El patagón
cuento de Juan José Morosoli

ilustrado por Sifredi

EL viejo Almeida ni mosquió.

Lo único que se le ocurro fué pensar en los medios, ©n los gastos del viaje.

-¿Vas a dlr a caballo o pensás rifar el cuero?[1]

Almelda chico contestó:

- Le viá pedir plata a Padrino.

Nada mas. Al fin los hijos eran como él. Poco querenciosos. Despegados entre si

Chico fue a lo de Correa, el padrino, un viejo estanciero con cinco mil cuadras, más loco “q'el diablo". Vivía solo, rodeado de perros y negros. Porque él en la estancia no quería hembras. Ni perras. Si tenia vacas era porque de las vacas salían los toros.

Correa opuso algunas objeciones:

Chico retrucó: él no iba a pasar la vida allí, en las casas. O de peón ganando ocho pesos en las estancias vecinas.

—¿Pa qué querés más?

—Y... pa muchas cosas... La plata es la plata...

Correa pensó y contestó:

—Venite pa'cá...

Esto lo dejó sin palabras al muchacho, pero al fin replicó:

—Usté ve que hay que caminar... Es lindo...

—¿Lindo? Lindo es caminar en campo de uno... viendo anímales q’son de uno... Si se le antoja carniar un animal y tirárselo a los perros, se lo tiras...

Fondeó al muchacho y le vio la resolución firme de irse. No insistió pues Entró al rancho y volvió con treinta libras. Se las dio y le dijo como despedida:

—De día mirá pa adelante y de noche pa trás...

Cuestión de no olvidar el camino para regresar...

 

El deseo de ir a la Patagonia le nació a Chico cuando vino el hermano mayor que estaba allá hacía años.

Juan Almeida llegó lleno de plata. Y de deseos de gastarla. Por unos días hizo arder el rancherío de caña, asados y bailes.

A las hermanas les hizo llamear el pecho con batas de seda colorada que traía de allá.

—Pa sacarse el gusto de ver lo colorau...

Porque a él le gustaba mucho lo colorado. Y en los pagos que dejaba, sólo se veía este color al carnear.

Fueron unos días hermosos. Chico recordaba aquellas veladas en los ranchos: Juan rodeado de contrabandistas —el viejo Almeida era capataz de una pandilla— contaba historias.

Llenas de olor a mujer, alcohol, a plata.

Con silencios, soledad estrellas y perros.

¡Cosa que le gustaba a él!... ¡Perros y soledad!...

Hablaba de noches tiritantes y días blancos, blandos, en que uno se quería dar golpes contra las horas y no se machucaba.

Noches en que no se veía el cielo.

—¿Sin estrellas, ni luna? —preguntaba

No. ¡Con miyones! Pero en el aire.

No como aquí, pegadas en el cielo. Allí estaban solas, desprendidas de todo...

Y días y días llenos de silencio.

Se pasaban los tiempos muertos en que no se veía un alma. Al fin venían los desastes soberbios: de cuando en cuando iban al puerto. Allí había un montón de mujeres esperando.

De la clase que pidiesen. Gringas, francesas, criollas... Se llegaba allí de barriga caída y se regresaba que ni uno mismo se conocía de descarnao... ¡Y meta tomar! Allí le daba por tomar.

—Es que tomar allí —decía— es cosa muy soberbia...

Regresaban al puerto con buena provisión.

El tomaba y se quedaba pensando... Pensando en lo diferente que es todo... Levantándose y acostándose, vigilado por la curiosidad de los perros arrieros, que parecían darse cuenta de todo.

A veces, al término de aquellas borracheras, lo despertaban los aullidos de ios perros que seguramente pensaban en la muerte.

—Cuando me despertaba, aquellos animales se ponían como locos... A mi me daba lástima...

Contaba también Juan Almeida que después de tres años de brega se gastó en dos días, cientos y cientos de pesos, entre juegos y fiestas. Todo lo que tenia.

—Una cosa que no la hace un rey, amigo —decía al fin, jactancioso.

¡Y cómo luchó en los días para no beber más! ¡Peor que luchar con un hombre!

Un día compró una damajuana de alcohol La llevaba en la cabezada, une mano puesta en el pico. "Como si llevara un niño, de tanta atención y cuido que ponía en ella.

Al llegar al puesto se desvistió y arregló la cama.

—Pa acostarme con ella...

Pero una idea le cruzó en el cerebro: tenia que dejar —ya, en seguida la bebida si no quería quedarse allí para siempre.

Se resolvió de golpe: hizo pedazos la damajuana.

Se quedó un rato mirándola, sin ideas, vaciado. Un hombre que ha terminado con otro de un balazo. Así.

—Me quedé unos días flojo, debilitado.

Y terminaba el relato de esta forma:

—Fué la cosa más soberbia que hice allí!...

El regreso de Chico fue triste. Traía plata, había desaprendido a estar con la gente, y da ver ciertas cosas le tenía asco a las mujeres.

—Casi como el padrino...

Traía un gusto por la soledad que le "había nacido allá y que buscaba la querencia, lo que le hacia estar mal en el pago viejo.

Trajo también un casal de arrieros que trabajaban mejor que los hombres. Y que para rastrear y pelear tigres eran soberbios.

Pero los arrieros acostumbrados a las distancias sin alambrados y a las noches sin ruidos, se fueron quedando como el, sin entusiasmo, blandos...

Correa lo llevó al fondo del campo, donde él podía hacer lo que quisiera:

—Como si el campo fuera de él.

Los perros salían tras él, como arrastrados por su sombra. Nada más.

Chico no estaba ni arisco ni espinoso. Estaba siempre callado, nomás. Con el alma algodonada de silencio.

A veces se allegaba a la pulpería pero no podía enrayar en la rueda.

No molestaba ni hacia falta. Al entrar y salir llamaba la misma atención que el perro del pulpero que siempre andaba aburrido, de trastienda a glorieta.

Compraba caña y se volvía al rancho. Allí estaban los arrieros, siempre echados, la cabeza un poco levantada, como esperando algo que vendría de los horizontes.

Emparejados por aquellos silencios se le iban lunas y primaveras, sin acordarse que eran perro y perra...    

Chico había prometido algunas crías y los interesados comenzaban a cocear:

—¿No serán capone, sus perro, Chico?

—A lo mejor, de tanto estar en lo Correa...

Claro que también a el este palo lo rozaba... Pero Chico "no ingería el tiento"[2]

—¿Por qué?... ¿Iban a comprender que los perros habían perdido algo grande, como él mismo había perdido? ¿Algo grande que ni él mismo sabía lo que era?

Un día se murió la perra.

Chico comprendió que el perro ‘se Iba a ir pronto".

Correa apareció un día con su perrada. Eran ocho o diez machos criollos, atigrados, boca nevada, capaces de matarse entre ellos, pero inútiles para una ronda. —iTenemo cimarrone n'el campo!... Chico se irguió:

—¡Ajá!...

—Sí... Andan deshaciendo la majada...

En la corderada ej'una mortandá.

El estrago comenzó en los lindes de los pajonales y en las islitas del monte. Pero ya venía campo adentro.

—¿Muchos?

—Talvé poco... matan y dejan... Comían poco.

Chico recordó de golpe sus noches patagónicas. Rastreadas de tigres. El valor de los arrieros.

—Luego —dijo a Correa— vamo a salir... —¿Va pa ayá o vengo yo?

—No. Vamo a salir yo y el perro, noma. Correa se fué.

En la noche Chico y el perro marcharon hacia el campo, buscando la entrada.

Luna entera, "central", de esas que achatan los montes, sobre el campo.

Desde el monte venía un perro trotando solo. Con visteo de patagón, hombre y perro parecieron arrancarlo de la lejanía. Sólo ellos podían verlo.

Era un perro de buen tamaño, como los atigrados de Correa, pero de otra raza. Un policía caído en matrero sin ley, tal vez. Chico, esperando los otros, aquieto al arriero.

Pero los otros no vinieron.

Sin duda el enemigo había entrado en dos a tres corderos cuando Chico soltó su perro.    

Ya en la majada, sin alboroto, iba orillándola, levantando y bajando b cabeza en un visteo hábil, seguro, sin apuros...

El arriero esperaba la embestida del cimarrón emproando al intruso a pecho bajo.

Peleaba así: sobre la atropellada del otro se achataba sobre el suelo, para volverse, instantáneo y hábil y clavar en la garganta el mordisco terrible.

Los veía ya Chico cortados de la majada, que iba deslizándose lenta, como una mancha de grasa en el plano absoluto.

Clavados en el suelo, recogiendo hacia atrás los aceros de las patas, para lanzarlos después hacia adelante como el resorte de una trampa.

Era una cosa fuerte que ponía anhelante al hombre y en suspenso las cosas del campo.

Pero al fin Chico vio con asombro que en vez de encuentro terrible, los perros parados en las patas se abrazaban.

Y que después se alejaban en retozos ridículos para reencontrarse en molinetes cerrados...

El intruso cebado no era un cimarrón...

Era una cimarrona. .

Para traer a las casas a la cimarrona, Chico y su perro demoraron varios días. Esto le dio un objeto a la vida de ambos. La perra se quedó al fin, rescatada del monte y el merodeo.

Pero Correa no quería perras.

Chico consiguió que admitiera la perra hasta que dejara “las crías".

Aquella mañana el estanciero llegó al puesto y mató las tras crías hembras.

Había sido aquélla una parición renga, sin machos.

En la noche perro y perra ganaron el monte nuevamente, y al otro día comenzaron los estragos.

Chico, sin perro no pudo aguantar más. Apretado por aquel silencio, que le venía de adentro y de afuera, marchó nuevamente para la Patagonia...

[1] Rifar el cuero: “Sólo le queda rifar el cuero": El que ya no tiene nada más que el cuero (la piel).

 

[2] Ingerir el tiento: Unir dos puntas de un tiento. No ingerir el tiento en sentido figurado: No continuar una conversación que comienza otro con el deseo o fin de que la continúe el oyente.

cuento de Juan José Morosoli (Del libro próximo a aparecer "Hombres" )

 

Publicado, originalmente, en: Suplemento dominical de El Día Año XI Nº 477 Montevideo, 8 de marzo de 1942  (formato pdf)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Ver, además:

                      Juan José Morosoli en Letras Uruguay

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce 

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