El embrujo de los viejos cuentos

crónica de Luis Alberto Musso Ambrosi

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVIII Nº 2409 (Montevideo, 16 de diciembre de 1979) pdf

Inédito, al 17 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Es interesante el estudio de las bases folklóricas de las narraciones populares que, por generaciones han ido transfiriendo supuestos arcanos, enigmáticos pretéritos. Sean bellezas de paganos dioses helénicos; sanguinarios espíritus orientales; deformes gnomos procedentes de nórdicas espesuras; animalitos parladores, brujas quisquillosas, ogros pantagruélicos, todos se unen por su común expresión de fantásticas aventuras revestidas de extravagancias absurdas, cuando no ingenuas, bellas por hallarse desposeídas de razonables fundamentos, hermosas por si, sin la imperiosa necesidad de justificaciones seudo científicas como lo requiere la actual inventiva de esta época metálica.

 

Enanos herederos de tesoros ocultos en las profundidades de sus escondrijos, preocupados en curiosear las humanas diligencias, molestarnos con traviesas incursiones, socorrernos en nuestros tropiezos y contrariedades; gigantes torpes y malignos; suaves hadas; brujas por los tejados, integran familia por sus caracteres de universal entendimiento, sencillez de perfiles, definitorios de sus personalidades trasuntando defectos y virtudes.

Esta, tan aparentemente cándida disposición, lleva implícita complejísimo caudal de enseñanza, de optimismo que satisface, especialmente en los pequeños, las aspiraciones de concretos estímulos hacía el bien, ya que siempre gana la partida el derecho, la honradez, y se castiga el mal.

Los sucesos, en estos cuentos, se resuelven de manera simple, de lo contrario, mágica. Convierten lo imposible, sencillamente en posible, tal como ambiciona el hombre desaparezcan sus intrincadas dificultades. Ese es el encanto del cuento popular: ofrecernos esperanza, cumplir deseos, darnos amigos en la soledad, conversar con duendes sin avergonzarnos de los soliloquios, atisbar mucho más allá del común entendimiento, creer con la premisa de saber que no es cierto.

Por siglos se mantuvieron latentes estas narraciones entre los sencillos campesinos a las cuales sirvieron para acortarle los interminables días del invierno cuando escarcha o nieve cubrían los campos y la vida se reducía al hogar. Las leyendas fueron portadoras de viejas experiencias y recuerdos; parte historia, parte imaginación; consejas que por agradables se memorizan mejor. Recogidas en forma de libro durante el romanticismo continuaron editándose con indeclinable aceptación. Algunos escritores como Carlos Perrault y los Grimm (Guillermo Carlos y Jacobo Luis) realizaron minuciosas pesquisas a nivel popular para formar las colecciones de todos conocidas.

No es posible adjudicar a una zona determinada, a un país, la paternidad de una leyenda. En el viejo continente las fronteras fueron cambiantes; migraciones, vagabundos, juglares y trovadores, llevaron de un lugar a otro las crónicas, las creencias, las fábulas; nuestros abuelos inmigrantes las trajeron a estas tierras, de ahí la repetición de temas en las distintas literaturas.

La mayoría de los "cuentos de viejas" son originarios de zonas retiradas, lugares que fueron solitarios. Europa, hasta muy avanzado el siglo XIX tuvo grandes extensiones cubiertas de espesos bosques, más tarde talados para levantar pueblos y ordenar campos de labranza. Todavía en el norte de Italia, parte de Francia, en Alemania Badén y la Turlngla; el Tirol y Escandlnavia, existen selvas y con ellas relatos fantásticos. Los bosques que circunscriben la vida de los habitantes de las aldeas cercanas dan pábulo a esta clase de distracción.

Durante la Edad Media el hombre se vio reducido al burgo y ello lo aisló intelectualmente. Miedo, superstición, poblaron su pensamiento de sobrenaturales fenómenos. Fácil es entender que el bosque con sus extraías apariencias, ecos, ruidos sordos, silencios profundos, lo sintiera invadido de imaginados seres e inverosímiles aventuras.

Estas narraciones sirvieron a los desprevenidos, a los niños, para alejarlos de peligros, truhanes y alimañas; su truculencia en realidad advierte, prevé. Muy distinta por cierto la violencia de los monstruos actuales donde la técnica se sobrepone al espíritu y recursos incomprensibles para los niños, guarnecen el conjunto.

Pero estos cuentos de brujas sufren de tarde en tarde embates de los cuales salen victoriosos tal vez por su naturalidad y candidez de expresión. El materialismo que todo intentó aprovechar, fue uno de sus primeros enemigos. Se unió a ello la nueva tendencia educativa con sus manuales y textos, cuyas primeras ediciones comenzaron a publicarse a finales del siglo XVIII. Título como "El almacén de los niños" que inició la moda con lecciones de física, historia y geografía, fueron seguidos por una larga serie de libros de parecido nombre y contenido: "Almacén de las señoritas adolescentes”, "Conversaciones familiares”... sobre tal o cual cosa, "Tesoro de virtud”, etc. El error consistió en confundir enseñanza con entretenimiento, y en entremezclar virtud, pureza de alma, religión, tratando de inculcarlo de manera soslayada. Debió optarse entre la fantasía que moldea el espíritu y la instrucción; el materialismo aplaudió los libros ejemplarizantes en especial aquellos en los cuales los personajes eran copia de la vida real, describiendo hechos semejantes a los que vivimos; en esos afanes elaboraron protagonistas muy alejados de las verosimilitudes que perseguían, con el agravante de presentarlos como verdaderos. El resultado se tradujo en repetidas historias aleccionadoras que se transformaron en tediosas, lectura de la cual se apartaron todos. El cuento tradicional triunfó por clásico y el libro de enseñanza siguió su propio camino. Retornaron los gigantes y las hadas, los castillos y princesas, los gnomos y los duendes. La fantasía innata del hombre tomó las vías de lo sobrenatural para vagar por los deliciosos senderos del espíritu.

 

De todas las formas del libro, de todas las literaturas, no importa la simpleza de su estilo, la destinada a los niños debe ser cuidada con la mayor atención, porque ella es iniciadora e incide en su formación estética, afecta valores sentimentales, despierta fantasía, crea mundos imaginarios ampliando ese espacio infinito de lo sobrenatural, permitiéndole incursionar en el misterio, preparándole hacia futuros escapes con los cuales podrá equilibrar la materialidad cada día mayor de nuestro medio.

 

Los grabado pertenecen a "55 Marchen für Kinder”, por Ludwig Bechstein, editado en Stuttgart a comienzos del siglo XX.

Crónica de Luis Alberto Musso Ambrosi

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVIII Nº 2409 (Montevideo, 16 de diciembre de 1979)

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