El Señor Albano

cuento de Juan Carlos Onetti

Cuando me levanto para llamar por teléfono —una vez más Pepe contesta “el señor Albano no ha llegado todavía”— puedo estudiar el perfil del hombre que bebe junto al mostrador con el sombrero de paja echado hacia atrás. Quizá no haya reparado en mí durante toda la mañana, tal vez tampoco se interese por la mesa donde, entre el Inglés que bebe otra taza grande de café y Lagos que apoya la cara en una mano, usted se mira el dedo con que obliga a girar el cenicero sobre el mantel.

Vuelvo a mi mesa y enciendo un cigarrillo; sin moverse, torciendo apenas la vista, Lagos comprende que no tengo novedades. El Inglés dirige la cara hacia la puerta, desinteresado, sin prisa por acortar el tiempo que nos separa de la desgracia. Usted deja el cenicero y señala, sin convicción, hacia la mañana de marzo que empieza a extenderse en la ventana. Dejo mis monedas sobre la mesa y una última mirada para el hombre del panamá junto al mostrador; miro las 7 y 50 en el reloj sobre la caja registradora y salgo a la calle. Paseo bajo los árboles, de esquina a esquina, esperando que abran el negocio, mirándola a usted a través de la ventana del café, quieta y pensativa, como aplastada por el silencio, más pesado, de los dos hombres. Arriba, detrás de algún balcón abierto, preparan ya el último día de carnaval y la música de un piano baja intensa, se aleja con un murmullo acuoso, parece adivinar y seguir la dirección de mis pasos.

El negocio está ahora abierto y el sol ilumina las narices, los bigotes, las telas sedosas del escaparate. Los veo salir del café, usted en el medio, Lagos con el bastón en el brazo, el Inglés mordiendo la pipa y con las manos en los bolsillos del pantalón.  

—Buenos días —digo al hombrecito que me acerca una cara vieja y parpadeante—. Necesitamos trajes de disfraz. Algo muy especial, muy bueno.

—Para un baile — agrega el Inglés y ríe durante las tres palabras.

—Sí —dice con desánimo el hombre; de pronto descubre los dientes y se vuelve para mirarla a usted.

Usted está a mi lado y me sonríe; Lagos se coloca una peluca en el puño y alza el brazo hacia las sombras que aun quedan en el techo. Tristemente, el Inglés insiste:

—Trajes de disfraz.

—Sí —el hombre no se mueve—. ¿Para esta tarde?

—Para ahora — dice usted con rapidez.

—Tenemos necesidad de llevarlos ahora —explica Lagos; inclina el puño y se le ve desencanto en la cara cuando la peluca resbala y cae sobre el mostrador de vidrio—. Para devolverlos mañana; a primera hora, cumplida su misión de engaño sin malicia, los trajes estarán en su poder, serán devueltos a la naftalina.

—Tendrá que ser a primera hora —repite el dueño—. Y hay que dejar garantía. —Lagos hace una reverencia y muestra un puñado de billetes; el viejo alza los antebrazos, los codos—. No quería decir... Es la costumbre.

El Inglés, con la pipa entre los dientes, ríe burlándose, obliga a la cara del viejo a expresar el don maravilloso de comprenderlo todo. El dueño alza una cortina y nos deja pasar, uno a uno, tocándonos suavemente las espaldas, como si nos contara, hasta un corredor sombrío donde se enfrentan dos largos estantes cubiertos con cretonas que empieza a descorrer, que abandona para dar luz.

—Hombres y señoras — dice, moviendo las pequeñas manos hacia los estantes.

Miramos sin comprender hombros de colores, faldas, medias desinfladas, zapatos con hebillas, un espadín que nos atrae y nos reúne. Vamos descolgando perchas con trajes y las transportamos hasta el angosto patio próximo que alumbra un tragaluz. Usted examina los vestidos, los hace flotar, los devuelve al estante, descuelga otros, tan rápidamente que mis ojos confunden los colores. De pronto imagino que todo —la fuga, la salvación, el futuro que nos une y que sólo yo puedo recordar— depende de que no nos equivoquemos al elegir el disfraz; miro atemorizado las ropas que el Inglés hace girar junto a las perchas, las que Lagos mueve apenas, empujándolas con el bastón. La oigo reír, veo su mano tocando la nuca de Lagos, escucho al viejo que trata de mezclarse en su alegría; pero no puedo interesarme porque estoy temblando ante el peligro de equivocarme; me acuclillo como si así estuviera más cerca de la verdad.

—Los voy a esperar en el negocio. — Es su voz, sus pasos, su silencio.

El bastón de Lagos pasa encima de mi cabeza, toca un traje, salta hasta otro. Repentinamente, alargo el brazo y separo un disfraz. Lagos ha dejado caer la mano con el bastón y da un paso hacia atrás.

—Sáqueme ese — dice sin entusiasmo.

Usted está sola en el negocio y sonríe a la calle; busco, inútilmente, el traje que acaba de elegir; paso frente a usted, casi rozándola con mi disfraz, cegándola casi con el reflejo de las lentejuelas; pero no logro apartar sus ojos de lo que miran.

—Sí—comenta Lagos, llegando—. Todas las muchachas van a querer bailar conmigo. Es indudable; su frase ha sido feliz y profética.

El dueño ríe junto a la cortina de atrás del mostrador y bajo su brazo y su voz enronquecida el Inglés avanza encorvado y se nos acerca. Lagos deja caer su traje encima del mío.

—Alabardero — dice el Inglés.

—Es un traje muy original —comenta el dueño—. ¿No le parece, señorita? Usted dice que sí con la cabeza y a todos nos parece suficientemente original y muy hermoso. ¡Y el suyo! Un rey!

—Espléndido, sin dudas —responde Lagos—. Esta noche, esta tarde, mi popularidad en los círculos sociales se acrecentará y quedará consolidada. Tal vez pudiera hacer algún reparo a la calidad de las piedras de la corona y a la blancura del armiño. Pero no vale la pena.

Habló de perfil al dueño y sin mirar su disfraz, terminó con un suspiro. A pesar de la expresión irónica, imagino que tiene miedo, supongo que está arrepentido, que poco tiene que ver con el Horacio Lagos que, en la madrugada, en el reservado del café de Pepe, nos dió órdenes, casi me hizo creer en la sinceridad de la venganza y el homenaje impuestos por Elena Sala: Estamos en carnaval y debemos escondernos en el carnaval. Buscan a un hombre bajo y grueso, vestido de gris; a uno rubio y flaco con traje marrón; a un buen mozo que fuma en pipa. Buscan a una muchacha de regular estatura, de ojos claros, nariz de dorso recto y sin señas visibles, aparte de las sutiles marcas profesionales que deja la práctica del violín. ¿No es así? Muy bien: los suprimimos como si sopláramos cuatro velas, los sustituimos echando a rodar por bailes y sitios de honesta diversión a una marquesa Dubarry, a un cosaco ribereño, un don Equis hijo de zorro, el último de los mohicanos.

—Todos los trajes son lindos —aventura el dueño, molesto por el silencio—. Seda. — Toca el traje de Lagos, lo sopesa y aparta la mano.

El Inglés se me acerca chupando la pipa, el traje de alabardero colgado del hombro; levanta el antifaz de Lagos y aspira el olor de la naftalina; entonces Lagos sonríe mirando mi traje sobre el mostrador, se echa a reír frente a mi cara y camina hasta la puerta sacudiendo la cabeza. El Inglés lo espera, inmóvil, el disfraz de alabardero siempre en el hombro, la casaca de rey en un brazo. Alegre y caluroso, el viejo se vuelve hacia usted y se pone a conversar con su nuca.

—¿Pero dónde está su traje? Señorita. Supo elegir, muy original, de muy buen gusto. Y no es un disfraz, es un traje de verdad. Es un secreto. — Mira y guiña un ojo.

Usted se toca el pecho con el pulgar y murmura algo cuando Lagos se vuelve, le toca al pasar la barbilla y se acerca a mí y a mi traje.

—Torero —dice—. ¿Eh, doctor? Amarillo y verde. —Alza el traje y lo sostiene un rato en el aire.— Torero —repite al abandonarlo junto a mi codo, después toma la montera y se la encaja en el puño, como hizo antes con la peluca.— No recuerdo haberlo visto en la trastienda. Complejo, dictaminará usted, doctor. Pero siempre he deseado tener un traje de torero, vestirlo alguna vez y fotografiarme. Si usted, doctor, agregara a sus ya incontables bondades... si no tuviera inconveniente en aceptar un cambio...

—Yo lo elegí —digo secamente, sin saber de qué quiero vengarme—. Usted lo separó y volvió a dejarlo. —Hundo el codo en el traje y miro a Lagos con humildad y tristeza—. Ahora quiero ponérmelo.

—No me atreveré a desmentirlo. Pero reconozca, doctor, que en las perchas todos eran iguales. Puede haberlo visto; tal vez haya llegado a separarlo y examinarlo; pero, en realidad ...

Gira la cabeza para buscar los ojos del Inglés, continúa el movimiento hasta sonreírle a usted, soslaya los dientes amarillos del viejo.

—No —digo cuando vuelve a mirarme.

—Está bien, no tiene importancia. ¿Cuánto tengo que pagar? —Se apoya en el mostrador, a mi lado, observa el progreso del sol en la calle; oigo otra ráfaga del piano, arriba, afuera, a mi espalda.

Usted y el dueño levantan la cortina y desaparecen en el corredor; usted vuelve y murmura junto a la cabeza de Lagos.

—No —dice él—. Es maravilloso pero imposible. Que nos alquile una valija o nos haga paquetes.

Espero paseándome mientras el vejete acomoda los trajes en una valija, mientras Lagos paga y el Inglés trata de silbar sin quitarse la pipa de la boca. Usted me alcanza bajo los árboles y me explica, veloz, sin mirarme, que vamos a casa de René para cambiar de ropa. Me vuelvo hacia Lagos, lo dejo acercar —ahora tiene un contoneo en la marcha, una mirada experta, casi vanidosa— y voy enterándome de cuánto lo quiero y lo respeto. El Inglés carga la valija, avanza con largos pasos, la empareja a usted.

—Vamos a lo de René —me dice Lagos, palmeándome—. Un gran muchacho. Pero sería mejor que llamara otra vez a Pepe. Perdóneme por todo y especialmente por estas pequeñas molestias, doctor...

Tal vez se burle, tal vez se haya burlado siempre; en los ojos no tiene otra cosa que amistad y una tristeza de anciano. Entro en una farmacia y sonrío junto al teléfono, averiguo las andanzas del señor Albano. Anoche, después del balazo, agigantado para detener y organizar las columnas en retirada, lo que sentía de resignación y escepticismo en nosotros, Lagos, en el reservado del café inventó la frase “¿está por ahí el señor Albano?” como clave telefónica para preguntar por las novedades que se centralizaran en Pepe. Una precaución ociosa, un toque de virtuoso. El señor Albano —“¡ya lo tengo!” gritó Lagos con el índice extendido, inclinando hacia nosotros una expresión de victoria y secreto— nació de la etiqueta de la botella que teníamos sobre la mesa. Pero al telefonear a Pepe siento que aumenta mi interés por la imposible presencia del señor Albano en el cafetín, por la sombra de su cuerpo, vestido de blanco, encima del piso manchado; por su voz inaudita, mutilada a compás en el movimiento de la pesada mandíbula; por su gesto en los saludos, por la calidad paciente y malévola que atribuyo a sus actitudes.

René tenía puesta una bata de seda, gris y con círculos negros, mientras estaba de pie, dándonos paso para entrar a su departamento, luego de haberse mostrado detrás de los vidrios del negocio de relojería y haber descorrido el cerrojo de la pequeña puerta metálica. Mientras entrábamos agachados corrió escaleras arriba para esperarnos en la puerta del departamento, erguido, riendo con el tono de burla que —se adivinaba— le era habitual, quitándose los anteojos por coquetería o para vemos mejor.

Ahora se mueve con rapidez y sin esfuerzo, retira libros y papeles del escritorio, no escucha la broma que reitera el Inglés, mueve los hombros bajo las excusas de Lagos.

—Están acá —dice—. Hagan lo que quieran, pueden quedarse un par de años. No es por eso, por mí. Sólo que, si no disparan pronto de Buenos Aires... ¿Quién fue? —pregunta con una repentina, ardorosa excitación en los ojos.

—Fuenteovejuna —dice Lagos.

—Yo —dice el Inglés; se inclina para dejar con cuidado la valija en el suelo, se alza arrancando humo a la pipa—. Todo esto es idiota, un juego. Voy a matar a otro y a entregarme; ellos pueden desaparecer.

Usted comienza a pasearse, desde la ventana abierta hasta la hornacina con el San Cristóbal y el Niño al hombro, mientras nosotros nos sentamos, escogemos cuidadosamente los asientos y el orden en que vamos a ocuparlos. De inmediato el cansancio me sube desde el cuero del sillón, se me entra en los poros; la miro y pienso que usted está forzando el retorno de aquella alegría, de aquel anonadamiento en el silencio y la soledad que descubrió en el negocio de disfraces.

—No me interesan los argumentos —dice el Inglés—. No voy a escucharlos. —Coloca una pierna sobre la valija, ampara la pipa entre los dedos—. No tenemos derecho a estamos aquí. Tampoco entiendo para qué. Voy al dormitorio a cambiarme, si no hay mujeres. Quiero morir con el uniforme de la guardia suiza. ¿Conoce René la historia de los disfraces?

—Pueden quedarse dos años —repite René; me muestra el perfil de medalla, la flaca mejilla, el alto jopo endurecido—. No tengo por qué saber nada, si es que se preocupan por mí. Recibo a unos amigos que quieren hacer un baile de carnaval en mi casa.

Como guiada por su propia sonrisa, usted continúa paseándose, hacia allá, hacia acá. Abandonándome contra el respaldo del sillón, contra el cansancio y el sueño, resuelvo perdonarla, renunciar a la venganza, en homenaje a éste su tenaz rastreo de un motivo de dicha, en homenaje a esa voluntad de creer que usted acepta y cultiva ahora, en este momento en que el porvenir puede ser calculado en minutos, en que todo estado parece comprometido.

El Inglés se levanta, se dobla para recoger la valija, pasa al dormitorio, detrás de esas cortinas.

—Perdón —dice Lagos—. Pero usted, mi querido amigo, no me contesta. No se me ocurren inconvenientes para que me haga saber, exactamente, desde cuándo lo sabe. Suponiendo por un momento que esa historia sea verdadera en todos sus capítulos.

—Como guste —dice René; sentado sobre la mesa, se quita y examina los anteojos con una sonrisa; el dibujo femenino de su boca está atenuado por la delgadez ascética de los labios—. Es asombrosamente sencillo. No lo supe nunca, no lo sé ahora. Con la mano sobre el pecho, no lo sé. Es cierto que la radio está gritando desde la mañana, cada cuarto de hora. Yo puedo oírla e imaginar cualquier cosa, deducir y llevarme mis deducciones a la tumba.

Sonríe, siempre burlón y lleno de amor; se zafa fingiendo interés por la transparencia de sus anteojos.

—¿Quién es René? —pregunto.

—René — contesta él, encogiendo los hombros, separando las manos con desolación.

—Es mi amigo —dice Lagos—. Y nunca sabrá cuánto lo quiero. Muy bien: deducciones. —No hay impaciencia ni cansancio en su cara; quizás todo sea mentira, estemos aún en el hotel junto al río, el Inglés no haya matado a nadie—. Técnicamente inobjetable. Y nosotros, querido amigo, juramos respetar su secreto, su reticencia.

—Entonces —responde René— estamos de acuerdo. Pero, le ruego, acepte suponer por un momento que fueron ustedes y que yo le sé. Aunque sólo sea para conversar un momento, mientras regresa Owen. Lagos: hemos jugado al ajedrez.

—Agradezco que lo recuerde; no será usted un jugador muy fuerte pero debe figurar entre los más elegantes del mundo. Supongamos aquello, entonces.

Sobre el borde del asiento, Lagos está colocado ahora entre el marido y el viudo, entre la frívola cortesía y la desesperación implacable. Usted continúa paseando, más veloz y resuelta ahora; tal vez no haya habido nunca problemas y baste con elegir entre la imagen de San Cristóbal y la luz del día en la ventana o dudar entre ambas cosas.

—Alabardero —dice el Inglés al volver; se sienta, busca un fósforo para su pipa. Tratamos de impedir que nos sorprenda mirándolo disfrazado, le agradecemos que haya sido el primero. Le miro a usted los tobillos para huir del pequeño espanto que brota de este hombre derrumbado en su sillón, acariciándose la peluca, rígido el brazo horizontal que apoya en la ridicula forma de arma envuelta en papel plateado.

—Bien, técnicamente perfecto —dice René—. Pero hoy termina el carnaval. En cuanto salga el sol, mañana, no podrán mover un dedo, disfrazados. Puedo hablar, entonces, de veinticuatro horas perdidas; repetir que yo las hubiera utilizado para acercarme a una frontera.

—Exacto —dice Lagos—. Usted, todos harían eso. —Hace sonar, apenas, las puntas de los dedos contra el brazo del sillón y dobla el cuerpo hacia René, no tan rápidamente como para impedir que yo sepa, aun antes de que termine el movimiento, que está mintiendo—. Y ellos, la policía, van a pensar lo mismo. Todo el mundo; hombres con máuseres en los caminos, inspección de automóviles y trenes. Tan evidente... En este mismo momento no están esperando en cada frontera. ¿Pero a quiénes esperan? —Se vuelve hacia el lugar que ocupo: sé que está hablando para usted, nada más, para derramar alternativamente en sus oídos, al paso, la convicción de que la palabra mañana conserva un sentido y de que él es infinitamente más vigoroso que su edad—. Tienen, deben tener, supongamos, descripciones de nosotros. ¿Pero encontrarán nunca nada semejante a este alabardero, al rey en que voy a convertirme?

—Sí —dice René con tristeza—. Comprendo.

—Todo esto, querido amigo —dice Lagos poniéndose de pie— dentro de los anchos límites de la suposición inicial — Sonríe, se acerca a la mesa con rápidos pasitos, oprime el hombro de René—. Mi pobre amigo; hay la repentina, como enfurecida, breve infelicidad; hay también la otra, gris, menor, diaria, sin un final previsible. La suya. Querido amigo: llegó mi turno, voy a ser rey. —Se detiene junto a la cortina del dormitorio, siento que sospecha haber dejado un miedo detrás suyo, una desconfianza—. Si yo dirigiera una retirada... Claro, es cierto, el carnaval termina. Pero habría conquistado ya una seguridad absoluta de veinticuatro horas, habría fortificado la moral de mi ejército y, durante el tiempo así ganado, organizaría el arribo a la frontera.

—También es cierto — dice René; pero Lagos no se convence, vuelve sonriendo hasta el centro de la habitación, parece coincidir por sorpresa con usted y la estrecha levemente contra el pecho.

—Yo, el rey —dice Lagos junto a la mesa—. ¿Le molestaría mucho acompañarme un momento? —Hace una reverencia, junta los talones, y entra al dormitorio con René.

Usted ha vuelto a caminar, al otro lado del humo de la pipa del Inglés; descubro que la zona de quietud y desvío que se extiende desde las flacas rodillas del alabardero, desde las arrugas de las medias blancas, se empeña en desvanecer lo que usted construye. Usted lucha y persiste, pero termina por detenerse, sonríe hacia mí sin ver, se acerca y cae en un asiento, a mi lado.

Con el disfraz, Lagos parece simultáneamente más gordo y más alto; lo veo avanzar duplicando la dignidad de sus modales. Es probable que ensaye los dones recién adquiridos cuando se inclina para cuchichear junto a la oreja del Inglés, inmóvil en su asiento, el ángulo recto del brazo apoyado en la corta lanza que él llama alabarda. Usted dilata y asoma los ojos para mirar a René que se acerca con ropas de calle, un sombrero de paja y una libreta negra en la mano.

—Vamos a salir —explica Lagos; me mira, sonríe hacia usted—. No creo que demoremos. René tuvo una idea magnífica; es posible todo está arreglado en un par de horas. Hay un teléfono en el dormitorio, doctor; le ruego que, de vez en cuando, se interese por nuestro amigo Albano.

—No hay inconveniente en que usen el teléfono —agrega René—. Pero no atiendan si llaman, no utilicen el del negocio.

Hay algo incomprensible en su sonrisa cortés, presiento la repugnancia que me amenaza, lo que habrá de grotesco y elegiaco en el grupo cuando se vuelvan de espaldas y caminen hacia la puerta, el rey, el alabardero, este hombre que los acompaña o los guía, como un loquero a sus enfermos.

Voy hasta el dormitorio para no verlos partir, uso el teléfono como pretexto; llamo mientras ellos cierran con suavidad la puerta, me sobra el tiempo para percibir el crecimiento del silencio en la primera habitación, la soledad que comienza a rodearla a usted y la aisla. Es la voz de Pepe en el aparato, sobresaliendo de los ruidos que anticipan el mediodía, la inquietud ruidosa de vasos con vermouth, sifones, platos de aceitunas, dinero y fichas. No ha llegado aún el señor Albano; doy las gracias y, ya sin sueño, me tiro en la cama, me hundo apenas en la colcha azul. Pienso en usted y la olvido, acojo mi voluntad de olvidarla, olvido el futuro irrealizable que nos unió, olvido la insignificante porción de lo que hicimos juntos, de lo que nos espera. Con las manos bajo la nuca, rodeado, atravesado casi por las listas azules, rosadas y cremas del empapelado, me dejo caer en cualquier marchita felicidad pasada. Evoco al señor Albano sin otro resultado que algunos mal distribuidos cabellos retintos sobre una piel oscura y grasienta; adivino que habré de conocer de golpe sus anécdotas, su rostro, su voz, sus costumbres misteriosas y morigeradas en el mismo momento en que Pepe sustituya la monótona negativa por la explicación de las complicaciones recién surgidas, la enumeración de los progresos del cerco que terminará por atraparnos. Recuerdo la grandeza de Lagos cuando repartía indicaciones en un ineludible lenguaje infantil, cuando demostró ser capaz de preverlo todo menos el suave gesto con que el Inglés apoyó su pistola en el cuerpo del hombre que se acercó al automóvil y quiso detenernos; vuelvo al señor Albano e imagino nuestro encuentro en un reservado del café, o junto al mostrador, la entrevista en que tomados del brazo nos haremos oír, sin apuro, las tediosas confidencias que puede cambiar un muerto con un fantasma.

Pienso que voy a dormirme y salto de la cama; la descubro a usted dormida en un sillón, imagino la totalidad de la vida animal de su cuerpo, desde los zapatos hasta los párpados que se arrugan para proteger el sueño. Bajo la escalera, atravieso la penumbra del taller de la relojería, la salita de ventas; la luz de la calle entra casi vertical, recorta en la vidriera las letras doradas de la muestra, el cuadriculado metálico del sistema de alarma. Al otro lado de la calle, en el café de la esquina, sentado junto a la ventana, con un codo que avanza en la mañana húmeda y caliente, hay un hombre de perfil, con sombrero panamá, inclinado encima de un diario.

Quedo inmóvil, mirándolo, escucho los tictacs desparejos de una veintena de relojes a mi espalda, sobre mi cabeza, vibrando en el escaparate, cerca de mi vientre; invento el golpeteo de las máquinas que no oigo, las que están en la caja fuerte, en las vitrinas, en la luz verdosa de un pequeño acuario, sin poderes para evitar que el latido de los relojes mida y corroa este tiempo y los que soy capaz de recordar y suponer.

El aire del local, de pronto, retrocede, .se hace silencioso y desciende; desde todas partes saltan las campanadas del mediodía, martillan y cantan los carillones. Camino hacia atrás hasta que choco con un reloj de pie; tembloroso, me aplico a sudar todo el miedo que acumulé, sin saberlo, desde ayer, mientras se prolonga el estrépito, mientras agonizan en mi memoria los últimos sonidos de los relojes.

Voy al estrecho taller y me siento en una banqueta, junto a la mesa; me ajusto contra un ojo un lente de relojero, enciendo un cigarrillo y examino, a través de los vidrios del tabique, con una fría mirada tuerta, la luz de la calle depositada en la parte delantera del negocio. Escuchando el batallón de tictacs que ataca a la claridad del mediodía, la empuja, la desgasta; escuchando los puntuales carillones y campanas que van celebrando victorias parciales. Sin pensamientos, sin intervenir, ajeno al tiempo y a la luz, presencio la lucha hasta que termina, hasta que los metales y los vidrios de las esferas comienzan a reproducir y repartirse el reflejo de la primera lámpara que se enciende en la calle. Dejo sobre la mesa del taller el lente negro, suspiro el cansancio de la jornada y subo la escalera, con el cuerpo dolorido, una mano en el riñón.

En el departamento a oscuras camino lentamente entre los muebles, la oigo murmurar o reírse, confusamente veo que usted separa del muro la mancha blanca de su vestido. Usted corre, veloz y sigilosa, se detiene junto al diván; voy reconociendo, lentamente, su cara, su cuerpo empequeñecido por el disfraz de bailarina. Me siento en un sillón y comenzamos a hablar de su disfraz; contesto con docilidad, acepto todo lo que usted dice o insinúa, voy creyendo en la entrecortada historia de un traje semejante, de una tía joven, de dos o tres sentimientos, remozados de improviso y que sólo a usted pueden interesar. Descubro que sus piernas se han hecho asombrosamente fuertes y comprendo que usted estuvo bailando,. sin descanso, mientras atardecía, que estuvo corriendo de lado a lado de la habitación, un tímido salto al pie de la hornacina, otro junto a la ventana.

Cuando usted termina su historia doy mi asentimiento con voz reflexiva y suspiro. Desde muy lejos nos llega un ruido de gritos y automóviles y en el inmediato silencio presiento, un poco nervioso, que va a iniciarse nuestra vida en común; me hago cargo de que no nos entendemos del todo y de que será necesario rellenar muchas distancias con olvidos y buena voluntad.

Se abre la puerta y los tres hombres entran, emergen de un subsuelo de repiques y prólogos musicales. Alguien enciende la luz.

—Todo está bien. Casi arreglados — dice Lagos.

—Mañana. En la madrugada — agrega el Inglés.

La cara de Lagos se mueve firme y alegre; la del Inglés muestra discretamente la resignación y el fracaso. Me doy cuenta de que ambas expresiones son partes de un mismo rostro, que han acordado repartirse la confianza y el desánimo. No hago preguntas; me coloco al lado de René y lo ayudo a desembarazar la mesa y abrir paquetes, descorcho la botella de vino.

Cuando alguno deposita en la bandeja el último hueso de gallina, René sonríe hacia el techo y dice, rápido:

—Si quieren pueden quedarse.

—No —contesta Lagos—. Ahora menos que nunca. Hay muchas cosas que hacer.

Usted, solitaria en el extremo de la mesa, alza las manos que brillan con la grasa de la comida, se mira uno a uno los dedos, los acerca y los aparta de un gesto maravillado. En el dormitorio descubro que la faja del traje de torero se reduce a un cinturón ancho y relleno que se sujeta con broches en la espalda; no puedo recordar por qué quise este disfraz y estuve dispuesto a defenderlo. Estoy frente al espejo, ridículo y triste, no me animo a erguirme ni a mirarme en los ojos.

Tal vez el mismo Lagos haya empezado a ver hombres con sombreros panamá, distraídos señores Albano de anchas mandíbulas, mientras andamos por una calle del centro, de dos en fondo, apretándonos en la multitud, ofreciendo las caras desnudas. Me toca un hombro, vuelve la cabeza hacia usted y el Inglés.

—Que entren aquí, doctor —dice—. Le ruego. Vamos a entrar aquí.

No hacemos preguntas mientras Lagos se adelanta en el vestíbulo del teatro para comprar las entradas al baile. Usted ríe, colgada del brazo rígido del Inglés. La cabeza torcida hacia el ruido de la música. Paso a paso, tratamos de llegar a una mesa vacía; demasiado tarde, Lagos me advierte:

—No vamos a bailar todavía.

Usted golpea con la frente el pecho del Inglés, se abrazan y bailando, alcanzan mucho antes que nosotros la mesa vacía.

—Un momento —dice Lagos; la mira a usted con una repentina ternura, casi impúdica, y ambos ríen; usted, como en otra noche que no ha llegado todavía, inclina luego la expresión de una furia sin destino, una boca oscura y amarga, está como apoyando el pecho contra el aire caliente, los perfumes, el humo.— Un momento. Vamos a tomar una copa, vamos a brindar.

Brindamos, por nada, alzamos un momento las copas hacia las serpentinas que cuelgan del techo. Cuando usted se aleja con el Inglés vigilo los ojos de Lagos que tratan de no perder entre los bailarines su redonda falda rígida, el triángulo desnudo de su espalda; lleno mi copa, abandono el cuerpo y voy siguiendo en la cara de Lagos las vueltas que da usted abrazada al Inglés. No diría que está viejo; diría que acaba de llegar, en este exacto minuto, al momento en que se empieza a envejecer.

Usted vuelve a la mesa, apoya en una punta los dedos de una mano, bebe un trago, me sonríe como si le fuera posible darme algo, alza los brazos para recibir a Lagos y se alejan bailando.

El Inglés me oprime un brazo sin hablar; espero, decido despreocuparme de cualquier confesión. Vacía su copa y vuelve a llenarla con el resto de la botella.

—Y fue esta mañana —murmura— cuando casi discutimos por un traje de disfraz. Y fue ayer de tarde cuando volteé al tipo y lo dejé duro boca arriba en la llovizna. No pensaba hacerlo hasta que me vi haciéndolo. Pero, en el fondo, es probable que estuviera decidido a una cosa así desde el hotel del río. Pero no sé si tengo derecho a complicar en esto a un hombre como usted.

—Gracias —digo—. ¿Y en cuanto a la muchacha?

—¿La violinista? —Se asombra, se burla un poco, sacude una mano en el aire—. A ese tipo de mujeres hay que darle cualquier cosa menos la paz. Lo excitante, exciting, es su lema. Nacieron para vivir, las respeto, son tan escasas.

Usted baila conmigo, con Mauricio y con el Inglés; vuelve a bailar conmigo y recuerdo el teléfono. Costeo la pista y llego hasta el bar, pregunto por el señor Albano, me entero de que estuvieron ya en la lavandería, que encontraron su estuche de violín, lleno de ampollas, en el hueco del mostrador. A solas con Lagos en la mesa la miro alzar su risa hacia la cara del Inglés mientras bailan y evoco la destreza con que el Inglés en la lavandería, disimuló el estuche bajo las ropas y el diminuto orgullo que tenía al enderezarse y mirarnos; evoco el olor de la cálida humedad y el de las camisas usadas.

—Estuvieron en la lavandería —murmuró—. A las diez.

—Gracias —contesta Lagos; cuando descubre su vestido junto a la orquesta vuelve a sonreír.— Nos vamos — anuncia cuando usted y el Inglés llegan a la mesa; pone el dinero sobre el mantel, no da explicaciones ni nos mira, tal vez imagine extraer un último prestigio de la arbitrariedad y el misterio.

Con inflexible velocidad atraviesa la sala de baile y el vestíbulo del teatro; sólo al detenerse en el borde de la acera comprende que está desesperado y se vuelve para enfrentarnos con una sonrisa de asombro. Subimos a un taxi y atravesamos el carnaval en la ciudad sin hablarnos; descendemos junto a un largo paredón donde han pintado leyendas políticas con altas letras blancas.

—¿Eso, lo de la lavandería —pregunto a Lagos— quiere decir que... ?

Lagos me toma de un brazo y me va conteniendo hasta que usted y el Inglés avanzan una mal alumbrada cuadra en la noche.

—No puede saberse, doctor. ¿Diría usted que todo está perdido? Perdone por contestarle con una pregunta. Subsiste mi plan, nuestro plan; continuamos escondidos en la fiesta, hemos dejado de ser hasta la mañana. Tengo un definitivo respeto por su ecuanimidad. ¿Me reprocharía usted no haberle hablado de Elena en todo este tiempo, estos días? Mire hacia allá, doctor, vea esa figura blanca al lado de Oscar. Ella es Elena. Nada se interrumpe, nada termina; aunque los miopes se despisten con los cambios de circunstancias y personajes. Pero no usted, doctor. Escuche: aquel viaje que hizo usted con Elena persiguiendo a Oscar, ¿no es exactamente el mismo viaje que pueden hacer esta madrugada, en una lancha, desde el Tigre, una bailarina, un torero, un guardia de corps, un rey?

Me suelta el brazo y continúa andando en silencio, modesto y majestuoso a la vez, resuelto a dejar dentro de mí su última frase, como un gajo, para que arraigue y crezca.

—No voy a ningún baile —dice usted en la esquina—. Ir ahora sería como matar todos los bailes del mundo. Lo que es, lo que debe ser un baile. Pero voy a cualquier otro lado que quieras, que digan. Eso sí.

Cuando el Inglés consigue un coche y estoy nuevamente sentado junto a un chófer, rodando hacia el oeste sin destino preciso; mientras Lagos cambia de intención, se desilusiona al llegar a las esquinas que nombró y volvemos a correr hacia otra que tampoco podrá satisfacerlo; mientras atravesamos y confundimos calles, risas, músicas, faroles, supongo que Lagos y yo vamos amontonando remordimientos por dejar sin respuesta los saludos de decenas de señores Albano que sonríen con sólo aflojar las mandíbulas y agitan a nuestro paso sombreros panamá desde balcones, mesas de café, otros automóviles.

Ahora, siempre dentro del carnaval, estoy junto a usted en la pequeña glorieta de ramas secas y polvorientas donde cuelgan serpentinas y flores de papel, donde se extienden iniciales, fechas y epígrafes a los que pasamos revista moviendo los labios en silencio. Esperamos al mozo, una guitarra preludia interminable.

—Brindo —dice el Inglés alzando su vaso, la otra mano colgando sobre la alabarda, sin esperarnos para beber—. Brindo por el salón de una peluquería, con un solo sillón, un mulato, un espejo picado. Por una hora de la siesta y por mí sudando en la sombra, hojeando revistas. No conozco, en este momento, un recuerdo más importante.

—No hay nada nuevo — anuncio al volver a la mesa, después de hablar por teléfono, de enterarme de que el señor Albano no se encuentra en el café, después de pasar cerca del guitarrista que preludia en el patio frente a cuatro amigos silenciosos, tres mujeres casi dormidas.

—Estuvieron en el lavadero —dice Lagos—. Querido doctor, es mi deber confesarle que no existe ninguna lancha. —Levanta su vaso, nos muestra luego una sonrisa que no alcanza a separarle los labios, nos deja ver que está viejo y que no ama a nadie.

Rozo la mano que usted esconde bajo la mesa, engancho una uña en el filo de una pulsera y de golpe comprendo a la vida, me reconozco en ella, experimento un definitivo desencanto por su sencillez.

—Brindaría ahora —murmura el Inglés— por un hombre muy viejo. Se alimentaba de minúsculos misterios sin importancia. Cuando le llegó la hora de la muerte creyó salvarse diciendo que tenía sueño.

Yendo hacia el teléfono veo el patio abandonado, las mesas amontonadas, una claridad lunar que ya se disuelve en el ramaje. Pregunto por el señor Albano y Pepe habla con voz monótona, sin interrumpirse, como si recitara su información por centésima vez y ya le fuera imposible descubrirle un sentido.

—Gracias —contesto—. No sé si volveré a llamar.

Mientras vuelvo a la mesa —hay una indudable claridad encima de la glorieta— me siento impedido por la ridiculez del disfraz, me avergüenzo del silencio de mis zapatos con hebilla sobre las baldosas rojas del patio, sobre el piso de tierra donde usted y ellos me esperan.

—Estuvieron en lo de René, en la relojería —digo al sentarme—. Él mismo avisó a Pepe cuando los oyó golpear en la puerta.

—Gracias —dice Lagos—. También podemos brindar por eso.

Usted se endereza como despertando, empuja mi pierna con la suya; por un largo momento la risa le impide hablar.

—¿Quiere decir que la ropa... que ya no podremos cambiarnos?

—Excesivamente escondidos en el carnaval, según parece — comenta Lagos y trata de que yo lo vea sonreír.

Usted alza los brazos para mirárselos, se mira el corpiño, la corta falda rígida que parece descansar sobre sus rodillas; ríe, ahora suavemente, cada vez más despacio, como si se alejara.

—No sólo las ropas y los documentos —dice Lagos. —También el dinero estaba en casa de René.

—Brindemos con los vasos vacíos —propone el Inglés.

Entonces comienza un silencio que los últimos ruidos de la calle sólo tocan para sumergirse y desaparecer en él; un silencio en el que me es posible recoger por error los pensamientos de Lagos y del Inglés y pensarlos un momento por ellos. Puedo verla a usted, diez años antes, escondiendo bajo su almohada un par de zapatillas de baile; mirar por encima de su hombro las láminas que va recortando de gruesas revistas viejas, distinguir el reflejo de las tijeras en el papel satinado; puedo verla bailar lo que le obligan a tocar en el violín. Y aquí, en la glorieta, sobre la mesa —mientras se inicia, tímidamente, sin otro fin que cubrir y proteger el silencio, el rumor de los pájaros— puedo ver la cara joven y desapasionada del Inglés, sus ojos bizqueando hacia el agujero negro de la pipa vacía que sostiene con los dientes; puedo ver a Lagos que envejece entre suspiros enérgicos, como si recurriera a toda su voluntad, a todo su orgullo, para avanzar en los años, imponiéndose fechas y estaciones, sin otro temor que el de una muerte prematura.

Flanqueados por sonrisas, susurros, cabezas inquietas, vamos saliendo hacia la gran burla de la mañana próxima; avanzamos detrás de Lagos, pisoteando los vestigios de la fiesta, empeñados puerilmente en la ignorancia de las calles y de los ruidos que se van alzando como un vapor; guiados por la voluntad de Lagos, que desconocemos, creyendo en él por última vez. Cargados con nuestro inmortal silencio, avanzamos.

No tomo su brazo al cruzar las calles, no intento protegerla, no la recuerdo. El débil viento mezcla y enreda en las calles los rastros del carnaval difunto y el amanecer está imponiendo nuevos límites al mundo cuando Lagos deja de conducirnos y los cuatro nos sentamos en un banco sin respaldo, en una plazoleta de barrio, sin estatuas ni verja, con un enorme pino central que nos ofrece sombra para el mediodía. Allí guardamos, rígidos, pesados, estremecidos por el viento a medida que vamos entrando en la mañana, y nos acercamos, inmóviles, a la claridad y al final. Pero cuando logro distinguir entre los árboles, pisando con levedad el césped, a fugaces hombres con sombreros de paja que aventuran saludos indecisos, prefiero irresistiblemente no esperar al señor Albano en el banco y me pongo de pie. Un momento después, usted y el Inglés se levantan.

Contemplamos la boca hundida de Lagos, los ojos entornados donde escarba la luz creciente, el mechón de pelo encanecido que asoma debajo de la peluca. El Inglés sacude con alarma la cabeza, como si fuera descubriendo a los fantasmas que se reproducen sin impaciencia encima de los canteros, se ocultan parcialmente detrás de los troncos. Después empieza a pasearse frente a Lagos, frente a su cuerpo en el banco, derrumbado y majestuoso; va y viene, la alabarda al hombro, con pasos y medias vueltas de rutina.

Puedo alejarme tranquilo; cruzo la plazoleta y usted camina a mi lado, alcanzamos la esquina y remontamos la desierta calle arbolada, sin huir de nadie, sin buscar ningún encuentro, arrastrando un poco los pies, más por felicidad que por cansancio.

cuento de Juan Carlos Onetti

 

Publicado, originalmente, en: Número Montevideo, mayo - junio 1949 Año 1. Nº 2

Link del texto:  https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/121                        

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

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