puede ofrecernos España estaba en Machado, y no en los importadores solícitos de las modas filosóficas germanas, que tanto influyen en las generaciones antes del 36, pero que hoy no se sabe si menos sombras son que este hombre que ya no existe. Yo creo que la meditación más reverente sobre Machado después de reconocer su sitio entre los poetas de España, consistirá en ahondar, reafirmar y escudriñar en los diversos motivos que sobresaltaron su espíritu y coronaron su existir con un modo tan auténtico de grandeza. El Machado de los últimos años bien queda, pues, con su prosa y su pensamiento, en las aguas heterodoxas que corren desde el romano Séneca a Unamuno pasando por el Miguel de Molinos y Gracián, que, como él, anduvo en batalla de fronteras v describió con muy conceptista elegancia otro combate de Lérida, allá por 1646. Pero para esta explicación no hay tiempo aún, necesitase un equilibrio intelectual muy agudo, y un conocimiento íntimo de Machado para desarrollar un tema así. Entre tanto, si algún verso habríamos de colocar a este poeta en su tumba de destierro, a él, que concibió las mejoras estrofas y leyendas para Darío y García Lorca, creo que sería éste, de Santillana: "Oyó los secretos de filosofía, en los fuertes pasos de naturaleza. obtuvo el intento de la su pureza, o profundamente vio la poesía."[3] Colocando ceniza sobre todo énfasis, creo que a ningún español de nuestros días, conviene mejor que a Machado un inscripción semejante. No hizo la disparidad entre su poesía y su acción, como tampoco entre su soledad su tiempo histórico y su pensamiento. Si por delegación revelada sólo en e! misterio de los comienzos de la inspiración, en la llama viva del canto que empieza ya a flotar sobre las aguas muertas de los signos expresivos, si por delegación o imperativo también de su hondo pueblo fue su poeta más inmediato y austero, por delegación así mismo de su tiempo de vivir, acumuló en sus estudios una suma de saberes muy definidos en poética, filosofía e historia, que lo constituyeron en grave preocupado de la inteligencia pura, que irá adquiriendo, al elevarse y alejarse de estos días, la escultura perfecta que sólo saben modelar ciertas olas del Tiempo. Notas: [1] Ver Hora de España (Nº 1 al 12) 1937, 1939. En espacial lo dicho sobre Heidegger en el XIII, Valencia, Barcelona. [2] Machado. "Cancionero apócrifo".
[3] Santlllana: Comedieta de Ponza. En Buenos Aires y 1939. |
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Digitalizado, para Letras Uruguay, por su editor.
Publicado, originalmente, en: Suplemento dominical de El Día Año VIII Nº 329 Montevideo, 30 de abril de 1939 pdf
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República )
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Antonio Machado en Letras Uruguay
Emilio Oribe en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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